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DRAMATURGIA, CONCEPCIÓN y DIRECCIÓN: PASCAL RAMBERT
TRADUCCIÓN y VERSIÓN: COTO ADÁNEZ
INTERPRETACIÓN: ISRAEL ELEJALDE y BÁRBARA LENNIE
DURACIÓN: 115 min
FOTO: FEDE SERRA
PRODUCCIÓN: BUXMAN PRODUCCIONES y KAMIKAZE PRODUCCIONES
TEATRE LLIURE (GRÀCIA, GREC 2015)

A todos aquellos que su pareja les ha dejado en un momento u otro de la vida, sabrán que por muy bien que lo afrontes, se pasa mal. Si lo dejas de buenas, también, pero si la ruptura es una pesadilla el dolor va más allá de los límites inimaginables. Y aquí, sin límites encontramos La clausura del amor. No será fácil, pero por suerte, hoy es sólo ficción.

La clausura del amor son dos monólogos al cien por cien de intensidad. Como si entráramos en un ring de boxeo y los dos púgiles combatieran entre sí pero los golpes le tocaran recibirlos al espectador. Una escenografía blanca, vacía, fría a los ojos del público. No hay nada en que resguardarse. Observamos los golpes, los disparos certeros, primero de él, cincuenta minutos casi sin pausa, sin respiro, luego ella más de lo mismo. Un sinfín de reproches, ataques personales un constante juego con el lenguaje: desde las metáforas a la manera de hablar de uno y otro personaje. Atónitos presenciamos la escena, sólo rota al acabar el primer monólogo para homenajear la inocencia. Inocencia que se rompe, se hace añicos, diminutos y las heridas comienzan a sangrar.

No hacen falta puñetazos para llorar, el dolor más poderoso viene de la mano de la palabra. Ellos se vomitan el uno al otro toda la mierda contenida durante los años. Son seres humanos aunque en algún momento puedan parecer dos bestias ansiosas por ganar la batalla. La presa, un día se le llamó amor. Hoy ya no queda, ha sido reemplazado por el odio hacia el otro, pero más que nunca hacia uno mismo.

La clausura del amor es una maratón interpretativo a la altura sólo de unos pocos. Es una obra difícil de interpretar, con un desgaste actoral como pocas. Por ello, mi más sincero aplauso escrito a Israel Elejalde y Bárbara Lennie, que con acierto se han aventurado en ella. Se queda una sin palabras para describir la ferocidad que ambos imprimen a sus personajes. Difícil el aguante de mantener el embate y de responder con la misma fuerza. De hacer vivo el texto desde el primer minuto hasta el último. Brillante combate interpretativo donde quien gana es el espectador.

Al final, en medio de la oscuridad y antes del aplauso se te queda el cuerpo vacío y frío. Como se dice durante la obra: "El amor es un cadáver y tu llevas su piel". Abandonas la sala y sientes como si alguien te hubiera dado un golpe en medio del pecho. Tu también lo has sentido. Te ha llegado. "Me lo quedo" ¡Qué pulsión, qué ritmo, qué grandes!

LA CLAUSURA DEL AMOR

by on 16:03
DRAMATURGIA, CONCEPCIÓN y DIRECCIÓN: PASCAL RAMBERT TRADUCCIÓN y VERSIÓN: COTO ADÁNEZ INTERPRETACIÓN: ISRAEL ELEJALDE y BÁRBARA LENN...

Fuente: Marcos Ordoñez (elpais.com)
Más allá de la obvia belleza, de la mirada inteligente y la sonrisa sin esfuerzo, exhala una fuerza tranquila que le ha permitido rodar, desde los 15 años, 14 películas y 5 series, trabajar en 6 funciones y pasar sin desbarajustarse por la barahúnda de los Goya y la fama repentina. Bárbara Lennie nació en Madrid en 1984. Padres argentinos. Él, médico; ella, psicóloga. “Habían sido militantes de izquierda y, como tantos otros, tuvieron que exiliarse. Se conocieron en Madrid y se enamoraron. Trabajaron en mil cosas. Mi padre vendía zumos de naranja en Marbella. Mi madre fue secretaria en televisión. Vivíamos en el barrio de Prosperidad, pero no recuerdo nada: era un bebé”. Cuando tenía seis meses volvieron a Buenos Aires. Bárbara creció en Belgrano R, un barrio de grandes árboles y grandes casas donde a finales del siglo XIX se asentaron los ingleses que llegaban para trabajar en el ferrocarril. “Tengo muchísimos recuerdos, muy bellos y muy nítidos. Mucha luz, mucha calma, la felicidad de ir andando a todas partes. El apellido Lennie es escocés, de aquellos primeros emigrantes. Vivíamos en un PH, esos departamentos con pasillo común tan porteños. Todos los fines de semana íbamos al campo, a la casa de mis abuelos en City Bell, en La Plata. Un mundo muy feliz, con muchos primos y primas jugando y riendo”.
Todo aquello acabó al cumplir seis años. La inflación se disparó en el segundo Gobierno de Menem y sus padres decidieron volver a Madrid. “Para mí fue como aterrizar en otro planeta: entre Pinar de Chamartín y el barrio de Hortaleza, junto a un asentamiento gitano. Era el año 1990 y todavía había burros, carros… En mi recuerdo, Buenos Aires me parecía una ciudad infinitamente más moderna, y en aquellos primeros años me tocó sentir la nostalgia que habían experimentado mis padres. Apenas nos acercábamos al centro. Intenté hacer amigas, pero eran chicas muy duras y se reían de mi acento. Tenían mi edad y habían vivido el triple que yo. Mi salvación fue el colegio de Las Naciones, en una casita maravillosa”. Quizá empezó allí el gusto por el teatro, con una profesora argentina que les hacía representar pequeñas escenas. O por la influencia de la abuela Baby, Berta Zuccarino, “que siempre quiso ser actriz, pero se casó muy joven, y le encantaba disfrazarse, y era divertidísima. Murió el pasado verano, el mismo día que yo llegaba para representar La función por hacer en Buenos Aires”.
Recién cumplidos los 15 sonó la flauta: Víctor García León apareció por el instituto buscando una chica para protagonizar Más pena que gloria (2001). “Jonás Trueba, al que conocía de Las Naciones y había escrito el guion con él, me dijo: ‘Preséntate, yo te veo como actriz’. A mí me parecía una locura y me lancé sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. El primer día de rodaje estaba muerta de miedo. A los cuatro estaba encantada. Aquel fue el verano más feliz de mi vida. Víctor me abrió un mundo. Me hablaba de actores, de rodajes, de la vida de los cómicos. Me presentó a sus padres, Pepe García Sánchez y Rosa León. Me hizo ver muchísimas películas. Tuve el tremendo síndrome de fin de rodaje: ‘¿Ya está? ¿Por qué os vais todos?”.
Sus padres se aterrorizaron con el cartel: Bárbara chupándole el dedo al actor Biel Durán. Pero la vieron feliz. Dijo: “Quiero ser actriz, quiero dedicarme a esto”. Contestaron: “De acuerdo, pero estudia”. A los 18 entró en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Entre 2005 y 2008 rodó cinco pelícu­las: Obaba, de Montxo Armendáriz; La bicicleta, de Sigfrid Monleón; Las trece rosas, de Martínez Lázaro; Mujeres en el parque, de Felipe Vega, y Todos los días son tuyos, de Gutiérrez Arias. “No paraba de estudiar y trabajar. ¿Cómo era entonces? Muy tímida. Muy neurótica. Obsesionada con aprender. Y con hacer teatro también. Al acabar la RESAD pensé que iba a hacer mucho teatro, pero no salió nada. En 2008, con Santi Marín, nos lanzamos a hacer Trío en mi bemol, de Éric Rohmer. Siempre nos ponían de pareja en la escuela y el Trío fue nuestro proyecto de fin de carrera. Nos presentamos en el off del teatro Lara”.
Ese año comenzaron a pasar cosas. El director de casting Luis San Narciso la llamó para una serie, Cuenta atrás; rodó Los condenadoscon Isaki Lacuesta, y el director de escena Miguel del Arco le ofreció formar parte del primer proyecto de la compañía teatral Kamikaze: La función por hacer. “La serie me vino muy bien porque fue un año de trabajo. El largo monólogo en primer plano de Los condenados llamó mucho la atención. Fue la primera vez que tuve la oportunidad de volar un poco en cine. Hablé mucho con mis padres del guion, que les pareció muy emocionante, porque era una historia de su generación: mi tía Cristina, hermana de mi padre, fue una de tantísimos desaparecidos. Y luego llegó el fenómeno de La función por hacer, en el mismo hall del Lara donde habíamos hecho el Trío. Cada noche venía más gente, y más, y más… Fue una felicidad absoluta: ver cómo crecía el espectáculo y que éramos, por fin, una compañía, un grupo. ¡Y seguimos de gira, porque nos la siguen pidiendo!”.
Tras La función por hacer siguieron los éxitos: Veraneantes (2011-2012), en el Teatro de la Abadía, y Misántropo (2013-2014), en el Español y el Lliure, donde, según cuenta, sintió en escena “una seguridad y una libertad nuevas”. A Miguel del Arco lo define como “alguien muy apasionado, en el teatro y en la vida. Superexigente. Y también muy divertido. Con él sentí por primera vez que alguien rebuscaba en mí como director. Tanto Miguel como Lautaro Perotti, con el que hice Breve ejercicio para sobrevivir (2013), mano a mano con Santi Marín, en la Pensión de las Pulgas, te dejan espacio para probar, para crecer. Te demuestran que creen en ti. Lo ves en su paciencia para dejarte encontrar lo que quieren. Y en su sentido del humor. Yo solo creo en la gente que trabaja con humor. La capacidad mental de Miguel es apabullante. Y su entrega: si un director está a tope durante seis horas de ensayos, tú has de devolverle toda esa generosidad. Miguel hace las giras con nosotros y sigue pasándonos notas cada noche. Las funciones salen bien por eso. Nos conocemos mucho todos, y cada vez necesitamos menos palabras”. Tras su paso por televisión con Isabel (2012-2013), donde interpretó con fulgor casi hollywoodiense a la reina Juana de Portugal, llegó el pródigo 2014, con los triunfos de El Niño, de Daniel Monzón, y Magical Girl, de Carlos Vermut, que le valió el mes pasado el Goya a la mejor actriz.
“En televisión aprendes a resolver, a ser eficaz. Has de estar muy atenta. En el cine puedes pelear por repetir una secuencia; en la tele, nunca. Has de llegar con el trabajo muy preparado o estás perdida. Tienes que estar muy al tanto de las cámaras, saber si el plano va para ti. Se ensaya poquísimo, ese es el gran problema. Al día ruedas el doble de secuencias que en una película y no hay tiempo para nada. Amar es para siempre (2009-2010) fue agotador porque grababa en Madrid de lunes a miércoles y volvía a Barcelona para representar La función por hacer hasta el domingo. Tenía la habitación desbordada de separatas con los textos de las secuencias. Digo que es agotador, pero también me daba marcha”.
De Diamond Flash (2011), la primera pelícu­la de Carlos Vermut, le fascinó el laberinto de historias y la intensidad de las actrices. Quiso conocerle y trabajar con él. “Dicho y hecho: todo fue muy fácil. Tuve 12 días de rodaje y un par de ensayo, pero gracias a él llevaba la película dentro. Volvía a casa y seguía en aquel mundo, con la cicatriz y la sangre”. Su papel en Magical Girl es el de una joven con desórdenes mentales. “La historia es tremenda, pero con Carlos me he reído como pocas veces. Tiene muy claro lo que quiere contar. Aunque te habla poco del personaje, es muy concreto con las indicaciones. Me pasaba fotos, películas: sobre todo Sympathy for Lady Vengeance, de Chan-wook Park. Rueda mucho en plano secuencia, con la partitura muy clara. Trabaja con las atmósferas, los tempos. Quiere mostrar lo mínimo, que todo suene aparentemente neutro. El equipo era reducido, y eso favorece la concentración y la intimidad que busca”.

Recuerda el rodaje de El Niño como unas vacaciones: “Como ir a Disneyworld. Lo que más me sedujo es la forma en que Daniel Monzón crea la sensación de familia. Y en cierto modo lo es: gente que lleva años trabajando con él, como sus jefes de equipo o Jorge Guerricaechevarría, su coguionista. Es como trabajar con una compañía. Recuerdo el privilegio de estar con Luis Tosar y Sergi López, escuchándoles contar historias, como con Sacristán en Magical Girl. Me lo pasé tan bien en el set de El Niño que al acabar me entraban dudas acerca de lo que había hecho. El personaje era pequeño y pensaba: ‘A ver si me he despistado, a ver si no lo he contado bien’. Pero parece que sí [por este papel gozaba de otra nominación en la última edición de los Premios Goya, como actriz secundaria; no ganó]”.

Le pregunto por la popularidad, por la excesiva exposición. “Yo no sé cuándo llegó ese momento. Amar es para siempre fue una serie popularísima, pero yo no lo sentí. Bueno, sí, en el mercado algunas señoras me decían: ‘Cuidado con el médico’ o ‘Qué mala eres, Rosa’, riendo, y poco más. No fue nada agobiante. Con el Goya claro que lo he notado: la avalancha de llamadas, de entrevistas. Ha sido un año muy lleno: las dos películas, las giras de Misántropo y La función por hacer… De repente parecía que todo confluía. El mes y medio anterior a la ceremonia fue una escalada, algo inimaginable si no lo has vivido nunca. Una locura. Galas, fiestas a las que hay que ir, otros premios, mucha moda en revistas femeninas. No me quejo, no puedo quejarme. Creo que lo llevé muy bien, con mucha energía y buen humor, porque todo eran regalos, todo era bonito y divertido. La última semana comenzó a ser un poco perturbadora: tienes que dar demasiadas opiniones sobre un montón de cosas y no estás acostumbrada, como dices, a tanta exposición personal. Y todavía no hemos podido desconectar”. Llega su compañero, el actor Israel Elejalde, al que conoció en La función por hacer. Está reventado: por la mañana ha rodado un episodio de la serie Carlos V y luego se ha zambullido en los ensayos de la Antígona que Miguel del Arco hará en la Abadía, y de la que es ayudante de dirección. Hablamos de la “vida de cómicos”, juntos día a día y noche a noche.
Yo lo veo”, dice, “como algo muy normal, porque imagino que tiene que haber muchas parejas que se dedican a la misma profesión. A eso se une que Isra y yo hemos compartido compañía, o sea, que son muchas horas juntos. Es estupendo vivir la misma pasión porque comprendemos muy bien lo que nos pasa, aunque a veces puede llegar a ser un poco obsesivo, y es entonces cuando uno ha de llamar al otro al orden y viceversa. Este año, ya ves, planeábamos descansar un poco, tener proyectos teatrales distintos, pero Manolo Llanes, del Teatro Central de Sevilla, nos descubrió La clausura del amor(Clotûre de l’amour, 2011), de Pascal Rambert, que le había deslumbrado en el festival de Aviñón. Fuimos a París, la vimos y también nos maravilló. Es como prepararse para un maratón, porque es un texto extenso e intenso sobre la separación de una pareja que además son actores: llegan a ensayar a una sala y, de repente, comienzan a decirse todo lo que no se habían dicho. Pascal Rambert, que está al frente del Théâtre de Gennevilliers, en las afueras de París, nos va a dirigir. La escribió para Audrey Bonnet y Stanislas Nordey, y ha sido un gran éxito que se ha visto en medio mundo: Nueva York, Moscú, Tokio, Roma… Y ahí estaremos Isra y yo juntos de nuevo, porque vamos a hacerla este verano en Barcelona y Madrid”.


TEXTO: MOLIÈRE
VERSIÓN LIBRE y DIRECCIÓN: MIGUEL DEL ARCO
INTÉRPRETES: ISRAEL ELEJALDE, BÁRBARA LENNIE, JOSÉ LUIS MARTÍNEZ, MÍRIAM MONTILLA, MANUELA PASO, RAÚL PRIETO y CRISTÓBAL SUÁREZ
DURACIÓN: ah 45min
PRODUCCIÓN: KAMIKAZE PRODUCCIONES, TEATRO ESPAÑOL DE MADRID y TEATRO CALDERÓN DE VALLADOLID con la colaboración de TEATRO PALACIO VALDÉS DE AVILÉS
TEATRE LLIURE (MONTJUÏC)

Ingeniería perfecta la que se ve, se siente y se escucha en la Sala Puigserver del Lliure de Montjuïc. Habituados como estamos en ver los clásicos, una y otra vez hasta la saciedad, se agradece ver la misma historia en esencia pero desde un punto de vista diferente, visceral e incluso para aquellos que no hayan visto o leído el original puedan alejarse y acercarse a un mundo donde todo no estaba escrito.

Kamikaze Producciones nos dejó muy claro tras La Función por hacer que las historias pueden ser contadas de muchas maneras. Siempre he pensado que tal y como actualmente se nos enseñan los clásicos o los amamos o los odiaremos de por vida. Necesitamos más educadores en lo clásico, como Miguel del Arco, para no alejarnos de ese punto donde no hay retorno.

Dejamos el verso para introducirnos en el lenguaje moderno, no sólo a la hora de hablar sino también en todo el desarrollo de la dramatúrgia y su puesta en escena. Es teatro, pero el uso de recursos cinematográficos están tan bien utilizados que te olvidas si hay pantalla o no. Precisión milimétrica, a pesar de las continuas entradas y salidas. Naturalidad máxima, es ficción pero yo también soy Misántropo, a veces Alcestres, a veces Celimena. 

Israel Elejalde lleva el timón del montaje, suyos son la mayoría de los discursos filosóficos sobre a quien tenemos que venderle el alma para llegar a ser alguien, frase tras frase hiere, lejos de ser un discurso hilvanado de titulares, son balas para que nuestras cabezas y corazones piensen hacía donde vamos. Ellos son políticos en buscar de poder y más poder y de perpetuarse en él, no piensan en nosotros pueblo, que asistimos impávidos a una retahíla de insultos, depreciaciones y demás fechorías que harían saltar de la butaca a cualquiera. 

Pero permanecemos porque queremos más, y aparece una radiante Bárbara Lennie, que entre la inocencia y la maldad nos hechiza con un veneno para el cual difícilmente encontraremos antídoto. Sensual, encantadora, traviesa, malvada, un personaje maravillosamente trabajado que supone el complemento perfecto para las réplicas de Israel Elejalde cuyo Alcestes es simplemente bestial.

Pero considero que el gran protagonista y al que aplaudiría levantada durante lo que mis brazos me concedieran, es Juanjo Llorens, su iluminación es simplemente sublime. Y, aunque a veces no veamos más allá de la dramatúrgia, la dirección y las interpretaciones, en Misántropo, lo que recrean las luces, es una nueva historia, es simplemente entrar en un mundo, del que sabes que no saldrás igual.  

Espero con ansias el próximo montaje de Kamikaze, como una más de sus fans. Y también anhelo que los programadores catalanes sigan deleitándonos con su presencia, sino tendremos que ir a Madrid a hacer el Kamikaze. Mientras tanto sigo de pie, gritando ¡BRAVO!

MISÁNTROPO

by on 17:17
TEXTO: MOLIÈRE VERSIÓN LIBRE y DIRECCIÓN: MIGUEL DEL ARCO INTÉRPRETES: ISRAEL ELEJALDE, BÁRBARA LENNIE, JOSÉ LUIS MARTÍNEZ, MÍRIAM ...


Fuente: Justo Barranco (lavanguardia.com)

Han pasado sólo cinco años y, como él mismo reconoce, parece que haya pasado toda una vida. De hecho, afirma, ha pasado. Miguel del Arco (Madrid, 1965) se presentaba a principios del año 2010 en la sala Villarroel de Barcelona con “La función por hacer”, su personalísima visión del clásico de Pirandello “Seis personajes en busca de autor”. Con ella acababa de dar la sorpresa en Madrid y logró unos buenos resultados en Barcelona, más de crítica que de público. Era una promesa. Con muchas posibilidades, como suelen apuntar los anuncios inmobiliarios. Mañana, cinco años más tarde, Del Arco vuelve por la puerta grande, la más grande, a Barcelona. Ha triunfado con espectáculos como “Juicio a una zorra”, con Carmen Machi; con “Veraneantes”, premio Max a la mejor obra; con “De ratones y hombres”... Y el año pasado arrasó en el Lliure con su versión del clásico de Ibsen “Un enemic del poble”, con actores catalanes y protagonizada por Pere Arquillué. “Un enemic del poble” volverá al Lliure en mayo, pero ahora mismo, desde el martes 25 y hasta el 7 de diciembre Del Arco presenta en el mismo espacio, en el Lliure de Montjuïc, su “Misántropo”, inspirado libremente en la aguda obra de Molière y protagonizado por Israel Elejalde. Su éxito hasta ahora ha sido tal que la compañía acaba de ir de gira por Sudamérica.

Del Arco, convertido ya en uno de los grandes directores españoles, aclara que aunque en este tiempo ha dirigido bastantes más obras, “Misántropo” es la tercera producción propia de la compañía que se formó con “La función por hacer” –además de Del Arco y Elejalde estaban ya los actores Bárbara Lennie, Miriam Montilla, Manuela Paso, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez, que repiten ahora-, una compañía a la que sus miembros bautizaron muy apropiadamente como Kamikaze. Su segundo montaje fue el archipremiado “Veraneantes”, con el que, en medio de la crisis, no pudieron llegar a Barcelona porque aunque tenían teatro comprometido no tenían bolos para aguantar la producción hasta las fechas barcelonesas. Y su tercer asalto es un “Misántropo” que, dice del Arco, sin forzar para nada el texto original “con los tiempos que corren, esta obra sobre las verdades, las mentiras, las corrupciones, es dolorosamente actual”. Una obra que define como “una comedia falsa porque tiene un personaje trágico en el interior”.

Del Arco ha realizado una adaptación libre del Misántropo molieresco y lo ha situado en la actualidad, en una fiesta de discoteca. Una fiesta que es casi una de esas galas en las que se recoge dinero por alguna de tantas buenas causas. Sin embargo, de la fiesta apenas se ven sombras reflejadas, porque la acción transcurre en el exterior, “en un callejón donde los personajes salen a beber, fumar y drogarse”. “En mitad de una suciedad infecta esta gente vestida con sus mejores galas, sale esta gente asfixiada por lo que sucede dentro aunque quieren volver porque el que no hace lo que se supone que debe queda aislado como Alcestes, el misántropo de la obra”, señala. Un hombre que, dice Del Arco, “dice la verdad sí o sí pase lo que pase”, “el que dice hasta aquí hemos llegado y no acepta el juego callado que al final nos va adocenando”, un personaje que “que representa la capacidad del ser humano para mejorar, que cree que tenemos que comportarnos y relacionarnos de otra manera, desde la verdad, desde la honestidad, y que se convierte en misántropo al final de la obra cuando se cansa de seguir luchando y viviendo con unos hombres que son lobos para los hombres”.

Un Alcestes que, señala Elejalde, “es un personaje contradictorio, pero es el ser humano en su máxima dimensión de pureza y dignidad”. “Con él –prosigue-, la representación funciona como un espejo. El público se pregunta cuan lejos está de ese ser y cuan cerca está de los otros. Es un personaje casi alegórico que choca con la podredumbre moral a la que nos hemos acostumbrado, pero es contradictorio porque se enamora de la persona que representa todo lo contrario de lo que él intenta en la vida y eso le provoca un dolor inmenso”.

Un dolor que, dice, Del Arco, es el que le ha hecho sentirse identificado con él, con un hombre que realiza “una búsqueda incesante de la verdad que lo convierte en un héroe”. Un personaje alegórico, reconoce, “porque nadie tiene los santos cojones de decir lo que dice él, todos estamos pactando continuamente con los que tenemos alrededor, hacen cosas que no nos gustan y no vas a decirles inmediatamente lo que piensas de ellos”. Para Elejalde “no es un personaje que sienta superioridad moral hacia los demás sino hipersensibilidad por todo lo que ocurre y que además es incapaz de pactar. La gente que lo ve piensa que no puede ser como él pero que le encantaría tenerlo al lado cuando tiene un problema con su jefe”.

Para alguna gente, concluye el actor, “somos corruptos, deshonestos, tenemos envidias, así que lo mejor es pactar; para Alcestes hay que luchar por ser mejores y al final se da cuenta de que para no volverse un psicópata lo mejor es alejarse del mundo”. Para Del Arco, “Alcestes es a veces un poco talibán, muy bestia, pero hay momentos, como los que vive él, que se necesita ser radical, y hoy estamos, creo, en un momento bastante parecido”.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
Ese verano hacía un tórrido calor en Madrid. En la calle de San Roque, a dos pasos de la tumultuosa Gran Vía, en una pequeña sala de ensayos, un grupo de seis actores con un director y un productor a la cabeza daban vida a un texto complicado y muy filosófico, enredado. Todos se habían quedado sin vacaciones por su culpa. No había dinero, ni presupuesto, ni teatros donde poder estrenar. No había ningún padrino detrás. A los actores no les dieron ninguna esperanza. Miguel del Arco y Aitor Tejada, también intérpretes, guionistas y socios de Kamikaze Producciones, solo les garantizaron el pago por ensayar La función por hacer, una obra basada enSeis personajes en busca de un autor, de Luigi Pirandello.
A Raúl Prieto (Valencia, 1976), uno de los intérpretes, le pillaron relajado en un chiringuito de la playa en Denia, donde pretendía tirarse a la bartola después de un duro invierno de trabajo. Miriam Montilla, entre cuyos trabajos más conocidos figuran La Caja 507 o Héctor, no atravesaba su mejor momento. Estaba arrasada, confiesa, y no se encontraba con fuerzas para acometer ese personaje tan dramático que le ofrecía su amigo Miguel del Arco. Menos mal que los cientos de mensajes insistentes que le dejó Miguel en el contestador surtieron efecto. “Le agradeceré toda la vida lo pesado que fue”, reconoce hoy la actriz. Bárbara Lennie (nominada en 2005 al Goya como mejor actriz revelación por Obaba) no conocía al director que le llamó por teléfono para ofrecerle el papel de esa mujer visceral que descorcha las pasiones. Fue en una terraza de la plaza de Santa Ana donde Bárbara dio el sí definitivo. A Manuela Paso (Madrid, 1969) le convenció la carga dramática de las palabras escritas por Del Arco, aunque dudó por ese papel de madre con tan pocas frases que le habían asignado. La explicación del director –“hacer vivir a un personaje que parece que no está es más complicado”– fue definitiva. Por su parte Israel Elejalde, conocido para el gran público por sus papeles en series de televisión como Amar en tiempos revueltos, Toledo o Herederos, y Cristóbal Suárez (El comisarioAmar en tiempos revueltos) estaban en el proyecto desde sus inicios.
Y ahí estaban esos seis actores creando, en el verano de 2009, una de las obras teatrales más impactantes de los últimos años en España. La función por hacer fue el inicio de una aventura y un viaje colectivo que no ha terminado. Supuso el germen de una compañía estable de teatro, algo casi inimaginable en estos tiempos inestables. La formación de una familia de cómicos que con su talento y su trabajo recorren pueblos y ciudades. Como decía el cómico de los cómicos, Fernando Fernán-Gómez, en El viaje a ninguna parte. “Porque nosotros, los cómicos, ya se sabe, siempre de acá para allá”. Picados por ese veneno del teatro. “Lo tiene, ¿sabes? Un no sé qué, un misterio. Hay gente que dice: voy a probar, un año, dos, y si me va mal, me dedico a otra cosa. Y luego no lo puede dejar”, escribía Fernán-Gómez. Y ese veneno, arrastrado por el éxito, lleva a esta nueva familia de cómicos a viajar en estos días a Colombia. Allí presentarán La función por hacer en el prestigioso Festival Internacional de Teatro de Bogotá, primera parada de una gira internacional. A continuación, a finales de este mes, estrenarán por todo lo alto en el Teatro Español de Madrid su tercer trabajo como compañía, Misántropo, basado libremente en el texto de Molière.

Lo que se vivió en esas cuatro paredes de la calle de San Roque, unos 80 metros cuadrados a pie de calle y sin luz exterior, un lugar con sensación de intimidad, fue, todos lo dicen, vertiginoso. “Se lio desde el primer día”, cuenta Miguel del Arco. “Aquel texto tan complicado sobre el papel se hacía grande en la boca de esos actores. Nació una química especial cuando empezaron a jugar juntos”, añade el director. Era un texto, ni cómodo ni fácil, que ya habían intentado mover hacía cuatro años y fue un fracaso. Ni siquiera les recibían para poder entregar en mano aquel puñado de folios. Así que se decidieron a montarlo solos, siguiendo ese pálpito del que habla Aitor Tejada, el que hace las veces de productor de la compañía. “Por unas causas u otras, atravesábamos unos momentos de cierta frustración y pensamos que ese verano era el idóneo para lanzarnos a la piscina”, explica Israel Elejalde, gran amigo de Miguel del Arco.
No solo era confianza en el texto y el director. También una cierta desazón con las formas de trabajar. “Tenía ganas de ser dueño de mi trabajo, de tener una relación directa y sin escalafones con mi director y mis compañeros”, añade Elejalde, quien no duda en calificar como uno de los momentos más emocionantes de su vida lo que se fue encontrando ese caluroso verano en aquel local con las ventanas forradas. “Todos pusimos mucho de nosotros. Sin saber realmente adónde íbamos, ya desde el principio todos tuvimos la sensación, que he tenido pocas veces en esta profesión, de que estábamos haciendo algo bueno. Cuando acabábamos los ensayos, nos mirábamos y sabíamos que aquello funcionaba, que no estábamos locos”, dice Elejalde.
“Fue todo muy mágico, unos nos conocíamos y otros no, pero se creó un ambiente de trabajo en el que todos teníamos ganas de hacer eso bien. El tiempo que quedábamos íbamos a muerte”, dice Montilla. Raúl Prieto por supuesto que no se arrepintió de tener que prescindir de sus vacaciones ese verano, aunque lo que estuvieran ensayando no tuviera futuro. “Fue toda una aventura en el vacío. Desde luego, en ningún momento podía prever lo que pasó después. Miguel siempre nos decía: ‘Lo mismo solo hacemos dos funciones en esta misma sala de ensayo y luego nos tomamos unas cañas y tan amigos’. ¡Anda que no nos hemos tomado cañas desde entonces!”.

Decidieron organizar tres funciones al público, en la misma sala de San Roque, y aquello fue la debacle. Amigos tenían muchos, pero les costó que se acercaran programadores y profesionales del teatro. Lo recuerda bien Ayanta Barilli, entonces directora artística del Teatro Lara de Madrid y hoy una de las socias de la entidad. “Me lo van a birlar”, fue el primer temor de Barilli nada más acabar esos 90 minutos de teatro en estado puro, con unos intérpretes vestidos con sus propios ropajes, que se movían entre el público, que tropezaban con él. “Me di cuenta de que estaba ante una experiencia litúrgica que es la sensación que te ofrece el teatro de calidad”. Fue tan emocionante que literalmente se tiró en plancha hacia Miguel del Arco para ofrecerle el recién inaugurado espacio off del Teatro Lara.
Y así llegó el gran estreno, el 4 de diciembre de 2009. La que se montó en el Lara en las noches de los fines de semana, muchas de ellas bajo fuertes nevadas, todavía lo recuerdan en los bares de la zona. Las colas nocturnas eran eternas y de las 60 sillas de tijera habilitadas en el hall del teatro se pasó a las 100 localidades, gracias a sillas o butacas pedidas a los locales de ocio de la calle y al empeño de los espectadores de ver la obra, ya fuera de pie o en el suelo.
El reconocimiento de la profesión llegó pocos meses después, con siete Premios Max, entre ellos al mejor espectáculo de teatro, director e interpretaciones de reparto para Raúl Prieto y Manuela Paso. Pero ese sueño no hizo más que empezar. A continuación llegó Veraneantes, un montaje realizado a partir de la obra de Gorki que se estrenó en el teatro de La Abadía. Han pasado poco más de cuatro años desde el milagro de La función por hacer y ya se puede decir que la compañía Kamikaze se ha convertido en familia, una familia de cómicos en carretera. También un ejemplo y una referencia para muchos, una manera de trabajar diferente, un viaje artístico colectivo que ha dado sus frutos. Un lugar medianamente estable, donde poder explorar límites, en el que los actores –“todo tiene que girar en torno al ejercicio del actor, todo es prescindible excepto su trabajo, son los que se desnudan en el escenario, los que dan la cara para explorar una serie de emociones, cuando los demás estamos un paso atrás, en un cuarto oscuro, en un lugar más preservado”, defiende Del Arco– salen a sorprender, a escuchar al compañero para alimentar la energía común, a buscar y ofrecer al público el mayor compromiso emocional.
Entre mis sueños estaba tener una compañía de repertorio, moderna, que pudiera investigar y trabajar con una cierta perspectiva, dice Miguel del Arco
Se han reunido hoy para la sesión de fotos, en un estudio de un popular barrio de Madrid. Es un encuentro de amigos. En esta ocasión, les acompaña un colega de siempre que se estrena como actor con el grupo en Misántropo, José Luis Martínez. Miriam Montilla abraza amorosa a Bárbara Lennie, mientras Manuela Paso, sonriente, se prueba una blusa de lunares algo transparente. “Estar en este momento dulce que tenemos por expectativas y expectación ante nuestros trabajos no me lo imaginaba para nada. Sí que entraba en mis sueños tener una compañía de repertorio, moderna, que pudiera investigar y trabajar con una cierta perspectiva”, dice Del Arco.
La evolución ha sido extraordinaria, con respecto a su próximo montaje,Misántropo, que se estrena en el Teatro Español el 23 de abril. “Ojalá pueda decirlo muchas veces más a lo largo de mi carrera. Hasta ahora, Misántropoha sido el proceso creativo más fabuloso que he vivido porque ya contaba con la complicidad de base, la compañía está absolutamente armada y hemos implicado a todo el equipo que nos ha acompañado desde La función por hacer como nunca antes habíamos hecho”, señala su director, al que le aburre la soledad de la escritura. El montaje de Misántropo ha sido todo un taller de investigación, lecturas, conocimiento y eternas discusiones, en el que no han faltado tareas y juegos. Un grupo trabajando todos en la misma dirección, advierte Raúl Prieto, en el que nadie destaca por encima de otro, en el que la escenografía o las luces o el vestuario son tan importantes como cualquier otro componente de la compañía.
Antes de encerrarse en la escritura, Del Arco convocó a actores, técnicos y creativos en torno a este clásico de Molière (estrenado en junio de 1666), a ese personaje complejo y dolorido que desprecia al género humano y que responde al nombre de Alcestes. Todos se leyeron no solo la propia obra de Molière, sino las dos recomendaciones del director: Discurso y verdad en la antigua Grecia, del filósofo francés Michel Foucault, un tratado sobre la moralidad y sinceridad de los sabios aun a riesgo de su vida o de su soledad, y la biografía del dramaturgo francés, escrita por el soviético Mijaíl Bulgákov, Vida del señor Molière. En esas reuniones previas no se habló de los papeles, los actores no sabían a quién iban a interpretar, todos tenían que entrar en el corazón de todos, desde el propio Alcestes, ese ser complejo y contradictorio, reñido con el mundo, a la bella Celimena, ambiciosa y seductora, o a ese amigo sincero, aunque algo hipócrita, de nombre Filinto. También a Oronte, exitoso y sin escrúpulos, en la rígida y calculadora Arsinoé, a la culta y reflexiva Elianta o al despreciable y corrupto político Clitandro.
Incluso se planteó un juego en el que cada uno tenía que defender o criticar ciertas ideas de la función, escuchar los matices de los compañeros, las dudas y los ruidos que generaba el Misántropo. Con todo ese material, Miguel del Arco se fue a escribir su versión y a colocar a los intérpretes con cada personaje. “Nunca nos habíamos implicado tanto”, explica Miriam Montilla (finalmente Elianta). “Esa cantidad de información que te llevas a tu casa se va posando poco a poco y cuando te pones de pie y subes al escenario tienes incorporado no solo a tu personaje, sino toda la función, también el concepto espacial”, añade Montilla. “En el caso de Misántropo,todo un clásico teatral, reflexionamos y discutimos mucho sobre los lazos con la realidad actual. No llevamos pelucas, pero hablamos con las palabras de Molière al público de nuestro tiempo”, explica Elejalde (Alcestes). “Fue muy interesante porque antes de saber qué papel ibas a interpretar te veías obligado a ponerte en la piel de todos y te dabas cuenta de que ninguno es bueno o malo, que todos tienen sus motivos para hacer lo que hacen”, asegura Raúl Prieto (Filinto).
Eso sí, sueños los justos, que no están las cosas para muchas alegrías. Y en eso está siempre vigilante Aitor Tejada. Hasta para calcular el volumen del escenario y que pueda caber en una furgoneta, no sea que les vaya a pasar como en Veraneantes, un éxito que no pudieron girar por el tamaño de la escenografía. “La diferencia entre una furgoneta y un tráiler de seis metros es que te cargas o no la gira”, reconoce Del Arco y advierte de que, a pesar de estar bien colocados en la industria, todavía siguen trabajando muy en precario. “Este Gobierno no hace más que poner palos en las ruedas de los espectáculos culturales, y el 21% del IVA es solo uno de ellos. No hay una conciencia clara de lo que tiene que ser la cultura. Es posible vivir de esto, pero con un esfuerzo tremendo. Por ejemplo, en el mes de febrero no hemos tenido ni un bolo y sin bolos el teatro muere, y eso que nosotros estamos ahora colocados en lo más alto”, añade Del Arco, mientras Tejada apunta: “Las giras son las que dan a una compañía la estabilidad necesaria para continuar”.
Yo quería trabajar así, desarrollarme artísticamente en grupo. Esta compañía es ese lugar seguro para estar inseguro, cuenta Bárbara Lennie
Se ponen en carretera como los cómicos de antaño, sin olvidar esa palabra. Cómicos, que, según proclamó José Luis Gómez en su reciente discurso de entrada en la Real Academia Española, “incluye la conciencia de la precariedad y el desamparo como el disimulado orgullo, consciente o no, de su función pública”.
Bien lo sabe Cristóbal Suárez (Oronte, en Misántropo) que vivió sus inicios de carrera con una sensación de culpabilidad. “Siempre he tenido maestros importantes, he trabajado con gente muy potente a la que he reverenciado, pero con esta compañía se ha creado algo que para mí es nuevo. Aquí no hay una pirámide, sino que todo es circular. Todo se pone en común para crear juntos”, asegura.
Han sido tiempos bonitos, ha habido niños, rupturas, parejas…, “mil millones de cosas que hemos ido viviendo de alguna manera juntos”, reflexiona Bárbara Lennie (Celimena), que recuerda ahora las palabras que Peter Brook plasmó en su autobiografía Hilos de tiempo, en la que el director de escena británico hablaba de la importancia y la excelencia del trabajo en una compañía. “Me daba envidia, yo quería trabajar así, desarrollarme artísticamente en grupo. Lo hemos conseguido. Siento que he encontrado ese grupo. No sé dónde irá, ni si lo mantendremos y de qué manera, pero los años que ya hemos vivido han sido de mucho crecimiento, de muchos descubrimientos. Pertenecer a esta compañía me ofrece ese lugar seguro para estar inseguro. Uno puede entrar ahí y estar perdido, y buscar cosas que a priori no encuentras, pero vas de la mano de una gente de la que te fías y a la que puedes entregarte. Esto en este oficio es muy difícil porque a veces está uno muy solo. El grupo te da calor y seguridad para afrontar los miedos colectivos”.
Es algo más que un viaje artístico y económico, es una manera de ver la vida, el teatro, el arte, de relacionarse con el mundo, una forma de organizar tus huecos, tu tiempo, tu trabajo. Israel Elejalde, hombre ya poderoso en la escena teatral, defiende que cuando uno pertenece a una compañía eres dueño de tu profesión, “un trabajo en el que casi nunca uno es dueño de nada”. Por eso, este intérprete siempre busca la mirada de sus compañeros. “El teatro es un arte colectivo y solo funciona bien cuando el grupo lo hace. Un protagonista no existe sin la mirada del resto de los personajes. Es muy difícil que un protagonista esté bien si alrededor no hay una serie de gente que esté a la altura y sepa transmitir al público la envergadura de ese personaje. Cuando un grupo funciona bien es cuando el espectador se olvida de que está viendo teatro. Las quiebras aparecen cuando uno empieza a ver que se lo sabe todo, que no hay riesgo, ni grietas, ni vértigo. Nunca nos relajamos, no nos lo permitimos. El día que empiece a pasar nos disolveremos”.
De momento, esto parece lejano. Y si no, que se lo pregunten a José Luis Martínez (Clitandro), que se incorpora por primera vez en Misántropo al equipo actoral, en el que ha encontrado ese espacio de libertad tan ansiado en el campo del arte. “Aquí no se cuestiona nada más que tu capacidad de creación. Nos conocemos bien y respetamos nuestros espacios vitales, nos vamos acoplando, queriéndonos, sin alharacas, admirándonos mutuamente”.
Manuela Paso (Arsinoé) no se cansa de repetir que la clave del éxito de este grupo es la “inteligencia emocional”. “La incomodidad no te permite dar lo mejor de ti, ni entregarte, ni comunicarte con el colega. Somos todos responsables de lo que ocurra en la compañía, cada uno de sí mismo y de los otros”.
La sesión de fotos ha terminado y la familia se despide. Cada uno es distinto. Miguel del Arco lo sabe y lo que más le emociona es el esfuerzo diario que hacen para encajar dentro del grupo. “Esto es muy bonito. Es como queremos hacer nosotros teatro en una profesión que nos apasiona. ¿Quién es el idiota que puede romper esto?”. Parece que nadie.

Familia de cómicos

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