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Fuente: Esther Alvarado (elmundo.es)
La temporada empieza en La Guindalera con una reposición, 'Duet for One', y un futuro incierto. O, mejor dicho, lamentablemente cierto si nadie lo remedia: "En diciembre tendremos que cerrar", aseguran con pesar su director Juan Pastor y Teresa Valentín-Gamazo, la gerente. 
Partiendo de la base de que nunca ha sido un teatro rentable aunque es un éxito absoluto (sus 70 butacas están siempre llenas), lo extraño es que haya durado 11 años abierta. Pero todo tiene su lógica explicación. "La Guindalera es un medio, no un objetivo", señala Pastor, director, actor y maestro de actores durante varias décadas en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD).
"Somos un centro de creación teatral vinculado a Madrid -añade-, y eso es mucho más que una sala al uso, porque además de espectáculos ofrecemos una serena reflexión".
Su mujer, Teresa, le acompañó en esta aventura desde el principio, cuando se dieron cuenta de que la deriva les llevaba, como a casi todos, a hacer un teatro por encargo. Ellos, sin embargo, siempre han preferido marcar su propio rumbo. "Llevamos 11 años ofreciendo nuestros productos a un público fiel, con la excepción de los momentos en los que hemos tenido alguna compañía invitada", explica ella. "En un momento nosotros decidimos apostar por nuestra forma de trabajo y abrimos La Guindalera. Si este teatro tuviera 300 butacas, seríamos autosuficientes, porque la sala siempre se llena, pero tenemos 70 y siempre hemos sabido que la sala, aun llenándola, no podía ser rentable".
Han sobrevivido, no gracias a las subvenciones, sino a "dos trabajos muy potentes de desarrollo de audiencias. Uno con la Comunidad de Madrid para centros escolares (Trasteatro) y otro para la Obra Social de Caja Madrid".
Eran otros tiempos, cierto es. "Los actores que participaban en esos proyectos estaban muy bien remunerados", insiste Teresa. "En algunos momentos hemos tenido hasta 30 personas dadas de alta, y algunos colaboraban en nuestros montajes". Y luego llegaron los desengaños. "En el año 2011, Caja Madrid se hundió y la Comunidad de Madrid dejó de apostar por el desarrollo de audiencias en 2012".
Se acabaron los contratos, se agotó la fuente de la que bebía La Guindalera y desde entonces todo ha sido un llamar a puertas que se abrían para escuchar, pero para nada más (de momento). 
Salvo una, que se abrió de par en par para ponerles en bandeja una solución temporal. "Fue Albert Boadella quien nos ofreció la sala verde del Canal para llevar allí dos obras en diciembre de 2012 ('Odio a Hamlet' y 'La larga cena de Navidad'). El acuerdo se firmó en marzo, pero en septiembre llegó la subida del IVA, así que esa ganancia que habíamos previsto fue prácticamente el 12% de más que se llevó Hacienda", se lamenta Teresa con resignación. 

Mucho más que un medio de vida

Juan está inusualmente silencioso. "Hoy me he levantado muy pesimista", reconoce. A sus ojos y los de su familia (la hija de ambos, María Pastor, ha crecido sobre esas tablas y se ha convertido en una actriz notable ante la mirada y el magisterio de su padre), La Guindalera es mucho más que una antigua ebanistería con un patio trasero que guarda con celo una vieja tortuga. Es un corazón que late, un cerebro que piensa y un centro cultural participativo donde el público encuentra más que diversión: "Teatro hecho con rigor". 
Cavilando sobre aquella oportunidad que les dio Boadella, Pastor reconoce que "esa fórmula sigue siendo válida: llevar nuestras obras a otros espacios más grandes. Pero para eso necesitamos la complicidad de las instituciones. Hemos hablado con el Centro Dramático Nacional, pero no sabemos nada desde hace un año,y con el delegado de Cultura, Pedro Corral, así como con el nuevo director del Español, Juan Carlos Pérez de la Fuente... Al Ayuntamiento le hemos planteado cursos de teatro, talleres de investigación y realizar un montaje con lo que salga de allí. Con esos ingresos podríamos mantener la sala... Pero todavía no nos han contestado".
En ello están: esperando a que suene el teléfono y alguien les ofrezca mucho más que una subvención; un trabajo. "Hace poco recibimos 13.000 euros de la Comunidad de Madrid que son los que nos han permitido no cerrar en verano y seguir vivos hasta diciembre", reconoce Teresa, pero sabe de sobra que la subvención es un maná escaso y no para todos. "Algunas salas alternativas programan espectáculos sin rigor, pero por el volumen de su negocio entran en la última normativa para las ayudas municipales que acaba de publicarse el 11 de septiembre. Nosotros no". 
"Nuestro objetivo es hacer buen teatro, pero no tenemos ánimo de lucro. La Guindalera no es un contenedor; es continente y, sobre todo, es contenido de calidad. Nosotros no podemos convertirnos en ese tipo de salas en las que algunos actores de televisión no cobran con tal de adquirir prestigio teatral. Aquí cobra todo el mundo. Si no puedo pagar, cierro la sala", interviene rotundo Juan Pastor. 
La arenga le ha animado y por momentos parece más dispuesto a luchar por un proyecto de teatro que merece la pena porque al público le gusta. "La gente viene a ver lo que Juan dirige: un tipo de teatro hecho con rigor y seriedad. Nuestro público fiel incluso se ha convertido en micromecenas y están apadrinando las butacas", asegura Teresa con una sonrisa satisfecha y algo cansada.
Juan, sin embargo, sigue pesimista esta mañana gris de otoño: "Una sociedad podría vivir 200 años sin teatro, no sería una sociedad maravillosa, pero podría vivir".

Distintas salas, idénticos golpes del destino

La crisis de La Guindalera, siendo lamentable, no es la única que afecta al tejido teatral alternativo en Madrid. Aunque el Boletín Oficial del Ayuntamiento de Madrid (BOAM) del pasado 11 de septiembre publicó la convocatoria de subvenciones para el año 2014 (es decir, para una programación que ya se ha ejecutado casi en su totalidad), son muchos los requisitos que se exigen y poca la coherencia con que se coordina desde el consistorio la situación en la que se encuentran dichas salas. La sala Kubik, por ejemplo, sufrió en sus carnes los rigores que suelen sobrevenir a una desgracia, por una normativa que el Ayuntamiento no se aplicaba ni a sí mismo. Lo explica Fernando Sánchez-Cabezudo, director de dicho espacio: "Hace año y medio cerramos después de lo que sucedió en el Madrid Arena. Estábamos pendientes de una licencia y nos cerraron las puertas durante seis meses. Estuvimos hablando con unos y con otros hasta que, por fin, la oposición presionó para que pudiéramos hablar con Medio Ambiente". Lo suyo era un problema de insonorización y evacuación (como el Madrid Arena) que se subsanó en tiempo y forma, pero si por la rapidez burocrática fuera, seguirían con las puertas cerradas. "Con la obra terminada y el informe positivo volvimos a abrir, aunque seguimos esperando la licencia", asegura. El problema de las salas de teatro alternativas de Madrid es que "las normativas no reflejan nuestra actividad. Los requisitos que cumplimos son los mismos que los de una discoteca", aclara Sánchez-Cabezudo. Y propone como solución que se haga un estudio de normativas que contemplen qué es lo que se hace en estas salas: "Las normas deberían ser más coherentes con este tipo de actividades. Al final tienes que pedir licencias multiusos que valgan para cualquier cosa. Tardan dos meses en decirte qué problema hay y, cuando ya lo estás solucionando, vienen con otro problema distinto. Hay una desconexión total entre departamentos. El caos interno del Ayuntamiento es muy complejo". A ellos, cumplir con la normativa les costó entre 70.000 y 80.000 euros, y parte del dinero se reunió gracias al 'crowdfunding'. "Para poder recuperar la inversión que hacemos en teatro tendríamos que cobrar la entrada entre 90 y 120 euros", asegura. Las entradas en Kubik, que cuenta tan sólo con 60 localidades, cuestan 14 euros. "Hemos estado viviendo sin subvenciones, pero a largo plazo es inviable -reconoce-, y todo esto con un IVA cultural que es la risa de Europa". La Comunidad de Madrid ha bajado las ayudas casi un 80% y el resto de administraciones, cuando las convocan, lo hacen casi con un año de retraso. Esto es lo que hace peligrar la situación de todo el tejido de teatro alternativo en Madrid; un 'off' que debería ser un orgullo pero que malvive a duras peas, como Tarambana, que lleva una década abierta; El Sol de York, cuya aventura no ha durado más de dos años; La Bagatela que, tras cinco años abierta, cerró el pasado verano...

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
El denominado circuito alternativo se ha convertido, en los últimos años, en uno de los más firmes valores de la escena madrileña. En este circuito bulle una frenética actividad con decenas de propuestas; muchas de ellas nacen y mueren, pero otras desafían su carácter efímero. Tras el parón veraniego, las salas recobran su (mucha) actividad. He aquí un repaso por sus programaciones de septiembre, de las más veteranas a las más jóvenes.
Una de las salas más antiguas es la Mirador, que recupera un clásico que está a punto de cumplir veinte años: «La katarsis del tomatazo»; también presentan el ciclo «Un cuerpo, mil danzas»(con las compañías Breakers, Saeeda Dance Group, Estuaria Compañía Flamenca e Interferencia Danza) y la obra «La gente», de Prez&Disla con dirección de Jaume Pérez. Otra sala histórica, Cuarta Pared, presenta nuevamente «Sé de un lugar», con texto y dirección de Iván Morales, e interpretada por Anna Alarcón y Xavier Sàez. Y al teatro Guindalera regresa «Duet for one», de Tom Kempinski, un fascinante montaje interpretado por María Pastor y Juan Pastor, con dirección de este último.
La sala Montacargas es otra de las veteranas del panorama teatral madrileño. Su programación, dedicada al clown y al humor, incluye«Tú vales mucho, pero mucho mucho. El casting», con idea original y dirección de Esteban G. Ballesteros; «El cabaret de la mujer pájaro», con dirección de Willy Éter; y «Cortázar», un espectáculo basado en textos del autor argentino, dirigido por Eduardo Gilio. Y en una línea también diferente circula el teatro Prosperidad, que presenta «Chocolate sexy», cabaret de Lomascrudoteatro; «¡Qué desamor mi amor!», de Evlin Pérez Yebaile; y «The life» y«Reinas de primavera», dos espectáculos de Sunflower.
El teatro Pradillo es otro histórico de la escena alternativa madrileña. La danza ocupa su programación, y presenta este próximo mes «The dream project: Encuentros en la tercera fase», de la coreógrafa Cuqui Jerez, y «Losquequedan unplugged», de Sandra Gómez y Vicente Arlandis. El teatro Victoria, por su parte, sigue con su programación clásica, con siete títulos: «Los miserables», adaptación de la novela de Víctor Hugo; «La venganza de don Mendo», de Muñoz Seca; «La vida es sueño», de Calderón de la Barca; «El burgués gentilhombre», de Molière; «El conde de Montecristo», sobre la novela de Alejandro Dumas; y las zarzuelas «Agua, azucarillos y aguardiente», de Chueca, y «La verbena de La Paloma», de Bretón.
Escapa un poco del circuito alternativo, pero por sus dimensiones también se puede incluir en él al teatro Quevedo, donde se recupera el musical «El otro lado de la cama», de David Serrano, y dirección de José Manuel Pardo. La puerta estrecha presenta «Refugio», de Leticia Pascual; «Las Fieras», de Roberto Arlt; y «El mono», basado en el «Informe para una academia” de Franz Kafka. Y otra sala, la jovencísima La puerta de al lado, estrena «¿Quién, yo?», de Thomas Cabané y Javier Enguix, con dirección de éste último.
El Teatro del Arte presenta en septiembre varias propuestas: destaca«Villa Puccini», con dramaturgia de Miguel Angel Orts y Alexander Herold, que dirige la función. María Luisa Merlo interpreta a una gran diva operística que aguarda su último concierto. La acompaña la soprano Emilia Onrubia, con el pianista José Madrid Giordano. Además están en cartel «Ángeles», una obra basada en «Padre Pedro». de Jose Ignacio Serralunga; «Desde el cielo te digo», con texto y dirección de Paco Anaya; «Noc», un vodevil dirigido por David Quintana; «Tod@s somos todos», un espectáculo unipersonal escrito, dirigido e interpretado por Sonia Castelo: «Vagabundos», de Alexander Merelo; y «Dios no tiene tiempo libre», escrito y dirigido por Lucía Etxeberría.
«Pedro y el capitán», un texto de Mario Benedetti, es una de las apuestas de Teatro del Barrio, el espacio impulsado por Alberto San Juan. Con la tortura como telón de fondo, la dirige Emilio del Valle y la interpretan Chete Lera, Jorge Muñoz y Alberto Guío. Otras obras programadas son «Ruz-Bárcenas», de Jordi Casanovas; «Autorretrato de un joven capitalista español», un monólogo de Alberto San Juan, que también presenta otro texto escrito y dirigido por él: «Marca España».
La Casa de la Portera es uno de los espacios con mayor proyección; en este mes de septiembre siguen en cartel «Ascenso y caída de Mónica Seles», de Antonio Rojano, con dirección de Víctor Velasco;«Cerda», escrito y dirigido por Juan Mairena; «Elepé» y «Peceras», ambas con texto y dirección de Carlos Be; y «Yo amé a Edgar Allan Poe», un espectáculo de Pilar Massa basado en relatos del autor estadounidense; y regresan a este lugar «Ahora empiezan las vacaciones», un texto de Paco Bezerra inspirado en «El pelícano», de Strindberg, y dirigido por Luis Loque; y «Liturgia de un asesinato», de Verónica Fernández, con dirección de Antonio C. Guijosa,
Su hermana menor, La pensión de las pulgas, presenta dos estrenos:«Cliff», de Alberto Conejero, con dirección del autor y de Alberto Velasco; y «Un disgusto danés», escrita y dirigida por Jumon Erra. Y se reponen «Sótano», de Josep Maria Benet i Jornet, dirigida por Israel Elejalde; «Dorian», un texto escrito y dirigido por Carlos Be sobre «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde; «Yernos que aman», con texto y dirección de Abel Zamora; y «La maratón de Nueva York», de Edoardo Erba, dirigido por Jorge Muñoz.
La sala Kubik Fabrik tiene en cartel en septiembre dos propuestas:«Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce», escrito y dirigido por Félix Pons; y «La invasión de los ladrones de cuerpos», una creación de Vicente Colomar, Ricardo Santana y Raúl Marcos con dirección del primero.
Nave 73 presenta en su programación «Mi pasado en B», escrito e interpretado por Javier Lara, con dirección de Pietro Olivera; «Ensayo general con público», con idea y guión de David Lavirgen; «La comunidad: un vecindario improvisado», un trabajo de improvisación de la escuela de Calambur Teatro; «Cabaret íntimo», escrito y dirigido por Susana Espelleta; «Manlet», de María Velasco; y«Yo, indígena, la conquista de uno mismo», con dramaturgia de José J. Serrano y dirección de Santi Senso.
En la Sala Tú hay también varias propuestas: «Efecto dominó», con texto y dirección de Javier Esteban; «Novecento», el conmovedor relato escrito por Alessandro Baricco, dirigido por Raúl Fuertes e interpretado por Miguel Rellán sobre el pianista del océano, que nunca pisó tierra; «Vacaciones en la inopia», escrito y dirigido por Íñigo Guardamino; «Matadero 36/39», con texto y dirección de Ramón Paso; «Sótano», de Josep M. Benet i Jornet, con dirección de Enio Mejía; y «Ay, Iniesta de mi vida», basada en la obra «Oe, oe, oe», de Maxi Rodríguez.
Tres son las obras que se presentan en la sala Azarte«Comment te dire adieu», escrita y dirigida por Sergi Manuel Alonso, que llega a Madrid tras estrenarse en Barcelona; «Tuyo Chopin», una coreografía de Alfonso Cayetano y Marco Antonio; y «Mínimo común», un espectáculo dirigido por Quino Falero con textos de Ariel Capone, Yolanda García Serrano, Fernando J. López, Juan Carlos Rubio y Paco Tomás,
Y por fin, Microteatro por Dinero, cuyo lema en septiembre es «Por pasión», presenta dieciséis trabajos; entre ellos figuran «Al borde», con texto y dirección de Pedro Herrero; «Butacas», de María Inés González y Miguel Ángel Cárcano, dirigida por éste último; «3,2 lo que hacen las novias», de Jota Linares y Roberto Pérez Toledo, con dirección de Ceres Machado; «Triangulados», escrito y dirigido por Elisa Ibáñez; y «Mística Atlética», con texto y dirección de Zenón Recalde.

Fuente: José Luis Romo (metropoli.com)

El número 20 de la calle Martínez Izquierdo acogía hace años una ebanistería donde Nuria Espert y Julieta Serrano ensayaron su legendario montaje de Las Criadas. A principios de los 00's, aquel lugar con una extraña solera teatral se había convertido, por el paso del tempo y el abandono, en un local ruinoso y lleno de basura. Sin embargo, Juan Pastor (actor y director) y Teresa Valentín-Gamazo (gestora cultural) encontraron en aquel rincón inhóspito la "capilla" que buscaban para montar su intimista proyecto, un teatro pequeño de unas 70 localidades, en el que apostar por la excelencia y el rigor creativo. "Eran los tiempos de las vacas gordas, donde se llevaban las grandes escenografías, se construían enormes teatros, todo a lo grande... Y nosotros buscábamos lo contrario, un lugar íntimo en el que volver a la esencia del teatro", explica Teresa.
Aquel proyecto valiente se convirtió en la Sala Guindalera, un templo del teatro de calidad en Madrid que, una década después, se ha convertido en un referente para la escena off. "No me atrevería a decir que hayamos sido pioneros de nada, pero sí paso muchísimo tiempo hablando con gente y aconsejando cómo levantar un espacio así".
Este octubre celebran su décimo aniversario y lo hacen con una obra muy especial, Duet for One, un mano a mano entre Juan Pastor y su hija María, basado libremente en la vida de la violonchelista Jacqueline Dupré. Una función quizá menos ambiciosa que otras que han llevado a cabo, pero con un marcado carácter sentimental. Al fin y al cabo, es el signo de los tiempos. "La obra tenía dos únicos personajes, que por presupuesto era necesario, pero lo importante era seguir con nuestro compromiso con la excelencia y con un repertorio sólido. Porque ésa es la filosofía de la sala, apostar por el trabajo bien hecho".
Así se explica que hayan logrado sobrevivir 10 años en el proceloso panorama escénico independiente. "Bueno, no éramos ningunos locos cuando empezamos con esto. Juan había tenido espectáculos en el CDN o el Español. Yo había trabajado en gestión en sitios importantes y me acababan de ofrecer hacerme cargo de un espacio teatral... Pero teníamos dos proyectos de obra social que hacían viable nuestro sueño... El problema es que llegó la crisis y se cayeron los dos". Así pues ellos recurrieron a los micromecenas antes de que el crowfunding se convirtiera en el comodín de los aspirantes a profesionales de la cultura.
El barrio de la Guindalera, en el distrito de Salamanca, se volcó para salvar "su" teatro y los vecinos se convirtieron en padrinos de las butacas. El año pasado "San Boadella" les invitó a los Teatros del Canal para que consiguieran un extra de recaudación para poder dar continuidad a la sala. La iniciativa fue un éxito, las entradas se despacharon y muchos descubrieron a la compañía,"pero llegó el IVA cultural del 21 % y se llevó todo lo que ganamos".
Ahora es momento de celebrar su teatro de resistencia y también de replantearse el proyecto. Como explica Teresa, van a constituir una fundación y quieren abrirse más a nuevas compañías; también han comenzado con funciones infantiles ("pero de calidad, ¿eh? No porque el público sean niños vamos a rebajar el nivel", matiza). También quieren que sean los más jóvenes quienes, con su savia nueva, marquen los nuevos aires de este proyecto que durante sus 10 años de vida ha cosechado grandes alabanzas por parte de la crítica y premios como el Ojo Crítico.
Una de las señas de identidad de la sala es su licor de guindas. Tras cada función se ofrece a los espectadores un chupito para brindar por el buen teatro e intercambiar reflexiones sobre los montajes. Merece la pena alzar una copa rebosante de este licor por 10 años de buen teatro. Que sean muchos más.

10 años, 11 montajes: Juan Pastor elige lo mejor de esta década en Guindalera

2003, Animales nocturnos, de Juan Mayorga
Fue el primer montaje que estrenamos en nuestra Sala. Como Compañía Guindalera, habíamos estrenado en 2000 Bailando en Lughnasa en el Teatro Pradillo, en el 2001 Bodas de Sangre, para TRASTEATRO y en 2002 Cruzadas, de Michel Azama, en La Cuarta Pared. El montaje surgió de un trabajo de creación dirigido por Juan Pastor a partir de una propuesta de Juan Mayorga y aportaciones de los actores. Se trataba de la primera colaboración con un autor en un proceso de creación dramática, en el que el potencial imaginativo de cada miembro de esta experiencia era utilizado por el autor para enriquecer su obra. Participaron los actores: Francisco Rojas/José Maya, Rafael Navarro, Ana Sala y Victoria Dal Vera, dirigidos por mi con la ayuda de Carmen Sánchez.

2004, La larga cena de Navidad, de Thornton Wilder
Este montaje, que en las Navidades de 2012-13 se presentó en los Teatros del Canal, fue estrenado en 2004 en el Teatro Guindalera y, desde entonces, se ha convertido en un rito navideño, tanto para los actores vinculados a la compañía como para el público que, cada dos años (2004-2006-2008-2010 y 2012), repite acompañado de familiares y amigos. Con ligeras modificaciones en los repartos, algunos actores como Cristina Palomo, Alex Tormo, María Pastor, Raúl Fernández y la nodriza Teresa Valentin-Gamazo, participaron en todas las reposiciones. Se fueron incorporando y/o sustituyendo, Elia Muñoz, Carmen Sánchez, Victoria Dal Vera, Carmen Gutiérrez, Ana Miranda, Iría Márquez, Ana Alonso, Noemi Irisarri, Andrés Rus, Antonio Velasco, José Troncoso, José Bustos, y yo mismo, encarnando diferentes personajes de la familia Boyardo.

2005, Laberinto de amor, De Miguel de Cervantes
También a partir de un taller de investigación, con versión de Raúl de Tomás, estrenamos esta obra de Cervantes, de género caballeresco con toques renacentistas, plagada de ironía y humor. Es lo más cercano a un musical que hemos estrenado. Algunos de los actores, como Morgan Blasco, Ana Alonso, Felipe Andrés o Susana Hernáiz, todavía continúan vinculados a Guindalera en diferentes montajes y Raúl Fernández, Álex Tormo y María Pastor que han participado en la gran mayoría de ellos. Con este montaje hicimos numerosas funciones en gira y en particular una importante campaña de desarrollo de audiencias para 12.000 jóvenes de 12 a 17 años de la Comunidad de Madrid gracias al programa TRASTEATRO.
2006, En torno a La Gaviota, basado en La Gaviota, de Chéjov
Poniendo el acento en los seis protagonistas principales de La Gaviota, tan maravillosamente retratados por Chéjov, y contando con los actores Josep Albert y Ana Miranda así como con Raúl Fernández, Ana Alonso, Álex Tormo y María Pastor en el papel de Nina. Con este montaje quedé finalista de los Premios Mayte de teatro 2006. Además, cosechó grandes alabanzas por parte de la crítica.

2005, Laberinto de amor, De Miguel de Cervantes
También a partir de un taller de investigación, con versión de Raúl de Tomás, estrenamos esta obra de Cervantes, de género caballeresco con toques renacentistas, plagada de ironía y humor. Es lo más cercano a un musical que hemos estrenado. Algunos de los actores, como Morgan Blasco, Ana Alonso, Felipe Andrés o Susana Hernáiz, todavía continúan vinculados a Guindalera en diferentes montajes y Raúl Fernández, Álex Tormo y María Pastor que han participado en la gran mayoría de ellos. Con este montaje hicimos numerosas funciones en gira y en particular una importante campaña de desarrollo de audiencias para 12.000 jóvenes de 12 a 17 años de la Comunidad de Madrid gracias al programa TRASTEATRO.
2006, En torno a La Gaviota, basado en La Gaviota, de Chéjov
Poniendo el acento en los seis protagonistas principales de La Gaviota, tan maravillosamente retratados por Chéjov, y contando con los actores Josep Albert y Ana Miranda así como con Raúl Fernández, Ana Alonso, Álex Tormo y María Pastor en el papel de Nina. Con este montaje quedé finalista de los Premios Mayte de teatro 2006. Además, cosechó grandes alabanzas por parte de la crítica.

2007, Traición, de Harold Pinter
Pinter no ha escrito nada más simple, triste y, a la vez, más gracioso. La traición se extiende hasta convertirse en la del ser humano que se ve atrapado por unos impulsos contradictorios y unas normas sociales inventadas para no ser cumplidas, lo que le lleva a traicionarse a sí mismo. Con traducción de Álvaro del Amo, en la puesta en escena intentamos generar una sensación de intrusismo en el espectador, sobre todo por la descarada cercanía que existía entre él y los actores. Las historias transcurrían de forma divertida y agradablemente ambigua, lo que producía momentos de risa y a la vez de ansiedad, confusión y pena... también de una profunda sensación de traición. En escena, María Pastor, Raúl Fernández, Álex Tormo y Andrés Rus. Creo que ha sido uno de los mejores montajes realizados en Guindalera que muchos recuerdan y nos solicitan reponer. Con este montaje, Luis María Anson conoció nuestro trabajo y la crítica y el público reconocieron la calidad del trabajo.

2008, El juego de Yalta, de Brian Friel
El primer montaje estrenado en el Teatro Guindalera de un texto de Brian Friel, autor imprescindible en nuestro repertorio, y que ha proporcionado, tanto a la compañía como a los espectadores, momentos memorables. El texto se basaba en el relato La señora del perrito, de Chéjov. Contamos para ello con una colaboradora habitual, la pianista Marisa Moro, en escena, acompañando a una cantante lírica (Noemí Irisarri). Los protagonistas fueron María y José Maya, que desde Animales nocturnos no había pisado el escenario de Guindalera. Se mantuvo en cartel hasta 2011, durante 111 funciones, y María Pastor estuvo nominada a los Premios Valle Inclán de Teatro en 2008, y a mí me concedieron el Premio ADE a la mejor dirección en 2011.
2009, Molly Sweeney, de Brian Friel
Para numerosos espectadores, Molly ha sido el mejor trabajo de María Pastor, un nuevo texto de Brian Friel. Molly, ciega desde su primera infancia, ha construido una vida plena en la oscuridad, pero le llega la oportunidad de recobrar la vista, o al menos intentarlo. Su instinto le dice que no se opere, pero su marido y su médico la convencen. Volví a dirigir a mi hija María, junto a Raúl Fernández y a José Maya.
2010, Bailando en Lughnasa, de Brian Friel
Fue el primer texto de Friel que estrenamos, en 1999, antes de abrir la sala. Para esta reposición quisimos contar con los actores del elenco original que pudieron hacerlo (Elia Muñoz, Victoria Dal Vera, Yolanda Robles, y yo mismo), y se incorporaron María, Raúl, Álex y Carmen Gutiérrez. Se trataba de un elenco de 8 actores en una época en que la economía no recomendaba obras de más de dos actores, como mucho de tres, pero el éxito que tuvo el montaje mereció el esfuerzo. Al poco de estrenar concedieron al proyecto Guindalera el Premio Ojo Crítico de Teatro 2009.
2011, Tres años, adaptación de una novela corta de Chéjov.
La obra partía de la lectura de una novela de Chéjov y de mi gran veneración hacia sus textos (cuentos, novelas, obras dramáticas, cartas, reflexiones...), de una serie de reflexiones personales sobre la tópica "felicidad" y la pretensión de alcanzarla, y de la necesidad de conectar con las vidas de la generación de mis padres y el deseo de contar anécdotas, reales o inventadas, de aquellos años azarosos anteriores a la Guerra Civil. Pero también nació del deseo ya antiguo de indagar en la obra de Chéjov desde un divertido análisis práctico, con un grupo de actores que trabajaran de forma afín a la nuestra.
Estos actores fueron María, Raúl y José Maya, y dos incorporaciones: Alicia González y José Bustos. El espectáculo, con más de 100 representaciones en nuestra sala, fue presentado en el Festival Ciudad de Palencia, donde obtuve el Premio a la mejor dirección, y tenemos pendiente de volver a programarlo, dado que es un fiel exponente del estilo interpretativo que persigo desde hace años.
2012, El fantástico Francis Hardy, Curandero, de Brian Friel
En enero de 2012, los proyectos de encargo para Instituciones (TRASTEATRO y ENTRA EN ESCENA ) con cuyos ingresos manteníamos nuestro Teatro fueron suspendidos tras 12 años de éxito debido a los recortes. Renaciendo de nuestras cenizas e intentando "mantener la fe" en nuestro proyecto, propusimos a nuestro público que nos ayudara a producir un nuevo espectáculo.
Pudimos estrenar en marzo El Fantástico Francis Hardy, Curandero(cuyo título original es Faith Healer) una metáfora sobre el arte y, en concreto, sobre el creador escénico, las circunstancias que inciden en la creación en nuestra profesión y el momento de incertidumbre en el que nos encontrábamos con las dudas que nos planteábamos: ¿Tiene realmente sentido nuestro trabajo? ¿Llega a la gente? ¿Compensan tantas renuncias? ¿No sería mejor rendirse y dejarse llevar por las circunstancias adversas?
Hicimos 100 funciones apoyados por nuestro público fiel, convertido en micromecenas. Retomamos la fuerza con estos personajes interpretados por tres grandes actores en cooperativa: Bruno Lastra, Felipe Andrés y María Pastor y un tándem de gestores integrado por Manuel Benito traductor del texto y Teresa Valentin-Gamazo con la colaboración de otros muchos que creían por el proyecto.
2013, Duet for one, de Tom Kempinski.
Fue producida por primera vez en 1980, en el West End de Londres. Una nueva revisión de la obra se estrenó en el Teatro Almeida, también de Londres, en 2009. La inspiración de la obra partía de la historia real de Jacqueline Du Pré, considerada como la mejor chelista de la historia, casada con el director de orquesta Daniel Barenboim y que murió muy joven, aquejada de esclerosis múltiple en la cima de su carrera musical.
La protagonista de la obra, Stephanie, encontró un verdadero propósito en su música, pero ese propósito desaparece en un cierto momento para siempre, suponiendo una profunda pérdida para ella y quebrándose su valor para enfrentarse con la vida. Sin embargo, vivir quiere decir evolucionar y es posible que ella sea capaz de entrar en otra dimensión más allá de las coordenadas que nos hemos trazado los humanos hasta ahora. Posiblemente el final quede abierto ante el espectador activo, pero también puede que quede en el aire la siguiente pregunta: "¿Qué pasaría si repentinamente nos encontráramos en un mundo carente de toda actividad artística? ¿Si tal cosa ocurriera, que pasaría?".

Fuente: Flor Gragera de León (elpais.com)
Imaginemos un mundo sin arte. Sin cine. Sin música. Sin pintura. Sin literatura. Sin fotografía. Sin … Sin teatro. ¿Podemos? “¿Es reparable una pérdida tan profunda como la del amor, o cualquier pérdida? Las medicinas que nos han dado, la religión, los psicólogos hoy en día… ¿funcionan?” agrega el actor, director teatral y maestro de actores Juan Pastor a las anteriores preguntas. ¿Sirven para nuestra depresión, un mal que se extiende en el siglo XXI? El abismo de la pérdida con mayúsculas y el poder (o la ausencia de él) de los tratamientos que intentar afrontarla es clave en Duet for one. El propósito de vivir, el montaje que el teatro Guindalera de Madrid ha elegido para celebrar que lleva 10 años llevando producciones sobre los escenarios y creando una forma de hacer teatro que va más allá de las carcajadas, las luces y los grandes escenarios. Un estilo que apuesta por la reflexión, y por el encuentro en la intimidad en este espacio de setenta butacas que supone el sueño de una familia, la de Juan Pastor, su hija, la actriz María Pastor, y de Teresa Valentín-Gamazo, una mujer repleta de fuerza que habla de un trayecto que han recorrido “a la inversa”.
El camino de este proyecto ha sido tan simple como pedregoso: despojarse de mucho para llegar a la esencia, cuentan sus impulsores. Porque ellos dijeron “no” a lo que no les convencía para dar vida a “textos de calidad” y con independencia de cualquier ayuda. En este cumpleaños pueden presumir de excelentes críticas, haberse convertido en una referencia en la escena madrileña, tener un público fiel y variopinto y haber dado vida a Chéjov, Friel, Pinter, Rudnick, Mayorga, Ibsen…
La escena en que “la magia funciona sin artificios”, describe la actriz María Pastor, resuena en ecos con estas palabras: “¿Podemos vivir sin arte?” con una historia cuyo personaje principal es Stephanie Abrahambasado en la celebérrima violonchelista británica Jacqueline du Pré, quien a los 28 años y por una esclerosis múltiple perdió su poder de tocar el instrumento que amaba. Escrita por Tom Kempinkski, la obra se estrenó en el West End londinense en 1980, y nos lleva a las conversaciones marcadas por el humor, la cólera y el lirismo entre la música y su psiquiatra, el doctor Feldman. Los intérpretes, padre e hija, enfrentados mientras el fantasma de la depresión nos lleva a plantearnos preguntas. No cesan, y una de las más importantes es: ¿qué tiene que decir el teatro en este “universo cada vez más complejo, en el que estamos desconcertados”?, se plantea Juan Pastor, quien cree firmemente en la creación de un estilo, en el trabajo actoral “de rigor”.
La familia protagonista de Guindalera no rehúye el interrogante que nos coloca en una existencia sin el teatro, en un encuentro en el escenario ya a última hora de la tarde, después de otro día de horas de ensayo que preceden al estreno. “Me he sentido muy identificada con el personaje, y al investigar me he dado cuenta de que es Jacqueline du Pré, clavada a ella… Guindalera es mi chelo. ¿Qué me pasaría si esto me lo quitan? Y me asusta mucho esa idea”, afirma María Pastor.
Cruzar las puertas del Teatro Guindalera es de alguna forma como entrar en casa. Y lo es porque plantas cuidadas y verdes bordean el pasillo que guía hasta el espacio austero en que público e intérpretes tienen escasos metros de separación. “Casi se puede escuchar la respiración o alcanzar a los actores con los dedos”, describe Juan Pastor. En una pequeña vitrina se atesoran los recuerdos en forma de diversas versiones de guinda, insignia de la casa, que han llevado los espectadores como obsequio. Tras los aplausos de cada puesta en escena hay un momento para charlar con un vaso de licor de guindas ofrecido por los anfitriones, algo pionero en las tablas madrileñas, y que funciona como una sobremesa con actores que aún portan su vestuario.
Pero no son buenos tiempos para Guindalera, y no está la falta, dicen los Pastor-Valentín, en el público del que se enorgullecen “y que va más allá de las fronteras del barrio”. “Nuestra situación es muy precaria, no sabemos qué pasará a continuación… El IVA cultural ha sido ruinoso”, explica el director. Juan, María y Teresa conversan apasionados sobre la asfixia a la cultura del Gobierno de Mariano Rajoy y hay una conclusión: la actual política cultural “pone zancadillas; son claramente cortapisas para que lo dejes…”. Teresa Valentín añade: “No se dan cuenta de que el teatro da vidilla a todo, a los bares, al metro… La gente necesita un espacio donde confortarse en la ciudad sucia, abandonada, en desamparo, para poder charlas después, es un lugar de encuentro… Es una necesidad espiritual”. Y su hija rememora las veces en que los espectadores la han abrazado agradecidos o en chavales “algunos bastante brutos” que, tras haber conocido Guindalera por los programas pedagógicos que dirigían sus padres, han seguido acudiendo a las funciones. “A veces los colamos. ¡Un chico de Fuenlabrada ha venido tres veces a ver Chéjov! Con su bonobús”, relata.
Teresa Valentín y Juan Pastor dieron vida a Guindalera pisando suelo firme y con un techo de hojalata que obligaba a suspender la función cuando la lluvia caía fuerte. Sus ingresos procedían de proyectos pedagógicos de creación de audiencias con Entra en escena con la Obra Social de Caja Madrid y Tras teatro con la Comunidad de Madrid. Ahora con la crisis eso ya es pasado. Pero las ideas siguen fluyendo para mantenerse en pie. Desde el micromecenazgo al que se anima al público, hasta la posibilidad de apadrinar una butaca desde 20 euros al mes, hasta la promoción, que va desde organizar grupos, difundir en redes sociales…
“Hemos sustituido el templo por el teatro, es una forma de encontrarnos a nosotros mismos, al menos, el que hacemos aquí… Ese ritual tan desnudo entre público y espectador es cada vez más necesario por la sobrecarga de estímulos…”, asegura Juan Pastor. ¿Y si desapareciera? Por lo pronto, el antídoto es el trabajo y los planes de futuro. Proyectos pequeños de dos o tres actores, cuentacuentos, versiones del trabajo pedagógico que se realizó anteriormente… Contra todos los malos augurios y las preguntas que nos podemos hacer, el dramaturgo Juan Mayorga lanzó en agosto en Santander un mensaje que da que pensar. “El teatro es el arte del futuro”. Mientras tanto, en Guindalera, siguen regando su jardín y transformando aquel de 1904 de Chéjov de cerezas a guindas.

Fuente: Sílvia Hernando (elpais.com)

Salir o no salir en televisión, he ahí la cuestión. Nada de dudas existenciales. O, quizá, precisamente sea esta una de las cuestiones transcendentales de la cultura en nuestros días, emitida ya por el escritor, dramaturgo y guionista estadounidense Paul Rudnick en las postrimerías del siglo pasado. Andrew Rally, un famoso actor que se ve en la disyuntiva de tener que decidir entre un papel de enjundia, el de Hamlet, o participar en un programa basura, de bajo nivel intelectual pero de alta rentabilidad, es el eje de la obra Odio a Hamlet, estrenada en Broadway hace dos décadas y que se representa en los Teatros del Canal de Madrid hasta este 6 de enero, en un montaje realizado en conjunción con el también madrileño Teatro Guindalera.

Escrita en el apartamento neoyorquino del intérprete John Barrymore (que pasó a la posteridad por sus interpretaciones de los shakespearianos Hamlet y Ricardo III), en el que entonces vivía el autor, la pieza juega con la idea de que su fantasma regresa para convencer a Rally de que acepte interpretar al clásico personaje dramático. Pero la fama, el dinero y el reconocimiento, él lo sabe bien, no le van a llegar por esa vía. ¿Qué le merecerá más la pena? ¿Y al público?
Traducida y versionada por Juan Pastor, el protagonista de esta incisiva función a mitad de camino entre la risa y el llanto es Raúl Fernández, intérprete él mismo tanto de teatro como de televisión, con trabajos a sus espaldas como Tres años, de Chéjov, por un lado, o Con el culo al aire o El internado del otro. Junto a él, se suben al escenario María Pastor, Ana Miranda, Álex Tormo, Ana Alonso, y José Maya, quienes dan vida respectivamente a la abnegadamente casta novia de Rally (que por esa cualidad le hace sufrir lo suyo), su representante, un productor catódico, una agente inmobiliaria y al ectoplasma de Barrymore.
Hasta la misma fecha, y también en colaboración con la Guindalera, los teatros del Canal acogen La larga cena de Navidad, del novelista y dramaturgo estadounidense Thornton Wilder, la recreación de una extensísima comida familiar que sirve de metáfora de la propia vida. Dirigida igualmente por Juan Pastor, repite con los actores de Odio a Hamlet Raúl Fernández, María Pastor, Ana Miranda y Álex Tormo, a los que se suman Teresa Valentín-Gamazo, Noemí Irisarri, Cristina Palomo, Carmen Gutiérrez, Iria Márquez, José Bustos, José Troncoso y el propio Pastor, que es también el responsable, junto a Valentín-Gamazo, de la sala Guindalera.
Como una reflexión en torno a la humanidad, varias generaciones -que se corresponden con las diferentes etapas de la existencia- llenan progresivamente el espacio común de gestos y palabras que se evaporan con quienes se van y a su vez permanecen en la memoria de los que se quedan tras el implacable fluir del tiempo, dejando tras de sí un poso agridulce de ironía. Y también, como se merece el paso por este mundo, un necesario (y casi obligatorio) toque de humor.


Fuente: Patricia Ortega Dolz (elpais.com)
Albert Boadella (Barcelona, 1943) ha plantado un guindo en la puerta de los Teatros del Canal y se ha quedado en la gloria, “esperando a que florezca”, o eso dice. Tras esa aparente extravagancia, propia de quien fuera director de la compañía Els Joglars antes de meterse a gestor teatral a sueldo de Esperanza Aguirre —ahora ya de Ignacio González—, hay una historia con cierta miga. Hay un batiburrillo de amores y pasiones compartidas. Hay angustia y miedo, pero también coraje y, algo curioso, colaboraciones y ayudas. El culebrón acaba bien.
Resulta que al poco de asentarse en Madrid con el cometido de programar esos teatros de la Comunidad que tanto dinero extra habían costado —76 millones de euros frente a los 50 previstos—, Boadella fue con su mujer al teatro. “Fui a La Guindalera porque les conocía desde hacía muchos años, somos de los históricos, y me temía que estaban haciendo algo bueno”, cuenta.
A la salida confirmó sus sospechas y se fue con el nombre de un actor en la cabeza: Raúl Fernández. Años más tarde, el joven actor —el cocinero Fermín en la serie El internado o el compañero de camping de Raúl Arévalo en Con el culo al aire— se convertía en el protagonista de su primera obra como dramaturgo después de dejar Els Joglars, la zarzuela Amadeu.
Boadella se prendó de Raúl —“es un grandísimo actor, escribí Amadeupensando en él”—, pero Raúl estaba prendado de La Guindalera, del teatro que le hizo crecer como actor, de su artesanía, del experimento de “los Pastor”, a pesar de que vivían siempre al borde del abismo, que en el teatro es el cierre.
Los Pastor —el director y dramaturgo Juan Pastor, su mujer Teresa Valentín, y su hija María Pastor— son el alma de una sala que les quita y les da la vida al mismo tiempo. No son capaces de vivir sin ella, pero sacarla adelante les ha supuesto algunas penurias, aunque con tesón y coraje han conseguido implicar a todo un barrio en el proyecto, fidelizar a vecinos y mantener su apuesta por un teatro independiente, con cierta predilección por los ingleses y los rusos.
Pero la pieza fundamental de este cruce de caminos es Raúl Fernández, sus pasiones y sus aversiones, sus deseos y sus contradicciones. El actor, en pleno auge profesional, es quien ha sabido mantener los pies en varios escenarios a la vez. Quien conquistó a Boadella, quien no abandonó nunca a La Guindalera (pese a los rodajes y otras funciones), quien se la llevó consigo, primero con su saber hacer y luego con sus montajes al completo... Hoy en cartel en los Teatros del Canal, en formato de doblete si se quiere —de 19.00 a 20.15 y de 21.00 a 22.30, con un intermedio que incluye vino y sándwich— dos funciones que llevan el sello Guindalera: uno de sus grandes clásicos navideños,La larga cena de Navidad; y un estreno sorprendente y magnífico, Odio a Hamlet, nacido del empeño del propio Fernández que, guiado por el sueño de interpretar esa obra, compró los derechos y la protagoniza. Lo recaudado en taquilla hasta el día de Reyes permitirá que La Guindalera permanezca abierto medio año más. Luego veremos si, como quiere Boadella, el guindo echa raíces.


Fuente: Miguel Pérez Martín (elpais.com)
Una chica llega al centro de Madrid con su maleta desde un país lejano. En la calle, entre el bullicio de la gente que compra en los comercios de la zona, se encuentra con unos músicos callejeros y con una estatua viviente que le habla. Ahí comienza una historia de amor imposible que da lugar a Tres desechos en forma de ópera, la obra que estrena esta noche el compositor Jorge Fernández Guerra, que fue Premio Nacional de Música en 2007, en el Teatro Guindalera. Una ópera financiada gracias a las donaciones de particulares a través de un sistema decrowdfounding en la que todo es mínimo excepto el espectáculo.
Olviden todo lo que significa para ustedes la palabra ópera, porque aquí no vale. La gran orquesta queda reducida a tres instrumentistas, que saltan del foso a la escena. El escenario baja al nivel del suelo, el gran coliseo de telón rojo se transforma en una sala independiente y la duración —que, por ejemplo, en las cuatro óperas del Anillo del Nibelungo de Wagner alcanza las cinco horas— se reduce a 50 minutos. “Esta obra tiene un lenguaje operístico sin pretensiones. Lo que me interesa es que la ópera vuelva a contar historias”, dice el compositor.
En estos tiempos de crisis económica pero también de identidad para la ópera, Fernández Guerra ha visto la necesidad de hacer “una ópera española reactivada desde la frescura, desde un teatro con pocos recursos”. Durante dos años ha intentado hacer una “ópera que tenga complicidad con el público, con ese lado social que tenía durante el siglo XX antes de la irrupción del cine, que convirtió a la ópera en un lenguaje viejo”.
Fernández Guerra le ha dado muchas vueltas antes de lanzarse a esta aventura. Estudioso de la ópera contemporánea, ha encontrado su propia fórmula para hacer este proyecto viable y conseguir llevarlo a escena. “Lo más importante es que la relación entre texto y música sea poderosa, que creas que solo se puede hacer de esa manera. Mi apuesta es también la de una ópera completa: totalmente cantada. Y para terminar, la temática tiene que ser actual, que refleje los problemas de la sociedad contemporánea”, comenta. “No me importaría que dijeran que es una ópera perroflauta. Creo que desde la calle se puede recuperar el género con mucha más frescura”, sostiene.
La música y el texto, pilares fundamentales de una ópera, también se escapan de lo tradicional. En el libreto se mezclan adivinanzas y poemas de Gloria Fuertes, mientras que la música está basada en Trois morceaux en forme de poire, del francés Erik Satie. “Son piezas hechas con temas de cabaré de finales del siglo XIX, que se pueden deshacer y combinar. Siempre he procurado que esté Satie detrás, pero elaborando nuevas melodías para esta miniorquesta de músicos callejeros”, explica el compositor.
¿Pero cómo calará la propuesta entre el público, que suele mostrarse cauto ante las creaciones operísticas actuales? “La ópera contemporánea es un laberinto, un campo de batalla. Lo que importa es que el resultado sea como una canción, que la gente la recibe y la acepta como es”, comenta el compositor. Por eso piensa que quizá el lugar de la ópera actual no sea los grandes teatros: “Los teatros de ópera son grandes máquinas de reproducir el pasado. El pasado no puede desaparecer, pero tampoco puede comerse al presente. Debería haber otras instituciones líricas más modestas, como pasa con el teatro y la danza, que tienen salas independientes, y que ese fuera el lugar de las óperas contemporáneas”, explica.
Lugares en los que el público sienta más cerca el espectáculo, que pueda “tocar a los cantantes con extender la mano”, como dice Vanessa Montfort, la directora de escena del montaje. Juega con los tres músicos callejeros —clarinetista, violinista y contrabajista— y con los únicos dos cantantes: la soprano Ruth González y el barítono Enrique Sánchez-Ramos. “Esta ópera se suma también a la protesta de la gente que toca en la calle. He conocido a músicos callejeros reales que por la tarde tocan en un gran teatro, pero que tienen que hacerlo también en la calle para sobrevivir”, comenta Montfort. Para alimentar esa sensación de cercanía con el público, la escenografía del escultor Florentino Díaz está elaborada con desechos y basura recogida de los contenedores.
Una ópera a pie de calle para bajar al género del pedestal, pero también para recuperar la relación con el público: escuchar lo que quiere. “El que piensa que el arte es arte y que si el público no lo entiende es su problema, es un idiota”, dice Fernández Guerra. Y, siguiendo su tesis de que cada ciudad tiene un modelo de ópera y unas necesidades, se aventura a definir la de Madrid. “Madrid necesita escuchar ópera actual en español y tiene que ganar confianza en sí misma como público: no debe estar tan pendiente de lo que se dice de ella fuera. Madrid tiene que apostar por lo que le gusta e insistir. ¿Cómo se consigue eso? En el fútbol se ha conseguido: nos lo hemos creído y ahora creamos opinión y todo el mundo habla de ello”, sentencia.