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AUTORÍA, DRAMATURGIA y DIRECCIÓN: ITSASO ARANA y CELSO GIMÉNEZ
INTERPRETACIÓN: ITSASO ARANA, FERNANDA ORAZI y PABLO UND DESTRUKTION
VOCES: ROBERTO BALDINELLI, JAVIER GALLEGO, MIREN IZA, EDUARDO G. CASTRO y ADRIANA SALVO
DURACIÓN: 85min
FOTO: MARIO ZAMORA
PRODUCCIÓN: FESTIVAL DE OTOÑO A PRIMAVERA DE MADRID, LAS NAVES. ESPAI DE CREACIÓ DE VALÈNCIA y LA COMUNIDAD DE MADRID
MERCAT DE LES FLORS (SALA OM, GREC 2017)

Desconcertada tras ver uno de los montajes más esperados de este Grec 2017. Y no porque no fuera sobre cine. El título hace referencia a kiné, que en griego quiere decir movimiento. El mismo que empuja al protagonista a buscar sus orígenes. Sino porque por muy preciosista que puede parecer el montaje desde fuera y lo interesante del tema, la dramaturgia se ha quedado a medio camino, en un quiero pero no puedo.

Cine habla de uno de los más de 300.000 casos de niños robados en España entre 1930 y 1980. Una historia como hay miles, pero en la que su protagonista que al igual que el espectador inicia su viaje para saber quiénes son sus padres biológicos y ese viaje es el espectáculo. De Madrid a Donostia, Italia y Barcelona. Entre medio de la historia principal, otras historias y el público mientras tanto disfruta de la más que notable banda sonora del espectáculo.

Una mezcla entre imaginación, realidad y ficción que desde la platea, a veces, es preciosista, a pesar de la tragedia, de la falta de respuestas que recibe el protagonista, y de aquellas respuesta que hacen daño. Historias que durante años se han escondido y que a pesar de haber salido a la luz, no importan a la mayoría de los que podrían aportar un poco de luz entre tanta oscuridad.

Desde la primera sorpresa que se lleva el público nada más entrar en la sala, veremos todo el espectáculo con unos cascos (headphones) puestos, una decisión que más allá de subrayar la incomunicación que sufre el protagonista buscando respuestas a su situación no es demasiado entendible. Entre la escena y la platea también existe un telón transparente que nos deja entrever las diferentes acciones, pero que da la sensación de estar viendo cine, de esa especie de pantalla que no buscas cuando lo que quieres es disfrutar del teatro. Definitivamente son dos elementos que alejan al espectador de lo que llamamos magia del teatro.

La misma pantalla nos deja apreciar la multiplicidad de capas que tienen los personajes que interpreta, una siempre brillante Fernanda Orazi, que no vemos tanto como nos gustaría por tierras barcelonesas. Es una pena que, por ejemplo, la escena de la cafetería queda lejos de los ojos del espectador, al fondo del escenario de la OM, me hubiera encantado poner cara a lo que sólo fueron palabras, y eso que estaba sentada en la quinta fila, no me quiero imaginar si hubiera estado en la última.

La disposición de los elementos en el escenario es difícil de explicar en un espectáculo que ganaría mucho con la cercanía del público. Al igual que es difícil de discernir el porqué de la dramaturgia. Si bien es cierto que se basa en una historia real, no entiendo que esté tan poco vestida. Ya no sólo de la manera abrupta que tiene de acabar, que porque el intérprete de la canción final te dice que el espectáculo ha acabado sino seguirías esperando que alguien colgara el The End

No sólo le falta ritmo, cosa que es evidente, en casi 90 minutos se pueden explicar uno y mil casos, sino también profundidad, es como si se pasara por la historia de puntillas. Una cosa es que sea un tema delicado y otra bien diferente es que lo cubramos todo con un velo que sólo nos deje ver parte de la historia. Ritmo, profundidad y crítica. El dramaturgia pasa de puntillas por la historia y se moja tan poco que ni siquiera se atreve a juzgar o a provocar al público para que juzgue por sí mismo. Si una de las funciones del teatro es la de provocar preguntas o cuestionar ciertos temas, Cine me ha dejado con el símbolo de pregunta bien abierto.

CINE

by on 20:06
AUTORÍA, DRAMATURGIA y DIRECCIÓN: ITSASO ARANA y CELSO GIMÉNEZ INTERPRETACIÓN: ITSASO ARANA, FERNANDA ORAZI y PABLO UND DESTRUKTION...

DRAMATURGIA, CONCEPCIÓN y DIRECCIÓN: PASCAL RAMBERT
TRADUCCIÓN y VERSIÓN: COTO ADÁNEZ
INTERPRETACIÓN: ISRAEL ELEJALDE y BÁRBARA LENNIE
DURACIÓN: 115 min
FOTO: FEDE SERRA
PRODUCCIÓN: BUXMAN PRODUCCIONES y KAMIKAZE PRODUCCIONES
TEATRE LLIURE (GRÀCIA, GREC 2015)

A todos aquellos que su pareja les ha dejado en un momento u otro de la vida, sabrán que por muy bien que lo afrontes, se pasa mal. Si lo dejas de buenas, también, pero si la ruptura es una pesadilla el dolor va más allá de los límites inimaginables. Y aquí, sin límites encontramos La clausura del amor. No será fácil, pero por suerte, hoy es sólo ficción.

La clausura del amor son dos monólogos al cien por cien de intensidad. Como si entráramos en un ring de boxeo y los dos púgiles combatieran entre sí pero los golpes le tocaran recibirlos al espectador. Una escenografía blanca, vacía, fría a los ojos del público. No hay nada en que resguardarse. Observamos los golpes, los disparos certeros, primero de él, cincuenta minutos casi sin pausa, sin respiro, luego ella más de lo mismo. Un sinfín de reproches, ataques personales un constante juego con el lenguaje: desde las metáforas a la manera de hablar de uno y otro personaje. Atónitos presenciamos la escena, sólo rota al acabar el primer monólogo para homenajear la inocencia. Inocencia que se rompe, se hace añicos, diminutos y las heridas comienzan a sangrar.

No hacen falta puñetazos para llorar, el dolor más poderoso viene de la mano de la palabra. Ellos se vomitan el uno al otro toda la mierda contenida durante los años. Son seres humanos aunque en algún momento puedan parecer dos bestias ansiosas por ganar la batalla. La presa, un día se le llamó amor. Hoy ya no queda, ha sido reemplazado por el odio hacia el otro, pero más que nunca hacia uno mismo.

La clausura del amor es una maratón interpretativo a la altura sólo de unos pocos. Es una obra difícil de interpretar, con un desgaste actoral como pocas. Por ello, mi más sincero aplauso escrito a Israel Elejalde y Bárbara Lennie, que con acierto se han aventurado en ella. Se queda una sin palabras para describir la ferocidad que ambos imprimen a sus personajes. Difícil el aguante de mantener el embate y de responder con la misma fuerza. De hacer vivo el texto desde el primer minuto hasta el último. Brillante combate interpretativo donde quien gana es el espectador.

Al final, en medio de la oscuridad y antes del aplauso se te queda el cuerpo vacío y frío. Como se dice durante la obra: "El amor es un cadáver y tu llevas su piel". Abandonas la sala y sientes como si alguien te hubiera dado un golpe en medio del pecho. Tu también lo has sentido. Te ha llegado. "Me lo quedo" ¡Qué pulsión, qué ritmo, qué grandes!

LA CLAUSURA DEL AMOR

by on 16:03
DRAMATURGIA, CONCEPCIÓN y DIRECCIÓN: PASCAL RAMBERT TRADUCCIÓN y VERSIÓN: COTO ADÁNEZ INTERPRETACIÓN: ISRAEL ELEJALDE y BÁRBARA LENN...

Fuente: Isabel Cuesta (elpais.com) | Foto: Marc Giron
En una gran pantalla decenas de cucarachas, muy juntas, mueven sus finas antenas. Su aspecto y el ruido de su caminar, amplificado por unos altavoces, convierte la experiencia en algo fastidioso y repulsivo. Mientras, una tortuga parece luchar por salir de dentro de un tambor transformado en acuario. De repente, su imagen agrandada es proyectada. Un animal agitándose en el agua con la cabeza estirada, buscando una y otra vez la salida.
Las imágenes en la obra de teatro Daisy, del argentino Rodrigo García y actual director del Centro Dramático de Montpellier, causan cierto repelús, cierta convulsión, un fruncir de cejas o un encogimiento de hombros. La Sala Verde de los Teatros del Canal acoge Daisy desde hoy y hasta el domingo, en el marco del Festival de Otoño a Primavera.
“Madrid es la única ciudad donde me han despreciado siempre, pateando en la sala y gritando insultos en todas y cada una de mis obras”, dice el autor. García empezó su carrera teatral en las salas alternativas de Madrid a finales de los ochenta, sin experiencia previa sobre las tablas ni como actor ni como director. Cuando llegó a la capital por primera vez, en la ola descendiente de la movida, su incursión en el teatro la motivó su observación del trabajo de artistas plásticos como Bruce Nauman, Jenny Holzer, Paul Mac Carthy, y su amistad y diálogo artístico con “la gente adecuada”, como Chete Lera o Juan Loriente. “Gracias a que ellos me explicaban cómo querían que fuese su vida, qué cosas amaban y qué les hacía rabiar, fui haciendo mis obras y haciéndome a mí mismo”, comenta García y añade: “Teníamos fuego cruzado noche y día, año tras año. Los medios de comunicación nos ninguneaban o maltrataban, los teatros importantes ni venían a vernos”.
Pero su reacción contra el teatro convencional no lo atribuye a la necesidad de rebelarse contra nada. “En aquel entonces apenas si frecuenté lugares como el Yastá, El Escueto o el Moroco. Ni tomaba drogas. Era un paleto inconsciente y para colmo, heterosexual”, dice de sí mismo. “La obra teatral con sus personajes y la manía de la representación, pasa en otro espacio y en otro tiempo. El teatro tradicional tiene algo horrible y es que te hace olvidar durante un par de horas de que estás vivo”, afirma.
En Daisy, los textos que interpretan los actores, Gonzalo Cunil y Juan Loriente, carecen de una línea narrativa, y podrían ser casi un elemento plástico que se superpone o cohabita con los objetos y animales sobre la escena. Sobre la imagen de las cucarachas dice: “Nadie las quiere. Y si nadie las quiere, yo las quiero. Hay animales que son evocadores, incluso los repugnantes”. Aparte de la tortuga, dos perros pequeños forman parte del montaje. García explica que trabaja desde lo visual con los intérpretes: “Hago dibujos, los muestro y los actores hacen algo parecido al dibujo”. Así, las escenas de todas su obras están construidas por el solapamiento de elementos visuales y sonoros.
“A inicios de los noventa, no existía un teatro contemporáneo de corte confesional en España. Quien hablaba de uno mismo se ocultaba tras un Hamlet o una Medea. Nadie decía: me llamo fulano y me pasa tal cosa. Esa puerta era imprescindible abrirla”, explica y relaciona su obra Carnicero español, que escribió por ese entonces, con un esfuerzo por romper con esa línea tradicional. García, de padres españoles, creció en Buenos Aires, y trabajó en la carnicería que era el negocio familiar.
Ahora con Daisy, el director dice “anular lo biográfico y confesional”, y afirma que pretende lograr algo más complejo: “Una reinvención del entendimiento. Daisy, como obra escrita, aspira a ocupar un podio en la carrera de la idiotez”, concluye.
García que es desde el 2014 el director del Centro Dramático de Montpellier logró el salto a la escena internacional por casualidad. A inicios de los noventa presentó en Buenos Aires la obra Conocer gente, comer mierda dentro de un festival Internacional, y After sun y Borges, en un teatro off. “Volvía a mi país donde nunca había mostrado mi trabajo. Fue un fracaso total. La gente que fue a ver la obra en el festival la detestaba y a las obras que hicimos en el teatro alquilado vinieron mi madre, un amigo de la infancia y dos personas que no conocía y que resultaron ser el director del Festival de Avignon y Sacha Waltz, coreógrafa de la Schaubühne. De ahí salieron los primeros contratos con el Festival y con Berlín”, recuerda el director. En la Schaubühne como director residente, García consolidó su obra dentro de lo que se conoce como el teatro posdramático, un lenguaje polifónico, donde varias disciplinas artísticas y escénicas se mezclan y la narrativa resulta de la asociación entre todos los elementos.
“Me siento afortunado de escapar con vida de esa trampa acultural que fue aquella España borrica. Se sucedían el PSOE y el PP… nada cambiaba, nunca llegó una persona con una visión contemporánea de las artes escénicas y un compromiso auténtico”. Pero recordar a Madrid como el territorio en el que el teatro contemporáneo sigue “enterrado vivo”, según García, no es lo peor para el director: “Lo peor es que había un pequeño bar donde iba a comer los caracoles y los callos, a pocos metros de la Filmoteca de Antón Martín, que ahora es uno de esos sitios cool , un garito muy in donde van incluso los turistas”.

“Sois rematadamente tontos” o el bogavante que murió sobre las tablas

En la obra de teatro Accidens, matar para comer el actor Juan Loriente cuelga a un bogavante vivo de unos hilos para matarlo y comérselo sobre la escena. Aunque este montaje de Rodrigo García era una producción de 2005 y había sido presentada en otros escenarios, al público parisino no le hizo gracia esta performance cuando la compañía de García presentó la obra a mediados de abril. Organizaciones ecologistas protestaron y, por medio de las redes sociales, se recogieron miles de firmas para que se suspendiera la función. El director también dejó sentir su reacción. En su página de internet (www.rodrigogarcia.es), lo primero que recibe al visitante es un ensayo de García titulado Sois rematadamente tontos. El director explica que el animal es cocinado sobre las tablas de acuerdo con las instrucciones del chef del restaurante La Rula de la localidad de Lastres en Asturias.
“Quiero decir que si en el mundo mueren en las mesas de restaurantes (y en casas también) unos cien mil bogavantes por día, resulta que el único que lo hace para una causa poética es el nuestro”, reza una parte del texto. Y remata: “Sois rematadamente tontos”
Fuente: Darío Prieto (elmundo.es)
Robert Lepage no le gusta hablar de amor en su teatro. "Como tema, me parece un poco hortera", ríe. Pero el dramaturgo y director canadiense, uno de los renovadores más importantes de los escenarios durante las últimas décadas, hizo una vez una concesión. Fue hace 25 años y la obra se llamó 'Needles and opium' ('Agujas y opio'). Lepage, al que tampoco le gusta resucitar sus montajes del pasado ("Me da miedo enfrentarme a quien yo era"), ha recuperado este espectáculo, que se presenta desde este sábado en los Teatros del Canal de Madrid dentro del Festival de Otoño a Primavera. Una nueva aproximación a esa mezcla de hipertecnología escénica y sentimientos desamparados que Lepage lleva desarrollando a través de su compañía Ex Machina.
Lepage dice que se atrevió a recuperar el montaje cuando el actor Marc Labrèche, que le sustituyó como protagonista de la obra hace 25 años, decidió volver a hacer teatro. Entre ambos decidieron darle nueva vida a un texto y a la presentación escénica.
El argumento que impulsó a Lepage a escribir 'Needles and opium' fue, de un lado, una coincidencia histórica: "A comienzos de 1949, Jean Cocteau visitó Estados Unidos por primera vez. Y cuando regresó tomó un avión de Nueva York a París. Y en el trayecto, que entonces duraba 14 horas, le dio tiempo a escribir un libro. Y en él puso sus impresiones de Nueva York, lo que más tarde daría origen a 'Poésie critique'. Al mismo tiempo, Miles Davis visitaba París, también por primera vez, invitado por Charlie Parker al Festival de jazz de París. Así que para mí era interesante esta casualidad de que alguien de París descubriese Nueva York mientras alguien de Nueva York descubría París. Y que ambos hombres fuesen tan representativos del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial También que tuviesen en común tantas cosas. Una de ellas era su adicción a los opiáceos". Pero, mientas escribía esto, algo cambió: "Mi novio me dejó y atravesé un momento amoroso especialmente complicado. Entonces me di cuenta de que mi adicción era el amor".
Para Lepage, "a menudo las drogas se ven como una forma de escapismo. Pero si analizas la adicción al amor y la adicción a los estupefacientes, lo que tienen en común es el nivel de percepción de la realidad. Quien ha conocido el amor en su punto más alto te dice que es como igual que la droga, porque cambia tu manera de percibir todo. Y suele pasar que, cuando el amor desaparece o hay una ausencia del mismo, la gente lo sustituye por drogas. De eso va, en gran parte la obra, de tratar de mostrar este salto en el punto de vista".
El dramaturgo, que ha tratado temas como la inmigración, el aislamiento de las sociedades contemporáneas o la guerra, no extiende sus escrúpulos hacia la temática amorosa más allá de las tablas del teatro. "Lo que estamos viendo estos días", explica, "con todos esos jóvenes uniéndose al estado islámico, puede ser interpretado como un movimiento de odio. Pero yo prefiero verlo como un fenómeno de ausencia de amor: estos jóvenes vienen de entornos en los que no son aceptados, o condenados al ostracismo o donde no hay esperanza para ellos. Y van allá donde creen que van a encontrar una respuesta, a un lugar donde creen que hay amor, lo cual está conectado a su interpretación de la religión y de la idea de Dios. Tenemos que condenar cualquier forma de fundamentalismo, pero también entender de dónde procede".
Permeable a contextos y coyunturas, Lepage asegura que todo acaba filtrándose en una obra como ésta: "La forma en la que trabajaba hace 25 años y cómo trabajo ahora es muy diferente, porque la tecnología ha cambiado radicalmente. Y aunque pienso que este montaje tenía muchas buenas cualidades hace 25 años, entonces era muy bidimensional y plano. Formalmente y también en el discurso", confiesa. "Creo que lo que estoy proponiendo ahora es más tridimensional, en lo que se ve y también temáticamente. Es más rico, más 'escultural'. En ese sentido hay algunas cosas que dice Cocteau en la obra, advertencias a EEUU y a Occidente, sacadas de estos escritos de 1949, que cuando lo interpretamos por primera vez, antes del 11-S resonaban de una forma distinta a cómo lo hacen ahora, en este mundo posterior a los atentados".
Lepage, que lleva más de tres décadas consagrado a la exploración del lenguaje escénico, sigue apostando por esta forma de contar: "El teatro es como la jardinería", plantea. "Preparas diferentes materiales, plantas semillas, trabajas con el suelo... Y no sabes lo que saldrá de ahí. Pero algo crecerá. Será más rico o más pobre, pero estará ahí. Y es lo que me gusta del teatro: algo que siembras por primera vez y no es bueno, tras representarlo y representarlo y representarlo acaba siendo bueno. El mundo del cine y de la televisión, los medios grabados, van de tirar cosas todo el tiempo: es bueno, lo uso, lo tiro; es malo, lo tiro directamente. Pero la verdadera naturaleza del teatro es la persistencia, la memoria. Cosas que echan raíces y crecen y crecen... Y cuando te quieres dar cuenta aquello tan pequeño es un gran árbol. Porque las cosas adquieren significado con el paso del tiempo".


Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es) | Foto: Pascual Víctor

“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”. Es la sentencia con la que Peter Brook (Londres, 1925) arranca su ensayo El espacio vacío, una especie de catecismo para la profesión escénica. Apareció en Inglaterra en 1968 y, a través de constantes reediciones y traducciones, su mensaje sigue marcando el paso de muchos directores de teatro. Él está considerado el más influyente de todo el gremio. Pocos estarían dispuestos a escatimarle tal consideración a sus 89 años, setenta al pie del escenario. Con su credo minimalista y austero desencadenó una revolución en las tablas británicas que luego diseminó por el mundo. Su apuesta por la sencillez (nada que ver con la simplicidad) sigue imperando en sus montajes. Buen ejemplo es el último de su abrumadora producción, El valle del asombro, tejido junto a su más estrecha colaborada desde hace cuatro décadas, Marie-Hélenè Estienne, que llega a los Teatros del Canal (del 23 al 26 de octubre), dentro del Festival de Otoño a Primavera de la Comunidad de Madrid. 


Desde su casa en París, al otro lado del teléfono, Brook explica a El Cultural cómo se fue gestando una obra que abre el cerebro como un melón. Un tajo que permite al espectador asomarse a su misterioso funcionamiento. Hay que echar la vista atrás unos cuantos años para encontrar el punto de partida. En 1985, el maestro británico completó el mayor desafío de su carrera: la representación del Majabhárata, el texto sagrado indio (¡9 horas de función!). Un hito histórico que estuvo a punto de enjaular a su artífice. “Desde ese momento, empezaron a lloverme invitaciones para escenificar los mitos de diferentes culturas: la islandesa, la germana...”. Brook no tardó en desmarcarse. Sus intereses se concentraron en la mente y sus arcanos. En realidad no se distanciaba de su propósito de siempre: encender pequeñas luces sobre los enigmas de la existencia humana. Simplemente cambiaba el enfoque. 



Siguiendo esta línea, elaboró dos curiosas piezas. Una primera en 1993: The homme qui, adaptación del conjunto de relatos titulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo británico Oliver Sacks, que Brook utilizó para documentar diversas patologías psíquicas. La segunda, en 1998, fue Soy un fenómeno. Basada en el libro del doctor Alexander Romanovich Una memoria prodigiosa, recreaba la historia de un paciente con una facultad extraordinaria (lo recordaba todo) que más bien era una dolorosa condena (no olvidaba nada). 



El valle del asombro remata una trilogía sobre los inciertos engranajes del cerebro, por el que Brook siente fascinación: “Toda la vida de un hombre depende de esa masa de carne de aspecto tan desagradable encerrada en una caja que llamamos cabeza. Todo está conectado con ese centro nervioso: lo más horrendo, lo más sublime, el gozo por la música, el impulso religioso... Es un prodigio”.Esta vez ha reparado en otra anomalía, también con una doble faz. Es la percepción sinestésica, una alteración de los sentidos que conduce a escuchar colores, saborear notas musicales, palpar conceptos abstractos, olfatear texturas... La absorción de la realidad es más rica pero también puede ocasionar algunos desbarajustes cognitivos. 



Ese trastorno parece un material demasiado complejo y etéreo para modelarlo con las herramientas del teatro. Pero Brook desmiente la presunta limitación: “El teatro tiene la virtud de mostrar lo que es invisible o hermético en condiciones normales. Cuando ves a alguien por la calle, resulta imposible colarse en el interior de su cerebro. En cambio, en el teatro sí puedes acceder a ese territorio oculto. Es justo lo que hemos hecho con esta obra. Conducimos al público por el asombroso valle de la mente, a lo largo de un periplo sinuoso, porque todo valle tiene sus colinas y sus vaguadas, sus infiernos y sus paraísos”. La estructura de la obra como un viaje la toma Brook del poeta persa del siglo XII Farid al Din Attar. En concreto, de su obra magna, La conferencia de los pájaros: parábola mística que concluye que, para toparse con Dios, es más acertado mirar hacia dentro que hacia fuera, y que el director londinense montó ya en 1979.

A estas alturas de su carrera, Brook tiene la necesidad de revisarse. En su anterior visita al festival madrileño, hace dos temporadas, exhibió una nueva versión de El traje, el cuento del surafricano Can Themba con el drama del Apartheid como paisaje de fondo, que ya había adaptado en 1999. “Odio repetirme. Pero esto no tiene nada que ver. Me sucede con textos por los que siento un interés especial y creo que puedo llevarlos más lejos y profundizar más en sus historias. La realidad, además, está en constante cambio y el teatro debe correr tras ella con un espejo en las manos para reflejarla”. 


¿El objetivo de un director debería ser siempre transportar a su público al valle del asombro?

Sin duda. Es lo que siempre he buscado: que la gente que va a ver mis obras no se encuentre con lugares comunes sino que vivan una experiencia sorprendente. La vida humana es un compendio de misterios que el teatro ha de revelar. Esa es una máxima aplicable a todo tipo de teatro, incluido el político, al que hay que exigirle que desenmascare las falacias y corruptelas de nuestros representantes públicos. 

¿No cree, por cierto, que la política cada día se parece más al teatro?

Quizá es que no puede ser de otra manera. Todo líder político utiliza las palabras para hacer que sus mensajes suenen verdaderos y convincentes, mensajes que muchas veces son una burda mentira. El actor hace el mismo esfuerzo, aunque podríamos decir que sus mensajes no son mentiras sino invenciones. Ambos deben vestir las palabras con los ropajes de la verdad. Ahí se acaban los paralelismos.

¿Y en qué se diferencia el teatro de la vida?

El teatro es vida. Vida concentrada en un pequeño espacio y durante un corto periodo de tiempo. El teatro permite mirar la vida a través de un microscopio, por eso es tan revelador. La realidad en general se manifiesta diluida y el teatro lo que hace es condensarla para observarla con más detalle.  

La labor de Brook remite así a la del científico enclaustrado durante horas en el laboratorio, entre tubos de ensayo, muestras congeladas y batas blancas. Paciente y escrutador. Tras una fulgurante carrera en Inglaterra desde mediados de los 40 hasta finales de los 60, durante la que comandó la Royal Opera House y la Royal Shakespeare Company y tuvo bajo sus órdenes a todo el star systembritánico (John Gielgud, Laurence Olivier...), decidió ralentizar los tiempos de cocción de sus estrenos. Huyó de la trepidante cadena de montaje del West End y se afincó en París. Allí fundó el Centro Internacional de Investigación Teatral, que acabaría teniendo como sede Les Bouffes de Nord. Desde este coliseo decimonónico que salvó de las termitas, a la espalda de la Gare du Nord, ha ido destilando decenas de producciones. En su etapa británica recorrió exhaustivamente la dramaturgia shakespereana, en la que hoy sigue siendo una autoridad mundial. Con su salto a Francia expandió el radar de búsqueda de fuentes textuales más allá de la órbita occidental. Narraciones de África y la India permearon en sus investigaciones y acuñó como marca de la casa los elencos cosmopolitas y étnicos.

¿Quién le ha enriquecido e iluminado más: Shakespeare o la literatura oriental y africana?

Todo suma pero no por casualidad Shakespeare se representa en todo el mundo y se le ha traducido a cientos de lenguas. La historia de la literatura es una montaña en cuya cima está la obra de Shakespeare. Desde esa altura puede verse el alma humana en toda su extensión.

¿Cómo cree que ha evolucionado ésta a lo largo del último siglo, que casi lo ha vivido al completo? 

La humanidad ha alcanzado altos niveles de refinamiento espiritual en otras épocas. Desde entonces, por desgracia, no ha dejado de degradarse. Atravesamos un periodo de oscuridad, como el que narra el Majabhárata, en el que las personas tienen muy complicado encontrar su camino. Todo es confusión. Hace falta luz, pero nadie sabe de dónde traerla, aunque muchos profetas alcen su voz vendiendo soluciones mágicas.  

¿Siente que todavía le queda mucho por contar desde el escenario?

Cuando dirigí mi primera obra, no tenía ni idea de cuál sería la siguiente. Nunca he seguido un plan. Todos los proyectos se han ido cuajando en conversaciones con mis colaboradores. Tampoco he decantado técnicas ni reglas de aplicación universal e intemporal. Creo que ahogaría la creatividad específica que requiere cada montaje. Así ha sido hasta hoy y así seguirá siendo. 




¿Conexiones erróneas? 

La ciencia entiende el fenómeno de la sinestesia como una alteración de la percepción. Al recibir determinados estímulos provocados por números o días de la semana, por poner dos ejemplos, se observan diferentes colores. Para Manuel Martín-Loeches, profesor de Psicobiología de la UCM y director de Neurociencia Cognitiva del Centro de Evolución y Comportamiento Humano (UCM-ISCIII), cada persona sinestésica tiene su particular combinación: “Es un fenómeno que no se conoce en profundidad. Todavía faltan estudios. Se cree que se debe a conexiones ‘erróneas' o poco habituales entre distintas zonas de la corteza cerebral dedicadas a las percepciones visuales auditivas e incluso táctiles.” 

Según Loeches no sería tanto una distorsión como una ampliación. Es decir, se percibe más de lo que hay: “El mecanismo es tan sencillo como la existencia de conexiones, axones de células nerviosas, entre áreas que normalmente no estarían conectadas”. Se cree que una de las etapas sinestésicas por excelencia es la que abarca los primeros años de vida. “El mecanismo es ‘ciego'. En este período se establecen muchísimas conexiones entre distintas zonas del cerebro, especialmente de la corteza, de las cuales sólo sobrevivirán aquellas que se utilicen. En los sinestésicos habrían sobrevivido algunas que normalmente se eliminan”, explica el neurocientífico. Como en el caso de Peter Brook en El valle del asombro, las rutas que la sinestesia nos abre hacia el arte, la creatividad y el conocimiento de nosotros mismos pueden ser infinitas. Al menos desde su interpretación. “No es corregible ni tratable -ataja Loeches-. Tampoco es necesario porque no altera en ningún momento la vida normal. Los sujetos afectados lo saben, conocen perfectamente las diferencias que experimentan con el resto de la gente”.  J.L.R