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Fuente: Rocío García (elpais.com) | Fotos: Gorka Lejarcegi
El Teatro de La Abadía de Madrid será en unos días el ágora, esa plaza pública de la antigua Grecia, ese lugar de reunión y discusión, las asambleas que concitaban a ciudadanos de toda clase y condición. Será una ágora en torno a la tragedia griega, al origen del teatro, con la representación de tres obras míticas y universales —Antígona, Medea y Edipo Rey—, que llegarán al escenario de La Abadía a partir del próximo martes día 21 bajo la dirección de tres grandes de la dramaturgia española, Miguel del ArcoAndrés Lima y Alfredo Sanzol. Será una ocasión para entrar en la esencia de la condición humana, a través de la vida de héroes y de mitos, de muertes y venganzas, de amores e inmortalidad, de celos. Nace así el Teatro de la Ciudad, uno de los proyectos más ambiciosos y novedosos en el panorama teatral español, con el objetivo de aunar esfuerzos de creación colectiva y generar un espacio físico y humano que sirva de investigación, producción y exhibición de las obras que se vayan poniendo en marcha.
El Teatro de la Ciudad, impulsado por Del Arco, Lima y Sanzol como una gran fiesta ciudadana y colectiva en torno al teatro, cuenta con el apoyo decidido y entusiasta del director de La Abadía y benefactor de esta iniciativa, José Luis Gómez, —”nunca ha habido nada parecido”—. La vocación de esta aventura es la de ser sostenible en el futuro y la de abrir sus puertas a otros creadores contemporáneos y a nuevos valores de la escena teatral.

Antígona


Antígona es la obra de Sófocles que dirige Miguel del Arco. La protagonista se enfrenta a los dictados políticos del rey de Tebas, su tío Creonte, anteponiendo lo que cree ser su realidad familiar. Junto a Manuela Paso (Madrid, 1969) intervienen en la obra Carmen Machi, Ángela Cremonte, Cristóbal Suárez, Raúl Prieto, José Luis Martínez, Silvia Álvarez y Santi Marín.


Compartiendo un mismo espacio escénico, los montajes de las tres tragedias griegas se irán alternando a lo largo de los días (del 21 de abril al 21 de junio), de tal modo que los espectadores podrán asistir en una misma semana a las tres representaciones. Al frente de las tres tragedias griegas están grandes nombres de la interpretación, junto a actores de sólidas carreras en la escena. En Antígona de Sófocles, dirigida por Miguel del Arco, la actriz Carmen Machi se meterá en la piel de un hombre poderoso, Creonte, el rey de Tebas enfrentado a su sobrina Antígona, papel que interpreta Manuela Paso. Aitana Sánchez Gijón será Medea, la obra de Séneca que dirige Andrés Lima, y Juan Antonio Lumbreras hará de Edipo Rey en la pieza de Sófocles dirigida por Alfredo Sanzol. Esta propuesta se completará con unas veladas a las que han puesto el nombre de Entusiasmo, una combinación de locura y sabiduría a celebrar los fines de semana, en los que reinará el factor sorpresa, un espacio imprevisto, que un día se puede convertir en un baile, otro en un coloquio, un discurso, una canción o un debate. El espectador no sabrá de antemano cuando o dónde se producirá el hecho teatral.
Ya hace días que el ágora ha entrado en esos patios idílicos de La Abadía. Lo hizo en la primavera pasada cuando unos talleres de investigación unieron a actores, directores, investigadores, dramaturgos, escenógrafos y oyentes en tono a las claves de las tragedias griegas, su puesta en escena y las motivaciones de los personajes, y lo hace ahora en un enérgico trajín de idas y venidas, de ensayos finales en el espacio escénico elegido, en el que no faltan los nervios pero tampoco el júbilo y la pasión.

Creonte


En la versión escrita por Miguel del Arco, Creonte es una mujer. Carmen Machi (Madrid, 1963) resalta que tanto Antígona como Creonte son unos personajes con los que cualquiera puede empatizar. “He aprendido que en la tragedia el que tiene la palabra tiene el poder y el que habla tiene la razón. Este el dilema de la tragedia, abocada a un final terrible”.


Aitana Sánchez-Gijón tiene la garganta destrozada y la boca llena de llagas. Sabe que será cosa de apenas unos días, que ese dolor emocional que se ha traducido en dolores físicos desaparecerá. Está sin duda ante uno de los papeles más atrayentes de su carrera, Medea, esa hija de reyes, descendiente del linaje del dios Sol, abandonada, desterrada, repudiada como si fuera basura, una mujer poderosa a la que le es arrebatada de un plumazo su dignidad y que decide vengarse dando muerte a sus propios hijos. “He pasado la fase inicial del miedo y el peso que supone interpretar a un personaje mítico como este, llevado a escena a lo largo de la historia por grandísimas actrices, he superado ese primer momento que puede llegar a paralizarte y ahora me siento como si llevara los 46 años que tengo preparándome para poder afrontar algo así. El proceso de trabajo e investigación que hemos realizado me ha ayudado mucho a naturalizar de alguna manera ese acercamiento a Medea, a no sentirme aplastada por el peso de los siglos y la historia y a sentirlo como algo propio". El personaje de Medea se ha ido infiltrando en el subconsciente de la actriz, —“en algún lugar que no controlo racionalmente”— y poco a poco se ha ido apoderando de ella. “Todo esto ha ido brotando en los ensayos desde el primer día de manera muy clara, como que el camino del dolor estaba ya trazado y a partir de ahí todo ha ido saliendo como sin esfuerzo. Como si de alguna manera se hubiera apartado de mí el lado racional y analítico que tengo, me he quitado resistencias y control y me he dejado llevar”. Sánchez Gijón sabe del poder de las palabras y de la acción de esta mujer desbocada por el amor al guerrero Jasón. Como madre, —“al principio no podía leer sin sollozar la escena de la matanza de los hijos”— decidió dejar a un lado a “Aitana” y meterse en “el dolor de una mujer que ya está muerta, que ha antepuesto su amor ante todas las cosas, que ha sido ya capaz de matar en el pasado, de despedazar a su propio hermano”. “He intentado comprender desde ese dolor que te inunda y te obsesiona y te hace escoger el camino de la destrucción total. Medea raya la locura, pero no está loca. Lo más terrible de todo es que uno puede llegar a comprender en qué momento se traspasa esa línea en una mente que no está enferma. Mata a sus hijos y se arrepiente pero a continuación clama: ‘Un intenso placer me penetra a mi pesar y crece".
La escenografía en la sala Juan de la Cruz, de La Abadía, es la misma para los tres montajes, unos cortinajes negros de flecos y el espacio ovalado del teatro, aunque con diferentes elementos. En Medea uno entrará como en un paisaje oscuro de ceniza, lava y rocas, con dos muñecos de barro de terracota, un contrabajo a un lado, dos sillas que se moverán y un traje de novia colgado al fondo en referencia a Creúsa, la hija de Creonte causante del repudio de Jasón a Medea. Una larga mesa de banquete, con restos de comidas y bebidas y centros de flores, acogerá el drama de Edipo Rey, mientras que Antígona utilizará una gran bola transparente colgada del techo sobre la que proyectarán imágenes.

Medea


Uno de los grandes personajes de la literatura, Medea, de Séneca, fue una mujer que, desquiciada por los celos y la amargura, mató a sus hijos. A Andrés Lima, su director, le inquieta desde hace tiempo ese crimen, “el más atroz que uno puede imaginar”. Junto Aitana Sánchez-Gijón (Roma, 1968) interpretan la obra Joana Gomila, Laura Galán y Andrés Lima.


“¿Te parece una locura que Creonte sea una mujer?” La pregunta que le planteó Del Arco a Carmen Machifue toda una sorpresa. “Espérate que lo lea de nuevo y te digo”, le contestó cauta. Hoy la actriz, que vuelve de nuevo con la obra de Sófocles a romper moldes interpretativos, revisó el texto una y otra vez y no vio nada que impidiera que ese poderoso rey de Tebas fuera una mujer. “En ningún momento hemos echado de menos algo que nos diera a entender que estábamos traicionando la verdad. Por el hecho de que Creonte sea una mujer ni mejora ni empeora la función, pero sí creo que en el enfrentamiento con Antígona se afronta de manera más directa la lucha de poderes. El poder no tiene sexo. Son dos personajes muy orgullosos que se creen en posesión de la verdad. Al ser dos mujeres, la situación se iguala mucho y a mí eso sí que me parece interesante. Noto además que crece en potencia sobre todo en la escena con su hijo Hemón”.
Es domingo, acaba de terminar un ensayo y Machi se ha vestido de Creonte para la foto: botas altas, camisa transparente negra y una casaca también negra, que contrastan con los labios rojos. Independientemente del hecho de que ese rey de Tebas ahora sea una reina, a la actriz le ha cambiado mucho la percepción que se tiene de Creonte. “Creo que estamos un poco equivocados. Le defiendo porque le tengo que interpretar pero también porque tengo fe en su honestidad. Lanza un discurso al pueblo en su toma de posesión al que yo votaría con los ojos cerrados. Quiere un país democrático donde haya paz y donde se respeten las leyes. Para ello comienza elaborando una decreto que afecta a su propia familia, pero lo último que se espera es que sea un miembro de esa familia, su sobrina Antígona, la que socave la autoridad. Ahí empieza el conflicto y ante la envergadura de ese enfrentamiento rechaza la corrupción y el tráfico de influencias llegando hasta sus últimas y trágicas consecuencias. Visto así, creo que Creonte está cargado de razones. No creo que represente el abuso de poder, sí el poder y la autoridad. Es la ley", asegura Machi que reconoce, sin embargo, que el orgullo y la cabezonería terminan por socavar las razones de este mito de Sófocles.

Edipo rey


Escrita por Sófocles, es, según Aristóteles, la tragedia más perfecta. “Me impresiona mucho la historia de un hombre que descubre que toda su vida está construida sobre una mentira”, dice su director, Alfredo Sanzol. Junto a Juan Antonio Lumbreras (Cáceres, 1973) trabajan Natalia Hernández, Elena González, Eva Trancón y Paco Déniz.


No lo tiene tan claro Manuela Paso que ve en su personaje, Antígona, a una mujer que lucha contra el sistema y unas leyes injustas e inhumanas. También contra el abuso de poder que cree representa sin dudas Creonte. ¿Dónde está la ley? ¿dónde están sus límites? ¿quiénes imponen esas leyes y desde dónde lo hacen? ¿las leyes se tienen que imponer o puede haber un diálogo con el ciudadano? Todas estas preguntas han atravesado las reflexiones de Manuela Paso, que confiesa que Antígona es el gran personaje de su carrera, uno de los papeles más desafiantes a los que se ha enfrentado nunca. “Tiene una fuerza extraordinaria. No es fácil encontrar papeles con el misterio, la garra y la fuerza de esos mitos del teatro griego. Es lo más potente que una actriz puede hacer sobre un escenario. Es una experiencia poderosísima”, asegura Paso, que sigue el consejo que le dio su profesor Juan Pastor: ‘a un actor entregado se le perdona todo’. Y ella se entrega con tal sentimiento que tiene la sensación de que aparca su vida como Manuela y entra literalmente en cada función a vivir la de Antígona.
Y en esto que llega el padre, Edipo rey, al que Antígona acompañó al exilio tras su expulsión de Tebas, tras matar accidentalmente a su padre y casarse con su madre. La tragedia de Edipo nunca deja de interesar. Ese mito con pies de barro es para su intérprete, Juan Antonio Lumbrera, un ejemplo de dignidad. Fue Alfredo Sanzol quien le aconsejó rebuscar en experiencias personales existencias trágicas. Y él la encontró en su bisabuela que perdió de manera violenta y terrible a casi todos sus hijos y que, sin embargo, nunca se vino abajo. “Esa dignidad y verticalidad es la que yo he intentado impregnar a Edipo, un personaje cuyo afán de saber y de conocer, pese a quien pese y cueste lo que cueste, le llevan a la desgracia. “Con Edipo uno descubre que muchas veces el conocimiento te hace muy desgraciado, como se puede ver hoy con los ejemplos de personas como Snowden, Falciani o Julian Assange y sus papeles de Wikileaks. Todos estos personajes demuestran que todavía sigue habiendo gente que quiere llegar al fondo de la verdad pese a las dificultades y desgracias que recaen sobre ellos”.
Analogías o no, las tres tragedias griegas son para sus directores una oportunidad de mirarse en el espejo para plantearse preguntas y no sentencias, para mostrar el lado más oscuro del ser humano, sin rehuir la mirada al conflicto. “Queremos meter el dedo en nuestras llagas y mirar de frente el dolor”.


Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es) | Foto: Marcos Gpunto

El de los cómicos es un gremio ahormado, históricamente, por la intemperie. Mucha carretera y mucha manta. La llegada de la democracia realzó su estatus. La política quiso colgarse la medalla del teatro irrigando con dinero público compañías e instituciones escénicas que permitieron consolidar carreras profesionales de actores, directores, dramaturgos, técnicos... Pero la crisis ha desmoronado esas estructuras que cobijaban al sector. De golpe, se vio otra vez expuesto a múltiples inclemencias: presupuestos enjugados, condiciones precarias, marginación de propuestas arriesgadas por su escasa rentabilidad, premura en los plazos para cerrar montajes... 

El florecimiento de un circuito off, nutrido por una constelación de pequeñas salas, ha acogido a buena parte de los creadores desplazados por la escasez de oportunidades. Pero sus recursos no pueden garantizar el asentamiento y la proyección de prometedoras trayectorias. “Mucho talento se esta perdiendo por el sumidero”, lamenta Fernando Sánchez-Cabezudo, el inquieto fundador y director de Kubik Fabrik, sala que pretende irradiar la oferta teatral a la periferia de Madrid (en concreto, al barrio de Usera). “El problema es que el salto del territorio alternativo al teatro comercial o institucional es muy difícil, incluso para aquellos nombres que han cosechado grandes éxitos y han acreditado su valía”. 


Sánchez-Cabezudo está empecinado en solventar el cortocircuito. En la búsqueda de ese objetivo ha encontrado un aliado con liquidez económica y con algo todavía más importante: afinidad de conceptos. Es la productora La Zona, que está detrás de algunos lucrativos títulos de la cartelera (Toc-toc: seis años consecutivos en Madrid) y del pelotazocinematográfico de Ocho apellidos vascos“Gracias a su apoyo he podido hacer lo que siempre he querido hacer desde que abrimos la sala”, advierte a El Cultural. Su ilusión original ha sido bautizada como LaZonaKubik y consiste en la organización de cuatro talleres de investigación encomendados a otras tantas figuras emergentes, como Julián Fuentes Reta, que a pesar de reventar las Naves del Español hace unos meses con su hipnótica versión de Cuando deje de llover no tenía ninguna garantía de seguir afianzando su andadura. En Usera ya está trabajando en Hard Candy, de Brian Nelson, con la que retrata, en tono de fábula, el impacto de las diferencias generacionales en el sexo. 

Esta adaptación, tras un acuerdo con el CDN, se exhibirá en la Sala Francisco Nieva del Valle-Inclán del 25 de junio al 5 de julio. También podrán verse en el mismo espacio los trabajos de Carlota Ferrer y Lucía Miranda (Fortune Cookie y Nora, 1959). El cuarto proyecto, Beautiful Beach, es la coreografía del bailarín Antonio Ruz. “La media de tiempo que se tiene para ensayos antes de un estreno es de 45 días. Nosotros les damos la opción de prolongar sus investigaciones alrededor de 6 meses. Un periodo en el que el director cobra 1.500 euros al mes. Para la producción dispone de 20.000 que distribuye a su criterio.Seguimos moviéndonos en el bajo coste pero son cifras que nada tienen que ver con el panorama off. Lo que buscamos es la profesionalización”. 

La Zona aporta 300.000 euros. Pero su apuesta por el teatro no se queda ahí. También financian (con otros 500.000 euros) el nuevo Teatro de la Ciudad, que comparte filosofía con la LaZonaKubik. La diferencia es el relieve de sus protagonistas. Aquí nos encontramos con tres figuras consagradísimas: Miguel del Arco, Andrés Lima y  Alfredo Sanzol. Sobran las presentaciones. Cada uno de ellos lleva varias semanas enfrascado en un clásico griego (Antígona, Medea y Edipo Rey, respectivamente). Pero no es un esfuerzo artístico individualizado sino colectivo. “La mayor peculiaridad de esta iniciativa es la unión de los tres directores, las tres productoras con las que habitualmente trabajamos cada uno y nuestros colaboradores. Esta mezcla ha impuesto un diálogo constante”, explica Miguel del Arco. El artífice de La función por hacer pondera además otro detalle: “Antes de empezar los ensayos de las tres tragedias hemos celebrado ocho talleres. Comenzar con tanta información es un lujo”. 

Ensayos en streaming

Este tridente estelar converge en La Abadía, que cede sus salas a cambio de parte de la recaudación. Allí, a finales de abril, se presentarán sus adaptaciones cocinadas a fuego lento, en uno de los pocos remansos destinados a la investigación escénica en España. Y también el que han urdido al alimón, Entusiasmo, que, como dice Gonzalo Salazar-Simpson, uno de los responsables de La Zona, “no es un espectáculo al que ir sino un lugar en el que estar y en el que suceden cosas, como en un bar”. 

Salazar-Simpson señala que no se han embarcado en esta aventura para hacer dinero. Al menos no de forma inmediata. “Sabemos que no lo vamos a recuperar. La apuesta se concentra en la creación de públicos. Por eso ambos proyectos son tan abiertos. Los ensayos de LaZonaKubik incluso se retransmitirán en streaming. El objetivo está fijado en el largo plazo. Si todo va bien, los beneficios vendrán más tarde”. La intención es contar con un espacio propio para el Teatro de la Ciudad y que ambos proyectos terminen entrelazándose. 


En esta fase primigenia les sustentan dos entidades públicas (Abadía y CDN). Un apoyo crucial para despegar y para apuntalar una inercia de cooperación. Ernesto Caballero ha abierto el Valle-Inclán para dar visibilidad a los títulos manufacturados en Usera. “Es una unión que ha nacido de forma natural a partir de líneas afines de investigación. Coincidimos plenamente en cuanto a objetivos y filosofía”, explica el director del CDN. De hecho, cuando tomó las riendas de la principal institución teatral del país, Caballero implantó los talleres Rivas Cherif, un refugio para equipos de exploración de potenciales montajes. 


Dentro de esa probeta se han gestado ya varias obras, como las pertenecientes al programa Escritos en la escena, en el que los autores escriben a pie de ensayo los textos (estos días se programa en el María Guerrero La ciudad oscura, de Antonio Rojano). Y otros experimentos están en marcha. José Ramón Fernández estudia hasta qué punto es viable trasladar a las tablas El laberinto mágico, los seis volúmenes que Max Aub dedicó a lo que él mismo llamó la ‘Gran Guerra Civil Española'. Nada menos. 

“Son más de 3.500 páginas que he dejado, con todo mi dolor, en unas 70. Creo que el mejor teatro de Aub está en estas novelas. Es portentoso cómo levanta un personaje en tres o cuatro líneas. Con tres trazos ya lo sientes respirar. Tenía oído musical para plasmar el habla de gentes de muy diversa índole. Es un texto rezumante de vida, que pide a gritos llevarse al escenario”, comenta Fernández a El Cultural, que tiene como principal cómplice en este empeño al propio Caballero (ya formaron tándem en La colmena científica o El café Negrín). Si la cosa cuaja, el monumento narrativo de Aub tendrá un hueco en la programación del CDN las próximas temporadas. Algo que dependerá en gran medida del dictamen del público. Para testar su reacción, los bosquejos dramáticos resultantes del laboratorio se montarán (con atrezo y vestuario reciclados de los fondos del CDN) entre el 10 y el 19 de abril en el Valle-Inclán. 

En esta labor de I+D escénico, casi extinguida en los últimos tiempos, es de justicia mencionar también la perseverancia de la Cuarta Pared. Hace seis años lanzaron sus laboratorios ETC. Cada temporada enriquecen su programación con los frutos de estos focos de fermentación de ideas (acabamos de ver Líbrate de las cosas hermosas que te deseo, Árbol adentro...). Es un proceso largo, que suele abarcar más de un año. Primero se abre una convocatoria para seleccionar autores. Normalmente, se les marca un área temática: Del yo al nosotros fue el lema de la presente temporada (pretendían detectar cómo influyen las inercias íntimas en las conductas sociales). Luego, a través de otro concurso, se escogen las compañías, que presentan candidaturas a partir de la pieza desarrollada por el dramaturgo. La sala les presta sus espacios y sus técnicos, y remunera a todos los implicados gracias una subvención del Inaem. Aparte de respaldar la escritura y la concreción escénica de las piezas, Cuarta Pared ha dado un nuevo paso para que estos embriones no se malogren. Ahora apoyan su producción con 5.000 euros para cada uno. 


¿Arte o industria?

Javier Yagüe, su director, apunta que son proyectos que no ofrecen retorno económico pero que son absolutamente necesarios para descubrir nuevos lenguajes. “Si no, repetiríamos siempre las misma fórmula. Tenemos muchos talleres que no desembocan montajes cerrados pero vislumbran nuevos caminos. Son como las investigaciones de medicamentos. Muchas no culminan con fármacos curativos pero son escalas previas imprescindibles para alcanzarlos. Nuestra labor es más bien de mecenazgo”. Y sentencia: “La rentabilidad inmediata aboca al teatro a una mecánica industrial. Y no es eso: estamos hablando de arte”. No lo perdamos de vista. 


Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Alfredo SanzolAndrés Lima Miguel del Arco son los tres pilares sobre los que se asienta Teatro de la Ciudad, un proyecto que incluye «investigación, reflexión, producción y exhibición», según han explicado en su presentación. Son tres de las figuras descollantes de la escena española actual, y su unión ha generado una notable expectación en el mundo del teatro.
El deseo de los tres directores de hacer algo conjuntamente y el descubrimiento de que a los tres les apetecía poner en pie una tragedia fue el detonante del proyecto, en el que han involucrado a los productores con los que habitualmente trabajan (Joseba GilGonzalo Salazar-Simpson Aitor Tejada) y a sus respectivas «familias escénicas»: actores, escenógrafos, diseñadores de vestuario o músicos que trabajan regularmente con los tres.
Con la mirada puesta en un futuro montaje de tres tragedias grecolatinas -«Antígona», «Medea» y «Edipo»-, el Teatro de la Ciudad arrancó en junio del pasado año con un taller, «Mito y Razón», dedicado a las tres obras y realizado conjuntamente por los tres directores. En él participaron actores como Carmen Machi, Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Cristóbal Suárez, Aitana Sánchez-Gijón, Irene Escolar o Lucía Quintana, e intervinieron Mario Gas, Nuria Espert Alberto Conejero, entre otros.
A éste taller han seguido otros dedicados a la dramaturgia y el estudio de los tres personajes centrales. El teatro de La Abadía, que ha acogido estas actividades, será el escenario donde se representarán en abril las tres tragedias: «Antígona», dirigida por Miguel del Arco, y con Carmen Machi Manuela Paso al frente del reparto; «Medea», dirigida por Andrés Lima y protagonizada por el propio director junto a Aitana Sánchez-Gijón; y «Edipo Rey», con dirección de Alfredo Sanzol y un reparto que incluye a Natalia Hernández Juan Antonio Lumbreras, entre otros. Además, habrá otro espectáculo, titulado «Entusiasmo»; un término griego que tiene que ver, según Sanzol, con «la posesión y la creación». No es, explicó Lima, un cuarto montaje, «Es una manera de prolongar la experiencia para el público, hacerles partícipes de la experiencia», dice Lima, que anuncia sorpresas en este «Entusiasmo». 
Los tres directores coinciden en señalar que el trabajo conjunto y el enriquecimiento con las ideas de los demás es lo más interesante para ellos del proyecto: «La dirección es una tarea con muchas inseguridades e incertidumbres, y compartirlas te hace más valiente», dice Miguel del Arco. «La unión hace que superes el miedo», tercia Lima. Miedo y libertad son, precisamente, dos conceptos que tienen que ver con la Revolución francesa, que ha inspirado igualmente el nombre del proyecto, Teatro de la Ciudad.
José Luis Gómez ha acogido en el teatro de La Abadía, que él dirige, el proyecto; allí se han celebrado los talleres y se estrenarán los espectáculos. «Ha sido un golpe de corazón», argumenta, y recuerda que en París, en los años veinte, cuatro directores -Louis Jouvet, Charles Dullin, Gaston Baty y Georges Pitoëff-, alumnos de Jacques Copeau, crearon un proyecto similar, que se conoció como el Cartel de los cuatro. Define a los tres directores como «gente que tiene un instinto reformador», y su manera de entender el trabajo teatral coincide plenamente con el espíritu de La Abadía.
¿Y por qué han escogido la tragedia para echar a andar el proyecto? ¿Creen que es un buen camino de establecer un diáglogo con el público? Dice Alfredo Sanzol que él tenía «el impulso de contar una tragedia. Es importante escribir y dirigir para saber lo que se quiere contar, pero eso se descubre al final». Andrés Lima, por su parte, añade que «el público tiene necesidad y ganas de abrir los ojos y mirar de frente, y el teatro es un espejo en el que mirarse y una forma de reflexionar. «El teatro siempre ha funcionado en tiempos de crisis -añade-; y cuanto mayor es la tragedia, se cuenta de manera más bonita». El público, concluye Lima, necesita belleza, pero también encontrarse con la realidad. Y añade Del Arco: «Los clásicos lo son precisamente porque están en permanente transformación».
Es inevitable en cualquier proyecto teatral referirse al 21 por ciento del IVA cultural, y la presentación de Teatro de la Ciudad no es una excepción. Andrés Lima lo califica de «cuchillada», y José Luis Gómez va más allá cuando se refiere a la situación como un «suicidio cultural». «Unirse -dice- es una manera de resistir». ¿La creación de Teatro de la Ciudad es entonces un acto de resistencia?, se les pregunta. «No -dice Sanzol. Es un acto de movimiento, de alerta, de creación».

Fuente: Clara Morales (elpais.com)
Como en una pesadilla, Oliver se agita sobre el escenario de la pequeña sala Francisco Nieva, en el Teatro Valle-Inclán. Como en una pesadilla, huye sin saber bien de qué ni a dónde, y su impulso parece frenado por una fuerza superior. La calma mágica, la nueva obra del dramaturgo y director Alfredo Sanzol (Madrid, 1972), tiene aires de mal sueño. O, mejor, de mal viaje de setas. Una travesía alucinada y alucinógena que durará al menos hasta el 9 de noviembre en las tablas del Centro Dramático Nacional.
La calma mágica tiene psicotrópicos, vídeos de Youtube, cacerías en Monfragüe y un elefante rosa. Pero también tiene ejercicios de escritura confesional que remiten, desde el texto explicativo del programa de mano, al reciente fallecimiento del padre de Sanzol, transformado en el padre de Oliver (interpretado por Iñaki Rikarte). El dramaturgo hace equilibrios entre lo radicalmente imaginario y lo supuestamente real. Ya lo hacía con En la luna (premio Max a la mejor autoría teatral en 2013), su exploración de la Transición desde los ojos de la infancia que también tenía mucho que ver con la figura paterna.
Esta vez, lo autobiográfico se cuela en forma de anécdota heredada. Sanzol padre viajó a Texas, donde trabó amistad con una pareja de ancianos que le ofreció su granja en herencia si se quedaba con ellos: el progenitor era clavado al difunto hijo de los granjeros. Y esto, tal cual, cuenta Oliver, cambiando Texas por Kenia.
“Intento crear un mundo pegado a la realidad pero que produzca imágenes que no pertenecen a ella. Pertenecen al sueño, o a lo que podría ser”, cuenta el autor. A “lo que podría ser”, porque los personajes de La calma mágica (con Sandra Ferrús, Mireia Gabilondo, Aitziber Garmendia, Aitor Mazo y Rikarte) se mueven en un futuro soñado por el protagonista en medio de su trance. “Muchas veces tengo la sensación de que presente, pasado y futuro no están tan separados, que la división la hacemos nosotros para organizarnos”, reflexiona Sanzol. Consecuentemente, la acción describe un amplio círculo entre lo que ocurre en la vida de Oliver, lo que ocurrirá, y lo que él sueña que puede ocurrir bajo los efectos de los hongos alucinógenos.
Tras el delirio puesto en escena por la compañía vasca Tanttaka Teatroa en su primera colaboración —por encargo— con el autor, se esconde un ejercicio de autoexploración, similar al viaje del protagonista en el mundo de los psicotrópicos, o al del autor en el proceso de creación. Sanzol hace de chamán, el teatro hace de droga y el espectador, de alucinado que ve pasar la vida ante sus ojos. El resultado es similar. “Al escribir la obra ha habido un deseo de curar el dolor, que es una de las funciones del teatro”, admite el autor. Su personaje replica: “No quiero saber si esto es la realidad o si es una alucinación. No creo que me ayude a vivir mejor. La felicidad está en la realidad, y también está en los sueños”.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
"Vamos ya a dotar a todo esto con una emoción. Ahora vamos a trabajar con el miedo”. Andrés Lima se dirige a un grupo de actores, unos quince, todos juntos en el centro del escenario, y va preguntando a los reunidos por sus recuerdos personales en torno a situaciones de miedo. “Recordad con detalle e imitad el sonido de aquello que vivisteis, lo que sentisteis, lo que hicisteis realmente, que todo lo que aquí hagáis responda honestamente a vuestro terror”, les anima el dramaturgo, mientras les incita también a concentrarse y, al mismo tiempo, a ser permeables. Y a la voz de Lima, ese grupo, compacto a modo de coro griego, va expresando individualmente sus lamentos y sus lloros, sus gritos o su parálisis aterradora. El ejercicio apenas dura un minuto, pero la sensación de angustia colectiva y coral es tan seca y brutal que el público, oyentes ajenos al teatro allí presentes, lo cierra con un aplauso que tiene mucho de liberador.
Las mañanas de la sala José Luis Alonso del Teatro de La Abadía de Madrid se han convertido por unos días este mes en el escenario de una nueva experiencia teatral liderada por tres sólidos dramaturgos, Miguel del Arco, Andrés Lima y Alfredo Sanzol, que responde al nombre de Teatro de la Ciudad. Una iniciativa insólita, con talleres de estudio y trabajo, que busca una diferente manera de acercarse al teatro y al público, jugando juntos, investigando, colaborando y compartiendo reflexiones y modos de afrontar cada una de las obras. El Teatro de la Ciudad nace con el objetivo de unir fuerzas a través de diversos talleres de investigación que se irán desarrollando a lo largo del año para montar espectáculos diferentes pero con vocación de diálogo que compartirán visión, producción, espacios escénicos y, por encima de todo —dicen sus responsables— entusiasmo. Las obras que de aquí salgan se estrenarán en el Teatro de la Abadía, ese lugar magnético siempre atento a las más rompedoras propuestas. Cada uno de los directores ha invitado a participar en esta experiencia a actores de sus compañías y a otros más. Carmen Machi, Bárbara Lennie, Israel Elejalde, Aitana Sánchez Gijón, Lucía Quintana, Irene Escolar, Luis Bermejo, Raúl Prieto, Miriam Montilla son solo algunos de los que en esta ocasión van a poner en común sus dotes artísticas y sus reflexiones para compartir experiencias vitales y maneras de trabajar.
Y qué mejor elección que empezar con la tragedia griega, el origen del teatro tal y como lo concebimos hoy. MedeaAntígona y Edipo, dirigidas respectivamente por Andrés Lima, Miguel del Arco y Alfredo Salzón, son las tres obras elegidas para el estreno de este Teatro de la Ciudad y que se representarán la misma semana, en días consecutivos, y en el mismo escenario la próxima temporada en La Abadía. Una fiesta ciudadana y colectiva a la imagen de las que se vivían en la Atenas de hace 2.500 años para empaparse de este teatro que José Luis Gómez, benefactor de esta iniciativa, define como de “ideas y poético, de la palabra y el lenguaje”. Una ocasión también para entrar en la vida de héroes y de mitos, de ciudadanos, de muertes y venganzas, de amores e inmortalidad. En definitiva, como señala Carlos García Gual, ponente en una de las jornadas de este primer taller en torno al coro griego, de la condición humana.
Ese coro griego que esa mañana han formado el grupo de actores, después de asistir, muchos de ellos bolígrafo y papel en mano, a la ponencia de García Gual, filólogo y traductor, y que contó también con la participación del actor y director Mario Gas y de José Luis Gómez, académico y responsable de La Abadía, además de una treintena de oyentes anónimos. “El coro griego era la voz de los ciudadanos medios frente a los héroes y refleja la emoción ante lo que va sucediendo en la escena y marca las impresiones que puede ir teniendo el público. Es el intermediario sentimental”. La explicación de García Gual golpea en las emociones posteriores de los actores, ya en ropa cómoda y descalzos, que investigan sobre los mecanismos del coro, a las órdenes de los tres directores que se van turnando en los ejercicios propuestos por cada uno e interrumpiendo y aportando miradas diferentes de abordar el trabajo.
Después de un calentamiento corporal y emocional en un corro en el que los actores van buscándose con la mirada y, a una leve señal con la cabeza o los ojos, cambian de sitio y de ritmos, despacio, deprisa, corriendo, a cámara lenta, con la música de Dos gardenias para ti de fondo, Miguel del Arco toma el relevo a Lima y propone un ejercicio de sonidos y de respiración, todos en bloque y al unísono en una misma dirección, imitando el movimiento de las bandadas de los estorninos. “Hay que sentir, no hay que pensar mucho”, apunta Lima. “Hay que escuchar desde el primer momento, esto tiene que ser una decisión conjunta”, añade Del Arco. Por su parte Sanzol plantea un juego en torno a generar textos para la que propone tres momentos y tres reacciones a lo largo de una historia. Los intérpretes deben de crear frases como colectivo para expresar la alegría, la incertidumbre y, finalmente, la conmoción y el lamento. Las palabras elegidas, acompasadas también con el movimiento de los estorninos, van surgiendo feroces de las voces de esta quincena de actores, mientras los directores observan concentrados e intervienen de manera muy natural en los ejercicios de sus compañeros. “Este experimento sirve para buscar los mecanismos para apropiarse de un texto que no es nuestro y comprobar que las dificultades no las genera el texto, sino que somos nosotros los que tenemos que darle vida como colectivo pero sin perder la individualidad”, explica Sanzol.
Toda una manera diferente de compartir visiones y trabajo desde dentro y hacia fuera, hacia el público. Esa es la pretensión presente y futura del Teatro de la Ciudad. “Somos de la misma generación. Aunque somos muy diferentes en la manera de abordar el trabajo nos unifican muchas cosas, como la mirada contemporánea, la necesidad de hablar de gente de aquí y de ahora, además de esa manera de aglutinar gente a nuestro alrededor y hacer compañía. Es una forma de enfrentarnos a la soledad, de compartir e intercambiar ideas, empaparnos de nuestros colegas en vivo y en directo”, explica Del Arco, al frente esta temporada de Misántropo, de Molière, uno de los éxitos teatrales en el Español. Coinciden los tres en que esta iniciativa tendrá muy en cuenta al público, a semejanza del teatro en Atenas, y así completar la experiencia con los espectadores y hacer de ello un acontecimiento ciudadano y colectivo. “Un acto de fratenidad”, apunta Lima, cuyo espectáculo Los Mácbez ha estado en el María Guerrero de Madrid. “Para conseguirlo, debemos dotarnos de un marco y empezar a pensar en esa forma de compartir, reproducir, agrandar y llevarlo al público”, añade Del Arco.
Sanzol, cuya última obra Aventura! se ha representado en el mes de mayo en los Teatros del Canal, recuerda a Sanchís Sinisterra para proclamar la atemporalidad del teatro. “Él dice que comienza a pensar que en el teatro no hay ni pasado, ni presente, ni futuro, que solo hay un presente contínuo en el que resultan vivas historias que se vienen contando desde hace 2.000 años, que las seguimos escuchando como si estuvieran escritas hoy. Por eso creo que la misión del teatro es la de romper el tiempo, la de romper con la falsa idea del progreso que solo se refiere al científico. Hay un progreso que es humano, existencial y vivencial del que se ocupa el teatro”, dice Sanzol.
En este baño colectivo ninguno de los tres tiene miedo a perder su propia personalidad a la hora de enfrentarse a las obras. “Es más necesario que nunca bañarse juntos, volver al ágora. Lejos de quitarnos personalidad nos va a fijar más la nuestra”,explica Lima, mientras Sanzol apunta en la misma idea. “Estar con ellos dos me enriquece mi carácter de artista, mi personalidad creativa. Lo que hacen conmigo es expandilrla. Yo llego hasta un lugar y luego Andrés o Miguel lo recogen y siguen por otro lado”. Un baño que para Irene Escolar tiene mucho de generosidad, lujo e idilio. “Ójala siempre se pudiera trabajar así, llegando al fondo de los temas, compartiendo maneras diferentes de afrontar el trabajo, aportando cosas. Da igual de dónde vengas y qué carrera tengas, ahí somos todos iguales, investigando y reflexionando sobre el objetivo último del teatro que es el de ser un teatro para el pueblo”
Todo en una casa común en la que se ha convertido La Abadia, ese lugar soñado por tener un espacio donde explorar juntos. En el descanso del taller, en el pequeño patio del teatro, coinciden Irene Escolar, comiendo un plátano, Carmen Machi, con su botella de agua, mientras Aitana Sánchez Gijón se ha quedado en el interior haciendo estiramientos. Sentado en un banco, José Luis Gómez, con una taza de café, rechaza el calificativo de “benefactor” con el que le han obsequiado los directores. “Les ofrecí esta casa porque aquí también trabajamos así desde hace 20 años. No puedo estar de espaldas al impulso reformador que bebe de las mismas fuentes de La Abadía, con esa voluntad de unir sinergias en un proyecto tan extraordinario. En La Abadía hemos hecho talleres monotemáticos, pero esta experiencia colectiva sobre el estudio e investigación de la tragedia griega es una iniciativa insólita”. No oculta su entusiasmo, al igual que el resto de los participantes, Nuria Espert incluida, que aportó su experiencia en el teatro griego. Un entusiasmo semejante al que Dionisos, el dios del teatro, hizo entrar en éxtasis a sus adoradores y adoradoras para apoderarse de ellos y hacerles partícipes de su divinidad.

Tres obras, tres miradas

Antígona

Antígona se enfrenta a los dictados políticos del rey de Tebas, su tío Creonte, anteponiendo lo que cree su deber familiar. La obra de Sófocles es la elegida por Miguel del Arco. “Todo viene de la necesidad de buscar la verdad, de ver cual es el posicionamiento del individuo frente a la sociedad. Antígona está convencida de lo que hace y Creonte decide, en el desarrollo del poder, lo que cree es mejor para la ciudad, caiga quien caiga. La obra bien podría titularse Creonte, porque éste tiene mayor protagonismo en extensión y desarrollo.

Medea

Uno de los grandes personajes de la literatura, Medea, de Eurípides, fue una mujer que desquiciada por los celos y la amargura mató a sus hijos. A Andrés Lima le inquieta desde hace tiempo ese crimen, “ el más atroz que uno puede imaginar”. “Medea nos mete directamente, tanto a los hombres como a las mujeres, en nuestro lado más osucro. El valor del teatro tiene directa relación con las preguntas que plantea esta obra. A mí me gustaría enfrentarme a estas preguntas para intentar aprender de ellas”.

Edipo

Es, según Aristóteles, la tragedia más perfecta, aquella que narra como Edipo mató a su padre y se casó con su madre sin saberlo. Ninguna tragedia suscitó tanta compasión y tanto terror. La relación de Alfredo Sanzol con esta obra de Sófocles es muy fuerte. “Me impresiona mucho la historia de un hombre que descubre que toda su vida está construida sobre una mentira e ir viendo como va descubriendo su verdadera identidad. De siempre ha sido una historia que me ha atrapado”.