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Fuente: Jesús Ruiz Mantilla | Rosana Torres (elpais.com) | Foto: Gorka Lejarcegi
De Antígona a las comedias de enredo, de Shakespeare y Rigoletto a Sonrisas y lágrimas,¿qué creación escénica no aporta una visión del mundo y resulta, por tanto, política? Es la respuesta más o menos común, con matices que la enriquecen, a la duda lanzada esta semana por Bob Wilson en la Cuatrienal de Artes Escénicas de Praga. El director estadounidense se preguntaba si cabe hoy hacer un teatro reivindicativo en términos políticos. Propugnaba, frente a las respuestas en ese ámbito, la confusión. Actores, directores y dramaturgos de la escena española entran al debate.
Nuria Espert, actriz y directora. “Creo que Bob Wilson no niega esa posibilidad; simplemente lanza una duda. Era una pregunta pertinente en tiempos de la dictadura, pero en época de libertad, todo tipo de teatro es bienvenido. Yo he hecho siempre teatro político, pero no panfletario. Lo respeto muchísimo. El arte, si es bueno, va unido a la política. El teatro, además, va unido a una vertiente educativa, y eso siempre lleva implícito algo de compromiso”.
José María Flotats, actor y director. “Desde Sófocles, 400 años antes de Cristo, con Antígona, hasta Tony Kushner, en el siglo XX y sus Ángeles en América, pasando por Shakespeare, con El rey Lear, Molière y su Tartufo, Lorca con Yerma o La casa de Bernarda Alba o Bertolt Brecht con El resistible ascenso de Arturo Ui, el gran teatro no ha dejado, también, de ser político”.
Juan Diego Botto, actor y director. “Todo teatro es político, desde los clásicos griegos a las comedias de puertas y sofás. Plantear una distinción es ir contra natura.Se puede hacer conscientemente o sin querer, pero siempre llevará implícita y explícitamente una visión del mundo. Vivimos un cambio profundo de sociedad y paradigmas; en este contexto, el teatro sirve para plantear y resolver dudas”.
Natalia Menéndez, directora del Festival de Almagro. “El quid reside en plantearlo de forma diferente según la época. Pero el teatro de rasgos políticos está triunfando hoy como nada, y más entre los jóvenes, en todo el mundo. El teatro fronterizo, que lidera en España Sanchis Sinisterra, o el teatro-documento que he visto triunfar en México o Perú, basado en testimonios o pruebas de denuncia de hechos concretos, funciona como pocas cosas. Siempre la escena se ha planteado fuertemente desde el compromiso, de Grecia a Shakespeare, Fuenteovejuna, La vida es sueño o Brecht. Así ha sido y será”.
Pedro Casablanc, actor. “No entiendo esa posición de Wilson. Menos cuando él habla de que la sociedad parece querer necesitar impactos y su teatro se basa, sobre todo, en eso y en distintos flashes. ¿De qué me está hablando? Yo no concibo ninguna expresión que no sea política. Más en una época como esta, cuando desde foros como el Teatro del Barrio, nos cuesta sacar tanto adelante espectáculos como el dedicado a [Luis] Bárcenas, el extesorero del PP. Está muy mal visto y no cuenta con apoyos”.
Jordi Galcerán, autor. “Los dramaturgos debemos plantearnos hacer buen teatro; el resto, si lo logramos, viene dado por añadidura. El teatro considerado político, el ideologizado, me parece redundante y normalmente pesado. Insisto: al hacer buen teatro, inevitablemente cae lo demás. Un autor contemporáneo, por lo demás, es imposible que no hable de lo que ocurre, más en un entorno de crisis, pero hay que dejarse llevar ante todo por las historias que contamos, no por las ideas que quisiéramos inculcar”.
Sergio Peris Mencheta, actor y director. “Siempre he creído que nuestro papel es el del bufón del rey. Consiste en soltar a la cara a quien gobierna lo que no hace bien. Otra cosa es que quien está al mando no acuda al teatro. Los patios de butacas adolecen de políticos, y más en épocas como esta. La ventaja que tiene el teatro sobre otras artes para expresar ideas políticas es la inmediatez. Por la mañana, Dolores de Cospedal suelta lo de los pagos en diferido de Bárcenas y por la tarde le hacen un monólogo. Yo soy partidario del teatro como medio de entretenimiento, de partida; es la única manera de despertar interés. Pero plantear la neutralidad, como creo que desearía Wilson, me parece erróneo, porque ésta es enemiga del arte”.
Gerardo Vera, director y escenógrafo. “El teatro y el compromiso político son inseparables. Son acción, intervención decidida, directa, sobre nuestro mundo más inmediato, que ilumina nuestras contradicciones como seres humanos y como ciudadanos con el fin de transformar la realidad. El teatro hoy ya no puede separarse del compromiso con nuestro entorno más cercano, y siempre será ese milagro que se hace posible a través del actor como centro de gravedad indiscutible de un arte que ya nunca deberá reducirse a informar ni a proponer soluciones, sino que nos permitirá profundizar en aspectos únicos de nuestra propia experiencia”.
Magüi Mira, actriz y directora. “¡Cómo no va a ser necesario el teatro político! La vida es política desde que uno se levanta y decide cómo vivir, a todas horas uno se está comprometiendo, y la política es un compromiso que nos correponde asumir a todos. El teatro, aunque no quieras, tiene que ser político. Por cierto, Bob Wilson también hace teatro político”.
Laila Ripoll, dramaturga y directora. “¿Teatro político? ¡Absolutamente! Y hay que abordarlo con rigor, mucho rigor, mucho arte, huyendo del ladrillo... Ya lo inventó Brecht. Todo arte es política, y las gentes del teatro creo que eso lo tenemos muy claro. No hay más que darse una vuelta por los escenarios de nuestro país”.

Los Cafés Teatrales presentados por Teatrorama, y con la colaboración especial este año de la Revista Godot, se consolidan como un espacio de reflexión e intercambio con los creadores de las artes escénicas. En estos encuentros, dialogamos sobre los procesos de creación teatral, desde el punto de vista de la dramaturgia, la dirección y la actuación. Moderados por Verónica Parizzi Doynel, constituyen una oportunidad única de acercarnos a la concepción de la poética teatral particular de cada artista, configurando un mapa de las nuevas formas del teatro actual y fomentando conexiones entre diferentes creadores entre sí y con un público interesado en ir un poco más allá de la mera recepción escénica.
Para el primer encuentro de 2015, en el cálido espacio del ambigú de El Umbral de Primavera, contaremos con la participación del actor y autor argentino Juan Diego Botto (ganador de los Premios Max a Mejor Actor y Autor Revelación por “Un trozo invisible de este mundo”), la dramaturga y directora Denise Despeyroux (“Carne viva”, “Por un infierno con fronteras”, candidata Premios Max Mejor Autoría por “La realidad”) y la actriz Inma Cuevas (“Cerda”, “MBIG”, ganadora del Premio a Mejor Actriz de la Unión de Actores por “Constelaciones”).
Anteriormente, han participado en los Cafés Teatrales Pablo Messiez, Miguel Del Arco, Claudio Tolcachir, Alfredo Sanzol, José Padilla, Fernanda Orazi, Luis Luque, Paco Bezerra, María Pastor, Jose Martret, Raúl Tejón y Pilar Gómez. Os esperamos a todos en un nuevo encuentro, que promete ser un lujo para los apasionados por la creación escénica.
Este primer encuentro del ciclo 2015 de los Cafés Teatrales será el domingo 22 de marzo a las 17hs en El Umbral de Primavera (C/ Primavera 11, Lavapiés). El aforo es limitado y las reservas pueden hacerse al 605 849 867 o en la web de El Umbral de Primavera.

Fuente: Maite Nieto (elpais.com)
Como Don Quijote, apelan a la épica y el humor para reflejar una realidad de tonos grises y buscar ideales que cambien el mundo. Su armadura es la palabra; la emoción, su fiel escudero, y los ‘gigantes’, los recortes que acechan a la cultura. Un nuevo teatro español apuesta por los invisibles, por el compromiso social sin pancartas y por la cercanía con un público que siente que le representa. Así es la generación que conquista el patio de butacas y cosecha los grandes premios de las artes escénicas.
No llevan armadura ni lanza, tampoco montan el famélico caballo del personaje de Cervantes, pero representan el espíritu entre épico, trágico y cómico del hidalgo de La Mancha. Son seis actores, autores y directores de escena, nuevos quijotes del teatro español que, como la mítica novela del siglo XVII, rebuscan en la realidad más cercana intentando encontrar ideales que muevan el mundo. Hacen visible lo que, consciente o inconscientemente, dejamos de lado para no tener que preocuparnos por ello, y exponen ante los ojos de los espectadores que van a ver sus obras un contexto social que no deja indiferente, que busca la reflexión y que invita a preguntarse qué es lo más cuerdo o lo menos loco.
También se enfrentan a sus propios gigantes, que en este caso no son imaginarios: el 21% de IVA que grava desde julio de 2012 cualquier producto cultural y la crisis económica, que aleja a los espectadores de las salas y cercena las programaciones de tantos centros de cultura municipales construidos en tiempos de bonanza, son los poderosos molinos contra los que deben luchar para poder sacar adelante sus producciones. Pero creen en el teatro vivo y buscan alternativas. Salas más pequeñas, producciones ajustadas, la grandeza de la palabra frente a la fuerza visual de las escenografías impactantes… Artimañas de titiriteros para encontrar las rendijas por las que colarse para seguir contando lo que quieren.
Juan Diego BottoSergio Peris-MenchetaTristán Ulloa, Esteve Soler, Juli Disla y Jaume Pérez pertenecen a una misma generación y, además de estar nominados a distintas categorías de los Premios Max 2014 –los máximos galardones de las artes escénicas en España–, comparten pasión por el teatro y una forma similar de entenderlo.
¿Representan una nueva dramática? Ellos opinan que no, que el teatro siempre ha hecho lo mismo, hablar de lo que percibe a su alrededor. Pero son conscientes de que no son tiempos de mensajes mesiánicos, de que el espectador no está por la labor de espectáculos que partan de la idea de “yo te voy a dar las soluciones”, y por eso sus obras juegan con el humor, las emociones y la honestidad. Con la necesidad de los propios autores de decir, precisamente ahora: “Esto no está funcionando bien y entre todos debemos pensar cómo podemos resolverlo”. El vehículo puede ser una trama de exilio y emigración –Un trozo invisible de este mundo–; una historia de amor de una pareja que huye del corralito argentino –En construcción–; una asamblea que debe decidir si apoya “el concierto”, un acuerdo que nunca se termina por saber en qué consiste porque es lo que menos interesa –La gente–, o una sucesión de escenas cortas que hablan de nuestros horrores contemporáneos –la trilogía Contra el progreso, Contra el amor y Contra la democracia–… Lo que importa es que el espectador sienta, sufra y ría a partes iguales, y que cuando se cierre el telón tenga la necesidad de hablar de lo que ha visto y de pensar sobre ello. A veces, hasta de cambiar alguno de sus hábitos mecánicos de vida.
Los seis se reunieron en torno a una mesa en las instalaciones de la madrileña Sala Mirador, cuya programación dirige desde principio de temporada Juan Diego Botto, para charlar de lo que saben y les interesa: arte, teatro y vida.
Juan Diego Botto. No me siento descubridor de ningún tipo de nueva forma de entender el teatro. Lo que hacemos es poner foco a aspectos de la vida que normalmente no se miran.
Tristán Ulloa. En mi caso, queríamos contar una historia de amor, pero es verdad que está enmarcada en un contexto de dos inmigrantes que superan juntos las adversidades. El teatro siempre ha tenido que servir de reflexión y de espejo, más allá del entretenimiento. Creo que nuestras obras lo hacen, utilizando recursos más pequeños, echando mano de nuestro dinero, sin grandes montajes…
Juli Disla. Una parte del teatro puede ser solo divertimento, pero otra parte puede ser esto, y la grata sorpresa es que ha conectado con el público.
Jaume Pérez. La realidad que estamos viviendo te está pegando directamente una hostia y no puedes volver la mirada hacia otro lado. No somos diferentes del resto de la sociedad; nosotros también somos invisibles. Antes lo social se atribuía mucho a la denuncia de lo que les pasaba a otros. Ahora el espectador se está dando cuenta de que ese otros puede ser uno mismo.
Esteve Soler. Hoy día, para no indignarse, deberíamos no ser humanos. De hecho, la gente que no se indigna denota elementos de inhumanidad.
Sergio Peris-Mencheta. Las mismas nominaciones de nuestras obras reflejan un cambio y una apuesta por un tipo de teatro, que quizá obedece a que los que han realizado la selección se han mojado en cierto sentido. Creo que hay algo que entronca con hacer partícipe al público desde otro lugar.
La visión de Antonio Onetti, presidente de la Fundación SGAE y miembro del comité de los Premios Max, a los que optan estos creadores, va por el mismo camino: “El teatro responde a la necesidad del individuo cuando se hace preguntas. La dramaturgia española tiene una gran calidad desde hace años, pero ahora la oferta es más variada que nunca porque la crisis genera encontrar nuevas formas de comunicación y nuevos lugares donde hacerlas. La variedad y la calidad están llevando a mucha gente a las salas, pero los profesionales no lo tienen fácil. El esfuerzo es titánico”.
En España se producen unas mil obras de teatro todos los años, según cuenta José Luis Alonso, dramaturgo y presidente en funciones de la recién estrenada Academia de las Artes Escénicas de España. “Una de las posibilidades del teatro es ser espejo y espía”, apostilla, “por eso estas obras han merecido la aprobación del público, porque tratan temas que escuecen y con ellos crean material dramático. Tenemos que sacar a la luz esas cosas escondidas con las que, a pesar de su dureza, convivimos cómodamente”.
El autor Juan Mayorga meditaba al respecto a finales del mes pasado en la cadena SER y resumía con sus palabras la esencia de un tipo de arte en el que podríamos encuadrar a los seis protagonistas de este reportaje: “Siempre digo que el teatro debe ser capaz de escuchar al mundo, pero no devolverle su ruido, sino poesía. Este género se ha redescubierto como la capacidad de encuentro entre un actor elocuente y un espectador que quiere ser cómplice, y eso nos convierte en muy poderosos”.
Los ajustes en medios, incluso en personajes, que ha impuesto la crisis y los recortes públicos no son una buena noticia, pero han empujado a representar obras –como las cuatro que nos ocupan– en salas más pequeñas, donde los espectadores palpan la emoción de los actores y se sienten salpicados por sus reacciones, como si les hablaran solo y directamente a cada uno de ellos. Sergio Peris-Mencheta refuerza esta idea: “En Un trozo invisible de este mundo, el público es protagonista desde el principio. En nuestro caso, se le sienta en el lugar del emigrante; en el de La gente, se les sitúa en la asamblea… Hay una invitación a tomar partido y no solo pasar un rato como voyeur. No se obliga, se invita a participar con humor, con mala baba, con sarcasmo. Y la realidad es que hay mucha demanda de querer decir: ‘Yo formo parte del asunto”.
Botto introduce en la conversación una frase de Albert Camus que repite siempre que tiene oportunidad: “Un personaje de La peste dice que hay épocas en las que la indiferencia es criminal. Creo que esta es una de ellas. Y no nos referimos a crueldad intelectual, sino a la de un sistema que afecta a gente que tú conoces. Un colega que no tiene trabajo, un hijo que tiene que irse fuera a buscarse la vida, un conocido al que han repatriado por no tener papeles… No son cifras en un periódico. Ante esto es muy difícil permanecer indiferente, y cuando uno escribe teatro habla de lo que le emociona y le interesa”.
Surge una pregunta casi obvia: ¿por qué ha sido el teatro precisamente el que más se ha implicado en la batalla de servir de altavoz social?
Botto. El teatro es rápido y barato de hacer. En tres meses puedes tener la pieza terminada; otra cuestión es conseguir distribuirla, tener un espacio para representarla… En cine, por ejemplo, desde que escribes un guion hasta que consigues financiarlo pueden pasar cuatro años en el mejor de los casos.
Ulloa. Este medio aporta una libertad creativa muy importante. Yo no sabía de qué manera ni dónde, pero iba a hacer En construcción sí o sí, y además tenía claro cómo lo queríamos. Es lo bueno de ser el mayor responsable; lo único que te falta es un escaparate donde mostrarlo, y si no consigues sala, estamos dispuestos a hacerlo en el salón de nuestra casa. No es que la precariedad de medios estimule la imaginación, es que es ya un estado de las cosas.
Pérez. Los vínculos sociales estaban rotos por el individualismo de la masa y nos encontramos asistiendo a la necesidad de reconstruir lo que de alguna manera se están cargando. Antes ganaba la autosuficiencia, ahora nos hemos dado cuenta de que no se sostiene en pie. Se ha realizado la utopía de este capitalismo con el que se supone que habíamos alcanzado los topes y mira dónde hemos llegado.
Disla. Lo que no sé es cuánto se puede sostener esto en el tiempo. Con un proyecto como el nuestro, si te sale más o menos bien, vas a un par de festivales, haces algo de gira… Pero, a no ser que tengas otra proyección audiovisual, es difícil mantenerse. A mí me gustaría poder vivir de lo que sé hacer.
Juli ha metido el dedo en una herida abierta que afecta a todos, incluso a los profesionales más famosos del grupo. Según un reciente estudio de la Fundación AISGE, la entidad que gestiona los derechos de propiedad intelectual de actores, dobladores, bailarines y directores de escena, casi el 73% de los actores y actrices españoles no logran vivir de su profesión y el 55% no alcanzan los 645 euros mensuales considerados como salario mínimo interprofesional. José Luis Alonso recuerda una frase de los clásicos: “Da más un duro que un desnudo”. O lo que es lo mismo, con dinero siempre se funciona mejor. “En el arte, la buena voluntad no lo es todo”, explica, “estamos en el agujero negro de una economía empobrecida. En un teatro hace falta luz, técnica, comer… Se está produciendo un deterioro brutal, y no estoy diciendo que sea peor situación que la del resto de la sociedad, pero la cultura es muy necesaria y hay que conseguir dignificarla y dimensionarla de nuevo. La puñalada del IVA indignaría menos si no se hubiese impuesto a un mendigo al que ya le has quitado todas las ayudas, le has cerrado los circuitos y encima le estás diciendo como Administración que te estás ocupando del problema y no haces nada. Es casi de risa”.
“¡Con la Iglesia hemos topado, Sancho!”, que diría el hidalgo Don Quijote. Las voces se suceden para explicar los detalles del problema.
Botto. Lo que decía antes Juli es muy cierto. Nuestros espectáculos están nominados a un premio importante, el nuestro en concreto ha ido muy bien, pero vivir de esto… Mantener ahora mismo una sala es casi imposible. Para sentarte a escribir una obra tiene que tener garantizadas otras cosas, la nevera llena, un poquito de agua caliente y calefacción…, y eso te lo ponen muy difícil.
Ulloa. La gente cree que se gana una pasta y no es así. A cada recaudación hay que quitarle el 21% de IVA, el 10% de autores, otro 10% del porcentaje que se llevan las ventanas de ventas que cada uno utilice, más luego la sala… Con el 15% restante hay que pagar a los empleados. Si tienes una buena gira, consigues amortizar, pero que una pequeña o mediana compañía se abra camino es prácticamente imposible en las condiciones que ha puesto la Administración.
Soler. Pero ¿es igual en otros países de Europa? La respuesta es no. En el modelo inglés, el Estado da muy poco dinero para la cultura, pero existen medidas que permiten que las inversiones privadas desgraven. En Francia, las primeras 40 representaciones no pagan IVA, y luego existe un baremo bajo que permite subsistir. Otros modelos están basados en la subvención pública. En España, lo que ocurre es que alguien ha decidido que el modelo no debía existir, y en ese silencio está la perversidad absoluta.
Peris-Mencheta. Estamos hablando de los que gobiernan y del daño que están haciendo a la cultura. Pero el problema de verdad es mañana.
Botto. La cultura es una forma de aprendizaje social necesario; si no fuera útil, habría desaparecido. No entender eso y tratar de acomodar el espacio cultural y lo que significa a una cuestión monetaria no es algo ingenuo ni naif, tiene consecuencias dramáticas. Porque del mismo modo que se entiende así la cultura, se entiende la educación, y los conceptos de utilidad terminan por eliminar la filosofía, el latín o la música y concebir la cultura y la educación como algo que tiene que proporcionar un provecho económico y no como lo que da riqueza e identidad a una sociedad.
Ulloa. El teatro, la cultura en general, es un proyecto de emancipación de la sociedad, y eso a un Gobierno como este le da mucho miedo.
Soler. De hecho están haciendo un control del lenguaje. Hay palabras que no se utilizan, personajes que no se exponen en público. Acordémonos de flexibilización, crecimiento negativo, desaceleración…
Ante estos eufemismos estallan las carcajadas. Y vuelve el optimismo porque deciden que los siempre visibles no son los protagonistas en sus obras. Sergio Peris-Mencheta nos devuelve al teatro, a ese lugar “donde se abre el corazón de las personas y donde el humor es la manera que hemos encontrado para que el espectador empatice con lo que ocurre. Cuando nos podemos reír de lo que pasa, con lo que pasa y desde lo que pasa, nos sentimos parte del asunto”.
El lunes 26 de mayo, el Teatro Circo Price de Madrid se convertirá en un cabaré “de cuero, carne y pinchos”, como lo define Mariano de Paco, el director de escena encargado este año de la gala de los Premios Max.Acróbatas, bailarines, actores y música perseguirán que el público presente en la sala y quienes sigan el espectáculo por La 2 de TVE disfruten más y tuiteen menos. Algunos de nuestros seis personajes se llevarán el galardón a casa y otros esperarán, al menos, que la nominación dé algo más de vida a sus espectáculos. Pero todos ya tienen un premio: la respuesta que han recibido de los espectadores; la posibilidad de generar pequeños cambios. Como les ocurrió a Juan Diego y a Sergio al finalizar la representación de su obra en Mataró cuando una señora les dijo: “Aquí tenemos más de un 20% de inmigración, pero yo a la gente de mi escalera que son negros nunca los he saludado. A partir de mañana les voy a decir: ‘Hola, ¿cómo estás?”.
“No vamos a cambiar el mundo”, dice ­Botto, “pero si consigues despertar una inquietud… No hacemos teatro para que venga a verlo el ministro de Hacienda, hacemos teatro para la señora de Mataró que mañana va a hablar por primera vez con sus vecinos”.

DRAMATURGIA: JUAN DIEGO BOTTO
DIRECCIÓN: SERGIO PERIS-MENCHETA
INTÉRPRETES: JUAN DIEGO BOTTO y ASTRID JONES
DURACIÓN: 1h 40min
PRODUCCIÓN: PRODUCCIONES CRISTINA ROTA y TEATRO ESPAÑOL
TEATRE LLIURE (MONTJUÏC)

Con una cartelera llena de comedias insustanciales y con una temporada que salvo escasas excepciones viene a ser más de lo mismo, nos llega "Un trozo invisible de este mundo" de Juan Diego Botto y dirigida por Sergio Peris-Mencheta.

Un teatro necesario, del que no deja indiferente, del que te sacude en tu asiento, del que sales preguntándote porqué el mundo es así, con el que ríes, te emocionas y lloras, de aquel por el que merece la pena pagar la entrada porque no abandonas la sala de la misma manera que entraste.

Quizás porque el teatro que nos llega de Madrid no me atrae, y cuando lo hace acostumbra a decepcionarme, cuando te encuentras con un soliloquio como el de "Un trozo invisible de este mundo" te quedarías horas escuchando, deseas saber más de estos dramas humanos que te están explicando. Tal y como tenemos el país, será el de aquel que hace dos días se marchó porque aquí no encontraba trabajo.

Maravillosamente interpretado por un Juan Diego Botto que muestra mil caras, diversos personajes y que ha sabido conjugar la tragedia de la emigración y del exilio con grandes dosis de humor. La escena del locutorio invita a la carcajada a toda la platea.

Astrid Jones pone una de las notas más duras de la función. El drama de su personaje es mayúsculo, pero lo hace con una sonrisa perenne en su boca, de esas personas que han aceptado su destino y luchan días tras día sonriendo. Duro su papel y más que aceptable su interpretación.

La dirección de Sergio Peris-Mencheta deja a hacer y firma, junto con Carlos Aparicio, una funcional escenografía. Aquellas maletas que van haciendo acto de presencia y de las que acabamos siendo partícipes todos. Como lo somos del montaje, un soliloquio con interpelaciones al público, quizás para sacarle de su aparente momento abstracto, quizás para recordarle que aquello es real, que fuera de las cuatro paredes del teatro siguen pasando cosas, aunque los telediarios ya no nos las cuenten. De momento nos queda el teatro más vivo de lo que algunos quisieran. No se la pierdan, saldrán más sabios y con ganas de más teatro real.

Fuente: Marta Caballero (elcultural.es)

Hace unos meses, cuando Juan Diego Botto estrenó Un trozo invisible de este mundo, obra semi biográfica que había escrito y que protagonizaba a las órdenes de Sergio Peris Mencheta, ya anunció una vuelta al teatro social. Las triquiñuelas de los bancos, la mala sombra de los políticos, el horizonte desolador de las calles... empezaban aquellos días a subirse a la escena independiente. Desde entonces, la cosa ha ido a más. Tanto, que el actor ha decidido tomar las riendas de este "momento excelente para la escena". Invocando al espíritu de Mayo del 68 -"si el parlamento se hace teatro, el teatro debe hacerse parlamento"-, se pone al frente de la Sala Mirador de Madrid, para la que ha programado una temporada urdida al hilo de lo que todo lo que está pasando y con el teatro social, la poesía y la toma de conciencia como máximas. 

Le une a la sala que ahora va a dirigir un antiguo vínculo personal, la vecina escuela de actores de su madre, Cristina Rota.

Así es, empecé en la sala cuando la escuela de teatro se trasladó ahí. Entonces teníamos una compañía, Nuevo Repertorio, y convivimos durante cuatro años. Luego aquello terminó y yo me fui distanciando, aunque tenía una relación natural de pasarme por allí, de acudir a la escuela... 

¿Por qué regresar ahora y como jefazo?

Tomé la decisión al calor de la enorme actividad teatral que está produciéndose en Madrid. Me dieron muchas ganas de estar de este otro lado, me parecía un buen momento y un buen lugar, con este patio, con esas casi 160 butacas... Pensé que una sala así no podía estar al margen de lo que está pasando.

Y va a darle personalidad propia, una identidad muy clara.

Sí, llego con entusiasmo, con mucha gente involucrada y con un proyecto definido para este momento teatral apasionante. Es importante que el espectador sea consciente de esa personalidad propia que tiene que ver un cariz social importante, en el sentido de abrir las puertas del teatro a la calle. Si hay un momento para el teatro social es este, y queremos hacerlo con ese espíritu de Mayo del 68 que decía que si el parlamento se hacía teatro, el teatro debía convertirse en parlamento. La frase es muy pertinente por todo lo que estamos viendo, esa cosa vacua de nuestro Parlamento, esa teatralidad, esa suma de soliloquios en la que no se produce el diálogo. Se trata, como decía Lorca, de buscar un espacio donde dialogar con risa o con llanto.

¿Esa vuelta al teatro social ha ido a más los últimos meses?

Sí, cada vez hay más, es inevitable. Los jóvenes dramaturgos hablan de lo que tienen a su alrededor, uno no puede evitarlo. Si en los 80 hablabas de la Movida lo normal es que hoy mencionemos a nuestro amigo desahuciado, a nuestra hermana en el paro... En esta línea se mueve uno de los espectáculos con el que abrimos la temporada, El rey tuerto, una comedia de dos parejas que quedan para cenar. Uno de ellos tiene el ojo morado y se descubre que ha sido por una pelota de goma. Y el otro es moso de escuadra... 

¿Se conforma con dar otros puntos de vista o aspira a la acción del público una vez abandone la sala?

Las ambiciones de lo que logremos producir son mesuradas. No creo que vayamos a cambiar el mundo pero sí dejaremos planteadas cuestiones, dudas, lugares desde los que uno no había mirado. Además de teatro, habrá humor, como el de los miembros de la revista Mongolia, danza, un espacio para la poesía por el que pasarán Sabina, Benjamín Prado, Luis García Montero... 

¿Qué tal van de presupuestos?

Uy, no existe tal cosa, vamos fatal. Esto es un poco de guerrilla, esperando que la gente venga para poder pagar a los que vienen. Ya no contamos con ayudas públicas, esto es tirar para adelante y esperar que las cosas salgan bien. Ahora ya no pegamos carteles, pero confías en que las redes funcionen. Sacaremos de donde podamos y tenemos el apoyo de la escuela, de la que somos vecinos y que nos ayuda arrancar. 

Todo esto coincide con el estreno en Barcelona de Un trozo invisible de este mundo. La pieza que usted escribe y protagoniza ha hecho una buena temporada. ¿Feliz?

Ha ido mucho mejor de lo que podría esperar. Pensé que funcionaría en Madrid pero nunca que tuviera gira, porque surgió como algo muy urgente. No imaginé el éxito del público ni las buenas críticas. Lo del día 12 en el Lliure es un premio extra, porque ha sido mi referente teatral, la vanguardia del teatro en nuestro país. 

Además de la temporada teatral arranca la temporada política... con más madera, más papeles y mensajes y titulares que vienen cantando que hay 31 parados menos. ¿Cómo lo ve?

Muy mal. El panorama es desolador, tenemos un menos cien en cuanto a transparencia. No importa la dimensión de los escándalos porque parece que nada es suficiente para generar una dimisión. Me da la sensación de que hasta que la responsabilidad penal no actúe, la responsabilidad política no contará, da igual los errores que cometan. En cuanto a honestidad democrática, al parecer no importa que se incumpla el 90 por ciento del programa elegido, el contrato no se rescinde jamás. Y en lo económico inauguramos el curso con más recortes, como el de las pensiones, a las que van a desvincular del IPC. Eso como último regalo. Y el gran acto de heroísmo son esos 31 parados menos...
Fuente: Rocío García (elpais.com)
Algunas frases pueden sonar viejunas, pero ahí están. No por eso, a veces, dejan de ser certeras. Y más en estos tiempos. El actor Juan Diego Botto (Buenos Aires, Argentina, 1975) defiende esta filosofía con ahínco y recuerda estos días aquello que se proclamaba en las calles durante las revueltas de mayo de 1968: “Cuando el Parlamento es un teatro, el teatro debe ser un Parlamento”. Y decidido y comprometido donde los haya, el intérprete y autor teatral se ha puesto manos a la obra y desde el próximo mes de septiembre estará al frente, por dos temporadas consecutivas, de la programación de la sala Mirador, en el barrio de Lavapiés de Madrid.
De momento, ya ha encargado un gran cartel con la frase del mayo francés que presidirá la entrada de esta sala privada, que gestiona desde 1995 el Centro de Nuevos Creadores. Porque lo que allí encontrará el espectador es un lugar en el que detenerse y pensar de manera colectiva. “Eso es el teatro”, proclama entusiasmado Botto, “un sitio en el que se habla del ser humano y se apela al corazón y a la razón, y todo colectivamente”.
El autor e intérprete de una de las obras de mayor éxito e impacto en la escena teatral en Madrid —Un trozo invisible de otro mundo, que viajará en septiembre al Teatre Lliure de Barcelona y se repondrá en febrero de 2014 en las Naves del Matadero— asegura que la explosión que se vive en la ciudad desde hace dos o tres años con nuevas salas alternativas, propuestas diferentes, nuevos dramaturgos e historias contundentes fue la razón por la que propuso a los responsables del teatro Mirador liderar la programación de esta sala de tipo medio (170 butacas).
“Lo que está claro es que ahora en Madrid los que menos pesan en el teatro son la vanguardia. Me apetecía formar parte de esta explosión y más en el momento social en que vivimos, en el que hay muchos autores que buscan y están encontrando la compañía del público con historias que hablan de cosas que a todos interesan”.
La filosofía que impregnará el nuevo programador de la Mirador tiene que ver con la urgencia, con ese teatro urgente y ágil que se monta en muy corto espacio de tiempo historias que tocan a la calle. “Los teatros oficiales se están quedando atrás, no están recogiendo la ebullición que se palpa en las salas de pequeño formato. La programación tendrá una clara voluntad social pero no será ni dogmático, ni esquemático”, explica el actor, que pone de ejemplo a Lorca como el más claro exponente de teatro social.
El entusiasmo de Botto es inmenso. Se le ve feliz y asegura que la sala estará sobreexplotada —“hay mucha gente con necesidad de hacer teatro y muchas propuestas”—. Nunca estará vacía, excepto los lunes. Habrá funciones diarias, a veces más de una, y tendrán cabida tanto propuestas que necesiten una sola lámpara como otras con necesidades técnicas mayores, algo para lo que está preparada de sobra la sala Mirador, en la que se realizó una importante inversión en equipamiento.
Ideas no le faltan, como ese espectáculo combinado que quiere proponer al resto de las salas del barrio de Lavapiés. “Así podemos tener la sensación de que no estamos solos y nos sentimos más fuertes de cara a las dificultades”. Y la posibilidad de que la Mirador se convierta algo así como en la pequeña filmoteca teatral en el que se programen “clásicos” que la gente se perdió en su momento y que quiera recuperar.
De momento, Botto quiere inaugurar su temporada como programador —su idea es que el cargo rote cada dos años para que no languidezca el teatro y siempre bullan caras e ideas nuevas— con la obra En construcción,dirigida por Tristán Ulloa e interpretada por Carolina Román y Nelson Dante y que se ha defendido con valentía y éxito en el Teatro del Arte de Madrid esta primavera. Habrá también espacio para Alberto San Juan, que escribe y, a lo mejor, dirige una obra propia, y también para directores como Sergio Peris-Mencheta, que tiene en proyecto cinco piezas cortas de una autora rusa, o el argentino Pablo Messiez, que ha presentado en Madrid algunas de las propuestas más apasionantes del panorama teatral. Botto se reserva un texto que ha escrito para su hermana, la también actriz María Botto, en torno a los sueños de una chica que quiere triunfar. “Espero que lo quiera interpretar”, asegura sonriente.
Antes de que esa ebullición penetre en la sala Mirador, Juan Diego Botto se relaja sentado en el patio ante la presencia de una floreada y enorme adelfa.


Fuente: Maite Nieto (elpais.com)
Se desprende del abrigo oscuro que le ha protegido del frío madrileño hasta entrar en el lugar de la cita y se sienta frente a su interlocutor esperando las preguntas. No hace falta esforzarse. Juan Diego Botto es un buen conversador. Tiene muchas cosas que decir y le gusta hacerlo. Pero no es de esos verborreicos apabullantes que quieren convencer de todo y de nada con una charla imparable. La conversación se desarrolla en el tono intimista al que invita la cálida voz de este actor que ha crecido rodeado de arte y cuya carrera ha experimentado un enorme salto cualitativo con su última producción teatral, Un trozo invisible de este mundo, escrita e interpretada por él. Cinco monólogos en torno al exilio y la inmigración que han recibido elogiosas críticas y comentarios de los espectadores en las redes sociales: “¡Qué hondura!, ¡qué rigor! Texto hermoso y conmovedor. No se la pierdan”, o “Desgarradora, emotiva, imprescindible… una bofetada de realidad”.
Aunque el público le conoce más por sus papeles en el cine, los críticos son contundentes: “Es un hombre de teatro, lo lleva en las venas. Ahora es uno de los grandes”. Historias del Kronen, PlenilunioMartín (Hache),AsfaltoSilencio rotoPasos de baileVete de míEl GrecoSilencio en la nieve… son algunos de sus títulos en la gran pantalla. Tres nominaciones a los Premios Goya avalan que su figura estilizada y su rostro imperfecto de rasgos intensos, propio de esos hombres a los que se califica como atractivos rotundos, convencen. En el teatro atrapa. Cada uno de los asistentes siente que le mira a los ojos, que habla por y para él, que no está frente a un actor, sino ante una persona íntegra que valdría la pena conocer. Es capaz de comunicar con el gesto y la palabra, sin estridencias, y sorprende la fuerza de su discurso, la contundencia del mensaje que quiere trasmitir y la suavidad, salpicada con notas de humor, con la que es capaz de hacerlo. Fuera del escenario no defrauda.
Lo que he hecho en teatro siempre han sido proyectos personales. Significa la posibilidad de contar algo que es más cercano a mí. En este medio nunca me he embarcado en una historia que se pueda calificar como alimenticia”. Al preguntarle si el contacto directo con el público aporta algo especial, confiesa con media sonrisa: “Sí, lo primero, mucho miedo. Miedo diario. Ese vértigo de que puede pasar cualquier cosa, y también el sentimiento de imperfección, que es lo maravilloso del teatro. Un día, la primera escena sale perfecta y dices: ‘¡Ya está, ya lo tengo!’. Y al día siguiente no es lo mismo y piensas: ‘¡Hostia!, ¿por qué, si ayer lo clavé?’. En el teatro siempre tienes algo por lo que volver”.
A todos nos condiciona quiénes y cómo son nuestros padres; en el caso de Botto es difícil imaginarse cómo habría sido su vida sin tener en cuenta dos de las columnas sobre las que se asienta la persona y el profesional que es hoy: su padre, Diego Fernando Botto, actor como él y desaparecido con 28 años tras su detención en 1977 durante la dictadura de Videla en Argentina, y su madre, Cristina Rota, también actriz y profesora de interpretación, que llegó exiliada a España un año después con sus dos hijos de cuatro y tres años: María y Juan Diego. A ella le tocó vivir la pérdida, sentir que hasta los suyos “la ponían en el lado de los malos”, llegar a un país extraño sin nada y trabajar en lo que salía hasta convertirse en la maestra de grandes actores que es ahora.
Yo soy hijo del exilio”, dice Juan Diego, “me parece un ejercicio de ciencia ficción imaginar mi vida… hubiera sido otra, viviría en Buenos Aires, no sé si sería actor… ¿Pienso como pienso porque mi padre sufrió lo que sufrió y nos tuvimos que exiliar? No lo sé, sin duda es un factor relevante, pero cada cual es cada cual y hay otros factores que han influido. Ese vacío que uno necesita llenar cuando ve una injusticia, que son tantas las cotidianas que nos rodean, es una necesidad, tengo que decir: ‘¡Esto está mal!’. La rabia viene dentro de mí. En nuestra familia, la palabra “desaparecido”, que es un eufemismo para una persona que ha sido secuestrada, torturada y asesinada, fue un hecho demoledor. Yo, en concreto, me tiré parte de mi infancia esperando que en algún momento pudiera haber un juicio. Un juicio es el cierre ideal. Los acusados, los responsables del asesinato de tu padre se van a sentar en un banquillo con todas las garantías legales; se va a hablar de por qué y cómo. Y eso es muy relevante porque en el caso de un desaparecido sabes el porqué, pero no cómo ni cuándo”.
Debutó en el cine a los cinco años. Un hecho natural si se tiene en cuenta que el salón de su casa fue el lugar en el que su madre empezó a impartir clases de interpretación. “Recuerdo volver del colegio y escuchar que estaban haciendo Shakespeare, Chéjov o lo que fuera. Que mis hermanas y yo [las actrices María Botto y Nur Al Levi] empezáramos a estudiar allí fue normal. Podríamos haber reaccionado no queriendo saber nada de esta profesión de locos, pero a los tres nos ha picado el gusanillo”. Un virus familiar que en su caso abarca interpretar, dirigir y escribir. Su montaje de Hamlet, en 2008, puso en pie a público y crítica y marcó una nueva era en la forma de abordar el estereotipo de ese romántico y atormentado príncipe de Dinamarca que de la mano de Botto se convirtió en un joven indignado que no busca venganza, sino que se sepa la verdad. Un trozo invisible de este mundoha supuesto para muchos descubrir al Juan Diego Botto autor, capaz de abordar la soledad, el desarraigo, la injusticia social… y hacerlo de forma que el mensaje llegue al espectador con toda su crudeza haciéndole reír tanto como reflexionar.
Me gusta escribir, dialogar y contar historias como a mí me interesa hacerlo. Es una forma de sentir que aportas algo. Con Un trozo invisible…es la primera vez que la gente me ha dado las gracias y no la enhorabuena. Eso no me había pasado nunca. El día después del estreno teníamos solo 40 espectadores en la sala, pero la última semana y media que actuamos en Madrid colgamos todas las noches el cartel de ‘no hay entradas’. Realmente lo que ha funcionado con esta obra ha sido el boca a boca”.
Le recuerdo haber leído una declaración suya sobre que el teatro tiene que recoger el drama de la gente. Inmediatamente la recita completa, aclarando antes que es de Lorca: “Un teatro que no recoge el latido social, el color genuino de su espíritu y su paisaje, con risa o con llanto, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juegos o sitio para hacer esa horrible cosa que llaman matar el tiempo”. “Hay que ser consciente de que cualquier cosa que haces en el arte manda una información, para bien o para mal. Todas las películas son sociales. Las de acción de Schwarzenegger son muy políticas, las románticas son muy ideológicas. Vengo de Roma, miras la Capilla Sixtina y ahí hay un mensaje: la primacía de Dios por encima de todo, el hombre sumiso a Dios, es realmente apabullante. Todo tiene una lectura, solo hay que ser consciente de lo que estás haciendo y tener claro que ningún trabajo es indigno”.
Activo y comprometido, no es raro verle apoyando causas diversas o realizando rotundas manifestaciones en las redes sociales. En un tuit lanzaba una reveladora frase de Albert Camus: “Hay épocas en las que la indiferencia es criminal”. “Es de La peste, un libro que me encantó, y es una metáfora maravillosa porque todo se va devastando alrededor y muchos tratan de seguir adelante como si no ocurriera nada. No hacer nada, no mirar es contribuir a que las situaciones injustas se perpetúen”.
En ese continuo diálogo que se genera en lugares como Twitter o Facebook, significarse puede recibir tantos halagos como críticas. A Botto no le han faltado ni unos ni otras. De las últimas, algunas inciden en lo fácil que le puede resultar a él, que vive bien, permitirse el lujo de mantener un discurso combativo y solidario. Su respuesta es inmediata: “Para empezar me parece lícito. El acierto de las redes sociales es que no son unidireccionales. Pero opino que lo terrible sería vivir bien y no tener esta actitud. No hablar, no criticar, no tratar de cambiar las cosas es censurable y de una insolidaridad que asusta. Nos están arrebatando la educación, la sanidad… Las familias se han endeudado, sí; pero fundamentalmente lo han hecho las empresas y los bancos. Y lo que hemos dicho no ha sido ‘pongamos todos para salvar la educación’, sino ‘pongamos todos para salvar los bancos’. Es tan surrealista que hace unos años nadie lo hubiera creído”.
Pese a sus raíces argentinas, se siente español y le duele el país, su situación actual. “Mi parte argentina siempre está presente en mí, pero soy mucho más español que ninguna otra cosa. Llevo desde los 3 años en España y tengo 37, mi pasaporte es español, aunque también tengo la nacionalidad argentina; pero tu lugar es tu gente, el sitio donde nació tu hija, donde te emborrachaste o besaste por primera vez, tus amigos del colegio… Somos seres sociales y necesitamos a nuestra tribu, nuestro entorno. Por eso escribí sobre la inmigración y el exilio. Están separados por una línea muy fina, pero comparten la misma fractura social y el mismo desarraigo”.
Le pido que haga su autorretrato y consigo que acaricie su cuidada barba una vez más mientras responde con una frase de su madre. “Ella nos decía en clase: ‘Cuando vayáis a trabajar un personaje, no miréis lo que él dice, mirar sobre todo lo que los demás personajes dicen de él’. Pues esto es igual, el peor observador de uno es uno mismo. Podría describir que mido 1,80, que tengo el pelo largo y una hija de tres años… Todo lo demás empezaría a patinar”.
Un observador imparcial podría añadir que es inteligente, interesante e inquieto. Que no le asustan los retos y que tiene los pies en el suelo. Que va a probar a hacer un guion de cine y que no desprecia la televisión como plataforma; solo espera un reto interesante. Llega el momento de las fotografías. El sereno rostro se transforma. Se come la cámara. ¡Acción!

Fuente: Marta Caballero (elcultural.es)


Juan Diego Botto busca respuestas. Mientras trata de explicarse qué sucedió el otro día en el Congreso, lleva su inquietud social, presente desde su infancia, a un escenario. Será en las Naves del Español en Matadero, donde el actor argentino estrena su obra Un trozo invisible de este mundo, pieza construida con varios monólogos en torno a la inmigración y el exilio en la que también está su propia biografía. A pesar de que atisba una vuelta al teatro social -"no puede ser de otra manera con todo lo que está pasando"- ha querido que el montaje no esté exento de humor, porque el teatro, sostiene, "debe ser juego". Así lo entiende también Sergio Peris-Mencheta, colega y compañero generacional que se encarga de la dirección. 

La obra surgió de una experiencia que usted presenció relacionada con la inmigración.
Sí, ya tenía la idea de empezar a escribir algo del exilio y me documenté con un amigo que trabaja con asociaciones de inmigrantes. Fue él quien me invitó al funeral de una mujer que había pasado 30 días en un centro de internamiento sin que nadie hiciera un examen médico. Murió de sida. Yo vi a su madre abrazada a su féretro cerrado. Según me tradujeron, le decía: 'Yo que te parí y no te puedo abrazar; yo que te vi crecer y no te puedo ver ahora'. Aquello me emocionó muchísimo. Por suerte no fue todo tan amargo, en la pieza también hay mucho sentido del humor, aunque el drama es ineludible. Lo que sucede es que en la dificultad, cuando tienes que remar río arriba, hay situaciones de todo tipo y al hablar con inmigrantes para escribirla siempre había un momento en el que todos recordaban algo que les hacía reír. Por ejemplo, el segundo monólogo aborda una situación muy cómica de un tipo que intenta hablar con su mujer desde un locutorio y al final habla con todo el pueblo menos con ella. Es muy gracioso, aunque también muy triste. 

Usted es hijo del exilio. ¿Hasta qué punto ha exorcizado su propia experiencia?
La segunda parte del espectáculo que habla del exilio, del que yo conozco, el de los que se vinieron en los 70 con la dictadura de Argentina. Son dos monólogos, uno es un tipo que está allí en esa época y otro que está aquí y ha vivido todos estos años en España. Intento reflexionar sobre el desarraigo, los sueños que se van, las ganas de cambiar el mundo... 

La España que hoy está en la edad adulta debería saber mucho de inmigración. Sin embargo, a veces parece que no hayamos aprendido mucho.
Hemos heredado un acomodo y siempre parece que corresponde a la siguiente generación movilizarlo, pero hay que luchar contra él. Es quehemos vivido en una situación estática pensando que Europa era inamovible, que íbamos a conquistar cada vez más y más. Nadie pensaba que sus amigos iban a volver a casa de sus padres o que se iban a volver a Alemania a trabajar. Por eso es buen momento para reflexionar. Al emigrar, el primer derecho que se viola es el derecho a no irte, porque todos deseamos quedarnos. En este sentido, las crisis sacan lo mejor y lo peor del ser humano, pero la realidad es contagiosa. Es como las movilizaciones, una vez que sales y estás ahí compartiendo la voluntad de cambiar algo, eso te cambia. Cuando ves que es tu hermano el desahuciado, el que no tiene paga extra, el que se queda en paro... todo eso te incita a la solidaridad. También es cierto que puede incitar a lo peor cuando te hacen creer que la culpa no es de los bancos sino de ese que es más negro que tú y que te quita el trabajo. 

La crisis está desembocando de nuevo a un teatro más social. ¿Diría que lo es el suyo? ¿Existe este regreso al realismo crítico?
Yo no sé si es social, sé que es teatro y que es entretenido. Para mí, la primera obligación del teatro y del cine es no aburrir. Ya puede encerrar todas las enseñanzas de todos los libros de Proust, una obra tiene que ser entretenida y la nuestra lo es. Tiene una reflexión de algo inmediato que está en la calle, que está pasando. Lo contrario hoy en día sería absurdo, porque lo que pasa es tan interesante que no meterlo en un escenario es una lástima. No se le puede dar menos al espectador, si desayunas con 1.500 policías rodeando el Congreso, para qué mentir en escena. 

¿Cómo vio lo del Congreso?
Lo veo lamentable y no veo cómo no se han producido dimisiones, hay muchas cosas que investigar. Me parece muy importante lo que ha dicho el juez de la Audiencia al señalar que no se ha cometido delito contra la nación.Una manifestación planificada, autorizada y declarada pacífica no puede ser un delito, la están criminalizando y las imágenes que circulan por YouTube son más que sospechosas. Parece que hubo policías infiltrados entre los manifestantes y muchas imágenes indican que los que rompen la paz son ellos. Si algo es radical en todo esto son las decisiones que se están tomando desde el Ejecutivo. Pero de este y del anterior, que cambió la Constitución para poder pagar la deuda antes que los derechos sociales. Ahora hay una sensación de que esto es nuestro, de construir comunidad. Cuando hace poco decía la delegada de Gobierno que el Retiro no era un jardín para hacer activismo político, se equivocaba: no puede servir ese parque para nada mejor que para eso. 

Vuelvo a la obra ¿Por qué escogió a Sergio Peris-Mencheta para dirigirla?
La decisión fue muy fácil. Yo había visto Incrementum, su anterior montaje, y me encantó. También La tempestad. Sergio tiene una forma de entender el teatro muy lúdica y es algo que me gusta mucho. A pesar de que tratamos cosas serias, el teatro tiene que tomarse como algo lúdico, jugarse el sentido del humor y el drama como se juega en la vida. Además, somos de la misma generación y tenemos los mismos referentes culturales, hemos visto las mismas películas en la misma época y hace que el entendimiento sea rápido. Me he sentido muy amparado y he disfrutado mucho del trabajo. 

¿Nunca se planteó dirigirla?
No, escribirla y actuarla es suficiente y para disfrutarla actuando no podía dirigirla porque uno de los procesos se habría resentido. Gracias a que lo he hecho así me divierto todos los días.

¿Saldrán de gira?
Las giras se han resentido mucho pero intentaremos estar un año y año y medio con esto y también llevarlo a Buenos Aires, que me apetece mucho. 


Fuente: Elsa Fernández-Santos (elpais.com)
Muchas veces la vida de un hombre se resume con el contenido de su cartera. No solo su identidad o las pistas de sus movimientos, sino también los secretos de su carácter, sus manías, sus vicios y su memoria. La del actor madrileño Juan Diego Botto (Buenos Aires, 1975) está demasiado usada y desordenada para un tipo que en su treintena aparenta moverse en perfecta línea recta. Entre pequeñas montañas de papeles arrugados se intuyen obligaciones y rutinas; y en un puñado de fotos -una de su hija, en color, y otra de sus padres, en blanco y negro- se perciben los motivos por los que se aferra a ese ajado cuero como a una diminuta pero inquebrantable tabla de salvación. Empuñándola en una mano como si solo formara parte de su atrezo, el actor saldrá al escenario el próximo martes en las Naves del Español, en el Matadero de Madrid, para estrenar Un trozo invisible de este mundo, la obra que escrita por él dirige Sergio Peris-Mencheta. Producida por su madre, Cristina Rota, presenta cinco monólogos interpretados con la actriz Astrid Jones. Cinco caminos para llegar a una única carretera: la que conduce a la insufrible desigualdad que circula a toda velocidad por la autopista de este mundo.
La obra no marcha sobre ruedas sino sobre una cinta de maletas que hace las veces de columna vertebral de un espectáculo tocado por una realidad de la que Botto ni quiere ni sabe sentirse ajeno. El actor, y autor, echa mano de una cita de Lorca que para él define lo que debe ser el teatro. "El teatro que no recoge el latido social, el latido histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama ‘matar el tiempo”. Botto suelta la cita de corrido, con la facilidad que se espera de su buena memoria. "Maravillosa, ¿no?", pregunta. 
Ese “latido” fue para él la historia de Samba Martine, la mujer congoleña que murió de manera inexplicable el pasado diciembre a los 34 años en el hospital Doce de Octubre de Madrid.  Había sido trasladada desde el Centro de Internamiento para Extranjeros de Aluche,  llevaba semanas quejándose de los dolores sin que nadie le hiciera caso. Acudió en diez ocasiones al servicio médico y solo en una ocasión estuvo acompañada por una intérprete. Era portadora del sida, pero estaba sana. “Se le practicaron tantas autopsias que su féretro tuvo que permanecer cerrado mientras su madre se aferraba a él desesperada. Quería abrazar a su hija pero no podía. Fui al funeral porque me avisó un amigo y aquella escena me afectó mucho. La periodista de EL PAÍS Mónica Ceberio hizo una cobertura impresionante de la historia. Empecé a documentarme en varias ONGs y empecé a escribir”.
El monólogo Mujer, que encierra el título de esta obra, surgió de aquel impacto. Arranca así: “Yo nunca recibí al nacer el papel que me daba la propiedad de un trozo invisible de este mundo. Cuando yo era como tú pensaba que la vida era dormir y comer y aguantar un día más. Para mí la vida era simplemente no sufrir, restarle horas a la muerte. Te digo esto hijo mío porque necesito contarte qué pasó…” Solo uno de los monólogos, El privilegio de ser perro, es un viejo texto. El resto son casi un vómito nacido en los últimos meses. "Vienen de la necesidad de encontrar mis propias palabras. Escribo como un actor. Yo soy un personaje y de ahí salen mis palabras. Por eso lo que escribo es teatro y no puede ser otra cosa”.
Fue Botto quien pensó en el también actor Sergio Peris-Mencheta como director después de ver su puesta en escena en Incrementum. Una apuesta que responde a la capacidad de Peris-Mencheta para ver el lado lúdico que debe encerrar toda representación. Su talento para mover fichas sobre el tablero de un escenario no es casual. “Tengo una habitación en mi casa con 300 juegos de mesa. Soy un tipo extraño. No juego a la playstation, ni salgo por la noche, ni me drogo… solo tengo el vicio de los juegos de mesa. Cuando dirijo una obra pienso en jugar, aunque hable de algo serio y dramático". Peris-Mencheta, un hombre de carcajada enérgica, suelta un contundente reclamo: “eco-teatro. Yo abogo por el eco-teatro. En el que con muy poco se hace todo lo que se puede. Ahora, que es época de poco dinero, toca imaginar, exigir al espectador que ponga con su cabeza lo que falta sobre el escenario”. La cinta de equipajes, las maletas, un teléfono… economía de medios que él justifica con una frase de Peter Brook: “en teatro, menos es más”. “En esta obra todos somos esa maleta que pasa por la cinta. Desde el primer monólogo, el del interrogatorio, que coloca a todos los espectadores en el lugar del inmigrante, queda claro ese punto de partida”. 
Por la tarde, en las naves del Matadero, la luz parece polvo del desierto. El equipo que trabaja en este montaje se conoce bien desde hace tiempo, según explica la productora de la obra, Cristina Rota. Para ella un monólogo jamás debe evitar la complejidad. "Un buen monólogo no es contar un cuento". Productora "por obligación y no por placer" prepara su próximo trabajo como directora junto a su hija María Botto para febrero. "No, no es fácil trabajar con mis hijos, siempre nos planteamos no hacerlo pero siempre acabamos juntos. Nadie les juzga con más dureza que yo. Es difícil mantenerse a distancia... Juan es un buen escritor, sé que le apasiona dirigir y escribir, pero será actor hasta el último de sus días, un actor que por el camino descubrió otras cosas".  Maestra de actores, tiene claro lo que admira de los creadores de Un trozo invisible de este mundo. "No tienen miedo al compromiso. En Sergio y Juan veo esperanza por cambiar el mundo. Son más realistas que mi generación, la de los 70, que nos equivocamos en demasiadas cosas y somos muy culpables de todo lo que ahora ocurre. Pero ellos son luchadores y eso está muy bien".
Su hijo reconoce que en estas historias sobre el exilio y la inmigración hay mucho de él, y de ella,  de los peores fantasmas de su propia biografía. Uno de los monólogos gira sobre una historia de la Escuela de Mecánica de la Armada, donde su padre desapareció sin cumplir los treinta años. Un caso que por fin será juzgado junto a otros 700 este mes en Argentina y que inevitablemente le ha obligado a él y a los suyos a un duro ejercicio de memoria. “Había planeado ir, llevamos tantos años esperando este momento, pero no podré por la obra. De alguna manera para mí todo esto es en su nombre”.