Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Marquina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teatro Marquina. Mostrar todas las entradas

Fuente: abc.es
«Ocho apellidos vascos» tratará de continuar su éxito en el teatro. En enero de 2015 se estrenará en el teatro Marquina de Madrid «Más apellidos vascos», una obra que sigue la estela de la película dirigida por Emilio Martínez-Lázaro, que ha sido el fenómeno cinematográfico en España este año. 
El texto de la obra lo han escrito Diego San José -uno de los guionistas del cine junto a Borja Cobeaga-, Roberto Santiago Pablo Almárcegui. La producción es de LaZona (que también produjo la película), la dirección de Gabriel Olivares, y los intérpretes serán Cecilia Solaguren, Rebeca Valls, Leandro Rivera y Carlos Heredia. En declaraciones a la Cadena Ser, Diego San José ha explicado que el objetivo de la obra es «llevar la clave de humor de la película al lenguaje teatral, no tanto el argumento, sino el mecanismo que hay detrás de la película, el choque de identidades entre el norte y el sur para que aquel que ha visto la película pueda seguir riéndose con el mismo tipo de humor, pero aplicado a otro formato».
La obra, compuesta por ocho historias cortas, presenta a personajes diferentes que los que había en la película, y presentará, según San José, distintas circunstancias, como vascos pasándolo mal en Andalucía, lo contrario de lo que ocurría en la película.
«Ocho apellidos vascos» se estrenó el pasado 14 de marzo, y se ha convertido en el mayor éxito cinematográfico del año, con más de 8,6 millones de espectadores en los cines y una recaudación superior a los 51 millones de euros.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Vicky Peña Mario Gas mantienen desde hace tiempo una estrecha relación personal y artística. De la primera quedan varios años de convivencia y dos hijos: Miranda y Orestes. De la segunda son testigos varios montajes que han pasado a la historia de la escena española, con ella como intérprete y él como director. Ahora, se suben juntos al escenario del teatro Marquina para protagonizar «El largo viaje del día hacia la noche», de Eugene O'Neill. Como actores, han coincidido varias veces, pero en ninguna, recuerdan, dirigidos por una tercera persona y participando en el proceso creativo desde el principio. Les acompañanMamen CamachoJuan Díaz y Alberto Iglesias, y dirige la función Juan José Afonso. En la conversación aflora constantemente el cariño, la complicidad y la admiración que sienten el uno por el otro; también, lógicamente, su sabiduría e inteligencia.
Ésta es una obra que le pega a usted, Mario, como director. Seguro que estaba en su lista de futuribles.
MARIO. Es una obra que me ronda desde hace mucho tiempo. De joven me zampé todo O’Neill, y hubo cuatro o cinco títulos que me gustaron mucho, entre ellos éste. Hablé con Nuria Espert de la obra cuando entré a trabajar en su compañía en 1980, con «Doña Rosita la Soltera». Más tarde, cuando Hermann Bonnin dirigía el Centro Dramático de Cataluña, hablamos mucho de ella también. Como actor, me han ofrecido el hijo pequeño, luego el hijo mayor... Yo le he estado dando muchas vueltas, y estaba pensando en comprar los derechos para hacerla cuando en una cena, Juan José Afonso y Alejandro Colubi me dijeron: «Te vamos a hacer una propuesta que no te esperas". Al cabo de dos días llamaron a Vicky y después a mi. Y estoy encantado de la vida con el personaje del padre. En realidad, encantado no es la palabra. Estoy emocionado y con muchas ganas.
Aparte de en «Follies», donde Mario tenía un papel pequeño y anecdótico, ¿hacía mucho que no trabajaban juntos, los dos como actores?
VICKY. Como actores hemos trabajado juntos, pero dándose la curiosa circunstancia de que Mario hacía suplencias de obras que había dirigido. La última vez, aparte de «Follies», fue en «A little night music», donde Constantino Romero tuvo durante un tiempo un compromiso profesional y tenía que dejar la obra varios días a la semana para grabar un programa de televisión; Mario le sustituía en el personaje, cantando y todo. Y ahí teníamos una relación actoral grande. Y luego, en «La reina de belleza de Leenane», durante un tiempo en que Álex Casanovas estaba rodando, también le sustituyó; e igualmente en «El tiempo y los Conway». Es decir, siempre haciendo sustituciones de actores en obras que él había dirigido, pero realmente nunca con una intensidad, una cercanía y una implicación dramática de personajes tan grande como ahora.
MARIO. Lo de «A little night music» fue muy curioso, porque la cosa empezó con cuatro o cinco funciones que Constantino no podía hacer, pero la cosa se complicó y terminé haciendo treinta y ocho; al final nos partíamos la semana. Pero era otra cosa: yo había montado la obra –y aunque tenía una dificultado vocal lo pasé muy bien–, y no era trabajar juntos en un proceso dirigido por una tercera persona ni empezando desde cero en papeles de esta complejidad. O sea, que en ese aspecto se puede decir que nos estrenamos.
VICKY. Hemos trabajado juntos muchas otras veces...
MARIO. Desde los tiempos de «Doña Rosita la Soltera», cuando tú entraste a hacer un papel...
¿Qué tiene esta obra de especial?
MARIO. Se podría resumir en que es una obra muy buena. Lo que cuenta Eugene O’Neill –y cómo lo cuenta– sigue estando ahí; es un teatro en el que revela y desvela relaciones individuales y familiares que están por debajo y no afloran, con las cuales crea un tejido dramático casi de tragedia. A ello se añade que los personajes son muy reales, muy de carne y hueso. Es una obra escrita con mucho dolor, con mucha conmiseración y piedad, y que de algún modo pivota sobre uno de los dos aspectos fundamentales del ser humano. Hay un teatro sobre la relación con el entorno más cercano, la familia –éste–, y otro teatro que aborda el enfrentamiento del ser humano a la sociedad, al poder... O’Neill es hijo de Strindberg y de Ibsen, y ésta es una obra demoledora, pero llena de humanidad y de ternura. Es también una obra tan universal que hace que nos olvidemos de que está hablando de su propia familia, que es su autobiografía. Y, además, es una obra de verdad. Hay funciones que son muy buenas, pero que al cabo de unos días de ensayos empiezan a flojear; en ésta, incluso el día en que no estás inspirado, te choca absolutamente. Es muy de verdad, no te puedes resistir a ella, te absorbe.
VICKY. Yo, por mi parte, añadiría que está tan elaborada, tan llena de amor, de dolor; tan llena de deseo de comprenderse y comprender a los seres queridos, que todo esto, puesto en tela dramática, resulta muy atractivo. La narración, su recorrido –que es una jornada, un día–, permite al espectador ir viendo de una manera nada enfática, sino sugerida –y por ello, quizás más dolorosa–, la evolución –no sé si el deterioro– de lo que sería la vida de una familia; cómo, sin que pase nada especial, todo se va torciendo. Ese dibujo, ese sombreado que va creando a lo largo de las escenas, es tan magistral... Hay una capacidad de dramaturgo brutal ahí...
MARIO. Es un poeta...
VICKY. Es un poeta, sí. Y luego presenta unos hábitos y comportamientos nada sanos en todos los personajes, y eso hace que se produzca un torcimiento de un acento trágico demoledor. Pero esa descripción te prende, tiene algo de novela de intriga;¿qué pasa aquí?
La familia de la obra, ¿es una metáfora? ¿Podría transcurrir en otro entorno?
MARIO. «El largo viaje del día hacia la noche» es el retrato de una familia con problemas que pueden ser trasladados a otros entornos, y al mismo tiempo es una metáfora del comportamiento humano en cualquier núcleo social e íntimo. Eso, así como la misma anécdota, que trasciende de la propia familia de O’Neill y se convierte en algo universal, la convierte en gran teatro. Las grandes obras se escapan del autor e incluso de la lectura que se hace en cada época, que va variando y nos toca resortes distintos; y eso lo da O'Neill por vía metafórica y por vía poética.
¿Vicky, usted como actriz habías pensado alguna vez en este personaje?
VICKY. Nunca lo había pensado, fue muy sorprendente cuando me lo ofreció Cuco Afonso. Una agradable sorpresa...
MARIO. Yo sí había pensado que lo hiciera ella...
VICKY. ¿Ah, sí? Nunca me lo habías comentado. Tampoco hasta hace relativamente estaba en edad para el papel. Pero no, la verdad es que no es uno de esos grandes personajes –que lo es– que tenía ganas de abordar. No se me había ocurrido. Me sorprendió muy agradablemente el ofrecimiento... Y también me asustó un poco.
¿Es un personaje ingrato, o tramposo, en el sentido de que tiene tanta complejidad como, por ejemplo, una Medea, pero no ofrece su lucimiento?
VICKY. No sabría decirle. Tiene un tipo de complicación, o de complejidad, muy distinto de un personaje como Medea. Yo, en esto del lucimiento, entraría en consideraciones muy distintas. Si construyera el personaje de esta obra, Mary Tyrone, llevándola hasta los bordes de sus capacidades, podría –y también cualquier actriz– construir un personaje gigantesco, enorme, espectacular, lleno de mil cosas... Y que no tendría nada que ver con las relaciones de la obra. No solo el mío,... Todos y cada uno de los personajes tiene una vena muy ancha, muy larga y muy caudalosa. Es tan interesante –para mí– llenar todos los perfiles de Mary Tyrone como conjugarlos en armonía con el resto de los personajes. No se trata de hacer un número de lucimiento, se trata de servir una obra y contar una historia. Es evidente que las vías que el autor da a Medea son muy distintas de las que O’Neill da a cada uno de los personajes de esta pieza... Tu com ho veus, Gas?
MARIO. Yo veo que, como actor, uno tiene que estar muy concentrado –al mismo tiempo, es una facilidad que ella te otorga como compañera de escenario– para no quedarse mirando cómo interpreta esta mujer, porque realmente es fantástica. Todo lo que dice es verdad, y yo lo he podido comprobar como actor y como director trabajando con ella. Los papeles son los que son también en relación con los personajes que te rodean y el trabajo conjunto. Al margen de eso, los colores que logra ella de la paleta de Mary Tyron son para eso, para que si no estoy muy concentrado en mi papel, quedarme mirándola como un espectador. Pero ese concepto del trabajo colectivo a partir de la propia composición y estructuración de un personaje ella lo tiene muy claro, y está muy bien. Después viene la brillantez. Pero lo importante es profundizar en el personaje y en la relación que se teje entre los personajes, porque eso ayuda a la comprensión de la obra. Y es verdad que estos personajes son difíciles, complejos, pero hay una cosa que también ocurre con los autores: hay que confiar en ellos, tienes que dejarte llevar por ellos, no imponerles normas, porque ellos también se abren mucho. Cuanto mejor es un personaje, o una obra, más te facilita el camino, si sabes verlo. Y el director, Cuco Afonso, ha hecho un trabajo de gran sensibilidad y de clarificación de ideas; su trabajo colectivo con los actores ha sido estupendo.
VICKY. Además, yendo a lo que decía Mario, hay que decir que esta obra es muy larga. Dura tres horas y media o tres horas y cuarenta y cinco minutos, y en esta ocasión se ha peinado el texto. Borja Ortiz de Gondra ha hecho una versión en la que el trabajo ofrecía una pequeña complicación más, y es que no están algunas cosas, pequeños puentes de frases, de momentos... Pero está tan bien cortada que no echamos eso en falta, y además hemos ido trabajando con el director y ocupando esos pequeños terrenos que no estaban explicitados.
MARIO. Borja ha hecho una versión espléndida. Sin menospreciar las existentes, la suya es espléndida.
Usted, Mario, ¿se está redescubriendo como actor?
Redescubriendo no... El último papel grande que hice fue Valmy en «La doble historia del doctor Valmy», de Buero Vallejo, que dirigió para televisión Alberto González Vergel. Y durante mi época en el Español me tentaron varios directores. Le dije que sí a Jorge Lavelli en una obra de Berkoff, que empezamos a ensayar Blanca Portillo y yo, y que no se pudo hacer finalmente por problemas, digamos, de seguridad del público; y comprendí el error que supone meterse en papeles de envergadura estando en la dirección del Español. He seguido haciendo recitales de poesía, trabajos solo o con Ute Lemper, y sigo haciendo doblaje, que para mí es una vía de escape, porque tengo la suerte de doblar a actores muy buenos. Pero tenía ciertas ganas de volver a actuar, y dejar ese flirteo de hacer solo cosas pequeñas que me gustaran. Yo soy actor desde la adolescencia, y después de la etapa tan potente y tan fuerte de los ocho años y medio del Español, cuando llegaron estas dos propuestas dije que sí. Me apetece mucho. Y todo este tiempo en que yo he madurado quizás me ha servido para poder tener unas armas y unos instrumentos más pulidos para enfrentarme a personajes acordes con mi edad.
¿Y en qué ha sido diferente la relación director-actriz con la relación actor-actriz? ¿Se ha trasladado la complicidad entre ambos?
VICKY. Sí, yo creo que sí. La materia de nuestra relación era distinta a otros montajes, porque en aquellos yo estaba siguiendo sus indicaciones o sus sugerencias, y adaptándome a la idea que él tenía del montaje; y en esta ocasión me he encontrado adaptándome a la idea que tenía Cuco. Pero aunque la naturalea de la relación era distinta, la calidad ha sido igual. Estábamos los dos sirviendo la misma obra, sabemos qué tipo de juego –escénico y dramático– podemos tener... Nos conocemos mucho y ha sido como ver el paisaje desde otro ángulo; pero la complicidad, el deseo de ir siempre a favor de obra y de disfrutar, eran los mismos. Sabemos que es una maravilla trabajar en una obra que te gusta y que tiene la dificultad que tiene ésta; en ese disfrute no ha habido mucho cambio. Además de lo encantador que es encontrarme enfrente con él como intérprete, que ha sido una gozada.
MARIO. Yo una de las cosas que digo siempre es que para dirigir hay que tener una caña y un sedal largo. Tú entras, explicas a los actores el punto de partida, les tiras a todos la caña, vas dando sedal y luego lo vas recogiendo. Cuco ha transitado por ese camino, igual que otros directores. Él tiene las ideas muy claras, pero ha sabido de algún modo plantear puntos de partida e itinerarios, pero dejar también que nosotros fluyéramos, y luego ir recogiendo. Esa es la manera de dirigir, aunque hay muchos sistemas. Yo recuerdo que en 1989, cuando programé esta obra, dirigida por Bergman, en el Festival del Tardor, de Barcelona -que yo dirigía en esa época-, me hice muy amigo de Peter Stormare, un actor sueco que había hecho con Bergman obras como «Rey Lear» o «Hamlet»; él me contaba que Bergman podía parecer, para alguien que no le conociera, muy descolocante, porque no hablaba mucho. Decía cuatro cosas y dejaba la decisión en manos del actor. Dejaba construir y luego iba matizando. El director, si cree en los actores, en la obra y en sí mismo, no tiene necesidad de autoimponerse de una manera brutal, sino que ha de dejar que todo el equipo respire a favor de obra.

Fuente: Marcos Ordoñez (elpais.com)
Acontecimiento: el próximo 4 de septiembre, Mario Gas y Vicky Peña, uno de los tándems más creativos y aclamados de nuestra escena, compartirán el escenario del madrileño teatro Marquina en Largo viaje del día hacia la noche, la obra cumbre de Eugene O’Neill. Conversamos en el Café Central, a cuatro pasos del Español, el teatro que Gas dirigió durante ocho años y medio. Largo viaje es una antigua fascinación de ambos, desde que vieron, en los sesenta, la película de Lumet, con Katharine Hepburn y Ralph Richardson.
En los primeros ochenta, Gas quiso montar la función en el Romea, recién convertido entonces en Centro Dramático de la Generalitat. Y en 1989, como director del Festival de Tardor de Barcelona, trajo el fabuloso montaje de Bergman, con Jarl Kulle y Bibi Andersson. “Como actor”, cuenta, “me la ofrecieron varias veces: primero el rol del hijo pequeño, luego el mayor, y luego el padre, que es el papel que interpreto ahora. ¡El tiempo vuela!”. Hará unos meses, Gas estaba a punto de comprar los derechos y montarla, cuando le llamó Alejandro Colubi, el empresario del Marquina: “Me dijo: ‘Vamos a hacerte una oferta que te sorprenderá’. Y me sorprendió: el director Juan José Afonso quería contratarnos a Vicky y a mí para protagonizar Largo viaje. Y aquí estamos, con tres estupendos actores jóvenes: Juan Díaz, Alberto Iglesias y Mamen Camacho”.
Para ser un clásico de su envergadura, la función se ha puesto tan solo cuatro veces en España. En 1960 la estrenó González Vergel, en el Lara. Casi treinta años más tarde volvió a la escena (Español, 1988) dirigida por Narros y Layton. John Strasberg la monta de nuevo en el Albéniz, en 1991. Y Álex Rigola en La Abadía, en 2006.
“A mí me gustan las obras que, como esta”, señala Gas, “no se pueden resumir en una frase. Lo que podría quedarse en un psicodrama familiar se eleva hasta convertirse en una gran tragedia moderna, con un vuelo y una intensidad que la hacen universal. Es la historia de unos seres que quieren quererse y entenderse, y no lo consiguen”.
Añade Vicky Peña: “O’Neill hablaba de su propia familia, y no quiso que la obra se viera hasta pasados veinticinco años de su muerte, pero su viuda autorizó el estreno en 1956, en el Dramaten de Estocolmo. Era su ‘casa espiritual’, porque las influencias de Ibsen y Strindberg son evidentes”. A los pocos meses se estrenó en Broadway, con Fredric March y Florence Eldridge, y tuvo un enorme éxito”.
En una reciente entrevista en este periódico, Vicky Peña comentaba a Jacinto Antón que estaba harta de personajes trágicos y quería hacer alta comedia, “incluso vodevil”. ¡Y ahora le toca la Mary Tyrone del Largo viaje! “Es un regalo hacer un personaje tan extraordinario como Mary Tyrone, pero también es verdad que me encantaría hacer un Jardiel, un Coward, un Labiche… Adoro la comedia, aunque tienden a verme más en registro dramático”. Casi todos sus trabajos de comedia los ha hecho con Mario Gas y en musicales: la tierna Adelaide de Guys and Dolls, la demoniaca señora Lovett de Sweeney Todd… “¡Es verdad! Y la mayoría, en piezas de ese genio llamado Stephen Sondheim. Ahora que lo pienso, con una modalidad diferente en cada una: farsa (Golfos de Roma), comedia negra (Sweeney Todd), alta comedia (A Little Night Music), comedia amarga (Follies)… ¡Y las que nos quedan por hacer!”.
La actriz ve a Mary Tyrone, su papel actual, como una mujer frustrada, una mujer de clase alta, de un mundo marcado por las convenciones sociales, “que se enamora de un cómico, James Tyrone, y entra en una vida itinerante, de hoteles y viajes continuos. Sufre luego una experiencia muy dolorosa, que la trastorna, y poco a poco se refugia en el pasado, en sus recuerdos. Tiene puntos de contacto con la Blanche Dubois de Un tranvía llamado deseo, que interpreté a las órdenes de Mario: las huidas a un mundo de fantasía, la obsesión por el esplendor perdido”.
Para Gas, James Tyrone, su personaje, es “un buen hombre, pero lleno de conflictos: incomunicación con su mujer y sus hijos, insatisfacción consigo mismo. Nació en una familia de emigrantes y tuvo que ganarse la vida desde muy joven. Se convirtió en un actor de éxito, pero no en el actor que quería ser. Como todos los personajes de la obra, tiene muchas capas. He leído que March hacía un Tyrone colérico, que Olivier sacaba a la luz un lado mucho más doméstico…”.
Gas y Peña han estado unas cuantas veces juntos en escena, pero nunca en una pieza “con tanto papel”, por así decirlo. Mario recuerda que compartieron escenario en 1977, en un programa doble de Synge, formado por La boda del hojalatero y La sombra del valle, una producción del Salón Diana barcelonés, aquel breve pero formidable semillero donde tantos jóvenes actores de entonces (Juanjo Puigcorbé, Carmen Elías, Rosa Novell y Silvia Munt, entre muchos otros) echaron a volar. Yo les vi juntos en 1978, en Enrique IV de Pirandello, que Gas dirigía, y donde sustituyó como actor a Félix Rotaeta. “Volvimos a coincidir”, le dice Vicky, “en Doña Rosita la soltera, en la compañía de Nuria Espert. Y en El tiempo y los Conway, donde reemplazaste varias veces a Álex Casanovas”. Los recuerdos se aceleran. “¡Y volví a reemplazarle en La reina de belleza de Leenane!”, tercia Gas. Vicky: “Fuimos también el matrimonio Armfeldt de A Little Night Music, treinta y tantas funciones, cuando no podía hacerla Tino Romero. ¿Qué viene luego? La Orestíada, aunque allí no teníamos escenas juntos. Y luego Follies, claro”. Mario: “Ahora, por primera vez en mucho tiempo, protagonizamos un espectáculo del que no soy director”.
¿Y cómo sienta eso de contratarse como actor y no tener que dirigir? “¡Un gran descanso! (ríe). Me encantaba hacer sustituciones en mis montajes, porque concentrarse en actuar sin tener que estar atento a todo lo demás es un placer. Lo más latoso es aprenderse un papel tan largo, aunque sea espléndido. Yo sigo el método Espert: copiar una y otra vez mi texto, muy despacio, para metérmelo en la cabeza. Hay quien lo graba y lo escucha, pero a mí me va mejor ese otro sistema. Es como si hiciera los deberes para luego salir a jugar en el escenario. El escenario es el recreo”.
Mario Gas y Vicky Peña respiran teatro por los cuatro costados: vienen de familias de cómicos, y a su vez tienen hijos que siguen la tradición. El abuelo de Mario llevaba una compañía, y su tío abuelo pasó media vida en la compañía de Benavente. Su padre, Manuel Gas, era actor y cantante de ópera y de zarzuela, un bajo legendario. Su madre, Anna Cabré, era bailarina del Liceo. Su tío, el célebre Mario Cabré, actor y torero. “Yo nací en Montevideo”, cuenta, “durante una larga gira de mis padres. Mi hermano Manuel incluso hizo un curso escolar completo allí: recuerdo que sus libros eran a todo color, y los míos en blanco y negro. Yo fui uruguayo hasta la mili, a los 18 años”.
A esa edad, Gas ya está dirigiendo: en el TEU de Derecho, y poco más tarde en Gogo Teatro Independiente, en el “territorio libre” del Instituto Americano barcelonés. “La verdad es que el bicho me picó muy pronto. Cuando éramos críos, mi hermano bajaba siempre al foso de los músicos, con el maestro Sorozábal, y a mí lo que me gustaba era estar entre cajas. A los ocho debuté en Los agentes del quinto grupo, una película policiaca, con mi padre y con Armando Moreno, el marido de Nuria Espert. Adolescente, entré en las compañías de mi padre, en giras de verano: como actor (sin cantar), bailarín, ayudante de dirección… Y luego en la Facultad, sí, en el TEU, con Gustavo Hernández y Enrique Vila-Matas. Y en Gogo, con Santiago Sans, Carles Canut y Emma Cohen, que entonces todavía se llamaba Emma Bertrán”.
Vicky Peña era, dice, “cómica de segunda generación”, porque no había antecedentes teatrales en las familias de sus padres, Felipe Peña y Montserrat Carulla. No tenía, cosa curiosa, ninguna intención de dedicarse al teatro. “En aquella época mi padre se centró en el doblaje y la radio, pero pude ver incontables veces a mi madre, primero en el María Guerrero, donde estuvo dos temporadas, y después en una compañía maravillosa, con lo mejor del teatro catalán: Paquita Ferrándiz, Mercè Bruquetas, Ana Maria Barbany, Carmen Liaño… Y ellos, no menos estupendos: Abadal, Nonell, Lloret, Torner, Graneri, Anglada… Me chupé muchísimo camerino y aprendí mucho, aunque lo mío era la medicina, o eso creía”.
Se matriculó en enfermería y las prácticas le tocaron en el Hospital Clínico, en riñón artificial. Trabajaba, sobre todo, en turnos de noche. Un verano viajó a Londres para aprender inglés, y allí tuvo lugar la fulguración: “Un actor amigo de mi madre, Antonio Canal (ahora es el cura de Cuéntame), estaba estudiando con Roy Hart y me llevó a ver La madre, de Gorki: de golpe, decidí que quería ser actriz. Debuté como corista griega en unas tragedias resumidas, para público infantil, que Esteve Polls montó en el Español barcelonés, en 1971 o 1972. Carmen Elías era Ifigenia y Paquita Ferrándiz era Clitemnestra. ¡Trabajo duro, actuar para niños! ¡Eran tremendos! Una tarde, en una Antígona, Enrique Guitart paró la función y, muy amable, dijo: “Si armáis tanto ruido nos iremos”. Y los niños aullaron: “¡Idos! ¡Idos!”. Mi segundo gran aprendizaje fue en el Salón Diana, que un grupo de actores autogestionábamos, en cooperativa. Allí conocí a Mario”.
En 1976, las huestes de la muy ácrata ADTE (Asociación de Trabajadores del Espectáculo), lideradas por Gas, montan en el mercado del Borne un Tenorio que hace época, a caballo entre Ronconi y el Grand Magic Circus, con grupos de rock y dirigido colectivamente, que reúne a treinta mil personas durante tres días: casi un mini-Woodstock teatral catalán, del que pronto se cumplirán cuarenta años. Y en 1977, ya en el Diana, el aldabonazo de Enrique IV. Ocuparía mucho espacio detallar la trayectoria ascendente de los dos. Despegan en La ópera de tres reales, en 1984, en el Romea (ella es Polly Peachum, él dirige), y en los noventa comienzan a sucederse los éxitos: El tiempo y los Conway (1992), Sweeney Todd (1995) –la noche del estreno en el Poliorama, Sondheim subió al escenario y dijo que era el mejor montaje de su obra–, y el triunfo de La reina de belleza de Leenane (1998), que Vicky protagonizó con su madre, Montserrat Carulla. De las décadas siguientes, un top-ten de ambos debería incluir A Little Night Music (2000), Madre Coraje y sus hijos (2001), La Orestíada (2003), Homebody / Kabul (2007), Un tranvía llamado deseo (2010) y Follies (2012). Entre sus trabajos actorales más recientes cabe destacar el Julio César que Gas ha interpretado a las órdenes de Paco Azorín y la conmovedora María Moliner de Vicky Peña en El diccionario, dirigida por José Carlos Plaza.
Mario Gas considera que sus padres le enseñaron rigor: “Aprendí que el oficio requería trabajo, estudio, preparación. Me contagiaron su amor por el teatro. ‘Es un oficio muy hermoso’, decía mi padre, ‘pero muy duro y lleno de altibajos’. Me enseñaron a no elevarme por encima de los demás cuando las cosas van bien, y a apechugar cuando van mal”. Vicky Peña tiene otra impresión: “Los míos parecía que no me enseñasen nada, me dejaban aprenderlo por mí misma. Viendo una y otra vez la misma obra, yo me daba cuenta de que un día escuchaba embobada a los actores y otro día pensaba: ‘Hoy hablan raro’, porque no estaban tan bien. Es decir, que aprendía a detectar la verdad. Miranda, nuestra hija, también nos ha visto mucho desde cajas. Aprendí de mis padres que hacer teatro conlleva una responsabilidad múltiple: con uno mismo, con los compañeros, con el público y con la sociedad”.
Gas y Peña han estado juntos mucho tiempo como pareja, término que a Mario no acaba de convencerle: “Habría que buscar otro nombre, pero no se me ocurre. ¿Tándem, dúo?”. Vicky recuerda que alguien les dijo en una ocasión que eran “fijos discontinuos”, y que eso no le parece mal.
“Somos dos personas que tenemos muchas cosas en común, que nos apetece trabajar juntos”, dice Mario, “y nos llevamos muy bien. Y tenemos dos hijos fantásticos, Miranda y Orestes, que también son del oficio”.
Vicky remata: “Y sobre todo nos seguimos queriendo mucho, aunque haya veces que no nos aguantamos. Como vivimos muy cerca, cuando eso pasa, cada uno a su casa y listo. Pero sucede pocas veces”.
Propongo que Vicky me diga cómo es Mario dirigiendo, y a él cómo es Vicky actuando. Vicky le dice: “Tú ahora vete, que luego me iré yo”. Mario se echa a reír y obedientemente sale de escena.
“Cuando Mario hace un montaje”, cuenta Vicky, “siente y te hace sentir que en esa obra hay algo que a él le importa. En las primeras sesiones de trabajo desmenuzamos el texto. Es muy bueno analizando, siempre a favor de la obra. Leyendo en voz alta vas cogiendo una coherencia tonal, de juego en común. En los ensayos te deja explorar el personaje a tu aire, porque confía mucho en los actores. A mí me gusta mucho que no me dé pautas hasta más adelante. Entonces empieza a acotar, a decirte ‘recoge’, a tensar el tambor. Ahí puede ser tajante, incluso duro. Le gusta montar deprisa, levantar la función en pocos días. Y sobre lo que se ha hablado en la mesa y con la función levantada ya podemos ir moviéndonos. Antes era muy de notas, ahora no tanto. Recuerdo sesiones de notas agotadoras, sobre todo con compañías grandes, uno por uno. Hace muy bien los repartos, por adecuación dramática y pulsión personal. Hay una sensación de familia, pero son familias muy abiertas, que cambian y crecen. Él prefiere hablar de tribu. Sin que eso signifique clan ni capillita: le horrorizan”.
Reaparece Mario: “¿Son aquí las audiciones?”.
Vicky responde: “Pase, pase usted, que yo me voy a dar una vueltecita”.
“Vicky es una actriz fuera de serie. Por cómo se aproxima al personaje, cómo lo va haciendo crecer… Carlos Lucena, uno de mis maestros, fue el primero en hacerme ver su gran fuerza interior, cuando estábamos en el Diana. Desde entonces, me sigue asombrando cada vez, y eso no tiene precio: en teatro, la clave es que cada noche parezca la primera. No es una actriz fácil porque, como yo, tiene convicciones fuertes. Nos conocemos mucho y a veces las paredes tiemblan, porque la exigencia mutua es muy alta. Pero siempre es un regalo, porque sabes que te va a dar más de lo que le pides. A mí me gusta eso, ir descubriendo cosas con los actores, mano a mano. Todos nuestros trabajos juntos me dan una gran satisfacción. Tiene un instrumento muy fino, muy amplio, con muchísimas facetas y unas antenas capaces de captar frecuencias inimaginables.
Posee una sabiduría increíble: hay que darle mucho sedal para que pueda sacar todo lo que lleva en sí misma del personaje. Trabaja con intuiciones muy arriesgadas, y siempre lo da todo en cada ensayo. Es incansable, con una gran capacidad de juego y de emoción, y un gran compromiso. Trabaja con los demás, y eso en teatro es importantísimo: sabe muy bien que todo lo que pasa en escena se hace entre todos. ¡Vicky Peña, ya puede usted venir!”.
Vuelve Vicky Peña: “Deberíamos comer, señor Gas. ¡Tenemos ensayo a las cinco!”.

Duelo sobre las tablas

by on 18:15
Fuente: Marcos Ordoñez ( elpais.com ) Acontecimiento: el próximo 4 de septiembre,  Mario Gas  y Vicky Peña, uno de los tándems más cre...

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
La temporada teatral levanta el telón. La crisis (agravada en el sector por el IVA al 21%) zancadillea y, en algunos casos, derriba a los productores y empresas, cada vez más remisas a emprender nuevos proyectos, pero no frenan la creatividad de las gentes del teatro.
Como ejemplo, el bullente, cambiante y nutriente circuito alternativo, que ha transformado el teatro en la capital, y ha contagiado algunas de sus costumbres al circuito comercial; son cada vez menos frecuentes las largas temporadas y se imponen en los carteles las fechas cerradas para los espectáculos.
Hay excepciones, y entre ellas notables éxitos pasados que vuelven tras el verano (o en algún caso siguen) como«Toc-toc», «El Cavernícola», «La cena de los idiotas», «Una boda feliz» o «Burunganda» y «El nombre». Entre las novedades, propuestas para todos los gustos: clásicos, musicales, dramas, comedias, autores españoles... He aquí veinte de ellas que se estrenarán en Madrid entre septiembre y octubre.

Jugadores

Teatros del Canal, desde el 27 de agosto
Es una obra del dramaturgo catalán Pau Miró, estrenada hace un par de años en catalán con un reparto diferente. En esta nueva producción, dirigida por el propio autor, Luis Bermejo, Jesús Castejón, Ginés García Millán y Miguel Rellán interpretan a cuatro cincuentones fracasados y enredados por el juego.

El largo viaje del día hacia la noche

Teatro Marquina, desde el 4 de septiembre
Un clásico de Eugene O’Neill, uno de los padres de la dramaturgia contemporánea. «El largo viaje del día hacia la noche» es, para muchos la obra maestra del autor estadounidense. El aliciente de esta producción, dirigida por Juan José Afonso, es su pareja protagonista:Vicky Peña Mario Gas.

Calígula

Teatro Fernán Gómez, desde el 11 de septiembre
En 2013 se celebró el centenario del nacimiento de Albert Camus, y en pocos días coincidirán en Madrid dos obras suyas. Una de ellas es «Calígula», que llega al escenario en un montaje dirigido por el veteranoJoaquín Vida y protagonizado por Javier Collado.

Enfrentados

Teatro Amaya, desde el 17 de septiembre
Arturo Fernández va a ser infiel a su esmoquin, compañeros de escenario durante las últimas décadas, para vestirse en esta obra un clergyman. Encarna en esta pieza de Bill C. Davis a un carismático sacerdote a cuya parroquia llega un joven seminarista (David Boceta) con el que tendrá sonados enfrentamientos.

El loco de los balcones

Teatro Español, desde el 17 de septiembre
Continúa el Teatro Español con el ciclo dedicado a la obra teatral deMario Vargas Llosa con la puesta en escena de esta obra, escrita en 1993. José Sacristán es un profesor de historia del arte viudo y dedicado a rescatar balcones coloniales. Dirige la función Gustavo Tambascio.

El hijo de la novia

Teatro Bellas Artes, desde el 17 de septiembre
La película que con este título dirigió Juan José Campanelladescubrióun nuevo cine argentino, quesabía conmover a través de historias cercanas y llenas de humanidad. Ahora se ha realizado la adaptación teatral del filme, con Álvaro de Luna, Tina Sáinz yJuanjo Artero como protagonistas.

Donde hay agravios, no hay celos

Teatro Pavón, desde el 17 de septiembre
La Compañía Nacional de Teatro Clásico presentó en el festival de Almagro su nueva produccíón, que estrena ahora en Madrid. Se trata de una comedia de Ruiz de Alarcón llena de enredos y situaciones equívocas y que dirige la directora de la compañía, Helena Pimenta, con actores como Marta Poveda, Rafa Castejón Natalia Millán.

El ministro

Teatro Cofidis-Alcázar, desde el 24 de septiembre
Carlos Sobera regresa a los escenarios con esta comedia de trasfondo político escrita por Manuel Prieto y dirigida por Silvestre G. La actualidad gotea en la pieza, en la que acompañan a Sobera Marta Torné, Javier Antón Guillermo Ortega.

La plaza del diamante

Teatro Español, desde el 24 de septiembre
Lolita Flores vuelve al teatro para encarnar a la célebre Colometa de la evocadora novela de Mercé Rodoreda, la crónica de la Barcelona de posguerra. Dirige la función Joan Ollé.

Con la claridad aumenta el día

Teatro de La Abadía, desde el 1 de octubre
El dramaturgo mallorquín Pep Tosar ha tomado como punto de partida el libro «Mis premios», de Thomas Bernhard, un texto póstumo en el que el autor mostraba su animadversión por los galardones y reconocimientos.

Diez negritos

Teatro Muñoz Seca, desde el 2 de octubre
Agatha Christie es siempre sinónimo de éxito. El director catalánRicard Reguant ofrece una nueva versión de esta inquietante función, en la que la autora británica tensa la intriga con la paulatina y misteriosa muerte de sus protagonistas, encerrados e incomunicados en una isla.

Al final de la carretera

Teatro Fernán Gómez, desde el 2 de octubre
Una agridulce comedia de Willy Russell, autor de «Shirley Valentine», que habla de la crisis de valores con su particular humor arañador. Gabriel Olivares dirige un reparto de nombres populares:Melani Olivares, Marina San José, Raúl Peña Manuel Baqueiro.

Los justos

Naves del Español, desde el 2 de octubre
Segunda obra de Albert Camus en la cartelera madrileña. La versión, de José A. Pérez, convierte a los anarquistas rusos que preparan un atentado en etarras. Obra intensa que dirige Javier Hernández Simón.

Cancún

Teatro Infanta Isabel, desde el 3 de octubre
Jordi Galcerán es uno de los autores españoles vivos con mayor éxito y más representados. Llega al Infanta Isabel una nueva producción de esta comedia que combina risa y reflexión, y que protagoniza María Barranco.

Priscilla, reina del desierto

Nuevo Teatro Alcalá , desde el 3 de octubre
No podía faltar la apuesta musical en este arranque de temporada. En esta ocasión se trata de una producción de origen australiano basada en la película homónima. La dirección artística es de Àngel LLácer.

50 sombras de Grey

Teatro Nuevo Apolo, desde el 8 de octubre
Un musical que es en realidad una parodia de la célebre novela erótica que ha conquistado a millones de lectoras (sobre todo) en todo el mundo. Procede de EE.UU. y lo dirige Jesús Sanz-Sebastián.

VIP

Teatro María Guerrero, desde el 8 de octubre
Nuevo trabajo de Els Joglars, dirigido por Ramón Fontseré; en él, con su particular humor y causticidad, se ironiza sobre la sobreprotección a los niños de hoy.

Lluvia constante

Teatros del Canal, desde el 9 de octubre
Roberto Álamo Sergio Peris-Mencheta protagonizan este duro duelo interpretativo, en el que encarnan a dos jóvenes policías policías. La obra es de Keith Huff y la dirección de David Serrano.

Ricardo III

Teatro Español, desde el 29 de octubre
Juan Diego protagoniza esta versión de la extraordinaria obra de William Shakespeare, con dramaturgia de José Sanchis Sinisterra. Le acompañan en el reparto Julieta Serrano Asunción Balaguer.

El regreso de Concha Velasco



Fuente: Carlos Avilés Soler (elpais.com)
"He intentado mostrar el drama de la vida visto desde el humor". Así resume el autor teatral Eduardo Galán su última obra, Hombres de 40, que se estrena en el Teatro Marquina. Roberto Álvarez, Diana Lázaro, Roberto Nogués y Francesc Galcerán forman el elenco de esta obra que se desarrolla en un gimnasio en Legazpi y que habla de rivalidades familiares, problemas de dinero, crisis de fe y de valores.
"Lo de la crisis de los 40 es una excusa para hablar de todo eso. En realidad la obra trata sobre los problemas que cualquiera de nosotros puede tener, los problemas  con uno mismo", cuenta Galán, autor también de obras como La curva de la felicidad y Felices 30. Los personajes masculinos luchando entre ellos y contrapuestos al único caracterizado por una mujer. "Ella representa el idealismo, la pelea por los sueños, porque las mujeres son más maduras que los hombres. Nosotros somos más mediocres", razona Galán.
El argumento gira en torno a la pugna de los personajes por vender o conservar el local. "El gimnasio es un negocio de los de toda la vida, de los que ya no quedan. Ahora todo son grandes establecimientos y cadenas comerciales", dice Galán. "Es el reflejo de lo que estamos perdiendo: esa cosa humana y familiar". Además, hay un cuadrilátero y sacos de boxeo, deporte que, para el creador, sirve de metáfora: "Cuando te caes, tienes que levantarte".
¿Reivindicación? ¿un intento de sacudir las conciencias de los espectadores? "No creo", cuenta Álvarez. "Lo que hay que hacer es pedir responsabilidades y solidarizarnos entre nosotros. Aquí de lo que se trata es de pasar un buen rato". Galán asegura que ha intentado "hacer algo parecido a lo que fue la movida en los 80: diversión pero con un contagio de ideas. En cualquier caso, creo que los actores, junto con el director han logrado algo muy complicado, como es hacer que el público se levante al final de la obra, llevarle de la carcajada a la lágrima".
La presentación en Madrid contó con un maestro de ceremonias de excepción. El ciclista Perico Delgado, ganador de un Tour de Francia y ahora comentarista en TVE, ya vio la función representada en Segovia. "Roberto, que es amigo mío me pidió que me uniese a ellos y así lo he hecho: estoy aquí por amistad". La elección no es casual. "Pocas veces ocurre, como en esta obra, que el deporte y la comedia van de la mano", explica Galán durante la presentación.
La función, cuenta el exdeportista, representa "los proyectos muertos y la reticencia a enterrar el hacha de guerra, como hace la chica de la obra”. No obstante, reconoce que quizá otros se vean mejor identificados. “Quizá porque yo he tenido suerte y he podido realizar mis sueños de juventud".
La obra, en cartel desde el 14 de marzo, tendrá una función de martes a jueves a las 20.00; los viernes y sábados a la misma hora y a las 22.30, y los domingos a las 19.00.


Hacía dos décadas que Juanjo Puigcorbé (Barcelona, 1955) no se subía a un escenario. El actor, una de las caras más reconocibles de nuestras pantallas grande y pequeña, ha pasado todo ese tiempo encadenando proyectos de cine y televisión sin parar. La primera parte de su carrera, sin embargo, la desarrolló en el teatro, primero como director, guionista y finalmente como actor, etapa que culminó en 1987 con el Premio Nacional de Teatro de Cataluña. Ahora vuelve a las tablas interpretando al crítico Volodia en la nueva obra de Juan MayorgaSi supiera cantar, me salvaría. El crítico.

Primera pregunta obligada: ¿por qué ha pasado tantos años alejado del teatro?

En primer lugar porque he estado haciendo muchas otras cosas. Me han hecho muchas ofertas de teatro comercial, pero cuando eres cabeza de cartel de una obra de ese tipo tienes que comprometerte para un período de tiempo muy largo, y ninguno de los proyectos que me ofrecían me interesó tanto como para hacerlo. Por otra parte, esperaba que algún centro dramático me llamara, pero no sucedió.

¿Qué sensaciones ha tenido en la vuelta?

En realidad, como dice mi compañero de cartel Pere Ponce, no parece que haya estado tanto tiempo fuera. Nuestra profesión tiene matices según se trate de cine, televisión o teatro, pero la esencia es la misma. Lógicamente, me hace mucha ilusión volver al teatro, que fue donde empecé y en él desarrollé una carrera larga, intensa y bonita que culminó con el Premio Nacional de Teatro de Cataluña en 1987 por la obra que hacía junto a Flotats, Per un si per un no. Esta obra de Mayorga está en la tesitura de lo que yo esperaba para volver a teatro. Es el mejor autor contemporáneo español, se estrenan obras suyas por todo el mundo y e incluso se llevan al cine con mucho éxito, como ha sucedido con En la casa. A Mayorga se le estudiará en los colegios dentro de unos años.

El contexto de la obra es el mundo del teatro, pero detrás de eso hay mucho más.

La obra trata de la relación entre un crítico y un autor y, tras ella, la necesidad de reconocimiento, una relación padre-hijo y maestro-alumno, la tutela como protección o como represión. En definitiva, trata de las relaciones humanas. Y con una mujer de fondo, como puede verse en el cartel...

¿Qué es lo más esencial de su personaje?

Volodia es un misántropo, un incorruptible amante del teatro, es radical y nada mundano, casi ascético. Es el crítico ideal. Ni él ni el autor Scarpa son personajes costumbristas, sino ideales. Se encuentran una única noche y ponen toda la carne en el asador en defender cada uno su posición.

¿Cómo ha sido su relación con la crítica?

Muy buena. He tenido la suerte (toco madera) de recibir siempre buenas críticas. La función del crítico es esencial y tengo varios amigos que se dedican a ello y a los que me gusta leer.

¿Qué importancia tiene la labor del crítico hoy?

Desde que la aristocracia dejó de ser la que pagaba el arte, sino que es comprada por la burguesía, nació la necesidad de que haya mecanismos para defender los intereses del espectador. De ahí nace un rango que va desde la recomendación -ya sea el boca a boca o a través de un crítico- hasta la crítica especializada y seria, la de un profesional que debe juzgar cosas que se adelantan a su época. Es una figura muy necesaria, la del crítico que sabe ver más allá porque comprende que el arte siempre ha de avanzar.

En la obra está presente la necesidad que todos tenemos de un maestro. ¿Cuál ha sido el mejor de los suyos?

Fabià Puigserver, un maestro en todos los sentidos: escenógrafo, creador, impulsor. Fue un hombre de teatro para quitarse el sombrero.

Por el contrario, el crítico Volodia busca dejar un legado. Usted ha dado clases en alguna ocasión. ¿En qué hace más hincapié cuando se da el caso?

En la voluntad de contar, esa es la base de la interpretación. Luego está la artesanía de cómo hacerlo. Ahora hay una generación buenísima de actores, directores y técnicos entre los 20 y los 30 años. Gente buena, educada, de su tiempo, inteligente y muy comprometida con su trabajo. Están mejor preparados que nunca, pero han tenido la mala suerte de encontrarse con la peor situación posible.

¿Cuáles serán sus próximos proyectos?

Tengo un proyecto para televisión, pero no puedo contar nada porque aún no está aprobado definitivamente, y nos queda todavía la otra mitad de la gira de El crítico, incluyendo plazas tan importantes como Barcelona, Valencia y Sevilla.

Fuente: Patricia Ortega Dolz (elpais.com)

El día que el dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965) entró en la casa de Franco Quadri —el que fuera el crítico teatral más influyente de Italia, profundamente respetado en el resto de Europa y fallecido en marzo de 2011— descubrió dos cosas. La primera, que tenía dos casas gemelas en Milán: la de arriba era donde vivía el solo y la de abajo en la que trabajaba y recibía a la gente. La segunda, que se había topado con un hombre de pelo cano que tenía en la cabeza todo el teatro europeo del último siglo, alguien ensimismado, obsesionado, apasionado por la escena, que se ausentaba mentalmente durante minutos, merodeaba por la sala y regresaba con un papel en la mano: “El montaje está hecho desde la perspectiva del muerto”, estaba escrito de su puño y letra. Esa frase, garabateada en una hoja aparentemente perdida entre otras muchas de un escritorio, era la matriz de una de sus críticas en el diario La Repubblica. Una de esas por las que fue amado y odiado. Una más de las muchas que acabaron por convertir al crítico en una autoridad, en una referencia, en una especie de espejo de la verdad en el que muchos autores deseaban verse reflejados (reconocidos), para lo bueno y para lo malo. El crítico, visto como alguien que contribuye a que el creador averigüe si el último camino elegido ha sido acertado o equívoco, alguien capaz de descubrirle al autor su propia obra.

Aquel encuentro fortuito entre uno de los dramaturgos contemporáneos españoles más solventes y con más proyección internacional y el crítico por excelencia, al igual que ese papel que guardaba Quadri en su escritorio para su próxima columna, puede ser el germen de lo que podrá verse en el Teatro Marquina de Madrid a partir del 10 de enero. Mayorga lo ha titulado Si supiera cantar, me salvaría: EL CRÍTICO. Es su último texto y lo llevan a escena Juanjo Puigcorbé (el crítico) y Pere Ponce (el autor), dirigidos por el canario Juan José Afonso.

Mayorga pone sobre las tablas algo que él mismo vive como una necesidad, la de un interlocutor honesto, “un otro capaz de transformarte”, alguien con quien asumir el riesgo de enfrentarse y cuestionarse a uno mismo. Y mete al autor, llamado Scarpa en su ficción, en la casa del crítico, bautizado Volodia, como aquel héroe de la organización de pioneros de la ex Unión Soviética. Provoca un combate dialéctico en esa habitación en la que “se han destruido muchos nombres y muchos sueños”.
Pero no lo hace un día cualquiera, a cualquier hora, sino que da rienda suelta al morbo y genera el encuentro precisamente en el momento en el que el crítico se va a poner a escribir sobre la obra del autor, justo después de acudir al estreno de la función. Qué puede ser más obsceno para un dramaturgo que colarse en la habitación del crítico mientras escribe sobre su última obra.
— ¿Hay algún orden?, pregunta Scarpa mientras fisgonea en la biblioteca.
— Por supuesto, responde Volodia.
— No consigo encontrarlo
— Jerárquico. El orden de excelencia. Si un día se desata un incendio, sé por donde empezaré a llenar la maleta.
El primero es Rey Lear, el segundo Antígona, el tercero unas veces es Woyceck y otras La Tempestad... La excelencia, la búsqueda de la excelencia es el deseo velado que atraviesa todo el texto de Mayorga. El autor, desesperado por acertar en el manejo de su talento para darle impulso a su trayectoria. Y el crítico, ávido de dar con una función que le sobrecoja. Ambos, en una eterna correspondencia epistolar clandestina, en clave.
“El autor escribe su obra para el crítico, para conmoverle, acaba viviendo por y para para él”, apunta Ponce. “Un texto sabe cosas que su autor desconoce”, comenta Mayorga. “El crítico puede descubrir sentidos que no eran evidentes para ti mismo”, agrega.
“Una crítica mala puede ser una bendición para un autor”, dice Afonso. “En esta obra, la creación teatral acaba siendo la excusa por la que dos individuos se plantean cómo se enfrentan a sus vidas, cómo quieren vivirlas”, añade.
“Son las dos caras de una misma moneda unidas por una verdad inasible, que es el canto”, resume Puigcorbé. Desde el próximo jueves habrá funciones con público, pero el estreno no será hasta el día 15 de enero. Veremos que escriben después los críticos en sus casas.
Si supiera cantar, me salvaría: EL CRÍTICO. Teatro Marquina. Del 10 de enero al 10 de marzo. Entrada: 25 euros

En la casa del crítico

by on 17:38
Fuente: Patricia Ortega Dolz (elpais.com) El día que el dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965) entró en la casa de Franco Quadri —el...