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Fuente: Rocío García (elpais.com) | Foto: Samuel Sánchez
Una de las acepciones de la palabra fiebre en el Diccionario de la Real Academia Española dice así: “Viva y ardorosa agitación producida por una causa moral”. Eso fue lo que sintió hace ya años el actor y dramaturgo norteamericano Wallace Shawn, conocido por sus trabajos con Woody Allen, cuando viajó a un país africano. Lo que descubrió le obligó a someterse a una revisión física, psíquica, política y espiritual.
Y por eso puso el título de La fiebre a un texto personal, una confesión descarnada y muy crítica, que convirtió poco después en un monólogo teatral. Fue en 1991. Han pasado más de 20 años y ese relato sigue tan vigente o más que entonces. Bien lo sabe Israel Elejalde, el actor madrileño de 41 años, uno de los rostros más potentes y de mayor proyección en el panorama teatral español, que desde ayer pone en escena ese monólogo en la Sala Cuarta Pared, de Madrid, donde estará todos los jueves, viernes y sábados de los meses de mayo y junio. La obra ya estuvo en cartel de manera puntual el año pasado.
Confiesa Elejalde, hombre inquieto que interpreta, dirige y escribe, que este proyecto, largamente acariciado, nació de una necesidad personal cuando la crisis económica estalló de manera dramática en la gente. “Me tiré año y medio buscando textos. Me resultó difícil porque encontrar algo que te haga reflexionar sin adoctrinar ni aburrir no es fácil. En cuanto leí el relato de Wallace Shawn tuve claro que eso era lo que quería”. Era un monólogo, algo que Elejalde no se había planteado ni había hecho nunca, pero la fuerza del texto, esa reflexión sobre la decencia y la conciencia de un hombre rico del Primer Mundo ante la pobreza del Tercer Mundo, no se podía abandonar así sin más. El crowdfunding, el apoyo del director Carlos Aladro, de productoras como Kamikaze y la inversión del propio Elejalde hicieron el resto. “Fue una decisión difícil porque, en un principio, no me apetecía hacer un monólogo. Estar en un escenario es algo muy duro, se sienten muchos nervios y mucho miedo, uno se expone, se abre en canal para mostrar lo que es. Y tener un compañero al lado es como el aliado que te acompaña en el viaje. El monólogo es una lucha titánica contra la soledad. Es un río en el que en cualquier momento sube la corriente y te arrastra. Es escalar un ochomil”, explica el actor que ha protagonizado en los últimos años las obras dirigidas por Miguel del Arco, La función por hacer, Veraneantes y Misántropo.
En el tiempo transcurrido desde que Shawn, hijo del editor de The New Yorker que aceptó el envite de Hannah Arendt para cubrir el juicio del nazi Adolf Eichman en Jerusalén, escribiera este texto y lo expusiera primero en privado, en casa de sus amigos ricos, y luego saltara a los escenarios de Broadway, parece que las cosas no han ido a mejor. “Desde entonces ha habido una aceleración histórica tan fuerte que con los años se ha hecho más actual. La crisis ha ahondado la brecha entre los ricos y los pobres. Shawn lo escribe desde la perspectiva de un hombre de clase alta que se topa con una realidad aterradora de pobreza. ¿Qué ha pasado en estos años? Que no hace falta viajar a un país del Tercer Mundo, que aquí en Madrid, coges un coche y en 10 minutos puedes estar en sitios donde se vive en la más absoluta pobreza”.
Son 65 minutos de un espectáculo planteado como un coloquio, una conversación con el público de la sala, plagada de preguntas. “Cada espectador debe dar su propia respuesta. Wallace Shawn, que es un hombre inteligente y educado, lo que hace es plantear preguntas. La fiebre es una especie de crisol que, dependiendo del momento en el que nos estamos moviendo, a cada espectador se le van a iluminar unas cosas u otras. Cada uno ve un espectáculo diferente porque la vida de cada uno hace que le resuenen unas cosas y que otras queden más escondidas. El teatro está para reflexionar y no para adoctrinar. En el teatro tenemos que mantener constantemente el pensamiento de que no sabemos nada y de que desde el escenario tienen que surgir las preguntas”.
Todas las contradicciones de La fiebre estarán más que presentes en el escenario de la Cuarta Pared. La belleza, el confort, la seguridad, las luces de neón y el lujo frente a la muerte, la violencia, la brutalidad, la pobreza y la oscuridad. El sonido del violonchelo interpretando en directo música de Bach será el único envoltorio de ese caramelo amargo.
Fuente: Clara Morales (elpais.com)
“Vienes a Madrid en unas condiciones que, bueno, te puedes imaginar… Pero apuestas. Que por nosotros no quede. Aunque tampoco podemos apostar siempre, porque los recursos se acaban”. Habla el dramaturgo y actor Juli Disla, el ceño fruncido bajo el sol del patio de la sala Mirador. Junto a él, Jaume Pérez, director. Este no es el hábitat natural de los creadores de La gente,obra finalista en los últimos Premios Max en la categoría de autoría revelación. La pareja creativa ha abandonado Valencia, su centro de operaciones, junto a sus seis actores durante unos días para venderse en Madrid. La capital es una plaza disputada, difícil de ganar. El sacrificio para llegar hasta aquí es grande, y el riesgo de fracasar es alto. ¿Por qué las compañías de otras comunidades se empeñan, entonces, en plantar su pica junto al madroño? El premio es jugoso, nada desdeñable en tiempos de crisis: más público, más funciones, más visibilidad.
La cantidad de personas dispuestas a pagar una entrada, en otras comunidades (excluyendo Cataluña), es relativamente escasa. Mientras en Madrid acudieron al teatro más de 3,5 millones de espectadores en 2012 según la SGAE, un 31% del total, en la Comunidad Valenciana lo hicieron 1,1 millones. Para un espectáculo como La gente, una reflexión sobre las dinámicas asamblearias y la posibilidad de una democracia directa, esto es vital. “La obra pertenece a unos circuitos concretos que se agotan en las ciudades de origen”, explica Disla. Estos “espectáculos minoritarios” siguen siéndolo, aclara, en la capital. Pero ahí el número juega a su favor: “Aquí, esta minoría es suficientemente amplia como para mantenerse”. El resultado es que en un mismo fin de semana (el del 24 al 27 de septiembre) coincidían en la cartelera tres compañías levantinas (Bambalina, Los que quedan y Pérez&Disla) en tres escenarios distintos de Madrid.
Pero recorrer los 360 kilómetros que separan la ciudad mediterránea de la Puerta del Sol no es sencillo, ni siquiera cuando una pieza ha sido destacada entre lo mejor del panorama teatral español de 2013, como también ha comprobado TeatrodeCERCA con Que vaya bonito, finalistas en los Max en la categoría de espectáculo revelación que ahora para en el Teatro Lara. Ambos equipos aseguran que la candidatura no ha hecho que suenen los teléfonos. Si Pérez y Disla han vuelto a pisar Madrid es porque ya lo hicieron en junio, en la sala Cuarta Pared. “Cuando la gente ve el espectáculo, es más fácil que te lo compre… Que nos dieran un hueco sin conocernos fue una apuesta de la sala, y estamos muy agradecidos”, recuerda Disla.
No basta con conseguir sala: también hace falta dinero. En el caso de La gente, la compañía ha recibido este año por primera vez las ayudas a giras otorgadas por el Ministerio de Cultura. Las subvenciones, que se han reducido en un millón de euros desde el año pasado (de 7,3 a 6,3 millones de euros), aportan entre 3.800 y 30.000 euros a casi 200 compañías en todo el territorio español. A los valencianos les han concedido 10.000 euros para sufragar una gira presupuestada en 25.000, que son los costes de trasladar a ocho personas desde la ciudad de origen a Cádiz, Madrid y Leganés (las actuaciones previstas en el plan de gira), más alojamiento y dietas, sueldos y otros gastos como cartelería o comunicación. De la ayuda del INAEM, 6.000 euros se han ido solo en su viaje de cinco días a Madrid.
“La ayuda es un complemento. ¿Están cobrando lo suficiente los actores? Si no hubiera ayuda, no cobrarían nada, pero, ¿es lo necesario, lo justo? Ella”, dice Disla señalando a la actriz Lorena López, que se sienta a su lado mientras apura un café, “se tiene que quedar en casa de una amiga. Somos compañeros y nos buscamos la vida… Pero si yo no la conociera de nada, me diría, ‘Oye, que estoy trabajando para ti”. Con todo, las cuentas no salen. Un mes después de sus cinco funciones en la Mirador, desde Valencia, el dramaturgo confiesa que lo recaudado en taquilla no ha sido suficiente para cubrir gastos. “No hemos alcanzado ni la mitad de lo que suponíamos que íbamos a ganar. Y eso en nuestras peores previsiones”.
Para las salas, apostar por espectáculos foráneos tampoco es rentable. “El problema es que para que haya gente que pague por una función, se necesita tiempo. El boca a boca es lo que funciona. Si programas cuatro días a una compañía, no viene nadie, porque nadie la conoce”, explica Antonio Fuentes, gerente del Teatro Lara, una de las salas más veteranas de Madrid. Por eso Fuentes, como ocurre en otros teatros, ha optado por programar cada función un día de la semana. Los espectáculos se alargan, y da tiempo a que el público acuda. Pero tiempo es, justamente, lo que no tienen estas compañías, que pierden dinero cada día que pasan en gira. Fuentes señala que, de todas formas, “no es un tema solo de que haya más gastos, sino de que viene menos público”. Conclusión: de sus 14 espectáculos en cartel, solo dos provienen de fuera de Madrid.
Entre ellas, TeatrodeCERCA, que ha logrado hacerse un hueco todos los viernes en la sala off del teatro. No lo han conseguido, juzga Yorge-Yamam Serrano, autor de Que vaya bonito, por haber estado nominados a los Max en la categoría de mejor espectáculo revelación, ni por haber realizado más de 70 funciones en Cataluña. “Lo que más llama la atención es el formato. Nos decían que al público madrileño le gustaría”, sentencia. La compañía sitúa su obra en una fiesta de despedida que tiene como asistentes al propio público. Su escenografía consiste, básicamente, en los adornos de la celebración y un proyector. “Nos movemos en tren con tres maletas, y eso ayuda”, admite Serrano. Para los desplazamientos cuentan con una ayuda del Instituto Ramon Llull, que sufraga sus desplazamientos durante dos meses, y han participado en el programa PLATEA del Ministerio, que nació el año pasado con un presupuesto de seis millones de euros destinado a los Ayuntamientos para tratar de reactivar la desfallecida programación municipal. Un apoyo que Serrano considera “vital”.
Aun así, ante la perspectiva de una programación semanal, el grupo de tres actores ha optado por establecerse, al menos en parte, en Madrid. Uno de ellos tenía piso en la capital, y Serrano vive con un pie en cada ciudad. No todos pueden permitírselo, como explica Jaume Pérez: “Nos propusieron estar más tiempo, pero nosotros no podemos. La única manera de hacer que esta obra estuviera en cartel es representarla con gente de aquí”.
La compañía vasca Kulunka Teatro creía haberse hecho un nombre gracias a los festivales internacionales. Han pasado por 22 países en los últimos cuatro años con su obra André y Dorine, y consiguieron hacerse un hueco en el Centro Cultural Fernán Gómez, propiedad del Ayuntamiento. Llenaron desde la segunda semana y tuvieron buenas críticas, pero económicamente el saldo fue negativo: “Con una sala de solo 100 butacas, y quitando el 21% de IVA, lo que se lleva el teatro y la publicidad, que en Madrid nos sale por 5.000 euros... Si volvemos, no nos planteamos ni ganar dinero. Con no perderle nos conformamos”, cuenta Garbiñe Insausti, cofundadora de la compañía.
Aun así, quieren volver. Han probado a colarse en los teatros privados, sin éxito, y también en los públicos, un circuito que creían tener abierto tras pasar por el Fernán Gómez. Nada. En los últimos meses han viajado hasta México y han girado por Cataluña y Comunidad Valenciana. Pero la capital se resiste. ¿Por qué, entonces, tanto empeño? Insausti lo tiene claro, la razón no es monetaria: “Estamos preparando otro espectáculo y es importante estar presentes en la vida cultural, que no nos olviden. Eso supone pasar por Madrid”.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
El denominado circuito alternativo se ha convertido, en los últimos años, en uno de los más firmes valores de la escena madrileña. En este circuito bulle una frenética actividad con decenas de propuestas; muchas de ellas nacen y mueren, pero otras desafían su carácter efímero. Tras el parón veraniego, las salas recobran su (mucha) actividad. He aquí un repaso por sus programaciones de septiembre, de las más veteranas a las más jóvenes.
Una de las salas más antiguas es la Mirador, que recupera un clásico que está a punto de cumplir veinte años: «La katarsis del tomatazo»; también presentan el ciclo «Un cuerpo, mil danzas»(con las compañías Breakers, Saeeda Dance Group, Estuaria Compañía Flamenca e Interferencia Danza) y la obra «La gente», de Prez&Disla con dirección de Jaume Pérez. Otra sala histórica, Cuarta Pared, presenta nuevamente «Sé de un lugar», con texto y dirección de Iván Morales, e interpretada por Anna Alarcón y Xavier Sàez. Y al teatro Guindalera regresa «Duet for one», de Tom Kempinski, un fascinante montaje interpretado por María Pastor y Juan Pastor, con dirección de este último.
La sala Montacargas es otra de las veteranas del panorama teatral madrileño. Su programación, dedicada al clown y al humor, incluye«Tú vales mucho, pero mucho mucho. El casting», con idea original y dirección de Esteban G. Ballesteros; «El cabaret de la mujer pájaro», con dirección de Willy Éter; y «Cortázar», un espectáculo basado en textos del autor argentino, dirigido por Eduardo Gilio. Y en una línea también diferente circula el teatro Prosperidad, que presenta «Chocolate sexy», cabaret de Lomascrudoteatro; «¡Qué desamor mi amor!», de Evlin Pérez Yebaile; y «The life» y«Reinas de primavera», dos espectáculos de Sunflower.
El teatro Pradillo es otro histórico de la escena alternativa madrileña. La danza ocupa su programación, y presenta este próximo mes «The dream project: Encuentros en la tercera fase», de la coreógrafa Cuqui Jerez, y «Losquequedan unplugged», de Sandra Gómez y Vicente Arlandis. El teatro Victoria, por su parte, sigue con su programación clásica, con siete títulos: «Los miserables», adaptación de la novela de Víctor Hugo; «La venganza de don Mendo», de Muñoz Seca; «La vida es sueño», de Calderón de la Barca; «El burgués gentilhombre», de Molière; «El conde de Montecristo», sobre la novela de Alejandro Dumas; y las zarzuelas «Agua, azucarillos y aguardiente», de Chueca, y «La verbena de La Paloma», de Bretón.
Escapa un poco del circuito alternativo, pero por sus dimensiones también se puede incluir en él al teatro Quevedo, donde se recupera el musical «El otro lado de la cama», de David Serrano, y dirección de José Manuel Pardo. La puerta estrecha presenta «Refugio», de Leticia Pascual; «Las Fieras», de Roberto Arlt; y «El mono», basado en el «Informe para una academia” de Franz Kafka. Y otra sala, la jovencísima La puerta de al lado, estrena «¿Quién, yo?», de Thomas Cabané y Javier Enguix, con dirección de éste último.
El Teatro del Arte presenta en septiembre varias propuestas: destaca«Villa Puccini», con dramaturgia de Miguel Angel Orts y Alexander Herold, que dirige la función. María Luisa Merlo interpreta a una gran diva operística que aguarda su último concierto. La acompaña la soprano Emilia Onrubia, con el pianista José Madrid Giordano. Además están en cartel «Ángeles», una obra basada en «Padre Pedro». de Jose Ignacio Serralunga; «Desde el cielo te digo», con texto y dirección de Paco Anaya; «Noc», un vodevil dirigido por David Quintana; «Tod@s somos todos», un espectáculo unipersonal escrito, dirigido e interpretado por Sonia Castelo: «Vagabundos», de Alexander Merelo; y «Dios no tiene tiempo libre», escrito y dirigido por Lucía Etxeberría.
«Pedro y el capitán», un texto de Mario Benedetti, es una de las apuestas de Teatro del Barrio, el espacio impulsado por Alberto San Juan. Con la tortura como telón de fondo, la dirige Emilio del Valle y la interpretan Chete Lera, Jorge Muñoz y Alberto Guío. Otras obras programadas son «Ruz-Bárcenas», de Jordi Casanovas; «Autorretrato de un joven capitalista español», un monólogo de Alberto San Juan, que también presenta otro texto escrito y dirigido por él: «Marca España».
La Casa de la Portera es uno de los espacios con mayor proyección; en este mes de septiembre siguen en cartel «Ascenso y caída de Mónica Seles», de Antonio Rojano, con dirección de Víctor Velasco;«Cerda», escrito y dirigido por Juan Mairena; «Elepé» y «Peceras», ambas con texto y dirección de Carlos Be; y «Yo amé a Edgar Allan Poe», un espectáculo de Pilar Massa basado en relatos del autor estadounidense; y regresan a este lugar «Ahora empiezan las vacaciones», un texto de Paco Bezerra inspirado en «El pelícano», de Strindberg, y dirigido por Luis Loque; y «Liturgia de un asesinato», de Verónica Fernández, con dirección de Antonio C. Guijosa,
Su hermana menor, La pensión de las pulgas, presenta dos estrenos:«Cliff», de Alberto Conejero, con dirección del autor y de Alberto Velasco; y «Un disgusto danés», escrita y dirigida por Jumon Erra. Y se reponen «Sótano», de Josep Maria Benet i Jornet, dirigida por Israel Elejalde; «Dorian», un texto escrito y dirigido por Carlos Be sobre «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde; «Yernos que aman», con texto y dirección de Abel Zamora; y «La maratón de Nueva York», de Edoardo Erba, dirigido por Jorge Muñoz.
La sala Kubik Fabrik tiene en cartel en septiembre dos propuestas:«Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce», escrito y dirigido por Félix Pons; y «La invasión de los ladrones de cuerpos», una creación de Vicente Colomar, Ricardo Santana y Raúl Marcos con dirección del primero.
Nave 73 presenta en su programación «Mi pasado en B», escrito e interpretado por Javier Lara, con dirección de Pietro Olivera; «Ensayo general con público», con idea y guión de David Lavirgen; «La comunidad: un vecindario improvisado», un trabajo de improvisación de la escuela de Calambur Teatro; «Cabaret íntimo», escrito y dirigido por Susana Espelleta; «Manlet», de María Velasco; y«Yo, indígena, la conquista de uno mismo», con dramaturgia de José J. Serrano y dirección de Santi Senso.
En la Sala Tú hay también varias propuestas: «Efecto dominó», con texto y dirección de Javier Esteban; «Novecento», el conmovedor relato escrito por Alessandro Baricco, dirigido por Raúl Fuertes e interpretado por Miguel Rellán sobre el pianista del océano, que nunca pisó tierra; «Vacaciones en la inopia», escrito y dirigido por Íñigo Guardamino; «Matadero 36/39», con texto y dirección de Ramón Paso; «Sótano», de Josep M. Benet i Jornet, con dirección de Enio Mejía; y «Ay, Iniesta de mi vida», basada en la obra «Oe, oe, oe», de Maxi Rodríguez.
Tres son las obras que se presentan en la sala Azarte«Comment te dire adieu», escrita y dirigida por Sergi Manuel Alonso, que llega a Madrid tras estrenarse en Barcelona; «Tuyo Chopin», una coreografía de Alfonso Cayetano y Marco Antonio; y «Mínimo común», un espectáculo dirigido por Quino Falero con textos de Ariel Capone, Yolanda García Serrano, Fernando J. López, Juan Carlos Rubio y Paco Tomás,
Y por fin, Microteatro por Dinero, cuyo lema en septiembre es «Por pasión», presenta dieciséis trabajos; entre ellos figuran «Al borde», con texto y dirección de Pedro Herrero; «Butacas», de María Inés González y Miguel Ángel Cárcano, dirigida por éste último; «3,2 lo que hacen las novias», de Jota Linares y Roberto Pérez Toledo, con dirección de Ceres Machado; «Triangulados», escrito y dirigido por Elisa Ibáñez; y «Mística Atlética», con texto y dirección de Zenón Recalde.

Fuente: Clara Morales (elpais.com)
El momento más emotivo de la compañía Caídos del Cielo con su nuevo espectáculo, Magia Café, no fue su estreno, ni conseguir representar en la sala madrileña Cuarta Pared hasta el 5 de abril. Lo mejor fue presenciar cómo Julián Asensio, actor y persona sin hogar, se reencontraba con su madre tras años de lejanía. "Fue impresionante. Alguien nos avisó, salimos todos corriendo, y estuvimos apoyándole mientras se reconciliaban", narra su directora, Paloma Pedrero, mientras Asensio mira con ojos pantanosos. La actriz Esperanza Pedreño (conocida por la serie televisiva Cámera Café) toma la palabra: "Aquí el fin es no estar solo, sacar lo mejor de ti, utilizar las herramientas del teatro para ponerlas a favor de nosotros mismos. Y todos estamos en esa labor, no hay diferencia de ningún tipo".
A lo que se refiere Pedreño es que actores profesionales como ella o su compañero Germán Torres (Ivan-off, Amar en tiempos revueltos) se funden con actores amateur como Asensio, un grupo que en este caso incluye desde sin techo a personas en riesgo de exclusión social, gracias a su colaboración con la Fundación Trébol. A esto aspira Varela Producciones, la compañía de teatro de Blanca Marsillach, que acaba de estrenar la obra Enamórate de Lope, lleva cinco años trabajando con discapacitados y acaricia su sueño de hacer un grupo permanente formado por estos y actores profesionales. Ambos proyectos caminan por la misma senda: la del cambio social a partir del teatro.
Caídos del cielo lleva recorriéndola más tiempo, desde que Pedrero comenzó a tantear con la Fundación Rais de apoyo a personas sin hogar la posibilidad de trabajar a través del teatro, allá por 1998. Todo empezó en el Rincón del Encuentro, un espacio que la asociación reservaba para que las personas sin hogar tuvieran un "momento de techo". El taller de la directora y dramaturga se superponía con siestas, juegos de cartas, lecturas de periódico: "Uno podía estar roncando, otros pegándose; pero lo veían y poco a poco se iban enganchando. Y se fue creando un grupo, aunque muy difícil, porque esta gente estaba la mayoría en la calle".
Desde entonces hasta el estreno de la obra Caídos del cielo (que daría nombre a la compañía) en el Festival de Otoño de 2008, todo fue lentamente, paso a paso. Su obra trataba el crimen cometido contraRosario Endrinal, una mujer sin techo que fue quemada viva por dos niños bien en Barcelona dos años antes. Los planetas se alinearon, y a la programación se le unió el dinero: "Ha sido la única vez en que hemos podido hacer la obra aproximadamente como queríamos. Aunque la nuestra fue la única compañía a la que no pagaron". Gracias a ese bendito 2008 los escollos a salvar se fueron reduciendo.
Ahora estrenan en una sala conocida dentro del circuito madrileño, con las mismas condiciones que el resto. Su Magia Café es la historia de un espacio abandonado que es ocupado por algunos vecinos para "transformar el dolor en belleza: el que quiere decir algo tiene que hacer un monólogo, una canción. El lamento no vale". Esa agrupación anárquica recuerda al Rincón del Encuentro en el que Pedrero comenzó la andadura: todos juntos y revueltos y un caos ordenado que no se sabe muy bien cómo se estructura.
Pero no solo retrata la experiencia propia. En palabras de Esperanza Pedreño, esta obra, aunque escrita en 2005, "tiene mucho que ver con todos los movimientos actuales, después del 15-M, que buscan otras formas de convivencia al margen del sistema. Movimientos que rompen las jerarquías, y que en realidad son muy políticos. No solo a nivel de organización de trabajo, sino a nivel familiar: tú eliges la familia que quieres tener". Julián, además de la biológica, recién recuperada, ha elegido esta: "Todo el mundo tiene miedo al acercarse a algo que no conoce, y yo a trancas y barrancas lo estoy consiguiendo. Me quedo con todos los amigos que he hecho". Germán Torres sabe de lo que habla. Tras un buen rato sin pronunciar una palabra, toma aire y suelta: "Cuando tenía 17 años, salí de la calle gracias al teatro. Llego aquí y estoy en paz".
Hay salida. De la calle, o de la vida limitada que parece imponerse cuando se diagnostica una discapacidad intelectual. Nada de eso: la compañía de Blanca Marsillach se empeña en demostrarlo desde hace cinco años. En su grupo, personas con síndrome de down o con parálisis cerebral exploran sus talentos sobre escena. "Nuestro sueño es crear una compañía estable para personas con otras capacidades", explica la actriz y directora, que está cerca de cumplirlo: todo depende de que la Fundación Repsol dé el visto bueno definitivo al proyecto para que "todo aquel que quiera dedicarse al teatro pueda hacerlo y se les considere gente apta para ser empleados".
En parte como homenaje a su padre, Adolfo Marsillach, creador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, y al Siglo de Oro, acaban de estrenar en el Teatro Casa de Vacas de Madrid Enamórate de Lope, un recorrido por la obra del escritor que une verso, amor y música en una pieza creada para que los actores interactúen con el público. Con la ayuda de profesores y trabajadores sociales, consiguen "que el teatro sea una terapia". La próxima obra, esa que, esperan, les convierta en una compañía profesional, será de Marsillach padre. "Como él decía: 'No soy tan ingenuo como para pensar que el teatro puede cambiar a la sociedad, pero sí puede ayudar a despertarla".


Fuente: Saioa Camarzana (elcultural.es)

El teatro no solo es una forma de vida, una manera de hacer desconectar al público. En ocasiones cumple una función social, de ayuda a los demás y a uno mismo. Esto es en lo que trabaja día a día Paloma Pedrero (Madrid, 1957) que estrena Magia-Café este miércoles en la Sala Cuarta Pared. Se trata de una pieza en la que trabaja con su ONG, Caídos del cielo, haciendo que gente sin hogar y personas mayores en riesgo de exclusión social se adentren en el mundo de la actuación. Magia-Café recuerda, en cierta medida, a la actividad caritativa 'Los cafés pendientes' y habla de tres mujeres que ocupan una casa para poder acoger a gente sin hogar y hacer música, crear arte. 

¿Cómo surge la idea de esta obra?
Magia-Café empecé a escribirla cuando en los 90 trabajaba con personas sin hogar. Era una ONG que acogía a los sin techo, les daba café, podían descansar allí un rato, había periódicos para que pudieran leer. Iban a tomar aliento, a tener techo un rato. Entonces allí daba un taller de teatro que fue creciendo hasta convertirse en Caídos del cielo. A raíz de esa experiencia muy dura e inolvidable, porque era una situación especial, donde todo el mundo les miraba, no había intimidad, me puse a escribir. Era muy fuerte. Se me ocurrió escribir sobre la obra haciendo uso de las vidas y experiencias de estas personas. No con ellos, sino basados en ellos y en sus historias.

¿Qué cuenta la historia?
El argumento se basa en tres mujeres al borde la exclusión que ocupan una casita en el parque de una gran ciudad para acoger a la gente sin hogar. Allí hacen teatro, música, etc. Pero las quieren desahuciar porque la casa no es suya, sino que está ocupada. Es decir, quieren desahuciar a gente que ya ha sido desahuciada. 

Hablamos de la exclusión social, un tema de bastante actualidad. 
Sí, de hecho ahora está de más actualidad que cuando la escribí.Ahora la situación es precaria, hay gente desamparada y se les echa de sus casas porque no pueden pagar. Se trata la lucha que hacen estas mujeres y la gente que les ayuda a hacer arte para poder mantener el techo.

Recuerda un poco a 'Los cafés pendientes'. [Una propuesta napolitana que llegó a España y consiste en ir a un bar y pagar tu café y dejar pagados un par de ellos más, pendiente, por si viene algún sin techo que no tenga dinero para pagar]. No sé si conoce la alternativa. 
No la conozco pero me parece una cosa muy bonita. Imagino que cada vez se hará más. Somos una sociedad solidaria, quiero pensar que lo somos, el sistema no lo es pero la gente tiene muchos detalles. La gente lo está pasando mal y no es gente lejana sino hermanos, hijos, nosotros mismos. Te puede tocar a ti en cualquier momento y esto crea un sentimiento de vulnerabilidad porque ya no eres ajeno a los problemas. Nos hace ser más humanos. Esta gente son caídos del cielo, siempre digo que no han tenido recursos para defenderse del mal. Eso hace que caigan en enfermedades, depresión, adicciones, autodestrucción que les lleva a romperse y a acabar en la calle. Normalmente son personas creativas y sensibles que no ha encontrado su lugar en el mundo.

Entre los protagonistas encontramos a actores profesionales como gente en riesgo de exclusión. 
Sí, ahora estamos trabajando con la Fundación Trébol que tratan con personas con ciertas incapacidades intelectuales como autismo o hiperactividad. Es una problemática más intelectual. Trabajamos con ellos y con personas mayores que por el simple hecho de la edad están también en riesgo de exclusión. Es un grupo más heterogéneo que el de antes que eran todos sin hogar.

Esta pieza es parte de la ONG Caídos del cielo. ¿El teatro supone una herramienta de integración social?
El teatro tiene un poder enorme para ayudar a la gente a salir adelante. Es un lugar en el que te puedes expresar y hablar de todo lo que te pasa desde un personaje que no eres tú. Lo estás elaborando y poetizando, haciéndolo artístico. En Caídos del cielo no se puede lamentar. Transformamos el dolor en belleza, de las penas de alguien hacemos un monólogo, una canción, una improvisación. La idea es no mirarnos el ombligo, dar a los otros lo que tenemos y en el momento en el que te das cuenta que dando estás mejor es como una clave de felicidad. Si tú das te olvidas de tus problemas para ser más feliz, te sientes bien, te alejas de tu pena y te saca de tus abismos mentales.

Y te sientes parte de algo.
Además de la exigencia del teatro, que requiere mucha disciplina, hay horarios y mucho trabajo. Es un esfuerzo muy grande y la exigencia también lo es, nosotros les exigimos mucho. Pero luego se sienten necesarios, el teatro es algo de equipo, alguien falla no se puede dar el espectáculo o no se puede ensayar. Son grupos donde se trabaja con la aceptación y el amor, se quieren mucho. Trabajamos el concepto del cariño, de la no crítica, es algo muy espiritual. Se sienten parte de algo.

Además recibió el Premio Dionisos de la Unesco. ¿Qué supuso esto tanto para usted como para la compañía?
Los premios son siempre un estímulo y ver que hay instituciones que se dan cuenta del trabajo y del valor que tiene el teatro para ayudar es bonito. El valor del arte está subestimado por el poder. Parece que todo es trabajar muchas horas, la economía, comprar mucho. El poder está en el tener y el arte está en el ser. Hay que ser y que haya instituciones que tengan esta sensibilidad y nos da premios ayuda a seguir.

Fuente: Flor Gragera de León (elpais.com)
Que los chicos no lloran lo saben desde Hilary Swank hasta The Cure, y ahora nos lo vuelve a recordar la dramaturga Victoria Spunzberg en la obra Boys don’t cry, que la compañía Tantarantana trae a La cuarta pared de Madrid del 24 al 31 de octubre y 1 y 2 de noviembre de jueves a sábado. Los dos amigos de adolescencia de esta historia han seguido caminos muy separados y ahora apenas se reconocen al reencontrarse; la canción del grupo británico es la que los une en ese pasado como banda sonora. Juanjo se ha convertido en un poderoso político forjado en el arte de envolverse en mil capas cual cebolla para controlar la escena del poder. Walter sin embargo lejos está de los círculos de decisión: es un poeta que vive en un momento de crisis, y se siente fracasado. Necesita ayuda a una edad en la que se supone que hay que tener un lugar, los 45-50 años. La ausencia de llanto y qué significa el poder y cómo lo juzga y administra la sociedad se erige en el tema principal de un montaje dirigido por Glòria Balaña i Altimira. ¿Qué tipo de elecciones podemos hacer o cuáles vienen impuestas por una maquinaria que se relaciona con el momento presente?
Esta es una de las preguntas que el montaje, protagonizado por Francesc Garrido, Armand Villén, Alicia González Laá y David Anguera, plantea. Otro pilar robusto se alza alrededor de la cuestión de género y en un estudio de la experiencia de estar por encima de los demás y poder ejercer el control e influir. Boys don’t cry parte asimismo de cómo los hombres se construyen y poseen una identidad a través del puesto de trabajo que ocupan. Pero los dos amigos se enfrentan en un ámbito privado y desnudo, en el que aquellas capas que contribuyen al poder deben deshacerse. "Los hombres tienen esa obligación de realizarse profesionalmente de forma exitosa y los sentimientos quedan muy atrás...", explica la directora Balaña i Altimira. "Hemos querido indagar en el dominio masculino y en el hecho de que cuando se asume el poder, con frecuencia se dejan los valores y la ática", añade. Dos mujeres, Victoria Spunzberg y Glòria Balaña i Altimira dan vida a una obra sobre hombres, algo que a la directora le parece "interesante", al revertir una historia que casi siempre ha llevado la dirección contraria. 
Un límite fino entre una realidad reflejada de manera cruda y el absurdo también es marca del montaje, cuya autora desea mezclar el drama y el humor, “el mimetismo y el patetismo”, hasta el punto en que ese realismo termina por transformarse en un animal salvaje que lleva al espectador a un territorio en que las referencias no son tan evidentes. El ser humano se funde con la teatralidad y el lirismo. "Comienzan los giros poéticos a partir de un proyecto político que narra Juanjo y que se magnifica. No sabemos si nos encontramos dentro de la fantasía de Walter y pasa algo que no responde a la lógica realista", describe Balaña i Altimira. "Los únicos límites son entonces los impuestos por la convención teatral". Así, en Boys don't cry se mezclan de manera explosiva el cinismo, la ironía, la mala leche y el absurdo. Y la poesía. 
La compañía Tantarantana liderada por Javier Álvarez y Víctor Suáñez se creó en Barcelona con la idea de impulsar los espectáculos para los más pequeños. Ahora también sus propuestas van para los adultos y vuelven ahora a la sala de teatro La cuarta pared después de haber llevado montajes como Mein Kampf del húngaro George Tabori, la trilogía La marca preferida de las hermanas Clausman, de Victoria Spunzberg y Reglas, usos y costumbres de la sociedad moderna de Jean-Luc Lagarce.


Fuente: Javier Yuste (elcultural.es)

Cuando el cómico y dramaturgo neoyorquino Wallace Shawn viajó a varios países del Tercer Mundo, su conciencia se vio repentinamente comprometida por lo que estaba viendo y experimentando: que la miseria de los más desfavorecidos era condición indispensable para el bienestar de su clase. Este fue el germen que generó “La fiebre” y que ahora también ha afectado a la temperatura de Israel Elejalde. El actor madrileño y el director Carlos Aladro adaptan por primera vez el texto al castellano y, juntos, lo llevan a la Cuarta Pared tras haberlo presentado en la anterior edición de Fringe (2012) y lograr el aplauso del público.

'La fiebre' es una reflexión sobre las desigualdades entre los países ricos y pobres. ¿Por qué no nos sube la fiebre a todos en occidente como le ocurre al protagonista de la obra?
En estos momentos le está subiendo unas décimas a una gran parte de la población. Nuestra sociedad (una parte al menos) empieza a darse cuenta de que las enormes diferencias entre ricos y pobres son insostenibles y de que hay que hacer algo para remediarlas. El problema es que la fiebre solo sube cuando el problema nos atañe de forma directa, hasta entonces parecemos insensibilizados. Por otro lado está la cuestión de qué hacer con esa fiebre; cómo convertirla en algo productivo, en algo tangible; cómo conseguir mejorar esta sociedad.


La obra fue escrita en 1991 y ahora la enfermedad de muchos países desarrollados no es solo moral, también es palpable a nivel económico. ¿Cómo cree que afecta esto al sentido de la obra?
La obra es visionaria. El tiempo la ha reforzado, le ha dado vigencia. Parece escrita hoy, pero tiene 23 años. Los problemas son los mismos, siempre han existido, pero ahora nos afectan a más personas y más cerca.“La fiebre” ha dejado de ser una reflexión moral sobre los principios injustos en los que se basa nuestra sociedad, para convertirse en una radiografía de las consecuencias nefastas de permitir que las diferencias entre ricos y pobres sean cada vez más grandes. Hasta ahora en Europa estas diferencias estaban mitigadas por la social democracia. La destrucción de ésta nos lleva a una desigualdad cada vez menos sostenible y es la causa de las tensiones sociales actuales. Ése es el tema de la obra.


¿No cree que el público que vaya a ver 'La fiebre', se mostrará en gran medida de acuerdo con lo que le han contado y después se irá de cena sin darle muchas más vueltas al asunto? ¿Estamos ya insensibilizados?
Puede que sea así en muchos casos pero quiero creer que en otros no lo será. Con que una sola persona se plantee realmente el asunto yo creeré que ha merecido la pena. Quizás soy un ingenuo, pero no me dedicaría a esto sino lo fuera. El teatro no cambia el mundo, pero uno tiene que hacerlo como si las preguntas que lanza en el escenario tuvieran un poder mágico, de otra manera no tiene sentido. Para vivir en la realidad y decirnos que debemos tener paciencia y resignación ya están los políticos.


¿Qué opinión le merece Wallace Shawn como autor?
Me parece un autor muy complejo, de una gran maestría en el uso del lenguaje y en el planteamiento de conflictos morales incómodos.Siempre juega al límite. Deberíamos montarlo más, tiene grandes textos.

El apoyo escénico de la violonchelista y actriz Alba Celma es un rasgo distintivo de vuestra puesta en escena. ¿Por qué introducirla y qué piensa que va a aportar?
En la obra se hacen muchas apelaciones a la música, al disfrute y a la belleza que producen las grandes obras de arte en general, pero especialmente la música. Así que a Carlos Aladro (director de la obra) se le ocurrió la posibilidad de contar con una violonchelista. Después encontramos a Alba que además es actriz, y eso nos abrió muchas opciones: la posibilidad de jugar con ella, de convertirla en una especie de conciencia del personaje, de elemento instigador. De esta manera la obra por momentos se convierte más en un diálogo que en un soliloquio. Creo que el texto respira mejor de esta forma.


Le hemos podido ver en el vídeo promocional bailando. ¿Qué tal la experiencia?

Como habrá podido ver no soy Nacho Duato. Sinceramente no es lo mío, pero esta profesión te hace enfrentarte continuamente con tus dificultades, así que juego con ello, me divierto. No es la primera vez que me toca y no será la última.

Han utilizado el crowdfunding para financiar parte del proyecto ¿Como ha funcionado la iniciativa?
Pues la verdad es que funcionó muy bien. No solo porque conseguí la pequeña financiación que pedía, si no porque de esta forma el público se vinculó al espectáculo de una manera más personal.


¿Qué le parecen estás herramientas de mecenazgo popular?
Me parecen bien aunque el crowdfunding es una solución desesperada ante la falta casi absoluta de ayudas de cualquier tipo. El modelo anterior se ha terminado. ¿Qué nos han ofrecido a cambio? Nada, el desierto. Así que nos buscamos la vida como podemos. Ahora bien, espero que en un futuro este recurso no sea tan masivo como ahora. Esto significará que a alguien con un mínimo de inteligencia se le ha ocurrido desbloquear el problema de la financiación de la cultura.


¿Cómo afronta la puesta en escena de su primer monólogo?
Con ilusión y con miedo. Hacer un monólogo es muy duro. Es como la soledad en la vida: puede que uno saque cosas fructíferas de ella pero desgasta. Es un de los retos más difíciles de mi carrera.

Presentaron la obra en el pasado Fringe, ¿cómo fue la reacción del público?
Pues quedamos muy contentos y por eso lo reponemos. Me he encontrado con bastante gente que me decía que lo habían visto y que tenía que volver a hacerlo, que querían leer el texto, que era una reflexión necesaria y, como dice el personaje, "bien, bueno, vale...y aquí estoy".


Fuente: Javier Molina (elpais.com)
Al bajar del taxi, José Martínez mira a su alrededor, se palpa la billetera y agarra a su mujer del brazo. Parece inquieto mientras camina entre la bulliciosa masa multicolor que pulula por las angostas calles del barrio de Lavapiés. “¿Eso es el teatro?”, pregunta incrédulo al llegar al portal número 24 de la calle de los Abades. Tiene 69 años y hace casi diez que no acude a una representación. Su perplejidad no disminuye al entrar en la sala, una casa oscura y estrecha de ornamento decimonónico. Su paciencia parece a punto de agotarse cuando, tras pagar la entrada, es conducido a una habitación de 20 metros cuadrados y sentado en una incómoda silla de madera rechinante. Al poco, la luz se apaga y aparecen dos hombrecillos barbudos disfrazados de niñas de colegio de monjas. Resopla, bosteza, remueve el culo. “No duro hasta el final”, advierte a su avergonzada esposa. El público chista para que se calle. Los minutos pasan y el desastre parece inminente. Pero algo ocurre a lo largo de la hora y cuarto que dura la obra: al final del primer acto, José parece atento y concentrado; en el segundo ha soltado más de diez carcajadas, y al finalizar la función, sus ojos son dos esferas abiertas y humedecidas y sus palmas amenazan con romperse de tanto aplaudir. “¡Bravo!”, grita antes de salir de La Casa de la Portera.
La obra en cuestión se llama Las huérfanas y es uno de los últimos éxitos de José Martret, director y fundador de la sala, que protagoniza junto a Jorge Calvo esta asombrosa comedia con ecos almodovarianos. Los 25 espectadores tratan de disimular las lágrimas ante estos dos travestidos que se hacen más complejos y entrañables a cada instante.
No es la primera vez que ocurre. El pasado 8 de marzo se cumplió un año desde que Alberto Puraenvidia reformó y decoró este bajo lóbrego –que fue local anarquista, refugio patera para inmigrantes y hogar de la portera– y lo transformó en el escenario de Ivan-Off, la versión de Chejov con la que su socio José Martret dio inicio a uno de los acontecimientos más sorprendentes del mundo de las tablas. Desde entonces, más de 10.000 personas se han sentado en las 25 butacas de La Casa de la Portera, según estimaciones propias, y el dúo fundador ha recibido más de 30 propuestas de repu­­tados directores. Las obras seleccionadas llenan a diario con listas de espera de hasta un mes para comprar entradas. Un milagro teatral que no llega solo: a su lado emergen otras salas alternativas que se mantienen a flote gracias a un boca a boca muy intenso. Entre las que destacan están Microteatro por Dinero, pionera de los formatos cortos, y la Flyhard, que está cautivando al público de Barcelona. A estas les siguen nuevos espacios con espectáculos de gran calidad, como las madrileñas LumièreKubik FabrikSala Tú y Teatro del Arte, y las barcelonesas Atic22Atrium y Porta 4. Son solo algunos de los ejemplos recientes que sirven como remanso y referente en el agónico pano­­rama de la escena independien­­te. El diario británico The Guardian ha llegado a referirse a algunos de estos lugares como parte de “una revolución cultural dentro del teatro español”.
El fenómeno de lo alternativo no tiene nada de nuevo. En España, desde mediados de los ochenta, varias compañías y escuelas de actores abrieron espacios no convencionales enfocados a un público menos numeroso, pero más entregado. Los noventa supusieron la consolidación de un movimiento que cristalizó en salas como la Cuarta Pared, la Triángulo y la barcelonesa Beckett, motor de la dramaturgia contemporánea catalana. Talleres, garajes, edificios en ruinas y todo tipo de rincones imposibles se teatralizaron gracias al esfuerzo de los creadores.
Si atendemos a las confidencias de los teatreros más curtidos, Madrid siempre fue el vivero de la escena nacional y hoy no ha dejado de serlo. Su poder telúrico tiende a concentrar un influjo cultural que se repite a lo largo del tiempo. Ya en el Siglo de Oro, algunos de los mayores genios de la historia, como Cervantes, Lope, Góngora y Quevedo, convivieron en unas pocas calles. Lorca, Alberti y Miguel Hernández hicieron de las suyas en el Madrid de preguerra. El arte más vanguardista volvió a ponerse de acuerdo desde los años previos a la movida. Y hoy, en plena crisis, parece brotar de las cenizas en pequeños espacios que ejercen un gran poder de atracción. Uno de los veteranos del teatro español, el actor y director José María Pou, no ahorra elogios para definir el fenómeno: “Estas salas son un semillero fantástico para los creadores”.
Un teatro que capta la atmósfera vital de nuestro tiempo, que surge del impulso de actuar ante los acontecimientos que vivimos. Animalario fue la palabra clave, y La boda de Alejandro y Ana, el punto y aparte que marcó la escena española en 2004. Aquella sátira sobre la derecha fue representada en un salón de bodas auténtico y aún hoy sigue inspirando a los miembros de la compañía. Uno de sus artífices, Alberto San Juan, regresa a salas alternativas como la Cuarta Pared –donde Animalario hizo sus pinitos– y la Triángulo para protagonizar monólogos cortos circunscritos en el teatro reivindicativo. Y es que para el actor, el resurgimiento de la escena independiente va ligado a la necesidad de cambio social: “Ya lo decían en el 68: cuando el Parlamento se convierte en un teatro, el teatro ha de ser un Parlamento”.
Independiente, artesano, experimental… Las definiciones no sirven para concretar la esencia de los nuevos modelos que surgen ajenos al mundo institucional. Y mucho menos para explicar su éxito. Entrar un sábado en Microteatro por Dinero puede convertirse en una experiencia no apta para claustrofóbicos. Pero debe de ser que el roce es adictivo o hedónico. Solo así se explica la incesante afluencia de espectadores que acuden a ver las piezas de 15 minutos a cuatro euros por función. Ubicada en pleno centro de Madrid, la sala fue una antigua carnicería hasta que un grupo de actores y directores liderados por el cineasta Miguel Alcantud la transformó en una especie de burdel escénicocompuesto por cinco habitaciones alineadas de unos siete metros cuadrados cada una. El resultado es un lugar en el que, al decir del dramaturgo Félix Sabroso, “uno tiene la sensación de que va a hacer el amor”. Quince personas pasan en fila y se apiñan en cada cubículo como mejor pueden, sentados, apoyados en la pared o en el hombro del de al lado. Los actores trabajan a centímetros de los espectadores, casi llegando al contacto físico, a lo pudoroso.
“Nuestra casa es la de todos los actores, directores y dramaturgos que se atrevan a contar una historia en 15 minutos”. La sala recibe unas 150 propuestas mensuales y ha engatusado a decenas de miles de espectadores. Una comedia rusa, una escena de tanatorio, una discusión en una cama de matrimonio o una exhibición de danza acrobática pueden sorprender en cada sala. Nunca ver teatro fue tan visceral.
El auge de los pequeños formatos tuvo sus orígenes en los años cincuenta en el off-Broadway neoyorquino. Se trataba de una serie de locales que daban cabida a un arte premeditadamente humilde, sin los oropeles de los coliseos de Manhattan. En su tiempo fue todo un bombazo. Pero dos décadas después el off se contagió del éxito, los precios subieron y los creadores alternativos decidieron huir más lejos del centro para crear el off-off-Broadway en salas aún más pequeñas.
La esencia de lo alternativo no llegó directamente desde la Gran Manzana. Sudamérica funcionó como un gran pinball que hizo rebotar la bola hasta España. En los ochenta, la dictadura militar argentina llevó al exilio a decenas de profesores que exportaron el modelo a Madrid y Barcelona. La frescura del teatro bonaerense impactó a los creadores españoles acostumbrados al estilo declamatorio del franquismo. Hoy sigue siendo un referente indiscutible: en 2005, el porteño Claudio Tolcachir transformó su casa en un escenario –Timbre 4– que sacudió el mundo teatral con un éxito transatlántico. José Martret emuló el experimento en La Casa de la Portera y el eco de los aplausos llegó –como por un nuevo golpe de pinball– a los teatreros del otro lado del charco. Tanto es así que el pasado febrero, el actor y director Lautaro Perotti, cofundador de Timbre 4, estrenó en la sala de Martret su obra más intimista: Breve ejercicio para sobrevivir. “Estos pequeños teatros son nuestros hermanos”, comenta el porteño, “ambos nacemos del compromiso absoluto con el arte”. Un ejemplo de sinergia entre dos actitudes artísticas que no entienden de crisis.
Hoy, Timbre 4 tiene un gran palco de butacas. Y el proceso que ha experimentado la escena alternativa española es similar. Salas como la Cuarta Pared y la Beckett crecieron, comenzaron a depender de las subvenciones y se consolidaron como espacios de referencia en los que, al igual que en Nueva York, el término off cada vez encajaba menos.
La tormenta perfecta llegó con la crisis, y más aún tras la subida del IVA al 21%, decretada por el Gobierno en septiembre de 2012. En solo cuatro meses, el teatro perdió un 31,43% de espectadores con respecto al año anterior. Y tras la paulatina pérdida de las ayudas institucionales, muchos se cansaron de esperar y crearon microespacios constituidos como asociaciones culturales con propuestas artísticas más atrevidas. El off-off español ha llegado para quedarse. Aunque nadie se está haciendo rico en el camino, la respuesta del público está logrando mantener los puestos de trabajo. Y en estos tiempos, eso es una gran noticia.
Nos trasladamos a Barcelona, donde el fenómeno de las pequeñas salas se vive en versión catalana. El mayor éxito se traduce de forma unánime en la sala Flyhard, un espacio con 40 butacas ubicado en el barrio de Sants que, al decir del crítico de EL PAÍS Marcos Ordóñez, es “el lugar de la escena barcelonesa donde más cosas están pasando”.
En marzo, esta sala estrenó Rei borni, una sutil comedia negra sobre la violencia policial y la concienciación en tiempos de crisis. “Con este tema lo petaríamos en Madrid”, comenta Alaín Hernández, responsable de encarnar a un violento mosso d’esquadra capaz de provocar odio y carcajadas. El texto hila muy fino, los actores lo bordan y el debate que genera continúa en los bares barceloneses a golpe de cañas.
Nuevas salas, nuevos formatos, reencuentros con el pasado… ¿Qué está ocurriendo en los escenarios españoles? Para unos es una revolución, “una respuesta espontánea a un exceso de establishment”, comenta el dramaturgo Félix Sabroso. Otros, más pesimistas, nos recuerdan el reciente cierre de salas míticas, como la Ítaca, el Albéniz, la Tis o la Espada de Madera. Casi todos creen entrever una luz al fondo del túnel. “Estos lugares son un laboratorio lleno de futuro”, concluye José María Pou. Teatro de piel o, como prefiere Martret, “teatro subcutáneo”, que traspasa la piel del espectador y se instala en nuestro cuerpo para no marcharse, para convertirnos en militantes de la escena y para demostrarnos que el arte es alegría, autoestima y esperanza, incluso en estos tiempos.