Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francia. Mostrar todas las entradas

Fuente: Álex Vicente (elpais.com) | Foto: Nicolas Joubard 
La última revelación de la escena francesa se llama Thomas Jolly.Tiene 32 años y acaba de ganar un premio Molière al mejor director por su puesta en escena íntegra de Enrique VI, de Shakespeare, con la que ya triunfó en el pasado Festival de Aviñón y que vuelve a representar en el Théâtre de l’Odéon de París hasta el 17 de mayo. En una mañana de primavera, este joven vivaz y escuálido se despierta tras un largo sueño, exhausto, pero feliz. Acaba de pasar el fin de semana subido al escenario, durante 18 horas. Con otros 20 actores, ha interpretado los 15 actos y cerca de 10.000 versos de las tres partes de Enrique VI, escritas a finales del siglo XVI y ambientadas al final de la Guerra de los Cien Años, cuando los Lancaster y los York se disputaron el trono de Inglaterra.
Cuando se vuelva a levantar el telón, las sillas de madera se convertirán en caballos por arte de magia. Las espadas serán cintas de gimnasia rítmica y las coronas, sombreros de una tienda de segunda mano. Los actores bailan coreografías como si estuvieran en un flashmob. Juana de Arco tiene el pelo azul y un tatuaje en la pierna. Y los actores alternan la solemnidad con el chascarrillo, a veces en la misma frase. La lectura de Jolly del texto shakespeariano es mucho más distendida de lo habitual. “Quienes se pasan de serios cometen un error. Shakespeare alterna dos registros de forma permanente: lo solemne con lo cómico, lo grotesco con lo sublime”, afirma este apasionado por el teatro isabelino, pero también fan confeso de los videojuegos y de Lady Gaga.
El origen del proyecto se remonta al verano de 2009, con el director encerrado a cal y canto en su casa de Rouen. “Estaba triste, a causa de una ruptura sentimental”, explica. Decidió hacer algo útil para combatir el mal de amores. “Recordé esta obra, que había descubierto en un taller años atrás, y me propuse montarla en versión íntegra”. De esa quimera imposible surgió un espectáculo de dos horas que iría ampliando hasta llegar a las 18 actuales.
Se ha comparado este montaje por capítulos con la estructura de las series televisivas. “En realidad, es Shakespeare quien ha influido en las series, y no al revés. Fue él quien inventó el entretenimiento tal como lo entendemos hoy, y también los cliffhangers, esos momentos de máximo suspenso que marcan el final de cada episodio”, sostiene Jolly.
La referencia a Juego de tronos es la primera que viene a la cabeza: en la serie, los protagonistas son los Lannister y los Stark, nombres fonéticamente parecidos a los clanes de Enrique VI. ¿Es comparable su propuesta con el binge watching, esa ingesta desmedida de capítulos televisivos habitual entre los fanáticos? “En todos los periodos de crisis, nos orientamos hacia las grandes historias buscando un poco de sentido”, responde. “El éxito de las series y las sagas cinematográficas, tal vez como el de mi propuesta, se explica por nuestra sed de relatos largos. Se han convertido en primera necesidad, igual que comer y dormir”, añade.
Con este mastodóntico montaje, Jolly logra dar relevancia a la pieza. “Es cierto que no es Macbeth o Romeo y Julieta”, concede. El director recalca que fue el paralelismo histórico con la Europa actual lo que le impulsó a dar el paso adelante. “Enrique VI habla de un país en crisis, en proceso de degeneración, que culminará con la llegada de un monstruo político como Ricardo III. Hoy no estamos a salvo de personajes igual de temibles, que también amenazan con instalarse en nuestros tronos”, argumenta Jolly.
Precisamente, su próximo proyecto será un montaje de Ricardo III,para cerrar el círculo dibujado por el bardo inglés. “Será un trabajo fácil: solo durará cuatro horas”, bromea. Lo estrenará en otoño, a pocos meses de las elecciones presidenciales francesas, en las que teme un impulso de la ultraderechista Marine Le Pen: “El teatro puede ser un remedio contra el mal viento que sopla en Europa. Es uno de los últimos lugares donde la humanidad se reconoce a sí misma".

Fuente: EFE vía abc.es
París vive ayer un estreno absoluto muy especial, el de la comedia musical «Un americano en París», primera versión escénica del filme que Vincente Minnelli creó en 1951 y coproducción inédita entre un teatro público francés, el Châtelet, y Broadway.
Al estilo del circuito neoyorquino, adonde llegará el próximo marzo, las «previas» comenzaron en París el 22 de noviembre, pero ayer tuvo lugar el estreno oficial de esta obra inspirada en la mítica película ganadora de seis Óscar, entre ellos el del mejor filme y el mejor director.
El musical tomó como punto de partida el poema sinfónico escrito en 1928 por Georges Gershwin (1898-1937), compositor autodidacta de origen rusojudío, que había inspirado a su vez la película coreografiada por Gene Kelly, su protagonista junto a Leslie Caron.
Robert Fairchild, primer bailarín del New York City Ballet, y Leanne Cope, miembro del Royal Ballet de Londres, heredan en la nueva coreografía del británico Christopher Wheeldon los papeles principales de Jerry, veterano de guerra estadounidense aspirante a pintor, y Lise, futura bailarina estrella de quien todo el mundo se enamora.

Mismo argumento

Con una inversión de más de diez millones de euros (12,4 millones de dólares), el estreno conlleva dos debut notables, el de Fairchild como cantante y el de Wheeldon como director de escena, al frente de treinta actores y bailarines.
Una veintena de músicos, algo menos de lo habitual en el Châtelet, sirven la música del creador de melodías tan conocidas como «The Man I Love» o «Rhapsody in Blue».
La acción transcurre sobre el escenario cuatro años antes que en el filme, aquí justo al término de la II Guerra Mundial, en plena liberación, y ya no en 1949, por obra del libretista Craig Lucas, quien profundiza además en la psicología de unos personajes dibujados por Minnelli con elegancia pero sin entrar en detalles.
El argumento, sustancialmente el mismo, relata el amor que sin saberlo sienten por la misma joven tres amigos: Henri, rico heredero francés que arriesgó su vida para salvar del nazismo a la magnética Lise, con quien piensa casarse; y dos veteranos de guerra estadounidenses, un compositor (Adam) y un pintor (Jerry).
Sin trastocar el final feliz que unirá para siempre a Jerry con su amada, la nueva versión da vida a elementos clave de la historia como el origen judío de Lise, el recuerdo de los horrores de la Ocupación nazi, la recuperación del jazz proscrito por Hitler o la homosexualidad latente de uno de los protagonistas.
Abierto con una vistosa retirada de banderas nazis y cerrado con el célebre ballet del filme, el conjunto se activa sobre decorados y vestuario de Bob Crowley, mientras que Rob Fisher firmó la adaptación, la supervisión y los arreglos musicales, orquestados por Christopher Austin y dirigidos por Brad Haak.

Celebración de la danza y de París

Iniciados en Nueva York, los ensayos del equipo, en su mayor parte anglosajón, siguieron en París, donde se presentaron las maquetas y se fabricaron todos los decorados, trajes y accesorios.
«Es verdaderamente una creación del Châtelet al 50%», subrayó a Efe su director, Jean-Luc Choplin, coproductor junto a dos empresarios de Broadway con quienes compartía dos objetivos comunes: montar el musical y que Wheeldon lo dirigiera.
El fruto es una «celebración de la danza y de París como capital de las artes y las luces, un himno al amor y a la vida», resumió.
Tras las 34 representaciones que hasta el próximo 4 de enero habrá ofrecido el Châtelet, se espera que «Un americano en París» permanezca al menos un año en el Palace Theatre neoyorquino.

Fuente: AFP via abc.es
Un ejemplar del «Primer Folio» (la primera compilación de las obras de William Shakespeare, publicada en 1623) ha sido encontrada en la biblioteca de Saint-Omer dans le Pas-de-Calais, al norte de Francia. El hallazgo lo ha anunciado el bibliotecario, Rémy Cordonnier, que ha explicado que es el segundo ejemplar que se encuentra en Francia, y el número 231 existente en todo el mundo. 
El bibliotecario preparaba una exposición sobre literatura inglesa y para ello consultó un volumen de Shakespeare aparentemente fechado en el siglo XVIII. Sin embargo, Cordonnier, doctor en historia del arte, sospechó que el libro era anterior. «Me vino a la mente que se podía tratar de un ejemplar del "Primer folio" no identificado, con una carga histórica y un valor intelectual muy importante».
Según el relato de Cordonnier, el libro podía haber llegado a la biblioteca desde Inglaterra. «Saint-Omer ha sido uno de los últimos bastiones católicos de la región, y muchos católicos ingleses, perseguidos por los anglicanos, han encontrado refugio aquí, especialmente para seguir las enseñanzas de los jesuítas».
El ejemplar se encuentra en buen estado, pero le faltan una treintena de páginas, entre ellas la portada, lo que explica, según el bibliotecario, que haya pasado inadvertido durante cuatro siglos. El descubrimiento ha sido autentificado por el especialista mundial del «Primer Folio», Eric Rasmussen, profesor de Literatura en la Universidad de Reno (Nevada, EE.UU), que lo examinó el pasado sábado.
Los ejemplares del «Primer Folio» tienen, según Françoise Ducroquet, directora de la biblioteca de Saint-Omer, un valor de entre 2,5 y 5 millones de euros, aunque el tomo encontrado allí seguramente no alcanzaría esa cifra por el número de páginas que le faltan. «De todos modos -asegura- nunca se venderá; es un libro de Estado inalienable. 
Saint-Omer fue un antiguo puerto con gran actividad cultural y comercial durante la Edad Media, y su biblioteca posee ochocientos manuscritos y 230 incunables, incluyendo una biblia de Gutenberg.

Fuente: Álex Vicente (elpais.com)
He oído una deflagración lejana, y en la oscuridad de mi habitación tengo los ojos abiertos de par en par y el cuerpo crispado por lo oído”. Se levanta el telón y aparece un arquitecto enzarzado en un texto imposible, de una lírica recargada y funesta, que nos habla de miedos congénitos, de noches eternas y huidas hacia delante. “Ese despertar sobresaltado”, prosigue el protagonista, “es como un despertar en la muerte, y el silencio de la ciudad me ayuda a tener un momento de conciencia exacerbada”. Ese hombre emprenderá entonces una caminata nocturna por las calles de una ciudad desierta y siniestra, buscando una respuesta a sus súplicas desesperadas por todos sus rincones.
En la oscuridad de una sala de ensayo en las afueras de Aviñón, Olivier Py (1965) observa ese panorama desde la distancia intermedia que le confiere la tercera fila. De vez en cuando, este tipo con aspecto de ogro bondadoso suelta una ruidosa carcajada, como si el desasosiego de su personaje solo le procurara goce. Interviene poco, limitándose a dar alguna indicación en un castellano imperfecto pero vivaz, que jura haber aprendido en la escuela, aunque se intuya que debió de perfeccionarlo en algún bar madrileño. Director del certamen teatral que tiene lugar cada verano en la ciudad provenzal, Py se encuentra en pleno ensayo de Hacia la alegría, primera obra que el Festival de Aviñón coproduce con el teatro de la Abadía, donde será estrenada el miércoles próximo. La pieza adapta una reciente novela del director y dramaturgo, Excelsior, cántico desesperado de un hombre de nuestros días sumido en la crisis espiritual. Un largo soliloquio en forma de triple salto mortal interpretativo, al que se enfrenta un actor tan curtido en las tablas como Pedro Casablanc. “¿Qué es una obra por majestuosa que sea, si no vibra con sus contemporáneos? ¿Si no se eleva hasta una forma revolucionaria sin violencia y es más eficaz que las barricadas?”, declama el personaje del arquitecto. En sus rasgos no cuesta adivinar los del propio Py, personaje fundamental de la escena francesa de las últimas dos décadas, en la que irrumpió a finales de los ochenta provocando un estruendo considerable.
—No sé muy bien por qué, pero he escrito varias veces sobre arquitectos —explicará Py más tarde, en un sombrío comedor que le protege del sol perezoso que baña el paisaje provenzal en este inicio de otoño—. Supongo que encarnan lo opuesto a un director de teatro. Un arquitecto construye cosas que no desaparecen, que duran y envejecen. Nosotros, en cambio, ¿qué construimos? La mañana siguiente a la última representación de cada una de mis obras, siempre me despierto con esa pregunta.
—Entonces, ¿es esta obra una autobiografía indirecta o invertida?
—Toda ficción es autobiográfica. No hay nada más autobiográfico que la ficción, ni nada más ficticio que la autobiografía. Más que un dramaturgo, me considero un poeta. Y un poeta siempre habla de sí mismo, de su aventura espiritual y del lugar en que se encuentra frente al mundo. Ahí es donde se halla lo más íntimo. Hablar de mi vida sexual habría resultado mucho menos privado e indecente.
—Su protagonista se encuentra perdido en un mundo que ha dejado de entender. ¿Lo está también usted?
—Este texto responde a un momento de angustia, de crisis, de preocupación, de incomprensión; de sensación de vanidad, de fracaso y de absurdidad. Pero nunca de extravío. A decir verdad, no me he sentido perdido en la vida. Para todo artista, esos momentos de duda son algo que viene y se va. Hay que atravesar la noche una y otra vez. Se deben superar muchas noches para tener derecho a un poco de luz.
Py cuenta con una inteligencia deslumbrante de la que parece consciente, pese a que se esfuerce en no demostrarlo excesivamente. Está protegido por un sarcasmo festivo y ocurrente que no logra camuflar cierta pesadumbre, igual que el tono cómico y burlesco de sus textos no logran disimular lo insoportable que le debe de parecer la existencia. Nacido hace 49 años en Grasse, diez kilómetros al norte de Cannes, Py encarna a una especie de hombre orquesta del teatro francés: intérprete de formación, director vocacional, escritor por necesidad y gestor de grandes instituciones por accidente. Cuando estudiaba, un profesor le dio un sabio consejo: “Entre dos opciones, elija siempre ambas a la vez”. Py decidió obrar en consecuencia.
La primera vez que se subió a un escenario tenía cuatro años e interpretaba al lobo de una función escolar. Hasta que el disco que funcionaba de banda sonora se rayó y aquel actor prematuro se descubrió solo ante el peligro. Entendió entonces en qué consistía el teatro. De adolescente, se dijo que esa sería su única salida en la vida. “No me dirigí al teatro por narcisismo. Lo hice porque el mundo me parecía invivible. Solo me parecía algo menos odioso cuando me encontraba sobre un escenario”, confiesa. “No sé por qué deposité tantas esperanzas en el teatro. Para mí se trataba de un universo desconocido, ya que mi familia no tenía afición por la cultura, pero no se opusieron a que me adentrara en él. Entendieron que ese era mi destino”. El misticismo del personaje, a veces ridiculizado en el microcosmos teatral parisiense, salta a la vista desde el primer minuto. Católico converso en una familia atea y lector voraz de Teresa de Lisieux y Paul Claudel, Py sopesó en su juventud emprender la carrera religiosa.
—¿Por qué prefirió el teatro a la oración?
—El destino escogió por mí. Entre los 20 y los 25 años dudé mucho, pero entonces empecé a actuar y ya no pude parar. Si mi vida en el teatro no hubiera funcionado, me habría dirigido naturalmente hacia la religión.
—¿Diría que, en el fondo, se trata de lo mismo? ¿De una especie de sacerdocio que lo protege de ese mundo invivible del que hablaba antes?
—Sí, lo veo así. Pero puntualizo que ese sacerdocio no me parece triste. Yo contemplaba la vida religiosa como una aventura espiritual y heroica, y la sigo viendo así. Todavía hoy, cuando veo a un monje en sandalias por la calle, suspiro por el destino que no tuve.
—¿Ha leído Le royaume, el superventas de Emmanuel Carrère sobre su crisis de fe?
—Sí, claro. Quedamos el otro día. El suyo es un caso exótico. Su conversión fue rápida y violenta. Al cabo de tres años abandonó el camino espiritual. Yo le dije que ese abandono será temporal. Una vez se ha descubierto algo así, esa puerta nunca se cierra del todo.
Sus padres fueron pieds-noirs, magrebíes de origen francés que regresaron a la Francia continental tras la independencia de Argelia en 1962. Py asegura que, de pequeño, siempre se sintió extranjero en su propio país. “Mis padres me inculcaron ese sentimiento. Hoy me encuentro más a gusto, aunque tampoco tanto. Por una parte me siento profundamente francés, aunque solo sea porque esa es mi lengua”, sostiene. “Por la otra, me sigo definiendo como mediterráneo”. Ese sentimiento íntimo de diferencia ha marcado su carácter y su carrera. En el ecosistema del teatro francés siempre se le ha dado de comer a parte. Durante los noventa, Py encarnó un teatro excesivo y noctámbulo, inscrito en la marginalidad y atravesado por la cuestión homosexual, sucesor inmediato de Koltès y Copi, a la vez que contemporáneo de Lagarce y Gabili. Los cuatro fallecieron jóvenes: los tres primeros, de sida, y el último, de un paro cardiaco. Cuando Py fue nombrado por sorpresa director del Odéon parisiense, templo del teatro público fundado en 1782, bromeó que era solo por falta de competencia: “Todos los directores de mi generación se habían suicidado, sucumbido a una sobredosis o muerto de sida”.
De nuevo, ¿escondía ese humor devastador una profunda soledad? “Siempre he sido tratado como un extraño animal, pero nunca me he sentido relegado al margen. Desde el principio de mi carrera, trabajé para las instituciones”, corrige. En efecto, Py echó raíces durante una década en el Centro Dramático de Orleans, uno de esos escenarios públicos de provincias en los que se hicieron un nombre muchos de los grandes directores del teatro francés actual, como Stéphane Braunschweig, Stanislas Nordey, Ludovic Lagarde o Wajdi Mouawad. Incluso cuando dirigía uno de los mayores teatros parisienses seguía llevando una doble vida. Desde hace 15 años, Py circula por la geografía francesa con un show de travestismo, en el que cuelga los hábitos institucionales y sube a escena para transformarse en Miss Knife, una despechada cantante que entona canciones de desamor. “Durante mis años en el Odéon tuve que vestir de traje y corbata con frecuencia. Ponerme liguero y tacón alto era un acto político, que me permitía preservar mi libertad”, asegura. Si nunca ha renunciado a convertirse en esa desconsolada cabaretera, aunque sea solo un puñado de noches al año, será por algo.
Pese a su fervor religioso, el dramaturgo no tiene problemas en marcar sus distancias con la Iglesia. Dice vivir con dolor el repunte ultracatólico al que asiste Francia desde 2012, cuando millones de manifestantes salieron a la calle contra el matrimonio homosexual que pretendía aprobar François Hollande. Py se dice repugnado ante esa supuesta minoría silenciosa, convertida en vigoroso contrapoder a la acción gubernamental. “Me siento triplemente horrorizado: como francés, como homosexual y como católico”, afirma. “Pero el Vaticano no es la Iglesia. No tienen nada que ver con los hombres y mujeres que me ayudaron a construir mi camino espiritual, a quienes no podría importarles menos mi sexualidad”. Py estuvo casado durante diez años “por amor” con la actriz y dramaturga Elizabeth Mazev, a quien conoció a los ocho años. “Nos divorciamos porque ella conoció a alguien, y luego lo hice yo”, aclara. “No creo que me vuelva a casar, aunque ahora sea posible. Mi compañero no parece tener prisa en comprarme un anillo”.
Como todos los directores vinculados al poderoso teatro público francés, la suerte de Py ha dependido durante décadas del favor de quien ocupaba el poder. En 2012, el exministro Frédéric Mitterrand —nieto sarkozista del expresidente socialista— lo destituyó sin previo aviso tras cinco años de buena labor, durante los que consiguió desempolvar una institución prestigiosa pero algo anquilosada. Ese final abrupto le dejó mal sabor de boca. “Intentar transformar ese teatro fue como empujar cada día la pirámide de Keops. Cuando había logrado avanzar algunos centímetros, no me dejaron seguir”, lamenta. Una inesperada carambola le terminó salvando in extremis.Su premio de consolación fue un billete de ida para colocarse al frente de Aviñón, donde el pasado verano condujo una primera edición extremadamente difícil, marcada por la huelga de los trabajadores eventuales, que forzaron la suspensión de numerosas funciones. “Aviñón siempre había sido mi sueño. Es el mayor teatro del mundo. El año que viene todo será más tranquilo”, dice Py. Antes, había acudido a él en una decena larga de ocasiones como artista invitado. La primera fue en 1995 con La servante, una obra de 24 horas de duración que reveló esa desmesura que ya es marca de la casa.

Dice que no ha tenido ningún padre, “ni en el teatro ni en la vida”. “Salvo Ariane Mnouchkine, tal vez”, dice sobre la mítica directora del Théâtre du Soleil, que en los setenta y ochenta aplicó un electrochoque a la agarrotada escena francesa. “Mi abuelo, aunque nunca lo conocí, puede que sea Jean Vilar”, afirma sobre el fundador de Aviñón en 1947. Como él, Py es un artista ejerciendo de administrador, partidario de un teatro popular pero elevado, que se interroga sin cesar sobre su función política en la sociedad actual. Habrá llegado a lo más alto del escalafón, gracias a un apetito de poder que algunos le recriminan, pero las jaulas doradas no son lo suyo. En un momento de Hacia la alegría, el arquitecto se adentra en un oscuro túnel lleno de indigentes. “¿Cómo hacerles comprender que lo único que deseo es acostarme junto a ellos y compartir el destino de su pobreza extrema?”, se pregunta. “No es mi sitio, lo sé. ¿Pero cómo decirles que mi sitio tampoco está entre los miembros de mi consejo de administración?”. El ensayo termina y, sobre el escenario, la noche llega a su fin. Antes de que eso suceda, la voz del autor se solapa una última vez con la de su desdichado personaje: “No soy más que un hombre y conozco lo inconmensurable del dolor”.
Hacia la alegría. Texto y dirección de Olivier Py. Teatro de la Abadía (Madrid). Del 12 de noviembre al 7 de diciembre.

Fuente: Pablo Caruana (elpais.com)
Rodrigo García (Buenos Aires, 1964), comenzará a dirigir el Centro Dramático Nacional de Montpellier-Languedoc-Rosellón la semana que viene. Es la primera vez que se elige para este cargo a un creador no francés. El mandato es de cuatro años. La elección se hizo en un proceso complicado con luz y taquígrafos: sobre una lista de 70 creadores que se postularon la ciudad de Montpellier, la Región de Languedoc-Rosellón y el Ministerio de Cultura eligieron a cuatro creadores para que preparasen un proyecto. Y este mismo mes de diciembre saltó la sorpresa: después de las exposiciones exhaustivas de los cuatro creadores y de deliberaciones la Ministra de Cultura francesa, la socialista Aurélie Filippetti, ratificaba a García, creador reputado, producido y exhibido en los grandes teatros de Francia y Europa y una de las figuras más controvertidas en el teatro francés.
La sorpresa era doble. Por un lado, se nombraba a un “no francés” con un proyecto de creación muy lejano al teatro de repertorio galo instaurado en la mayoría de los treinta y tres centros nacionales. Por otro, se nombraba a un verdadero renovador de la escena europea, poseedor de un teatro formal y literariamente avasallador, pero también poseedor de uno de los teatros más frontales contra los valores mercantiles y más conservadores de nuestra sociedad. Hace exactamente un año, por ejemplo, en el teatro Rond-Point de París, García sufrió acosos, manifestaciones y agresiones durante la representación de su piezaGólgota Picnic. El ala más fanática del catolicismo francés tildaba de blasfema esta pieza que además fue coproducida y estrenada por el Centro Dramático Nacional en el Teatro María Guerrero. La función acabó por hacerse entre grandes medidas de seguridad.
García tiene entre manos el proyecto de un centro de creación sólido, ambicioso y que apunta lejos, pero sabe que los escollos tampoco serán nulos en una Francia que vive uno de sus momentos políticos más tirantes y delicados de los últimos decenios. A menos de una semana de que comience su mandato hablamos con él de esta aventura, un viaje que comenzaba en las salas madrileñas de finales de los años ochenta.
¿En qué momento, como creador ha llegado este nombramiento? Aunque la dirección de un centro dramático nacional es complicada y exige mucho trabajo ¿en qué medida puede impulsar su trabajo como creador? ¿es un revulsivo?
Justo hoy pensaba en eso, mientras conducía camino del supermercado: que por fin voy a dormir ocho horas. Cuando me meto en una nueva creación dormir es una entelequia, sencillamente no existe. Hay menos tiempo para leer, hay que rascar horas para los libros, porque si uno quiere escribir, no puede dejar de leer.
Ahora que voy a dirigir un CDN y apoyar a los artistas que considero valiosos -por frágiles, por erráticos, por tozudos, por idealistas-, sé que voy a dormir a pata ancha, y que padezcan insomnio ellos. Yo tendré de 7 a 9 de la mañana para leer, antes de ir al trabajo. Aunque resulte prematuro valorar qué pasará con mi obra futura infectada de mis tareas de gestión de un CDN, quiero creer que será un contagio positivo, productivo. Son empeños hermosos, un privilegio.
La inexperiencia en el cargo puede que sea mi comodín. Tengo un sueño preciso, impreso y fotocopiado en las casi cien páginas del dossier que presenté al Ministerio de Cultura francés y me da por pensar que cumplirlo no será tan absorbente como para abandonar mis creaciones. Dirigir un Centro Dramático Nacional significa un revulsivo en tu vida solo si eres tonto. A mi me contratan para seguir siendo quien soy. Los que tenemos la necesidad de crear, lo hacemos desde cualquier condición, ¡cuéntemelo a mi! Casi treinta obras teatrales estrenadas en veinte años en Madrid desde 1989, con el INAEM y la Comunidad de Madrid más la prensa y la prensa especializada en teatro como compañeros inseparables: dándome por culo todos -y las contadas excepciones lo confirman-.
Luego me fui por ahí a hacer mis piezas en mejores condiciones. Pero el resultado artístico no cambia y las piezas que hice en el teatro Pradillo y en la sala Carta Pared en los años 90 con dos duros las considero esenciales, más que las de Avigñón o Berlín o Viena o París, que llegaron más tarde. Me contratan en Montpellier para transmitir ese espíritu, el mismo de los años 90 en Madrid.
Es un asunto de ciudadano a ciudadano. Yo digo que la ciudad no necesita del repertorio clásico y que precisa la urgencia de los artistas de hoy en día. Puedo estar equivocado. Es la gracia del asunto, el riesgo y la posibilidad de fracasar. Tengo un problema: hay demasiadas personas usurpando el nombre de “artista de la escena”, tal vez yo sea uno de esos. Por lo general, no hay artistas, el artista es un perro excepcional. Y ahora yo tengo que encontrarlos. Es una faena. Antes me traía sin cuidado, yo me ocupaba de mi obra y adiós. Ahora tengo que ir a buscar voces auténticas en una época horrible… un enorme porcentaje es simulacro o copia. Borges decía: “Ahora al plagio le llaman reminiscencia…” Perdone que me ría… Con la que me espera, mejor mantener el buen humor.
¿Cuáles son las principales líneas de acción que quieres desarrollar en el Centro Dramático Nacional de Montpellier?
La programación no va a distinguir danza de teatro, ni teatro de performance, ni performance de… lo próximo por inventar. Quien tenga una idea singular, quien proponga un debate inteligente, quien traiga misterios y zonas oscuras, quien nos ofrezca poesía, será bienvenido. Sobre todo si en el aspecto formal se nota un esfuerzo auténtico. Mire usted: los temas son los de siempre, el asunto crucial es la forma. Uno piensa en Céline, en Pynchon, en David Markson, en Peter Handke, en William Gaddis… uno piensa en Morton Feldman, en Giacinto Scelsi, en Stockhausen… Estamos hablando del poder de la forma.
Toda forma en exceso frecuentada, qué quiere que le diga, a no ser que se trate de Melville o de Musil, a mí me decepciona. En cambio cuando un artista está inventándose ahora mismo un universo con leyes y reglas secretas y puede que fracase, ese despierta mi curiosidad.
Si pago dieciocho, veinticinco euros, que es muchísimo, que no sea para que un gandul que ahora sale en la tele me recite un texto como en el siglo XIX aunque venga de la pluma (el ipad) de un falso nuevo dramaturgo.
Se dice que quiere crear un verdadero centro de convergencia de la creación contemporánea europea. Me imagino que ya está trabajando en ello, ¿podría adelantarnos alguno de los creadores que están involucrándose con el proyecto?
Pensé en algunos directores de teatros nacionales y directores de festivales que he conocido, todos pagados de sí mismos, tomando decisiones desde el altar: “fulanito es el futuro del teatro, menganita está en su peor momento creativo, etc.”. Y me dije: son ignorantes y yo también. Debo evitar que se me note. Por eso, apunté en mi proyecto: “crear una mesa de curadores”, gente en quienes confío, para hablar de artistas valiosos que tal vez desconozco. Serán cinco personas, vendrán de Marsella, Bolonia, Madrid, Lisboa y París. Y hablaremos de obras, de ética. Claro que tengo una línea de pensamiento, pero necesito ampliarla, crecer, aprender. Mire, cuando fui grosero al principio de la entrevista, cuando dije aquello de “me dio por culo toda mi vida el INAEM, etc.”, sé por qué necesito recurrir al lenguaje soez y al tono malhumorado: a un creador joven (lo fui) se le quitan las ganas cuando no recibe más que desprecio, y si puedo ayudar a los jóvenes ninguneados por la ceguera nacional, me sentiré útil. Si el CDN de Montpellier acaba siendo una perrera, me sentiré orgulloso de apadrinar a esos animales abandonados por la Institución, que son siempre los artistas más interesantes.
La Ministra de cultura francesa, Aurélie Filippetti, está llevando a cabo una renovación en la dirección de los centros dramáticos nacionales. Renovación en la que estarían enmarcados su nombramiento y el de Philippe Quesne en Nanterre, por ejemplo. Una renovación que el Ministerio defiende diciendo que es necesario un "rejuvenecimiento" de los cargos directivos¿ Cómo valora esta política arriesgada de la ministra que le está trayendo no pocas criticas y enfrentamientos?
Con la Ministra tuvimos un lindo diálogo de besugos. Me llama y me pregunta: “¿Cómo estás?” Yo solté una carcajada, le dije: imagínate como estoy, contento que voy a Montpellier a sacar adelante este proyecto para que disfrute la ciudad. Su honesto apoyo a mi proyecto y el de los jefes de la Región de Languedoc-Rosellón es finalmente un arma de doble filo. No sabemos cómo va a responder el público ante una propuesta así. Yo soy un conejillo de indias, tengo total libertad para moverme, pero no pierdo de vista que me encuentro en un laboratorio de pruebas. Si el experimento sale mal, me vuelvo a mi aldea en Asturias, donde estaba estupendamente. Si la cosa sale como pienso, entonces seremos un modelo diferente, otra opción.
Voz a los artistas de hoy

Fuente: P. C. (elpais.com)

Rodrigo García explica que el punto de partida de su proyecto es es cambiar el concepto de los CDN franceses. "Hay que abolir el repertorio, que sobrevive por sí solo cómodamente. Hay que dar voz a los artistas de hoy. Hay que potenciar la creación interdisciplinar. Todo lo que no se sabe si es teatro o qué demonios es, eso es el futuro del teatro. Y para conseguirlo, yo no puedo aterrizar solo. Soy quien soy porque me he juntado, a lo largo de 25 años de trabajo, con determinadas personas. Entonces quiero llegar al CDN con ellas. El teatro se hace en equipo. Y la energía la producen los actores, no los oficinistas. Voy a llevar a cuatro de mi compañía que se encargarán de hacer unas audiciones internacionales para fichar a seis u ocho más. Con ese elenco estable trabajarán directores invitados. Y además esos actores tendrán tareas añadidas: darán talleres, se encargarán de ciclos de lecturas, etc. Un CDN es un organismo vivo en una ciudad, en una región. Tenemos mucho trabajo social por hacer. También quiero decirle que este proyecto, de momento, es deficitario. Tenemos que vender las obras para pagar los sueldos. Más presión todavía".
En su proyecto está el crear un departamento de creación digital, ¿podría explicar cómo funcionaría?
Es una preocupación en Francia: ¿qué pasa con lo digital?, se preguntan. Y noté que lo decían en abstracto, que nadie sabía en realidad qué quería expresar con la idea de arte digital aplicado a la escena. Entonces pensé en concretarlo y crear un departamento fijo en el teatro. Ya bastante tengo con aguantar el taller de construcción de decorados, que realiza los de la Ópera de Montpellier, y que se lleva demasiado presupuesto en algo que yo detesto, los malditos, anacrónicos, estúpidos decorados. El departamento de nuevas tecnologías lo llevará Daniel Romero (Tape). Tape es un colaborador mío desde hace años, trabajó como músico, como actor, como inventor. Contar con él, saber que está en la sala de al lado, puede que transforme mi manera de hacer obras. Hay robots, hay programas de sonido desconocidos para mí, hay posibilidades de video que se renuevan cada semana y no me entero…
Además, se habla de un laboratorio de investigación que tenga una relación especial con la Universidad de Montpellier, ¿podría explicarnos mejor este punto de su proyecto?
Lo llevará Laurent Berger, profesor de la Universidad de Montpellier ( licenciado en teatro e ingeniero en matemáticas y física teórica). La idea es que ese departamento trabaje en varias direcciones. Va a encargarse de los talleres, de los workshops. Eso pondrá en contacto a los profesionales de la región con los artistas que invitaremos. Por ejemplo, podrán trabajar o recibir clases de Jan Lauwers, Jan Fabre, Romeo Castellucci, Constanza Macras, Jérôme Bel, Steven Cohen, Oskar Gómez… No tenemos mucho dinero, pero muchos son mis amigos y aceptan venir aún ganando poco, supongo que eso lo han valorado a la hora de nombrarme desde el Ministerio de Cultura francés.
Crearemos un master. Y haremos lecturas de autores por descubrir. No hice demasiados talleres pero sin embargo el número de alumnos que encontré que podría decir eran sobresalientes es elevado. Con ellos, más los que se sumen, impulsaremos nuevas dramaturgias. Todo el que escriba “mal” será bienvenido. El Laboratorio también trabajará con los niños. No se trata de estúpidas obras teatrales para niños, vamos a invitar a los niños a crear arquitecturas efímeras en los jardines que rodean el CDN en primavera y haremos talleres de nuevas tecnologías para ellos; y vamos a jugar también al escondite, no todo será “digital”.


Fuente: Miguel Mora (elpais.com)
Jérôme Savary, fundador de Le Grande Magic Circus, murió el lunes por la noche en el hospital Levallois-Perret de París a consecuencia de un cáncer. Nacido en Buenos Aires en 1942, hijo de un escritor francés y de una aristócrata estadounidense, Savary fue un creador de escena muy personal e imaginativo, innovador y ecléctico, cuyo talento ayudó a popularizar el teatro francés en todo el mundo y a traer al presente a clásicos como Shakespeare, Aristófanes y Moliére.
Savary dejó pronto Buenos Aires para vivir en París y enseguida en Nueva York, donde pasó unos meses alternando con los padres de la generación beat, Jack Kerouac y Allen Ginsberg, y se enamoró del jazz de Thelonius Monk y Count Basie. De vuelta a Francia en 1965, comenzó su andadura en la escena europea de la mano del argentino Víctor García, que le contrató para el Ubu Rey de Jarry. Poco después, dirigiría el texto Le Labyrinthe, de Arrabal, y la delirante Oratorio macabre du radeau de la Méduse, en el Studio de los Campos Elíseos.
En 1970, Savary funda con el dramaturgo español, el chileno Alejandro Jodorowsky y el francés Roland Topor Le Grand Panic Circus, que daría origen a Le Grand Magic Circus, compañía mítica con la que hizo espectáculos como Zartan o Superdupont. El Grand Magic se convirtió, junto al Théâtre du Soleil creado por Ariane Mnouchkine en 1964, en una troupe multifacética que encarnaba la imaginación y la vitalidad del teatro francés de la posguerra. Con sus "animales tristes", Savary daría la vuelta al mundo mezclando teatro, música, circo y cabaret.
Seguidor de primera hora de François Miterrand, Savary no desdeñó el teatro institucional, y dirigió a lo largo de los años el Centro Dramático de Montpellier (de 1980 a 1986, con gran éxito aunque malos resultados económicos); el teatro Chaillot de París (1988-2000) y la Ópera Cómica (2000-2005), convirtiéndose en uno de los creadores y programadores más populares de Francia. Autor de comedias musicales como La historia del cerdo que quería adelgazar, llevó a las tablas versiones de La flauta mágica (1985) y de La vida alegre (1983), pero fue especialmente memorable su versión de Cabaret con una Ute Lemper a la que descubrió durante sus giras por Alemania. Apasionado de Offenbach, Shakespeare, Mozart, Hemingway y Julio Verne, de este montó Viaje al mundo en 80 días.
Caballero de la Legión de Honor de Francia y Caballero de las Artes y las Letras, Savary dirigió más de 80 espectáculos teatrales para adultos y niños; hizo producciones televisivas, novelas y películas. Hombre familiar y cómico viajero a la vieja usanza, tuvo un hijo y tres hijas de tres madres diferentes. En los últimos años formó su propia compañía de amigos y familiares, con Nina, cantante; Manon, director escénico, y Robinson, cineasta y fotógrafo.
En 2012 presentó en París un último espectáculo musical, La fille à marins, protagonizado por Nina. Y en la pasada Navidad, subió a escena por última vez en Rueil-Malmaison, con Tartarin de Tarascon. Sin aliento y sobre las tablas, fue el canto del cisne de este gran teatrero al que muchos llamaron "el gran melancómico".
Su última visita a España fue en 2010, cuando dirigió una versión deLisístrata, de Aristófanes, en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, protagonizada por Paco León. Con motivo de aquel espectáculo, Savary declaró en una entrevista a este periódico que algunos de sus espectáculos podían ser malos, "pero nunca aburridos". "Prefiero un espectáculo malo divertido, que uno bueno aburrido". Savary decía que su trabajo era "divertir, como lo fue el de Shakespeare o Molière". "Nuestra obligación es agarrar al público, sacarlo de la miseria en la que viven y ponerlo en otro mundo".
Como suele, el Elíseo emitió ayer una respetuosa nota de pésame en la que François Hollande recuerda que Savary fue "un ser apasionado, siempre deseoso de partir a la conquista del público", y un artista dotado de "un gran sentido del espectáculo y la fiesta".


Font: ara.cat
El director, actor, escriptor, trompetista i cineasta Jérôme Savary, va néixer a Buenos Aires el 1942 i la seva família ha anunciat aquest dimarts que va morir ahir als 70 anys, a París.
Gran home d'escena, el 1968 va fundar la companyia Le Grand Magic Circus et ses Animaux Tristes, que  va ser un referent del teatre del ginyol, i de les creacions col·lectives que tenien grans dosis de sarcasme i crítica. Dirigeix comèdies musicals com 'Zartan' (1971), 'Mélodies du Malheur' (1979), 'Le bourgeois gentilhomme' (1981), 'Cabaret' (1988), 'La Révolution Française' (1989), 'Metropolis' (1989), i 'Zazou' (1990), entre d'altres. El 1996 va ser nomenat director del Téâtre National de Chaillot de París i després va dirigir el Teatre Nacional de l'Opéra-Comique del 2000-2007.
Va tenir una relació intensa amb l'escena barcelonina. Per exemple, va dirigir i escriure (amb Quim Monzó) l'obra dramàtica 'El tango de Don Joan', que es va estrenar al Teatre Romea. Amb la seva companyia ha actuat a Barcelona (1982 i 1984) i el 1986va dirigir  una producció del Centre Dramàtic de la Generalitat de Catalunya. Posteriorment ha dirigit 'El somni d'un nit d'estiu' (1990) de Shakespeare al Festival d'Avinyó i algunes òperes, com 'Attila' (1991) de Verdi i 'Fra Diavolo d'Auber' (1992), a La Scala de Milà o 'War and Peace' (1991) de Prokofiev a San Francisco. Va tornar a Barcelona amb una versió del musical 'Cabaret' el 1992 i el 2008 va fer un 'Quixot' ecologista al festival de Peralada, 'Don Quijote contra el Ángel Azul'.


Fuente: Julia Martín (elmundo.es)
La danza ya no cuenta cuentos ni litigios literarios, habla de lo que preocupa o es denunciable, o evade de la realidad.
Si Maguy Marín elige el teatro de imagen para contar su historia y lo hace desde un vacío y negro escenario que encierra y potencia las figuras, Rachid Ouramdane elige escenificar la inmensidad. La imagen pictórica y el texto se mezcla para mostrar circunstancias de los 'refugiados climáticos' o 'eco refugiados'. Los testimonios reales y el canto atragantado de una mujer que en principio sale girando como a merced de un huracán, son los elementos de mayor carga emocional de una pieza que quiere ser contemplada, inclinándose por el lado 'estético'. Su bellísima puesta en escena mantiene la atención todo el rato sobre el paisaje de nubarrones cambiantes y lluvia torrencial (gracias a un magnífico trabajo de luz), viéndose a los intérpretes como parte de ese paisaje sobrecogedor. Como objeción, que la crudeza del tema chocaba con esa búsqueda del efecto y se echó de menos la expectativa abierta en su principio por los turbulentos 'devoulés' de una chica arrastrada y vapuleada como un papel.
El israelí Yuval Pick, que sucede a Marin en el Centro Coreográfico de Rilieux La Pape después de 12 años instalada allí, entonó en 'Folks' un canto a las bondades del baile tradicional como factor de conexión del individuo y el grupo y sorprendió su simplicidad. En una escena limpia y con trajes de calle, la danza nace como en una plaza. Sus repeticiones de pasos y la forma natural del movimiento, creando juegos enlazados que provocan una felicidad compartida, parecen más un ejercicio de escuela que no un espectáculo de una hora, interminable mientras firman la obviedad del mensaje con una escena invadida de plantas.

Bajo los adoquines...

Eso sin dejar de mirar las actividades para atrapar al lyonés: la imponente plaza Terreaux, que fue testigo de tantas cabezas cortadas por la Revolución Francesa, mira ahora a medio centenar de jóvenes aprender hip hop, y los dos ríos que nutren la ciudad son cruzados por una oleada de música y de color en el institucional desfile en el que este año han participado 4.000 aficionados. Grupos de 'break dance' ensayan libremente sus giros sobre la cabeza compartiendo espacio con el público que entra a la Ópera.
Ese gran edificio barroco, rehabilitado como espacio contemporáneo, ha sido este año un protagonista como tal, gracias a la creación de Julie Desprairies, 'Ópera en la Ópera', un proyecto teatral montado sobre su arquitectura, su historia y sus trabajadores, en el que intervienen 190 personas entre bandas de músicos, coros, escuelas de música y danza, y personal del teatro, y que se resuelve en un viaje mágico gracias a su claridad formal y conceptual.
La presencia de Israel Galván con 'La curva' ha supuesto uno de los éxitos claros de esta XVª edición. El bailaor sevillano, adjetivado por la crítica como el 'Nijinsky del flamenco' y como "sublime (des)compositor", salió a saludar media docena de veces, todo un récord para este público habitualmente moderado.
Mientras que Lyon incita al acercamiento a la danza, por ejemplo con el concurso de fotos de saltos (para el que sólo hay que atreverse a ello y mandar la instantánea), o invitando a asistir a encuentros y sesiones de cine en el precioso edificio de la Bolsa, los teatros echan humo y atraen públicos de corbata y cava y también de barrios conflictivos. Por ejemplo en el teatro de Vénissieux más de dos centenares de niños vieron 'La confidencia de los pájaros', una pieza con años de bagaje en la que intervienen los bailarines se mueven en armonía total con cotorras, cuervos y otras especies que sobrevuelan la sala y se posan en los cuerpos en movimiento.
Se han visto espectáculos de coreógrafos reconocidos como Jean Fabre, Ushio Amagatsu y Philippe Découflé, junto a artistas de Bali y producciones francesas de creadores africanos y asiáticos en una bienal profundamente aglutinadora y deseosa de mostrar lo nuevo. Cerrará el día 30 de septiembre con 'Je me souviens (Oroteitzen naiz)', un trabajo desobre la identidad y la memoria colectiva del País Vasco, protagonizado por tres bailarines tradicionales, con más de 60 años.

Lyon en danza

by on 19:07
Fuente: Julia Martín (elmundo.es) La danza ya no cuenta cuentos ni litigios literarios, habla de lo que preocupa o es denunciable, o ...