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Fuente: Juan Cruz (elpais.com)

Este país esperó la felicidad y su presente suena a fracaso. ¿Qué contienen esas palabras? Durante siglos vivimos en una sociedad en la que uno manda y otro obedece y no hemos sabido adaptarnos al paso democrático de otros países. Nos hemos estancado; nos parece suficiente con poder votar.

Se ha conformado el ciudadano. Elegimos y esperamos que ellos trabajen y solucionen, desde los políticos hasta el presidente de la comunidad de vecinos. “Ya te encargas tú”. Y hay que estar en la brecha, dar la vara.

Ahora se da mucha vara. Desde que está este monstruoso Gobierno la gente está en la calle porque es ominoso cómo están desmantelando el tejido social. Ahora sí, pero excepto en algunas huelgas, la ciudadanía no se ha movido, sólo hemos votado.

Dice que la Transición la halló feliz, que aquello era pletórico. Ahora hay quienes consideran que era el régimen del 78. Ese latido que yo sentí creo que ahora lo siente esta otra generación (las voces que hay desde el 15-M, movimientos como Podemos o Guanyem). Esa generación me parece que denuesta el espíritu del 78. ¡Lo leí y me sentí vetusta! Y recordé una sensación que tuve cuando tenía 18 años...

¿Qué sensación? Cuando me dije ¡pero, por favor, que dejen de hablarme de la guerra y de la posguerra! ¡La historia empieza conmigo, la tengo que construir yo a partir de ahora! Era mentira, claro.

¿Por qué era mentira? Porque me faltaba mucho por saber. Hay que pasar página, pero antes hay que leerla. Esa página la había pasado sin leerla. Ahora la quiero leer. Hay que respetar que nos llamen carrozas, porque lo somos; hay que saber destilar los valores que nosotros sentíamos. Y quizá ni siquiera decirles a nuestros hijos que son los mismos valores, porque se van a rebotar. Quieren ser los primeros, quieren inaugurar la Historia.

Usted será carroza, ¡pero carroza enamorada! ¡Sí, ja ja ja! ¡Como el polvo de Quevedo! Soy una enamorada de la Historia, de la vida y de la cadena de generaciones. Me di cuenta ya bastante mayor, ensayando El jardín de los cerezos, de Chéjov; me sentí enormemente cercana a lo que decía el personaje y a lo que estaba pasando. También al año siguiente, haciendo otro Chéjov, Las tres hermanas, leí lo que dice Olga: “Dentro de cien años, ¿qué pensarán de nosotros?”.

¿Lo piensa usted? Me emocionó lo que decía el personaje, estar implicado en la sociedad aunque a veces te puedas sentir inútil. Mira lo que dice mi personaje en El largo viaje del día hacia la noche:“Las cosas suceden sin que te des cuenta, y luego te interpones entre lo que eres y lo que querías ser y acabas por no ser tú mismo”.

¿Que le ha dado el trabajo para mantener el espíritu de carroza enamorada? La sensación de que sirvo para algo, de que a través de esta entelequia que es el teatro o una película estoy devolviendo imágenes de espejo del ser humano en otro tiempo, en otra circunstancia. Saber que puedo abrir una ventana a través de esta profesión tan bonita y absurda, porque todo es ilusorio. Sentirme útil, parte de un fluido histórico.

¿Cómo le ha hecho esta experiencia? Quizá la edad también ha intervenido: la profesión me ha hecho muy sensible.

¿Y qué le ha hecho cabrearse o llorar últimamente? Estoy en un continuo cabreo desde el otoño de 2011. Y antes, cuando cambiaron el artículo 135 de la Constitución me cabreé mucho. Cabreada con la prepotencia de la banca, con el peso que tiene lo mercantil sobre mi vida. Me siento ninguneada, toreada, muy mal.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Vicky Peña Mario Gas mantienen desde hace tiempo una estrecha relación personal y artística. De la primera quedan varios años de convivencia y dos hijos: Miranda y Orestes. De la segunda son testigos varios montajes que han pasado a la historia de la escena española, con ella como intérprete y él como director. Ahora, se suben juntos al escenario del teatro Marquina para protagonizar «El largo viaje del día hacia la noche», de Eugene O'Neill. Como actores, han coincidido varias veces, pero en ninguna, recuerdan, dirigidos por una tercera persona y participando en el proceso creativo desde el principio. Les acompañanMamen CamachoJuan Díaz y Alberto Iglesias, y dirige la función Juan José Afonso. En la conversación aflora constantemente el cariño, la complicidad y la admiración que sienten el uno por el otro; también, lógicamente, su sabiduría e inteligencia.
Ésta es una obra que le pega a usted, Mario, como director. Seguro que estaba en su lista de futuribles.
MARIO. Es una obra que me ronda desde hace mucho tiempo. De joven me zampé todo O’Neill, y hubo cuatro o cinco títulos que me gustaron mucho, entre ellos éste. Hablé con Nuria Espert de la obra cuando entré a trabajar en su compañía en 1980, con «Doña Rosita la Soltera». Más tarde, cuando Hermann Bonnin dirigía el Centro Dramático de Cataluña, hablamos mucho de ella también. Como actor, me han ofrecido el hijo pequeño, luego el hijo mayor... Yo le he estado dando muchas vueltas, y estaba pensando en comprar los derechos para hacerla cuando en una cena, Juan José Afonso y Alejandro Colubi me dijeron: «Te vamos a hacer una propuesta que no te esperas". Al cabo de dos días llamaron a Vicky y después a mi. Y estoy encantado de la vida con el personaje del padre. En realidad, encantado no es la palabra. Estoy emocionado y con muchas ganas.
Aparte de en «Follies», donde Mario tenía un papel pequeño y anecdótico, ¿hacía mucho que no trabajaban juntos, los dos como actores?
VICKY. Como actores hemos trabajado juntos, pero dándose la curiosa circunstancia de que Mario hacía suplencias de obras que había dirigido. La última vez, aparte de «Follies», fue en «A little night music», donde Constantino Romero tuvo durante un tiempo un compromiso profesional y tenía que dejar la obra varios días a la semana para grabar un programa de televisión; Mario le sustituía en el personaje, cantando y todo. Y ahí teníamos una relación actoral grande. Y luego, en «La reina de belleza de Leenane», durante un tiempo en que Álex Casanovas estaba rodando, también le sustituyó; e igualmente en «El tiempo y los Conway». Es decir, siempre haciendo sustituciones de actores en obras que él había dirigido, pero realmente nunca con una intensidad, una cercanía y una implicación dramática de personajes tan grande como ahora.
MARIO. Lo de «A little night music» fue muy curioso, porque la cosa empezó con cuatro o cinco funciones que Constantino no podía hacer, pero la cosa se complicó y terminé haciendo treinta y ocho; al final nos partíamos la semana. Pero era otra cosa: yo había montado la obra –y aunque tenía una dificultado vocal lo pasé muy bien–, y no era trabajar juntos en un proceso dirigido por una tercera persona ni empezando desde cero en papeles de esta complejidad. O sea, que en ese aspecto se puede decir que nos estrenamos.
VICKY. Hemos trabajado juntos muchas otras veces...
MARIO. Desde los tiempos de «Doña Rosita la Soltera», cuando tú entraste a hacer un papel...
¿Qué tiene esta obra de especial?
MARIO. Se podría resumir en que es una obra muy buena. Lo que cuenta Eugene O’Neill –y cómo lo cuenta– sigue estando ahí; es un teatro en el que revela y desvela relaciones individuales y familiares que están por debajo y no afloran, con las cuales crea un tejido dramático casi de tragedia. A ello se añade que los personajes son muy reales, muy de carne y hueso. Es una obra escrita con mucho dolor, con mucha conmiseración y piedad, y que de algún modo pivota sobre uno de los dos aspectos fundamentales del ser humano. Hay un teatro sobre la relación con el entorno más cercano, la familia –éste–, y otro teatro que aborda el enfrentamiento del ser humano a la sociedad, al poder... O’Neill es hijo de Strindberg y de Ibsen, y ésta es una obra demoledora, pero llena de humanidad y de ternura. Es también una obra tan universal que hace que nos olvidemos de que está hablando de su propia familia, que es su autobiografía. Y, además, es una obra de verdad. Hay funciones que son muy buenas, pero que al cabo de unos días de ensayos empiezan a flojear; en ésta, incluso el día en que no estás inspirado, te choca absolutamente. Es muy de verdad, no te puedes resistir a ella, te absorbe.
VICKY. Yo, por mi parte, añadiría que está tan elaborada, tan llena de amor, de dolor; tan llena de deseo de comprenderse y comprender a los seres queridos, que todo esto, puesto en tela dramática, resulta muy atractivo. La narración, su recorrido –que es una jornada, un día–, permite al espectador ir viendo de una manera nada enfática, sino sugerida –y por ello, quizás más dolorosa–, la evolución –no sé si el deterioro– de lo que sería la vida de una familia; cómo, sin que pase nada especial, todo se va torciendo. Ese dibujo, ese sombreado que va creando a lo largo de las escenas, es tan magistral... Hay una capacidad de dramaturgo brutal ahí...
MARIO. Es un poeta...
VICKY. Es un poeta, sí. Y luego presenta unos hábitos y comportamientos nada sanos en todos los personajes, y eso hace que se produzca un torcimiento de un acento trágico demoledor. Pero esa descripción te prende, tiene algo de novela de intriga;¿qué pasa aquí?
La familia de la obra, ¿es una metáfora? ¿Podría transcurrir en otro entorno?
MARIO. «El largo viaje del día hacia la noche» es el retrato de una familia con problemas que pueden ser trasladados a otros entornos, y al mismo tiempo es una metáfora del comportamiento humano en cualquier núcleo social e íntimo. Eso, así como la misma anécdota, que trasciende de la propia familia de O’Neill y se convierte en algo universal, la convierte en gran teatro. Las grandes obras se escapan del autor e incluso de la lectura que se hace en cada época, que va variando y nos toca resortes distintos; y eso lo da O'Neill por vía metafórica y por vía poética.
¿Vicky, usted como actriz habías pensado alguna vez en este personaje?
VICKY. Nunca lo había pensado, fue muy sorprendente cuando me lo ofreció Cuco Afonso. Una agradable sorpresa...
MARIO. Yo sí había pensado que lo hiciera ella...
VICKY. ¿Ah, sí? Nunca me lo habías comentado. Tampoco hasta hace relativamente estaba en edad para el papel. Pero no, la verdad es que no es uno de esos grandes personajes –que lo es– que tenía ganas de abordar. No se me había ocurrido. Me sorprendió muy agradablemente el ofrecimiento... Y también me asustó un poco.
¿Es un personaje ingrato, o tramposo, en el sentido de que tiene tanta complejidad como, por ejemplo, una Medea, pero no ofrece su lucimiento?
VICKY. No sabría decirle. Tiene un tipo de complicación, o de complejidad, muy distinto de un personaje como Medea. Yo, en esto del lucimiento, entraría en consideraciones muy distintas. Si construyera el personaje de esta obra, Mary Tyrone, llevándola hasta los bordes de sus capacidades, podría –y también cualquier actriz– construir un personaje gigantesco, enorme, espectacular, lleno de mil cosas... Y que no tendría nada que ver con las relaciones de la obra. No solo el mío,... Todos y cada uno de los personajes tiene una vena muy ancha, muy larga y muy caudalosa. Es tan interesante –para mí– llenar todos los perfiles de Mary Tyrone como conjugarlos en armonía con el resto de los personajes. No se trata de hacer un número de lucimiento, se trata de servir una obra y contar una historia. Es evidente que las vías que el autor da a Medea son muy distintas de las que O’Neill da a cada uno de los personajes de esta pieza... Tu com ho veus, Gas?
MARIO. Yo veo que, como actor, uno tiene que estar muy concentrado –al mismo tiempo, es una facilidad que ella te otorga como compañera de escenario– para no quedarse mirando cómo interpreta esta mujer, porque realmente es fantástica. Todo lo que dice es verdad, y yo lo he podido comprobar como actor y como director trabajando con ella. Los papeles son los que son también en relación con los personajes que te rodean y el trabajo conjunto. Al margen de eso, los colores que logra ella de la paleta de Mary Tyron son para eso, para que si no estoy muy concentrado en mi papel, quedarme mirándola como un espectador. Pero ese concepto del trabajo colectivo a partir de la propia composición y estructuración de un personaje ella lo tiene muy claro, y está muy bien. Después viene la brillantez. Pero lo importante es profundizar en el personaje y en la relación que se teje entre los personajes, porque eso ayuda a la comprensión de la obra. Y es verdad que estos personajes son difíciles, complejos, pero hay una cosa que también ocurre con los autores: hay que confiar en ellos, tienes que dejarte llevar por ellos, no imponerles normas, porque ellos también se abren mucho. Cuanto mejor es un personaje, o una obra, más te facilita el camino, si sabes verlo. Y el director, Cuco Afonso, ha hecho un trabajo de gran sensibilidad y de clarificación de ideas; su trabajo colectivo con los actores ha sido estupendo.
VICKY. Además, yendo a lo que decía Mario, hay que decir que esta obra es muy larga. Dura tres horas y media o tres horas y cuarenta y cinco minutos, y en esta ocasión se ha peinado el texto. Borja Ortiz de Gondra ha hecho una versión en la que el trabajo ofrecía una pequeña complicación más, y es que no están algunas cosas, pequeños puentes de frases, de momentos... Pero está tan bien cortada que no echamos eso en falta, y además hemos ido trabajando con el director y ocupando esos pequeños terrenos que no estaban explicitados.
MARIO. Borja ha hecho una versión espléndida. Sin menospreciar las existentes, la suya es espléndida.
Usted, Mario, ¿se está redescubriendo como actor?
Redescubriendo no... El último papel grande que hice fue Valmy en «La doble historia del doctor Valmy», de Buero Vallejo, que dirigió para televisión Alberto González Vergel. Y durante mi época en el Español me tentaron varios directores. Le dije que sí a Jorge Lavelli en una obra de Berkoff, que empezamos a ensayar Blanca Portillo y yo, y que no se pudo hacer finalmente por problemas, digamos, de seguridad del público; y comprendí el error que supone meterse en papeles de envergadura estando en la dirección del Español. He seguido haciendo recitales de poesía, trabajos solo o con Ute Lemper, y sigo haciendo doblaje, que para mí es una vía de escape, porque tengo la suerte de doblar a actores muy buenos. Pero tenía ciertas ganas de volver a actuar, y dejar ese flirteo de hacer solo cosas pequeñas que me gustaran. Yo soy actor desde la adolescencia, y después de la etapa tan potente y tan fuerte de los ocho años y medio del Español, cuando llegaron estas dos propuestas dije que sí. Me apetece mucho. Y todo este tiempo en que yo he madurado quizás me ha servido para poder tener unas armas y unos instrumentos más pulidos para enfrentarme a personajes acordes con mi edad.
¿Y en qué ha sido diferente la relación director-actriz con la relación actor-actriz? ¿Se ha trasladado la complicidad entre ambos?
VICKY. Sí, yo creo que sí. La materia de nuestra relación era distinta a otros montajes, porque en aquellos yo estaba siguiendo sus indicaciones o sus sugerencias, y adaptándome a la idea que él tenía del montaje; y en esta ocasión me he encontrado adaptándome a la idea que tenía Cuco. Pero aunque la naturalea de la relación era distinta, la calidad ha sido igual. Estábamos los dos sirviendo la misma obra, sabemos qué tipo de juego –escénico y dramático– podemos tener... Nos conocemos mucho y ha sido como ver el paisaje desde otro ángulo; pero la complicidad, el deseo de ir siempre a favor de obra y de disfrutar, eran los mismos. Sabemos que es una maravilla trabajar en una obra que te gusta y que tiene la dificultad que tiene ésta; en ese disfrute no ha habido mucho cambio. Además de lo encantador que es encontrarme enfrente con él como intérprete, que ha sido una gozada.
MARIO. Yo una de las cosas que digo siempre es que para dirigir hay que tener una caña y un sedal largo. Tú entras, explicas a los actores el punto de partida, les tiras a todos la caña, vas dando sedal y luego lo vas recogiendo. Cuco ha transitado por ese camino, igual que otros directores. Él tiene las ideas muy claras, pero ha sabido de algún modo plantear puntos de partida e itinerarios, pero dejar también que nosotros fluyéramos, y luego ir recogiendo. Esa es la manera de dirigir, aunque hay muchos sistemas. Yo recuerdo que en 1989, cuando programé esta obra, dirigida por Bergman, en el Festival del Tardor, de Barcelona -que yo dirigía en esa época-, me hice muy amigo de Peter Stormare, un actor sueco que había hecho con Bergman obras como «Rey Lear» o «Hamlet»; él me contaba que Bergman podía parecer, para alguien que no le conociera, muy descolocante, porque no hablaba mucho. Decía cuatro cosas y dejaba la decisión en manos del actor. Dejaba construir y luego iba matizando. El director, si cree en los actores, en la obra y en sí mismo, no tiene necesidad de autoimponerse de una manera brutal, sino que ha de dejar que todo el equipo respire a favor de obra.

Fuente: Marcos Ordoñez (elpais.com)
Acontecimiento: el próximo 4 de septiembre, Mario Gas y Vicky Peña, uno de los tándems más creativos y aclamados de nuestra escena, compartirán el escenario del madrileño teatro Marquina en Largo viaje del día hacia la noche, la obra cumbre de Eugene O’Neill. Conversamos en el Café Central, a cuatro pasos del Español, el teatro que Gas dirigió durante ocho años y medio. Largo viaje es una antigua fascinación de ambos, desde que vieron, en los sesenta, la película de Lumet, con Katharine Hepburn y Ralph Richardson.
En los primeros ochenta, Gas quiso montar la función en el Romea, recién convertido entonces en Centro Dramático de la Generalitat. Y en 1989, como director del Festival de Tardor de Barcelona, trajo el fabuloso montaje de Bergman, con Jarl Kulle y Bibi Andersson. “Como actor”, cuenta, “me la ofrecieron varias veces: primero el rol del hijo pequeño, luego el mayor, y luego el padre, que es el papel que interpreto ahora. ¡El tiempo vuela!”. Hará unos meses, Gas estaba a punto de comprar los derechos y montarla, cuando le llamó Alejandro Colubi, el empresario del Marquina: “Me dijo: ‘Vamos a hacerte una oferta que te sorprenderá’. Y me sorprendió: el director Juan José Afonso quería contratarnos a Vicky y a mí para protagonizar Largo viaje. Y aquí estamos, con tres estupendos actores jóvenes: Juan Díaz, Alberto Iglesias y Mamen Camacho”.
Para ser un clásico de su envergadura, la función se ha puesto tan solo cuatro veces en España. En 1960 la estrenó González Vergel, en el Lara. Casi treinta años más tarde volvió a la escena (Español, 1988) dirigida por Narros y Layton. John Strasberg la monta de nuevo en el Albéniz, en 1991. Y Álex Rigola en La Abadía, en 2006.
“A mí me gustan las obras que, como esta”, señala Gas, “no se pueden resumir en una frase. Lo que podría quedarse en un psicodrama familiar se eleva hasta convertirse en una gran tragedia moderna, con un vuelo y una intensidad que la hacen universal. Es la historia de unos seres que quieren quererse y entenderse, y no lo consiguen”.
Añade Vicky Peña: “O’Neill hablaba de su propia familia, y no quiso que la obra se viera hasta pasados veinticinco años de su muerte, pero su viuda autorizó el estreno en 1956, en el Dramaten de Estocolmo. Era su ‘casa espiritual’, porque las influencias de Ibsen y Strindberg son evidentes”. A los pocos meses se estrenó en Broadway, con Fredric March y Florence Eldridge, y tuvo un enorme éxito”.
En una reciente entrevista en este periódico, Vicky Peña comentaba a Jacinto Antón que estaba harta de personajes trágicos y quería hacer alta comedia, “incluso vodevil”. ¡Y ahora le toca la Mary Tyrone del Largo viaje! “Es un regalo hacer un personaje tan extraordinario como Mary Tyrone, pero también es verdad que me encantaría hacer un Jardiel, un Coward, un Labiche… Adoro la comedia, aunque tienden a verme más en registro dramático”. Casi todos sus trabajos de comedia los ha hecho con Mario Gas y en musicales: la tierna Adelaide de Guys and Dolls, la demoniaca señora Lovett de Sweeney Todd… “¡Es verdad! Y la mayoría, en piezas de ese genio llamado Stephen Sondheim. Ahora que lo pienso, con una modalidad diferente en cada una: farsa (Golfos de Roma), comedia negra (Sweeney Todd), alta comedia (A Little Night Music), comedia amarga (Follies)… ¡Y las que nos quedan por hacer!”.
La actriz ve a Mary Tyrone, su papel actual, como una mujer frustrada, una mujer de clase alta, de un mundo marcado por las convenciones sociales, “que se enamora de un cómico, James Tyrone, y entra en una vida itinerante, de hoteles y viajes continuos. Sufre luego una experiencia muy dolorosa, que la trastorna, y poco a poco se refugia en el pasado, en sus recuerdos. Tiene puntos de contacto con la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, que interpreté a las órdenes de Mario: las huidas a un mundo de fantasía, la obsesión por el esplendor perdido”.
Para Gas, James Tyrone, su personaje, es “un buen hombre, pero lleno de conflictos: incomunicación con su mujer y sus hijos, insatisfacción consigo mismo. Nació en una familia de emigrantes y tuvo que ganarse la vida desde muy joven. Se convirtió en un actor de éxito, pero no en el actor que quería ser. Como todos los personajes de la obra, tiene muchas capas. He leído que March hacía un Tyrone colérico, que Olivier sacaba a la luz un lado mucho más doméstico…”.
Gas y Peña han estado unas cuantas veces juntos en escena, pero nunca en una pieza “con tanto papel”, por así decirlo. Mario recuerda que compartieron escenario en 1977, en un programa doble de Synge, formado por La boda del hojalatero y La sombra del valle, una producción del Salón Diana barcelonés, aquel breve pero formidable semillero donde tantos jóvenes actores de entonces (Juanjo Puigcorbé, Carmen Elías, Rosa Novell y Silvia Munt, entre muchos otros) echaron a volar. Yo les vi juntos en 1978, en Enrique IV de Pirandello, que Gas dirigía, y donde sustituyó como actor a Félix Rotaeta. “Volvimos a coincidir”, le dice Vicky, “en Doña Rosita la soltera, en la compañía de Nuria Espert. Y en El tiempo y los Conway, donde reemplazaste varias veces a Álex Casanovas”. Los recuerdos se aceleran. “¡Y volví a reemplazarle en La reina de belleza de Leenane!”, tercia Gas. Vicky: “Fuimos también el matrimonio Armfeldt de A Little Night Music, treinta y tantas funciones, cuando no podía hacerla Tino Romero. ¿Qué viene luego? La Orestíada, aunque allí no teníamos escenas juntos. Y luego Follies, claro”. Mario: “Ahora, por primera vez en mucho tiempo, protagonizamos un espectáculo del que no soy director”.
¿Y cómo sienta eso de contratarse como actor y no tener que dirigir? “¡Un gran descanso! (ríe). Me encantaba hacer sustituciones en mis montajes, porque concentrarse en actuar sin tener que estar atento a todo lo demás es un placer. Lo más latoso es aprenderse un papel tan largo, aunque sea espléndido. Yo sigo el método Espert: copiar una y otra vez mi texto, muy despacio, para metérmelo en la cabeza. Hay quien lo graba y lo escucha, pero a mí me va mejor ese otro sistema. Es como si hiciera los deberes para luego salir a jugar en el escenario. El escenario es el recreo”.
Mario Gas y Vicky Peña respiran teatro por los cuatro costados: vienen de familias de cómicos, y a su vez tienen hijos que siguen la tradición. El abuelo de Mario llevaba una compañía, y su tío abuelo pasó media vida en la compañía de Benavente. Su padre, Manuel Gas, era actor y cantante de ópera y de zarzuela, un bajo legendario. Su madre, Anna Cabré, era bailarina del Liceo. Su tío, el célebre Mario Cabré, actor y torero. “Yo nací en Montevideo”, cuenta, “durante una larga gira de mis padres. Mi hermano Manuel incluso hizo un curso escolar completo allí: recuerdo que sus libros eran a todo color, y los míos en blanco y negro. Yo fui uruguayo hasta la mili, a los 18 años”.
A esa edad, Gas ya está dirigiendo: en el TEU de Derecho, y poco más tarde en Gogo Teatro Independiente, en el “territorio libre” del Instituto Americano barcelonés. “La verdad es que el bicho me picó muy pronto. Cuando éramos críos, mi hermano bajaba siempre al foso de los músicos, con el maestro Sorozábal, y a mí lo que me gustaba era estar entre cajas. A los ocho debuté en Los agentes del quinto grupo, una película policiaca, con mi padre y con Armando Moreno, el marido de Nuria Espert. Adolescente, entré en las compañías de mi padre, en giras de verano: como actor (sin cantar), bailarín, ayudante de dirección… Y luego en la Facultad, sí, en el TEU, con Gustavo Hernández y Enrique Vila-Matas. Y en Gogo, con Santiago Sans, Carles Canut y Emma Cohen, que entonces todavía se llamaba Emma Bertrán”.
Vicky Peña era, dice, “cómica de segunda generación”, porque no había antecedentes teatrales en las familias de sus padres, Felipe Peña y Montserrat Carulla. No tenía, cosa curiosa, ninguna intención de dedicarse al teatro. “En aquella época mi padre se centró en el doblaje y la radio, pero pude ver incontables veces a mi madre, primero en el María Guerrero, donde estuvo dos temporadas, y después en una compañía maravillosa, con lo mejor del teatro catalán: Paquita Ferrándiz, Mercè Bruquetas, Ana Maria Barbany, Carmen Liaño… Y ellos, no menos estupendos: Abadal, Nonell, Lloret, Torner, Graneri, Anglada… Me chupé muchísimo camerino y aprendí mucho, aunque lo mío era la medicina, o eso creía”.
Se matriculó en enfermería y las prácticas le tocaron en el Hospital Clínico, en riñón artificial. Trabajaba, sobre todo, en turnos de noche. Un verano viajó a Londres para aprender inglés, y allí tuvo lugar la fulguración: “Un actor amigo de mi madre, Antonio Canal (ahora es el cura de Cuéntame), estaba estudiando con Roy Hart y me llevó a ver La madre, de Gorki: de golpe, decidí que quería ser actriz. Debuté como corista griega en unas tragedias resumidas, para público infantil, que Esteve Polls montó en el Español barcelonés, en 1971 o 1972. Carmen Elías era Ifigenia y Paquita Ferrándiz era Clitemnestra. ¡Trabajo duro, actuar para niños! ¡Eran tremendos! Una tarde, en una Antígona, Enrique Guitart paró la función y, muy amable, dijo: “Si armáis tanto ruido nos iremos”. Y los niños aullaron: “¡Idos! ¡Idos!”. Mi segundo gran aprendizaje fue en el Salón Diana, que un grupo de actores autogestionábamos, en cooperativa. Allí conocí a Mario”.
En 1976, las huestes de la muy ácrata ADTE (Asociación de Trabajadores del Espectáculo), lideradas por Gas, montan en el mercado del Borne un Tenorio que hace época, a caballo entre Ronconi y el Grand Magic Circus, con grupos de rock y dirigido colectivamente, que reúne a treinta mil personas durante tres días: casi un mini-Woodstock teatral catalán, del que pronto se cumplirán cuarenta años. Y en 1977, ya en el Diana, el aldabonazo de Enrique IV. Ocuparía mucho espacio detallar la trayectoria ascendente de los dos. Despegan en La ópera de tres reales, en 1984, en el Romea (ella es Polly Peachum, él dirige), y en los noventa comienzan a sucederse los éxitos: El tiempo y los Conway (1992), Sweeney Todd (1995) –la noche del estreno en el Poliorama, Sondheim subió al escenario y dijo que era el mejor montaje de su obra–, y el triunfo de La reina de belleza de Leenane (1998), que Vicky protagonizó con su madre, Montserrat Carulla. De las décadas siguientes, un top-ten de ambos debería incluir A Little Night Music (2000), Madre Coraje y sus hijos (2001), La Orestíada (2003), Homebody / Kabul (2007), Un tranvía llamado deseo (2010) y Follies (2012). Entre sus trabajos actorales más recientes cabe destacar el Julio César que Gas ha interpretado a las órdenes de Paco Azorín y la conmovedora María Moliner de Vicky Peña en El diccionario, dirigida por José Carlos Plaza.
Mario Gas considera que sus padres le enseñaron rigor: “Aprendí que el oficio requería trabajo, estudio, preparación. Me contagiaron su amor por el teatro. ‘Es un oficio muy hermoso’, decía mi padre, ‘pero muy duro y lleno de altibajos’. Me enseñaron a no elevarme por encima de los demás cuando las cosas van bien, y a apechugar cuando van mal”. Vicky Peña tiene otra impresión: “Los míos parecía que no me enseñasen nada, me dejaban aprenderlo por mí misma. Viendo una y otra vez la misma obra, yo me daba cuenta de que un día escuchaba embobada a los actores y otro día pensaba: ‘Hoy hablan raro’, porque no estaban tan bien. Es decir, que aprendía a detectar la verdad. Miranda, nuestra hija, también nos ha visto mucho desde cajas. Aprendí de mis padres que hacer teatro conlleva una responsabilidad múltiple: con uno mismo, con los compañeros, con el público y con la sociedad”.
Gas y Peña han estado juntos mucho tiempo como pareja, término que a Mario no acaba de convencerle: “Habría que buscar otro nombre, pero no se me ocurre. ¿Tándem, dúo?”. Vicky recuerda que alguien les dijo en una ocasión que eran “fijos discontinuos”, y que eso no le parece mal.
“Somos dos personas que tenemos muchas cosas en común, que nos apetece trabajar juntos”, dice Mario, “y nos llevamos muy bien. Y tenemos dos hijos fantásticos, Miranda y Orestes, que también son del oficio”.
Vicky remata: “Y sobre todo nos seguimos queriendo mucho, aunque haya veces que no nos aguantamos. Como vivimos muy cerca, cuando eso pasa, cada uno a su casa y listo. Pero sucede pocas veces”.
Propongo que Vicky me diga cómo es Mario dirigiendo, y a él cómo es Vicky actuando. Vicky le dice: “Tú ahora vete, que luego me iré yo”. Mario se echa a reír y obedientemente sale de escena.
“Cuando Mario hace un montaje”, cuenta Vicky, “siente y te hace sentir que en esa obra hay algo que a él le importa. En las primeras sesiones de trabajo desmenuzamos el texto. Es muy bueno analizando, siempre a favor de la obra. Leyendo en voz alta vas cogiendo una coherencia tonal, de juego en común. En los ensayos te deja explorar el personaje a tu aire, porque confía mucho en los actores. A mí me gusta mucho que no me dé pautas hasta más adelante. Entonces empieza a acotar, a decirte ‘recoge’, a tensar el tambor. Ahí puede ser tajante, incluso duro. Le gusta montar deprisa, levantar la función en pocos días. Y sobre lo que se ha hablado en la mesa y con la función levantada ya podemos ir moviéndonos. Antes era muy de notas, ahora no tanto. Recuerdo sesiones de notas agotadoras, sobre todo con compañías grandes, uno por uno. Hace muy bien los repartos, por adecuación dramática y pulsión personal. Hay una sensación de familia, pero son familias muy abiertas, que cambian y crecen. Él prefiere hablar de tribu. Sin que eso signifique clan ni capillita: le horrorizan”.
Reaparece Mario: “¿Son aquí las audiciones?”.
Vicky responde: “Pase, pase usted, que yo me voy a dar una vueltecita”.
“Vicky es una actriz fuera de serie. Por cómo se aproxima al personaje, cómo lo va haciendo crecer… Carlos Lucena, uno de mis maestros, fue el primero en hacerme ver su gran fuerza interior, cuando estábamos en el Diana. Desde entonces, me sigue asombrando cada vez, y eso no tiene precio: en teatro, la clave es que cada noche parezca la primera. No es una actriz fácil porque, como yo, tiene convicciones fuertes. Nos conocemos mucho y a veces las paredes tiemblan, porque la exigencia mutua es muy alta. Pero siempre es un regalo, porque sabes que te va a dar más de lo que le pides. A mí me gusta eso, ir descubriendo cosas con los actores, mano a mano. Todos nuestros trabajos juntos me dan una gran satisfacción. Tiene un instrumento muy fino, muy amplio, con muchísimas facetas y unas antenas capaces de captar frecuencias inimaginables.
Posee una sabiduría increíble: hay que darle mucho sedal para que pueda sacar todo lo que lleva en sí misma del personaje. Trabaja con intuiciones muy arriesgadas, y siempre lo da todo en cada ensayo. Es incansable, con una gran capacidad de juego y de emoción, y un gran compromiso. Trabaja con los demás, y eso en teatro es importantísimo: sabe muy bien que todo lo que pasa en escena se hace entre todos. ¡Vicky Peña, ya puede usted venir!”.
Vuelve Vicky Peña: “Deberíamos comer, señor Gas. ¡Tenemos ensayo a las cinco!”.

Duelo sobre las tablas

by on 18:15
Fuente: Marcos Ordoñez ( elpais.com ) Acontecimiento: el próximo 4 de septiembre,  Mario Gas  y Vicky Peña, uno de los tándems más cre...

Font: Jacinto Anton (elpais.com)

Vicky Peña porta dos dies de descans de la funció que representa amb gran èxit a l’Espai Lliure, A casa (Kabul), i està fresca com una rosa. Demana una canya i unes patates de bossa i d’entrada la felicito per la recent Creu de Sant Jordi que li ha concedit la Generalitat. Li comento que, al meu parer, n’hi ha diverses com la seva que estan molt ben concedides enguany. Em pregunta quines i li dic per exemple la del pallasso Monty, pòstuma. No ho sabia. S’emociona i sembla a punt de plorar. Tot d’una estem parlant de la mort: la del seu pare, l’actor Felip Peña, de la qual, explica, es compleixen 25 anys just avui (per ahir), de la del meu... Diu que li agrada llegir els obituaris, que li semblen un gènere molt interessant, i dissol la tristesa que s’ha apoderat de la conversa ironitzant sobre el dret que dóna la Creu de Sant Jordi que et posin una esquela oficial als diaris. Li pregunto si la seva mare, la gran Montserrat Carulla, la té, la Creu. “Per descomptat, fa anys, i una mica més important encara, que és la Medalla d’ Or de la Generalitat, i això l’acredita el tracte d’Excel·lentíssima senyora; jo de vegades l’hi dono”.
La seva mare està avui en primer pla com a abanderada del sobiranisme; comparteix aquesta actitud? “No ho tinc tan clar, ho veig amb un altre punt de vista. Distanciada també, per descomptat, d’aquest determinat espanyolisme retrògrad i caspós. Crec que avui la gent d’esquerres de Catalunya, o més ben dit progressista, tenim un problema molt seriós sobre l’encaix amb Espanya. Jo compartiria la idea de federalisme, però la paraula ara està buida de contingut. Hi ha molts deures per fer. Cal articular, però ningú ens diu com. He de dir que a mi totes aquestes paraules, país, Estat, nació, pàtria, poble, m’atabalen una mica. Crec que hem de tornar a definir i omplir de sentit el concepte de ciutadà i ciutadania. La democràcia se’ns ha esclerotitzat. La partitocràcia ha allunyat la gent del carrer de la política”.

“Això del sobiranisme
no ho veig com la meva
mare, tinc un altre
punt de vista”
En quin moment de la seva carrera està i com se sent? “Fa 40 anys que faig això, i segueixo on the road, com sempre, en el camí. He après moltes coses i n’he desaprès d’altres. Continuo creient en el teatre i en la seva influència en la societat. És que és una gran eina. Com a actriu... miro enrere amb una certa satisfacció: he fet un treball almenys coherent, defenso tot el que he fet. I tinc ganes de seguir, de fer coses noves”.
Repasso mentalment la trajectòria de Vicky Peña —deixant de banda les dues vegades que ha interpretat al cinema Carmen Polo de Franco, per no tornar a la política— i recordo amb nostàlgia aquells anys de la Barcelona dels setanta, el teatre independent, al Saló Diana. Què ha passat des d’aleshores? “Com en política, ens hem esclerotitzat, potser a la recerca del confort. Era aquella una època molt creativa, efervescent. Hi ha molt que s’ha anat adotzenant, tots nosaltres, com a classe teatral. També s’ha anat sedimentant, donant lloc a una base sobre la qual ens movem, un jaciment, una heretat, una història. Aquell esperit segueix en la gent jove, veig propostes molt notables, en què reconec aquells impulsos, aquella necessitat de trencar cotilles. Amb altra expressivitat, la d’aquest temps”.
Ella sortia a L’orgia. “Sí, era l’única que no em despilotava. Era l’època del Diana de Carles Lucena i Mario Gas, hi vaig treballar molt, allà, quin temps de vitalitat! Hi va passar molta gent: el Living Theatre...”. Li dic que l’altre dia vaig trobar un pòster de llavors, de l’actuació dels indis yaquis, els de Castaneda, i recordem Les Troubadours i la seva escenificació de la croada contra els càtars.
“Aquesta va ser una de les èpoques que em van marcar. La primera, és clar, va ser de petita al camerino amb la meva mare, quan vaig conèixer Paquita Ferrándiz, Lluís Torner. Un altre moment decisiu va ser el muntatge i les representacions de Dancing! de Helder Costa, al Condal de Mario Gas, el 1988. El 1987 havia fet amb Costa La balada de Calamity Jane i...”; la interrompo per recordar-li que la llavors la vaig entrevistar, seduït per la seva encarnació de la precisa tiradora del Far West. Riu del meu entusiasme ximple, però ens tornem a posar melancòlics. Què se n’ha fet del GAT, dels germans Flores...?

“Hi ha molt que s’ha anat adotzenant,
tots nosaltres, com
a classe teatral”
“Vam anar a veure Helder a Lisboa”, continua, “i ens el vam portar amb aquest Dancing! reconvertit amb un fil conductor d’aquí. En aquest muntatge vaig improvisar per primera vegada. Em va servir per perdre pors i llançar-me. Normalment jo sóc molt de teatre de text”. Bé, un dels seus grans papers, la filla Caterina de Mare Coratge, de Lluís Pasqual, era muda (després va fer de mare). “Però era Brecht!”.
Després van venir Les tres germanes de Pierre Romans. “Un altre que se’n va anar, sí. Txékhov em va impressionar molt. N’he fet només dos, seguits. Però m’ha marcat aquesta sensació que som ones successives, baules d’una cadena, quan ets jove creus que ets únic, però després...”. Ha fet poc Shakespeare. És estrany. “Sí, l’Emília de l’Otel·lo de Mario Gas, és l’únic”.
“En la meva carrera”, rememora, “hi ha una època en què no vaig fer teatre, a inicis dels vuitanta, no em cridaven, era angoixant; cinc anys, dels quals em va recuperar Ricard Salvat. Però vaig fer molt doblatge, i fer-ne em va donar molta cintura escènica”. Diu que va posar moltes veus a jovenetes. “A les 8 del matí havies de posar-te a cridar perquè se’t menjaven a Tauró, sense escalfament ni tràngol actoral que valgués. Després a riure, cop de diafragma, tècnica, tècnica”.

“A L’orgia era l’única
que no em despilotava.
Quin temps 
d’efervescència!”
Els camerinos de la mare, Diana, el doblatge, Dancing!... “Hi ha uncontinuum. I tota la meva trajectòria amb Mario, és clar, que em va regalar un arc de personatges molt diversos i interessants. Com la Mrs Lovett del Sweeney Todd, el 1995 al Poliorama”. Amb Gas el continuum inclou dos fills, Orestes i Miranda, quins bonics noms teatrals!, convenim.
Provo de tornar a Shakespeare, però l’actriu aparta el Bard amb un gest. “Comèdies, vull fer comèdies, és cert que ell, Shakespeare, les té molt boniques, però vull alta comèdia, vodevil, estic molt dramàtica, últimament. La gent vol alegria. I en realitat jo sóc molt gamberra i m’encanta la comèdia. I també voldria fer vers, no n’he fet mai”.
Quin personatge de Shakespeare li hauria agradat? “Miranda, Julieta. Ara sé que no puc”. Aprofito per preguntar-li amb delicadesa per la maduresa de les actrius i els seus papers. “He fet personatges més joves que jo, una cosa és la teva edat real i una altra és la teva edat escènica. Però en alguns cal prendre una opció: o fer-los reals o prendre una opció d’estil que no sempre és possible sense ser infidel a l’obra”.
La situació actual del nostre teatre. “En aquesta conjuntura de crisi s’aposta sovint per coses buides de contingut. El públic ha fet aquesta deriva també. I hi ha el de l’IVA al 21%, una canallada. I una jugada mestra de la dreta: com menys accés a la cultura, ciutadans més manipulables”.

De Kabul a casa

“Només tinc memòria per al teatre, confessa l’actriu. Ara ha hagut de fer un bon exercici, “un repte”, en tornar al seu personatge de Homebody / Kabul (2007) per rescatar el gran monòleg de l’obra com un espectacle independent, A casa (Kabul). “A cada espectador li diu alguna cosa diferent, és un doll, una allau de materials, alguns es quedaran amb el perfil psicològic d’aquesta dona, d’altres amb la perspectiva històrica, amb els esbossos del Gran Joc, d’altres amb la consciència de culpa social. A mi em serveix per comunicar el malestar que tinc per la merda que han estat el colonialisme, l’imperialisme, la forma en què hem explotat, degradat, altres pobles i cultures, i com això té un terrible efecte io-io, com l’11-S”. Ja ho saben, fins al dia 20 a l’Espai Lliure, oportunitat d’or per veure una actriu de luxe.


Font: Jordi Bordes (elpuntavui.cat)
Al 2007, Mario Gas va estrenar Homebody/Kabul al Teatro Español, amb Vicky Peña interpretant el monòleg d'una bibliotecària de Kabul que és rescatada i traslladada a Londres per uns anglesos. La producció va fer una breu estada el 2008 al Teatre Romea després de passar pel Teatre Fortuny de Reus. Ara, set anys després, Peña ha traduït al català, de l'anglès, aquell monòleg pensant en la necessitat de poder fer una temporada més àmplia a Barcelona i treballar una gira per Catalunya. Estrenat ahir, es podrà veure fins al 20 d'abril a l'Espai Lliure. Una història que vol commoure però que és decisió del públic de rebel·lar-se a la comoditat d'avui, insinuen Gas i Peña.
El pensament interior de la dona és imparable. Una riuada d'informació i d'emocions que embriaga l'espectador i que l'obliga a repensar la situació i el pensament d'aquest personatge de tornada cap a casa. Ella és orgullosa de la seva cultura, que comprova que ha estat arraconada entre els talibans i també l'Occident. Ella es revela com una mare intel·ligent, compromesa i que es vol fer responsable del futur de la seva filla. Peña tornarà a l'Espai Lliure, on el 2007 ja va representar una peça que també clama contra la poca responsabilitat del Primer Món: Après moi, le deluge, de Lluïsa Cunillé. Tant l'autora de Badalona com “l'incòmode” Kushner (sentencia Gas, que potser per això, l'adora) senten la necessitat de remarcar la responsabilitat del Primer respecte al Tercer Món: “ara la ratlla és tant manifesta a Ceuta i Melilla...” comenta Peña.
L'obra de Kushner, escrita abans de l'11-S, és un díptic que, segons defensa el director, cada peça té entitat per si mateixa. Ara la recuperen en català, pensant que podran fer-la girar per Catalunya. Ho haguessin pogut fer en castellà però els va semblar que seria una demostració de mandra i que, si la producció era catalana, el més lògic seria fer-ho en català. Si més tard es presenta una possible gira en castellà, la traduirien per dur-la a l'Estat.

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by on 15:12
Font: Jordi Bordes ( elpuntavui.cat ) Al 2007, Mario Gas va estrenar  Homebody/Kabul  al Teatro Español, amb Vicky Peña interpretant e...
Fuente: EP via lavanguardia.com

El Teatre Lliure ha programado A casa (Kabul) --del 2 al 20 de abril-- e Informe per a una acadèmia --del 8 al 25 de mayo-- en substitución de Una sèrie de teatre, que se ha cancelado "por decisión del director" Jordi Casanovas, según ha informado el teatro en un comunicado.

A casa (Kabul), un montaje de Mario Gas, es la primera parte del díptico Homebody/Kabul de Tony Kushner, un monólogo interpretado por Vicky Peña por el que recibió los premios Max 2008 --a la mejor actriz-- y Mayte 2009. Homebody/Kabul fue escrita antes del 11-S, aunque se estrenó después con gran polémica, y está formado por el monólogo de la primera parte, en el que una mujer en Londres lee una guía turística de Kabul, y la segunda, que se construye con escenas que tienen lugar en Afganistán.

Informe per a una acadèmia --dirigido por Xavier Ricart e Ivan Benet y protagonizado por éste-- es un cuento amargo de Franz Kafka sobre la vida de un simio que se convierte en humano y triunfa en el mundo del espectáculo.

El monólogo, que contiene música original de Sílvia Pérez Cruz, narra los primeros recuerdos de la transformación del simio, que empieza en su estado natural hasta ser capaz de dar conferencias ante académicos.


TEXTO: MANUEL CALZADA PÉREZ
DIRECCIÓN: JOSÉ CARLOS PLAZA
INTÉRPRETES: VICKY PEÑA, HELIO PEDREGAL, LANDER IGLESIAS y la voz de JOSÉ PEDRO CARRIÓN
DURACIÓN: 1h 30min
PRODUCCIÓN: LA ABADÍA y ANADRAMÁPETE
TEATRE ROMEA 

Hay mujeres olvidadas por la historia, un olvido que ha sido voluntario normalmente al vivir en un mundo en el que todavía hoy lo dominan los hombres machos. Este montaje es un honesto y sincero homenaje a una de las mujeres más desconocidas. Sí, a muchos le sonará el nombre, pero más allá de que elaboró un diccionario poco podrán decir.

Manuel Calzada, un dramaturgo que se estrena en escena con esta obra, hace un recorrido por la vida de Maria Moliner mezclando historia (República, Transición, rojos y nacionales...), vida profesional (elaboración durante más de 15 años de su diccionario) y vida personal (ama de casa que mientras cuida de su família y zurce calcetines se dedica a elaborar las fichas de su gran proyecto, el Diccionario). El texto juega continuamente con el lenguaje, cosa que se agradece, ya que asistimos a un drama, no sólo vital, sino la decadencia de una persona que dedicó toda su vida a las letras (primero bibliotecaria, lexicógrafa y luego a su diccionario) y que como muchas otras cayó en el olvido personal y profesional.

Impresionante la interpretación de Vicky Peña como María Moliner, sus matices gestuales, su tono de voz, su caracterización todo está milimétricamente diseñado para hacerla brillar sobre el escenario. A pesar de que es una obra a tres voces, la de su médico, la de su marido, este montaje es un homenaje a ella, y será María quien nos explique la historia como si el público fueran los asistentes al acto ficticio de presentación de su ingreso en la Real Academia.

Quizás para estar a la altura de las interpretaciones y del texto, los puntos fuertes de la obra, el montaje peca de conservadurismo. No es que sea necesario que salgan fuegos artificiales del escenario, pero las escenas, los cambios de escena, podrían aportar alguna cosa más que paso del tiempo. La escenografía resulta meramente decorativa y el espectador se puede llegar a preguntar para qué sirve el armario que permanece intocable al fondo de la escena. Lo único que hace saltar la atención del espectador son los continuos flashbacks, que requieren una especial concentración porque no cuadran con la historia y a veces pueden parecer meros pegotes de continuidad.

El Diccionario es un montaje necesario de ver. No conocía la historia de esta mujer más allá de su diccionario, y como otras muchas fue propulsora de tantas cosas, pero sobre todo de la defensa más importante, la Libertad, su libertad como mujer y como persona. María Moliner es una de tantas a las que la historia la han dejado en el olvido, no sólo a algunas que tuvieron renombre, sino a todas aquellas voces anónimas, que aún hoy siguen en silencio, aunque no se dedicaran sólo a zurcir calcetines.

EL DICCIONARIO

by on 18:38
TEXTO: MANUEL CALZADA PÉREZ DIRECCIÓN: JOSÉ CARLOS PLAZA INTÉRPRETES: VICKY PEÑA, HELIO PEDREGAL, LANDER IGLESIAS y la voz de JOSÉ P...
Font: Laura Serra (ara.cat)

Vicky Peña va descobrir María Moliner quan li va caure a les mans l'obra de teatre El diccionario, l'opera prima de Manuel Calzada Pérez. No només la va colpir la història d'una dona "que va ser relegada a l'ostracisme pel franquisme a un lloc que no li corresponia per la seva talla intel·lectual", sinó que també la va commoure l'estructura d'un espectacle "vibrant". L'obra, dirigida per José Carlos Plaza i estrenada a La Abadía de Madrid, arrenca quan a María Moliner li diagnostiquen una malaltia que li farà perdre la memòria i, per tant, les paraules. Una veritable tragèdia per a una bibliotecària que va dedicar la seva vida a crear el contundent Diccionario de uso del español. "Es va adonar que al diccionari de la Real Academia Española de la llengua hi havia definicions que tenien un matís ideològic, com la paraula dictador", explicava Calzada, recordant que la RAE també ha modificat recentment paraules com nacionalismo o referéndum. El seu diccionari, publicat el 1967, ampliava i esmenava la plana a l'Academia.
El Teatre Romea acollirà fins al 10 de febrer El diccionario. L'obra es planteja com un viatge al passat en què Moliner es troba amb el seu marit, un científic d'esquerres a qui el franquisme va prendre la càtedra, i el metge que la va tractar, un home conservador i masclista a qui canviarà la vida. "Una dona als anys 60 o 70 ho tenia cru si volia manifestar-se fora de la cuina de casa", deia l'actor Helio Pedregal. Moliner no només va ocupar-se dels seus germans quan el pare els va abandonar, sinó que va superar la mort d'una filla i els entrebancs del règim. "Va tenir una vida plena d'adversitats, que va superar amb tenacitat", deia l'autor del text. Es va passar la vida fent fitxetes per a totes les paraules del món i, com ella va dir, sargint mitjons.
Fuente: Amelia Castilla (elpais.com)

Conocía el nombre de María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981) de verlo impreso en los dos tomos del Diccionario de uso del español que guarda con mimo en su casa de Barcelona. Vicky Peña lo consulta con frecuencia. “Su autora supo separar el grano de la paja y construir un mundo con palabras. Es rico, prolijo y muy ajustado, pero hasta ahora no tenía ni idea de la envergadura del personaje que lo escribió”, cuenta Vicky Peña, en el madrileño Café Central. Ha elegido personalmente el local como un sitio tranquilo para la charla, pero esta tarde parece que en este templo del jazz se celebre una convención. Aquí al lado, en el Teatro Español, la actriz rompió la taquilla con su representación de Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo y como la esposa devoradora y vengativa en Follies. Ahora protagoniza El Diccionario, basada en la historia de María Moliner, primera mujer candidata a la Academia de la Lengua, que se representa en el teatro de La Abadía.
Cada tarde, tocada con una peluca con el pelo recogido en un moño, Vicky Peña desgrana la historia de la mujer que creó un diccionario que corregía el de la Academia y trazó el plan de bibliotecas del Estado durante la Segunda República, al tiempo que zurcía calcetines para sus cuatro hijos. “Me gusta que la obra focalice la enfermedad que le iba robando las palabras o las dificultades que tuvieron, tanto ella como su esposo, en los años del franquismo y que resalte también las dificultades que ocasionaba su trabajo en la vida de la familia”, añade.
En su faceta de actriz, interpretar el personaje de María Moliner le obliga a contenerse para que sus discursos no resulten “demasiado adoctrinantes o plomizos”. Pero se rinde ante el personaje y lo que representa porque la lengua, dice, nos articula como sociedad. Personalmente considera los diccionarios como instrumentos “maravillosos”. Su padre los tenía en ruso y otras lenguas. “De niña me gustaba buscar una palabra y ver cómo se escribía en otros idiomas; luego, con mis hijos cuando eran niños y preguntaban por el significado de alguna palabra, primero les contaba su sentido y luego mirábamos lo que decía el diccionario”.
Tras hora y media de intensidad dramática interpretando a la diccionarista, Peña recibe cada noche el aplauso unánime de un público que bien podría parecer sacado de los años de la Institución Libre de Enseñanza. “El aplauso es un lujo. Durante la representación interpretas a tu personaje, pero cuando acaba la función miras por primera vez las caras de la gente”. En ese instante en que deja atrás a María Moliner para recuperar a Vicky Peña, siente que la ovación no es precisamente para salir al paso. “Se nota cuando los aplausos son reales o de compromiso”, dice. Todavía no sabe si El Diccionario girará por provincias. “Los tiempos son complicados y se contrata poco. La subida del IVA está arruinando la taquilla y eso, sumado a otras políticas represivas de este Gobierno, está haciendo mucho daño al mundo de la cultura. ¡Una pena! contamos con mucho talento y buenos equipos”. Actriz de teatro, televisión, cine y doblaje, ha conseguido todos los premios posibles pero ella aspira a “seguir creciendo y a participar con grupos creativos”.
Seguramente se trate de una de nuestras mejores actrices, pero esta tarde se mueve entre las mesas del café sin despertar demasiada expectación. Con un plumas rojo y la mochila de lunares a la espalda, Vicky Peña se pierde en la calle camino del teatro.


Fuente: Rosana Torres (elpais.com)
Se puede colegir que estamos ante algo excepcional, simplemente por el hecho de que un autor novel (Manuel Calzada), con un texto inédito que en principio podría parecer árido (la vida y obra de la bibliotecaria María Moliner), ha conseguido que se estrene en un templo sagrado de la escena como es el Teatro de la Abadía de Madrid (que dirige el actor y académico José Luis Gómez), donde se estrena el día 29. Todo ello con la puesta en escena de un gurú del teatro español (José Carlos Plaza), una protagonista convertida en una gran actriz reclamada por numerosos productores (Viky Peña), dos actores de reconocido prestigio (Helio Pedregal y Lander Iglesias) y un equipo de primera (el escenógrafo e iluminador Paco Leal, el figurinista Pedro Moreno y el músico Mariano Díaz). El propio autor califica de “odisea” haber conseguido esto en tiempos de crisis.
Al leer la obra, Plaza quedó enormemente sorprendido: “Lo más admirable y difícil es que escribe algo muy enraizado en nuestra sociedad con una perfecta dramaturgia y enhebrado en un hecho teatral muy bueno”. Porque el texto inédito de Manuel Calzada nos introduce en la historia de esta mujer, pionera en la cultura española, a través de momentos clave de su vida para que, como dice uno de los personajes, “el tiempo acabe poniendo a cada cual en su sitio”.
El diccionario esta hilado con momentos de humor, ternura y el memorable retrato de una mujer imprescindible. “Se reivindica a María como ser único e irrepetible de la cultura española, como mujer luchadora y trabajadora en un momento difícil y áspero, y como persona de letras que acomete una empresa mayúscula frente a una institución, la Real Academia Española y su diccionario, poniendo en solfa cosas establecidas con las que ella no estaba de acuerdo”, apunta Peña.
Por su parte el director del montaje señala que “Calzada logra enamorarnos de un personaje que, siendo real, ya vuela en escena como los grandes personajes del teatro…”. Para Plaza, la lucha del autor para conseguir que su obra llegue al escenario es solo comparable con la de María para sacar adelante la suya. “La fuerza y tenacidad de una ha contagiado al otro”, concluye.
El proyecto surge cuando Calzada descubre que Moliner sufrió arteriosclerosis cerebral. “Me sobrecogió esa canallada del destino y empecé a incubar la obra”. En ella ha querido plasmar la emoción que transmite la vida y avatares de esta mujer. “Y, por encima de todo, la enseñanza sobre qué es la libertad y cómo podemos alcanzarla”, señala el autor de esta producción de La Abadía y Anadramápete.
El director sostiene que El diccionario muestra el esfuerzo de un ser humano que logra, por su capacidad y voluntad, transformar la sociedad: “Como deberíamos hacer todos; porque dentro de cada uno está esa capacidad, y la hemos olvidado. Eso es lo fundamental de este montaje”.
Peña sostiene que la obra habla de la ética personal y la integridad: “Vemos como alguien puede enfrentarse al signo de los tiempos, aunque no sea su verso el que domina; María lo hace de modo callado, silente, pero eficaz y en circunstancias adversas”.
La obra aborda asuntos pendientes sobre las cimas alcanzadas por María Moliner. Tres aspectos interesan especialmente a Pedregal, quien interpreta al médico de la autora del dicicionario. “Por un lado que se la haga justicia, por otro que se reflexione sobre la mujer en el siglo XX y, por último, ver esa lección maravillosa, de una oportunidad increíble, de alguien que trata la lengua, la expresión hablada y escrita, con un profundísimo respeto y amor”, señala el actor, muy emocionado de que Moliner hiciera su trabajo, tan complejo y difícil, teniendo en contra problemas familiares, políticos, su condición de republicana y de mujer.
“Moliner hizo una proeza con muy pocos precedentes: escribió sola, en su casa, con su propia mano, el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”, escribió en su día García Márquez, quien recordó, poco después de la muerte de la diccionarista, que en 1972 se presentó su candidatura a la Real Academia Española. “Pero los muy señores académicos no se atrevieron a romper su venerable tradición machista. Ella se alegró, porque le aterrorizaba la idea de pronunciar el discurso de admisión. ‘¿Qué podía decir yo’, dijo entonces, ‘si en toda mi vida no he hecho más que coser calcetines?”.
El autor de esta pieza escénica ha aprendido mucho del carácter de Moliner y ha peleado sin resuello porque su obra viera la luz: “He tenido el apoyo absoluto de mi familia y de amigos que han creído en la obra a veces más que yo mismo: Josefina Molina y el mismo José Carlos Plaza. Y la fortuna de que Vicky y Gómez se emocionaran con el texto y apostaran por el mismo. El resto, como montar una empresa, pelearme con la contabilidad, perder la vergüenza, ser productor, relaciones públicas, mozo de carga o utilero…, ha sido coser y cantar”, dice con un peculiar sentido del humor.
“La férrea confianza de Manuel Calzada en su obra nos ha arrastrado a todos”, dice Plaza, “hemos sido afortunados de ser la ‘víctimas’ de esta riada de amor a un país que en el siglo XXI aún tiene que sobrevivir”, sostiene el director al hablar de esta propuesta que califica de “sorprendente proclama de amor a las palabras, a los matices de la expresión, a la claridad, a la manifestación de la riqueza y complejidad de nuestros sentimientos”.
A Viky Peña le ha tocado la fibra el hecho de que esta pieza, de algún modo, reivindica la cultura como llave de la igualdad. “Además a través de esta mujer se reivindica una línea de pensamiento, de resistencia, un modo de ejercer la libertad, esa facultad que tenemos todos pero que utilizamos de un modo un tanto arbitrario”.
El papel del marido de Moliner, un catedrático también depurado en el franquismo, lo aborda el actor Lander Iglesias, quien define la obra como un canto de emoción y un encuentro con el teatro: “El shock que me produjo este texto me recordó mis deseos con esta profesión en mis inicios, lo cual no deja de ser una doble belleza”.
Manuel Calzada dice ser consciente de que ha elegido un título, El diccionario, que puede resultar árido: “Como dice el personaje de María en la obra, un diccionario no es un tema que levante pasiones. Pero encierra con brevedad lo sustancial de la obra: las palabras, la obra titánica, la pasión por el lenguaje y, aunque sea en ausencia, el silencio, tan importante en la vida de María. No me arrepiento y espero que el título no asuste a la gente”.
Helio Pedregal recuerda una y otra vez que esta historia es una lección muy importante en el momento actual: “Todo lo que se nos ha venido encima ha hecho que la gente afloje y se amilane ante una situación tan tremenda; la lección de María Moliner es ver que el compromiso supera las circunstancias y no hay que dejarse pillar por esa depresión generalizada que nos hace tanto daño”.

Del silencio a la palabra

MANUEL CALZADA PÉREZ
María Moliner es una de las personalidades más impresionantes y desconocidas que dio el siglo XX en España. Una mujer callada que voluntariamente se apartó de la vida pública. Tenía razones para ello. Al estudiar su biografía descubrí no a un ama de casa inquieta sino a una intelectual empeñada en hacer de éste un mundo mejor. Durante la Guerra Civil redactó el Plan de Bibliotecas del Estado para el Gobierno de Valencia con el que pretendía abrir al pueblo la puerta de la cultura y a través de ella las de la igualdad y la justicia. Tras la victoria de Franco fue expedientada y degradada en el escalafón de bibliotecaria y, como tantos otros, condenada al silencio.
Un día empezó a escribir un diccionario y terminó haciendo un monumento tan impresionante y rompedor que su autora debería ser tomada por loca y en el que se atrevía a corregir a la mismísima Real Academia Española. A través de este diccionario, del prólogo, de las definiciones, María habló alto y claro. El silencio encontró una forma de escapar de la censura para expresar lo que puede llegar a alcanzar el ser humano. Un diccionario que es además una herramienta -tal vez la única posible- para que nos entendamos todos los españoles, los de un bando y los de otro. Eran otros tiempos y la Academia no la aceptó entre sus filas.
Durante sus últimos años sufrió una forma de demencia que le hizo perder, una a una, todas las palabras, hasta quedarse vacía. La mujer que fue capaz de escribir un diccionario pudo hacerlo tras tomar la más difícil de las decisiones: había elegido ser libre.