Mostrando entradas con la etiqueta Tamzin Townsend. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tamzin Townsend. Mostrar todas las entradas

Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es)

Justo el día en que Hitler ensució con sus botas el suelo polaco (3 de septiembre de 1939), Freud y C.S. Lewis se reunieron en la consulta que el primero, tras salir abruptamente de Viena, instaló en Londres. El avejentado psicoanalista había llamado al prometedor novelista a capítulo, molesto por los venablos satíricos que le había lanzado en uno de sus escritos. Mark St. Germain ha recreado este hito de la historia cultural del siglo XX en La sesión final de Freud, un texto que la Unir y Tamzin Townsend (Liverpool, Inglaterra, 1967) escenifican a partir de este martes en el Teatro Español (Eleazar Ortiz en la piel de Lewis y Helio Pedregal en la de Freud). Un festín dialéctico entre dos interlocutores en las alturas intelectuales, detalle que no les impide bajar a tierra y concederse sus paréntesis irónicos y humorísticos. 

¿Cómo cayó en sus manos este proyecto?
La Sesión final de Freud es un proyecto que parte de la Universidad Internacional de La Rioja, con los que ya había trabajado en Tomás Moro, una utopía. Me pareció un texto rotundo, brillante, lleno de reflexiones interesantes y sentido del humor.

¿Cómo apela al público actual el duelo dialéctico entre Freud y Lewis?
Nos habla de la búsqueda de la esperanza. De la importancia del diálogo y el respeto de las creencias del prójimo. Habla de la necesidad del ser humano por tratar de entender, de comprender y de controlar. Temas universales que no pasan de moda y que puestos en el contexto del estallido de la II Guerra Mundial, aún tienen más fuerza.

¿En qué términos se desarrolla la batalla de esgrima intelectual?
La obra es un ejemplo debate constructivo, de diálogo, algo que actualmente escasea. También aborda el eterno enfrentamiento entre Fe y Razón, una discusión que ha hecho que la civilización evolucione pero que también puede sacar lo peor del ser humano. Además, el autor enfrenta a dos personajes con una personalidad arrolladora que se encuentran en momentos vitales totalmente opuestos, Freud está en la recta final de su vida y C.S. Lewis está a punto de alcanzar su éxito más rotundo. La diferencia generacional es otro de los temas que subyacen en la obra y que al público actual le puede interesar.

¿Cuál es su opinión sobre el tratamiento dramático que realiza Mark St Germain?
El texto plantea un diálogo íntimo entre los personajes el cual se ve interrumpido constantemente, incluso empujado diría yo, por la realidad del momento histórico en el que está situada la acción. Es un pulso perfecto entre los dos personajes cargado de momentos de gran carga dramática con otros más ligeros que hacen que el texto tenga mucho ritmo. Que esté muy vivo. 

¿Cómo ha concebido la puesta en escena?
Una puesta en escena totalmente naturalista determinada por el texto y al servicio de los actores, que son lo realmente importante en este montaje. Es un texto que necesita dos actores de una gran calidad capaces de sostener el duelo interpretativo que propone el autor. 

¿Ha visto el de Veronese?
La verdad es que no he visto ninguno de los que se han hecho. 

¿Qué papel juega el humor en la obra?
Como dice Freud en un momento de la obra: el humor es el mecanismo de defensa. St. Germain lo utiliza muy inteligentemente a lo largo de todo el texto para aclarar conceptos que al público le puedan resultar difíciles de entender o para que los personajes transiten de un tema a otro. El texto está lleno de ironía. 

¿Cómo conectaría esta obra con otros éxitos suyos como El método Gronholm, Un dios salvaje, Tomás Moro...?
Este es un montaje basado en el trabajo de los actores. Es de esas obras que podrías estar ensayando un año porque cada palabra está cargada de significado y los actores no paran de explorar. Para mí, el periodo de ensayos es el más divertido, crear ese micromundo junto con los intérpretes en el que se investiga y se juega. El texto de La sesión final de Freud me permite hacer un trabajo casi artesanal con los actores y Helio Pedregal y Eleazar Ortiz, son dos actores con los que es un placer trabajar. 

¿Cómo ve el teatro actualmente en España? 
El teatro en España es un auténtico superviviente, contra viento y marea se hace teatro. Así ha sido hasta ahora y así será siempre. Son tiempos difíciles, pero creo que la creatividad de la gente que se dedica al teatro en España está disparada. Surgen apuestas tanto de espacios como propuestas dramatúrgicas de lo más interesante. 

¿Lo pondría al mismo nivel que la escena inglesa o europea?
En España el nivel del teatro está a la altura de cualquier país europeo. Lo que sí me parece muy importante es el papel que el teatro juega en la educación en países como Inglaterra, en el que los niños estudian teatro desde pequeños. El teatro está en el sistema educativo durante todo el periodo escolar por eso hay ese gran respeto por el teatro en mi país. Esa es la forma de generar futuro público. En España, aún nos queda mucho trabajo por hacer en este campo.
Fuente: Esther Alvarado (elmundo.es)
El 3 de septiembre de 1939 Sigmund Freud tenía una cita con "un catedrático de Oxford". Así aparecía anotado en su agenda. Sin nombres ni más referencias. Ese día Inglaterra declaró la guerra a Alemania. Puede que Freud y su visitante escuchasen juntos la noticia. 
Mark ST. Germain, autor de 'La sesión final de Freud' fantasea en la obra, que se estrena en la sala pequeña del Teatro Español el 13 de enero, con que ese misterioso catedrático fuera nada menos que C.S. Lewis, el autor de 'Las crónicas de Narnia'.
Lewis, ferviente cristiano reconvertido tras una juventud de ateísmo, acababa de publicar un libro en el que criticaba los postulados de Freud. En la obra, es el padre del Psicoanálisis (y de Ana Freud, por supuesto), quien invita a su crítico a visitarle para charlar con él. Entre ambos se establece un desafío intelectual lleno de educados reproches
Helio Pedregal, con barba blanca y gafas redondas, parece el mismísimo Sigmund Freud redivivo. Le da la réplica Eleazar Ortiz, en la camisa de Clive Staples Lewis, amigo personal de J.R.R. Tolkien y uno de los autores más admirados y prolíficos de Reino Unido. Ambos actúan a las órdenes de una británica, Tamzin Townsend, con la producción de la Fundación UNIR (Universidad Internacional de la Rioja) y con un texto traducido por Ignacio García May.
Ignacio Amestoy, director de UNIR Teatro, explica que la obra se estrenó en Nueva York en 2010 y en Londres y su periplo ha sido un éxito continuo, desde la Gran Manzana hasta Argentina. "Es un duelo entre gigantes que nos hablan de la vida y de la muerte". Y, por supuesto, del sexo y de Dios
Hace un año justo, Amestoy envió el texto a Townsend que se enamoró inmediatamente de él, y en plena luna de miel sigue ("cada vez que veo un ensayo, me gusta más", asegura). En ese "ring de boxeo", los dos personajes se desafían durante los 90 minutos que dura la función. "Parece que no tienen nada en común, pero lo tienen todo. Para empezar, los dos se escuchan", añade la directora. 
Otra coincidencia de ambos es el "sentido del humor", como señala Eleazar Ortiz y corrobora Helio Pedregal. "Los dos eran personas sabias y las personas sabias nunca se ponen serias cuando hablan de lo serio", señala el actor. 
"A mí me pasa ahora algo muy semejante a lo que le pasaba a Freud: tengo la cabeza desbordada", continúa el intérprete, cuyo parecido con el personaje que interpreta sobrecoge. "Una de las cosas que más me ha obsesionado es saber qué piensa alguien que sabe que su tiempo se ha acabado y que se acerca a lo desconocido". 

Un Freud enfermo

En la función, de hecho, mientras discuten sus encontrados puntos de vista, un anciano Freud sufre ante Lewis, pletórico a sus 40 años. No tiene fuerzas para correr al refugio antiaéreo cuando suenan las sirenas y la prótesis de sus dientes le provoca un dolor atroz
En semejante situación se establece entre los dos una cierta camaradería, propia de caballeros, en la que unen sus destinos, pase lo que pase, mientras dure la entrevista. 
"Es importante que sea Freud el que invita a Lewis a su casa", señala Juan Carlos Pérez de la Fuente, director del Teatro Español, "porque los puntos de partida de ambos 'púgiles', por supuesto, no es el mismo". 
El ateísmo recalcitrante de Freud, su situación de exiliado, las duras críticas que había recibido y la incomprensión de cierto sector de sus colegas, además del cáncer que padece que le acerca a la muerte, le hacen presentarse como un ser sin esperanzas, como demuestra su suicidio, 20 días después. Frente a él, Lewis está en el momento cumbre de su carrera, da clases en Oxford, es prestigioso y tiene amigos importantes y está a punto de pasar a la historia por 'Las crónicas de Narnia'. Su renovado catolicismo le da energía y argumentos para presentar batalla ante un titán del subconsciente. 
De hecho, en algún momento de la obra, Freud cede a la tentación de convertir a Lewis en un ocupante de su famoso diván, aunque éste no 'picará'. 
No se trata, en cualquier caso, de un a obra para una minoría. Al contrario, "a quien más va a gustar es a las personas menos especializadas", asegura el intérprete de Sigmund Freud. 
En una pieza con "tantas frases para pensar", señala la directora, tanto ella, como Ortiz y todos cuantos han tomado parte en 'La sesión final de Freud' tienen sus moralejas particulares; esa idea de la que ya nunca se desprenderán. Por ejemplo, una de las ideas que ha calado en Helio Pedregal tiene que ver con la tolerancia y la capacidad de escuchar, muy al hilo de lo que sucede estos días: "Lo peor que podemos hacer es encastillarnos; mirar al otro como a alguien al que tenemos que destruir o convencer".


Fuente: Liz Perales (elcultural.es)

The Book of Thomas More, también conocida como Sir Thomas More, tuvo que esperar casi cuatro siglos para que una pequeña compañía la estrenara en Londres, en 1954. La razón de que se mantuviera durante tanto tiempo alejada de los escenarios estriba en lo irregular del texto, en el que intervinieron cinco manos (se cree que una fue de Shakespeare). Al grupo de autores isabelinos se ha unido recientemente uno más, el español Ignacio García May, que firma la versión que se presenta en el Festival de Almagro el 5 de julio con el título Tomás Moro, una utopía y bajo la dirección de Tamzin Townsend.

Moro vivió uno de los periodos más convulsos de Europa, asolada entonces por las guerras de religión. Su oposición al divorcio de Enrique VIII y a la ruptura con la Iglesia de Roma que el monarca precipitó le llevó a dar con sus huesos en la Torre de Londres. El autor de Utopía era un prototipo de hombre renacentista: humanista, amigo de Erasmo, abogado y político, católico y feroz enemigo del protestantismo, estuvo al servicio del rey en muy diversos cometidos diplomáticos. Lo que hace realmente fascinante el perfil del personaje, o al menos así se encargan de subrayarlo algunos ensayos, es el final de su destino: el alto precio que estuvo dispuesto a pagar por seguir los dictados de su conciencia y en contra de la voluntad de su rey. Su proceder sirvió para que la Iglesia católica y anglicana lo considerara un mártir. A glosar su figura ha contribuido especialmente la película Un hombre para la eternidad (A Man for All Seasons) escrita por Robert Bolt, y más recientemente la serie de televisión Los Tudor, en la que Jeremy Northam interpretaba al personaje.

Resulta llamativo que un centro que imparte sus clases online como la Universidad Internacional de La Rioja haya tomado la iniciativa de impulsar actividades teatrales, un arte que sin la presencia del espectador no existiría. Llevar a escena esta obra ha exigido una labor de traducción (a cargo de Enrique García Márquez y Aurora Rice) y reconstrucción del texto más propio de un centro de estudio e investigación que de una productora al uso. Y es así porque la sola existencia física de este texto es de gran valor histórico: aporta valiosísima información sobre la época y sobre la censura de entonces, gracias a las anotaciones que figuran en los márgenes. Pero también porque está considerado el único texto autógrafo de Shakespeare que se conserva. Aunque hay dudas sobre la participación del bardo, parece que éstas han sido disipadas, especialmente después de que Arden Publishing (su editorial oficial) decidiera incluirla en su catálogo.

Ser o no ser Shakespeare

El texto también arroja luz sobre el criptocatolicismo del bardo. Sobre este último asunto, Ignacio Amestoy, director de las actividades teatrales de la Fundación UNIR y auténtico promotor de esta producción, explica que la obra no tiene una fecha exacta de nacimiento (se sitúa a finales del XVI), pero se especula con que pudo tener dos orígenes: “El primero, tras la muerte de la reina Isabel, hija de Ana Bolena y de Enrique VIII, el ejecutor de Moro. Un momento en el que, con la llegada de Jacobo al trono, las persecuciones a los católicos cesaron temporalmente. Circunstancia en la que los criptocatólicos, Shakespeare incluido, vieron la oportunidad de poner en los escenarios la trágica y edificante historia de Moro. Otra posibilidad es que Tomás Morofuera una de las primeras obras de Shakespeare, representándose durante el periodo isabelino en la clandestinidad por las nobles familias católicas”.

La versión de García May reescribe la obra en su totalidad y de una manera libérrima. Según explica, la razón no es otra que la presencia de estilos diferentes que contribuyen a su irregularidad: “Algunos textos parecen escritos apresuradamente, otros son de alto nivel literario; frente a escenas de gran poder dramático hay otras meramente descriptivas”. Es habitual en el teatro isabelino esta forma de autoría en equipo, que aquí esta integrado por Anthony Munday, Herny Chettis, Thomas Dekker y Tomas Heywood, además de Shakespeare, sin que se sepa exactamente qué parte escribió cada uno. García May no ha tenido reparos en meterse “a machete” con el texto para eliminar estos contrastes. “Y también añadir fragmentos de obras de Moro o procedentes de otras fuentes, como cartas o diarios...”.

También ha aplicado la tijera en reducir de 60 personajes que originalmente tiene el texto a 13, pues la compañía no supera los diez actores. Y se ha tomado la licencia de añadir un narrador: “Lo más complejo de la obra es entender el contexto, así que el narrador aclara cuestiones que el público isabelino conocía o le eran familiares, pero que al espectador de hoy probablemente no”.

La responsabilidad de la puesta en escena ha recaído en Tamzin Townsend. La británica afincada en Madrid, cuya carrera se ha desarrollado sobre todo en el terreno de la alta comedia (El método GronholmUn dios salvaje,Babel...), se enfrenta a este clásico con el apasionado interés de tratar con un compatriota: “Recuerdo que cuando estudiaba este periodo en el colegio me parecía fascinante cómo Enrique VIII fue capaz de llevar a su país a un estado de confusión absoluta. Estudiábamos a personajes como Wolsey, Cromwell y Rochester para entender sus posiciones”.

Resume la directora la obra como “la historia de la vida de un hombre del XVI, un hombre muy completo y con mucho sentido del humor”. Según cuenta, ha sido esencial la invención del narrador, que interpreta Richard Collins-More, porque vertebra las tres partes que componen el retrato optimista que se ofrece de Moro. Aborda la cuestión religiosa y su comportamiento como Lord Canciller (máxima autoridad jurídica), su vida en familia y sus discusiones intelectuales con Erasmo. “El narrador tiene un valor tremendamente brechtiano, ya que tiende puentes entre el siglo XVI y el presente. Ataviado con ropa de calle actual, frente al extraordinario vestuario de época que lucen el resto de los personajes, este historiador detiene la acción de la obra, pregunta a los personajes, se dirige al público... Actúa como un comodín para facilitar la comprensión de los acontecimientos, pero también para darle agilidad y comicidad a la obra”.

“En realidad”, continúa Townsend, “la obra tiene dos personajes: Moro, que protagoniza José Luis Patiño, y el historiador, Collins-More”. Otros que transitan por ella son la mujer de Moro (Lola Velacoracho), Erasmo (Manu Hernández), Rochester (César Sánchez), Shrewsbry (Paco Déniz), Surrey (Chema Rodríguez-Calderón) y Lincoln (Jordi Aguilar), así como personajes menores en los que se desdoblan algunos miembros del elenco.

La escenografía que firma Ricardo Sánchez Cuerda resulta bastante abstracta y se compone de un juego de picas (palos en los que solían clavarse las cabezas de los ajusticiados en la Torre de Londres) que rodean una isla de arena (alusión al libro de Moro, Utopía). Otro elemento destacado es un audiovisual que se proyecta y que sirve para subrayar momentos significativos de la acción.

Tomás Moro, una utopía es la primera producción teatral que acomete la Fundación de la Universidad Internacional de La Rioja, cuyo departamento de teatro ya ha venido organizando otras actividades, encuentros, festivales y colaboraciones con producciones teatrales (como Enrique VIII de Rakatá). Es una estupenda noticia que las universidades que imparten estudios de Artes Escénicas, cada vez más numerosas y que son un vivero de I+D en este ámbito, impulsen este tipo de iniciativas con profesionales del sector y animen así la decaída producción escénica.

Fuente: Raquel Quílez (www.elmundo.es)

Dos cámaras de seguridad captan a cuatro personas siendo infieles a sus parejas. En el mismo momento en que un hombre cruza con una desconocida la puerta de un hotel, su esposa se tumba en la cama con alguien anónimo. Y hablan. Todos a la vez. Condenados a no entenderse. Aitana Sánchez Gijón, Pedro Casablanc, Jorge Bosch y Pilar Castro hablan de inseguridades, de deseo, de culpa. Están en ese punto en el que uno mira hacia atrás y se pregunta qué ha hecho con su vida. La percha se la da Babel, una adaptación de Speaking in Tongues de Andrew Bowell. Y la batuta la lleva Tamzin Townsend, a la que la prensa llegó a bautizar como la 'Reina Midas del Teatro' porque convierte en éxito lo que toca.

A escasas horas del estreno en Madrid -Teatro Marquina- Townsend se ríe cuando se acuerda de su sobrenombre. "La primera vez que lo escuché pensé, 'qué bonito', pero luego es tremendo. Me lo pusieron porque tuve dos o tres obras que fueron muy grandes de taquilla y crítica. Pero ni me lo creo ni me importa, es como una broma. Mi marido siempre me dice: 'Reina Midas, reina Midas, pues a ver si eres un poco más reina Midas...' -bromea- Vete a saber, hay producciones más arriesgadas que otras".
Townsend tiene ahora entre manos uno de esos textos complicados. La primera vez que se encontró con él fue hace una década. "Hace unos 10 años estaba en la librería del National Theatre de Londres buscando textos de cuatro personajes y encontré éste. Pensé 'qué bueno, pero qué difícil' y ahí se quedó, aunque quería volver a él. Y de pronto, hace un año, me llaman de La Zona Films para ponerlo en marcha. Estas cosas del destino me interesan mucho, y hacía tiempo que no dirigía una cosa tan profunda".
Tamzin Townsend (Liverpool, 1967) llegó a España a comienzos de los noventa y se ha convertido en uno de esos nombres imprescidibles. Ha trabajado en televisión, en ópera, en traducciones... Pero sobre todo en teatro, mucho teatro. Además, coordina un grado de Artes Escénicas en la Universidad Europea e imparte diversos cursos. Taquillazos como El método Gronholm o Un dios salvaje le avalan. Pero tiene más: Carnaval, En la cama, Días de vino y rosas...

Los ingredientes del éxito

Una de sus máximas de trabajo es elegir a los actores, pero cada producción es diferente. "En este caso, hubo que pactar e hicimos listas de gente, pero estábamos todos más o menos de acuerdo en lo mismo. Con Aitana y Jorge Boch ya he trabajado antes, por lo que jugaba en casa. Y el resto son también fantásticos". Otra, jugar a la improvisación durante días hasta encontrar al personaje. Pero tampoco esta vez ha tenido tiempo para eso. "El problema es que son cuatro actores que hacen cuatros personajes que después de 40 minutos se van y no vuelves a verlos. Y después, hacen cuatro personajes más. Entonces, ¿a cuál buscas? Además, tiene escenas complicadísimas a cuatro voces. Nunca he pasado tantas horas ensayando. Es dificilísimo y cuando no va bien, queda terrible porque da una sensación de caos impresionante".
"Parecíamos nadadoras de sincronizada, con una partitura en la que tiene que estar todo muy atado. Terminas como borracho", añade Pilar Castro, que reconoce que Townsend "es una persona con mucha energía, con las ideas muy claras y capacidad de transmitirlas". "Es una reina Midas sin dudas. Yo vengo de trabajar con ella en Un dios salvaje y, desde luego, es el mayor éxito que he vivido en el teatro. Creo que tiene una capacidad increíble de conectar con el público, de buscar el lenguaje adecuado a cada función. Y en este caso, estaba muy preocupada, y muy ocupada, en hacerlo inteligible para que nadie se pierda. Y luego, como directora de actores es un 10", añade Aitana Sánchez Gijón.
Todos tienen palabras positivas para ella: "Para mí ha sido un descubrimiento. Tiene muy clara la dirección que quiere marcar desde el principio. Todo lo que ha hecho son textos que han tenido muy buena repercusión, textos muy buenos y muy bien dirigidos, pero nunca se puede saber lo que va a ser un éxito", añade Pedro Casablanc.
¿Ni siquiera una pista basada en su experiencia? "Si el repato es bueno y la obra es inteligente y divertida, porque a la gente le gusta pasarlo bien en el teatro, tienes muchas posibilidades de que vaya bien. O si es 'Un dios salvaje' con Maribel Verdú y Aitana Sánchez Gijón, vas hasta el cielo. ¿Qué puede fallar? Hay obras que son tremendamente más agradecidas que otras. Si todas fueran 'El Método Gronholm', todos los que se dedican al teatro serían millonarios. Pero claro, ésta es una obra a cuatro personajes, en tiempo real, sin cambio de decorado... No es lo mismo", confiesa la directora.
Como a todos en el sector, al equipo de Babel le asusta lo que se les viene encima. "Vamos a ver qué pasa y cómo arranca la temporada. Pero el teatro ha sobrevivido a guerras y a momentos en los que la gente no tenía ni para comer. Los actores y productores son muy buenos en adaptarse a las circunstancias y me imagino que es lo que va a pasar ahora. La sensación que tenemos es de 'vamos a pelearnos, aceptamos que las cosas ya no son lo que eran, pero vamos a trabajar para sacar esto adelante, que el espectador tenga tres o cuatros propuestas muy buenas que le apetezca ver'. Y a ver qué pasa", dice Townsend. "En nuestro caso, la subida del IVA la asumimos nosotros, los trabajadores, así que el espectador puede venir tranquilo que ya nos hemos llevado el soponcio nosotros. A los actores al menos nos quedaba el teatro, ahora ya no sé...", reflexiona Sánchez Gijón.
A la espera de si la obra cuaja y Townsend sigue haciendo honor a su leyenda, ella ya tiene más proyectos en mente: encadenará Babel con una propuesta en el Centro Dramático Nacional -es la primera vez que trabaja en él después de 20 años de carrera-. Y sueña con dirigir "otra obra de Shakespeare y muchas cosas en Mérida...".


Fue Woody Allen con su obra homónima de 1972 quien puso en boca del Humphrey Bogart de Casablanca el ya para siempre icónico Tócala otra vez, Sam. Aquel texto teatral acabó convertido en película (Sueños de un seductor), y desde allí ha vuelto a su formato original, adaptado para España por Juan José Arteche y dirigido por Tamzin Townsend. Los actores a la cabeza, María Barranco y Luis Merlo, le confieren un nuevo giro a la expresión, porque, de verdad, vuelven a tocarla otra vez. O a representarla. Después de dos giras en las que han recorrido “el país entero” y de 75.000 espectadores, regresan ahora al punto de partida, a Madrid, donde reestrenan esta comedia romántica el 26 de enero en el teatro Infanta Isabel. “Todo un honor y una responsabilidad”, admite Merlo. “Aunque no puedes permitir que esa responsabilidad te quite el gozo de hacer lo que en definitiva ha conquistado al público y nos ha conquistado a nosotros, que es que lo pasamos muy bien haciéndolo”.
Según cuentan, ellos no son los únicos que se divierten. “El público nos viene a decir que esta función es como una hora y media de risoterapia. Nos dan las gracias porque dicen que se van mejor de lo que habían venido”, apunta el actor. Para tanto éxito, cuentan con “un texto fantástico” de Allen, pero también con su propia aportación sobre las tablas. “Algo tenemos que ver”, dicen con guasa. A pesar del cambio de idioma, la obra, aseguran, mantiene intacto el carácter del original. “El mundo de Woody Allen es universal: el miedo a envejecer, el miedo a quedarte sin pelo, a dios, a morir…”, explica Barranco. La única variación que reconocen es la actualización al siglo XXI. “Hay un personaje que está todo el día pegado al teléfono fijo, pero hoy en día todo el mundo tiene móviles, y eso había que trasladarlo”, señala Merlo. “Aun así, creo que se ha hecho muy bien y durante toda la función se ve claramente que es Woody Allen”.
Con sus personajes, encarnados en la película por el propio Allen y Diane Keaton, aseguran compartir mucho carácter, neurosis y sentido del humor incluidos. Barranco, además, ya acumulaba experiencia dando vida a figuras allenianas: “Ya había hecho Adulterios, pero tenía muchas ganas de trabajar con Luis (Merlo), porque no lo habíamos hecho nunca, y estoy encantada; no me importaría repetir”. Casi lo único que no va con ellos es la necesidad del protagonista, Allan, de tener un “amigo invisible”, el imaginado Humphrey Bogart, que le aconseja en su no siempre fructífero ni acertado proceso de toma de decisiones. “María y yo somos carnales, somos tierra”, reconoce Merlo. “A los amigos hay que verlos, hay que tocarlos”. Y tocar, tocarla otra vez, es lo que quieren seguir haciendo. “Continuar la temporada con esta función es nuestra prioridad”, asegura Barranco. “Este es nuestro primer hijo, y aunque estamos pensando en ampliar la familia, (esto es, volver a actuar juntos) después de que te sale un niño tan guapo como este, al otro hay que ponerle muchísimas ganas para concebirlo muy bien”.
Fuente: Silvia Herrando (www.elpais.com)