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dirección JUAN MAYORGA

intérprete BLANCA PORTILLO

duración 100min

producción AVANCE PRODUCCIONES TEATRALES y ENTRECAJAS PRODUCCIONES TEATRALES

TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA (SALA TALLERS)


La premisa de ver el discurso de Mayorga a los señoros (y alguna señora) académicos de la RAE reconozco que tiraría para atrás a más de uno, y quizás a mí la primera. Pero si está protagonizado por Blanca Portillo vas de cabeza y con los ojos cerrados.


Con una metateatralidad híper presente durante toda la pieza, Silencio se ríe de todo, de los corsés del lenguaje académico, tan alejado de la realidad de la calle, de los discursos engolados que no los entiende ni quien los escribe, de las puestas en escena que parecen salidas de una película de terror e incluso del protocolo de papel pintado de actos como éste.


Es todo un acierto empezar el discurso con una farsa, aunque el gag de la voz engolada se hace ciertamente largo y puede incluso ser molesto hasta que no te sumerges en la mentira y te dejas "mecer" por un sinfín de frases hechas dispuesta a ser petardos en la conciencia. Una vez descubierta y quitada la careta, empieza el recital, la magia, la destreza, la pericia, la asombrosa habilidad de Blanca Portillo de hacernos ver personaje tras personaje sin quitarse el traje ni tan solo despeinarse.


Silencio es una clase magistral de interpretación dirigida y protagonizada por Blanca Portillo. Un repaso de guión por algunas de las obras literarias, dramaturgicas y teatrales de la historia que suponen 100 minutos de auténtica delicia. Ahora bien, no seré yo quien afirme que estemos ante uno de los mejores textos de Juan Mayorga, porque Silencio cumple más otro papel, el de ser un claro ejemplo de la importancia de elegir bien a la intérprete, porque cuando el texto no es tan brillante, una actriz a la altura de las circunstancias, no sólo lo salva sino que lo eleva al Olimpo de los dioses.


Sólo dos semanas de representaciones no son suficientes y más teniendo en cuenta que ya están todas las entradas agotadas. Y aunque algunos miembros de la platea se quejaban a la salida de la fuerte carga intelectual del montaje, quiero pensar que ya no por el lenguaje, del que se ríe, con acierto, la pieza, sino porque hablar de Lorca, Cervantes, Shakespeare, Büchner, Pinter o Dostoievski, entre otros, puede resultar demasiado elevado para algunos.


Atronador el aplauso final con toda la platea de la Sala Tallers de pie. Es imposible resumir las emociones contenidas en el silencio de los espectadores (no ha sonado ni un sólo móvil), cómo has estado hipnotizado por las palabras, cómo has reído, asentido y te has sentido parte de una obra que al principio hubieras jurado que te podía quedar lejana. ¡Qué grande es el Silencio y qué maravilloso es compartirlo de nuevo en una platea de teatro!

SILENCIO

by on 20:02
  dirección JUAN MAYORGA intérprete BLANCA PORTILLO duración 100min producción AVANCE PRODUCCIONES TEATRALES y ENTRECAJAS PRODUCCIONES TEATR...

Fuente: Justo Barranco (lavanguardia.com) | Foto: Josep Aznar

Blanca Portillo (Madrid, 1963) no para. Acaba de dirigir en Madrid una versión de Don Juan Tenorio que sigue en gira –estará en Reus el 6 de mayo– y que muestra al mítico conquistador como un individuo destructivo y despreciable que responde al ideal de una sociedad machista. Sigue con la serie televisiva El chiringuito de Pepe, donde es Mariana, una pescadora que rescata a un africano veinte años más joven que ella de una patera y mantiene una relación con él. Y vuelve desde hoy a Barcelona, al Lliure de Montjuïc, con El testamento de María, con la que triunfó en el Grec. Una obra del irlandés Colm Tóibín que ha supuesto el debut en la dirección teatral de Agustí Villaronga y que muestra la historia de Jesús de Nazaret según su madre, una mujer de campo sencilla que sufre y no entiende nada, que ve cómo se va su hijo de casa y cuando vuelve casi no le reconoce, que dice que es hijo de Dios cuando lo ha parido ella y que ve el peligro que planea sobre él y finalmente llora su muerte. La escenografía, poderosa, es de Frederic Amat, consiste en una enorme estantería llena de evocadores fardos negros y comprada en la liquidación de la casa Ribes & Casals, donde tantos teatreros iban a comprar las telas.

¿Cómo se pasa de un día para otro de la comedia televisiva a la tragedia en el teatro, de un personaje que debe hacer reír a otro lleno de rabia como esta María?

Está lleno de rabia y de muchas cosas. Es un personaje doloroso. Yo creo que he encontrado la clave para poder pasar de un sitio a otro y la clave es que no soy yo. Son los personajes. Yo lo que hago es prestarles el vehículo que es mi cuerpo, mi voz y mi sistema emocional. Cada uno tiene sus necesidades. Yo lo que tengo que hacer es ponerme al servicio. Cuando dejas de pensar que eres tú quien pasa de una cosa a otra y empiezas a pensar que son los personajes los que toman de ti lo que necesitan resulta más cómodo, más fácil y te permite no tener que empujar nada. Lo que tienes que hacer es abrirte. ¿Qué necesita Mariana en El chiringuito de Pepe? Sentido del humor, alegría, energía, felicidad, pues que lo tome. ¿Qué necesita María en El testamento de María? Oscuridad, conflicto interno, angustia… pues que lo coja. De esa manera ellos tienen mucha más personalidad que yo y la mía queda bastante más tranquila. Es algo casi alquímico.

Es usted una médium.

De alguna manera. Siempre me he sentido vehículo. Una cosa que una va analizando con los años es que todos los personajes están en ti. En la vida nos creemos buenos, simpáticos, malos, que somos una serie de cosas. Cuando eres actor te das cuenta de que eres todo eso que hay en el mundo, en ti está el mal, el bien, el odio, la felicidad, los malos sentimientos, los mejores, hay que tener el valor de darse cuenta, mirarlo, asumirlo y ponerlo en juego. Por eso siento que soy un vehículo y pongo a disposición de cada personaje lo que busque de mí. Porque lo tengo. Me guste o no.

¿Eso es lo que le permite dar vida a hombres en el escenario, a más de uno, y también a la Virgen, al epítome de la madre, de la mujer, lo más opuesto?

Efectivamente. Por un lado esa capacidad de desaparecer tú y por otro partir de la idea de que todo eso está en ti. Desde el sistema emocional masculino al femenino, emociones y sentimientos de todo tipo. Por eso creo que hago cosas muy dispares. No quiero pensar que estoy capacitada sólo para una serie de cosas, porque entonces sólo sería hacer de mí todo el rato. Del mí que tiene que ver con lo social. Luego me saldrán mejor o peor las obras, peor todo eso lo tengo guardado aquí. Aunque a veces has de escarbar más. Recuerdo que cuando hice Medea pensé: ¿pero cómo voy a hacer yo a una mujer capaz de matar a sus hijos? Eso no existe. Sí existe. Hay que escarbar y ser honesto. Alguien que dice “yo nunca podría hacer Medea porque ese sentimiento no está en mí” es que quizá no lo quiere ver, o te da miedo, o no te sientes capaz, pero de que está no te quepa la menor duda. El asesino en serie y el santo, lo llevamos todo dentro. Luego, claro, hay personajes con los que puedes identificarte más porque requieren de ti cosas que te son más habituales.

De Medea, que asesina a sus hijos, ha pasado a María, la madre que ve morir a su hijo y no entiende nada.

Creo que debió pasar algo así. Jesús cambió el mundo por completo, pero en los días que estuvo vivo hacía la revolución con un grupo muy pequeño. Puedo entender que su hijo apareciera y María dijera: “¿Pero en qué se ha convertido mi hijo?” No creo que dijera: “Ah, bien, pues nada, es el hijo de Dios y ya está”. ¿Cómo iba a imaginar ella que se convertiría en la religión más importante del mundo? En ese momento ella creía que tenía unos amigos muy raros, que las malas influencias estaban ahí, como todas las madres creen que sus amigos hacen que sus hijos vayan por el mal camino. Una madre normal.

¿Ella siente más rabia por la situación de peligro que ve o porque su hijo haya dejado de conectar con ella, porque casi no le conozca?

Por todo, incluso por lo que debió hacer y no hizo, como cualquier madre cuando un hijo sufre se plantea qué hizo mal. Cómo no vio, cómo no hizo, por qué no evitó, no estuvo atenta. No conozco ninguna madre que no sienta culpa. Hay que ser muy mala madre. Lo he visto en mi madre y mi abuela, para las que para mí esta obra es de alguna manera un homenaje también. Todo lo que produce dolor a sus hijos para ellas es fuente de culpa.

Con María revisa en escena un personaje histórico, contando la que pudo ser su verdadera historia, sus sentimientos, y justamente acaba de revisar a fondo otro mito, el de Don Juan Tenorio, en Madrid.

Entiendo el teatro para eso, para cuestionar, para no dar por hecho nada, para eso sirve en general cualquier manifestación cultural o artística, y el teatro por encima de todo. Primero es un espacio de libertad, y aunque la historia diga equis yo en escena tengo la libertad para cambiarlo. Sobre todo porque para lo que sirve es para dar otros puntos de vista, para ayudarte a ti como espectador, como ciudadano, a mirar el mundo desde otro lugar. Es una realidad nueva, distinta. Si no, es un documental. O un biopic.

Y el Tenorio no le caía nada bien a usted, tenía el proyecto en mente hace años.

Hace muchos, desde que quería dedicarme al teatro en la escuela. Siempre se ha visto, y está en la calle todavía, a Don Juan como algo positivo. Le hemos colocado en un lugar que creo que no se merece y el propio Zorrilla no le tenía ningún afecto. En sus memorias lo dice: la oscuridad era Don Juan Tenorio y la luz Inés, el gran personaje de su obra. Pero hay un componente machista en ese personaje que ha sido exaltado por una sociedad muy machista que es la nuestra y que sigue siéndolo. Por eso creo que se sigue representando, porque en el fondo nos gusta el canalla, golfo y chulito que se las lleva de calle y que además acaba rendido en las redes del amor y eso le salva. Pues yo dije: “Y una mierda”. No es un chulito golfo, es un asesino, un maltratador, un delincuente, el paradigma de lo peor que puede tener una sociedad, un destructor sistemático, no construye nada nuevo, un egomaníaco, en él se condensan todos los valores sociales negativos y eso es lo que quería contar. Igual que en El testamento de María sobre todo quería recordar que María fue un ser humano que sufrió, no una señora con un manto azul rodeada de angelitos. Debió sufrir y sentir rabia, incluso odio. está bien mirar las cosas desde otro ángulo.

¿El teatro para usted tiene que ser un lugar de compromiso más que el cine o la televisión?

Para mí lo es cualquiera de los medios. Por eso hago proyectos que cuentan cosas. Incluso ahora en El chiringuito de Pepe me siento feliz interpretando a una mujer que sale en su barco a pasear cada madrugada, que vive sola, se autofinancia la vida, que tiene una pareja que es negro, inmigrante y mucho más joven que ella. Como modelo, me mola mucho. Contar una historia así en este país. Los proyectos que me motivan siempre cuentan algo que permite una mínima reflexión, y en la comedia, que me encanta, también se reflexiona muy bien. Es lo próximo que quiero hacer cuando acabe El Testamento de María, una comedia con Secun de la Rosa, que es inteligentísimo y escribe maravillosamente bien.

Tiene una compañía de teatro. ¿No son muchos quebraderos de cabeza?

Es mucho más divertido que sentarte a esperar a que te llamen y me encanta juntar compañeros, equipos humanos, y levantar proyectos, ver hecho realidad algo que sólo era una idea. Por otro lado, lo que gano lo reinvierto en lo único que se hacer: teatro.

¿Cree que, como dicen algunos, el teatro de Madrid ha dado un subidón y el de Barcelona se ha estancado?

Tengo una sensación de que ha habido un balanceo. Durante muchísimo tiempo Barcelona era el ejemplo a seguir en el teatro y todos mirábamos hacia ella porque de aquí salía lo más grande. Eso ha hecho que mucha gente crezca en otros sitios y ahora dé sus frutos. Madrid había sufrido durante un tiempo una sequía que pedía a gritos una generación que cambiara eso. Y ha surgido una generación que se ha apropiado del teatro desde abajo. Como pasa en toda Europa, ahora que casi todo está ya inventado y no nos dejamos epatar por teatro “vanguardista”, buscamos historias bien contadas que nos emocionen. Madrid ahora lo veo muy brillante, gente de Barcelona me cuenta que va a ver cosas allá.

¿Cómo ha vivido la desaparición de Amparo Baró?

Nos veíamos durante seis años todos los días por Siete vidas y compartíamos no sólo lo laboral sino lo personal. Puedo decir que la conocía. Es una pérdida muy grande. Admiraba su profesión y la desarrolló en tiempos mucho más duros, con funciones dobles cada día, viajando en condiciones pésimas. Era una mujer de una gran sabiduría, ha sido una pérdida personal, se ha ido una amiga.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
Cual científica rigurosa, Blanca Portillo se ha tomado la molestia de diseccionar el verdadero sentido de las palabras con la ayuda del diccionario de la Real Academia Española. Dos de las acepciones del término burlarson: “Engañar, inducir a tener por cierto lo que no es” y “seducir con engaño a una mujer”. Dos términos que son aplicables, también científicamente, al personaje de Don Juan Tenorio, ese héroe romántico, seductor e icono de la transgresión al que Blanca Portillo ha reventado con decisión y valentía con una puesta en escena que hoy estrena en el Teatro Pavón, de Madrid, como directora, con el 80% de las entradas vendidas.
Don Juan Tenorio, en versión de Juan Mayorga, e interpretada por José Luis García Pérez y Ariana Martínez, entre otros, es una coproducción del Teatro Calderón de Valladolid, la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la productora de la propia Portillo, que desmonta de manera rotunda y sin fisuras los tópicos que siempre han rodeado a este personaje en las múltiples versiones que de él se han representado a lo largo del tiempo.
“Don Juan es un hombre peligroso, modelo de destrucción social y afectivamente, un psicópata, maltratador, violador y asesino, un hombre delenazble, con una falta absoluta de empatía”, explicó ayer la actriz y directora, que acomete esta obra con el convencimiento de que la imagen y el mito que ha acompañado siempre al Tenorio había que destruirla, arrasarla, acabar con ella. “Es alguien que se lleva por delante todo lo que se cruza en su camino, es el vivo retrato del desprecio por los demás", añadió Portillo que para presentar esta versión del Tenorio de José Zorrilla no ha tenido que rebuscar ni inventarse nada, sino seguir con una exquisita fidelidad el texto original escrito en el siglo XIX.
Defensora convencida de que el teatro es ese lugar ideal en el que todo puede y debe ser objeto de debate y análisis, pero también como ciudadana y como mujer, Portillo lleva años soportando esa imagen del Tenorio —“nunca he podido entender cómo un personaje así se ha convertido en un icono abanderado de la libertad y de la representación de la seducción de las mujeres, como un valor en sí mismo”—. La necesidad de subirlo al escenario y radiografiar a las claras sus acciones y sus palabras está detrás de este proyecto en el que lleva embarcada más de dos años. “No puede ser que Don Juan Tenorio sea todavía modelo de comportamiento en nuestro país y en el mundo entero. Es un hombre amoral, teñido de un romanticismo profundamente mal entendido y reflejo de unos errores terroríficos”, dice la actriz y directora, quien recita las propias palabras de Don Juan para demostrar la calaña destructora de este personaje —“por donde quiera que fui la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la justicia burlé y a las mujeres vendí”—.
¿Cómo se explica que continúe vivo este mito? “Somos un pueblo muy permisivo, que pone en valor cosas profundamente negativas, lo vemos a diario en los diarios y las televisiones. Tenemos una capacidad para dejar que los malvados se instalen en el poder y admirarlos que no me lo explico”. Tan profundo ha sido el estudio sobre el Don Juan de Zorrilla que Portillo no ha obviado las razones de su comportamiento, la educación en la infancia, el poder del mundo de los hombres, la ausencia de las madres y del universo femenino. Todo esto tendrá su reflejo en la producción, en la que por primera vez ella aborda también la creación del espacio escénico. Un montaje contemporáneo, un único espacio limpio, como una especie de mausoleo, un espacio con muy pocos objetos en el que el valor del actor está por encima de cualquier otra cosa. Un Don Juan contemporáneo, sin plumas, sombreros ni espadas, vestido con pantalones vaqueros y camiseta que revelará en escena toda su complejidad a los sones de una música de blues — “la música del dolor”, como la califica Portillo—.
Este Don Juan dejará por el camino su imagen frívola y seductora, pero no perderá la extraordinaria teatralidad que alberga el texto de Zorrilla. De eso se han encargado con pasión y meticulosidad tanto Portillo como Juan Mayorga. “Mi contribución ha sido más que modesta”, explica Mayorga, para quien el espectáculo del Teatro Pavón hará historia por su valentía, por presentar a un hombre malvado, sucio y áspero pero que no por eso deja de ser fascinante. “Es una mirada renovada, un montaje importante y controvertido, al que Blanca Portillo le ha quitado el polvo y el barniz que había ido ocultando todos los matices del texto”, cuenta Mayorga, para quien el versionador de un texto es una especie de traductor, incluso cuando trabaja en su propia lengua. A la hora de enfrentarse a la obra de Zorrilla, Juan Mayorga se ha guiado por esa doble fidelidad al texto original y al espectador de hoy. “Las obras clásicas no pueden ser nunca reescritas, sino releídas, descubriendo el sentido del texto que el tiempo ha ido desvirtuando y para que las intenciones iniciales alcancen al espectador contemporáneo”. “No es un montaje más de Don Juan Tenorio”, sentencia el autor de esta versión.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
En la vida hay premoniciones y la que ha unido a Agustí Villaronga y Blanca Portillo en El testamento de María parece haber sido una de ellas. Fue el callejón de salida de actores del Teatro Español, en Madrid, el testigo de este destino, hace ya unos meses. El cineasta Villaronga salía del centro donde acababa de dejar una propuesta para estrenarse como dramaturgo con El testamento de María, de Colm Tóibín. En el despacho ya había sugerido un nombre para llevar a escena este portentoso monólogo: Blanca Portillo. Nunca habían trabajado juntos y no se conocían personalmente. Ella, ajena a la propuesta, se topó con Villaronga, mientras tomaba un café en el bar del callejón. Se miraron, pero no se atrevieron a presentarse. Lo recuerdan hoy entre carcajadas. "Yo le reconocí y me dio vergüenza acercarme. ‘Mira, si no se acuerda de mí’, pensé", dice Portillo. Fue una media hora larga en la que Villaronga, incluso, disimulaba y se levantaba a buscar tabaco y miraba de reojo con la esperanza de que avanzara ese deseado encuentro casual. Esa tarde no rimó la vida. Cada uno se fue a su casa. Ya por la noche, Villaronga le puso palabra a ese cruce fortuito, "premonición", e inmediatamente se puso en contacto con ella para enviarle el texto. El flechazo para la actriz fue seco y directo. "Nada más leerlo dije que sí. Me conmovió profundamente. Hacía mucho tiempo que no leía un texto teatral que a la primera me perturbara tanto. Es tan poderoso, lloré tanto leyéndolo que no lo dudé ni un segundo. Sabía también que en manos de Agustí se iba a convertir en una bomba".
Y la bomba ya ha llegado. El testamento de María se estrena el próximo miércoles en la sala Valle Inclán del Centro Dramático Nacional, en Madrid, y llegará al Lliure el año próximo. Tras las críticas y el éxito cosechados en los cuatro días que la obra se representó el verano pasado en el Festival Grec, esta función promete convertirse en una de las propuestas más potentes y convulsas de esta temporada.
En el texto, el autor irlandés Colm Tóibín baja a la tierra a la mismísima Virgen María y la representa como una mujer de pueblo, desgarrada y dolorida que, tras la violenta muerte de su hijo Jesús, rememora los extraños acontecimientos que le ha tocado vivir. Hay varias versiones del relato de Tóibín. La primera fue escrita por el autor irlandés para Meryl Streep, quien, finalmente, lo acabó sacando en una especie de videobook. Hubo un segundo texto que estrenó Fiona Shaw en Nueva York. Finalmente, a partir de este material, Tóibín se decidió a publicarlo en forma de novela —editada en España por Lumen—. Villaronga reconoce la suerte de toparse con este relato y con unas versiones no tan diferentes, pero que a él le han permitido bucear y hacer una criba para plantearse algo más que un monólogo teatral. "El poder de la palabra en un monólogo es enorme, y aquí sigue siéndolo, pero también hay un motor de acción que permite que el texto descanse no solo en la palabra, sino en la gestualidad y la acción". Todo un reto para este cineasta mallorquín, realizador de Pa negre, filme con el que consiguió en 2011 el espaldarazo del público y el reconocimiento de la profesión con nueve goyas, 13 premios Gaudí y la Concha de Plata en San Sebastián a mejor actriz para Nora Navas. Villaronga debuta ahora como director teatral: "El relato de Tóibín me llegó por azar, caído del cielo, como el hecho de tener a Blanca conmigo. Ella me ha quitado mis miedos de novato teatral. Me he sentido muy protegido. Y este texto es perfecto para mi estreno. Comencé en el teatro y siempre he tenido una atracción especial por el teatro, tenía muchas ganas. Hasta ahora me habían llegado propuestas, pero las había rechazado".
Son muchas las cosas que Villaronga y Portillo quieren celebrar juntos y no lo ocultan. Reunidos por Babeliaen Valladolid —donde la actriz estrenaba como directora Don Juan Tenorio—, reflexionan sobre su encuentro "feliz", "muy feliz". Un pausado y elegante mallorquín de 61 años frente a una apasionada y combativa madrileña de 49. Los dos consagrados ya en su profesión: premio Nacional de Cinematografía (2011) Villaronga, premio Nacional de Teatro (2012) Portillo. Dicen que todas las chispas que han saltado han sido positivas. "Como no nos conocíamos personalmente, solo teníamos que encontrar el código de comunicación. Es una cuestión de temperamentos, de ritmos vitales. Agustí tiene las ideas muy claras, con una gran capacidad para ver el personaje y las situaciones", dice Portillo. Enfrente, silencioso y atento, escucha el director. "Ella ha aportado muchas cosas como actriz sabia que es, y combina la parte humana y la sabiduría teatral". Portillo añade que disfruta poniéndose en manos de un director: "No tengo el más mínimo problema. Me olvido inmediatamente de mi faceta de directora. No hay nada más hermoso que confiar en la cabeza y el corazón de quien te va a dirigir. Luego aportas, indudablemente, porque cada uno tiene sus propias experiencias y sensibilidades. Es entonces cuando se establece un código de confianza, no de imposición", contesta la actriz.
—¿Cuál ha sido la atracción de El testamento de María?
Agustí Villaronga. Es un texto de enorme humanidad. No me interesa nada de lo que teóricamente puede tener de irreverente, de si se pone en duda a la Virgen o no la Virgen, de la Iglesia o no la Iglesia. No se enjuicia a la Virgen María. Estamos ante un drama humano con un personaje que es un icono en nuestra cultura, colocado en los altares. Tóibín lo baja a la tierra, y de repente es una mujer de pueblo, con todas sus carencias, su sensibilidad enorme y cómo se enfrenta a ese hijo que es un enigma. A lo largo de la historia hemos visto cómo las ideologías han provocado auténticas barbaridades. En este caso, es una madre que cuenta cómo la idea de la religión se ha apoderado internamente de la vida de su hijo y la tragedia que ha provocado en su entorno íntimo. Es una madre que pierde a su hijo y lo va explicando a su manera. Algo que vemos constantemente a nuestro alrededor, en Irán por ejemplo, donde las luchas por unas ideologías o unas banderas patrióticas provocan grandes desastres.
Blanca Portillo. Es muy inteligente por parte de Tóibín elegir a un personaje como la Virgen, porque no es contar la historia de cualquier madre, es la madre por excelencia.
A. V. Podía haber elegido a la madre de un terrorista del IRA.
B. P. Efectivamente. Esa idea del fanatismo, del destrozo que causa alrededor, el hecho de contarlo a través de la madre de todas las madres es de una inteligencia enorme. A mí tampoco me interesa nada la posible transgresión en torno a la religión. La función no va de eso. Uno de los hallazgos del planteamiento de la dirección es ese. Lo primero que me dijo Agustí es que esa madre es de la tierra. No hay nada divino. Es una mujer a la que puedes encontrar en la calle en cualquier parte del mundo.
A. V. Es la madre de un hijo al que ponen en los altares y ella no sabe muy bien por qué. Ella no cree que su hijo sea especial, no entiende a los discípulos que le siguen con adoración. No lo entiende y teme el peligro que eso puede suponer. La Virgen es un personaje muy poco definido en los Evangelios, es una mera comparsa. Poder descubrirla desde el punto de vista histórico y no religioso es magnífico.
B. P. Está despojado de religiosidad, pero no de espiritualidad. Ella tiene emociones muy elevadas y una percepción y una sensibilidad enormes. Eso es espiritualidad. En su dolor real es mucho más sagrada que en la imagen de unos ángeles llevándosela a los cielos. El ser humano es sagrado en sus dolores y en sus miedos. Ese mensaje que traslada el texto es tremendamente actual. Las guerras y el sufrimiento no merecen la pena. No es justo provocar tanto dolor. María se pregunta: “¿Merece la pena tanto dolor para decir que se salvó a la humanidad? ¿Al mundo? ¿A todo el mundo?”.
A lo largo de la hora y cuarto que dura la función, en una especie de retablo o habitación de la memoria, María, el personaje, más que contar recuerdos, los vuelve a vivir, entra y sale del presente al pasado a través de objetos que la van trasladando a ciertos momentos de su vida, y con un texto simple, nada farragoso y hermosísimo. Y suelta su verdad, aunque sea contradictoria con lo que dicen otros. Ella, que ha sido testigo privilegiado, sabe lo que vio y lo que pasó y se enfrenta a todos aquellos que quieren construir algo que se supone que va a cambiar el mundo. Todo un conflicto entre la memoria histórica y la personal. Ya lo dice María en el relato: "La memoria forma parte de mí, como la sangre, los huesos, la carne". Y así lo ve Blanca Portillo, que con este relato se enfrenta al primer monólogo de su carrera: "Estaba aterrorizada. Siempre he pensado, y se lo dije a Agustí, que el gran trabajo de un actor te lo hace el compañero. No hay nada como mirar a los ojos del compañero. ¿A quién iba a mirar yo ahora? ¿De dónde iba a sacar los recursos para hacer mi trabajo? Pero esto es mucho más que un monólogo, es un espectáculo, un puro juego teatral, en el que están casi presentes los personajes con los que ella convive. De repente, tenía ojos a los que mirar aunque no estuvieran ahí. Y, sobre todo, tengo más presente que nunca los ojos de los espectadores. Es una función con mucha acción, con conflictos, distintos y permanentes. Pero al principio el vértigo fue horroroso. Nunca he buscado hacer un monólogo. Tenía que aparecer algo y alguien para que yo me lanzara a esta locura".
Villaronga parece más que dispuesto a repetir la experiencia teatral, aunque tendrá que ser después de El rey de La Habana, una película largamente acariciada y aparcada otras tantas veces que comenzará a rodar a primeros del año próximo en la República Dominicana, tras la negativa de Cuba a permitir que se rodara allí. El rey de La Habana se sumará a la filmografía de Villaronga, que incluye Pa negre y la serie televisiva Carta a Eva. El proyecto nuevo se basa en la novela homónima del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez y relata la vida de un adolescente que escapa de un correccional y se lanza a las calles de la capital cubana en un momento de gran inestabilidad y pobreza. Pero hay algo que ha descubierto el director sobre la escena teatral que le tiene arrebatado. "En lo esencial no creo que el teatro esté lejos del cine y la televisión, solo son formas distintas, pero sí he encontrado mucha armonía. Todo ha sido muy tranquilo, con un equipo pequeño, frente a la locura del cine. Quiero repetir la experiencia porque creo que en el teatro pierdes menos cosas por el camino que en el cine. En una película estás a merced de tantas cosas que solo sobreviven unas pocas. En el teatro sobreviven casi todas tus ideas iniciales. Con El testamento de María no solo ha sobrevivido todo, sino que ha crecido, algo que creo es impensable en el cine".
A Blanca Portillo le espera a principios de enero el estreno en el Teatro Pavón de Madrid como directora de Don Juan Tenorio, la obra de José Zorrilla en versión de Juan Mayorga. Ella sigue conservando una parte de esa magia independiente con la que se acercó al teatro hace ya tantos años y que busca a través de producciones propias: "La clave está en el disfrute. Cuando empecé me dije a mí misma que lo único que quería era trabajar en esto. Conseguirlo ya es muy grande. La vida te da lo que esperas de ella si se lo pides. Hay que estar siempre con la antena puesta, desearlo por lo menos. Hay algunas cosas que te llegan y otras que es necesario buscarlas debajo de las piedras".
Bajo las piedras no, pero sí bajo la tierra, así es como quiere morir María en su testamento de Tóibín. En busca de una paz que no ha encontrado en vida. "Artemisa, diosa de todo lo que crece, libérame. Llévame hacia la oscuridad más calma y que allí encuentre lo que tenga que encontrar, ya sea el silencio o alguien hablando, incluso puede que los muertos que he conocido, o tal vez sus tristes sombras susurrantes. Ansío dormir en la tierra seca, volverme polvo en la paz más absoluta, con los ojos cerrados, en un lugar cercano y lleno de árboles".
El testamento de María. De Colm Tóibín. Adaptación y dirección: Agustí Villaronga. Traducción: Enrique Juncosa. Intérprete: Blanca Portillo. Centro Dramático Nacional. Madrid. Del 19 de noviembre al 21 de diciembre.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
«Creo que ya va siendo hora de que alguien llame a Tenorio por su nombre», asegura Blanca Portillo. La actriz prepara una nueva versión del popularísimo texto de Zorrilla, que verá la luz a principios de noviembre en el teatro Calderón de Valladolid y viajará después a Madrid. Del 9 de enero al 15 de febrero de 2015 se presentará en el teatro Pavón, dentro de la programación de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (si todo va según lo previsto, será la última que se desarrolle en este escenario), presentada ayer por su directora, Helena Pimenta.
La CNTC ofrecerá este año siete espectáculos, de los cuales cuatro son producciones propias o coproducciones, y otros tres trabajos decompañías invitadas. Se celebrarán además dos dramatizacionesy se viajará a Francia y Gran Bretaña con un espectáculo incluído dentro del Proyecto Europa, pensado en colaboración con el Instituto Cervantes para promocionar nuestro teatro clásico en el extranjero, y compuesto por fragmentos de «La vida es sueño», «El alcalde de Zalamea» y «El perro del hortelano».
La temporada se abrirá la próxima semana con «Donde hay agravios no hay celos», de Francisco Rojas Zorrilla. Se trata de una producción que se estrenó en el pasado Festival de Almagro; la dirección es de Helena Pimenta, y en el reparto se mezclan actores habituales en la Compañía -David Lorente, Óscar Zafra, Rafa Castejón, Marta Poveda y Fernando Sansegundo- con otros que se han incorporado para este montaje -Jesús Noguero, Clara Sanchis Natalia Millán-. Es, dice Helena Pimenta, «una de las mejores comedias del Siglo de Oro».
A continuación, la CNTC repondrá «En un lugar del Quijote», una coproducción con la compañía Ron Lalá, que tuvo un gran éxito la temporada pasada. El montaje, incluído dentro del proyecto «Mi primer clásico» -pensado para iniciar al público infantil y adolescente-, está dirigido por Yayo Cáceres e interpretado por Juan Cañas, Íñigo Echevarría, Daniel Rovalher, Álvaro Tato yMiguel Magdalena.
«Don Juan Tenorio» cuenta con una versión de Juan Mayorga. «Tenorio -dice Blanca Portillo- no es un héroe. Es alguien que huye de su propio vacío, llevándose por delante todo aquello que se cruce en su camino. No es un luchador en busca de un mundo mejor, de un cambio en el sistema, no es un buscador de belleza. Tenorio es hoy el vivo retrato del desprecio por los demás». El reparto está encabezado porJosé Luis García Pérez, a quien acompañan Miguel Hermoso, Juan Manuel Lara, Francisco Olmo, Ariana Martínez, Marta Guerras, Luciano Federico, Eduardo Velasco, Beatriz Argüello, Daniel Martorell, Alfonso Begara, Alfredo Noval, Raquel Varela y Rosa Manteiga.
La cuarta producción de la Compañía es «Enrique VIII y la cisma de Inglaterra», a partir de la obra de Calderón de la Barca «La cisma de Inglaterra», una pieza de juventud del autor apenas representada. «Es un texto -dice Ignacio García, su director- prolijamente estudiado en su aspecto literario pero olvidado, como tantos, fuera del canon y del repertorio habitual, condenado al destierro de los escenarios». En el reparto, la fórmula habitual de mezclar actores de la CNTC con otros no habituales; lo componen Sergió Peris-Mencheta, Joaquín Notario, Pedro Almagro, Emilio Gavira, Pepa Pedroche, Natalia Huarte, Mamen Camacho Anabel Maurín.
Las tres compañías invitadas esta temporada son la madrileña GG Producción y Distribución Escénica, la vallisoletana Teatro Corsario, y la sevillana Atalaya. Presentarán, respectivamente, «La hermosa Jarifa», a partir de la obra de Antonio Villegas; «El médico de su honra», de Calderón de la Barca; y «Celestina, la tragicomedia», adaptación del texto de Fernando de Rojas. Las dramatizaciones serán «La traición en la amistad», de María de Zayas, y «La corte de los milagros», de José Picón.