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AUTOR: TANKRED DORST
VERSIÓN y ADAPTACIÓN: JORDI CASANOVAS
DIRECCIÓN: ANTONIO-SIMÓN
INTERPRETACIÓN: PEDRO CASABLANC y SAMUEL VIYUELA GONZÁLEZ
DURACIÓN: 90min
FOTOGRAFIA: E. BERENGUER
PRODUCCIÓN: GREC 2016 FESTIVAL DE BARCELONA y VELVET EVENTS SL
ESPAI LLIURE (GREC 2016)

Un personaje, un actor en paro que busca una segunda oportunidad para resurgir qual ave fenix. Se presenta a un casting con un director que trabaja en uno de los centros dramáticos de la ciudad. Le recibe su ayudante. Tendrán que esperar a que el director haga acto de presencia. Y la espera será fructífera porque nosotros los espectadores descubriremos lo que normalmente no se sabe, la realidad que se esconde detrás del éxito, la falta de segundas oportunidades y cómo afrontar los momentos de crisis humanas.

Dos épocas y dos maneras diferentes de hacer se enfrentan en escena, la del actor que ya ha conocido el éxito y que parece que esté de vuelta de todo. Él reclama que se le trate como lo que es, o lo que fue, que para él hacer un casting ya estaría fuera de toda lógica. El joven ayudante de dirección, con ansias de comerse el mundo y que no entiende de escalas profesionales y trata de tu a tu al actor, no por falta de respeto sino porque la época ha dejado de tratar como dioses aquellos que llegaron primero. 

Egos, soberbias, lecciones de vida, un desprecio por la juventud y por la veteranía se dan cita durante toda la representación. Nada fuera de lugar. Hasta que de repente hay un momento de esclosión donde ambos personajes se encuentran en el mismo plano, un magnífico momento metateatral y el inicio que hace al espectador empezar a posicionarse y tomar partido por uno de los dos. El caramelo que se nos presenta tiene dos caras, y ambas pueden ser deliciosamente disfrutadas.

Brillante recital interpretativo el que se marca Pedro Casablanc como actor venido a menos. Indescriptibles los innumerables recursos interpretativos que despliega a lo largo de toda la obra. Un placer para los teatreros que puedan disfrutarlos. Solo él en escena, porque la escenografía no puede ser más minimalista y la iluminación precisa, hace que destaque su luz por encima del envoltorio. En las réplicas le acompaña Samuel Viyuela González, el joven ayudante de dirección que aguanta perfectamente el tipo delante del magistral trabajo de su compañero.

Dos oportunidades más no son suficientes para que toda la gente que debería ir a verla vaya y mientras que a alguien se le ocurra programarla más tiempo, aprovechalas y no te la pierdas. Es un disfrute!

YO, FEUERBACH

by on 18:42
AUTOR: TANKRED DORST VERSIÓN y ADAPTACIÓN: JORDI CASANOVAS DIRECCIÓN: ANTONIO-SIMÓN INTERPRETACIÓN: PEDRO CASABLANC y SA...

Fuente: Jesús Ruiz Mantilla | Rosana Torres (elpais.com) | Foto: Gorka Lejarcegi
De Antígona a las comedias de enredo, de Shakespeare y Rigoletto a Sonrisas y lágrimas,¿qué creación escénica no aporta una visión del mundo y resulta, por tanto, política? Es la respuesta más o menos común, con matices que la enriquecen, a la duda lanzada esta semana por Bob Wilson en la Cuatrienal de Artes Escénicas de Praga. El director estadounidense se preguntaba si cabe hoy hacer un teatro reivindicativo en términos políticos. Propugnaba, frente a las respuestas en ese ámbito, la confusión. Actores, directores y dramaturgos de la escena española entran al debate.
Nuria Espert, actriz y directora. “Creo que Bob Wilson no niega esa posibilidad; simplemente lanza una duda. Era una pregunta pertinente en tiempos de la dictadura, pero en época de libertad, todo tipo de teatro es bienvenido. Yo he hecho siempre teatro político, pero no panfletario. Lo respeto muchísimo. El arte, si es bueno, va unido a la política. El teatro, además, va unido a una vertiente educativa, y eso siempre lleva implícito algo de compromiso”.
José María Flotats, actor y director. “Desde Sófocles, 400 años antes de Cristo, con Antígona, hasta Tony Kushner, en el siglo XX y sus Ángeles en América, pasando por Shakespeare, con El rey Lear, Molière y su Tartufo, Lorca con Yerma o La casa de Bernarda Alba o Bertolt Brecht con El resistible ascenso de Arturo Ui, el gran teatro no ha dejado, también, de ser político”.
Juan Diego Botto, actor y director. “Todo teatro es político, desde los clásicos griegos a las comedias de puertas y sofás. Plantear una distinción es ir contra natura.Se puede hacer conscientemente o sin querer, pero siempre llevará implícita y explícitamente una visión del mundo. Vivimos un cambio profundo de sociedad y paradigmas; en este contexto, el teatro sirve para plantear y resolver dudas”.
Natalia Menéndez, directora del Festival de Almagro. “El quid reside en plantearlo de forma diferente según la época. Pero el teatro de rasgos políticos está triunfando hoy como nada, y más entre los jóvenes, en todo el mundo. El teatro fronterizo, que lidera en España Sanchis Sinisterra, o el teatro-documento que he visto triunfar en México o Perú, basado en testimonios o pruebas de denuncia de hechos concretos, funciona como pocas cosas. Siempre la escena se ha planteado fuertemente desde el compromiso, de Grecia a Shakespeare, Fuenteovejuna, La vida es sueño o Brecht. Así ha sido y será”.
Pedro Casablanc, actor. “No entiendo esa posición de Wilson. Menos cuando él habla de que la sociedad parece querer necesitar impactos y su teatro se basa, sobre todo, en eso y en distintos flashes. ¿De qué me está hablando? Yo no concibo ninguna expresión que no sea política. Más en una época como esta, cuando desde foros como el Teatro del Barrio, nos cuesta sacar tanto adelante espectáculos como el dedicado a [Luis] Bárcenas, el extesorero del PP. Está muy mal visto y no cuenta con apoyos”.
Jordi Galcerán, autor. “Los dramaturgos debemos plantearnos hacer buen teatro; el resto, si lo logramos, viene dado por añadidura. El teatro considerado político, el ideologizado, me parece redundante y normalmente pesado. Insisto: al hacer buen teatro, inevitablemente cae lo demás. Un autor contemporáneo, por lo demás, es imposible que no hable de lo que ocurre, más en un entorno de crisis, pero hay que dejarse llevar ante todo por las historias que contamos, no por las ideas que quisiéramos inculcar”.
Sergio Peris Mencheta, actor y director. “Siempre he creído que nuestro papel es el del bufón del rey. Consiste en soltar a la cara a quien gobierna lo que no hace bien. Otra cosa es que quien está al mando no acuda al teatro. Los patios de butacas adolecen de políticos, y más en épocas como esta. La ventaja que tiene el teatro sobre otras artes para expresar ideas políticas es la inmediatez. Por la mañana, Dolores de Cospedal suelta lo de los pagos en diferido de Bárcenas y por la tarde le hacen un monólogo. Yo soy partidario del teatro como medio de entretenimiento, de partida; es la única manera de despertar interés. Pero plantear la neutralidad, como creo que desearía Wilson, me parece erróneo, porque ésta es enemiga del arte”.
Gerardo Vera, director y escenógrafo. “El teatro y el compromiso político son inseparables. Son acción, intervención decidida, directa, sobre nuestro mundo más inmediato, que ilumina nuestras contradicciones como seres humanos y como ciudadanos con el fin de transformar la realidad. El teatro hoy ya no puede separarse del compromiso con nuestro entorno más cercano, y siempre será ese milagro que se hace posible a través del actor como centro de gravedad indiscutible de un arte que ya nunca deberá reducirse a informar ni a proponer soluciones, sino que nos permitirá profundizar en aspectos únicos de nuestra propia experiencia”.
Magüi Mira, actriz y directora. “¡Cómo no va a ser necesario el teatro político! La vida es política desde que uno se levanta y decide cómo vivir, a todas horas uno se está comprometiendo, y la política es un compromiso que nos correponde asumir a todos. El teatro, aunque no quieras, tiene que ser político. Por cierto, Bob Wilson también hace teatro político”.
Laila Ripoll, dramaturga y directora. “¿Teatro político? ¡Absolutamente! Y hay que abordarlo con rigor, mucho rigor, mucho arte, huyendo del ladrillo... Ya lo inventó Brecht. Todo arte es política, y las gentes del teatro creo que eso lo tenemos muy claro. No hay más que darse una vuelta por los escenarios de nuestro país”.
Font: Imma Fernández (elperiodico.cat)
Deia el dramaturg Jordi Casanovas -autor de la trilogia sobre la identitat catalana: Pàtria, Una història catalana Vilafranca, que estrenarà al gener- que en aquests dies tan pel·liculers li resultava «gairebé impossible escriure un teatre versemblant sobre la realitat política quan aquesta realitat ja supera qualsevol límit de versemblança». La ficció es quedava curta, però en la seva recerca va topar amb un filó: la transcripció de la segona declaració de Luis Bárcenas davant el jutge Pablo Ruz a l'Audiència Nacional (el 15 de juliol del 2013), en la qual per primera vegada admetia la comptabilitat B del partit al Govern espanyol. Es va començar a estirar la manta.
Casanovas va reduir les tres hores de compareixença en un text teatral d'una hora i va voler que la dirigís Alberto San Juan, actor i director compromès i impulsor de la cooperativa Teatro del Barrio, que coprodueix el muntatge juntament amb el Teatre Lliure. Ruz-Bárcenas va arribar ahir (i fins diumenge) a l'Espai Lliure amb Pedro Casablanc i Manolo Solo donant veu a les paraules de l'extresorer del PP i del magistrat, respectivament. 
«La gent té fam de realitat, d'entendre què està passant i el teatre et dóna una mirada d'aquesta realitat. Totes les paraules i noms que surten a l'obra es van dir en l'interrogatori. I no és el mateix informar-se del que va passar llegint els mitjans que escoltant les paraules de Bárcenas dins de la veritat del teatre», subratlla el director madrileny, que ha apostat per fer seure els actors cara a cara i deixar-los parlar. Ells i la taula del jutge plena de documents. Els artificis i les disfresses -«vaig pensar a posar-li patilles a Casablanc però no calia»- sobren. Així ho demostra la gran acollida que ha tingut el muntatge, estrenat el 23 de maig al Teatro del Barrio i que, va recordar el director, en el futur quedarà com a document «per mantenir viva la memòria» sobre un passat corrupte.

Rialles i indignació

Diu San Juan que la situació dramàtica que passa desperta indignació i també rialles, per la barra de l'interrogat i l'aparició de noms com José Luis Moreno, Mercadona... L'obra ha despertat l'interès de molts periodistes, com Pedro J. Ramírez, però no se sap si hi ha polítics que l'hagin anat a veure. Sí que li consta que al jutge Ruz li agradaria. «Van venir les seves secretàries però a ell no li deu semblar gaire correcte», argüeix el director, que es va llicenciar en periodisme abans de fer el salt a la interpretació.
Amb el Teatro del Barrio, que dirigeix, pretén «fer política a través de la cultura, unir-se a la lluita». En aquesta línia de teatre polític «gairebé periodístic» prepara noves produccions. Al febrer s'estrenarà Las guerras correctas, de Gabi Ochoa, sobre l'entrevista que Iñaki Gabilondo va fer a Felipe González sobre els GAL el 1995; després una obra sobre el president de la Comunitat de Madrid, Ignacio González, i una sobre la monarquia. «Totes rigoroses amb la informació, sense frivolitzar però sense tallar-se. És un dret cívic no tallar-se». Els polítics són un filó escènic inesgotable. Com a mostra, San Juan va recordar les «enigmàtiques i intolerables» paraules d'Aznar, que ha dit que«una hiperregulació portarà més corrupció perquè les persones intel·ligents no voldran treballar a l'Administració».

Parla Bárcenas

by on 15:59
Font: Imma Fernández ( elperiodico.cat ) Deia el dramaturg Jordi Casanovas -autor de la trilogia sobre la identitat catalana:  Pàtria, ...

Fuente: Javier Yuste (elcultural.es)

Pedro Casablanc (Sevilla, 1963) está íntimamente ligado al Teatro de la Abadía. Forma parte de la primera generación de actores que desarrolló su formación en la institución dirigida por José Luis Gómez, entre los que también se encuentran interpretes de la talla de Carmen Machi o Beatriz Argüello. Ahora regresa a casa ya curtido en mil batallas para celebrar los 20 años de este escenario madrileño y lo hace de la mano del director del Festival d'Avignon, Olivier Py, en Hacia la alegría, una obra que forma parte del proyecto europeo Cities on Stage/Ciudades en Escena, una ambiciosa colaboración internacional que centra la mirada teatral sobre la ciudad. En Hacia la alegría un hombre se levanta en mitad de la noche, movido por una especie de presentimiento que le empuja a vestirse y a correr por la ciudad. Es un arquitecto que ha perdido la energía espiritual necesaria para la creación artística. Es Pedro Casablanc en un tour de foce que merece la pena.

¿Cuándo llegó este proyecto a sus manos?
Mi participación en esta obra surgió a raíz de mi trabajo en la comedía francesa Le Prix Martin de Eugène Labiche que representamos en el Théâtre de l'Odeón en 2013. Mi trabajo en esta obra interesó a Olivier Py y se puso en contacto conmigo. Además contaba con el aval de José Luis Gómez en el Teatro de la Abadía. Estuve hablando con Olivier en París y en seguida nos pusimos de acuerdo. Fue todo muy natural.

¿Qué significa para usted ponerse a las órdenes de Olivier Py?
Lo que esta obra significa para mí, más que ninguna otra cosa, es la posibilidad que me brinda de celebrar los 20 años de vida del Teatro de la Abadía. Yo fui uno de los que lo abrí con compañeros excelentes como Beatriz Argüello o Carmen Machi por eso es muy especial para mí... Después la oportunidad de trabajar con Olivier Py es un lujo porque es un director que además es un intelectual, músico, poeta... Tiene muchas habilidades fuera de lo común y está abriendo caminos.

¿De qué trata Hacia la alegria?
Es un texto que tiene una gran carga filosófica y crítica. Apunta a la mercantilización y al consumo... Al hastío que produce en la clase alta tenerlo todo a disposición. A la falta de identidad y de valores y al aprecio a la fama que hay en la sociedad. Es un viaje en una noche, similar al que se produce en el Ulises de Joyce. Un tipo sale de casa, anda y va reflexionando acerca de sus 50 años de vida, de unos éxitos que no le han colmado de la felicidad y la alegría que buscaba en origen. La obra también se detiene a meditar acerca de lo artificial que es todo y la ingente cantidad de mentiras que necesitamos para sobrevivir. Pero también es un manifiesto de alegría mística que pretende llegar a las esencias, a la infancia.

¿Qué retos le planteaba este papel?
El papel es un autentico tour de force por el hecho de estar solo en escena durante una hora y diez minutos y sobre todo porque es un trabajo muy físico. No solo tengo que hablar sin parar sino que tengo que correr, saltar... es casi una danza hablada. Para ello es trascendental la excelente música de Fernando Velázquez. Este hombre, durante la obra, llega a un estado animal donde cree que ha alcanzado cierta independencia de sus ataduras. Hay un grito de libertad muy interesante de interpretar.

Esta obra forma parte de la iniciativa Ciudades en Escena. ¿Cuál es la idea que aporta la obra sobre la ciudad?
La ciudad en Hacia la alegría es un depósito o contenedor de personas, de libertades, de esperanzas y de angustias cada vez más sometido al consumo, a la banca, a la corrupción... Un espacio donde es complicado pararse a disfrutar de lo sencillo. La imagen no es nada positiva sino triste y oscura.

¿Tiene la escenografía un peso importante en la obra?
Bastante pesada sí que es... [Risas] Es una gran escenografía que cumple a la perfección su cometido. Es muy cinematográfico y da pie a un juego de sombras casi neorrealista. Es una obra que igual se podría hacer sin nada pero la admiración de Py por Wagner y por lo sacro la hace muy operística, en continuo movimiento.

¿Por qué cree que el monólogo es un género tan de moda?
Me parece que el inconsciente colectivo es el responsable de que los directores se pongan a hacer monólogos. Debe de ser una confluencia astral porque no creo que se deba a la crisis o a que sea más barato.

¿Cómo ve la situación del teatro en la actualidad?
A nivel de espectadores está difícil llenar un teatro. Además, cada vez hay más talento pero menos apoyo institucional. Dicen que estamos remontando pero con Ruz Barcenas nos costó llenar el Teatro del Barrio. La gente prefiere quedarse en casa. Después me da pereza el tema del 21 %, ya se ha dicho todo. Tenemos un gobierno que no necesita la cultura. Todas estas renuncias a Premios Nacionales me parecen una respuesta muy clara al gobierno pero creo que no les afecta.

Fuente: Álex Vicente (elpais.com)
He oído una deflagración lejana, y en la oscuridad de mi habitación tengo los ojos abiertos de par en par y el cuerpo crispado por lo oído”. Se levanta el telón y aparece un arquitecto enzarzado en un texto imposible, de una lírica recargada y funesta, que nos habla de miedos congénitos, de noches eternas y huidas hacia delante. “Ese despertar sobresaltado”, prosigue el protagonista, “es como un despertar en la muerte, y el silencio de la ciudad me ayuda a tener un momento de conciencia exacerbada”. Ese hombre emprenderá entonces una caminata nocturna por las calles de una ciudad desierta y siniestra, buscando una respuesta a sus súplicas desesperadas por todos sus rincones.
En la oscuridad de una sala de ensayo en las afueras de Aviñón, Olivier Py (1965) observa ese panorama desde la distancia intermedia que le confiere la tercera fila. De vez en cuando, este tipo con aspecto de ogro bondadoso suelta una ruidosa carcajada, como si el desasosiego de su personaje solo le procurara goce. Interviene poco, limitándose a dar alguna indicación en un castellano imperfecto pero vivaz, que jura haber aprendido en la escuela, aunque se intuya que debió de perfeccionarlo en algún bar madrileño. Director del certamen teatral que tiene lugar cada verano en la ciudad provenzal, Py se encuentra en pleno ensayo de Hacia la alegría, primera obra que el Festival de Aviñón coproduce con el teatro de la Abadía, donde será estrenada el miércoles próximo. La pieza adapta una reciente novela del director y dramaturgo, Excelsior, cántico desesperado de un hombre de nuestros días sumido en la crisis espiritual. Un largo soliloquio en forma de triple salto mortal interpretativo, al que se enfrenta un actor tan curtido en las tablas como Pedro Casablanc. “¿Qué es una obra por majestuosa que sea, si no vibra con sus contemporáneos? ¿Si no se eleva hasta una forma revolucionaria sin violencia y es más eficaz que las barricadas?”, declama el personaje del arquitecto. En sus rasgos no cuesta adivinar los del propio Py, personaje fundamental de la escena francesa de las últimas dos décadas, en la que irrumpió a finales de los ochenta provocando un estruendo considerable.
—No sé muy bien por qué, pero he escrito varias veces sobre arquitectos —explicará Py más tarde, en un sombrío comedor que le protege del sol perezoso que baña el paisaje provenzal en este inicio de otoño—. Supongo que encarnan lo opuesto a un director de teatro. Un arquitecto construye cosas que no desaparecen, que duran y envejecen. Nosotros, en cambio, ¿qué construimos? La mañana siguiente a la última representación de cada una de mis obras, siempre me despierto con esa pregunta.
—Entonces, ¿es esta obra una autobiografía indirecta o invertida?
—Toda ficción es autobiográfica. No hay nada más autobiográfico que la ficción, ni nada más ficticio que la autobiografía. Más que un dramaturgo, me considero un poeta. Y un poeta siempre habla de sí mismo, de su aventura espiritual y del lugar en que se encuentra frente al mundo. Ahí es donde se halla lo más íntimo. Hablar de mi vida sexual habría resultado mucho menos privado e indecente.
—Su protagonista se encuentra perdido en un mundo que ha dejado de entender. ¿Lo está también usted?
—Este texto responde a un momento de angustia, de crisis, de preocupación, de incomprensión; de sensación de vanidad, de fracaso y de absurdidad. Pero nunca de extravío. A decir verdad, no me he sentido perdido en la vida. Para todo artista, esos momentos de duda son algo que viene y se va. Hay que atravesar la noche una y otra vez. Se deben superar muchas noches para tener derecho a un poco de luz.
Py cuenta con una inteligencia deslumbrante de la que parece consciente, pese a que se esfuerce en no demostrarlo excesivamente. Está protegido por un sarcasmo festivo y ocurrente que no logra camuflar cierta pesadumbre, igual que el tono cómico y burlesco de sus textos no logran disimular lo insoportable que le debe de parecer la existencia. Nacido hace 49 años en Grasse, diez kilómetros al norte de Cannes, Py encarna a una especie de hombre orquesta del teatro francés: intérprete de formación, director vocacional, escritor por necesidad y gestor de grandes instituciones por accidente. Cuando estudiaba, un profesor le dio un sabio consejo: “Entre dos opciones, elija siempre ambas a la vez”. Py decidió obrar en consecuencia.
La primera vez que se subió a un escenario tenía cuatro años e interpretaba al lobo de una función escolar. Hasta que el disco que funcionaba de banda sonora se rayó y aquel actor prematuro se descubrió solo ante el peligro. Entendió entonces en qué consistía el teatro. De adolescente, se dijo que esa sería su única salida en la vida. “No me dirigí al teatro por narcisismo. Lo hice porque el mundo me parecía invivible. Solo me parecía algo menos odioso cuando me encontraba sobre un escenario”, confiesa. “No sé por qué deposité tantas esperanzas en el teatro. Para mí se trataba de un universo desconocido, ya que mi familia no tenía afición por la cultura, pero no se opusieron a que me adentrara en él. Entendieron que ese era mi destino”. El misticismo del personaje, a veces ridiculizado en el microcosmos teatral parisiense, salta a la vista desde el primer minuto. Católico converso en una familia atea y lector voraz de Teresa de Lisieux y Paul Claudel, Py sopesó en su juventud emprender la carrera religiosa.
—¿Por qué prefirió el teatro a la oración?
—El destino escogió por mí. Entre los 20 y los 25 años dudé mucho, pero entonces empecé a actuar y ya no pude parar. Si mi vida en el teatro no hubiera funcionado, me habría dirigido naturalmente hacia la religión.
—¿Diría que, en el fondo, se trata de lo mismo? ¿De una especie de sacerdocio que lo protege de ese mundo invivible del que hablaba antes?
—Sí, lo veo así. Pero puntualizo que ese sacerdocio no me parece triste. Yo contemplaba la vida religiosa como una aventura espiritual y heroica, y la sigo viendo así. Todavía hoy, cuando veo a un monje en sandalias por la calle, suspiro por el destino que no tuve.
—¿Ha leído Le royaume, el superventas de Emmanuel Carrère sobre su crisis de fe?
—Sí, claro. Quedamos el otro día. El suyo es un caso exótico. Su conversión fue rápida y violenta. Al cabo de tres años abandonó el camino espiritual. Yo le dije que ese abandono será temporal. Una vez se ha descubierto algo así, esa puerta nunca se cierra del todo.
Sus padres fueron pieds-noirs, magrebíes de origen francés que regresaron a la Francia continental tras la independencia de Argelia en 1962. Py asegura que, de pequeño, siempre se sintió extranjero en su propio país. “Mis padres me inculcaron ese sentimiento. Hoy me encuentro más a gusto, aunque tampoco tanto. Por una parte me siento profundamente francés, aunque solo sea porque esa es mi lengua”, sostiene. “Por la otra, me sigo definiendo como mediterráneo”. Ese sentimiento íntimo de diferencia ha marcado su carácter y su carrera. En el ecosistema del teatro francés siempre se le ha dado de comer a parte. Durante los noventa, Py encarnó un teatro excesivo y noctámbulo, inscrito en la marginalidad y atravesado por la cuestión homosexual, sucesor inmediato de Koltès y Copi, a la vez que contemporáneo de Lagarce y Gabili. Los cuatro fallecieron jóvenes: los tres primeros, de sida, y el último, de un paro cardiaco. Cuando Py fue nombrado por sorpresa director del Odéon parisiense, templo del teatro público fundado en 1782, bromeó que era solo por falta de competencia: “Todos los directores de mi generación se habían suicidado, sucumbido a una sobredosis o muerto de sida”.
De nuevo, ¿escondía ese humor devastador una profunda soledad? “Siempre he sido tratado como un extraño animal, pero nunca me he sentido relegado al margen. Desde el principio de mi carrera, trabajé para las instituciones”, corrige. En efecto, Py echó raíces durante una década en el Centro Dramático de Orleans, uno de esos escenarios públicos de provincias en los que se hicieron un nombre muchos de los grandes directores del teatro francés actual, como Stéphane Braunschweig, Stanislas Nordey, Ludovic Lagarde o Wajdi Mouawad. Incluso cuando dirigía uno de los mayores teatros parisienses seguía llevando una doble vida. Desde hace 15 años, Py circula por la geografía francesa con un show de travestismo, en el que cuelga los hábitos institucionales y sube a escena para transformarse en Miss Knife, una despechada cantante que entona canciones de desamor. “Durante mis años en el Odéon tuve que vestir de traje y corbata con frecuencia. Ponerme liguero y tacón alto era un acto político, que me permitía preservar mi libertad”, asegura. Si nunca ha renunciado a convertirse en esa desconsolada cabaretera, aunque sea solo un puñado de noches al año, será por algo.
Pese a su fervor religioso, el dramaturgo no tiene problemas en marcar sus distancias con la Iglesia. Dice vivir con dolor el repunte ultracatólico al que asiste Francia desde 2012, cuando millones de manifestantes salieron a la calle contra el matrimonio homosexual que pretendía aprobar François Hollande. Py se dice repugnado ante esa supuesta minoría silenciosa, convertida en vigoroso contrapoder a la acción gubernamental. “Me siento triplemente horrorizado: como francés, como homosexual y como católico”, afirma. “Pero el Vaticano no es la Iglesia. No tienen nada que ver con los hombres y mujeres que me ayudaron a construir mi camino espiritual, a quienes no podría importarles menos mi sexualidad”. Py estuvo casado durante diez años “por amor” con la actriz y dramaturga Elizabeth Mazev, a quien conoció a los ocho años. “Nos divorciamos porque ella conoció a alguien, y luego lo hice yo”, aclara. “No creo que me vuelva a casar, aunque ahora sea posible. Mi compañero no parece tener prisa en comprarme un anillo”.
Como todos los directores vinculados al poderoso teatro público francés, la suerte de Py ha dependido durante décadas del favor de quien ocupaba el poder. En 2012, el exministro Frédéric Mitterrand —nieto sarkozista del expresidente socialista— lo destituyó sin previo aviso tras cinco años de buena labor, durante los que consiguió desempolvar una institución prestigiosa pero algo anquilosada. Ese final abrupto le dejó mal sabor de boca. “Intentar transformar ese teatro fue como empujar cada día la pirámide de Keops. Cuando había logrado avanzar algunos centímetros, no me dejaron seguir”, lamenta. Una inesperada carambola le terminó salvando in extremis.Su premio de consolación fue un billete de ida para colocarse al frente de Aviñón, donde el pasado verano condujo una primera edición extremadamente difícil, marcada por la huelga de los trabajadores eventuales, que forzaron la suspensión de numerosas funciones. “Aviñón siempre había sido mi sueño. Es el mayor teatro del mundo. El año que viene todo será más tranquilo”, dice Py. Antes, había acudido a él en una decena larga de ocasiones como artista invitado. La primera fue en 1995 con La servante, una obra de 24 horas de duración que reveló esa desmesura que ya es marca de la casa.

Dice que no ha tenido ningún padre, “ni en el teatro ni en la vida”. “Salvo Ariane Mnouchkine, tal vez”, dice sobre la mítica directora del Théâtre du Soleil, que en los setenta y ochenta aplicó un electrochoque a la agarrotada escena francesa. “Mi abuelo, aunque nunca lo conocí, puede que sea Jean Vilar”, afirma sobre el fundador de Aviñón en 1947. Como él, Py es un artista ejerciendo de administrador, partidario de un teatro popular pero elevado, que se interroga sin cesar sobre su función política en la sociedad actual. Habrá llegado a lo más alto del escalafón, gracias a un apetito de poder que algunos le recriminan, pero las jaulas doradas no son lo suyo. En un momento de Hacia la alegría, el arquitecto se adentra en un oscuro túnel lleno de indigentes. “¿Cómo hacerles comprender que lo único que deseo es acostarme junto a ellos y compartir el destino de su pobreza extrema?”, se pregunta. “No es mi sitio, lo sé. ¿Pero cómo decirles que mi sitio tampoco está entre los miembros de mi consejo de administración?”. El ensayo termina y, sobre el escenario, la noche llega a su fin. Antes de que eso suceda, la voz del autor se solapa una última vez con la de su desdichado personaje: “No soy más que un hombre y conozco lo inconmensurable del dolor”.
Hacia la alegría. Texto y dirección de Olivier Py. Teatro de la Abadía (Madrid). Del 12 de noviembre al 7 de diciembre.

Fuente: Raquel Quílez (www.elmundo.es)

Dos cámaras de seguridad captan a cuatro personas siendo infieles a sus parejas. En el mismo momento en que un hombre cruza con una desconocida la puerta de un hotel, su esposa se tumba en la cama con alguien anónimo. Y hablan. Todos a la vez. Condenados a no entenderse. Aitana Sánchez Gijón, Pedro Casablanc, Jorge Bosch y Pilar Castro hablan de inseguridades, de deseo, de culpa. Están en ese punto en el que uno mira hacia atrás y se pregunta qué ha hecho con su vida. La percha se la da Babel, una adaptación de Speaking in Tongues de Andrew Bowell. Y la batuta la lleva Tamzin Townsend, a la que la prensa llegó a bautizar como la 'Reina Midas del Teatro' porque convierte en éxito lo que toca.

A escasas horas del estreno en Madrid -Teatro Marquina- Townsend se ríe cuando se acuerda de su sobrenombre. "La primera vez que lo escuché pensé, 'qué bonito', pero luego es tremendo. Me lo pusieron porque tuve dos o tres obras que fueron muy grandes de taquilla y crítica. Pero ni me lo creo ni me importa, es como una broma. Mi marido siempre me dice: 'Reina Midas, reina Midas, pues a ver si eres un poco más reina Midas...' -bromea- Vete a saber, hay producciones más arriesgadas que otras".
Townsend tiene ahora entre manos uno de esos textos complicados. La primera vez que se encontró con él fue hace una década. "Hace unos 10 años estaba en la librería del National Theatre de Londres buscando textos de cuatro personajes y encontré éste. Pensé 'qué bueno, pero qué difícil' y ahí se quedó, aunque quería volver a él. Y de pronto, hace un año, me llaman de La Zona Films para ponerlo en marcha. Estas cosas del destino me interesan mucho, y hacía tiempo que no dirigía una cosa tan profunda".
Tamzin Townsend (Liverpool, 1967) llegó a España a comienzos de los noventa y se ha convertido en uno de esos nombres imprescidibles. Ha trabajado en televisión, en ópera, en traducciones... Pero sobre todo en teatro, mucho teatro. Además, coordina un grado de Artes Escénicas en la Universidad Europea e imparte diversos cursos. Taquillazos como El método Gronholm o Un dios salvaje le avalan. Pero tiene más: Carnaval, En la cama, Días de vino y rosas...

Los ingredientes del éxito

Una de sus máximas de trabajo es elegir a los actores, pero cada producción es diferente. "En este caso, hubo que pactar e hicimos listas de gente, pero estábamos todos más o menos de acuerdo en lo mismo. Con Aitana y Jorge Boch ya he trabajado antes, por lo que jugaba en casa. Y el resto son también fantásticos". Otra, jugar a la improvisación durante días hasta encontrar al personaje. Pero tampoco esta vez ha tenido tiempo para eso. "El problema es que son cuatro actores que hacen cuatros personajes que después de 40 minutos se van y no vuelves a verlos. Y después, hacen cuatro personajes más. Entonces, ¿a cuál buscas? Además, tiene escenas complicadísimas a cuatro voces. Nunca he pasado tantas horas ensayando. Es dificilísimo y cuando no va bien, queda terrible porque da una sensación de caos impresionante".
"Parecíamos nadadoras de sincronizada, con una partitura en la que tiene que estar todo muy atado. Terminas como borracho", añade Pilar Castro, que reconoce que Townsend "es una persona con mucha energía, con las ideas muy claras y capacidad de transmitirlas". "Es una reina Midas sin dudas. Yo vengo de trabajar con ella en Un dios salvaje y, desde luego, es el mayor éxito que he vivido en el teatro. Creo que tiene una capacidad increíble de conectar con el público, de buscar el lenguaje adecuado a cada función. Y en este caso, estaba muy preocupada, y muy ocupada, en hacerlo inteligible para que nadie se pierda. Y luego, como directora de actores es un 10", añade Aitana Sánchez Gijón.
Todos tienen palabras positivas para ella: "Para mí ha sido un descubrimiento. Tiene muy clara la dirección que quiere marcar desde el principio. Todo lo que ha hecho son textos que han tenido muy buena repercusión, textos muy buenos y muy bien dirigidos, pero nunca se puede saber lo que va a ser un éxito", añade Pedro Casablanc.
¿Ni siquiera una pista basada en su experiencia? "Si el repato es bueno y la obra es inteligente y divertida, porque a la gente le gusta pasarlo bien en el teatro, tienes muchas posibilidades de que vaya bien. O si es 'Un dios salvaje' con Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón, vas hasta el cielo. ¿Qué puede fallar? Hay obras que son tremendamente más agradecidas que otras. Si todas fueran 'El Método Gronholm', todos los que se dedican al teatro serían millonarios. Pero claro, ésta es una obra a cuatro personajes, en tiempo real, sin cambio de decorado... No es lo mismo", confiesa la directora.
Como a todos en el sector, al equipo de Babel le asusta lo que se les viene encima. "Vamos a ver qué pasa y cómo arranca la temporada. Pero el teatro ha sobrevivido a guerras y a momentos en los que la gente no tenía ni para comer. Los actores y productores son muy buenos en adaptarse a las circunstancias y me imagino que es lo que va a pasar ahora. La sensación que tenemos es de 'vamos a pelearnos, aceptamos que las cosas ya no son lo que eran, pero vamos a trabajar para sacar esto adelante, que el espectador tenga tres o cuatros propuestas muy buenas que le apetezca ver'. Y a ver qué pasa", dice Townsend. "En nuestro caso, la subida del IVA la asumimos nosotros, los trabajadores, así que el espectador puede venir tranquilo que ya nos hemos llevado el soponcio nosotros. A los actores al menos nos quedaba el teatro, ahora ya no sé...", reflexiona Sánchez Gijón.
A la espera de si la obra cuaja y Townsend sigue haciendo honor a su leyenda, ella ya tiene más proyectos en mente: encadenará Babel con una propuesta en el Centro Dramático Nacional -es la primera vez que trabaja en él después de 20 años de carrera-. Y sueña con dirigir "otra obra de Shakespeare y muchas cosas en Mérida...".

La premisa está clara: Hamlet estaba de actualidad en el año 1600 y lo sigue estando hoy. La tragedia de William Shakespeare habla de políticos que no dudan en arrasar a su paso para obtener el poder, de príncipes a los que cuesta reaccionar y tomar la iniciativa... El dilema del 'ser o no ser'. Alberto San Juan y Pedro Casablanc abordan un texto mítico con la convicción de que lo que recitan habla de nosotros. Hoy. Aquí y ahora. "Ahora mismo, el conjunto de la ciudadanía es Hamlet. Vive un conflicto entre seguir soportando que nos machaquen sin reaccionar por miedo a que nos hagan algo peor o decidir que ya está bien, que vamos a rebelarnos, que vamos a ser", cuenta San Juan, que interpreta al príncipe de Dinamarca.


La oposición moral en las tablas se la da Casablanc, convertido en Rey Claudio, "un personaje que ha tomado una opción difícil: sabe cómo sacar a su país de una crisis, pero ha matado al rey anterior, su hermano, para intentarlo". "El mensaje está enfocado hacia cualquier político actual: con ambición y sin escrúpulos. La política está tan degenerada... Actúan de una forma tan interesada y tan poco oculta, además. Claudio podría ser cualquiera de ellos", dice el actor.
Cada tarde en el Matadero lidian con uno de los textos más universales de la dramaturgia. Y, paradojas de la interpretación, nunca en su carrera se habían visto con él. "Los textos de Shakespeare han sido muy olvidados en España. Hay muchos que no se han hecho nunca y cosas como Otello, que prácticamente no se han visto. Y son muy necesarias porque tiene tal cantidad de información y los personajes pasan por tantos estados que no es como otros textos contemporáneos donde los conflictos se reducen a cosas cotidianas. Shakespeare abarca la filosofía, la trascendencia del hombre en el universo", reflexiona Casablanc.
Reconocen que el reto no es fácil. Y cada uno lo afronta a su manera. Casablanc, empapándose de lo que hacen "los buenos, los que saben". Alberto San Juan, abstrayéndose y sin querer ver nada anterior. "Yo sí que miro lo que han hecho los que saben hacerlo bien. Siempre he tenido como referente el trabajo de los actores ingleses, que conocen muy bien a su poeta nacional porque lo tiene como asignatura desde que van al colegio. Luego, puedes copiar o no pero sí sirve como guía. Hay que aprender de los maestros", explica Casablanc.
Su compañero discrepa: "Para poder meterte en Hamlet tienes que liberarte de todos los prejuicios e ideas preconcebidas que tenemos. En la preparación no he visto ningún Hamlet. Luego, una vez que hemos estrenado, he visto alguna versión, una con Richard Burton, por ejemplo".
Los dos llevan meses centrados en el teatro. Casablanc viene de José K Torturado y preparará después Babel: "El mundo del cine y la televisión está bastante parado. Tengo una serie hecha y archivada que no se sabe si se estrenará, pero siempre nos quedará el teatro". "La diferencia es que en teatro participo en generar los proyectos en los que trabajo y en el cine y la televisión sólo trabajo si me llaman", añade San Juan, que, secretos de bastidores, arrastra una lesión desde el día del ensayo general. La cojera de su Hamlet no es casual.
Fuente: Raquel Quílez (www.elmundo.es)

Todos somos Hamlet

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