Fuente: Pablo Guimón (elpais.com)
A veces el sentido de una vida puede estar delimitado por cuatro paredes. Eso sucede cuando lo que queda fuera de ellas es un infierno. En el caso de Asier Etxeandia, las cuatro paredes son las de la habitación de un niño en el Bilbao de principios de los años ochenta, en el piso 1º A del número 55 de la calle de la Autonomía. Una habitación con muebles de niño, colcha ochentera de colores chillones, estanterías con El libro gordo de Petete, montones de pitufos y paredes de gotelé cubiertas con fotos de Madonna que Asier recortaba de las revistas. Y en una esquina, el radiocasete. Un cacharro grande, de doble pletina, que hacía las veces de teletransportador. La verdadera vida de Asier empezaba cuando le daba al play y él hacía sus conciertos frente a la ventana.
A esas actuaciones, huelga decir, solo asistía público imaginario. Pero con el tiempo aquel niño logró convertir a ese público imaginario en público real. Esta es la historia de cómo Asier Etxeandia consiguió abandonar su habitación para convertirse en la persona que era dentro de esas cuatro paredes. De cómo cambió su habitación por el mundo para luego volver a esa habitación y contarlo, con la esperanza de que sirva de ejemplo a otros que, como le sucedía a él, se sienten diferentes y no tienen a nadie que les comprenda.
Asier, que esta semana cumple 38 años, es hijo único. La madre “tenía un montón de líos en la cabeza” y el padre “no paraba en casa”. “Con quien estaba todo el día era con mi abuela, que vivió con nosotros hasta que murió, cuando yo tenía 12 años”, cuenta Asier. “Teníamos una relación brutal. Estaba sorda y ciega, por la diabetes, pero era quien me cuidaba y quien mejor me entendía”.
La suya era una familia, en palabras de Asier, humilde. “Mi padre fue campeón de España de kárate, jefe de bingo y agente inmobiliario. También vendió enciclopedias. Y mi madre trabajó en El Corte Inglés hasta que llegó el machote de mi padre y le obligó a no volver a trabajar”.
Los mismos amigos imaginarios que asistían a sus conciertos en la habitación le acompañaban a Asier luego en la calle. Y eso no contribuyó a su popularidad en el mundo que había fuera de las cuatro paredes. “Yo era un friki”, admite. “Era larguirucho, rubio, parecía una niña. Tenía gafas de culo de vaso, cuatro y pico dioptrías. Me vestía mi madre, era un cuadro. Ella tenía un poco de obsesión conmigo, hasta niveles que no me ayudaron mucho en el colegio. Por ejemplo: me compraba un modelito para ir a la boda de mis tíos, con pajarita y pantalón corto amarillo, y luego me lo estaba poniendo durante meses para ir a los jesuitas. Tú imagínate”.
El colegio, para Asier, fue una “verdadera tortura”. “Todos los niños se reían de mí”, asegura. “Yo estaba todo el día solo. Supongo que debía de tener una pluma bastante gorda de pequeño. No jugaba al fútbol, y con esa pinta, todo el día hablando con seres imaginarios, figúrate. Todos los días tenía cinco niños esperándome fuera para darme de hostias. Me acompañaban dándome tobas hasta mi casa. El colegio fue una pesadilla. Lo pasé fatal”.
Solo una vez plantó cara a sus acosadores. Fue cuando un niño insultó a su abuela, que acababa de morir. “Me dije: ‘Lo mato’. Quedamos fuera después de clase para pegarnos y yo me fui desinflando, siempre me ha aterrorizado pegarme. Si me menosprecian o me humillan, me hago pequeño, pero también tengo muy mala leche. El caso es que íbamos a zurrarnos y yo estaba totalmente desinflado, sabía que me iban a partir la cara. Y justo vi a mi padre bajar por la calle, y me armé de valor. Hice ¡¡¡bbbrrraaa!!!, como en Juego de tronos, y empecé a pegarle al chaval. Fue la única vez que me he peleado, y lo hice para que mi padre no viera cómo me zurraban”.
En clase solo aprobaba dibujo y, a veces, gimnasia. Lo demás, todo muy deficientes. Vivió el clásico peregrinar por colegios. “Estuve en cuatro diferentes, no me querían en ninguno”, recuerda. “Hasta me metieron en una cosa que había entonces que se llamaba Rem, como unos estudios de informática. A mí, que soy un desastre con las máquinas. Mis padres no veían. Lo que tenían que haber hecho es meterme desde pequeño a estudiar piano, danza, yo qué sé, directamente a la canterita de artistas. Pues nada, lo contrario: a informática. Y todo suspensos, y todo un Cristo. Estuve yendo a psicólogos durante mucho tiempo, no entendían mi mundo imaginario. Yo tenía mis amigos, mis fantasmas. Yo los veía y si me decían que no estaban, montaba un pollo. Y te juro que eran reales, aunque yo sé ahora que era mi imaginación. Pero eran más reales que la realidad. La realidad era una mierda”.
Entonces, a los 18 años, Asier tomó la mejor decisión de su vida. “Se acabó, me dije, no sigo estudiando. Me fui un mes antes de los exámenes y empecé a hacer talleres en la Escuela de Teatro de Getxo(Biz­kaia). Mi vida dio un giro. Conocí a unos amigos y amigas que me dieron un vuelco. Me pusieron un espejo delante. Y al año siguiente comprendí que tenía que meterme a tope en las clases y pagarlas como fuera”. Carlos Baiges, director de la escuela, todavía recuerda la llegada de Asier. “No era un chaval más”, asegura. “Se le veía el talento a la legua, era indudable. Tenía imaginación, capacidad expresiva, era superdivertido y le salía todo bien. Es una persona con una sensibilidad especial”.
Asier se fue a vivir a una casa okupa en un antiguo cuartel militar de Getxo. “Aquello fue la apertura a la vida”, explica. “Empecé a vivir a mi manera, a hacer teatro de calle, a pasar la gorra, a vivir el mundo bohemio. Era feliz. Cantaba en una orquesta de verbenas y hacía algún trabajo de modelo. Con eso, más alguna ayudita de mi tía Clara de vez en cuando, me pagaba la escuela. Pero podía estar una semana casi sin comer cuando no había dinero. Mira que sufría, pero lo recuerdo como la época más feliz de mi vida”.
Como todo actor que se precie, en el currículo de Asier ha habido lugar para trabajos alimenticios de todo tipo. Y en alguno de ellos demostró un insospechado talento. “Trabajé en un sex shop en Vitoria”, explica, “y batí el récord de caja de todos los empleados de la franquicia. Vendí en una tarde 400.000 pesetas en consoladores y cosas. Imagínate, con lo que me enrollo yo. ¡Y eso que entonces era virgen! Tenía 18 años, yo fui muy retrasadito en esto del sexo”.
Tocaba con sus grupos de música y hacía trabajos en teatro, hasta que un día apareció el caramelo de la televisión. Arrancaba el siglo XXI y las cadenas exprimían el filón de las series de ficción para adolescentes. Un trampolín a la fama y al dinero para una generación de actores jóvenes. En el caso de Asier, el personaje, no exento de tintes autobiográficos, se llamó Beni, un atormentado alumno con rastas en la escuela de baile de Un paso adelante. Una experiencia que Asier recuerda como nefasta. “Yo no tenía ninguna intención de venir a Madrid”, asegura. “Todos los que terminaban la escuela y se venían volvían escaldados. Pero me salió el casting y vine. Me cogieron, y tuve la terrible experiencia de Un paso adelante. Nos hacían currar 13 o 14 horas diarias, había un descontrol brutal. Fue un desencanto absoluto. Cobraba 4.000 o 5.000 euros, que no los he vuelto a ganar, pero no tenía ni tiempo para gastarlos. Trabajando en la serie, llegué a dormir en la calle. No podía ni buscar una casa. Un día me encontré con que no tenía dónde pasar la noche y dormí en un banco de Ópera. Y allí me vino a recoger el coche que nos llevaba al rodaje. Comprendí que no quería participar en eso. Si esto es lo que hay, me voy. Me decían que si no lo hacía yo, lo haría otro niñato. Yo les dije que llamaran a otro niñato y me volví a Bilbao”.
De regreso a casa, Asier se trajo consigo una depresión “brutal”. Coincidió el desencanto de Madrid con un episodio de desamor y la combinación le dejó “hecho polvo”. “Estuve dos años empastillado, hasta se me cayó el pelo”, recuerda. Pero la vuelta a casa duró poco. Al año y medio de regresar le llamaron para hacer una prueba en Madrid que, esta vez sí, le abriría las puertas a uno de los papeles de su vida: el maestro de ceremonias del musical Cabaret. Aquello fue “un sueño realizado”. Y hay un recuerdo que guarda con especial orgullo: la primera vez que acudió a verle su madre. “Cuando llegaron los aplausos, mi madre no aplaudía: gritaba y apretaba los puños, como si hubiera ganado una carrera. ¡¡¡Uuuaaahhh!!! ¿Quién es esa señora loca de la primera fila?, me preguntaban. Y yo decía: mi madre”.
Asier se tiró más de dos años metiéndose cada noche, en sesión doble los viernes y sábados, en la piel de Emcee. Hasta que necesitó parar. “Aparte de que yo me meta en bosques emocionales por elección propia, aquello era muy fuerte”, asegura. “Si estás ejecutando un personaje tanto tiempo, todos los días, hay un momento en que te posee. Te perturba. Estaba pensando que tenía que poner una lavadora y lo que hacía es cantar el Money. Tuve un momento de desdoble tan fuerte que me asusté. Dije: ya está, sueño cumplido. Y lo dejé”.
En ese momento empieza realmente a forjarse la reputación de Asier en el teatro. Todo le sale y cada papel lo vive como un salto mortal. En ese despegue tuvo mucho que ver el director teatral esloveno Tomaz Pandur, con quien ha trabajado hasta la fecha en cuatro montajes. Pandur descubrió a Asier por una foto y le fue a ver a Cabaret. Estaba probando actores para montar, con el Centro Dramático Nacional, Infierno, primera parte de la trilogía de la Divina Comedia de Dante. Se estudiaron cerca de dos mil candidatos. Pero a Asier ni siquiera le hizo una prueba. Solo le dio una indicación: “Tienes que sufrir como un cerdo”.
Asier estaba tan perdido que un día, aconsejado por una amiga, se plantó en Patones, un pueblo de Madrid, para contemplar de cerca la matanza de un cerdo. “Me puse a ver cómo lo mataban, mirándolo de cerca y directamente a los ojos, que son ojos como los de un humano”, recuerda. “Quería flipar con el dolor. Y, claro, me creó traumas. Son elecciones absurdas que nunca tiene que hacer un actor, que no valen para nada”.
Asier estaba asentado en Madrid. Tenía amigos y hasta un novio de Fuenlabrada. Hacía teatro, televisión y cine, con Fernando Colomo (El próximo oriente, 2006), Emilio Martínez Lázaro (Las 13 rosas, 2007) y Pedro Almodóvar (Los abrazos rotos, 2009). Pero el destino aún le depararía otra estancia en Bilbao, esta vez, hace seis años, la más dolorosa de todas. Su madre enfermó de cáncer y Asier se fue con ella. “La cuidé hasta el último momento, incluso la amortajé”, recuerda. “La querían llevar al hospital a morirse, pero yo no quise. Alquilé una casa en Bilbao y me instalé allí con ella para que pensara que volvíamos a vivir juntos, que todo estaba bien. Uno no se da del todo cuenta del apoyo que ha significado una madre hasta que se va. He tenido unos padres maravillosos, que lo han hecho lo mejor que han podido. Si hago música, es porque he crecido rodeado de música, y si soy actor, es porque mi madre era una obsesa del cine y el teatro. Conocía los nombres de todos los actores. Ella misma cantaba y era la comedia de sus amigas. Los hijos no nos damos cuenta de lo imbéciles que hemos sido hasta que los padres se van”.
Es la medianoche de un viernes de junio y el público abarrota la sesión golfa del teatro La Latina. Hay gente que repite y se trae a sus amigos. Incluso hay quienes se han aprendido en Youtube las coreografías que acabarán bailando encima de las butacas. En el escenario, Asier Etxeandia se pinta los ojos y hace saber a los espectadores que se encuentran en su habitación. Que esto es el Bilbao de principios de los ochenta. Que ellos son sus amigos invisibles y que están a punto de asistir a uno de los conciertos del pequeño Asier. El cantante, el actor, el intérprete. Con una banda en directo, se suceden las canciones propias y ajenas. De Chavela Vargas a Bowie. De Madonna a Kurt Weill.
El intérprete se convirtió en un pequeño fenómeno. Una fiesta, pero también una reivindicación. “Puede verse como una celebración de mí mismo”, reconoce Asier. “Pero no es solo eso. Yo de pequeño estaba deseando que alguien viniera y me dijera: ‘Tranquilo, chaval. Que está bien todo. Que no estás solo. Que eso que haces es brutal’. Sé que mucha gente se siente así. Y confío en que algunos estén entre el público”.
Defiende tu sombrero, por ridículo que parezca. La frase se la dijo hace muchos años una amiga. Y se ha convertido en una máxima para Asier. “Yo soy muy bipolar, hay momentos en que me busco y no encajo. Y mi amiga me soltó esta frase. Lo importante, me dijo, no es escoger el sombrero. Ni siquiera cómo te lo pones. Lo importante es que el que tengas lo defiendas. Entonces se convierte en el sombrero más bonito del mundo. Aunque lo que tengas sea una morcilla enroscada en la cabeza”.
El intérprete ha sido una de las experiencias profesionales más bonitas para Asier. “Ha sido un proceso de curación. Psicológicamente me ha colocado en un lugar de paz. He puesto en pie a mi niño, a ese al que no quería nadie”. El próximo 20 de julio lo celebrará con una función muy especial en el Circo Price madrileño, ante un público de dos mil personas.
El camino ha sido largo. Asier terminó el año 2012 en la cima. Su papel en La avería, dirigida por Blanca Portillo, una compañera clave en la carrera de Asier, le valió los dos máximos reconocimientos que puede tener un trabajo actoral en el teatro. El Premio Max y el de la Unión de Actores al mejor actor protagonista. Solo debía esperar plácidamente al teléfono, pero el teléfono no sonaba. Entonces se lanzó a la autogestión. Montó una productora con su pareja, José Luis Huertas, y se pusieron manos a la obra. La llamaron Factoría Madre Constriktor. Contaron con Tao Gu­­tiérrez en la dirección musical y con Álvaro Tato, de Ron Lala, en la dramaturgia. Acabaron llenando cada noche de viernes el teatro La Latina duran­­te más de dos meses. Y, por efecto de la inexorable ley de Murphy, cuando ya tenían la obra montada, el teléfono volvió a sonar.
No era cualquier cosa. Era Aitana Sánchez-Gijón para ofrecerle ser su contraparte en el montaje de La Chunga, obra teatral de Mario Vargas Llosa que Joan Ollé dirigiría en el teatro Español. Así, Sánchez-Gijón y Asier se convirtieron en La Chunga y Josefino, y su química aplicada a la literatura del Nobel peruano ha creado algunas escenas memorables. Para la actriz, que no conocía personalmente a Asier, pero hacía tiempo que quería trabajar con él, su tándem está siendo algo excepcional. “Cuando estoy con él en el escenario se me olvida el mundo entero”, explica. “Sé que navego en aguas seguras con él. Tenemos una conexión absoluta y eso es algo que no pasa muchas veces. Como actor tiene todas las cualidades: tiene técnica, un dominio total sobre su cuerpo y trabaja desde la verdad. No hay otro actor como él en nuestro país. Y como persona es un compañero adorable. Nadie en esta profesión te dirá nada negativo de él. Va por ahí enamorando”.
Asier pasó de esperar en casa que sonara el teléfono a tener función diaria en el Español, y los viernes, sesión doble con La Chunga y El intérprete. Tenía solo los lunes libres, y decidió ocuparlos con un tercer proyecto. Un montaje casi de microteatro. Sagrado Corazón 45, un texto del joven dramaturgo José Padilla, dirigido por su amigo Eduardo Mayo, en ese nuevo espacio alucinante que hay en Lavapiés que se llama La Casa de la Portera. “Estas cosas hay que apoyarlas”, defiende Asier. “Los actores tenemos la responsabilidad de que haya una buena oferta cultural, tal como está este país de mierda. No me vas a subvencionar, me lo pondrás más difícil, pero no te preocupes, que yo voy a trabajar el triple. Por una razón: amo más mi trabajo que tú el tuyo. Para llegar a fin de mes, los actores tenemos que hacer cuatro trabajos a la vez. En La Casa de la Portera nos dan 50 eurines a cada uno cuando terminamos. Y está de puta madre, mucha gente los quisiera. Pero quien se dedica a esto es por amor. Yo ahora tengo la mitad del caché que tenía antes de la crisis. Mi vida es correr de un lado a otro, con una afonía crónica que parezco Gloria Fuertes. Sin poder dormir del estrés. El otro día hice La Chunga y El intérprete después de haberme desmayado en mi propio vómito. Así, en plan Janis Joplin. Me había comido una almeja en mal estado y tenía una indigestión brutal. Pero hay que seguir trabajando. Y te digo una cosa: esta es sin duda la época más fructífera de mi vida”.
Hace unas semanas, Asier paseaba por Bilbao y se acercó al número 55 de la calle de la Autonomía. El portal estaba abierto y entró. Subió al 1ºA y se quedó en la puerta. No sabe quién ocupa la casa ahora. Era de alquiler y sus padres se mudaron cuando él, a los 18 años, se fue de casa. Estuvo un rato esperando, pero no llamó. Le dio corte. Por un momento imaginó que salía de la puerta un niño con cara de pena y vestido con pajarita y pantalón corto amarillo.
–¿Qué le diría a ese niño si saliera por la puerta?
–Le aplaudiría. Le jalearía. Le diría que querría ser parte de su escenografía. La niñez determina tu futuro y la imaginación es clave para conseguir cualquier meta que te propongas. Le diría que siguiera haciendo lo que hace. Que defienda su sombrero, por ridículo que parezca.

El actor kamikaze

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Fuente: Pablo Guimón ( elpais.com ) A veces el sentido de una vida puede estar delimitado por cuatro paredes. Eso sucede cuando lo qu...


Fuente: Rosalía Sánchez (elmundo.es)
El teatro Schiller, sede provisional de la Staasoper de Berlín, se ha puesto en pie esta noche para ovacionar la puesta en escena que Calixto Bieito ha ideado para 'Hanyo', de Toshio Hokosawa (Hiroshima, 1955). Un Bieito contenido, poético y sutil, que constituye sin duda un valor añadido a la partitura japonesa y que alcanza un gran nivel de profundidad en esta nueva coproducción del Festival Trienal del Ruhr y la Staatsoper de Berlín.
El argumento de 'Hanyo' se basa en una obra de teatro 'nô' de Yukio Mishima (1925-1970). Partiendo de un relato medieval, Mishima construyó una historia llena de erotismo y sofisticación emocional que capta mejor que nadie la relación entre Oriente y Occidente y la pulsión entre sexo y muerte. Narra la historia de una joven que espera eternamente a su amante, que prometió volver, y Bieito convierte la niebla en elemento onírico y confunde la perspectiva entre la lucidez y la demencia gracias a unas vías del tren que proceden del lejano fondo del escenario y atraviesan en una línea imaginaria el patio de butacas, directamente al subconsciente del espectador para situarlo en el centro del conflicto, en el límite entre la razón y la locura.
La acción transcurre en una estación de tren abandonada y el director de escena se empapa del minimalismo zen en sus elementos, en un equilibrio perfecto entre la música y la escena. Él mismo ha reconocido: "Es la primera vez que acepto dirigir una ópera tanto por la fuerza del libreto como por la belleza de la música". Bieito se ha lanzado al pozo de los sentimientos profundos y obsesivos del amor y la autodestrucción, ideando un contexto oscuro en el que la joven espera para siempre, como metáfora bellísima e intensa del desengaño y la trayectoria vital.
Sin duda han contribuido al éxito del estreno los tres exquisitos cantantes, Ingela Bohlin en el papel de la perdida Hanko; Ursula Hesse von den Steinen como la posesiva y desamada Jitusko y Georg Nigl como Yoshio, cuya llegada no rompe la línea eterna de la desesperación.
Dirigiendo la orquesta, que actuaba como personaje fantasmal y aparecía maquillada como tal, Günter Albers se centró en el contraste de matices desde el extremo de la suavidad a la dramaturgia expresionista, logrando una interpretación misteriosa y con gran sentido dramático de la refinada y dinámica partitura, que vuela desde la obra e teatro original para elevarse hacia los sentidos más exigentes.

Respeto por la trascendencia

La obra, por cierto, aparece publicada junto con otros cuatro textos en un libro de la editorial Gallimard francesa sobre teatro 'nô' moderno de Mishima, traducido y prologado por Marguerite Yourcenar. La escritora sale al paso del pensamiento de Claudel a propósito de las diferencias entre el teatro griego y el 'nô' afirmando que, por muy distintos que sean, "confluyen en los dos grandes resortes de la tragedia: el terror y la piedad".
Las piezas 'nô' de Mishima, como las antiguas de las que en cierto modo son herederas, participan de un carácter ritual, alusivo, ceremonioso y nostálgico. Bieito ha sabido situar el miedo y la compasión en primer plano y el público le ha agradecido su exquisito respeto por la trascendencia.


Fuente: Laura Riestra (abc.es)
Un marco incomparable como es el Teatro Romano, la apuesta por textos clásicos dotándolos, eso sí, de nuevos puntos de vista sin que ello suponga perder su esencia y todo lo que la ciudad de Mérida puede aportarnos, que es mucho. Son las características que harán, un año más, del Festival Internacional de Teatro Clásico una experiencia única.
Este 2013 Mérida celebrará, del 5 de julio al 25 de agosto, la que es ya la59º edición de esta cita teatral que cada año suma más adeptos. Detrás está, por segundo año, su presidente, Jesús Cimarro, quien ha puesto especial énfasis, como cuenta a ABC.es, en «transmitir la magia de lo clásico».
Cimarro, empresario y productor teatral nacido en Vizcaya en 1965, cuenta con un amplio currículo en el campo de la dramaturgia. Ha producido más de 80 espectáculos, es el presidente de la Asociación de Productores y Teatros de Madrid (APTEM), y, entre otras actividades, colabora con varios periódicos e imparte cursos de producción teatral y distribución. Ahora afronta esta nueva edición del festival como «un nuevo reto».
«Me produce una enorme satisfacción. Llevo toda la vida dedicado a la gestión y ahora, dirigiendo un festival como este, que es también uno de los más longevos de España y Europa, he podido vivir una nueva experiencia. El año pasado lo asumí con mucho respeto y vértigo ya que no lo había hecho antes pero es cierto que gracias a lo que he trabajado en este campo puedo decir que hago una valoración muy positiva. Ahora es un nuevo reto en el que he tenido más tiempo para prepararme -en la pasada edición sólo tuve dos meses- y he cuidado mucho la selección de obras de cara al público sin el que, por su puesto, no somos nadie», asegura Cimarro.
Entre los títulos seleccionados destacan, dentro del programa principal, «Fuegos», dirigida por Josep María Pou y con Carmen Machi y Nathalie Poza como actrices principales. «El asno de oro», escrita e interpretada por Rafael Álvarez «El brujo», que la lleva por primera vez a escena, y «Hécuba», dirigida por José Carlos Plaza y protagonizada por Concha Velasco. Son textos clásicos que se enfrentan también al reto de modernizarse para hacer llegar su mensaje al espectador del siglo XXI, algo que, según Cimarro, «es más fácil en unos textos que en otros» aunque para él la base reside en que haya «un respeto por mantener la esencia grecolatina y grecorromana que los caracteriza».
«Eso es lo que le he pedido a los directores, que no se pierda la base. Por otro lado, este 2013 he tratado de introducir conceptos totalmente distintos, que sea una programación lo más variada posible, que el público pueda elegir y disfrutar de una oferta en la que se encontrarán con artistas de la talla de Concha Velasco, quien recientemente me aseguró estar "muy contenta" porque cree que está preparando el papel "más importante" de su carrera», añade Cimarro.
La respuesta del público está siendo muy positiva: «Tengo un dato esperanzador: a día de hoy llevamos un 30% más de venta anticipada respecto al año pasado, lo que nos provoca un grado de satisfacción muy elevado», explica el director del festival.
Por otro lado, este año la oferta se completa con actividades complementarias como los pasacalles por toda la ciudad de Mérida, las conferencias vinculadas a las obras que se representan y, además, este 2013 llega con la reunión anual de todos los directores de los Institutos Cervantes del mundo, que en esta ocasión también será en esta ciudad.

Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es)

En esta época líquida lo de forjar la identidad con solidez resulta complicado. Más si en el proceso se entromete el amor y lo enreda todo. El protagonista de El amor de Eloy se ve atrapado en una tripolaridad paralizadora. Cuando empieza su relación con ELLA (Patricia Pérez), en su conciencia afloran varios Eloys: el optimista, el racional y el romántico, en constante debate, en perpetua dialéctica. En la obra de Ernesto Caballero, que ahora se estrena en el Teatro Bellas Artes, cada uno de estos arquetipos son encarnados por distintos actores: Javier Martín, David V. Muro, Raúl Gómez. Confiesa el director del CDN que la historia se le ocurrió leyendo El yo saturado, obra que a su juicio da en el clavo a la hora sentenciar cuál es uno de los principales males que asedia al hombre contemporáneo: demasiados frentes y muy poco tiempo. 

La obra muestra la tripolaridad que provoca el amor en el hombre. Pero ¿esa tripolaridad no viene de serie y el amor simplemente la potencia? 

A mí la idea me surgió leyendo El yo saturado, de Kennneth J. Gergen. Habla de la saturación que provoca la intensa vida social que desarrollamos en estos tiempos, una circunstancia agravada por los nuevos medios de comunicación de que disponemos. En ese trajín es difícil construir e identificar una identidad sólida. Es un conflicto que me interesa en particular, una constante en mi teatro. El amor es el juego de la seducción donde los juegos de espejos se multiplican y este fenómeno se exacerba. 

El problema es que esos desdoblamientos múltiples de nuestra personalidad atascan nuestras decisiones...

Sí, porque nuestros distintos 'yoes' entran en colisión y se produce un colapso paralizador. En el hombre es mucho más marcado que en la mujer. Esta sabe manejar mejor la obligación de moverse en distintos frentes, la vida multitarea. Logra encontrar mejor un centro y una coherencia. 

¿Esa nitidez en su voluntad les coloca en ventaja con respecto al hombre? 

Pues es la que pone orden en la casa cuando llega. No quiero decir que sea una colonizadora que impone sus costumbres y organiza los espacios a su antojo. En la obra la mujer es más valiente y consecuente con sus sentimientos. Demuestra más entereza. Puede asumir las contradicciones sin dejar de ser fiel a lo que siente. El hombre puede sentirse invadido y esa reacción no es más que una muestra de falta de entrega hacia sus sentimientos. 

Patricia Pérez es la primera vez que se sube al escenario...

Sí, pero yo no he estado al tanto del trabajo hecho por Lucendo. En esta época, con tantas responsabilidades, me es imposible. Lo que sí le estoy es muy agradecido. Yo escribí esta comedia hace 10 años y él me la pidió hace cuatro o cinco. Ha sido una gran alegría saber que ha podido levantar el proyecto, con lo que cuesta ahora. Confío mucho en él. 

¿Lamenta no tener más tiempo para escribir en esta época? 

La verdad que sí. Pero cuando encuentro un hueco me pongo manos a la obra. En las vacaciones pasadas me encerré para escribir Naces Consumes Mueres, inspirado en un auto sacramental de Calderón, El gran mercado del mundo. Es muy difícil de todas formas. Me vienen ideas constantemente pero luego no hay tiempo para trabajarlas. Ya me lo decía Sergi Belbel, que dirige el Teatro Nacional de Cataluña: "Vas a estar cuatro o cinco años sin escribir". Bueno, está siendo en cualquier caso un tiempo apasionante. 

¿La obra se va a representar con subtítulos en inglés con el fin de captar a los turistas de la ciudad? 

Me parece una idea fantástica. Es algo que he visto en el Teatro Español. En el CDN espero implantarla pronto. Hay una población flotante de turistas inmensa. Madrid se ha convertido en una especie de Numancia cultural. A pesar de cómo está todo, la ciudad ofrece una oferta teatral muy rica, desde los musicales con grandes presupuestos a las microsalas que están aflorando. Eso es marca España de la buena y hay que proyectarla. 

Lleva un año al frente del CDN. ¿El balance es positivo hasta la fecha? 

Mi objetivo por ahora está cumplido. Aunque es un proyecto a largo plazo.Mi idea es la consolidación de un Teatro Nacional, que no son palabras pequeñas. Quería ofrecer una programación asentada en la dramaturgia española contemporánea y anclada en nuestra tradición escénica. Para mí es fundamental la idea de cadena creativa a lo largo del tiempo. Vivimos en una época que padece una especie de esquizofrenia del presente. Hemos ido de Galdós a los novísimos. Culturalmente la propuesta no podía refutarse pero la duda era si el público ha respondido. Y lo ha hecho. De media hemos tenido una ocupación de un 76% y seis espectáculos han superado el 90%. 

Con un presupuesto muy enjugado (ha pasado de los 9 millones de 2007 a 4 millones en 2013) ha configurado una programación muy sugerente para el próximo curso, con Declan Donnellan, Wajdi Mouawad, Juan Mayorga... 

Pues lo hemos conseguido gracias a muchos sacrificios de todos los que componen el equipo. Hemos ahorrado lo máximo posible. Lo que estamos haciendo es crear unas estructuras, un esqueleto, que esperamos rellenar cuando dispongamos de más medios. Estoy muy contento con la programación que hemos creado. No me gusta sacar pecho pero me parece una machada.
Fuente: Jaime Iglesias (metropoli.com)

Popular gracias a la televisión, María Castro (Vigo, 1981) anhelaba probarse en el teatro en un registro cómico. Lo ha conseguido con Una semana... nada más, montaje levantado por el equipo creador de éxitos como Burundanga o La caja. En él da vida a Sofía, una joven profundamente enamorada de su novio, a la que éste quiere dejar sin sentirse culpable. Para ello idea una estrategia con un amigo poniendo a prueba la paciencia de la chica, de tal modo que sea ella la que rompa con él. "Tampoco quiero contar mucho", dice la actriz entre risas cuando se le pregunta sobre su personaje.
¿Usted también es de las que piensa que la comedia es el género más difícil?
Eso dicen ¿no? Yo la verdad es que me siento muy cómoda en él, porque en mi vida siempre he sido bastante gansa y payasa. Pero, claro, hacerlo en el teatro es distinto, ni siquiera vale como referencia la televisión, un medio en el que ya había tenido alguna que otra experiencia en comedias de situación. Aquí lo que valen son los tiempos y, sobre todo, respetar los silencios.
¿Le está costando hallar ese timing?
Pues no mucho. Tengo la suerte de estar dirigida por alguien como Gabriel Olivares que, aparte de ser muy inteligente, tiene experiencia de sobra como para saber lo que funciona y lo que no. Él siempre nos dice, y yo estoy de acuerdo, que el secreto para que el humor sea efectivo está en escuchar y en sentir y, sobre todo, en aceptar que el espectador sea parte activa en ese juego que estás proponiendo. Esto es algo que me despierta mucha curiosidad, ver hasta qué punto el público, con sus reacciones y con sus risas, va orientando mi ritmo de actuación, mi dinámica de trabajo sobre el escenario.
Me imagino que también la química con los otros actores resulta determinante.
Por supuesto. En este sentido, me siento afortunada, porque con Antonio Hortelano ya había trabajado y a César Camino le conozco personalmente desde hace tiempo. Ambos tienen mucha experiencia en el ámbito de la comedia y además se compenetran muy bien. En el fondo, esto es como un partido de tenis. Se trata de sacar, restar y mover la pelota todo el tiempo. En la medida en que vas asumiendo los movimientos de tus compañeros, todo resulta más sencillo.
Esta obra viene de Francia, donde ha sido todo un éxito. ¿Diría que hay un sello que define el humor francés?
Tengo la sensación de que el teatro cómico francés, en lo que tiene de vodevilesco, resulta muy redondo, muy cerrado. Esta obra, por ejemplo, está repleta de matices que son muy importantes de cara a conferirle unidad y empaque. Pese a todo, creo que el tema que aborda resulta bastante universal.
¿Por qué cree que las relaciones de pareja, que son las que definen la trama de este montaje, dan tanto juego en el escenario?
Porque a todos nos tocan de cerca. ¿Quién no ha vivido una realidad como la que sirve de punto de arranque de esta obra, en la que un chico quiere acabar su relación de pareja y no tiene valor para decírselo a su chica? Al final es esa base cotidiana del conflicto la que crea vínculos con el espectador, la que procura su implicación. También Una semana... nada más, como buena comedia de situación que es, ofrece al público información sobre los personajes que éstos ignoran, con lo cual se genera una expectativa sobre su reacción según se van desvelando ciertas cosas.
¿Le resulta difícil compatibilizar teatro y televisión?
El esfuerzo es grande, porque me levanto a las cinco y media de la mañana para ir a rodar y a las tres de la tarde, casi sin tiempo para comer, ya tengo que venir al teatro a ensayar; cuando estrenemos, empezaré a cambiar el horario y a dormir de día. Pero, bueno, cuando algo te gusta, en realidad te da igual, y si todavía no tienes responsabilidades familiares, como es mi caso, aguantas lo que te echen (risas). Lo más complicado es simultanear dos personajes tan alejados como el que interpreto en esta obra, que es dulce, con un punto naif, y el de Vivo cantando, la serie que estoy grabando ahora, que me exige moverme en otro registro más grave.
'Una semana... nada más' se representa en el Teatro Maravillas (Manuela Malasaña, 6) hasta el 7 de julio


Font: L. Fabregat/L. Serra (ara.cat)
Després de passejar la seva Operetta per tots els escenaris catalans possibles, la companyia banyolina Cor de Teatre va participar l'estiu passat a l'Off del Festival d'Avinyó. Resultat: faran més de 80 actuacions per Europa -França, Suïssa i Alemanya- fins a la primavera que ve. El festival de teatre francès, i fins i tot la seva programació no oficial, és una gran plataforma de projecció. Per això l'Institut Ramon Llull (IRL) va crear una marca (Avignon à la catalane) per apadrinar les companyies catalanes que hi anaven pel seu compte i d'altres que van escollir. "6.500 persones van assistir a les 95 funcions que van fer les 8 companyies participants el 2012. D'aquestes, 570 eren programadors internacionals", recordava el director adjunt de l'IRL, Àlex Susanna. En total, van aconseguir 130 bolos a l'estranger.
El resultat "positiu" que en fa el Llull ha motivat que enguany tornin a ajudar les companyies, en aquest cas set, a participar a l'Off, un programa molt divers però de qualitat artística en què competeixen amb 900 espectacles més. Per atreure l'atenció dels programadors i el públic, els carrers d'Avinyó es transformen durant el juliol en un sarau caòtic de personatges de ficció.
Les set companyies escollides són heterogènies pel que fa a estils i gèneres, però coincideixen en el "potencial d'internalització" i la "singularitat i el caràcter innovador", segons Susanna. Són Toti Toronell (espectacle de pallassos), Farrés Brothers (titelles), La Baldufa (titelles), Circ Teatre Modern (circ), CobosMika (dansa), Agrupación Señor Serrano (performance) i Tuvalú Produccions (creació visual i objectes). El pressupost és de 112.000 euros (6.000 menys que el 2012).
Vicenç Villatoro, director del Llull, va defensar la participació al festival perquè "la cultura catalana ha de ser present en els escenaris il·luminats de la cultura del món". Qui també hi serà és l'autor Pau Miró. Es farà una lectura dramatitzada de l'obra Lleons dins el Festival d'Avinyó, amb motiu de la carta blanca que el festival ha donat a la Maison Antoine Vitez de París -centre especialitzat en la traducció de grans dramaturgs.