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Fuente: Javier López Rejas (elcultural.es) | Foto: Sergio Enríquez Nistal

Reikiaivk nace de una imagen. Juan Mayorga (Madrid, 1965) ve en el parque a dos hombres unidos y separados por un tablero de ajedrez. Piensa: ¿y si no están jugando al ajedrez, sino a reconstruir lo que pasó en Reikiavik en el verano de 1972, poniendo en liza no sólo a Fischer y a Spasski sino también a la madre de Fischer, a la mujer de Spasski, a los espías de la CIA y del KGB, a Kissinger, al Soviet Supremo…?, ¿y si han jugado a esto muchas veces y cada vez que lo hacen sortean quién hace de Fischer y quién de Spasski, como si echaran a suertes las blancas o las negras?, ¿y si hoy Waterloo y Bailén -así empezó a llamar a sus personajes- van a jugar por última vez e invitan a un muchacho a hacerlo con ellos? Mayorga, Premio Valle-Inclán de Teatro, estrena este viernes, 27, en Avilés, como autor y director, un montaje que tiene a Daniel Albaladejo, César Sarachu y Elena Rayos como únicos protagonistas.Además, a punto de estreno, Famélica, dirigida por Jorge Sánchez, y su versión de Fuente Ovejuna dirigida por José Luis Arellano para la Joven Compañía. Todo, mientras estudia cómo subir al escenario su obra Los yugoslavos.

¿Qué le atrajo de aquel duelo ajedrecístico?
La batalla de Reikiavik fue una miniatura de la Guerra Fría. Pero más allá de eso, fue el encuentro de dos seres humanos fascinantes. Dos genios que, después de haber representado a los países más poderosos del mundo, acabaron en el exilio. Por lo demás, amo el ajedrez, y siempre que veo a dos personas practicándolo siento envidia. El ajedrez es memoria e imaginación, como el teatro y la vida.

¿Cómo ha planteado la puesta en escena?
De una forma ajedrecística en un doble sentido: por un lado, porque Bailén y Waterloo ponen personajes en juego como si moviesen piezas en un tablero; por otro, porque esos personajes ocupan el espacio conforme a la simetría radial característica del ajedrez, aunque aquí lo que se enfrentan no son blancas y negras sino los mundos de Spasski y Fischer. No se trata de teatro historicista o documental. No aspiramos a contar lo sucedido tal como fue, sino como se lo imaginan unos hombres para los que representar -cada vez de forma distinta- lo sucedido en Reikiavik se ha convertido en la pasión de sus vidas. No buscamos competir con los historiadores, sino presentar una mentira que, sin embargo, es en algún sentido verdad. Está basada, además, en el buen hacer de tres grandes actores y en su capacidad para convocar la complicidad del espectador.

¿Cómo ha superpuesto la multiplicidad de personajes?
César, Daniel y Elena apenas utilizan elementos de atrezzo -un sombrero, una gorra, una bufanda, unas gafas, un pendiente-. Construyen los distintos personajes con la voz y el gesto y, sobre todo, con la fantasía del espectador. Se trata de hacer sencillo lo complejo y, sobre todo, de que actores y espectadores gocen con ello.

¿Qué mensaje o si se quiere "moraleja" tendría Reikiavik?
El teatro en el que creo debe ofrecer acción y emoción, poesía y pensamiento. Eso es lo que he buscado en Reikiavik. El mensaje será el que quiera encontrar cada espectador, y será distinto para cada persona.

¿Realizar en esta obra un juicio al mundo contemporáneo?
No hago teatro para juzgar, sino para comprender. Intento comprender quiénes fueron Fischer y Spasski y, sobre todo, quiénes son Waterloo, Bailén y ese muchacho que, en lugar de seguir caminando hacia el colegio, elige incorporarse al juego. Intento comprender quién soy yo.

¿Qué papel juega el muchacho interpretado por Elena Rayos?
Ese muchacho -o muchacha- es un personaje fundamental. Waterloo quiere ver en él un heredero, pero para que lo sea tendrá que ser aceptado por Bailén, quien lo somete a examen. Además, es de algún modo el representante del espectador. Elena ha sabido darle una presencia decisiva.

Waterloo y Bailén, ¿por qué estos nombres?
Son nombres elegidos por los propios personajes, cada uno de los cuales no sabe cómo es la vida del otro fuera del espacio de juego. Se trata, como es sabido, de dos derrotas napoleónicas.

¿Se siente satisfecho del teatro español en estos momentos?
Cada temporada hay varios espectáculos artísticamente importantes. Pero no podemos sentirnos satisfechos, porque queda mucho por hacer. Hay muchos asuntos sobre los que hablar, muchos lenguajes que explorar, muchas preguntas que hacer…

Fuente: Rocío García (elpais.com) | Foto: Malou Bergman
La casualidad ha querido que Juan Mayorga elija un parque de Carabanchel, su barrio de niño, entre tres o cuatro mesas desperdigadas por la arena, junto a los columpios infantiles, en las que se adivinan tableros de ajedrez pintados, algo desdibujados. Como ese que acaba de dejar en una sala de ensayos cercana, en la que este autor teatral prepara la que va a ser su segunda obra como director, Reikiavik, un combate en toda regla que recrea el duelo que se desarrolló en el verano frío y lluvioso de 1972 de la capital islandesa entre el entonces campeón del mundo de ajedrez, el soviético Borís Spassky y el retador norteamericano, Bobby Fischer.
Más allá de un combate de piezas blancas contra negras, Reikiavik es la historia de dos genios que ponen en juego muchas partidas, no solo la suya, sino también la de dos potencias enfrentadas, Estados Unidos contra la Unión Soviética, la libertad frente a la dictadura, que van tensando la cuerda en torno a ese tablero de un juego que quieren ganar a toda costa. Protagonizada por César Sarachu y Daniel Albaladejo, junto a Elena Rayos, la obra escrita por Mayorga se estrena el día 27 en el Teatro Palacio Valdés de Avilés para pasar la próxima temporada a un centro nacional.
“Descubrir una teatralidad implícita que no se anticipa en el texto”. Bajo este desafío, Mayorga (Madrid, 1965), dramaturgo, filósofo y matemático, Premio Nacional de Teatro en 2007, se enfrenta como director a la segunda obra que ha escrito, tras su estreno con Lalengua en pedazos. “El hecho de que un autor dirija su obra no hace que esa puesta en escena sea la definitiva, porque no existe tal cosa en el hecho teatral. Es más, hay varios intentos en el extranjero de montar Reikiavik de los que estoy seguro de que los directores encontrarán cosas que yo no he visto en el texto. Cada mirada descubre aspectos nuevos. Me pasó con La lengua en pedazos y con Reikiavik. Cuando los escribía iba sintiendo que podía aportar algo a la propia puesta en escena que no estaba en el texto, que había algo de misterioso que debía de descubrir luego sobre un escenario”.
El foco mundial estuvo puesto en Reikiavik esos días en los que se celebró el Campeonato Mundial de Ajedrez, una suerte de miniatura de la Guerra Fría que se libró en ese verano ventoso en Islandia. “No vengo a ganar una guerra; vengo a una fiesta del ajedrez” advirtió, no sin mucho éxito, Spassky ante ese circo mediático y político. Tras mes y medio de un juego plagado de conflictos y tensiones, se rindió por teléfono y Fischer se alzó como el gran campeón de los tableros.
Esta historia persigue a Mayorga desde hace tiempo. Era un niño entonces, pero recuerda las noticias y las imágenes en torno a ese duelo. Años más tarde, reflexionó sobre lo que ocurriría si esos dos genios, acompañados por equipos de entrenadores deportivos y religiosos, la presión de madres y esposas y el interés inusitado de los políticos de ambos bandos, se enfrentaran a la misión de defender unos días las piezas blancas y otros las negras, en una suerte de ruleta rusa.
Así nació Reikiavik en la escritura. Fue publicada el año pasado en la primera antológica de piezas largas publicadas por La Uña Rota, escritas de 1989 a 2014, cuando se cumplieron 20 años del primer montaje de Mayorga que subió a escena: Más ceniza.
Y ahí están sobre las tablas dos hombres misteriosos, fanáticos del ajedrez, Bailén (Daniel Albadalejo) y Waterloo (César Sarachu), quizás un ejecutivo con pocas ganas de regresar al domicilio conyugal y un profesor jubilado, que se retan en un parque cualquiera, ante un tablero también desfigurado por el tiempo, y unos días juegan a ser Spassky y otros Fischer. Ese día, la última partida la juegan delante de un joven estudiante (Elena Rayos), testigo excepcional del combate, que elige no presentarse a un examen final con tal de contemplar ese rifirrafe emocional, doloroso, pero también feliz, entre dos hombres que recuerdan la gloria del campeonato de Reikiavik. Emulando la simetría radical del ajedrez, la dama negra contra la blanca, las piezas en un lado y en otro, Mayorga ha organizado en escena la simetría de dos mundos, el soviético y el norteamericano, Spassky y Fischer, con una proliferación de voces y personajes que desfilan a lo largo de la representación: psiquiatras, analistas, técnicos del tablero, Kissinger, el Sóviet Supremo, la madre del ajedrecista nacido en Chicago o la mujer del jugador ruso. Una gorra o un sombrero, unos pendientes, una bufanda o unas gafas.
Con esos elementos y la confianza del espectador, Mayorga va dando paso a una historia apasionante en la que los dos actores van representando a los diferentes personajes. “La fuerza enorme del teatro es la de que un actor sea capaz de construir todos esos personajes solo con un objeto. Ahí está el virtuosismo de estos dos magníficos actores con autoridad y capacidad de proponer ese pacto al espectador. Frente al tópico de que el espectador se come el jarabe a cucharadas, la verdad es que quiere ser respetado y disfrutar descifrando una inteligibilidad”, asegura.
La memoria y la imaginación, elementos clave del ajedrez, descansan también en Reikiavik. Un único escenario al aire libre con una suerte de telón al fondo, en el que de manera poética surgen imágenes evocadoras para finalizar con las gradas de un auditorio lleno de rostros famosos —Marilyn Monroe, John Kennedy, Jesucristo, Lenin...— en una suerte de juicio universal.