Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Garaje Lumière. Mostrar todas las entradas
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Fuente: Sergio C. Fanjul (elpais.com) | Foto: Carlos Rosillo
La continua aparición de salas alternativas en la ciudad ha sido saludada como uno de los grandes fenómenos culturales madrileños de los últimos tiempos. De diferentes tamaños, formatos, en espacios poco convencionales, florecen aquí y allá. Pero tras la euforia cuantitativa surgen las sospechas: ¿Se programa con calidad? ¿Son justas las condiciones laborales? ¿Estamos ante una burbuja teatral que puede estallar en cualquier momento?
Hace unos meses, a iniciativa de la revista de artes escénicas Godot, se convocó a las gentes del teatro a hablar de esa supuesta burbuja teatral y, con el tiempo, se ha consolidado una especie de mesa de diálogo en torno a las cuitas de la escena off. “Las salas alternativas tienen dos problemas”, explica Álvaro Vicente, redactor jefe de Godot, “uno, que no existen licencias para salas alternativas y suelen funcionar con licencias de bar, teatro y hasta discoteca, con los problemas que ello acarrea; y, dos, la precariedad laboral en la que se mueven los trabajadores”. En una multitudinaria asamblea de la Unión de Actores que se celebró en el María Guerrero en 2014, se hizo patente la paradoja en la que viven los actores: si se regularan las salas alternativas, que muchas veces no dan de alta a los artistas ni los remuneran justamente, acabarían desapareciendo. Y si desaparecieran, muchos actores no podrían trabajar —aunque sea precariamente— ni llevar a cabo sus sueños y proyectos.
¿Qué hacer? El pasado 6 de junio se publicó un nuevo Convenio de Teatro, firmado por patronal y sindicatos del sector, que en un punto provisional recoge que los actores de salas de menos de 200 butacas cobrarán por jornada 73,3 euros, lo mismo que cobra un actor de reparto en un teatro grande. “Tratando de dar dignidad a estos actores, se cae en un agravio comparativo”, opina Vicente. Esta tarifa, según explica Rosa Fernández, de Coarte Producciones, y participante en la mesa, no será alcanzable para las salas que menos butacas tienen. “Se habla mucho de la situación del teatro, del arte, pero se habla poco de los derechos laborales, y estos tienen que ser el punto de partida para lo demás”, dice.
¿Existe una burbuja de salas teatrales? “Sí, hay un boom excesivo de salas”, opina José Martret, “se está saturando un poco. Supongo que se irá deshinchando el asunto y quedarán los proyectos más firmes”. Martret es uno de los artífices de La Casa de la Portera, que cerró sus puertas hace una semana, pero no por falta de público sino por fin de ciclo.
“Hay demasiadas salas y hay público, pero tocamos a un pedazo muy pequeño de la tarta”, dice Javier Ortiz, de El Sol de York, que cerró el pasado verano tras 18 meses de andadura. “Una sala puede ser rentable a medio o largo plazo, pero no puedes recuperar la inversión en un año”, explica. Otras salas que han cerrado en los últimos tiempos, por diferentes motivos, son Garage Lumiere o La Trastienda. Pero la burbuja no explota, y siguen apareciendo nuevas, como los teatros Luchana, la sala Nada, El Apartamento o Mínima.
Respecto a la calidad: “Debería haber menos salas, pero con mejores propuestas”, dice Fernández. “En la escena off la línea entre profesionalidad y amateurismo es difusa”, concluye Vicente.


Fuente: elcultural.es

Duro varapalo para el mundo del teatro, por partida triple. El teatro Arlequín, el Arenal y Garaje Lumière echan el cierre. Este último apenas ha sobrevivido dos años. Abrió en marzo de 2011, y recientemente ha tenido en cartel clásicos como El perro del hortelano, de Lope de Vega, y La douleur, de Marguerite Duras, que compartían programación con obras actuales y de corte social como Banqueros y S. Paradise. La programación se mantendrá durante el mes de julio.

El Teatro Arlequín también se suma a esta oleada de cierres. Fue adquirido por Antonio Ozores en 2010 y desde su fallecimiento lo ha regentado su hija Emma. El domingo, esta sala de la Gran Vía madrileña bajará el telón y su futuro quedará en suspenso. La actriz ha decidido dejar la gestión del teatro tanto por las dificultades derivadas de la crisis como por la imposibilidad de compaginar los negocios con su carrera de actriz.

“Ha habido momentos en los que se me juntaban hasta cuatro textos y no tenía tiempo para leerlos. Dirigir un teatro requiere mucha dedicación”, explica Ozores. De momento, ha puesto el teatro en alquiler y asegura la actriz que ya hay personas interesadas en él. La subida del IVA ha sido también determinante para tomar la decisión, ya que ha afectado muy negativamente a la taquilla del teatro en los últimos dos meses, asegura Ozores. Dirigir el Arlequín fue un sueño de su padre, y la actriz lo considera cumplido: “Han sido tres años maravillosos”.

Por su parte, el Teatro Arenal cerró el pasado día 10 de junio, como consecuencia de impagos de la empresa titular del contrato. A esto se suman los problemas económicos que viene arrastrando un sector asfixiado, sobre todo este último año. “Quedamos los locos y los héroes”, ha declarado Alejandro Colubi, Presidente de la Asociación de Empresarios de locales de teatro. “De cada 25 euros del precio medio de la entrada, 10 se van en impuestos y en pagos ajenos al teatro. Estamos en una situación de inanición”. El Arenal tiene 327 butacas, con los mismos gastos que una sala de 1.500, asegura.

“No somos un país culto y el teatro es el último eslabón de la cadena, lo primero de lo que se prescinde. No hay educación cultural ni de humanidades. Es algo que la gente que ocupa puestos en la política, como no la tienen, no la valoran”, dice Colubi. José Ignacio Wert también se lleva su ración de crítica: “No sé por qué es ministro de Cultura, porque jamás ha dicho una palabra de cultura. Es una persona absolutamente incompetente. No quieren ni saben oírnos”. Las predicciones son de un completo pesimismo. “Antes de que termine la temporada es posible que se cierren 5 ó 6 teatros más”.Ojalá no se cumpla. 


Fuente: Javier Molina (elpais.com)
Al bajar del taxi, José Martínez mira a su alrededor, se palpa la billetera y agarra a su mujer del brazo. Parece inquieto mientras camina entre la bulliciosa masa multicolor que pulula por las angostas calles del barrio de Lavapiés. “¿Eso es el teatro?”, pregunta incrédulo al llegar al portal número 24 de la calle de los Abades. Tiene 69 años y hace casi diez que no acude a una representación. Su perplejidad no disminuye al entrar en la sala, una casa oscura y estrecha de ornamento decimonónico. Su paciencia parece a punto de agotarse cuando, tras pagar la entrada, es conducido a una habitación de 20 metros cuadrados y sentado en una incómoda silla de madera rechinante. Al poco, la luz se apaga y aparecen dos hombrecillos barbudos disfrazados de niñas de colegio de monjas. Resopla, bosteza, remueve el culo. “No duro hasta el final”, advierte a su avergonzada esposa. El público chista para que se calle. Los minutos pasan y el desastre parece inminente. Pero algo ocurre a lo largo de la hora y cuarto que dura la obra: al final del primer acto, José parece atento y concentrado; en el segundo ha soltado más de diez carcajadas, y al finalizar la función, sus ojos son dos esferas abiertas y humedecidas y sus palmas amenazan con romperse de tanto aplaudir. “¡Bravo!”, grita antes de salir de La Casa de la Portera.
La obra en cuestión se llama Las huérfanas y es uno de los últimos éxitos de José Martret, director y fundador de la sala, que protagoniza junto a Jorge Calvo esta asombrosa comedia con ecos almodovarianos. Los 25 espectadores tratan de disimular las lágrimas ante estos dos travestidos que se hacen más complejos y entrañables a cada instante.
No es la primera vez que ocurre. El pasado 8 de marzo se cumplió un año desde que Alberto Puraenvidia reformó y decoró este bajo lóbrego –que fue local anarquista, refugio patera para inmigrantes y hogar de la portera– y lo transformó en el escenario de Ivan-Off, la versión de Chejov con la que su socio José Martret dio inicio a uno de los acontecimientos más sorprendentes del mundo de las tablas. Desde entonces, más de 10.000 personas se han sentado en las 25 butacas de La Casa de la Portera, según estimaciones propias, y el dúo fundador ha recibido más de 30 propuestas de repu­­tados directores. Las obras seleccionadas llenan a diario con listas de espera de hasta un mes para comprar entradas. Un milagro teatral que no llega solo: a su lado emergen otras salas alternativas que se mantienen a flote gracias a un boca a boca muy intenso. Entre las que destacan están Microteatro por Dinero, pionera de los formatos cortos, y la Flyhard, que está cautivando al público de Barcelona. A estas les siguen nuevos espacios con espectáculos de gran calidad, como las madrileñas LumièreKubik FabrikSala Tú y Teatro del Arte, y las barcelonesas Atic22Atrium y Porta 4. Son solo algunos de los ejemplos recientes que sirven como remanso y referente en el agónico pano­­rama de la escena independien­­te. El diario británico The Guardian ha llegado a referirse a algunos de estos lugares como parte de “una revolución cultural dentro del teatro español”.
El fenómeno de lo alternativo no tiene nada de nuevo. En España, desde mediados de los ochenta, varias compañías y escuelas de actores abrieron espacios no convencionales enfocados a un público menos numeroso, pero más entregado. Los noventa supusieron la consolidación de un movimiento que cristalizó en salas como la Cuarta Pared, la Triángulo y la barcelonesa Beckett, motor de la dramaturgia contemporánea catalana. Talleres, garajes, edificios en ruinas y todo tipo de rincones imposibles se teatralizaron gracias al esfuerzo de los creadores.
Si atendemos a las confidencias de los teatreros más curtidos, Madrid siempre fue el vivero de la escena nacional y hoy no ha dejado de serlo. Su poder telúrico tiende a concentrar un influjo cultural que se repite a lo largo del tiempo. Ya en el Siglo de Oro, algunos de los mayores genios de la historia, como Cervantes, Lope, Góngora y Quevedo, convivieron en unas pocas calles. Lorca, Alberti y Miguel Hernández hicieron de las suyas en el Madrid de preguerra. El arte más vanguardista volvió a ponerse de acuerdo desde los años previos a la movida. Y hoy, en plena crisis, parece brotar de las cenizas en pequeños espacios que ejercen un gran poder de atracción. Uno de los veteranos del teatro español, el actor y director José María Pou, no ahorra elogios para definir el fenómeno: “Estas salas son un semillero fantástico para los creadores”.
Un teatro que capta la atmósfera vital de nuestro tiempo, que surge del impulso de actuar ante los acontecimientos que vivimos. Animalario fue la palabra clave, y La boda de Alejandro y Ana, el punto y aparte que marcó la escena española en 2004. Aquella sátira sobre la derecha fue representada en un salón de bodas auténtico y aún hoy sigue inspirando a los miembros de la compañía. Uno de sus artífices, Alberto San Juan, regresa a salas alternativas como la Cuarta Pared –donde Animalario hizo sus pinitos– y la Triángulo para protagonizar monólogos cortos circunscritos en el teatro reivindicativo. Y es que para el actor, el resurgimiento de la escena independiente va ligado a la necesidad de cambio social: “Ya lo decían en el 68: cuando el Parlamento se convierte en un teatro, el teatro ha de ser un Parlamento”.
Independiente, artesano, experimental… Las definiciones no sirven para concretar la esencia de los nuevos modelos que surgen ajenos al mundo institucional. Y mucho menos para explicar su éxito. Entrar un sábado en Microteatro por Dinero puede convertirse en una experiencia no apta para claustrofóbicos. Pero debe de ser que el roce es adictivo o hedónico. Solo así se explica la incesante afluencia de espectadores que acuden a ver las piezas de 15 minutos a cuatro euros por función. Ubicada en pleno centro de Madrid, la sala fue una antigua carnicería hasta que un grupo de actores y directores liderados por el cineasta Miguel Alcantud la transformó en una especie de burdel escénicocompuesto por cinco habitaciones alineadas de unos siete metros cuadrados cada una. El resultado es un lugar en el que, al decir del dramaturgo Félix Sabroso, “uno tiene la sensación de que va a hacer el amor”. Quince personas pasan en fila y se apiñan en cada cubículo como mejor pueden, sentados, apoyados en la pared o en el hombro del de al lado. Los actores trabajan a centímetros de los espectadores, casi llegando al contacto físico, a lo pudoroso.
“Nuestra casa es la de todos los actores, directores y dramaturgos que se atrevan a contar una historia en 15 minutos”. La sala recibe unas 150 propuestas mensuales y ha engatusado a decenas de miles de espectadores. Una comedia rusa, una escena de tanatorio, una discusión en una cama de matrimonio o una exhibición de danza acrobática pueden sorprender en cada sala. Nunca ver teatro fue tan visceral.
El auge de los pequeños formatos tuvo sus orígenes en los años cincuenta en el off-Broadway neoyorquino. Se trataba de una serie de locales que daban cabida a un arte premeditadamente humilde, sin los oropeles de los coliseos de Manhattan. En su tiempo fue todo un bombazo. Pero dos décadas después el off se contagió del éxito, los precios subieron y los creadores alternativos decidieron huir más lejos del centro para crear el off-off-Broadway en salas aún más pequeñas.
La esencia de lo alternativo no llegó directamente desde la Gran Manzana. Sudamérica funcionó como un gran pinball que hizo rebotar la bola hasta España. En los ochenta, la dictadura militar argentina llevó al exilio a decenas de profesores que exportaron el modelo a Madrid y Barcelona. La frescura del teatro bonaerense impactó a los creadores españoles acostumbrados al estilo declamatorio del franquismo. Hoy sigue siendo un referente indiscutible: en 2005, el porteño Claudio Tolcachir transformó su casa en un escenario –Timbre 4– que sacudió el mundo teatral con un éxito transatlántico. José Martret emuló el experimento en La Casa de la Portera y el eco de los aplausos llegó –como por un nuevo golpe de pinball– a los teatreros del otro lado del charco. Tanto es así que el pasado febrero, el actor y director Lautaro Perotti, cofundador de Timbre 4, estrenó en la sala de Martret su obra más intimista: Breve ejercicio para sobrevivir. “Estos pequeños teatros son nuestros hermanos”, comenta el porteño, “ambos nacemos del compromiso absoluto con el arte”. Un ejemplo de sinergia entre dos actitudes artísticas que no entienden de crisis.
Hoy, Timbre 4 tiene un gran palco de butacas. Y el proceso que ha experimentado la escena alternativa española es similar. Salas como la Cuarta Pared y la Beckett crecieron, comenzaron a depender de las subvenciones y se consolidaron como espacios de referencia en los que, al igual que en Nueva York, el término off cada vez encajaba menos.
La tormenta perfecta llegó con la crisis, y más aún tras la subida del IVA al 21%, decretada por el Gobierno en septiembre de 2012. En solo cuatro meses, el teatro perdió un 31,43% de espectadores con respecto al año anterior. Y tras la paulatina pérdida de las ayudas institucionales, muchos se cansaron de esperar y crearon microespacios constituidos como asociaciones culturales con propuestas artísticas más atrevidas. El off-off español ha llegado para quedarse. Aunque nadie se está haciendo rico en el camino, la respuesta del público está logrando mantener los puestos de trabajo. Y en estos tiempos, eso es una gran noticia.
Nos trasladamos a Barcelona, donde el fenómeno de las pequeñas salas se vive en versión catalana. El mayor éxito se traduce de forma unánime en la sala Flyhard, un espacio con 40 butacas ubicado en el barrio de Sants que, al decir del crítico de EL PAÍS Marcos Ordóñez, es “el lugar de la escena barcelonesa donde más cosas están pasando”.
En marzo, esta sala estrenó Rei borni, una sutil comedia negra sobre la violencia policial y la concienciación en tiempos de crisis. “Con este tema lo petaríamos en Madrid”, comenta Alaín Hernández, responsable de encarnar a un violento mosso d’esquadra capaz de provocar odio y carcajadas. El texto hila muy fino, los actores lo bordan y el debate que genera continúa en los bares barceloneses a golpe de cañas.
Nuevas salas, nuevos formatos, reencuentros con el pasado… ¿Qué está ocurriendo en los escenarios españoles? Para unos es una revolución, “una respuesta espontánea a un exceso de establishment”, comenta el dramaturgo Félix Sabroso. Otros, más pesimistas, nos recuerdan el reciente cierre de salas míticas, como la Ítaca, el Albéniz, la Tis o la Espada de Madera. Casi todos creen entrever una luz al fondo del túnel. “Estos lugares son un laboratorio lleno de futuro”, concluye José María Pou. Teatro de piel o, como prefiere Martret, “teatro subcutáneo”, que traspasa la piel del espectador y se instala en nuestro cuerpo para no marcharse, para convertirnos en militantes de la escena y para demostrarnos que el arte es alegría, autoestima y esperanza, incluso en estos tiempos.

Fuente: Patricia Peiró (elpais.com)

El mundo teatral de Madrid vive su propia primavera. Y sus integrantes cada vez son más numerosos. Las salas alternativas crecen como setas frente a los grandes escenarios a los que, dicen las compañías, cada vez es más difícil acceder. Se consideran a sí mismos “invernaderos de cultura”. Hacen que siga viva, protegiéndola, hasta que pase el temporal. Un garaje, un sótano, una casa de dos habitaciones, un antiguo sex shop una peluquería barrida por la crisis son lugares perfectos para llenarlos de teatro. Su aforo es limitado, la programación se renueva constantemente, la escenografía se reduce a lo básico y se puede oír hasta la respiración de los actores. Las salas fuera del circuito convencional han subido el telón.




No siguen un patrón, cada una tiene una semilla diferente, pero cualquiera diría que se han puesto de acuerdo para brotar al mismo tiempo. Sol de York, ubicada en el barrio de Chamberí, por ejemplo, nació auspiciada por un mecenas enamorado del arte el pasado 20 de diciembre. A sus 89 años, Julio Amuriza permitió a seis socios transformar un antiguo centro de egiptología en un espacio teatral con clases, aulas de ensayos y una sala con 160 localidades. Uno de ellos, Javier Ortiz explica que “cada uno puso lo que pudo, unos dinero y otros trabajo”.
Y así, el invierno de su descontento se volvió primavera con el sol de York, como reza uno de los fragmentos de Ricardo III de William Shakespeare y del que surgió la idea para denominar el teatro. Como no tienen miedo, pintaron la estancia principal de amarillo, un color maldito para los artistas. En una de sus paredes de la entrada un montón de post-its contienen las opiniones de todos los que ya han visitado el espacio. “Gracias por arriesgar tan bien”, se lee en uno de ellos. Las propuestas osadas también son la especialidad de estas salas, aunque no todo es transgresión, ni mucho menos. Los que van a estas salas se encuentran a muchos actores conocidos, no solo de las tablas, sino también de la televisión o del cine. Muchas de ellas ofrecen obras también para el público infantil.

La Casa de la Portera acaba de cumplir su primer año. Esta sala se sitúa en el corazón de La Latina. La idea de montar un teatro en una vivienda podría parecer descabellada, pero no lo pensaron así ni sus creadores ni las compañías que en estos doce meses han seguido proponiendo ideas para representar en esta vivienda. Han llegado a interpretar un monólogo en el baño. Al atravesar el umbral, el espectador siente que se traslada a otra época, hasta los años cuarenta. Muchos de los asistentes entran vacilantes, pero en el reducido grupo de 25 personas que disfrutan de cada función hay algunos que ya conocen bien el sistema. Las obras se desarrollan sobre todo en dos estancias, aunque los actores pueden jugar con todo el espacio. “Estas salas dan más independencia al creador, sin necesidad de que tus ideas pasen por mil personas antes de llegar a escena”, apunta José Martret, uno de los directores de la sala junto a Alberto Puraenvidia.
En estos teatros los espectadores están muy próximos a los actores. Mucho. Y los intérpretes ven así la respuesta del público. Benja de la Rosa, que ahora presenta en la Casa de la Portera Louella Persons cree que “esto les va bien, porque el actor tiene que enfrentarse a esto para que se curta”. Esta cercanía permite incluso que los artistas interaccionen con más facilidad con los asistentes. “Para nosotros es el mejor escaparate, ahora que cada vez es más difícil entrar en los teatros convencionales”, añade De la Rosa.
La mayoría de los nuevos teatros tienen programación regular, pero cada día de la semana suelen ofrecer una propuesta diferente. Esto obliga a las compañías a dar una vuelta de tuerca a su creatividad y conseguir que un mismo escenario se convierta cada día en un espacio distinto con la mínima escenografía y juegos de luces. “Nosotros les ofrecemos la casa y ellos tienen que hacer algo que se adapte a este emplazamiento”, detalla Martret. El cambio continuo también facilita que el público rote y que así más gente conozca la sala, porque el boca a boca es uno de los grandes aliados de estos espacios.
Sala Tú, en Malasaña, abrió sus puertas el 15 de noviembre. Lo que hoy es un teatro y un pequeño bar, en su día fue una peluquería y unsex shop que no pudieron sobrevivir a la crisis. Sus seis socios se conocieron trabajando en la obra El divorcio de Figaro. Alfonso Lara es uno de ellos y está convencido de que “el futuro” de la profesión se encuentra en estas salas porque permiten "que los actores sigan activos" cuando los hermanos mayores, los teatros más grandes, no dan trabajo a todos.

No solo de la escena viven estas salas. La mayor parte de ellas sirven como semillero cultural y albergan exposiciones, música en vivo, cursos, ensayos o talleres. Es una forma de sacar el máximo rendimiento a unos espacios con los que “no te haces rico”, afirma David Sánchez, otro de los propietarios de Sala Tú. Las entradas a los espectáculos teatrales suelen ser algo más baratas. Oscilan entre los siete y los 20 euros, dependiendo de la obra y de la compañía. Algunos también hacen ofertas especiales a parados y a padres que lleven a sus hijos. Normalmente la sala y la compañía se dividen la taquilla a partes iguales.
Sala Tú ofrece un curso de interpretación lunes y martes. “Cuando todo se está viniendo abajo, lo que emerge es lo artesanal, que es el teatro: solo el texto y al actor. Sin artificios”, afirma Micaela Quesada, otra de las socias.
El lugar en el que ahora se ubica Sala Tú estaba destinado a ser un teatro. Allí actúo ya cuando aún era una peluquería la compañía Yo erótica, dirigida por Camilo Vásquez. En su búsqueda de espacios alternativos, Yo erótica acabo encontrando Espacio 8, a escasos metros de la Casa de la Portera. Este lugar nació hace cinco años como sala de exposiciones, de conciertos y almacén para grupos de teatro, entre otras actividades.
En noviembre se introdujo en el mundo de la oferta teatral cuando Vásquez lo encontró y propuso a su dueña, Larisa Balinge, que su obraLeche se interpretara allí. Fue un inicio accidental, pero Balinge, una promotora por sorpresa, está abierta a escuchar más propuestas cuando finalice la representación de Leche, a finales de este mes. “El espacio se convierte en un cuarto actor, esto no lo consigues en otro sitio más grande”, asegura Vásquez.
A veces hay que bucear un poco para encontrar estos teatros. O bajar al antiguo almacén de un bar para descubrir un escenario que a primera vista recuerda a The Cavern, el bar de Liverpool en el que Los Beatles ofrecieron sus primeros conciertos. Pero en realidad es El Sótano de la Graciosa, en la plaza Dos de Mayo.
Beatriz Ortega es una de sus directoras. “Es impresionante lo que hacen las compañías con tan poca escenografía”, se sorprende. Tras el pequeño escenario hay encajonados un minúsculo vestuario y un camerino. “Pequeños pero apañados”, asegura Ortega, mientras enseña orgullosa la sala que estrenó su primera obra el pasado septiembre. En estos espacios cada centímetro cuenta, cada foco que se pueda añadir aporta algo nuevo con respecto a lo anterior.
Lo mínimo se aprovecha en los nuevos teatros que surgen en los lugares más inverosímiles. En el piso de al lado o el sótano del bar pueden estar interpretando un texto de Shakespeare o de Chejov. Son los viveros teatrales que han eclosionado en el interior de Madrid. Ante la escasez de dinero, abundancia de ideas.

Las salas y su programación


Sol de York. Tiene en cartel Cuando fuimos dos yDe noche justo antes de los bosques. Arapiles, 16.
La Casa de la Portera. Presenta Luella PersonsLas huérfanas, entre otros. El fin de semana,Ivan-Off. Abades, 24.
Garaje Lumiere. Ofrece Medeas y Que nadie se mueva. Ciudad Real, 12
Espacio 8. Leche, hasta fin de marzo. Santa Ana, 8.
Arte y Desmayo. Ofrece Extraños en un diván yLos carisss. Baleares, 14.
Bululú 2120. Algunas de las obras son El Soldado Fanfarrón de PlautoCuerpo Dividido,Mi amigo en mí. Canarias, 16. Tarragona, 17.
Tarambana. Presenta, entre otras, La noche al revésArtrisisEscuela de machosImpro Night Show. Dolores Armengot, 31.
Sótano de la Graciosa. Las chicas del Cabaret, a partir de abril. Plaza del Dos de Mayo.
Sala Tú. Tiene en cartel El camello de al salir de claseEspañoles Franco ha muerto... otra vez!!?Velarde, 15.
Triángulo. Desperfectos, todo marzo. Zurita, 20.
Teatro del Arte. Tiene Oddi en cartel. San Cosme y San Damián, 3.


Fuente: Javier Molina (elpais.com)
“Una noche en un bar conozco a Irina, una bailarina rusa que acaba de llegar a Madrid. Me cuenta que se ha unido a un grupo de chicas, artistas como ella, y que desean montar un espectáculo juntas”. Así resume el director Sergio Candel los inicios de lo que se convertiría enLa mirilla, el espectáculo de cabaret-burlesque que representa cada semana en el Teatro Garaje Lumière, en el corazón del barrio de Delicias. El resultado, tras cinco meses de ensayos, es un vodevil provocador y seductor en el que se juega constantemente con el público.
La bailarina rusa en realidad es andaluza y se llama Maggie Civantos, una actriz conocida por sus apariciones en varias series de televisión. Un día reunió a siete amigas con ganas de hacer algo distinto y no paró hasta convencer a Candel: “Las vi y no lo dudé. Quedaba mucho trabajo por hacer pero tenían lo esencial: talento y arte, y más que de sobra”.
El alocado elenco está formado por una rusa sadomasoquista, una rockera canalla, una italiana torpe pero risueña, una venezolana que gime y se contonea, una novata de timidez aplastante, una tuerta carismática y una chula desafiante, todas ellas igualmente gamberras y sensuales. Un maestro de ceremonias nos las presenta, narrando el momento en que las conoció a lo largo de sus múltiples viajes por el mundo. A ninguna le falta talento; bailan, cantan, tocan la guitarra, juegan y cómo no, se desnudan. Cada escena viene acompañada por la música de la banda The Lucky Dados, que acompaña la acción de forma impecable, ya sea a ritmo de rock o de danza clásica. “El objetivo es seducir y divertir y creo que se está logrando”, cuenta el director.
Al principio el espectador asiste con la ceja arqueada, desconcertado ante lo que parece ser un espectáculo de estriptis en un escenario poco dado al género. Pero al rato, uno se olvida de la fachada y entra en la propuesta del maestro de ceremonias: la admiración del arte espontáneo y la belleza de cada una de las protagonistas. Las escenas finales unen a todas las actrices combinando la comedia gamberra con la danza y el teatro físico. Los corsés se rompen para dejar paso al arte de los cuerpos en movimiento. Todo es más sutil y coherente de lo que parece a primera vista.
Para poder hacer frente al proyecto, el director Sergio Candel impulsó una campaña de crowfunding (financiación colectiva) a través de la web Verkami: “Se trataba de que la gente comprara entradas por anticipado. De esa forma podíamos costear los trajes y todos los gastos de escenografía y carteles. Ha funcionado de maravilla y poco a poco estamos recuperando el dinero”.
Una nueva sala alternativa en tiempos de crisis
La mirilla es el espectáculo estrella de la sala Lumière, una obra que tanto el director como los dueños del teatro definen como propia, “creada desde dentro”, y que incluso cuenta con la participación de Celia de Molina, co-fundadora de la sala, en uno de los papeles del cabaret. “Es una de las razones por las que fundamos esta sala, para poder llevar a cabo nuestros proyectos”, cuenta Francesco Pozzi, gestor cultural del teatro.
Todo comenzó en 2011, cuando, en medio de un panorama cultural agonizante, el director de teatro Carlos Rico, la actriz Celia de Molina y el director de cine Miguel Quero, comenzaron a buscar un espacio en el que pudieran llevarse a cabo varias disciplinas artísticas como teatro, cine, poesía, conciertos musicales y exposiciones. Encontraron el lugar idóneo en un pequeño callejón olvidado en pleno corazón del barrio Delicias, el número 12 de la calle Ciudad Real. Se trataba de un garaje amplio con altos techos y espacio suficiente como para acoger a unos 100 espectadores.
Rico no pudo ver su sueño hecho realidad; murió de un ataque al corazón con 38 años, meses antes de que la sala se inaugurara. Pero sus compañeros siguieron adelante y ya llevan 2 años llenando las butacas con nuevos espectáculos. “Si hemos conseguido despegar, todo es posible”, comenta Pozzi.
Desde que se fundó el Garaje Lumière también los vecinos están viviendo la transformación de la calle Ciudad Real, que antes estaba casi vacía. Hoy al lado del teatro hay un restaurante, una tienda de moda vintage y una empresa de vestuario de cine con la que colaboran algunas compañías que actúan en el teatro. ¿Pura coincidencia o sinergia? El caso es que algunas veces, el esfuerzo y el empeño de la gente idealista se ve recompensado y avanza ante toda dificultad. Como en el caso de la bailarina rusa y sus disparatadas amigas de La mirilla, el arte se abre camino, incluso en los peores tiempos.