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Fuente: Julio Bravo (abc.es)
«Tennessee Williams es un poeta; yo lo comparo a Lorca, porque, siendo tan distintos, tienen una visión muy profunda del ser humano, lo saben entender y no se quedan en lo externo, y sus personajes son al tiempo triunfadores y perdedores, verdugos y víctimas». Son palabras de Silvia Marsó, que encarna a Amanda en la nueva producción de «El zoo de cristal» que presenta el teatro Fernán Gómez. Acompañan a la actriz Carlos GarcíaAlejandro Arestegui y Pilar Gil, bajo la dirección de Francisco Vidal. La versión es de Eduardo Galán y la escenografía de Andrea D’Odorico
Amanda, cuenta la actriz, «es un personaje grotesco, que a veces roza el ridículo. Está enferma de nostalgia; Amanda perdió la vida, las esperanzas, la ilusión, y se quedó anquilosada en esa nostalgia enfermiza, y se aferra a los recuerdos».
«El zoo de cristal», situada en el sur de Estados Unidos en los años treinta del siglo pasado, es una obra en parte autobiográfica. «Tennessee Williams es Tom, uno de los hijos de Amanda, pero retrata su recuerdo. Tiene algo de sueño. Se tiende a asociar a su autor con el naturalismo, pero esta obra no lo es al cien por cien. Tiene un punto poético, mágico y esencial. Sus personajes están muy bien dibujados, vistos a través de un microscopio. Amanda tiene muchos colores: es cruel, divertida, cariñosa, frágil».
El autor, añade la actriz, «no juzga a ninguno de sus personajes. Todos están frustrados, y eso les lleva a ser unos perdedores. Pero no hay culpables ni víctimas. En todo caso, lo serían de la sociedad. Y ahí sí opina Teneessee Williams, la crítica social está patente en el texto. La obra se sitúa en el período de entreguerras que, en cierta forma, tiene equivalencia con la época actual: desencanto, faltas de expectativas, de oportunidades; de esperanza para la juventud, principalmente. En eso es muy actual. Amanda quiere lo mejor para sus hijos de una manera obsesiva, enfermiza; pero yo creo que a los padres de hoy en día, que han costeado una buena carrera a sus hijos y ven que no tienen salida laboral y, en algunos casos, tienen que irse al extranjero, se verán identificados con ella».
«Las obras grandes, y ésta lo es, pasan la criba de los siglos -continúa Silvia Marsó-. Porque hablan de los conflictos del ser humano, por eso pasan las décadas y las décadas y siguen ahí».
Reconoce la actriz que el personaje de Amanda no es el más intensoque ha interpretado, pero sí el más complejo. «Nora, de "Casa de muñecas", o "Yerma", de entre las obras que he hecho recientemente, eran más intensas; pero éste es más complejo, porque en un mismo ser humano se dan varios registros, y a veces incluso en la misma frase. Pasa de la crueldad al amor desmesurado en menos de un segundo, y pasando por la ilusión y la desesperación. Si fuera psicóloga, para mí sería un lujo poder tratar a un personaje como Amanda. Es, como dice Paco Vidal, el director, un tanque que sale solo después de un bombardeo».
Ya empieza el personaje de Amanda a dejar huella en la actriz. «Todos lo hacen, porque me ayudan a crecer personalmente. Yo hace tiempo que elegí hacer este tipo de teatro, grandes textos con grandes personajes, y comprometidos con el ser humano; y el poso profundo de los autores me va enseñando sobre el hombre y sobre la vida. Y el espectador también aprende. Asistir a una representación de uno de estos autores es una lección de vida».
Acaba de cumplir Silvia Marsó treinta y cinco años de carrera profesional. «He tenido la suerte de poder enfocar mi carrera hacia este tipo de teatro. He rechazado otros proyectos más de entretenimiento o comercial, que también están muy bien, para centrarme en estos personajes. Porque ellos son la esencia de por qué soy actriz. Algunas series o programas de televisión que he hecho me han servido de trampolín, pero esto es lo que quería hacer».


Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es)

Decía Camus que su verdadera universidad habían sido el teatro y los campos de fútbol. En estos últimos fue todo un porterazo. En las salidas, cara a cara con los delanteros, era casi imbatible. Se lanzaba con fiereza a sus pies para rebañarles con los guantes el balón. Pero la tuberculosis le apartó bruscamente de los terrenos de juego. El teatro fue un sustitutivo consolador. Alrededor de las tablas recuperó el clima de camaradería y de solidaridad que vivió en los vestuarios. Confabulado con un grupo de amigos, creó en unos barracones de Bab-el-Oued (Argel) la compañía el Teatro del Trabajo. 

Es 1935, un tiempo en el que la amenaza de la violencia sobrevuela Europa. La Guerra Civil en España parece inevitable mientras que en Alemania el nazismo escupe ya sin complejos su mensaje de odio. La primera obra que montan es El desprecio, de Malraux, pionero en vislumbrar las negras intenciones de Hitler. Camus sabe que no es un texto brillante pero eso es secundario. Lo que toca es comprometerse contra las tiranías en marcha.

Desde ese momento, Camus y el teatro estarán unidos por un eslabón vitalicio, forjado por la sensibilidad y el compromiso hacia la realidad que le circunda. Un vínculo obvio en sus obras, todas con un sustrato ético aún candente. En las encrucijadas planteadas en sus dramas destellan nuevos brillos a la luz de nuestra época. Brillos que hoy iluminan a autores contemporáneos. Es lo que les sucedió a José A. Pérez y Javier Hernández-Simón, firmantes de la versión de Los justos que veremos en Matadero a partir del miércoles 1 de octubre. Ambos, bilbaínos, llevaban tiempo dándole vueltas a cómo afrontar sobre el escenario el terrorismo etarra, pero no encontraban el enfoque ni el tono.Temían caer en el entretenimiento o en lo panfletario. Les espantaba también dar la impresión de listillos con la convicción de poseer la fórmula para pacificar su tierra. Las dudas se desvanecieron cuando el texto de Camus cayó en sus manos. “Sí, fue una iluminación”, recuerda José A. Pérez. 

El dilema de un grupo de terroristas durante la revolución de 1905 era perfectamente extrapolable al seno de Eta. Camus se inspiró en el asesinato del Gran Duque Sergio Aleksándrovich Románov. En las bambalinas de ese atentado el escritor francés desencadenó la dialéctica: los revolucionarios antizaristas se dividen en dos bloques. Uno inflexible y convencido de que la lucha armada es el camino. Otro en el que el que los muertos empiezan a pesar demasiado en las conciencia. Pérez y Hernández-Simón trasladaron esa ruptura al Madrid de 1979. “En ese tiempo, con la consolidación del proceso democrático, se intensifican las disensiones internas en Eta. Es un momento en que la paradoja ideológica que subyace en el terrorismo se revela ante los mismos que lo ejercen”, explica a El Cultural José A. Pérez.

Uno de los miembros de la célula recula justo en el instante que debe detonar un coche bomba al paso del vehículo de un ministro. Ve a sus hijos pequeños por la ventanilla y la determinación se desvanece. Contraviene así la orden de sus superiores, lo que provoca una tensa discusión en el piso franco en el que se agazapan como alimañas. El cruce de argumentos (y berridos) busca esclarecer una sucesión de preguntas que, como advierte José A. Pérez, se encadenan ad infinitum: “¿Existe justificación para el terrorismo? ¿Es justo matar a un hombre si, con su asesinato, se hace justicia para miles, para decenas de miles, para millones? Si se asume la respuesta afirmativa, ¿dónde está el límite? ¿Es justo matar a una persona? ¿A diez? ¿A mil? ¿Es justo matar a civiles? ¿Es justo matar a niños si con su muerte se hace justicia?”.

La obra ya ha podido verse en varias localidades: Alcira, Valencia, Valladolid, Palencia, Mérida... También en el País Vasco. De momento, en Baracaldo y Durango. Tras el espaldarazo del Matadero esperan, por fin, presentarla en su Bilbao natal y también en San Sebastián. Sus artífices han podido testar de primera mano el impacto que causa: “La cervezas son bien animadas después de las representaciones. Hay personas que en el curso de la conversación hasta modifican su postura...”. Ellos en cambio se han mantenido firmes desde el principio. No hay equidistancias ni equilibrismos. “Los justos [sus justos] es una obra contra Eta”, sentencia José A. Pérez. Contra Eta y contra la violencia amparada en una causa o en una ideología. 

Y ahí, quizá, esta versión entra en colisión con el espíritu camusiano. “Es muy difícil saberlo. Tendría que determinarlo el propio autor. Yo he escuchado todo tipo de interpretaciones de Los justos: desde que defiende la violencia bajo determinadas circunstancias, como por ejemplo si se emplea para derrocar una tiranía, hasta que es un alegato pacifista. Mi opinión es que su posición es ambigua. Nosotros entendemos que queda abierta para que cada cual saque sus conclusiones”. Ellos han extraído las suyas y las muestran sobre el escenario, añadiendo diez segundos al final que apuntalan su planteamiento ético, para borrar cualquier atisbo de indeterminación.

Es una coda de Javier Hernández-Simón, también director de un montaje austero, con Lola Baldrich, Alex Gadea y Ramón Ibarra en el elenco, que huye de la estética realista. La escenografía opta por el simbolismo: los personajes aparecen atados a la tierra por sogas. Metáfora clarividente de los peligros de exacerbar el localismo. La oposición frontal a Eta, eso sí, no está reñida con una humanización de los terroristas. Lloran, ríen, hablan del amor y evocan con nostalgia los parajes de sus pueblos... 

Un calígula sensible y lúcido

Vorazmente humano es también el Calígula perfilado por Camus. No se corresponde con el demente sanguinario de la leyenda, que empezó a prefigurarse en las crónicas de Suetonio (Vida de los Doce Césares). Su crueldad se enciende cuando toma conciencia de una condena inapelable: “Los hombres mueren y no son felices”, lamenta. Esa certeza le alcanza al fallecer Drusilla, su hermana y, al decir de muchos, su amante predilecta. Pero estamos ante un gobernante lúcido, sensible e inteligente, muy consciente de sus decisiones, que reacciona con virulencia cuando la burocracia palatina, en mitad del duelo, empieza a apremiarle con asuntos prácticos. “Cuando ve que los patricios que le rodean no tienen interés alguno en su sufrimiento, se revuelve con ira. Calígula se da cuenta de que a sus asesores sólo les desvela la marcha de las finanzas. La revancha contra ese desprecio a su dolor es aplicarles su lógica economicista hasta el último extremo”, comenta Joaquín Vida, autor y director de la versión que permanecerá en el Fernán Gómez hasta el martes 28 de octubre, con Javier Collado Goyanes encarnando la refinada demencia del emperador romano. 

Vida utiliza también al escritor francés como plataforma para alzar su crítica al mundo contemporáneo, “en el que la economía está muy por encima del bienestar espiritual de los ciudadanos”. “Profundizar en Camus hoy, zarandeados como estamos por una inacabable crisis económica a la que es sacrificado hasta lo más sagrado, es una necesidad para quienes contemplamos con angustia lo que está sucediendo”, añade. 

Vida ha echado mano además de un puñado de actores veteranos, de voz poderosa y mucho empaque, para interpretar a los burócratas palatinos. Ha tenido que poner mucho de su parte para dotarles de encarnadura. El teatro de Camus se resiente a veces de una excesiva abstracción, con personajes trazados como ideas puras. Una rigidez intelectual que disuade a algunos registas mientras que para otros es un acicate. En este último grupo encontramos a Eduardo Vasco, que ha atestado durante dos temporadas el María Guerrero y el Matadero con su versión de El malentendido, una parábola con la que Camus plasmó “la imposibilidad de recuperar el paraíso perdido” (palabra del Nobel francés). La producción fue concebida como un homenaje de Cayetana Guillén Cuervo a su padre, cercado por el cáncer mientras la compañía se apresuraba para subirla a escena. No pudo verla. No llegó a tiempo. Pero el guiño filial a Fernando Guillén, que la representó en el Poliorama de Barcelona bajo dirección de Adolfo Marsillach en 1969, no pudo ser más emotivo. 

La filosofía del absurdo permea en esta pieza rematada por Camus bajo la ocupación nazi de Francia. Al igual que en Calígula, los hombres parecen huérfanos, olvidados en la tierra. Nada queda a lo que aferrarse: ni Dios, ni ideología, ni ciencia, ni moral... Esa sensación de que la humanidad se ha quedado colgada en un limbo emparenta a Camus con los padres del teatro del absurdo: Beckett y Ionesco. En el fondo pero no en la forma de su dramaturgia descoyuntada. Es como lo ve Vasco: “Camus escribe historias que no están tan alejadas de una realidad que no por ser terrible es menos real. En El malentendido parte de una noticia y la dramatiza, no le hace falta recurrir a la ficción; el absurdo es parte del mundo que le rodea. Que nos rodea”. El salto de tiempo es legítimo de nuevo. Para que no chirriase puso todo su empeño: “Una cosa es que la obra maneje temas o ideas vigentes y otra que nos inquieten en el momento que vivimos. Tratar de conectar el mundo del autor con los espectadores de hoy es tarea nuestra. En este caso hay muchos motivos que nos siguen incitando a la reflexión. Cuestiones acerca de justificar los medios para conseguir un fin, acerca de la familia y sus raíces ancestrales, de los lugares en los que uno vive, lo económico como único valor todopoderoso... Camus escribe una tragedia con bases clásicas. No sé si pretende enseñar; más bien activar un estado crítico: inquietar y servir la posibilidad de la reflexión que incite el cambio”. 

Un cambio que según Carles Alfaro sólo puede tener éxito si hace palanca en las conciencias individuales. “No bastan con policías que nos vigilen, ni con fiscales que nos acusen, ni con jueces que nos juzguen. Tiene que partir de nuestro fuero interno. Y ahí la palabra de Camus puede ser muy eficaz”, afirma. Alfaro es un camusiano impenitente. En 2002 montó La caída en el Teatro Nacional de Cataluña y el año pasado exhibió una original propuesta escénica de El extranjero, con el indolente Mersault desdoblado en dos personajes: una especie de juego para adentrase con más hondura en su psique. Asegura que tiene entre ceja y ceja levantar Los justos y Calígula: “Necesito volver cíclicamente a Camus. Siento una identificación enorme con él. Y además creo que su posición frente al pensamiento único y su capacidad para esquivar el cinismo son muy necesarias”. 

Así lo entiende el público francés. Daniel Mesguich, director del Conservatorio Nacional de Teatro de París (también de origen argelino), lo confirma a El Cultural: “No es difícil encontrar sus obras en las carteleras. Pero debería representarse más todavía. Para mí, es el único intelectual que ha mantenido siempre una actitud justa y equilibrada. Unos lo tachan de haber aceptado el imperio colonial. Otros lo ven como demasiado izquierdista. Al contrario que Sartre, que se equivocó siempre, Camus acertó siempre”. 

Pero cuidado con colocarle en un pedestal. Eso le haría removerse en la tumba. Una vez, un periodista le preguntó cuál era el cumplido que más detestaba. La respuesta fue contundente: “La honradez, la conciencia, lo humano, en fin, ya sabe usted, toda esa verborrea moderna”. Camus intentaba ya en su día blindarse contra la beatificación. Su actitud en el mundo y en la literatura tenía más que ver con el verso de su poeta de cabecera, René Char: La lucidez es la herida más cercana al sol. Quizá por eso hoy Camus nos sigue quemando. 


El imaginario cordial del efecto Camus, por José Antonio Marina


Albert Camus fue una pasión de juventud. Como muchos de mi generación, lo conocí a través de la obra de Charles Moeller Literatura del siglo XX y cristianismo. Quiero hablar de su teatro desde ese pasado entusiasmo. La obra de Camus ha vencido al tiempo a rachas. La mayor parte de su teatro y su obra filosófica me resulta muy difícil de leer. Calígula es un caso aparte, por lo menos para mí, porque aún recuerdo la emoción que me produjo leerla por primera vez. Me hubiera gustado vérsela representar a Gerard Philipe, incluso viajé al Festival de Aviñón para conseguirlo, pero ese mismo año el actor murió. En el año sesenta, cuando dirigía el Teatro Español Universitario, intenté representarla en Toledo. En esa ciudad, el censor de teatro era un venerable actor de carácter, aficionado, empleado de Correos, que tardó mucho en darme la autorización. Durante años he guardado el papel oficial que decía textualmente: “Se autoriza a representar la obra Calígula, de Albert Camus, sin exagerar”. Lo que me interesaba de esa obra era una tesis que después resonó en mayo del 68, y que ahora vuelve a resonar. “Si una vez, sólo una vez, sucediera algo imposible, se rompería para siempre la lógica miserable de la realidad”.


No era filosofía del absurdo, sino esperanza contra toda esperanza. La obra es trágica porque, pretendiendo hacer lo imposible, Calígula sólo hace lo improbable y más aún lo monstruoso. Pero el vigor de la consigna despierta el ánimo en los corazones. “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio” era su lema antisartriano. Esta es la esencia del “efecto Camus”, que es un caso especial en la historia de la literatura. Cuando paseo por París y veo en los tenderetes las fotografías de Camus con su gabardina y su cigarrillo colgando de los labios, y las de Audrey Hepburn con su larga y sofisticada boquilla, las unifico en mi imaginario cordial. Más allá de su respectivo talento han generado un aura mágica, imposible de separar de sus libros o de sus películas.

Fuente: Esther Alvarado | Sergio Enríquez-Nistal (elmundo.es)
Hay algo en Calígula que da más pena que miedo. El emperador más loco de Roma, que nombró cónsul a su propio caballo, era un ser enfermo de la misma angustia vital que padecían los hombres del siglo XX, entre ellos también Albert Camus (Mondovi, Argelia Francesa, 1913-Villeblevin, Francia, 1960).
Fue su primera obra teatral y en ella Camus recogió los miedos que atenazaban a los europeos que habían sobrevivido a las dos guerras. Empezó a escribirla en 1938, pero no fue hasta 1944 cuando se publicó, y más tarde la sometió a varias revisiones. La última de ellas, íntegra, es la que sirvió al director Joaquín Vida para su adaptación de 'Calígula', que se representa en el escenario del Teatro Fernán Gómez de Madrid hasta el 28 de septiembre.
"Cuando escribe esta obra, Albert Camus está afectado por la angustia vital; por la conciencia de la finitud de uno mismo, de la muerte, en un contexto histórico en el que los paradigmas se han hundido. El paradigma del siglo XVIII fue la Razón en sustitución de Dios que antes lo explicaba todo; un ser inmanente todopoderoso. En el siglo XIX la ciencia le demuestra al hombre que lo puede casi todo y es cuando se dice aquello de 'Dios ha muerto'", añade el director granadino. "La explicación del ser que lo maneja todo ya no le vale al hombre, que lo sustituye por la ciencia, pero entonces vienen las guerras mundiales con las catástrofes de Hiroshima y Nagasaki demostrando que, como decía Goya, 'el sueño de la razón produce monstruos'; que el hombre, a través de la ciencia, es peor que lo anterior. En ese momento se crea un vacío impresionante que sufrió el hombre del siglo XX. Camus estaba angustiado, como mucha gente. Para ellos la existencia humana era una cosa absurda y, para ese absurdo, Camus receta rebelarse". Y la mayor rebelión que podía cometer Calígula era pedir la luna, como hace en la obra del dramaturgo argelino.
Lo del caballo es una verdad histórica, pero para Vida tiene un significado distinto al de la locura: "¿No puede ser una manera de decirle al patriciado, que tenía reservada la capacidad de ser elegido cónsul, 'lo que podéis hacer vosotros lo puede hacer también este el jumento'?", inquiere.
Dirigir 'Calígula' era tan importante para Joaquín Vida como para hacerle volver a los escenarios cinco años después de jubilarse. "Me ofrecieron esta obra los propios actores. Yo ya estaba retirado pero, ante la tentación hice lo que Oscar Wilde decía que había que hacer ante las tentaciones: caer en ellas", bromea. El auténtico motivo por el que se dejó tentar es porque 'Calígula' dice cosas que "me apetecía que se dijesen hoy sobre un escenario". "Es una obra con un contenido filosófico y político muy actual y muy de acuerdo con como yo veo la vida".
Y es que, la función «viene a decirnos que Calígula no estaba loco; lo que estaba loco era el sistema», añade Vida, que ve reflejada, como en un espejo, la situación de hoy. "En plena crisis, la agresión del capitalismo se está quedando con todo y estamos volviendo al siglo XIX. Un espectador me abordó a la salida tras la función y me dijo que, durante los primeros 40 minutos, pensó que estaba ante lo que nos cuentan los periódicos todos los días". Eso era lo que pretendía Camus y lo que ha conseguido Joaquín Vida en su faceta de adaptador del texto: que el espectador "tenga la certeza de que no hablamos de Roma, sino de aquí y de hoy".
"Cuando esta obra se estrenó en España (1963) no se pudo hacer entera. En aquella época se quitó la parte de la lucha de clases. Así que lo que me planteé era la fidelidad a lo que quería decir Albert Camus", asegura el director. En aquella primera versión que lanzó a la fama a José María Rodero, "el texto se decía de una manera abstracta, muy poética y hasta sublime, pero todo sin que se viera exactamente lo que estaba pasando según el autor. Yo, lo que me planteaba es que saliera a la luz lo que estaba diciendo el autor de lo que pasa hoy, no de Roma".
Sigue habiendo Calígulas en nuestros días. "Aunque están mejor educados y hacen las cosas más finamente, el objetivo es el mismo que el del Calígula histórico: quedarse con todo". Camus, sin embargo, cambia el arquetipo: "Para él, el emperador no es un loco, sino una persona muy inteligente que se da cuenta de lo absurdo del sistema y decide aplicarlo con toda lógica a los representantes del mismo".
Calígula había sido un emperador estupendo -asegura Joaquín Vida- que, ante la muerte de su hermana y amante, queda sumido en la angustia del hombre del siglo XX. "En medio de esa angustia viene el 'staff' palatino a decirle que se deje de llantos, que lo que tiene que hacer es ocuparse de las finanzas. Entonces él decide que eso va a ser lo importante y que las mujeres de los senadores irán a trabajar al prostíbulo y lo que recauden irá a parar a las arcas del erario público. Que hay que estafar y defraudar; pues yo voy a robar descaradamente". Más o menos como sucede hoy, pero sin lección moralizante. Hoy, de hecho, los Calígulas no son necesarios, comenta Joaquín Vida. Incluso el propio Calígula de Camus se da cuenta de que así no se debe. Por eso grita: "¡Mi libertad no es la buena!".

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
La temporada teatral levanta el telón. La crisis (agravada en el sector por el IVA al 21%) zancadillea y, en algunos casos, derriba a los productores y empresas, cada vez más remisas a emprender nuevos proyectos, pero no frenan la creatividad de las gentes del teatro.
Como ejemplo, el bullente, cambiante y nutriente circuito alternativo, que ha transformado el teatro en la capital, y ha contagiado algunas de sus costumbres al circuito comercial; son cada vez menos frecuentes las largas temporadas y se imponen en los carteles las fechas cerradas para los espectáculos.
Hay excepciones, y entre ellas notables éxitos pasados que vuelven tras el verano (o en algún caso siguen) como«Toc-toc», «El Cavernícola», «La cena de los idiotas», «Una boda feliz» o «Burunganda» y «El nombre». Entre las novedades, propuestas para todos los gustos: clásicos, musicales, dramas, comedias, autores españoles... He aquí veinte de ellas que se estrenarán en Madrid entre septiembre y octubre.

Jugadores

Teatros del Canal, desde el 27 de agosto
Es una obra del dramaturgo catalán Pau Miró, estrenada hace un par de años en catalán con un reparto diferente. En esta nueva producción, dirigida por el propio autor, Luis Bermejo, Jesús Castejón, Ginés García Millán y Miguel Rellán interpretan a cuatro cincuentones fracasados y enredados por el juego.

El largo viaje del día hacia la noche

Teatro Marquina, desde el 4 de septiembre
Un clásico de Eugene O’Neill, uno de los padres de la dramaturgia contemporánea. «El largo viaje del día hacia la noche» es, para muchos la obra maestra del autor estadounidense. El aliciente de esta producción, dirigida por Juan José Afonso, es su pareja protagonista:Vicky Peña Mario Gas.

Calígula

Teatro Fernán Gómez, desde el 11 de septiembre
En 2013 se celebró el centenario del nacimiento de Albert Camus, y en pocos días coincidirán en Madrid dos obras suyas. Una de ellas es «Calígula», que llega al escenario en un montaje dirigido por el veteranoJoaquín Vida y protagonizado por Javier Collado.

Enfrentados

Teatro Amaya, desde el 17 de septiembre
Arturo Fernández va a ser infiel a su esmoquin, compañeros de escenario durante las últimas décadas, para vestirse en esta obra un clergyman. Encarna en esta pieza de Bill C. Davis a un carismático sacerdote a cuya parroquia llega un joven seminarista (David Boceta) con el que tendrá sonados enfrentamientos.

El loco de los balcones

Teatro Español, desde el 17 de septiembre
Continúa el Teatro Español con el ciclo dedicado a la obra teatral deMario Vargas Llosa con la puesta en escena de esta obra, escrita en 1993. José Sacristán es un profesor de historia del arte viudo y dedicado a rescatar balcones coloniales. Dirige la función Gustavo Tambascio.

El hijo de la novia

Teatro Bellas Artes, desde el 17 de septiembre
La película que con este título dirigió Juan José Campanelladescubrióun nuevo cine argentino, quesabía conmover a través de historias cercanas y llenas de humanidad. Ahora se ha realizado la adaptación teatral del filme, con Álvaro de Luna, Tina Sáinz yJuanjo Artero como protagonistas.

Donde hay agravios, no hay celos

Teatro Pavón, desde el 17 de septiembre
La Compañía Nacional de Teatro Clásico presentó en el festival de Almagro su nueva produccíón, que estrena ahora en Madrid. Se trata de una comedia de Ruiz de Alarcón llena de enredos y situaciones equívocas y que dirige la directora de la compañía, Helena Pimenta, con actores como Marta Poveda, Rafa Castejón Natalia Millán.

El ministro

Teatro Cofidis-Alcázar, desde el 24 de septiembre
Carlos Sobera regresa a los escenarios con esta comedia de trasfondo político escrita por Manuel Prieto y dirigida por Silvestre G. La actualidad gotea en la pieza, en la que acompañan a Sobera Marta Torné, Javier Antón Guillermo Ortega.

La plaza del diamante

Teatro Español, desde el 24 de septiembre
Lolita Flores vuelve al teatro para encarnar a la célebre Colometa de la evocadora novela de Mercé Rodoreda, la crónica de la Barcelona de posguerra. Dirige la función Joan Ollé.

Con la claridad aumenta el día

Teatro de La Abadía, desde el 1 de octubre
El dramaturgo mallorquín Pep Tosar ha tomado como punto de partida el libro «Mis premios», de Thomas Bernhard, un texto póstumo en el que el autor mostraba su animadversión por los galardones y reconocimientos.

Diez negritos

Teatro Muñoz Seca, desde el 2 de octubre
Agatha Christie es siempre sinónimo de éxito. El director catalánRicard Reguant ofrece una nueva versión de esta inquietante función, en la que la autora británica tensa la intriga con la paulatina y misteriosa muerte de sus protagonistas, encerrados e incomunicados en una isla.

Al final de la carretera

Teatro Fernán Gómez, desde el 2 de octubre
Una agridulce comedia de Willy Russell, autor de «Shirley Valentine», que habla de la crisis de valores con su particular humor arañador. Gabriel Olivares dirige un reparto de nombres populares:Melani Olivares, Marina San José, Raúl Peña Manuel Baqueiro.

Los justos

Naves del Español, desde el 2 de octubre
Segunda obra de Albert Camus en la cartelera madrileña. La versión, de José A. Pérez, convierte a los anarquistas rusos que preparan un atentado en etarras. Obra intensa que dirige Javier Hernández Simón.

Cancún

Teatro Infanta Isabel, desde el 3 de octubre
Jordi Galcerán es uno de los autores españoles vivos con mayor éxito y más representados. Llega al Infanta Isabel una nueva producción de esta comedia que combina risa y reflexión, y que protagoniza María Barranco.

Priscilla, reina del desierto

Nuevo Teatro Alcalá , desde el 3 de octubre
No podía faltar la apuesta musical en este arranque de temporada. En esta ocasión se trata de una producción de origen australiano basada en la película homónima. La dirección artística es de Àngel LLácer.

50 sombras de Grey

Teatro Nuevo Apolo, desde el 8 de octubre
Un musical que es en realidad una parodia de la célebre novela erótica que ha conquistado a millones de lectoras (sobre todo) en todo el mundo. Procede de EE.UU. y lo dirige Jesús Sanz-Sebastián.

VIP

Teatro María Guerrero, desde el 8 de octubre
Nuevo trabajo de Els Joglars, dirigido por Ramón Fontseré; en él, con su particular humor y causticidad, se ironiza sobre la sobreprotección a los niños de hoy.

Lluvia constante

Teatros del Canal, desde el 9 de octubre
Roberto Álamo Sergio Peris-Mencheta protagonizan este duro duelo interpretativo, en el que encarnan a dos jóvenes policías policías. La obra es de Keith Huff y la dirección de David Serrano.

Ricardo III

Teatro Español, desde el 29 de octubre
Juan Diego protagoniza esta versión de la extraordinaria obra de William Shakespeare, con dramaturgia de José Sanchis Sinisterra. Le acompañan en el reparto Julieta Serrano Asunción Balaguer.

El regreso de Concha Velasco


Fuente: Julio Bravo (abc.es)
«En 21 de septiembre, día de San Mateo, año de 1583, representó Vázquez y Juan de Ávila en el teatro del Príncipe, que es el primer día que se representó en él, y hubo de tablados, con la representación, setenta reales, porque aún no están hechas las gradas, ni ventanas, ni corredor». Con estas palabras se refería Casiano Pellicer a la apertura del teatro más antiguo de Madrid, el actual Teatro Español, situado junto a la plaza de Santa Ana. Fue hace 430 años, y sus responsables han querido celebrarlo con un espectáculo especial, titulado «Si el Español nos contase», dirigido por Gustavo Tambascio, y en el que se realizará un viaje por la historia del coliseo a través de fragmentos de diecisiete obras.
Este espectáculo será el preludio a una programación en el Español y en las Naves del Español, en el Matadero, cuyos carteles desveló ayer su responsable, Natalio Grueso, junto con los del teatro Fernán Gómez y el teatro-circo Price. No se anunció, sin embargo, la programación de otro espacio municipal, el Conde Duque, que abrirá sus puertas el jueves 19 con el montaje «Comedia y sueño», de Juan Carlos Corazza. Se anticiparon algunas producciones del próximo año, como«Hécuba», protagonizada por Concha Velasco, y el estreno absoluto de «Dalí versus Picasso», de Fernando Arrabal, que dirigirá Juan Carlos Pérez de la Fuente.
Teatro Español
Dentro del año dual España-Japón se presentará «Los amantes suicidas de Sonezaki», un espectáculo de bunraku (marionetas japonesas), del dramaturgo Chikamatsu Monzaemon (27 y 28 de septiembre). Vendrá después «Tirano Banderas», de Valle-Inclán,un espectáculo incluído en el Proyecto Dos Orillas. La dirección es deOriol Broggi y en el reparto figuran actores de España, México, Venezuela y Argentina (Desde el 10 de octubre). Y el año se cerrará con el estreno de «El cojo de Inishmaan», dirigida por Gerardo Vera, y de la que su protagonista, Irene Escolar, dice que es «una comedia divertidísima y emocionante» (Del 18 de diciembre al 26 de enero de 2014).
Arranca la sala pequeña con «La lengua madre», un monólogo que ya pudo verse a principios de año en el teatro Bellas Artes. Juan Diego, su intérprete, realizó junto con el director, Emilio Hernández, la dramaturgia de un texto dirigido por Juan José Millás. (Del 17 de septiembre al 10 de noviembre). Seguirá «Entre Marta y Lope», un proyecto desvergonzado de Gerardo Malla, que él mismo interpreta y dirige, sobre un texto escrito por Santiago Miralles y el propio actor. Le acompañan en el reparto Montse Díez y César Diéguez (Del 19 de noviembre al 22 de diciembre).
Naves del Español - Matadero
«Roberto Zucco», la última obra escrita porBernard-Marie Koltés, uno de los pilares del teatro europeo contemporáneo, antes de su muerte a causa del sida, abre la temporada en Matadero. Dirige Julio Manrique, para quien Koltés es uno de sus autores de cabecera, y el reparto está encabezado por Pablo Derqui, Laia Marull y Andrés Herrera (Del 20 de septiembre al 13 de octubre). Vendrá después«Diario de un loco», que pudo verse en la azotea del Matadero este verano, dentro del festival Fringe. Luis Luque José Luis García Pérez, director e intérprete respectivamente del monólogo, han realizado la adaptación sobre un texto de Nikólai Gogol (Del 18 de octubre al 17 de noviembre). Y finalmente, el Matadero acoge el regreso de «El malentendido», deAlbert Camus, que pudo verse en el teatro Valle-Inclán la temporada pasada. Eduardo Vasco dirige a Cayetana Guillén-Cuervo, Julieta Serrano, Ernesto Arias, Lara Grube y Juan Reguilón (del 22 de noviembre al 15 de diciembre).
La sala 2 presenta «Marranadas», basada en la novela homónima deMarie DarrieussecqAlfredo Arias, argentino afincado en Francia, dirige e interpreta este espectáculo, que incluye una película dirigida por Toni Aloy e interpretada por Pepa Charro. (del 17 al 29 de septiembre). Le seguirá «Barrockeros», un espectáculo que combina ópera barroca y rock, que dirige Joan Anton Rechi y protagoniza el tenor José Manuel Zapata. Y cerrará el año el estreno de «Kathie y el hipopótamo»; se trata del segundo montaje de la obra teatral deMario Vargas Llosa, tras «La chunga». Magüi Mira dirige a un reparto que encabeza Ana Belén y donde están Ginés García Millán, Eva Rufo, Jorge Basanta y David San José -hijo de Ana Belén, a la que acompañará al piano en varias canciones- (del 14 de noviembre al 22 de diciembre).
Teatro Fernán Gómez
«El hotelito», de Antonio Gala, dirigida porMara Recatero, estará en cartel hasta el 29 de septiembre en el Teatro Fernán Gómez. Seguirá«El caballero de Olmedo», de Lope de Vega, en un montaje dirigido por Mariano de Paco y con un reparto encabezado por Javier Veiga, Marta Hazas y José Manuel Seda (del 3 de octubre al 3 de noviembre); la compañíaIbérica de Danza (28 al 30 de noviembre); y«La casa flotante», de La maquiné (del 17 de diciembre al 6 de enero de 2014).
En la Sala 2 se puede ver ya «Nuestro hermano», de José Manuel Carrasco, con Cecilia Freire, Raquel Pérez y Javier Ruiz de Somavía (hasta el 29 de septiembre). Vendrá después «Qué trata de España», con dramaturgia y selección de Javier Villán. Dirige Ramón Fontseré y protagoniza el espectáculo Victoria Vera (del 2 al 6 de octubre). Le seguirá «La isla de los esclavos», de Marivaux, con dirección de José Gómez (del 8 de octubre al 3 de noviembre), los montajes de poesia en escena «Los martes, milagro»«El divorcio de Figaro», con adaptación y dirección de Alfonso Lara; y«Zarzuelas en la villa», con dramaturgia y dirección de Ángel Roger. (del 4 de diciembre al 6 de enero).
Teatro-Circo Price
En el Price, tras «Capitalismo, hazles reír» (hasta el 29 de septiembre), vendrá «Sequence 8», de la compañía canadiense Les 7 doigts de la main (del 2 al 27 de octubre). Seguirá el «Cabaret místico» de Alejandro Jodorowsky (29 de octubre) y las Navidades en el Price (del 5 de diciembre al 7 de enero de 2014).


Font: C. David Carrón (larazon.es)
Alfredo Sanzol, como la mayor parte de sus personajes, es un tipo que parece divertido, pero que habla de cosas muy serias. Así ha llegado al reconocimiento del público y también de la profesión. Lo primero es fácil teniendo en cuenta que escribe comedia, lo segundo es más complejo y tiene mucho que ver con su capacidad para guardar en la memoria la manera (bastante exacta) en que hablan las personas de su alrededor (sus abuelos y los vecinos de estos incluidos) y aplicarlo a grandes preocupaciones, que, por las bocas de sus criaturas, parecen livianas. Aunque ha triunfado por su faceta de dramaturgo, no ha dejado de dirigir textos ajenos. En los próximos días coincidirán en Madrid sus puestas en escena de «La importancia de llamarse Ernesto», de Oscar Wilde (teatro Fernán Gómez), y «Esperando a Godot», de Samuel Beckett (Centro Dramático Nacional).
Le ha tocado pelearse con dos de los grandes de la dramaturgia contemporánea y universal...
No me peleo. Si elijo estos textos es porque me divierten. Es algo así como salir de fiesta con estos dramaturgos. Ha habido épocas en la que parecía que los directores estaban peleados con los autores, pero creo que eso ya se ha pasado en los últimos años.
A ese tipo de directores se les achacaba que, en realidad, querían ser actores. Algo que, desde luego, no es su caso...
Ahí ya no me meto... Creo que somos una generación, que se forma en los ochenta, en la que ya no ocurre. Me interesan especialmente los autores-directores y los directores-actores. Quizá por cortedad de miras o limitación intelectual: ese es mi caso.
Como autor, tiene un estilo muy marcado, tanto, que con las primeras palabras que dice un personaje puede reconocerse una obra como suya. ¿Le ocurre lo mismo cuando solo es director?
A mí lo que me preocupa es encontrar la vida en una obra de teatro, y, a través de esa búsqueda, aparece la forma. Considero que en el caso de estos dos montajes hemos encontrado la manera de hacerles vivir. Cada uno tiene una personalidad. A mí me gusta identificar cada espectáculo como si fueran personas. Cuando los recuerdo, pienso en su carácter, su humor... Si ocurre eso, es que tienen vida.
Estrena dos textos universales, pero bastante diferentes, por ejemplo, «Esperando a Godot» parece estar menos pegado al contexto de cuando fue estrenado que «La importancia de llamarse Ernesto».
Tienen más cosas que les unen que diferencias. Los dos autores son irlandeses, pertenecen a una misma cultura, pero ambos son emigrantes, uno en Londres y otro en París. En ambos casos el humor es bastante importante, pues lo usan para entender la naturaleza del ser humano.
Y en ese punto, claro, se siente totalmente identificado.
Por supuesto. Es la razón por la que, incluso antes de dirigirlos, los dos textos me han inspirado como dramaturgo. Me han enseñado a escribir teatro. «La importancia de llamarse Ernesto» trabaja con la frivolidad de forma muy clara. Wilde decía en la propia obra: «Nunca hablo en serio de lo que me importa, eso es una cosa de banqueros». Esa apariencia frívola cuenta cosas profundas. En caso de «Esperando a Godot», es un humor más descarnado, pero también recurre mucho al gag y a la comedia pura. Ambos intentan ser ligeros, para hablar de cosas fundamentales.
Sin embargo, en el caso de la ópera de Beckett, usted mismo asegura que el público debe decidir si reír...
Es que Beckett no hace concesiones, tiene un componente de tragicomedia importante.
Sostiene que no se trata, como se dice, de una obra de teatro del absurdo, sino de un texto sobre lo absurdo que es el ser humano...
Hay dos clichés sobre «Esperando a Godot» que son falsos: que la obra no se entiende y que pasa muy poco. Todo lo que ocurre se comprende perfectamente y no dejan de sucederse situaciones, todas muy divertidas. Lo absurdo no está en el libreto, lo que cuenta es que el ser humano es absurdo, lo que me parece una diferencia fundamental.
¿Cuánto le ha pesado el halo de obra extraña a la hora de ponerla en escena?
Nunca ha sido una pieza que no entendiera. Por supuesto que tiene muchos elementos de misterio, pero eso no tiene nada que ver con lo incomprensible. La realidad está llena de cosas que no llegamos a conocer y eso es lo que cuenta.
Volviendo a Wilde, decía sobre «La importancia...» que era «una comedia trivial para gente seria».
Siempre hacía estos juegos de conceptos. Usaba mucho la antítesis, el oxímoron, la paradoja... Es una buena manera de hablar de la obra, aunque me parece un chiste. Tiene un sentido del humor del que bebe toda la comedia del siglo XX.
En ese sentido, parece más reconocido Beckett que Wilde...
No se por qué, pero es así. La crítica y los estudiosos de la cultura dejan en un segundo plano todo lo que tengan que ver con el humor.
¿Ha sentido alguna vez esa maldición por ser un autor de comedia?
Pasa en la vida también. Si quieres que te tomen en serio, tienes que ponerte serio. Creo que tiene que ver con que los humanos tienen gran atracción por lo literal. Intentamos poner orden y eso nos da mucha confianza: por eso funciona el melodrama, porque es para llorar, pero cómo te vas a reír de algo importante...
¿Le va a dar por ponerse más grave, o, como Wilde, solo sabe hablar de cosas importantes con risas?
Es que cuando me pongo serio, que suele ser en casa, me siento batante ridículo. Me tomo la vida muy en serio y eso me da mucha vergüenza.
Lo que sí ha cambiado es la queja de hace unos años de que nos faltaban autores vivos...
Se están recogiendo frutos de la libertad de expresión que tenemos desde los 80 y de la inversión en artes escénicas en formación... Los autores, aunque no hablamos en nombre de nadie, somos la voz de la sociedad española. Contamos las historias que les pasan a la gente que tenemos alrededor. Eso hace que la propia sociedad se reconozca en sus autores. Si ahora hay un buen momento con la autoría me gusta recordar que es por el esfuerzo hecho en años precedentes, no porque la crisis agudice el ingenio. Casi todos los que estrenamos ahora hemos estudiado teatro. Hay un esfuerzo además por el reconocimiento social de la profesión.