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dirección JUAN MAYORGA

intérprete BLANCA PORTILLO

duración 100min

producción AVANCE PRODUCCIONES TEATRALES y ENTRECAJAS PRODUCCIONES TEATRALES

TEATRE NACIONAL DE CATALUNYA (SALA TALLERS)


La premisa de ver el discurso de Mayorga a los señoros (y alguna señora) académicos de la RAE reconozco que tiraría para atrás a más de uno, y quizás a mí la primera. Pero si está protagonizado por Blanca Portillo vas de cabeza y con los ojos cerrados.


Con una metateatralidad híper presente durante toda la pieza, Silencio se ríe de todo, de los corsés del lenguaje académico, tan alejado de la realidad de la calle, de los discursos engolados que no los entiende ni quien los escribe, de las puestas en escena que parecen salidas de una película de terror e incluso del protocolo de papel pintado de actos como éste.


Es todo un acierto empezar el discurso con una farsa, aunque el gag de la voz engolada se hace ciertamente largo y puede incluso ser molesto hasta que no te sumerges en la mentira y te dejas "mecer" por un sinfín de frases hechas dispuesta a ser petardos en la conciencia. Una vez descubierta y quitada la careta, empieza el recital, la magia, la destreza, la pericia, la asombrosa habilidad de Blanca Portillo de hacernos ver personaje tras personaje sin quitarse el traje ni tan solo despeinarse.


Silencio es una clase magistral de interpretación dirigida y protagonizada por Blanca Portillo. Un repaso de guión por algunas de las obras literarias, dramaturgicas y teatrales de la historia que suponen 100 minutos de auténtica delicia. Ahora bien, no seré yo quien afirme que estemos ante uno de los mejores textos de Juan Mayorga, porque Silencio cumple más otro papel, el de ser un claro ejemplo de la importancia de elegir bien a la intérprete, porque cuando el texto no es tan brillante, una actriz a la altura de las circunstancias, no sólo lo salva sino que lo eleva al Olimpo de los dioses.


Sólo dos semanas de representaciones no son suficientes y más teniendo en cuenta que ya están todas las entradas agotadas. Y aunque algunos miembros de la platea se quejaban a la salida de la fuerte carga intelectual del montaje, quiero pensar que ya no por el lenguaje, del que se ríe, con acierto, la pieza, sino porque hablar de Lorca, Cervantes, Shakespeare, Büchner, Pinter o Dostoievski, entre otros, puede resultar demasiado elevado para algunos.


Atronador el aplauso final con toda la platea de la Sala Tallers de pie. Es imposible resumir las emociones contenidas en el silencio de los espectadores (no ha sonado ni un sólo móvil), cómo has estado hipnotizado por las palabras, cómo has reído, asentido y te has sentido parte de una obra que al principio hubieras jurado que te podía quedar lejana. ¡Qué grande es el Silencio y qué maravilloso es compartirlo de nuevo en una platea de teatro!

SILENCIO

by on 20:02
  dirección JUAN MAYORGA intérprete BLANCA PORTILLO duración 100min producción AVANCE PRODUCCIONES TEATRALES y ENTRECAJAS PRODUCCIONES TEATR...

Fuente: Rocío García (elpais.com) | Foto: Luis Sevillano
Como si de un mismo río se tratara, eslabones de una misma cadena. Así contempla Ernesto Caballero, el director del Centro Dramático Nacional, la creación teatral en España y así lo mostrará la programación de la temporada 2015-2016 de la institución pública que se ha presentado esta mañana. Las voces más emergentes y dinámicas compartirán escenario con nombres consolidados de la escena española. Será la ocasión de contemplar el trabajo de Denise Despeyroux o Alberto Conejero, junto a directores o dramaturgos de una larga trayectoria, como Gerardo Vera, Juan Mayorga o el propio Ernesto Caballero. “La función de un teatro público es la de impulsar la creación emergente, dotar de medios a los más nuevos y que compartan experiencias y público con los creadores más reconocidos, en un diálogo genuino en el que todos tienen cabida. Se trata de contaminarse mutuamente”, explicó a este diario el director del CDN, que afronta su cuarta temporada al frente de la institución. Con un claro destinatario: el espectador más plural y diverso posible. “El público es lo que nunca debemos olvidar, es el que nos mantiene en este viaje que ofrecemos a viajeros aventureros y no turistas, ese que busca experiencias menos usuales, como un profundo ejercicio de la ciudadanía, explorando mundos ficticios que tienen mucho que ver, sin embargo, con nuestra realidad”, añadió Caballero.
Junto a estrenos y producciones propias del CDN, la temporada que comienza el próximo septiembre acogerá también tres de los montajes más exitosos de este año y que pusieron enseguida el cartel de no hay billetes. Son el caso de El testamento de María, la obra protagonizada por Blanca Portillo y dirigida por Agustí Villaronga; La piedra oscura, el texto sobre el poder de la palabra frente a la barbarie con el espejo de Lorca bien presente de Alberto Conejero que dirige Pablo Messiez y Adentro, el montaje de Tristán Ulloa y Carolina Román.
Los hermanos Karamázov será sin duda uno de los platos fuertes de la temporada próxima. La obra de Dostoievski, en versión de José Luis Collado, estará dirigida por Gerardo Vera, primer montaje de este realizador tras su salida del CDN. El protagonista de Los hermanos Karamázov será Juan Echanove, quien con esta obra se pone por primera vez a las órdenes de Vera. “Sin Echanove yo no habría hecho esta obra de tal envergadura. Fue lo mismo que me pasó con Amparo Baró y Agosto y Nuria Espert y La loba. Echanove tiene una profundidad de pensamiento, de emoción y de verdad difícil de encontrar”, aseguraba esta mañana un entusiasmado Gerardo Vera. Otro de los montajes más esperados es el de Reikiavik, con texto y dirección de Juan Mayorga, todo un peso pesado en la dramaturgia española. Reikiavik, segunda obra que dirige Mayorga, es algo más que en el encuentro de dos campeones de ajedrez, Borís Spassky y Bobby Fischer, en la capital finlandesa en 1972, es una partida en torno al juego de la vida. Reikiavik está protagonizada por Daniel Albaladejo y César Sarachu.
Otras obras que se podrán ver en las dos salas del CDN –el teatro María Guerrero y el Valle Inclán- serán Los caciques, de Carlos Arniches y dirección de Ángel Fernández Montesino; Páncreas, de Patxo Tellería que dirige Juan Carlos Rubio y protagoniza Fernando Cayo, Santiago Ramos y José Luis García-Pérez; La rosa tatuada, una obra de Tennessee Williams que pondrá en escena Carme Portacelli; Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales, de Denise Despeyroux o Insolación, un montaje de Luis Luque sobre texto de Emilia Pardo Bazán, que protagonizará la actriz María Adánez. El propio Ernesto Caballero también estará presente en la programación con La vida de Galileo, de Bertolt Brecht, y El laberinto mágico, de Max Aub.
La presencia internacional, dentro de la sección Una mirada al mundo, vendrá de la mano, entre otros, del coreano Jung-Ung Yang, con El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, la Trilogía sobre algunos asuntos de familia, de la compañía colombiana La Maldita Vanidad o el británico Declan Donnellan, que presentará Cuento de invierno, de Shakespeare.
Todos esperan una buena temporada, sobre todo si se tienen en cuenta los datos aportados hoy por la directora del INAEM, Montserrat Iglesias, que acompañó en la presentación al secretario de Estado de Cultura, José María Lasalle, y al propio Caballero. El balance del INAEM habla de 58 montajes y 725 funciones en la temporada 2014-2015 a los que acudieron un total de 132.000 espectadores. El porcentaje de ocupación fue de un 83%.

Fuente: Javier López Rejas (elcultural.es) | Foto: Sergio Enríquez Nistal

Reikiaivk nace de una imagen. Juan Mayorga (Madrid, 1965) ve en el parque a dos hombres unidos y separados por un tablero de ajedrez. Piensa: ¿y si no están jugando al ajedrez, sino a reconstruir lo que pasó en Reikiavik en el verano de 1972, poniendo en liza no sólo a Fischer y a Spasski sino también a la madre de Fischer, a la mujer de Spasski, a los espías de la CIA y del KGB, a Kissinger, al Soviet Supremo…?, ¿y si han jugado a esto muchas veces y cada vez que lo hacen sortean quién hace de Fischer y quién de Spasski, como si echaran a suertes las blancas o las negras?, ¿y si hoy Waterloo y Bailén -así empezó a llamar a sus personajes- van a jugar por última vez e invitan a un muchacho a hacerlo con ellos? Mayorga, Premio Valle-Inclán de Teatro, estrena este viernes, 27, en Avilés, como autor y director, un montaje que tiene a Daniel Albaladejo, César Sarachu y Elena Rayos como únicos protagonistas.Además, a punto de estreno, Famélica, dirigida por Jorge Sánchez, y su versión de Fuente Ovejuna dirigida por José Luis Arellano para la Joven Compañía. Todo, mientras estudia cómo subir al escenario su obra Los yugoslavos.

¿Qué le atrajo de aquel duelo ajedrecístico?
La batalla de Reikiavik fue una miniatura de la Guerra Fría. Pero más allá de eso, fue el encuentro de dos seres humanos fascinantes. Dos genios que, después de haber representado a los países más poderosos del mundo, acabaron en el exilio. Por lo demás, amo el ajedrez, y siempre que veo a dos personas practicándolo siento envidia. El ajedrez es memoria e imaginación, como el teatro y la vida.

¿Cómo ha planteado la puesta en escena?
De una forma ajedrecística en un doble sentido: por un lado, porque Bailén y Waterloo ponen personajes en juego como si moviesen piezas en un tablero; por otro, porque esos personajes ocupan el espacio conforme a la simetría radial característica del ajedrez, aunque aquí lo que se enfrentan no son blancas y negras sino los mundos de Spasski y Fischer. No se trata de teatro historicista o documental. No aspiramos a contar lo sucedido tal como fue, sino como se lo imaginan unos hombres para los que representar -cada vez de forma distinta- lo sucedido en Reikiavik se ha convertido en la pasión de sus vidas. No buscamos competir con los historiadores, sino presentar una mentira que, sin embargo, es en algún sentido verdad. Está basada, además, en el buen hacer de tres grandes actores y en su capacidad para convocar la complicidad del espectador.

¿Cómo ha superpuesto la multiplicidad de personajes?
César, Daniel y Elena apenas utilizan elementos de atrezzo -un sombrero, una gorra, una bufanda, unas gafas, un pendiente-. Construyen los distintos personajes con la voz y el gesto y, sobre todo, con la fantasía del espectador. Se trata de hacer sencillo lo complejo y, sobre todo, de que actores y espectadores gocen con ello.

¿Qué mensaje o si se quiere "moraleja" tendría Reikiavik?
El teatro en el que creo debe ofrecer acción y emoción, poesía y pensamiento. Eso es lo que he buscado en Reikiavik. El mensaje será el que quiera encontrar cada espectador, y será distinto para cada persona.

¿Realizar en esta obra un juicio al mundo contemporáneo?
No hago teatro para juzgar, sino para comprender. Intento comprender quiénes fueron Fischer y Spasski y, sobre todo, quiénes son Waterloo, Bailén y ese muchacho que, en lugar de seguir caminando hacia el colegio, elige incorporarse al juego. Intento comprender quién soy yo.

¿Qué papel juega el muchacho interpretado por Elena Rayos?
Ese muchacho -o muchacha- es un personaje fundamental. Waterloo quiere ver en él un heredero, pero para que lo sea tendrá que ser aceptado por Bailén, quien lo somete a examen. Además, es de algún modo el representante del espectador. Elena ha sabido darle una presencia decisiva.

Waterloo y Bailén, ¿por qué estos nombres?
Son nombres elegidos por los propios personajes, cada uno de los cuales no sabe cómo es la vida del otro fuera del espacio de juego. Se trata, como es sabido, de dos derrotas napoleónicas.

¿Se siente satisfecho del teatro español en estos momentos?
Cada temporada hay varios espectáculos artísticamente importantes. Pero no podemos sentirnos satisfechos, porque queda mucho por hacer. Hay muchos asuntos sobre los que hablar, muchos lenguajes que explorar, muchas preguntas que hacer…

Fuente: Rocío García (elpais.com) | Foto: Malou Bergman
La casualidad ha querido que Juan Mayorga elija un parque de Carabanchel, su barrio de niño, entre tres o cuatro mesas desperdigadas por la arena, junto a los columpios infantiles, en las que se adivinan tableros de ajedrez pintados, algo desdibujados. Como ese que acaba de dejar en una sala de ensayos cercana, en la que este autor teatral prepara la que va a ser su segunda obra como director, Reikiavik, un combate en toda regla que recrea el duelo que se desarrolló en el verano frío y lluvioso de 1972 de la capital islandesa entre el entonces campeón del mundo de ajedrez, el soviético Borís Spassky y el retador norteamericano, Bobby Fischer.
Más allá de un combate de piezas blancas contra negras, Reikiavik es la historia de dos genios que ponen en juego muchas partidas, no solo la suya, sino también la de dos potencias enfrentadas, Estados Unidos contra la Unión Soviética, la libertad frente a la dictadura, que van tensando la cuerda en torno a ese tablero de un juego que quieren ganar a toda costa. Protagonizada por César Sarachu y Daniel Albaladejo, junto a Elena Rayos, la obra escrita por Mayorga se estrena el día 27 en el Teatro Palacio Valdés de Avilés para pasar la próxima temporada a un centro nacional.
“Descubrir una teatralidad implícita que no se anticipa en el texto”. Bajo este desafío, Mayorga (Madrid, 1965), dramaturgo, filósofo y matemático, Premio Nacional de Teatro en 2007, se enfrenta como director a la segunda obra que ha escrito, tras su estreno con Lalengua en pedazos. “El hecho de que un autor dirija su obra no hace que esa puesta en escena sea la definitiva, porque no existe tal cosa en el hecho teatral. Es más, hay varios intentos en el extranjero de montar Reikiavik de los que estoy seguro de que los directores encontrarán cosas que yo no he visto en el texto. Cada mirada descubre aspectos nuevos. Me pasó con La lengua en pedazos y con Reikiavik. Cuando los escribía iba sintiendo que podía aportar algo a la propia puesta en escena que no estaba en el texto, que había algo de misterioso que debía de descubrir luego sobre un escenario”.
El foco mundial estuvo puesto en Reikiavik esos días en los que se celebró el Campeonato Mundial de Ajedrez, una suerte de miniatura de la Guerra Fría que se libró en ese verano ventoso en Islandia. “No vengo a ganar una guerra; vengo a una fiesta del ajedrez” advirtió, no sin mucho éxito, Spassky ante ese circo mediático y político. Tras mes y medio de un juego plagado de conflictos y tensiones, se rindió por teléfono y Fischer se alzó como el gran campeón de los tableros.
Esta historia persigue a Mayorga desde hace tiempo. Era un niño entonces, pero recuerda las noticias y las imágenes en torno a ese duelo. Años más tarde, reflexionó sobre lo que ocurriría si esos dos genios, acompañados por equipos de entrenadores deportivos y religiosos, la presión de madres y esposas y el interés inusitado de los políticos de ambos bandos, se enfrentaran a la misión de defender unos días las piezas blancas y otros las negras, en una suerte de ruleta rusa.
Así nació Reikiavik en la escritura. Fue publicada el año pasado en la primera antológica de piezas largas publicadas por La Uña Rota, escritas de 1989 a 2014, cuando se cumplieron 20 años del primer montaje de Mayorga que subió a escena: Más ceniza.
Y ahí están sobre las tablas dos hombres misteriosos, fanáticos del ajedrez, Bailén (Daniel Albadalejo) y Waterloo (César Sarachu), quizás un ejecutivo con pocas ganas de regresar al domicilio conyugal y un profesor jubilado, que se retan en un parque cualquiera, ante un tablero también desfigurado por el tiempo, y unos días juegan a ser Spassky y otros Fischer. Ese día, la última partida la juegan delante de un joven estudiante (Elena Rayos), testigo excepcional del combate, que elige no presentarse a un examen final con tal de contemplar ese rifirrafe emocional, doloroso, pero también feliz, entre dos hombres que recuerdan la gloria del campeonato de Reikiavik. Emulando la simetría radical del ajedrez, la dama negra contra la blanca, las piezas en un lado y en otro, Mayorga ha organizado en escena la simetría de dos mundos, el soviético y el norteamericano, Spassky y Fischer, con una proliferación de voces y personajes que desfilan a lo largo de la representación: psiquiatras, analistas, técnicos del tablero, Kissinger, el Sóviet Supremo, la madre del ajedrecista nacido en Chicago o la mujer del jugador ruso. Una gorra o un sombrero, unos pendientes, una bufanda o unas gafas.
Con esos elementos y la confianza del espectador, Mayorga va dando paso a una historia apasionante en la que los dos actores van representando a los diferentes personajes. “La fuerza enorme del teatro es la de que un actor sea capaz de construir todos esos personajes solo con un objeto. Ahí está el virtuosismo de estos dos magníficos actores con autoridad y capacidad de proponer ese pacto al espectador. Frente al tópico de que el espectador se come el jarabe a cucharadas, la verdad es que quiere ser respetado y disfrutar descifrando una inteligibilidad”, asegura.
La memoria y la imaginación, elementos clave del ajedrez, descansan también en Reikiavik. Un único escenario al aire libre con una suerte de telón al fondo, en el que de manera poética surgen imágenes evocadoras para finalizar con las gradas de un auditorio lleno de rostros famosos —Marilyn Monroe, John Kennedy, Jesucristo, Lenin...— en una suerte de juicio universal.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
Cual científica rigurosa, Blanca Portillo se ha tomado la molestia de diseccionar el verdadero sentido de las palabras con la ayuda del diccionario de la Real Academia Española. Dos de las acepciones del término burlarson: “Engañar, inducir a tener por cierto lo que no es” y “seducir con engaño a una mujer”. Dos términos que son aplicables, también científicamente, al personaje de Don Juan Tenorio, ese héroe romántico, seductor e icono de la transgresión al que Blanca Portillo ha reventado con decisión y valentía con una puesta en escena que hoy estrena en el Teatro Pavón, de Madrid, como directora, con el 80% de las entradas vendidas.
Don Juan Tenorio, en versión de Juan Mayorga, e interpretada por José Luis García Pérez y Ariana Martínez, entre otros, es una coproducción del Teatro Calderón de Valladolid, la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la productora de la propia Portillo, que desmonta de manera rotunda y sin fisuras los tópicos que siempre han rodeado a este personaje en las múltiples versiones que de él se han representado a lo largo del tiempo.
“Don Juan es un hombre peligroso, modelo de destrucción social y afectivamente, un psicópata, maltratador, violador y asesino, un hombre delenazble, con una falta absoluta de empatía”, explicó ayer la actriz y directora, que acomete esta obra con el convencimiento de que la imagen y el mito que ha acompañado siempre al Tenorio había que destruirla, arrasarla, acabar con ella. “Es alguien que se lleva por delante todo lo que se cruza en su camino, es el vivo retrato del desprecio por los demás", añadió Portillo que para presentar esta versión del Tenorio de José Zorrilla no ha tenido que rebuscar ni inventarse nada, sino seguir con una exquisita fidelidad el texto original escrito en el siglo XIX.
Defensora convencida de que el teatro es ese lugar ideal en el que todo puede y debe ser objeto de debate y análisis, pero también como ciudadana y como mujer, Portillo lleva años soportando esa imagen del Tenorio —“nunca he podido entender cómo un personaje así se ha convertido en un icono abanderado de la libertad y de la representación de la seducción de las mujeres, como un valor en sí mismo”—. La necesidad de subirlo al escenario y radiografiar a las claras sus acciones y sus palabras está detrás de este proyecto en el que lleva embarcada más de dos años. “No puede ser que Don Juan Tenorio sea todavía modelo de comportamiento en nuestro país y en el mundo entero. Es un hombre amoral, teñido de un romanticismo profundamente mal entendido y reflejo de unos errores terroríficos”, dice la actriz y directora, quien recita las propias palabras de Don Juan para demostrar la calaña destructora de este personaje —“por donde quiera que fui la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la justicia burlé y a las mujeres vendí”—.
¿Cómo se explica que continúe vivo este mito? “Somos un pueblo muy permisivo, que pone en valor cosas profundamente negativas, lo vemos a diario en los diarios y las televisiones. Tenemos una capacidad para dejar que los malvados se instalen en el poder y admirarlos que no me lo explico”. Tan profundo ha sido el estudio sobre el Don Juan de Zorrilla que Portillo no ha obviado las razones de su comportamiento, la educación en la infancia, el poder del mundo de los hombres, la ausencia de las madres y del universo femenino. Todo esto tendrá su reflejo en la producción, en la que por primera vez ella aborda también la creación del espacio escénico. Un montaje contemporáneo, un único espacio limpio, como una especie de mausoleo, un espacio con muy pocos objetos en el que el valor del actor está por encima de cualquier otra cosa. Un Don Juan contemporáneo, sin plumas, sombreros ni espadas, vestido con pantalones vaqueros y camiseta que revelará en escena toda su complejidad a los sones de una música de blues — “la música del dolor”, como la califica Portillo—.
Este Don Juan dejará por el camino su imagen frívola y seductora, pero no perderá la extraordinaria teatralidad que alberga el texto de Zorrilla. De eso se han encargado con pasión y meticulosidad tanto Portillo como Juan Mayorga. “Mi contribución ha sido más que modesta”, explica Mayorga, para quien el espectáculo del Teatro Pavón hará historia por su valentía, por presentar a un hombre malvado, sucio y áspero pero que no por eso deja de ser fascinante. “Es una mirada renovada, un montaje importante y controvertido, al que Blanca Portillo le ha quitado el polvo y el barniz que había ido ocultando todos los matices del texto”, cuenta Mayorga, para quien el versionador de un texto es una especie de traductor, incluso cuando trabaja en su propia lengua. A la hora de enfrentarse a la obra de Zorrilla, Juan Mayorga se ha guiado por esa doble fidelidad al texto original y al espectador de hoy. “Las obras clásicas no pueden ser nunca reescritas, sino releídas, descubriendo el sentido del texto que el tiempo ha ido desvirtuando y para que las intenciones iniciales alcancen al espectador contemporáneo”. “No es un montaje más de Don Juan Tenorio”, sentencia el autor de esta versión.

Fuente: Esther Alvarado (elmundo.es)
Hacer una obra que puedan ver también los niños requiere del mismo afán que cuando se escribe para adultos. Juan Mayorga ya lo ha descubierto y por eso su pieza 'El elefante ha ocupado la catedral' está escrita "con la misma ambición con la que escribo textos para adultos. La considero igual de ambiciosa, pero también igual de modesta como cualquier obra de las mías".
Se trata de un primer acercamiento al teatro infantil ("pero no únicamente infantil; en realidad es teatro que también pueden ver los niños", precisa en entrevista con EL MUNDO) que surgió a raíz de un intercambio. "Mi cuñado, que es músico, tenía un piano que no usaba y mi hijo mayor quería aprender a tocar el piano, así es que se lo pedí y él a cambio quería que le escribiese una obra de teatro que pudieran representar los niños de su urbanización".
El encargo se hizo de rogar, pero finalmente la imagen que Mayorga necesitaba llegó y 'El elefante...' tomó cuerpo. "La escribí pensando en aquellos niños-actores, pero también en que pudiera ser representada por una compañía profesional de adultos", comenta. De hecho, mañana sábado se estrenará, a cargo de Zeena Producciones Teatrales, en el Centro Cultural Paco Rabal (19.00 h.).
La imagen que buscaba Mayorga era la de un elefante que, persiguiendo a una mariposa, se cuela en la catedral de un pequeño pueblo que espera una importante visita turística. El elefante crece cada vez más y más, de modo que al final resulta un problema sacarlo de allí. Para ello, los protagonistas (un fontanero y su ayudante, un cabo y un sargento...) se cuelan dentro del elefante. "El vientre del elefante es el espacio teatral mismo; un lugar para transformarse", añade Mayorga, quien no pretendió escribir un texto surrealista. "Más bien pretendía acercarme a la audacia de los niños, que son capaces de imaginar sucesos que tendrán lugar dentro de 300 años", asegura.
En un mundo en el que los críos cada vez reciben más estímulos a través de pantallas que les muestran universos difíciles de imaginar, el propio Mayorga se planteaba la duda de si eso sería un 'handicap' a la hora de crear en sus cabezas la idea de encontrarse en la panza del animal. "Ciertamente me preguntaba hasta qué punto el espectador es hospitalario a esa exigencia del texto. Es verdad que el teatro da muy poco, pero ofrece mucho después; el niño es convocado a imaginar aunque es probable que algunos niños no tengan imágenes que ofrecer para completar la escena", reflexiona.
Aunque podrían extraerse moralejas como la importancia del trabajo en equipo, la virtud del arrepentimiento y del perdón, la valoración de la mujer trabajadora y de la juventud como empuje necesario, Juan Mayorga reconoce que "en general, hay que evitar los sermones, y lo dice alguien que quizá alguna vez haya abusado del vicio de sermonear; en este caso no lo he pretendido, sólo que el teatro fuera mero goce".
Se ha sentido cómodo escribiéndolo: "Lo he hecho con la misma tensión, pero lo he gozado especialmente", asegura, y deja para pequeños y mayores una puerta abierta a la esperanza: "Quiero volver a intentarlo".

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Juan Mayorga es un dramaturgo en permanente estado de atención. Cualquier situación anómala, como que en la mesa contigua del bar del hotel donde se desarrolla la entrevista una mujer se haya echado a dormir con un antifaz puesto, excita su imaginación y ya ve en ella una escena teatral. Y diríase que mira también al entrevistador buscando en sus ojos al personaje que todos llevamos dentro. Juan Mayorga acaba de estrenar (en su caso, es el verbo más adecuado) «Teatro 1989-2014», un volumen editado por La uÑa RoTa que recoge veinte de sus textos, prácticamente toda su producción escénica. Mira el libro que está sobre el velador y liga palabras de gratitud con sus sentimientos actuales: «Es emocionante ver mis obras editadas así; al principio iba a ser una antología más breve». Y añade que al revisar los textos, ha descubierto «senderos inesperados de unos a otros, ecos, resonancias, tensiones... De manera que no es una mera recopilación de veinte textos, sino que el propio libro es una obra».
¿Es difícil, cuando se escribe teatro, cerrar en un momento la obra?
Nunca doy por cerrado un texto, porque es la propia vida la que los reescribe. Reescribir es para mí, fundamentalmente, tachar; descubrir que lo que se expresa en dos frases puede ser sintetizado, y de forma más elocuente, en una. Y que una frase puede ser sustituida por un gesto. Que una acotación es superflua porque limita las posibilidades a un actor, o le conduce de forma autoritaria por un camino determinado. Las puestas en escena me enseñan mucho: las preguntas que me hacen los actores, el diálogo con los directores, escenógrafos, iluminadores, vestuaristas... Y por supuesto, el espectador. Y finalmente, me enseña la propia vida, que me hace descubrir qué es lo relevante y qué es lo superfluo. qué debe ser desarrollado y qué debe ser despreciado.
¿Un autor tiene respuestas para todas esas preguntas que le pueden hacer los actores, o el texto y los personajes pueden haber tomado vida propia?
Una de las primeras veces que me encontré con la pregunta de un actor fue cuando un intérprete británico, en una lectura dramatizada en el Royal Court de Londres de la versión inglesa de «El jardín quemado», me preguntó si su personaje, un poeta republicano que iba a ser víctima de la guerra civil, era de extracción social humilde, como Miguel Hernández, o burguesa, como García Lorca. Aquello me impresionó: la profesionalidad, el rigor y el compromiso con su oficio que tenía este actor que, al fin y al cabo, solo iba a hacer una lectura dramatizada; pero estaba tan informado como para hacerse esa pregunta, cuya respuesta le iba a llevar de algún modo a un tipo de interpretación u otra. Yo no me había hecho esa pregunta, que me llevó a releer el texto y a cuestionarme si debía introducir o no un signo que la responda o si, al contrario, era mejor seguir con la duda y dejar la respuesta a la responsabilidad del actor. Volviendo a su pregunta, uno no siempre tiene respuesta para esos interrogantes, pero son ricos y pueden alimentar el texto o, simplemente, hacer que el autor se haga más consciente de lo que ha escrito. Yo digo muy a menudo que el texto sabe cosas que el autor desconoce. Uno escribe un texto inevitablemente limitado y lo fascinante en el teatro es que intervienen distintos creadores que introducen sus propias preguntas, preocupaciones y anhelos hasta que, finalmente, el espectador lo complete de una forma siempre imprevista.
¿Siempre se han enriquecido sus textos en la puestas en escena?
No siempre. Una opción que yo tomo es que el texto sea lo más abierto posible. Que en él solo esté lo innegociable, y dejar al director y los actores -y en último término los espectadores- grandes espacios de responsabilidad y libertad. Cuando entregas textos muy abiertos te arriesgas más a la interpretación, y ésta es en ocasiones empobrecedora y reductora. Pero en otras ocasiones aparece lo imprevisto, y eso te produce una gran felicidad.
¿Hay algún texto del que, si no se arrepiente, sí volvería a guardar otra vez en el cajón?
Entregar un texto a la edición o la escena es un gesto de compromiso; uno se compromete con sus palabras. Creo que los veinte textos que componen el libro, con todas las dudas que pueda tener acerca de ellos y de mi competencia como autor, pueden dar ocasión a que un director y unos actores creen esa experiencia poética que llamamos teatro. Pero hay textos que tengo en el cajón y no están en este libro. Y sobre obras como «La tortuga de Darwin» he tenido muchas dudas; pero, al revisarla, al corregirla en cierta medida, siento que con todas sus fallas es un texto que puede entregar algo al lector. A día de hoy, mayo de 2014, no me siento avergonzado de ninguno de estos textos, pero siento muchas dudas acerca de varios de ellos, que tienen que ver con mis dudas acerca de mi propia capacidad.
¿Pero a estas alturas tiene dudas sobre su capacidad?
Sí, por supuesto. El otro día me regalaron una antología de textos teatrales del siglo XVIII, y me dí cuenta de que autores que entonces estaban en boga. y fueron considerados en su momento como grandes triunfadores, simplemente no cuentan nada para nosotros. Yo escribo teatro porque me hace feliz escribir teatro, desde el acto mismo de escribir, de imaginar, de estar encerrado volviéndome loco -creo que escribir es eso, encerrarse y volverse loco, para luego compartir tu locura con los demás-. Y también me hace feliz ver que alguno de mis textos provocan reuniones. Saber que alguien en Rumanía a quien no conozco se ha sentido interesado por «Cartas de amor a Stalin» y ha dedicado un tiempo a ponerlo en pie. Eso me hace sentirme útil y que sienta una cierta confianza en lo que hago, pero no elimina mis dudas.
Vista su trayectoria, su capacidad de comunicación con su sociedad es incuestionable. ¿Lo que le preocupa es trascender?
Uno ha de ser modesto y conocer sus límites, pero al mismo tiempo ser ambicioso. Y eso significa escribir no solo para tus contemporáneos, sino para otros lugares y otros tiempos. Me alegra ver que una obra como «Cartas de amor a Stalin», que se estrenó en 1999, se siga haciendo en 2014 y haya sido capaz de ganar la batalla al tiempo. Yo quiero ser útil. Voy a decir algo que puede sonar grandilocuente; todos los hombres son tus contemporáneos, también los hombres del pasado. Bulgákov, Teresa de Jesús, los judíos que fueron víctimas del holocausto -todos ellos personajes de alguna de mis obras- son mis contemporáneos, y también los hombres del futuro. Escribo también escribo para ellos, con la ambición de que mis textos venzan al señor tiempo. Y eso es compatible con todas mis dudas sobre mi competencia, que me hacen tener un afán permanente de corrección, de pelea con los textos.
¿A la hora de escribir, es metódico o anárquico?
¿Qué puedo decirle? No lo sé. Le puedo contar cómo escribo. Escribo cuando hay un impulso, una imagen, una idea, una historia, que me gana. Sé que las condiciones ideales de trabajo son haber dormido bien, haber incluso hecho algo de deporte, y estar solo y sin ruidos. Pero si uno espera esas condiciones escribiría muy poco. Yo ahora llevo encima mi próxima obra, «Famélica legión», y si tengo un rato me pongo a darle vueltas. Muchas de las ideas mueren, pero una se queda, no te abandona, se convierte en tu veneno y te va poseyendo. Luego, de forma más o menos azarosa, se va alimentando de cosas que te ocurren en la vida. Por ejemplo, usted y yo estamos hablando en el bar de un hotel y junto a nosotros hay una chica que, sorprendentemente, se ha puesto a dormir con un antifaz en medio del follón que hay aquí. A lo mejor, un día, este personaje ingresa en una obra en la que los que la acompañan no son un periodista y un autor de teatro, sino quién sabe... El autor es un medium que va integrando elementos. Pero hay un momento en que llevas el texto al papel y tomas decisiones sobre él. En casa tengo una carpeta con cientos de notas, porque una vez que he descubierto a los personajes les voy incorporando muchas cosas, y los ves en todas partes. Hay algo que es importante para mí: descubrir la forma de la obra: encontrar el espacio en el que se va a desarrollar la situación, el tiempo, cuántos personajes van a ser necesarios, que lenguaje les vas a dar; y eso sí que es un trabajo muy consciente. Ahí sí que tomo decisiones de las que puedo responder. Y en este sentido sí puedo decir que soy racional, pero decir que soy metódico es discutible. Podría parecer que tengo un método, y no lo tengo. Cada asunto, cada personaje, cada tema, exige unas estrategias singulares. Algo muy importante para un autor, y supongo que para cualquier artista, es ponerse a la escucha, y no formatear el material; estar abierto a las posibilidades del desarrollo.
Al releer sus obras, ¿se ha descubierto a sí mismo en frases o personajes que pensaba que no tenían que ver con usted?
De alguna forma, este libro es un autorretrato, muchas veces inconsciente, pero más veraz probablemente del que hubiera escrito si me hubieran encargado mi autobiografía. Aquí está mi vida, o al menos estos años de mi vida, porque inevitablemente están aquí, con gran intensidad, mis preocupaciones, mis anhelos, mis tensiones, mis sueños...Hay textos que están fuertemente reescritos, con revisiones muy acusadas. En particular, «Más ceniza» y «Siete hombres buenos». En esta última hay una luz que no estaba en la versión anterior, y eso tiene que ver con que siento que hay más luz en mi teatro, y probablemente en mi vida.
¿Recuerda la primera vez que se planteó escribir una obra de teatro, y qué le llevó a ello?
Yo escribía, como tanta gente, narrativa y poesía. Pero siendo un espectador apasionado -yo lo que ahorraba me lo gastaba en ir al teatro- que escribía, era natural que ensayase el teatro. Al final de mi adolescencia ensayé alguna pieza. Recuerdo una que se llamaba «Los caracoles» y otra que se titulaba «Albania». Y otra, ya más compleja, que se llamó «El pájaro doliente». Ninguna de las tres han llegado a escena ni se han editado, y probablemente nunca lo harán. Pero sucedió que en un cierto momento se me ocurrió una situación: un grupo de hombres exiliados que se reúnen todos los viernes para tomar decisiones sobre un país que no gobiernan pero al que sueñan volver, cuando se produce la noticia de un golpe de Estado y se despierta la esperanza, la ilusión y el miedo a volver. Yo pensé que esa historia tenía forma teatral, y así escribí «Siete hombres buenos». Tenía 21 o 22 años. Presenté esta obra al premio Marqués de Bradomín, donde obtuve un accésit, y eso me llevó a conocer el mundo del teatro. Ahí empezó todo. Y cada vez siento más placer en escribir teatro, y más compromiso con este arte.
Y ha podido vivir del teatro, porque usted era profesor de Matemáticas en un instituto.
He tenido esa suerte, sí. Como dice uno de mis personajes, Volodia, no hay nada más parecido a la vida que el teatro, y la vida y el teatro se alimentan permanentemente. Escribir teatro, versionar textos, hablar de teatro, enseñarlo... Dialogar sobre teatro es dialogar sobre las posibilidades de la vida. Y hacerlo es un privilegio.

Fuente: Rocío García (elpais.com)
1972. Era verano en Reikiavik, pero el frío, la lluvia y el viento esperaban a los protagonistas del duelo del siglo. Piezas blancas contra negras. Estados Unidos frente a la Unión Soviética. El campeón mundial de ajedrez, el soviético Borís Spaski, defendía su reinado frente al retador Bobby Fischer. Después de mes y medio de un juego plagado de tensiones y conflictos, Spaski se rindió por teléfono y Fischer se alzó como el gran campeón de los tableros. Fue un combate en toda regla. El mismo que plantea el teatro de Juan Mayorga (Madrid, 1965), el dramaturgo, filósofo y matemático, Premio Nacional de Teatro en 2007. Un combate de palabras y silencios. El duelo de Reikiavik es retratado en el último texto escrito por Mayorga, que forma parte de la primera antológica de piezas largas, publicadas por La Uña Rota, escritas desde 1989 hasta 2014, cuando se cumplen, este mes de mayo, 20 años de la primera obra que subió a escena, Más ceniza, y 25 de la publicación de Siete hombres buenos. En total 20 piezas, tres de ellas inéditas —AngelusNovusLos yugoslavos y Reikiavik—que muestran los misterios del arte teatral, resumidos, como defiende Mayorga, en la representación de todas las posibilidades de la vida humana y de todas las posibilidades del lenguaje. “Hay textos que tienen valor porque han tenido una vida escénica rica y otros están ahí por lo contrario, porque pareciéndome a mí significativos no han tenido la misma suerte en escena”. Saliendo de nuevo al encuentro de sus textos, ha encontrado resonancias, motivos recurrentes, además de todo un examen del lenguaje, “un examen de cómo usamos las palabras y cómo somos usados por ellas”. Resumidos en algo tan grande y al mismo tiempo tan común, apunta su autor, como el de aquellos seres frágiles que aspiran a la dignidad, la belleza y la libertad y que se enfrentan a poderes enormes, interiores y exteriores que los amenazan.
Juan Mayorga puede pasar años sin volver a releer una obra suya, pero cuando lo hace se entabla de nuevo el combate. “Estoy en permanente lucha con mis textos. Buena parte de mi trabajo lo dedico a la reescritura porque, por una parte, soy muy ambicioso y, por otra, creo que tengo un talento limitado”. Lo que sí ha descubierto Mayorga es que el discurrir de la vida, el tiempo, es finalmente quien de verdad se encarga de reescribir las historias. “Sucede que el tiempo es el que te va revelando lo que es de verdad relevante e innegociable y va desechando lo superfluo, aquello que pesa y que debería ser despreciado. Hay textos que, aunque el alma está tal y como las soñé, hoy creo que son mejores que cuando los escribí”.
El domicilio de Mayorga está plagado de dibujos infantiles, de libros y de premios teatrales. Es ante todo una casa llena de palabras, como aquellas que siguen resonando en la cabeza del dramaturgo cuando de niño, mientras jugaba a las chapas en el pasillo, escuchaba a su padre leer en voz alta y que tanto le ha marcado. “Por medio de la voz de mi padre, sus hijos nos acercamos a libros que entonces apenas entendíamos, pero que sin duda se convirtieron en parte de nuestro paisaje interior. Nuestras cabezas se llenaron de imágenes, de personajes, de ideas”. Así, Mayorga escuchó los debates entre Sembrini y Naphta en el hospital suizo de tuberculosos en el que Thomas Mann ubicó La montaña mágica, o estuvo en la primera fila en el incendio que asoló Manderley, aquella inquietante mansión deRebeca.
Ha dejado de jugar a las chapas, pero las palabras siguen ahí, poderosas. “El teatro es el arte de la palabra pronunciada y, por tanto, también es el arte del silencio, porque en el teatro el silencio se escucha. El teatro puede despertar lo que yo llamo envidia de la lengua o nostalgia. El teatro puede llevarnos a la pregunta importante de ‘¿quién escribe las palabras?’, ‘¿quién es el autor del guion que cada día repetimos?’. Nostalgia que es lo que yo siento por el teatro de Lorca, de Valle-Inclán o de Calderón”.
Y siempre con el corazón puesto en Lorca, Mayorga juega con la austeridad y sobriedad como dos conceptos inherentes a su dramaturgia. No realiza acotaciones autoritarias para cerrar de algún modo el espectáculo escrito por él. Solo incluye en el texto aquello que juzga innegociable, para poder así ofrecer la mayor libertad posible y las mejores posibilidades creativas al director, al escenógrafo, también al iluminador y, por supuesto, a los actores.Cartas de amor a Stalin empieza con una única y simple anotación: “En casa de los Bulgákov. Allí donde él escribe”. Así, en las distintas representaciones de la obra, uno se ha podido encontrar a Bulgákov escribiendo en un solemne despacho de Moscú, otras en las que este autor que sobrevive como puede en el régimen stalinista escribe en el suelo o incluso otra en la que lo hace sobre su propia piel. Lo único innegociable para Mayorga es que Bulgákov hiciera el acto de escritura en el lugar donde él habita. Es un ejemplo de todos los que han ido jalonando los montajes de este dramaturgo que ha sido traducido a más de treinta idiomas y representado en los principales teatros del mundo entero.
Pero lo que queda claro, con el repaso a esta obra casi completa, es que el teatro de Mayorga se va ajustando cada vez más a la sobriedad, dejando así espacio a la imaginación del espectador. “Para mí, el teatro es imaginación y reunión. Cuando uno escribe un texto teatral tiene que ser consciente de que está ante un hecho social. El autor entrega un texto a la imaginativa soledad del espectador, pero su destino último es que ese texto sea capaz de convocar una reunión de actores y de ciudadanos”.
Respeto absoluto por el espectador pero no obediencia y, menos aún, facilidades. Siempre con la verdad por delante, sin engaños. Así lo proclama el autor de La tortuga de Darwin o la más reciente La lengua en pedazos. “Al espectador hay que hacerle cómplice de la dificultad. Si lo intentas engañar te va a pillar y se va a enfadar contigo. Por el contrario, si le haces cómplice desde el principio, el poder del teatro es inmenso. Como decía Borges ‘el teatro es el arte en el que un hombre finge ser lo que no es y otro, el espectador, finge que se lo cree’. Es un pacto de ficciones y si no consigues que el espectador te entregue su complicidad, no es nada. Para mí es fundamental la reunión e imaginación, algo que está hoy tan amenazado. Parece que cada vez hay menos razones para reunirse y menos imaginación, que es el auténtico nervio de la vida”.
Después de años de escritura en solitario —“soy feliz haciéndolo, no pertenezco al género de los agonistas que sufren ante un folio en blanco porque yo gozo imaginando”—, Mayorga decidió lanzarse a la dirección. Lo hizo con su última obra estrenada hasta la fecha, La lengua en pedazos, ese combate por el espacio y el poder de la palabra entre Teresa de Jesús y un miembro de la Inquisición, en un espacio vacío con una mesa de Ikea que hacía las veces del convento de la iglesia de San José. “Durante mucho tiempo sentí desconfianza acerca de mi capacidad como director, hasta que me topé con un material en el que sí creía que podía tener una voz original. He descubierto que el espectador es un lector y que dirigir un espectáculo no es sino escribir en el espacio y en el tiempo”. Eso no quiere decir que desde ahora solo escriba sus textos pensando en la dirección. De momento, se ha propuesto ponerse al frente de su segundo montaje con Reikiavik porque, al escribirlo, ha sentido ese impulso, le han entrado ganas de explorar en ese juego de dos personajes (Bailén y Waterloo, como las dos derrotas napoleónicas) que interpretan a los ajedrecistas Fischer y Spaski. Todo sin creer en los montajes definitivos —“estoy deseando ver el que van a realizar en Alemania con La lengua en pedazos”—, sino en distintas lecturas que vayan descubriendo sentidos a la pieza que él no ha encontrado.
Se muestra orgulloso que no satisfecho —“la satisfacción es paralizante”— por el momento teatral que se vive en nuestro país y la oferta de calidad y diferentes lenguajes en pequeños espacios, más allá de las propuestas más institucionales. “El espectador está redescubriendo el teatro como lo que es, ese espacio de reunión e imaginación, en nuevos lugares que ofrecen trabajos excelentes que no son para nada canteras de tercera división. Desgraciadamente, no existen políticas culturales responsables. El famoso IVA es un ataque no solo a las gentes que hacemos teatro, sino también a los ciudadanos. Pero que tengan muy claro que el teatro resiste y resistirá siempre”, finaliza este devoto de Walter Benjamin, al que dedicó su tesis de Filosofía.
Teatro 1989-2014. Juan Mayorga. Dibujos de Daniel Montero Galán. La Uña Rota. Madrid. 2014. 770 páginas. 25 euros.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Es difícil discutirle a Juan Mayorga (1965) el título de «autor-español-de-moda» (sin que haya acepción peyorativa en el término). A su edad, pocos pueden exhibir un currículum como el suyo y, aunque ya le quede un poco estrecho el traje de «autor joven», hay algo en su porte y sus maneras que rezuma lozanía.
Poseedor de un discurso tan brillante como coherente, Juan Mayorga es un hombre aparentemente imperturbable. «La paz perpetua» es el título de uno de sus textos, y de ella parece haberse apoderado. El teatro María Guerrero acoge desde el viernes «El arte de la entrevista», su nueva obra. Juan José Afonso dirige la función, que interpretanAlicia Hermida, Luisa Martín, Elena Rivera y Ramón Esquinas. En ella se abordan asuntos como la responsabilidad del periodismo o el paso del tiempo. Sobre ellos y otras cuestiones inherentes a su oficio o a la creación habla Juan Mayorga.
La creación«Nunca doy una obra por concluida»
«Muchas de mis obras surgen de una imagen primera que me envenena, me posee, y en ocasiones esas imágenes quedan descartadas y en otras se imponen y hacen de alguna forma que todo lo que vas viviendo nutra esa creación. Pero nunca sé lo que voy a contar en un primer momento. “El arte de la entrevista” surgió de una imagen que me resultó muy poderosa: una adolescente filmando a una anciana y pidiéndole, me pareció, que dijera algo. Yo empecé a imaginar: ¿Y si esto es una entrevista? Aunque tardé tiempo en encontrar el modo de desarrollar la obra. Llega un momento en que siento que ya puedo compartir la obra, y en ese momento se la entrego a un amigo escritor, a un actor o a un director en el que confío. Pero nunca doy una obra por concluida, no me lo puedo permitir. En el mundo de la construcción se habla de tres fases: obra negra (cuando la construcción no es habitable), obra gris (cuando ya lo es) y obra blanca (cuando está totalmente acabada). Mis piezas siempre están en la zona gris. Nunca las doy por terminadas».

Cámaras

«Nos han convertido a todos en actores que construyen personajes»
«Las cámaras han transformado nuestra vida, nos han convertido a todos en actores que construyen personajes. Aunque ese personaje se llame como pone en nuestro carné de identidad. Pero ante la cámara no dejamos de ser ese actor y ese personaje, que es aquel que los demás ven en nosotros, aquel que desearíamos ser, aquel que querríamos haber sido... “El arte de la entrevista” es una obra que tiene hoy un sentido que no habría tenido hace veinte años».

Los personajes

«Son frankensteins que han procedido de experiencias, de tu vida, de recuerdos»
«La vida te asalta y es la que se impone a tu texto para que, en un momento dado, los personajes tengan solidez, cuando en realidad son frankensteins que proceden de tus experiencias, de tu vida, de recuerdos.A veces, se dota a los personajes de sus características de la forma más extravagante. Por ejemplo: recuerdo que acompañé a mi hija pequeña a un cumpleaños y me puse a hablar con otro de los padres para matar el rato; me contó que era abogado y trabajaba en un hospital. Me interesé por eso y me contó que se dedicaba a negociar contratos con diversas firmas para el instrumental médico. Y sentí que ese era un oficio extraordinario para el personaje de la madre en “El arte de la entrevista”. Llega un momento, además, en que caminan solos.Un personaje da una réplica, y te das cuenta de que ha sido el propio personaje el que ha contestado, porque ha llegado a una solidez que ésa es la contestación coherente, más allá de tus propias intenciones».

La mujer

«Hay zonas, palabras, deseos, miedos en la mujer que recibo como misterios»
«Durante algún tiempo, se decía que mis héroes eran siempre masculinos, o mis personajes fundamentales eran hombres. Escribí una obra titulada “El sueño de Ginebra”, cuya protagonista es una Jackie Kennedy más o menos espectral. Y en “La tortuga de Darwin” la protagonista es una mujer. Pero es verdad que en los últimos tiempos la mujer tiene mayor presencia en mi teatro: “La lengua en pedazos” está liderado por un personaje femenino, Santa Teresa, y en “El arte de la entrevista” aparecen las mujeres de forma más contundente que nunca. Hay zonas, reacciones, palabras, deseos, miedos en la mujer que recibo como misterios, y me siento fascinado por ellos. Probablemente, en estas mujeres que aparecen en escena están las que se han cruzado en mi camino o a las que yo he conocido de cerca».

Observación y vivencias

«Los autores inevitablemente estamos en nuestros textos»
«Los autores, inevitablemente, estamos en nuestros textos. Quien lea o vea mi teatro, me conocerá. Hay espectadores que me reconocen en determinados personajes intelectuales que aparecen en mi teatro. Pero en ocasiones el autor está más cerca de un personaje aparentemente muy distante de él, como son estas mujeres de “El arte de la entrevista”. En ellas también me reconozco. Pero, por estar el creador inevitablemente en su obra, debe hacer un esfuerzo de inhibición y contención para no invadir a sus personajes. En alguna obra he cometido el error de que se percibiese muy claramente la posición que defiendo. En “El arte de la entrevista” he intentado dar hospitalidad a mis personajes, y creo que ninguno de ellos es juzgado; todos son defendidos y atacados».

El paso del tiempo

«El presente es un cruce de tiempos»
«Es el gran tema del teatro universal desde siempre. Cómo nos atraviesa, cómo vivimos el instante y al mismo tiempo nos proyectamos en el futuro y también, por qué no, en el pasado. El presente es un cruce de tiempos, y desde luego, hoy hago de eso una experiencia distinta que hace veinte años».

Evolución

«Mi teatro ahora es más luminoso que antes»
«Quiero pensar que mi teatro es ahora más luminoso que antes, y eso no quiere decir que esté vendiendo felicidad. Pero probablemente yo tenía una visión más oscura del mundo y de la vida hace veinte años, y creo que así como en la vida intento aprovechar las ocasiones de felicidad, de amistad, de belleza, de gozo -aunque sé que en muchas ocasiones no estoy a la altura, pero tengo predisposición a hacerlo-, creo que mi teatro hoy es menos fatalista, menos resignado. Y “El arte de la entrevista” tiene más corazón y emociones que otras obras mías. Aquí la emoción está en primer plano, porque hay personajes más cotidianos, aunque encierran misterios».

La familia

«Mostrando la armonía y tensiones de una familia se cuentan todas las historias»
«Los griegos nos enseñaron que mostrando los deseos y los miedos, la armonía y las tensiones de una familia, podías contar de algún modo todas las historias del mundo. Y creo que lo que sucede en “El arte de la entrevista”, en una familia muy concreta, nada arquetípica, va a tocar en algún punto a cada uno de los espectadores, y que van a sentir que de algún modo está su vida o una posibilidad de su vida. Esta es una obra en la que no hay personajes intelectuales, a diferencia de lo que sucede en otros textos míos, y sin embargo creo que hay debates que se plantean, aunque no se verbalicen; y en todo caso hay experiencias que van a dar qué pensar a algunos espectadores».

Mayorga, en 8 escenas

by on 15:26
Fuente: Julio Bravo ( abc.es ) Es difícil discutirle a  Juan Mayorga  (1965) el título de  «autor-español-de-moda»  (sin que haya acep...

Fuente: Elsa Fernández-Santos (elpais.com)
La dicotomía realidad-teatro planea sobre El arte de la entrevista, la obra de Juan Mayorga que dirigida por Juan José Afonso se estrena el viernes en el María Guerrero dentro de la temporada del Centro Dramático Nacional. “Ese fantasma de Pirandello está en la obra”, reconoce Mayorga sobre un texto que plantea un conflicto familiar desatado ante la intromisión en un hogar de una cámara de vídeo. Una abuela, una madre y una nieta se ven las caras cuando la más pequeña llega a casa con un trabajo escolar: grabar una entrevista. Un encargo del profesor de filosofía, que ha invitado a su clase a una periodista para que hable de la ética de la entrevista.  
La oportunidad de hablar ante una cámara, de construir un relato ante un testigo, de actuar, desata el conflicto entre tres mujeres que se quieren pero que, como en toda familia, se afirman negándose. Tres actrices, Alicia Hermida, Luisa Martín, Elena Rivera, y un actor, Ramón Esquinas, interpretan esta pieza en la que su autor ve los colmillos de una Caperucita Roja oculta: “una madre, una abuela, una niña y una lobo, la cámara”.
“Las cosas que se dicen a la gente que quieres son siempre cosas peligrosas”, asegura el director de la obra, que incide en cómo la presencia de la cámara es la que transforma la realidad familiar. “La presencia de la cámara cambia todo porque ante ella la abuela decide hablar y contar algo que nunca había contado antes”.
Sobre un escenario que representa el jardín de una casa (se trata de una familia de clase acomodada, una madre alta ejecutiva y una abuela moderna y progresista) las tres mujeres van mostrando sus capas de verdad y de mentira.“Yo aún necesito más representaciones con el público para saber adónde nos lleva esta obra”, asegura Alicia Hermida, en la piel de la abuela. “El teatro, como dice Bertolt Brecht, es comunicación y esa comunicación solo es con el público, uno se da cuenta cuando están o no contigo. Me gusta ensayar, pero siempre falta algo. Esto es una orquesta, todo tiene que sonar en su momento y a la vez”.
Pese a asentarse sobre unos supuestos realistas, la obra se mueve por territorios imprecisos en los que no hay verdades absolutas. Las tres mujeres son ellas y dejan de serlo ante la mirada del cuarto personaje (un hombre desconocido) y de la cámara, cuyo ojo todo lo transforma. "Esto permite un espacio enorme para el actor", asegura Luisa Martín, que define a su personaje como una de esa mujeres "padre y madre"  que se echa todo a la espalda: el trabajo y la familia. El conflicto con su hija adolescente y la complicidad de la pequeña de la casa con la abuela son su cruz. "en la obra hay muchas de esas situaciones cotidianas que despiertan risa pese a su carga de profundidad. En realidad estamos ante tres mujeres complicdas, con mucho carácter, que se enfadan con la misma fuerza con la que se ríen".
Mayorga advierte que El arte de la entrevista no se trata de una de esas obras en las que una familia se tira los trastos y defiende su texto como un lugar de experimentación para el actor y el director y de acción para el espectador. "Cada uno acabará la historia a su manera. No es un texto autoritario y dividirá al patio de butacas", afirma. Para él, en definitiva, plantea un asunto muy actual. "La idea de Pirandello del mundo como teatro, tema calderoniano por antonomasia, es hoy más actual que nunca. En un mundo en el que todos llevamos una cámara en el bolsillo, todos somos personajes representado papeles y es difícil saber cuándo actuamos y cuándo no".

Font: Jordi Bordes (elpuntavui.cat)
Què passaria si un voluntari de la Creu Roja internacional aconseguís entrar en un camp de concentració per denunciar la situació deplorable dels jueus que hi ha internats i es troba amb una salutació cordial d'un comandant alemany culte (convençut que Europa és la seva literatura universal), uns nens que juguen i es barallen per una baldufa o s'assisteix, de lluny, a una conversa íntima entre una jove parella? Doncs que, contrariat, caldrà redactar un informe favorable i desfer els rumors de trens que carreguen homes, dones i nens amb pijama de ratlles i que desapareixen (tant els trens com les persones). Què fa que tot sigui mentida si l'observador internacional no rep cap ni un avís d'advertència dels veïns del camp? Qui és més culpable de la situació, l'informador que és llec en veure la farsa o els mateixos jueus que no donen peu a imaginar res? I fins a quin punt la perversitat humana pot actuar amb tanta fredor per amagar un extermini en massa de jueus, gitanos o homosexuals de mig Europa? La sala Atrium planteja aquestes preguntes, fins al 15 de desembre, amb el Himmelweg, de Juan Mayorga.
El quadre que exposa el delegat de la Creu Roja en el seu informe és d'imatge de gran angular. En canvi, la direcció de Raimon Molins planteja que tot succeeix en l'estret escenari de l'Atrium i que ho interpreten només tres actors (Guillem Gefaell, Patrícia Mendoza i el mateix Molins, que és el comandant nazi). En realitat, ells també donen veu i ànima als altres personatges però, enganyats per a l'escena plantejada com una operació de propaganda nazi més, esdevenen uns veritables titelles de la situació, es desdoblen gràcies a la manipulació de titelles. El joc és un bon reflex de la situació i una solució dramatúrgica que permet la seva viabilitat en les estretors (d'una intimitat indiscutible) de la sala.
Raimon Molins va experimentar, en el seu darrer espectacle (Litoral, 2013, Romea) els canvis d'ubicacions de l'epopeia del jove que busca on enterrar el seu pare. Ho va fer amb dos cubs que es transformaven amb eficàcia i màgia per possibilitar múltiples espais, unes localitzacions que també evocaven a escenes exteriors i llenguatge cinematogràfic. Molins ara aventura amb un text molt més pervers perquè amaga la crueltat en una acció molt educada aparentment, gens violenta, però que escup bilis per tots cantons. És fàcil imaginar que els universos de Molins i el de Mayorga coincidirien, tard o d'hora, perquè a tots dos els agrada treballar amb un teatre que diu més per dins que per fora. Que sense voler adoctrinar dóna elements per a la reflexió. Tant de caire personal com de tota la societat en general. Veient amb atenció més Mayorga i Molins tothom seria una mica menys malvat.
El cunyat perfecte
El dramaturg Juan Mayorga és el cunyat que tothom voldria tenir. Perquè és d'una tolerància inabastable. Sap escoltar, valorar els problemes. Posar-los en la taula d'operacions d'un espai escènic i anar eliminant tots aquells elements d'odi, por i rancúnia que genera el conflicte. Construeix amb una aparent senzillesa, amb un llenguatge net, que demana més modulació de la veu que no pas crit. No insulta.La pugna es trasllada al cor i al cervell de cada espectador: perquè amb una escriptura blanca, en realitat, desperta fantasmes i monstres de tot humà amb un mínim d'oïda emocional. Autor sensible i intel·ligent, coneix i segueix de fa anys el teatre català, amb Belbel i Benet i Jornet de còmplices.
I és que Mayorga (Premio Nacional de Literatura Dramática)gasta una teatralitat que és compatible amb fer versions per al Teatro Clásico però que, alhora, respira una turbulència interior. Què passaria si un policia perseguís un pederasta i els fills el temessin pel mateix? Clau de Hamelin. O què ha de pensar el Floquet de Neu, fart que el creuïn per aconseguir una carambola genètica amb un altre primat albí. Algú va pensar que aquesta icona de Barcelona no va pensar mai que volia morir amb calma i sense tanta pressió i plor de la ciutat en pes? Sí, tot plegat un informe dolorós.

Dolorós informe

by on 16:33
Font: Jordi Bordes ( elpuntavui.cat ) Què passaria si un voluntari de la Creu Roja internacional aconseguís entrar en un camp de conce...