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Fuente: Ruben Amón (elmundo.es)
Olivier Py ha desenjaulado a Lear. Ha convertido al rey en un salvaje. Lo ha sepultado entre los huesos y los cráneos de un osario, escarmentando su debilidad y su locura, exponiéndolo a las arenas movedizas que devoran la precaria tarima de madera donde arranca el espectáculo como si fuera el escenario del Globe.
La tierra se traga al rey y se traga a los demás protagonistas de la obra de Shakespeare en el desenlace de una lectura violenta, desangrada, trepidante, más o menos como si la adaptación de la obra del inglés al francés hubiera liberado o exagerado las palabras, redundando en una dramaturgia voraz, intimidatoria y necesariamente polémica.
Polémica porque la crítica de 'Le Monde', por ejemplo, responsabiliza al director francés de haber concebido un espectáculo hermético y gratuito. Hubo espectadores que abuchearon a Py la noche del estreno, como los hubo que abandonaron las localidades del Palacio de los Papas, reprochando el fresco de sangre y esperma con que 'El rey Lear'justifica una extrapolación a la violencia y la ceguera de nuestro tiempo.
Lo escribe Shakespeare en un pasaje visionario del cuarto acto, cuando Edgar conduce de la mano a su padre, Gloucester, en las tinieblas y el exilio: "Es el signo de los tiempos que los locos guíen a los ciegos", poderosa alegoría del mesianismo que Olivier Py, director del Festival de Avignon, subordina al hallazgo conceptual del silencio.
El silencio de Cordelia, hija favorita de Lear que elude emular la coba de sus hermanas cuando el rey se dispone a dividir el reino entre las tres. Olivier Py la amordaza. Le tapa la boca con un esparadrapo. La hace enmudecer y suprime el texto tímido de Shakespeare, exagerando la ira del monarca respecto al laconismo de su Cordelia.
El pasaje demuestra que Py no se limita a traducir el texto. Lo fuerza, lo sobreinterpreta, incluso lo cercena a su antojo para justificar el eslogan en neón que jerarquiza la escena sobre los muros de la residencia pontificia: "Tu silencio es una máquina de guerra".
Adquiere entonces sentido el esfuerzo escénico, brutal y hasta primario con que Olivier Py traslada a los espectadores su concepción del caos y de la destrucción, extrapolando el silencio de Cordelia al mutismo y la pasividad que toleraron los grandes totalitarismos del siglo XX. Y no porque aluda a ellos explícitamente, sino porque 'El rey Lear' alojaría el talento premonitorio de Shakespeare respecto al peligro que implicaba el silencio del lenguaje y de la palabra. Al principio, el Verbo, nos dicen las Escrituras. Y nos lo parece recordar Olivier Py, católico, homosexual, cuando evoca al poeta Yves Bonnefoy en el tránsito de la ontología -Shakespeare en inglés- a la metafísica -Shakespeare en francés-.
No es una mera adaptación. Es una apropiación del texto original para colgarlo en los ganchos del desolladero y exhibir la banalización de la violencia, aunque las intenciones conceptuales de Olivier Py, aclaradas con ahínco pedagógico en el programa de mano, no representan tanto un recurso narrativo como una proyección iconográfica de la brutalidad.
Tanta brutalidad que los actores terminan poseídos al extremar las palabras de Shakespeare. Gritan, se conmueven, se desnudan. Golpean a los espectadores. Y montan al galope la obra de teatro, desdibujando las distancias entre los actos, imprimiendo un perpetuum mobile que Olivier Py dramatiza con la música opresiva de Ligeti y con los brochazos premonitorios de Cy Twonbly en la escena inicial.

Atención y tragaderas

Cordelia la sobrevuela vestida de bailarina, pero su cuerpo de cisne terminará ahogándose en la ciénaga. Que no el agua purificadora del mar ni la catarsis, sino la charca turbia que corrompe a los cadáveres. También el de Lear, un rey timorato y vulnerable que vomita sobre la escena el exorcismo de su hija predilecta.
Tres horas de espectáculo sin pausa ni tiempo para respirar. Olivier Py exige a los espectadores atención y tragaderas. Los implica en la trama como si fueran los súbditos de Lear, expuestos a su proceso degenerativo, ridiculizado por el espejo de un bufón que el director de escena francés traviste de procaz cabaretero.
No ha lugar al destino ni a los poderes cósmicos. De otro modo, la corpulenta dramaturgia de Py hubiera sacrificado el recurso escénico del nihilismo -'Rien', puede leerse en unos tubos de neón- y hubiera evitado que el duque de Cornualles regara al rey con una manguera haciéndole creer que la lluvia lo consolaba.
Es un regate a Shakespeare, pero la versión arbitraria de Py sí respeta el movimiento destructivo con que se embalan las obras teatrales del maestro británico, de tal forma que la primera injusticia de Lear representa el antecedente necesario de todas las demás.
El sueño de la razón produce monstruos, y los esfuerzos argumentales de la trama original -la traición filial, la guerra, el trajín de cartas comprometedoras, el fratricidio- quedan subordinados a las zancadas de una grotesca galería de monstruos que desafinan entre sí para proclamar la muerte de la política y vincular la tragedia del siglo XX al pecado original del silencio. 'El rey Lear', explica Py, "es una profecía de lo que será el mundo moderno y el mundo de la razón, el mundo donde el loco no rechaza su propia locura. El siglo XX ha sido el más abominable de todos los tiempos. Ha sido el siglo de la victoria de la técnica, de la duda del lenguaje y de la banalización del mal".
¿Y el siglo XXI? Tiene sentido hacerse la pregunta porque el propio Olivier Py prolonga en Avignon su concepción oscura y apocalíptica de nuestro tiempo. Esta vez, convirtiendo en materia teatral el primer capítulo de una novela, 'Excelsior', cuyas costuras e interrogantes gravitan sobre la incongruencia de un mundo anestesiado y trivializado que ha renegado de la literatura, de la palabra.
Se titula 'Hacia la alegría' el espectáculo. No en francés, sino en español, precisamente porque la obra responde a una coproducción entre el Teatro de la Abadía y el Festival de Avignon que ya se había estrenado en Madrid y que tenía pendiente asomarse a los espectadores, programadores y críticos del "gran teatro del mundo".
Un salto cualitativo del que se responsabilizó Pedro Casablanc en cuanto actor único y absoluto de un monólogo cuyos extremos escénicos y conceptuales, negro sobre negro, requieren tanta disciplina física como soberanía mental.
"Nunca he realizado un papel tan difícil", nos confesaba el actor español. "Memorizar el texto y realizar un papel tan sumamente físico suponen un tremendo desafío, pero la recompensa de los espectadores ha sido increíble. No sólo por el silencio, por el respeto, por la atención. También por el entusiasmo con que me han acogido".
Hay que desplazarse en coche o en autobús hasta la vecina localidad de Vádene. Y sentarse en un centro cultural de la periferia que bien podría haber construido el arquitecto al que Olivier Py convierte en protagonista de una epifanía anticonsumista. 
Se acuerda uno del mesianismo de Calatrava, aunque el dramaturgo francés no se detiene tanto en un sujeto como en un arquetipo. Y lo somete a un proceso de conversión nocturno, incluso alevoso, que conlleva abjurar del escaparate capitalista.
Igual que una purga, Pedro Casablanc transcurre la obra corriendo sobre una cinta mecánica. Que simula una carretera sin retorno. Y que jalona el desengaño de un mundo amanerado, frívolo, donde los ricos -y no sólo ellos- creen haber vencido la muerte, aunque sea viviendo sin intensidad ni peligros. Aunque sea no viviendo.
Un texto poderoso y también panfletario. Un manifiesto contra la sociedad de consumo. Un camino de expiación que Casablanc recorre de noche hasta purificarse en un vertedero. O no tanto él como el protagonista de su obra, pues Casablanc, aclamado todas las noches, entiende que existen otros caminos menos traumáticos para bajarse del tren de las promesas comerciales: "Mi solución es recogerme en mi huerta de Alicante y contemplar la vida".

LA FRÍA LLAMA DE SREBRENICA

Blanco sobre negro, la 'performance' se llama 'Hope'. Una lápida de colores invertidos. Una reflexión sobre la matanza de Srebrenica que elude el sensacionalismo y hasta los cadáveres, de tanto que se ha banalizado el genocidio. Por eso Haris Pasovic, autor del proyecto aviñonés, ha escogido un mediometraje que recorre los escenarios de la masacre tal como los ha encubierto la naturaleza. Parecería un bucólico documental de La 2 si no fuera porque los bosques y otros parajes naturales esconden las cifras y los cuerpos de un crimen descomunal. Allí donde la naturaleza se ha abierto camino, la memoria permanece sepultada. Y Pasovic opone a cada paisaje los muertos que hubieron de desenterrarse. No todos. Porque un millar aún permanecen enterrados. Hope quiere decir esperanza. En sentido sarcástico. Y no sólo sarcástico, pues las viudas de Srebrenica y los huérfanos conservan una esperanza irracional y otra racional. La irracional fantasea con el regreso de los hombres y adolescentes que se fueron. La racional confía en que los forenses finalicen su trabajo 20 años después de haberse cometido el último gran genocidio de la historia de Europa. Lo recuerda la anciana actriz bosnia que recibe a los espectadores en el vestíbulo de la sala, sujetando en su regazo algunas imágenes de los desaparecidos. Y lo recuerda también el panel donde aparecen los mártires, como si fuera un reflujo de Auschwitz.

Fuente: Álex Vicente (elpais.com) | Foto: Anne-Christine Poujoulat (AFP)
Para entender en qué consiste Aviñón, basta con presenciar dos escenas distintas. Una es diurna y la otra, nocturna. La primera exige instalarse en un punto estratégico de la Rue de la République, que une la muralla de la ciudad con el Palacio Papal, para ver pasar a las decenas de compañías que aspiran a seducir al transeúnte, espectador potencial de las cerca de 1.500 obras que Aviñón propone hasta el 25 de julio. Se enfrentan así a un rito iniciático para todo actor francés: quemarse bajo el sol —la ciudad presume de tener más de 300 días soleados al año— repartiendo octavillas y enunciando sus eslóganes a grito pelado por calles, plazas, restaurantes, claustros y capillas, esperando ser descubiertos por alguno de los programadores que barren la ciudad en busca de un diamante en bruto al que poder pulir. El programa es de calidad variable —seamos educados— y cubre un amplísimo espectro, de una versión de Las preciosas ridículas en el París actual hasta una adaptación de Los Miserablescon marionetas. “¡Una comedia musical para un solo intérprete!”, vociferan unos. “¡Una adaptación de Sartre en el espacio exterior!”, responden los demás.
La segunda escena acontece algunas horas más tarde, pasada la medianoche, en el llamado bar del in. Allí, las compañías que conforman la programación oficial —responsables de las 39 obras que pretenden condensar lo mejor del teatro y la danza de nuestros días— se dan cita al terminar sus respectivos espectáculos. La entrada a este patio arbolado es con invitación. Suele reunir a algunas de las compañías más reputadas de toda Europa, compartiendo botellas de vino y pintas de cerveza en escasos metros cuadrados, satisfechos por el aplauso recibido o digiriendo todavía el abucheo escuchado, pero siempre conscientes de haber alcanzado una cima en su carrera: presentar una obra en el mayor festival teatral del mundo, con el permiso de su archienemiga Edimburgo. Allí se encuentran, por ejemplo, los actores del genio polaco Krystian Lupa, que triunfa estos días con su enésima adaptación de su admirado Thomas Bernhard, Wycinka Hölzfallen, ácido retrato de los círculos intelectuales vieneses que el director ha convertido en un feroz alegato de cuatro horas y media en favor del poder insobornable del arte. Algo más allá, se vislumbra al joven director franconoruego Jonathan Châtel, que adapta a August Strindberg en Andreas, atravesada por la crisis de fe del dramaturgo sueco y convertida ya en otra de las revelaciones de un festival que, en el pasado, ha encumbrado a nombres como Jeanne Moureau, María Casares, Philippe Noiret, Robert Wilson, Peter Brook, Merce Cunningham o Pina Bausch.
Estos dos colectivos representan a las dos esferas que contiene Aviñón, donde el teatro popular convive con el culto, pero no frecuenta los mismos lugares. Aquí, el teatro es un gesto poético —y, a menudo, también político, vista la historia del certamen—, pero también alimento para la industria del espectáculo, que ve en Aviñón un fructuoso mercado anual. “Aviñón es la fiesta de la inteligencia y de la conciencia”, resume su director, el poeta y dramaturgo Olivier Py, personaje fundamental del teatro francés de las últimas décadas, que se enfrenta a su segunda edición al frente del certamen. Sobre el papel, tendría que ser más tranquila que la primera, cuando la aguerrida huelga de los trabajadores eventuales logró suspender la inauguración. “¿Tranquila? Aviñón nunca es un lugar tranquilo. Las obras se encargarán de crear alboroto”, desmiente el director.
Su pronóstico quedó validado desde el día de la apertura, a cargo del mismo Py, que resucitó a El rey Lear con división de opiniones en el patio de honor de la antigua residencia papal, grandilocuente recordatorio de los tiempos en que Aviñón fue capital del mundo cristiano y centro neurálgico del certamen desde su creación en 1947. Sesenta y nueve ediciones atrás, su impulsor fue un joven actor y director teatral llamado Jean Vilar, decidido a despertar la vida cultural en la ciudad y a recomponer así la cohesión social que la guerra había hecho añicos. Vilar fue un gran renovador de la anquilosada escena francesa, partidario de un teatro intelectualmente elevado pero apto para el gran público, que decidió desempolvar los textos clásicos favoreciendo lecturas compatibles con las preocupaciones de su tiempo. Py, a quien le gusta presentarse como hijo espiritual de Vilar, apuesta por esa misma aproximación al ejercicio teatral. “Un festival no es solo una lista de espectáculos, sino un acontecimiento político. Es el lugar donde la cultura toma la palabra y dice lo que piensa sobre el estado del mundo”, reza el director.
Por la ciudad provenzal tendrían que pasar este mes hasta un millón de espectadores, lo que convierte esta cita en principal motor de la economía local. “La cultura ha sido el petróleo de esta región”, afirmó en su día Alain Crombecque, que comandó Aviñón durante los ochenta. En la edición de 2014, hubo 108.000 en el in y unos 750.000 en el off, por un total de 1,3 millones de entradas en tres semanas, que generaron beneficios de 22,9 millones de euros en la ciudad, y entre 40 y 45 millones en todo el departamento, según datos de la Cámara de Comercio. En 2015, el presupuesto del certamen es de 13,3 millones de euros (a título comparativo, el Festival de Mérida cuenta con 3,5 millones de presupuesto). La dotación, financiada al 52% por el Estado y las instituciones locales —el resto procede de los recursos propios del certamen—, se encuentra este año a la baja, lo que ha obligado a reducir la duración en dos días menos. “Un error estratégico, político y económico”, según Py.
Pero la importancia de la cita en el paisaje cultural francés sigue dando fe de la importancia que los autóctonos otorgan a la creación artística. El presidente François Hollande acudirá el viernes a Aviñón para inaugurar una exposición dedicada a otro de los hijos pródigos del certamen, el desaparecido Patrice Chéreau.

“Aviñón no es la Europa de los bancos”

Desde que Olivier Py tomó el control de este certamen dejó clara su voluntad de explorar el teatro de la cuenca mediterránea y los países árabes. "El año pasado invitamos a Grecia y este año nos hemos centrado en Portugal. Tenemos que abrirnos a esos países, aunque sea más fácil seguir programando solo a compañías de Berlín y Ámsterdam", ironiza el director del festival, en referencia a la habitual preferencia de los certámenes por esas ciudades. "Aviñón debe tomar conciencia de la Europa del sur, que es la Europa de la cultura, y no solo centrarse en la del Norte, que es la de los bancos. Una Europa sin Grecia no es Europa", sentencia Py.
Sin embargo, el programa también abarca otras esferas. Hasta tres espectáculos -el Rey Lear del mismo Py, pero también el Ricardo III de Thomas Ostermeier, estrenado anoche en la Ópera de Aviñón, y una adaptación minimalista de Antonio y Cleopatra por Tiago Rodrigues, nuevo director del Teatro Nacional de Lisboa- reexaminarán hasta finales de julio la herencia del bardo inglés. Por otra parte, Isabelle Huppert recitará el jueves distintos textos del Marqués de Sade en el patio de honor del Palacio Papal, mientras que Fanny Ardant hará lo propio con un escrito de Christa Wolf. El coreógrafo Angelin Prejolcaj regresa a Aviñón con Retour à Barratham, y el director Kirill Serebrennikov ha despertado expectación con una adaptación de Los idiotas, de Lars von Trier, en la Rusia de hoy.
Pedro Casablanc será el único representante del teatro español con el monólogo Hacia la alegría,primera coproducción entre Aviñón y el Teatro de la Abadía, que ya pudo verse en Madrid a finales de 2014. Tres directores argentinos completan el programa: Sergio Boris (El síndrome, a partir del 8 de julio), Claudio Tolcachir (Dinamo, a partir del 16 de julio) y Mariano Pensotti (Cuando vuelva a casa voy a ser otro, a partir del 18 de julio).

Fuente: Álex Vicente (elpais.com) | Foto: Christophe Raynaud de Lage
El poeta y dramaturgo Olivier Py inauguró anoche el Festival de Aviñón, gran cita europea del mundo de la escena de la que él mismo es director desde 2014, con una adaptación turbia y violenta de El rey Lear de William Shakespeare, acogida con división de opiniones en el patio del Palacio Papal de la antigua capital del cristianismo, escenario habitual de trifulcas y polémicas desde finales de los años 40. Empezaban así tres semanas de teatro, danza, ópera y circo, en un surtido programa formado por cerca de 1.500 espectáculos, tanto en el sofisticado in –38 obras seleccionadas por Py, que aspiran a resumir lo mejor del teatro contemporáneo– como el polimórfico off, que este año cumple medio siglo de vida.
La presente edición empieza con una atípica variación del universo de Shakespeare, trasladado por Py al siglo XX en una versión del texto que parece emparentada con el teatro del absurdo y que responde “a una larga meditación de treinta años sobre su obra”. En su día, el gran teórico Jan Kott ya comparó a Shakespeare con Ionesco y detectó los primeros gérmenes de la radical propuesta de Beckett entre los versos de El rey Lear, como si el relato de este monarca que pierde la cabeza al abdicar constituyera “la profecía de lo que iba a suceder en Europa tres siglos después de su escritura”, según el propio Py.
El director y dramaturgo fuerza hasta las últimas consecuencias esta lectura del texto, que presta especial atención al misterioso silencio de Cordelia, esa hija que no logra declarar el amor incondicional por su padre y desencadena así su locura y el caos en todo el reino. En el centro del escenario, donde los neones blancos y contemporáneos contrastan con la solemnidad de la piedra medieval, Py ha colocado un cartel luminoso que reza Rien. Una decena de personajes erraran sin rumbo fijo, durante dos horas y media, alrededor de esa nada. “La obra nos habla de forma muy precisa sobre lo que sucedió entre 1914 y 1989”, añade Py. Es decir, la transformación de la guerra en exterminación masiva, acompañada de la desaparición de los puntos de referencia que erigió el humanismo, de la banalización del mal y la “prostitución del lenguaje”, en palabras del responsable de esta adaptación.
Py refuerza aún más esta trasposición a los tiempos de conflictos mundiales y devastadas posguerras sirviéndose de una escenografía que remite a las rupturas estilísticas del siglo pasado, con un panel abstracto en medio de la escena que bien podría haber trazado Cy Twombly y sobre el fondo de la música dodecafónica de compositores como György Ligeti, George Crumb y Philippe Hersant. Una vez más, Py logra trazar una exploración novedosa de los personajes shakesperianos, como ya hizo en su montaje de Romeo y Julieta en 2012, donde convertía a sus protagonistas en dos adolescentes descerebrados. Aquí, Lear es un rey chocho, desconcertado y literalmente desnudo, temblando sobre un escenario que también se tambalea: a partir del segundo acto, las tablas desaparecen y dejan lugar a una fosa circular de tierra negra que no tardará en tragarse, uno a uno, a una serie de personajes hundidos en las arenas movedizas de la modernidad.
Las brillantes ideas de Py no siempre están trasladas con acierto en un montaje marcado por su gusto habitual por el exceso, la afectación y una teatralidad abarrocada, por momentos algo contraproducente, lo que explica el hastío y el disgusto de algunos espectadores. No se produjo, en cualquier caso, el éxodo masivo de espectadores que había marcado otras aperturas y los aplausos superaron a los silbidos. Pero la apertura anuncia una edición que será, como casi todas las precedentes, obligatoriamente agitada.

Mucho Shakespare y tres argentinos

El rey Lear es solo el primero de los tres espectáculos consagrados a reexaminar la herencia de William Shakespare en esta edición. El alemán Thomas Ostermeier, director del prestigioso Schaubühne de Berlín y presencia fija de este certamen, estrenará su adaptación de Ricardo III este lunes, mientras que el portugués Tiago Rodrigues hará lo propio a partir del 12 de julio con Antonio y Cleopatra.
Isabelle Huppert protagonizará una lectura de los textos del Marqués de Sade en el Palacio de los Papas, mientras que el coreógrafo Angelin Prejolcaj vuelve a Aviñón por primera vez desde 2001 con Retour à Barratham, orquestada con el novelista Laurent Mauvignier y el artista contemporáneo Adel Abdessemed. Jóvenes directores de la escena francesa como Samuel Achache, Benjamin Porée y Jonathan Chatel completan el programa con sus últimas propuestas. En el plano internacional, el veterano director polaco Krystian Lupa se estrenará en Aviñón con una adaptación de En la linde de los árboles, relato de su padre espiritual Thomas Bernhard. Y el ruso Kirill Serebrennikov adapta Los idiotas, de Lars von Trier, transponiéndola a los días de la Rusia de Vladimir Putin.
En el programa también figuran tres directores argentinos: Claudio Tolcachir (Dinamo, a partir del 16 de julio), Sergio Boris (El síndrome, a partir del 8 de julio) y Mariano Pensotti (Cuando vuelva a casa voy a ser otro, a partir del 18 de julio). Por su parte, Pedro Casablanc estrenará el martes 7 el monólogo Hacia la alegríala primera coproducción entre Aviñón y el Teatro de la Abadía dirigida por el mismo Olivier Py, que ya pudo verse en Madrid a finales de 2014.

Font: EFE via ara.cat
El teatre procedent de Buenos Aires serà el convidat especial del Festival d'Avinyó d'aquest any, que inaugurarà el 4 de juliol el seu màxim responsable artístic, l'actor, escriptor i director d'escena Oliver Py amb l'estrena d''El Rei Lear', de William Shakespeare.
Aquesta serà la primera obra de les tres de Shakespeare programades al festival i anirà seguida per l'estrena de 'Ricard III' el 6 de juliol, del berlinès Thomas Ostermeier, segons ha informat Py a la presentació del festival aquest divendres.
La 69a edició d'aquest certamen, considerat com un dels més importants del món en el camp de les arts escèniques, estrenarà 35 produccions, 16 de les quals ha produït o coproduït. El festival també ha programat 'Antoni i Cleòpatra', la tercera creació inspirada en el dramaturg britànic, que estarà dirigida pel portuguès Tiago Rodrigues, director del Teatre Nacional Doña María II de Lisboa, i que es veurà per primera vegada a França del 12 al 18 de juliol.
La trobada conclourà el 25 de juliol, dos dies abans que l'organització voldria per un dèficit pressupostari de 240.000 euros causat per la vaga de treballadors temporals de l'espectacle i la meteorologia desfavorable del 2014. Tot i això, el festival no perd l'atractiu de la seva programació. Avinyó estrenarà 'Syndrome' del 8 a l'11 de juliol, de Sergio Boris, la primera de les tres creacions argentines del certamen. Claudio Tolcachir prendrà del 16 al 23 de juliol per presentar 'Dínamo', mentre que Mariano Pensotti portarà a la ciutat francesa del 18 al 25 de juliol 'Cuando vuelva a casa voy a ser otro'.
El festival ha convidat autors com Valère Novarina, Éric Reinhardt, Kamel Daoud, Botho Strauss i Dimitris Dimitriadis. Entre altres espectacles, destaquen obres com 'Andreas', de Jonathan Châtel, inspirat en 'Le Chemin de Damas' d'August Strindberg; la lectura diària de 'La république de Platon', d'Alain Badiou, o la de 'Justine o les dissorts de la virtut', de Sade, protagonitzada per Isabelle Huppert el 9 de juliol.

Font: Vincenç Batalla (elpuntavui.cat)
Un cop haver assistit a la peça inèdita Orlando o la impaciència, del nou director del Festival d'Avinyó Olivier Py al flamant espai extramurs de La Fàbrica, hagués estat realment injust anul·lar el certamen. És el seu mateix responsable qui posa les preguntes sobre la creativitat artística i el poder durant aquest espectacle de gairebé quatre hores. Excessiu per a alguns, però igual de suggestiu i irreverent com la resta d'un esdeveniment que és en si mateix una gran fàbrica de discussions i baralles dels intermitents de l'espectacle contra la reforma del seu estatut aprovada pel govern francès de Manuel Valls. Això, i una meteorologia de llamps, trons i aiguats, fa d'aquesta edició que va viure una no inauguració divendres passat a causa de la vaga puntual dels intermitents una cita més política que mai.
Actors i tècnics d'Orlando i la impaciència apareixen a l'escenari abans de començar l'obra, amb el quadradet vermell a la solapa, símbol del combat dels intermitents, per fer escoltar al públic la lectura enregistrada d'un discurs reivindicatiu que sembla escrit per a l'ocasió. Fins que, al cap d'uns deu minuts, aquesta lectura s'acaba recordant que es tracta d'un discurs de Victor Hugo a l'Assemblea Nacional el 1848 en contra de les retallades pressupostàries a la cultura. Després, en aquesta mena d'autobiografia del propi Py que va dirigir l'Odéon-Thèatre de l'Europe parisenc abans de ser acomiadat per l'exministre del ram Fréderic Mitterrand, Orlando experimenta un garbuix de desitjos i frustracions trufats de comèdia on el ministre s'acaba transformant en dona a la manera de la novel·la andrògina de Virginia Woolf. És impossible no veure-hi l'actual ministra Aurélie Filippetti.
“No em plantejo anul·lar-lo, no ho faré pas”, ha repetit sense parar a la premsa aquests dies Py, que a més és el primer artista que dirigeix el certamen des del seu fundador, el 1946, Jean Vilar. Ni els ministres ni el cap de l'executiu Valls són ben rebuts a Avinyó, però el seu director intenta evitar que la vaga del primer dia es torni a repetir. Després de l'estrena a La Fabrica, ell mateix té dues altres obres programades: un espectacle infantil a partir de contes dels germans Grimm i una peça sobre la crisi econòmica a Grècia.
Música entre bastidors
L'altre enemic de la nova direcció és la climatologia. Diumenge, la versió d'El príncep d'Hamburg de l'italià Giorgio Barberio Corsetti al Pati d'Honor del Palau dels Papes es va haver de donar per acabada vint minuts abans a causa de la tempesta que va caure sobre la ciutat. Dilluns es va suspendre la primera representació en una pedrera del Mahabharata, del japonès Satoshi Miyagi. I, la mateixa nit, l'espectacleCop fatal de música i dansa congolesa dirigit pels belgues Alain Platel i Fabrizio Cassol es va aturar ben bé una hora per un nou aiguat intempestiu.
En aquest últim cas, els espectadors vam tenir la sort de veure'l fins al final i comprovar que aquest encontre entre els dotze músics de Kinshasa sota la batuta del guitarrista Rodríguez Vangama i el jove cantant d'àries barroques també congolès Serge Karudji és una de les sorpreses teatral i musicalment més refrescants de la temporada. Es va estrenar setmanes abans a Viena i arribarà al novembre a Girona dins del Temporada Alta.
L'inici del festival està agradablement marcat per la música. L'artista plàstic anglès Alexandre Singh firma la seva primera composició teatral amb Els humans, que recrea l'origen i perdició de la humanitat a través d'una òpera bufa on la tragèdia fa costat a la commedia dell'arte.
Sergi López a l'‘off'
Dilluns, un 10% del miler de companyies presents a la programació alternativa de l'off fins al 27 de juliol van secundar una crida a la vaga. La mateixa tarda poc abans de l'actuació li vam fer la pregunta si s'hi apuntarien els catalans Sergi López i Jorge Picó, que estrenen la versió francesa de 30/40 Livingstone. “Nosaltres no gaudim del règim francès dels intermitents, però hi ha la possibilitat de deixar un percentatge del que es guanya a la caixa de resistència”, ens va contestar Picó. “Alguna cosa o altra farem perquè, efectivament,, tot i la diferència entre els països, estem en un moment en què a Europa toca ajuntar-se i lluitar col·lectivament”, va afegir López.
Després, l'actor de Vilanova i la Geltrú ens va fer aquest recordatori: “L'any passat no vam venir i ja ho teníem tot a punt, perquè ens costava massa pasta. Tants diners que, fins i tot omplint tot el temps, perdíem peles. I no saps si vindran bolos. Aquest any venim i sabem que nosaltres dos no cobrem”. La diferència, aquest any, també és que l'institut Ramon Llull els ajuda en la logística, en una aposta de l'organisme de la Generalitat per mostrar un cap de cartell potent que atregui després les mirades cap altres companyies menys conegudes.El seu espectacle és un dels majors reclams de la sala La Luna i una bona part de la crítica local s'hi va desplaçar divendres perquè hi havia vaga al festival in. “Nosaltres, a l'off som saltimbanquis. I, si ens surten bolos, anirem al seu poble a actuar. De fet, han vingut més programadors aquí en un sol dia que quan vam estar no sé quants dies al Teatre Lliure a Barcelona o a La Abadia, a Madrid”, van comparar ambdós.
En aquest pas a dos, on López prolonga el seu monòleg de Non solum que ja va presentar en el seu moment a França i Picó no només dirigeix sinó que apareix amb unes banyes de cérvol, tampoc desaprofiten l'oportunitat per parlar indirectament de l'actualitat. “A Catalunya sortia el nom de l'Urdangarin. Aquí hem trobat una altra cosa, sense dir el nom de la persona. Però tothom entén qui és perquè ha estat recentment en detenció i l'han acusat. Bé, és el Sarkozy”, ens va confessar amb un somriure maliciós López.

Avinyó a la catalana, de nou

Per tercer any consecutiu, l'Institut Ramon Llull de la Generalitat (IRL) apadrina un grup de companyies catalanes perquè es puguin mostrar a l'‘off' del festival d'Avinyó. A part de Sergi López i Jorge Picó, hi estan presents el grup per a públic juvenil Ytuquepintas, el col·lectiu de ‘hip-hop' KulbiK, la coreògrafa Lali Ayguadé amb La Veronal i el trio de circ PSIRC.
PSIRC està format per Anna Pascual, Adrià Montaña i Wanja Kahlert, i a principis de setmana es trobaven ja a Avinyó per preparar el seu espectacle ‘Acrometria' dins l'espai de la regió Migdia-Pirineus, que acull altres companyies de circ contemporani europees i nord-americanes. Avinyó és la cirera per a un grup creat el 2011 i que acaba d'actuar al Brasil i Anglaterra.
Preguntats sobre què pensen de la mobilització dels intermitents, ens ho van resumir així: “Aquí estan lluitant per defensar l'estatut de la intermitència i, a Catalunya, es lluita perquè el circ no sigui un art discriminat”.
Ho deien a la planta baixa de l'Espai Manon, a la plaça dels Celestins, que s'ha cedit per primer cop a l'IRL per a la seva promoció. Són just a sota on la Coordinació dels Intermitents i Precaris (CPI) té la seu de campanya.