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LIBRETO: GUILLEM CLUA
MÚSICA: JORDI CORNUDELLA
DIRECCIÓN DE ESCENA: ELISENDA ROCA
DIRECCIÓN MUSICAL: ANDREU GALLÉN
INTÉRPRETES: ABEL FOLK, MERCÈ MARTÍNEZ, MONE TERUEL y MARC PUJOL
MÚSICOS: ANDREU GALLÉN, VÍCTOR PÉREZ/JAN OMEDES
DURACIÓN: 2h y 15min (15min de entreacto incluido)
PRODUCCIÓN: FOCUS  y BITÓ PRODUCCIONS
TEATRE GOYA

Siempre voy con un cierto temor a ver musicales patrios, porque lo que llaman musical, en muchas ocasiones no pasa de ser una comedia musical. ¿Cuál es la diferencia? Para una servidora (Quizás otra persona piense diferente, lo cual es respetable) un musical ha de contar una historia a través de la palabra, la música con canciones y baile, éste último imprescindible. Una comedia musical por contra, los intérpretes pueden estar cantando sin moverse del sofá.

Sea como fuere esta comedia musical se aventura a incluir momentos de baile, lo cuál, sea dicho de paso, se agradece. Pero lejos de la anécdota dancística, 73 raons per deixar-te destaca por la química que hay entre Marc Pujol y Mercè Martínez. Hacía mucho que no veía una compenetración como esta encima de un escenario. Brutal.

La historia de comedia romántica de hoy te quiero pero mañana no, esconde algunas sorpresas que no desvelaré, pero fuera del amor se acentúa la parte cómica de la pieza y es ahí, donde Mercè Martínez saca más provecho de su personaje. Espléndida interpretación. Al igual que la de su compañero de reparto Marc Pujol. Lástima, ternura y una sonrisa detrás de otra, sentimientos que se irán intercambiando durante las dos horas de duración. No nos olvidemos de Abel Folk (ahora sustituido por Alex Casanovas) y Mone Teruel, que despiertan la parte más tierna y emotiva del montaje. 

Lo que sí encuentro que le falta a 73 raons per deixar-te (y a otros musicales de fabricación autóctona) es un hit, una canción que se te quede, que haga que salgas del teatro y no pares de cantarla, y así sigas unos días después de haber visto la obra con ella pegada y sin poder dejar de tararearla.

Sin embargo, me gusta el buen rollismo que despierta 73 raons per deixar-te y salir de la sala totalmente relajada, sin acordarte de los problemas de los últimos días y con ganas de seguir comiéndote el mundo. Y ya sólo por eso, repetiría. ¡Qué le voy a hacer a mi el buen rollismo me puede! 

73 RAONS PER DEIXAR-TE

by on 17:22
LIBRETO: GUILLEM CLUA MÚSICA: JORDI CORNUDELLA DIRECCIÓN DE ESCENA: ELISENDA ROCA DIRECCIÓN MUSICAL: ANDREU GALLÉN INTÉRPRETES: ...

Fuente: Jacinto Anton (elpais.com)
Cuando al final de la representación en el teatro Romea se apagan los focos y se hace la oscuridad en el escenario hay una persona que se siente en casa. Rosa Novell (Barcelona, 1953), que se ha quedado ciega a causa de un cáncer, actúa cada noche en L'última trobada, de Christopher Hampton, adaptación teatral de la novela de Sándor Márai que dirige Abel Folk. Cuando entran los espectadores, la actriz se encuentra ya en escena mientras ella y Folk, que también actúa, ultiman los preparativos de vestuario y maquillaje a la vista del público. Novell pide que desconecten los teléfonos móviles y bromea al respecto. Comienza la función.
Cuando a los pocos minutos abandona —acompañada— el escenario, al que no regresará en un buen rato, la espero en los camerinos. Entra apoyada en el brazo de la regidora, Maria. La ayudo a ponerse una bata y a sentarse en una silla. Nos quedamos solos. Estamos muy juntos, rozándonos las rodillas, y me coge la mano. Estudio su rostro con total impunidad. Tiene el cabello muy corto, cano, una suave sonrisa en los labios finos. No se le aprecia nada extraño en los ojos, quizá la pupila más dilatada de lo normal. Los cierra a menudo o mira hacia abajo. Tardas en caer en la cuenta de que no los usa. Irradia una mezcla de fragilidad y dignidad, una extraña grandeza. A fuerza de escrutar sus facciones descubres que está hermosa.
“Te voy tocando y cogiendo la mano porque es mi mirada”, dice. Le pregunto cómo lo vive. “Con estupor y temblores como decían en aquella novela. Es algo que no te lo imaginas, y menos que te pase a ti. Me propuse no quejarme, o quejarme poco, el mínimo, y pensar que cada día es un día más. Me encuentro bien, me encuentro bien, aunque tengo este handicap, este daño colateral”, ríe con risa de gorrión.
No habla con ningún dramatismo —incluso bromea con que se parece a Jean Seberg—, su voz es la de la Rosa Novell de siempre, aunque con algo nuevo indefinible, un timbre más cristalino. “Me levanto cada mañana recordando que he soñado que veo, y entonces pienso: ‘Ya estoy’. Pero es un sueño. Abro los ojos y todo está oscuro. ‘Otro día’, piensas. ¿Cómo lo vivo? No me quiero quejar, solo tirar adelante. Y seré a partir de ahora otra. La Rosa que conocías ya está. La actriz que conocías es otra. Ahora soy esta Rosa Novell que no ve”. Me suelta la mano y mueve las suyas, bonitas y de dedos finos frente a su cara. Luego las deja caer en el regazo como dos palomas cansadas.
Explica que ya ha ido a la ONCE. “Pero me ha costado mucho. Ir y decir ‘no veo, ayudadme’. Has de dejarte querer y eso me ha costado”. Aquí sentados, aislados del mundo, mientras afuera continúa la representación, es fácil perder la noción del tiempo. La noche parece plegarse alrededor como un biombo oscuro. “Que te hayan de duchar…”, prosigue la actriz. “Empiezo a valerme sola, moverme, ir al baño. ¡Siempre he sido una mujer independiente! Una noche, por querer ir demasiado rápido, me caí, me rompí varias costillas. Fue un disparate. Te asustas. Cogí miedo”.
El papel que le ofreció Abel Folk fue muy importante para ella. “Pensaba: ‘si tuviera un objetivo’, algo que me propusieran, algo muy sencillo, que hubiera una luz. Me haría ir adelante. Antes de que me pasara esto Abel me había propuesto el papel, era de vieja, ¡pero a mí me encantan las viejecitas! Entonces, después, me lo volvió a ofrecer. ‘Sigues siendo una actriz’, me dijo. Allá arriba, si no ves no te distrae nada, vives completamente en ese mundo de la representación. Captas de otra manera al público. No sé dónde están, pero ahora es así. No pienso desesperarme. A veces pienso: ‘no veré nunca más la cara de mi último sobrino-nieto’. No me gusta que me compadezcan”.
Le pregunto cómo fue el proceso de quedarse ciega. “Estaba cansada. El teatro me ha dado mucho pero también me ha hecho sufrir mucho. En un momento me desilusioné un poco. Estaba sin trabajo, eso me tocó. Luego hice una obra, Els missatgers no arriban mai, de Biel Mesquida, a finales del 2012, en La Seca. Un gran esfuerzo. Y luego una cosa en el Lliure, con mi hermano Queco, las cartas de Eduard Toldrà al abuelo Clausells, en mayo de 2013. Notaba un pinchazo aquí” —se señala el pecho—. “Me hicieron unas placas y apareció. Había sufrido una embolia pulmonar en el Lliure. Ya no me dejaron salir del hospital, pruebas, y el tumor, pequeño. Había que operar. Me lo hizo el doctor Rosell. ‘Eduardo’, le había dicho yo a mi pareja” (el escritor Eduardo Mendoza) “quiero el mejor’, y resultó que el mejor era de Manresa. Siento una gran admiración por los médicos y los científicos que ayudan a salvar vidas. Entonces empezó aquello que todos te explican, la quimio, etcétera”, —hace un gesto como para apartar el recuerdo— . “Lo llevé bien, en enero de este año me dijeron que la enfermedad estaba controlada. En febrero fui al gimnasio. En marzo me apareció una catarata. El efecto de la quimio o la radio. Luego me salió en el otro ojo. Fue muy difícil, no tuve tiempo de prepararme. Miraba a Eduardo muy de cerca. ‘¿Qué haces?’, me preguntaba él. Y yo pensaba: ‘Para acordarme”.
La regidora viene a buscar a la actriz. Ayudo a quitarle la bata. Se alisa el elegante vestido negro con las manos. Se coge de mi brazo y del de María y la acompañamos hasta la puerta que conduce al escenario. Desde allí siguen solas.
Cuando regresa y vuelve a tomar asiento le pregunto por Sándor Márai, del que ya hizo en teatro otra novela La dona justa. “Márai, como Rodoreda, tienen la habilidad, el talento de llegar directos al lector, y al espectador”. Le pido que explique más sus nuevas sensaciones en el escenario. “Me ofuscaba al principio porque Abel ha colocado público en el escenario, en una grada. El problema es de orientación. Tienes que asumir el espacio, es algo que no haces contando pasos, es algo más abstracto. Aún es pronto para caminar sola. Me dice mi profe que es lo que más cuesta. Allá arriba… siento las voces de los otros, de los compañeros, me orientan. Me es igual no saber cómo es la escenografía. Me dicen que hay hojas en el suelo. Las veo. Con la mirada interior. Da lo mismo que no sean las que hay de verdad. A ti te veo porque recuerdo tu cara”. No encuentro qué decir. Y pienso que si no hablo es como si no existiera y eso me llena de una tristeza que me hace más difícil aún decir nada.
“No me siento diferente. Estoy muy concentrada en mí misma. Es la gente la que me ve diferente. Como actriz también. Quizás he mejorado” —alza la mirada con un gesto de coquetería—; “me gustaría” —deja caer la cabeza otra vez. “Lo que me gustaría es volver a ver”. Rosa Novell explica que está trabajando en una película con Agustí Villaronga. Es un documental, “una cosa que nos hemos inventado, sobre una actriz en mis condiciones, estudiando un texto, El testamento de María, de Colm Tóibín, que habíamos proyectado hacer juntos y no pude hacer” (el director estrenó la obra, su primera puesta en escena, este verano, con Blanca Portillo). La actriz explica que tiene otras propuestas. “No de hacer de cieguita”, advierte, y entonces hablamos de papeles como los de Max Estrella, Lear, Edipo. Y sonríe.
¿Qué es lo que más echa a faltar? Suspira. “Leer un libro. Leer. Y sobre todo la independencia. Eso es lo peor. Y no poder conducir. Me gustaba mucho. La música en cambio ha crecido mucho en mí. Ahora me gustaría ir a más conciertos, al teatro menos”. Dicen que los sentidos se desplazan, aventuro. “El tacto son los ojos”. ¿Ha ganado algo como actriz, en su nueva situación? “Aún es pronto. Temo que ahora es un efecto que ve la gente. Intento hacer lo mismo. Creo que he ganado en concentración. En este personaje, Nini, busco mi propia fragilidad. Antes buscaba cosas más externas”.
“Me gustaría no bajar del escenario, pero no quiero que se convierta en una obsesión, eso antes me ha perjudicado. Ahora hay otras cosas que han pasado a primer término, la gente que me quiere y a la que quiero, los amigos, mi pareja, he recibido un amor tan grande… El teatro está bien, pero…”. La actriz vuelve a hablar de lo que siente en escena: “Una pureza nueva, hay más luz, más fuerza. Me gusta mucho ser actriz, toda la vida me ha gustado meterme en otros personajes. Y el teatro ¡me da hambre! Que es algo muy bueno ahora en mi estado”.
¿Tiene miedo? “Sí, porque me caí, y no sabía dónde estaba”. No dice más de los temores de la oscuridad esta mujer valerosa. Otra vez vienen a buscarla, para la última escena. Me abraza con fuerza y se me hace un nudo en la garganta. Soy yo quien no puede dar un paso y acompañarla y me alegra que no me pueda ver mientras se marcha hacia el escenario y la luz.

Font: Laura Serra (ara.cat)
Arriba al Teatre Romea de bracet de l’Abel Folk i amb el somriure posat. Ens asseiem cara a cara en una taula del camerino. Em pregunta quanta estona necessito per si puc tirar curt, però m’acaba regalant una hora de conversa, mentre no arriba la maquilladora. Rosa Novell ha tornat al seu hàbitat natural, els escenaris, amb L’última trobada de Sándor Márai, després de patir una greu malaltia que li ha fet perdre la visió. 
En primer lloc, com està?
Bé, contenta, al teatre. A tothom li agrada l’obra i jo sóc feliç aquí, dalt de l’escenari. 
¿Es fa difícil parlar dels canvis que ha viscut en els últims temps?
No és tabú, però no vull convertir-me en un llibre d’autoajuda, perquè no estic preparada per a això. Si puc ajudar algú ho faré amb la meva actitud, però... no vull estar tota l’estona parlant d’això. 
Tornar al teatre era una prioritat? Sí. Jo pensava: necessito com una llumeta en algun lloc que em tibi. No volia un paper llarg ni la responsabilitat que solia tenir, però sí poder passejar-me per allà dalt de l’escenari. I es va complir el meu somni. 
Com va ser el procés, des que l’Abel Folk li va oferir el paper fins a muntar l’obra?
Me’n moria de ganes. Sabia les meves dificultats, en aquell moment, però pensava que si tenia un projecte no gaire complicat m’agafarien més energia i ganes de sortir de casa. I em van proposar aquest. Però després va venir el segon tsunami. El procés de pèrdua de visió ha sigut molt ràpid. I és molt difícil d’assumir i tirar endavant. Em sembla que encara no ho he aconseguit, tot i que espero fer-ho. Llavors els vaig dir que estava així i que entendria que busquessin una altra persona, però l’Abel em va dir que em volia. I jo sempre pensava en positiu: la faré, la faré, la faré. Costa molt. Però tot costa. Sempre m’he passat la vida lluitant per aconseguir les coses, res no m’ha vingut donat. És cert que també m’hi he acostumat i que una es complica la vida per realitzar-se: un artista ha d’anar sempre més endavant, no ha d’estar mai content, ha de voler ser millor. Perquè cada vegada conec més el que desconec. 
Sándor Márai era la millor opció.
Sí, perquè conec l’autor, m’agrada molt i ja vaig ser La dona justa. (2010)Sándor Márai, com Mercè Rodoreda, és dels pocs escriptors que tenen l’habilitat d’arribar al cor directe. Ho noto. La paraula és com un dard al cor. 
L’última trobada planteja una traïció amorosa que és tan dolorosa perquè trenca una amistat profunda entre dos homes.
Sándor Márai ho explica des d’una mirada de principis del segle XX que ve d’una tradició, des dels grecs, i per això arriba a tothom. Jo m’identifico amb els dos homes i el que expressen, tot i que a les dones ens van educar d’una manera més competitiva i hi vam arribar més tard. L’amistat, per a la majoria de gent i per a mi, és sagrada. Sobretot de jove, quan t’estàs formant, els amics són el primer. Pertanyo a una generació que no volíem el poder, no volíem normes, però sí que crèiem en l’amistat. Era la nostra família. Vivíem junts, lluitàvem junts, estudiàvem junts. Et passes mitja vida buscant amics, i l’altra mitja traient-te’ls de sobre i que en quedin pocs, perquè no pots estar per tots! 
Amb els anys canvies.
En fer-te gran ets menys orgullós i és més fàcil el perdó. I a mi m’agrada ser així. Perdonar, als amics o a mi mateixa. No em culpabilitzo tant com abans. La maduresa et porta a la reflexió i la reflexió a admetre els teus errors i la possibilitat de cometre’n. La vida t’ensenya moltes coses. Jo sempre intento veure el got mig ple. 
A l’obra Márai diu que cadascú és responsable del seu destí i que a la fatalitat li obrim la porta.
No ho comparteixo gaire. En tot cas, no conscientment. ¿Responsables dels nostres destins? Jo crec que hi ha un gran tant per cent de probabilitats de sort, d’atzar. Però un cop tens les teves cartes repartides, has de saber jugar-hi. 
“No hi ha res pitjor que no voler ser qui ets”, es diu a L’última trobada . 
L’obra parla d’uns valors que tenien importància en la primera meitat del segle XX: l’amistat, l’amor, la paraula... Ara tot s’ha tornat molt superficial, el més important és ser famós i tenir diners. És difícil donar consells, en aquest moment, però tothom hauria de tenir la força de voluntat de dirigir la seva vida cap a on vulgui. Tira endavant, fes que sigui assumible i conseqüent, i la vida serà millor. 
Estem en un moment de canvi estructural, en què els partits més horitzontals estan guanyant terreny.
Ho celebro. Ho necessitàvem. La meva generació va lluitar per la democràcia i el canvi. I sempre se’ns ha dit que nosaltres havíem tingut contra què lluitar. Doncs ara ho teniu vosaltres. Què fareu? Arregleu-ho o cremeu-ho, però no em demanis que em torni a posar a primera fila. Lluita per tirar endavant com tu vulguis! Jo crec, però, que el canvi serà lent. I està bé ser prudent. 
Els aplaudiments al final de cada funció són molt emocionants.
Reps el que has donat. No vull que la salutació sigui una cosa mecànica, sinó que sento l’energia de la gent com arriba... i els hi torno.

Font: Imma Fernández (elperiodico.cat) | Foto: Jordi Folk
«Si un amic et traeix i tu intentes venjar-te és que la vostra amistat no és verdadera». La màxima, explica Abel Folk, sintetitza L'última trobada, la novel·la de Sándor Márai (1900-1989) que, a partir de l'adaptació teatral de Christopher Hampton, ha portat a escena Folk, també protagonista. «Si féssim cas dels postulats de Márai tots seríem més feliços», postil·la. El muntatge suposa l'emotiu retorn als escenaris de l'actriu Rosa Novell, després d'una «malaltia molt greu», segons les seves pròpies paraules, que l'ha deixat cega. L'actor de doblatge Jordi Brau completa l'elenc d'una obra que relata el retrobament de dos vells amics de joventut, Henrik (Folk) i Konrad (Brau), 41 després de l'esdeveniment que va canviar la seva vida. Konrad va fugir sense donar més explicacions. S'estrena avui al Teatre Romea.
L'escriptor i periodista hongarès dibuixa, segons Abel Folk, un triangle amorós entre tres amics, marcat pel desconcert i el dolor per la traïció, que dóna pas a una reflexió sobre les debilitats de l'ésser humà. L'amistat, la passió, la reconciliació, el perdó, l'honor... apareixen en un text que inclou també un secret, una pregunta vital que Henrik vol resoldre abans de morir i que introdueix un ingredient de thriller molt seductor per al públic.
Márai em recorda Txékhov. Escriu sobre passions sense components melodramàtics però amb una gran precisió i esquivant la part fàcil de les relacions humanes», sosté l'actor i director. Segons la seva opinió, l'obra aborda un conflicte que si s'hagués resolt en el moment hauria acabat en tragèdia. Però el temps, les quatre dècades transcorregudes, permet al protagonista afrontar la cita amb el dolor diluït i les ferides cicatritzades. Des de la calma, encara que amb un pòsit de dolor -«les brases continuen allà després del foc»-, i des de la ironia i el sarcasme. «La distància temporal capacita el protagonista a riure's del seu patiment», afegeix el director, que ha volgut transmetre en la seva adaptació l'«emoció molt serena» que va sentir quan va llegir la novel·la per primera vegada. En el seu muntatge, Abel Folk
trenca la quarta paret i potencia la idea que som «davant d'una representació, no d'una imitació de la realitat».
AMISTAT ENTRE HOMES /«Molt il·lusionada» amb el seu retorn als escenaris, Rosa Novell assumeix el paper de Nini, la majordoma i antiga mainadera de Henrik. A l'actriu, que va protagonitzar La dona justa del mateix autor, la sedueix el retrat que fa Sándor Márai de l'amistat entre homes: «Em sembla fascinant l'amor entre ells i envers la mateixa dona. Dues maneres d'estimar que funcionen i alhora fan mal». També subratlla Novell el context de canvi de «final d'una època i d'una ètica» viscut per l'autor (nascut en una família burgesa, va viure molts anys d'exili i va acabar suïcidant-se a la ciutat de San Diego, als Estats Units) i traslladat a l'obra.
L'acció, que transcorre a Hongria, entre els segles XIX i XX, i amb les dues guerres mundials com a fons, se situa en un decadent castell de caça, que abans va ser escenari d'elegants vetllades. Allà es presenta Konrad i té lloc el duel final a la recerca d'una veritat alliberadora. Un duel carregat, segons Abel Folk, de grans reflexions amb les quals s'identifica totalment. Com la que diu que «val la pena viure intensament una gran passió encara que ens faci patir».
                                                                                                                       
Fuente: Albert Lladó (lavanguardia.com) | Foto: Jordi Folk

El actor y director Abel Folk lleva al Teatre Romea 'El último encuentro', la adaptación de la mítica novela del húngaro Sándor Márai (1900-1989) que disecciona la lealtad, la pasión como motor de vida o la importancia redentora de la verdad. Un estreno que se suma a la recuperación en los últimos años de la obra de este escritor que representa como pocos el espíritu de la Europa del siglo XX

Vallromanes, un pueblo a poco más de veinte kilómetros de Barcelona. Suena de fondo algo de música. ¿Es Chopin? Abre la puerta del teatro municipal Abel Folk, que luce una noble perilla y un traje de raya diplomática. Le acompaña en el ensayo Jordi Brau, quien será su compañero de escenario en la puesta de largo de L'última trobada. Poco a poco va llegando el resto del equipo. Pep Planas es el ayudante de dirección y Paco Azorín se encarga de la minimalista escenografía. María Araujo será la responsable de trasladarnos, a través del vestuario, al mundo de Sándor Márai (Kassa, 1900-California, 1989). Y Rosa Novell. Novell, con un papel breve pero preciso, emocionará a muchos. 

Abel Folk (Montesquiu, Osona, 1959) ha combinado su trabajo en varios medios. Tras una larga trayectoria como actor teatral (El ventall de lady Windermere, Agost), y de cine (El coronel Macià), ha dirigido y producido teatro (Pels pèls, Mentiders, Els 39 esglaons) y recientemente ha dirigido, junto con Joan Riedweg, las TV movies Xtrems (premiada en el Festival de Houston, seleccionada en los de Londres y Quebec y con once nominaciones en los premios Gaudí) y Desclassificats. 

Llevaba años Folk con ganas de trasladar a escena El último encuentro, la novela del escritor húngaro en la que dos hombres, amigos desde la infancia, se vuelven a ver después de 41 años. Henrik, rico, aristócrata, y representante de una vieja Europa en decadencia, no se ha movido de su castillo. Konrád, de origen humilde, y con gran sensibilidad para la música, ha vivido en los trópicos. Un día abandonó el imperio austrohúngaro sin previo aviso. ¿Cuál es el secreto que han de confesarse durante esa noche? ¿Qué necesitan resolver antes de morir?

"Hay pocas novelas que te dejen una huella en la memoria tan localizada", sostiene Folk, quien pasará texto por tercera vez esta tarde, consciente de la importancia del tono en el personaje protagonista que interpreta.

Márai es de esos autores que, gracias al milagro de la literatura, ha logrado tener una segunda vida. Se suicidó en Estados Unidos, cuando poco podía imaginar que sus obras volverían a enganchar a miles de lectores en los años noventa. Una amiga de Folk le pasó la novela y el actor quedó entusiasmado. Mucho después, se la volvieron a regalar. Y una vez más, hasta tres. Desde el principio, el director sabía que allí había una obra de teatro. De hecho, Christopher Hampton le dio el papel del viejo Henrik a Jeremy Irons y, bajo el título de Embers, se convirtió en un éxito de la escena londinense.

"No quería hacer una reconstrucción historicista. No me interesa. El teatro necesita otro tipo de comunicación". 

La propuesta de Folk, coproducida por Focus, se podrá ver en el Teatre Romea hasta el 23 de noviembre. Se trata de la versión de Hampton, pero el catalán ha querido ir más allá del propio texto y sugiere romper algunos de los códigos para que el público se meta en la obra desde el primer segundo. Ficción y no ficción irán de la mano como si estuviéramos, en realidad, en otro ensayo.

La fuerza de las palabras
Folk no quiere que el espectador se distancie. La obra es una auténtica ametralladora de frases que no dejan de abofetearnos. Respiramos brevemente, y el tsunami entra de nuevo, con toda la fuerza. No importa la parafernalia. La acción está sumergida en la palabra misma, ese es el pacto de verosimilitud. El público se siente como un intruso, un voyeur, alguien que se ha metido en la intimidad de un grupo de actores que, además de luchar con el texto, lo hacen con los condicionantes de la sala. ¿En qué momento nos habla el actor y en qué momento lo hace el personaje?

"Márai tuvo el talento de escribir lo que muchos pensamos sobre la vida. Por eso estamos trabajando la complejidad. Al espectador le asaltan constantemente sentimientos contradictorios. Son sentimientos simultáneos."

El actor se maquilla ante el público. Prueba los focos. Y, en determinados momentos de la pieza, mira fíjame a los espectadores, subrayando algunos de los temas claves que están tatuados en El último encuentro. 

La novela ya ofrece grandes monólogos a los que el intérprete de Henrik se enfrenta con una concentración máxima. Tampoco lo tiene fácil Jordi Brau, el partenaire que le da las réplicas con inquietantes silencios, con gestos de sorpresa o incomodidad. Uno representa al hombre de honor, al soldado que ha luchado por su patria, y el otro se ha convertido en un delicado viajero, pariente de Chopin y con un carácter peculiar que escondió durante toda su juventud a través de una máscara. Uno responde a una ética militar y el otro a sus pulsiones artísticas. Pero cada cual es responsable de su destino, eso es lo que nos dice Márai.

El anciano recibe a su viejo amigo reproduciendo exactamente la última cena que tuvieron en aquel comedor. Los mismos candelabros, las mismas sillas... pero hay una ausencia que, por su fuerza, se convierte en una figura tan presente -con su butaca vacía- como la de los dos hombres. Krisztina, la mujer de Henrik, muerta hace años, acaba de cerrar un triángulo lleno de sobreentendidos, un secreto jamás abordado y una supuesta doble traición. Sin embargo, y ahí radica la originalidad del texto, no hay reproches. 

"Si se hubieran encontrado al día siguiente de lo que pasó en la cacería, seguramente se hubieran matado y estaríamos hablando de una tragedia. Pero en 41 años, la cólera ha desaparecido", defiende Abel Folk, que sigue mirando el escenario vacío, pensando en los últimos detalles. 

Es, pues, un discurso desde la pasión (la pasión, sin duda, como motor de la vida), pero una pasión hecha brasas, nada trivial ni inmediata, que ha ido dejando poso en ambos. Es un fuego de largo recorrido en el que el gran interrogante no es en qué ha fallado el otro, sino uno mismo. Incluso hay sitio para la ironía. Ambos personajes son autocríticos. Pero en el telón de fondo hay preguntas abismales. ¿Qué es la amistad? ¿Para qué sirve la verdad? ¿En qué dimensión situamos la lealtad?

Márai, que lanza réplicas como si fueran aforismos, reconoce que hay una verdad que se basa en los hechos, pero los hechos a veces "no son nada más que consecuencias deplorables". No hay verdad sin comprensión de la intencionalidad. Henrik intuye, siempre cree haberlo sabido, lo que pasó la víspera de la huida de Konrád. Lo que no ha logrado comprender es cómo se gestó en él esa drástica decisión. Reclama la verdad ofreciendo la verdad. Y en ese cuadrilátero, que durará toda una velada, se sitúa la tensión del diálogo, como un arco.

Amistad y erotismo
Los dos ancianos son, por encima de todo, amigos. Amigos desinteresados. Lo fueron desde muy pequeños, cuando se conocieron en la academia, y lo siguen siendo mientras, después de tanto tiempo y tantas especulaciones, cenan juntos en un ala del castillo. ¿Qué hay, pues, detrás de la amistad? ¿No hay quizás un punto de erotismo en el fondo de todas las relaciones humanas?, se pregunta el general. Un erotismo, matiza, que no necesita del cuerpo, que nada tiene que ver con la atracción sexual. Pero la amistad no puede ser únicamente la coincidencia de gustos y aficiones. Hay una complicidad que trasciende actos, reflejos y circunstancias.

"Es el mejor tratado sobre la amistad que yo conozco. El que con menos palabras es capaz de ser más exacto, más profundo", afirma Folk, tocándose su perilla austrohúngara.

También hay algo de esperanza, por muy remota que sea. ¿Y si realmente el amigo no le traicionó? ¿Y si todo ha sido producto de su imaginación? Sería tan fácil escuchar la negación de Konrád... También podría abrir el diario de terciopelo donde su esposa, Krisztina, apuntaba sus sentimientos. Ahí podría encontrar todas las claves. Pero necesita la palabra del amigo. La importancia de la palabra y de su lealtad.

La novela está contextualizada entre las dos guerras mundiales. No cuesta ver, entonces, en medio de ese diálogo a corazón abierto, metáforas sobre las infidelidades entre pueblos antes unidos y ahora enfrentados. Resulta obvio decir que la guerra es terrorífica, repasar los números, las cifras de muertos. Pero la cuestión, otra vez, es ir a la matriz, saber cómo se ha llegado hasta allí.

Nexos
Al mismo tiempo, nos encontramos dos paisajes simbólicamente opuestos: el bosque como espacio ancestral, refugio del general desolado, frente al orden del ejército. Existe un puente, un nexo, casi indestructible entre ambos lugares, y también un cordón umbilical que une el paso del tiempo. Se trata de Nini, la nodriza, que ha acompañado desde su nacimiento a Henrik (ahí está, contenida, firme y delicada al mismo tiempo Novell, que ya hizo un Márai en el 2010 -La dona justa- con versión teatral de Eduardo Mendoza). "Es la columna de su castillo. Lo sabe todo. Sabe qué hacer para estabilizar al general. Él es un tipo efervescente, tiene tendencia a la depresión y a la euforia. Y ella supone la protección. La verdadera compañía. No es una subordinada. Es el símbolo de la casa", comenta Folk poco después de repasar el texto junto a Novell.

Y es que Nini, muy al principio de la obra, le dice al general que todos perdemos a las personas que queremos. "Si no eres capaz de soportarlo, es que eres un fracasado como ser humano", sentencia. Vivir con las secuelas, sobrevivir pese a lo ocurrido, es otra de las lecciones de El último encuentro.

Abel Folk se cambia de ropa y, ya en la terraza del bar del casal cultural, reflexiona: "Henrik ve la música como un peligro porque es un mundo que no le pertenece. Es el mundo de Konrád. El mundo de su madre o de su mujer. Impenetrable para él".

Aprovecha Jordi Brau para preguntar si finalmente incluirán en la obra la Polonaise-Fantaisie de Chopin. Todos callamos dibujando mentalmente la melodía. Ya parece que suene en el escenario del Romea.

Último encuentro sobre la escena

by on 14:40
                                                                                                                        Fuente: Albert Ll...