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Fuente: Ruben Amón (elmundo.es)
Olivier Py ha desenjaulado a Lear. Ha convertido al rey en un salvaje. Lo ha sepultado entre los huesos y los cráneos de un osario, escarmentando su debilidad y su locura, exponiéndolo a las arenas movedizas que devoran la precaria tarima de madera donde arranca el espectáculo como si fuera el escenario del Globe.
La tierra se traga al rey y se traga a los demás protagonistas de la obra de Shakespeare en el desenlace de una lectura violenta, desangrada, trepidante, más o menos como si la adaptación de la obra del inglés al francés hubiera liberado o exagerado las palabras, redundando en una dramaturgia voraz, intimidatoria y necesariamente polémica.
Polémica porque la crítica de 'Le Monde', por ejemplo, responsabiliza al director francés de haber concebido un espectáculo hermético y gratuito. Hubo espectadores que abuchearon a Py la noche del estreno, como los hubo que abandonaron las localidades del Palacio de los Papas, reprochando el fresco de sangre y esperma con que 'El rey Lear'justifica una extrapolación a la violencia y la ceguera de nuestro tiempo.
Lo escribe Shakespeare en un pasaje visionario del cuarto acto, cuando Edgar conduce de la mano a su padre, Gloucester, en las tinieblas y el exilio: "Es el signo de los tiempos que los locos guíen a los ciegos", poderosa alegoría del mesianismo que Olivier Py, director del Festival de Avignon, subordina al hallazgo conceptual del silencio.
El silencio de Cordelia, hija favorita de Lear que elude emular la coba de sus hermanas cuando el rey se dispone a dividir el reino entre las tres. Olivier Py la amordaza. Le tapa la boca con un esparadrapo. La hace enmudecer y suprime el texto tímido de Shakespeare, exagerando la ira del monarca respecto al laconismo de su Cordelia.
El pasaje demuestra que Py no se limita a traducir el texto. Lo fuerza, lo sobreinterpreta, incluso lo cercena a su antojo para justificar el eslogan en neón que jerarquiza la escena sobre los muros de la residencia pontificia: "Tu silencio es una máquina de guerra".
Adquiere entonces sentido el esfuerzo escénico, brutal y hasta primario con que Olivier Py traslada a los espectadores su concepción del caos y de la destrucción, extrapolando el silencio de Cordelia al mutismo y la pasividad que toleraron los grandes totalitarismos del siglo XX. Y no porque aluda a ellos explícitamente, sino porque 'El rey Lear' alojaría el talento premonitorio de Shakespeare respecto al peligro que implicaba el silencio del lenguaje y de la palabra. Al principio, el Verbo, nos dicen las Escrituras. Y nos lo parece recordar Olivier Py, católico, homosexual, cuando evoca al poeta Yves Bonnefoy en el tránsito de la ontología -Shakespeare en inglés- a la metafísica -Shakespeare en francés-.
No es una mera adaptación. Es una apropiación del texto original para colgarlo en los ganchos del desolladero y exhibir la banalización de la violencia, aunque las intenciones conceptuales de Olivier Py, aclaradas con ahínco pedagógico en el programa de mano, no representan tanto un recurso narrativo como una proyección iconográfica de la brutalidad.
Tanta brutalidad que los actores terminan poseídos al extremar las palabras de Shakespeare. Gritan, se conmueven, se desnudan. Golpean a los espectadores. Y montan al galope la obra de teatro, desdibujando las distancias entre los actos, imprimiendo un perpetuum mobile que Olivier Py dramatiza con la música opresiva de Ligeti y con los brochazos premonitorios de Cy Twonbly en la escena inicial.

Atención y tragaderas

Cordelia la sobrevuela vestida de bailarina, pero su cuerpo de cisne terminará ahogándose en la ciénaga. Que no el agua purificadora del mar ni la catarsis, sino la charca turbia que corrompe a los cadáveres. También el de Lear, un rey timorato y vulnerable que vomita sobre la escena el exorcismo de su hija predilecta.
Tres horas de espectáculo sin pausa ni tiempo para respirar. Olivier Py exige a los espectadores atención y tragaderas. Los implica en la trama como si fueran los súbditos de Lear, expuestos a su proceso degenerativo, ridiculizado por el espejo de un bufón que el director de escena francés traviste de procaz cabaretero.
No ha lugar al destino ni a los poderes cósmicos. De otro modo, la corpulenta dramaturgia de Py hubiera sacrificado el recurso escénico del nihilismo -'Rien', puede leerse en unos tubos de neón- y hubiera evitado que el duque de Cornualles regara al rey con una manguera haciéndole creer que la lluvia lo consolaba.
Es un regate a Shakespeare, pero la versión arbitraria de Py sí respeta el movimiento destructivo con que se embalan las obras teatrales del maestro británico, de tal forma que la primera injusticia de Lear representa el antecedente necesario de todas las demás.
El sueño de la razón produce monstruos, y los esfuerzos argumentales de la trama original -la traición filial, la guerra, el trajín de cartas comprometedoras, el fratricidio- quedan subordinados a las zancadas de una grotesca galería de monstruos que desafinan entre sí para proclamar la muerte de la política y vincular la tragedia del siglo XX al pecado original del silencio. 'El rey Lear', explica Py, "es una profecía de lo que será el mundo moderno y el mundo de la razón, el mundo donde el loco no rechaza su propia locura. El siglo XX ha sido el más abominable de todos los tiempos. Ha sido el siglo de la victoria de la técnica, de la duda del lenguaje y de la banalización del mal".
¿Y el siglo XXI? Tiene sentido hacerse la pregunta porque el propio Olivier Py prolonga en Avignon su concepción oscura y apocalíptica de nuestro tiempo. Esta vez, convirtiendo en materia teatral el primer capítulo de una novela, 'Excelsior', cuyas costuras e interrogantes gravitan sobre la incongruencia de un mundo anestesiado y trivializado que ha renegado de la literatura, de la palabra.
Se titula 'Hacia la alegría' el espectáculo. No en francés, sino en español, precisamente porque la obra responde a una coproducción entre el Teatro de la Abadía y el Festival de Avignon que ya se había estrenado en Madrid y que tenía pendiente asomarse a los espectadores, programadores y críticos del "gran teatro del mundo".
Un salto cualitativo del que se responsabilizó Pedro Casablanc en cuanto actor único y absoluto de un monólogo cuyos extremos escénicos y conceptuales, negro sobre negro, requieren tanta disciplina física como soberanía mental.
"Nunca he realizado un papel tan difícil", nos confesaba el actor español. "Memorizar el texto y realizar un papel tan sumamente físico suponen un tremendo desafío, pero la recompensa de los espectadores ha sido increíble. No sólo por el silencio, por el respeto, por la atención. También por el entusiasmo con que me han acogido".
Hay que desplazarse en coche o en autobús hasta la vecina localidad de Vádene. Y sentarse en un centro cultural de la periferia que bien podría haber construido el arquitecto al que Olivier Py convierte en protagonista de una epifanía anticonsumista. 
Se acuerda uno del mesianismo de Calatrava, aunque el dramaturgo francés no se detiene tanto en un sujeto como en un arquetipo. Y lo somete a un proceso de conversión nocturno, incluso alevoso, que conlleva abjurar del escaparate capitalista.
Igual que una purga, Pedro Casablanc transcurre la obra corriendo sobre una cinta mecánica. Que simula una carretera sin retorno. Y que jalona el desengaño de un mundo amanerado, frívolo, donde los ricos -y no sólo ellos- creen haber vencido la muerte, aunque sea viviendo sin intensidad ni peligros. Aunque sea no viviendo.
Un texto poderoso y también panfletario. Un manifiesto contra la sociedad de consumo. Un camino de expiación que Casablanc recorre de noche hasta purificarse en un vertedero. O no tanto él como el protagonista de su obra, pues Casablanc, aclamado todas las noches, entiende que existen otros caminos menos traumáticos para bajarse del tren de las promesas comerciales: "Mi solución es recogerme en mi huerta de Alicante y contemplar la vida".

LA FRÍA LLAMA DE SREBRENICA

Blanco sobre negro, la 'performance' se llama 'Hope'. Una lápida de colores invertidos. Una reflexión sobre la matanza de Srebrenica que elude el sensacionalismo y hasta los cadáveres, de tanto que se ha banalizado el genocidio. Por eso Haris Pasovic, autor del proyecto aviñonés, ha escogido un mediometraje que recorre los escenarios de la masacre tal como los ha encubierto la naturaleza. Parecería un bucólico documental de La 2 si no fuera porque los bosques y otros parajes naturales esconden las cifras y los cuerpos de un crimen descomunal. Allí donde la naturaleza se ha abierto camino, la memoria permanece sepultada. Y Pasovic opone a cada paisaje los muertos que hubieron de desenterrarse. No todos. Porque un millar aún permanecen enterrados. Hope quiere decir esperanza. En sentido sarcástico. Y no sólo sarcástico, pues las viudas de Srebrenica y los huérfanos conservan una esperanza irracional y otra racional. La irracional fantasea con el regreso de los hombres y adolescentes que se fueron. La racional confía en que los forenses finalicen su trabajo 20 años después de haberse cometido el último gran genocidio de la historia de Europa. Lo recuerda la anciana actriz bosnia que recibe a los espectadores en el vestíbulo de la sala, sujetando en su regazo algunas imágenes de los desaparecidos. Y lo recuerda también el panel donde aparecen los mártires, como si fuera un reflujo de Auschwitz.

Fuente: Álex Vicente (elpais.com) | Foto: Anne-Christine Poujoulat (AFP)
Para entender en qué consiste Aviñón, basta con presenciar dos escenas distintas. Una es diurna y la otra, nocturna. La primera exige instalarse en un punto estratégico de la Rue de la République, que une la muralla de la ciudad con el Palacio Papal, para ver pasar a las decenas de compañías que aspiran a seducir al transeúnte, espectador potencial de las cerca de 1.500 obras que Aviñón propone hasta el 25 de julio. Se enfrentan así a un rito iniciático para todo actor francés: quemarse bajo el sol —la ciudad presume de tener más de 300 días soleados al año— repartiendo octavillas y enunciando sus eslóganes a grito pelado por calles, plazas, restaurantes, claustros y capillas, esperando ser descubiertos por alguno de los programadores que barren la ciudad en busca de un diamante en bruto al que poder pulir. El programa es de calidad variable —seamos educados— y cubre un amplísimo espectro, de una versión de Las preciosas ridículas en el París actual hasta una adaptación de Los Miserablescon marionetas. “¡Una comedia musical para un solo intérprete!”, vociferan unos. “¡Una adaptación de Sartre en el espacio exterior!”, responden los demás.
La segunda escena acontece algunas horas más tarde, pasada la medianoche, en el llamado bar del in. Allí, las compañías que conforman la programación oficial —responsables de las 39 obras que pretenden condensar lo mejor del teatro y la danza de nuestros días— se dan cita al terminar sus respectivos espectáculos. La entrada a este patio arbolado es con invitación. Suele reunir a algunas de las compañías más reputadas de toda Europa, compartiendo botellas de vino y pintas de cerveza en escasos metros cuadrados, satisfechos por el aplauso recibido o digiriendo todavía el abucheo escuchado, pero siempre conscientes de haber alcanzado una cima en su carrera: presentar una obra en el mayor festival teatral del mundo, con el permiso de su archienemiga Edimburgo. Allí se encuentran, por ejemplo, los actores del genio polaco Krystian Lupa, que triunfa estos días con su enésima adaptación de su admirado Thomas Bernhard, Wycinka Hölzfallen, ácido retrato de los círculos intelectuales vieneses que el director ha convertido en un feroz alegato de cuatro horas y media en favor del poder insobornable del arte. Algo más allá, se vislumbra al joven director franconoruego Jonathan Châtel, que adapta a August Strindberg en Andreas, atravesada por la crisis de fe del dramaturgo sueco y convertida ya en otra de las revelaciones de un festival que, en el pasado, ha encumbrado a nombres como Jeanne Moureau, María Casares, Philippe Noiret, Robert Wilson, Peter Brook, Merce Cunningham o Pina Bausch.
Estos dos colectivos representan a las dos esferas que contiene Aviñón, donde el teatro popular convive con el culto, pero no frecuenta los mismos lugares. Aquí, el teatro es un gesto poético —y, a menudo, también político, vista la historia del certamen—, pero también alimento para la industria del espectáculo, que ve en Aviñón un fructuoso mercado anual. “Aviñón es la fiesta de la inteligencia y de la conciencia”, resume su director, el poeta y dramaturgo Olivier Py, personaje fundamental del teatro francés de las últimas décadas, que se enfrenta a su segunda edición al frente del certamen. Sobre el papel, tendría que ser más tranquila que la primera, cuando la aguerrida huelga de los trabajadores eventuales logró suspender la inauguración. “¿Tranquila? Aviñón nunca es un lugar tranquilo. Las obras se encargarán de crear alboroto”, desmiente el director.
Su pronóstico quedó validado desde el día de la apertura, a cargo del mismo Py, que resucitó a El rey Lear con división de opiniones en el patio de honor de la antigua residencia papal, grandilocuente recordatorio de los tiempos en que Aviñón fue capital del mundo cristiano y centro neurálgico del certamen desde su creación en 1947. Sesenta y nueve ediciones atrás, su impulsor fue un joven actor y director teatral llamado Jean Vilar, decidido a despertar la vida cultural en la ciudad y a recomponer así la cohesión social que la guerra había hecho añicos. Vilar fue un gran renovador de la anquilosada escena francesa, partidario de un teatro intelectualmente elevado pero apto para el gran público, que decidió desempolvar los textos clásicos favoreciendo lecturas compatibles con las preocupaciones de su tiempo. Py, a quien le gusta presentarse como hijo espiritual de Vilar, apuesta por esa misma aproximación al ejercicio teatral. “Un festival no es solo una lista de espectáculos, sino un acontecimiento político. Es el lugar donde la cultura toma la palabra y dice lo que piensa sobre el estado del mundo”, reza el director.
Por la ciudad provenzal tendrían que pasar este mes hasta un millón de espectadores, lo que convierte esta cita en principal motor de la economía local. “La cultura ha sido el petróleo de esta región”, afirmó en su día Alain Crombecque, que comandó Aviñón durante los ochenta. En la edición de 2014, hubo 108.000 en el in y unos 750.000 en el off, por un total de 1,3 millones de entradas en tres semanas, que generaron beneficios de 22,9 millones de euros en la ciudad, y entre 40 y 45 millones en todo el departamento, según datos de la Cámara de Comercio. En 2015, el presupuesto del certamen es de 13,3 millones de euros (a título comparativo, el Festival de Mérida cuenta con 3,5 millones de presupuesto). La dotación, financiada al 52% por el Estado y las instituciones locales —el resto procede de los recursos propios del certamen—, se encuentra este año a la baja, lo que ha obligado a reducir la duración en dos días menos. “Un error estratégico, político y económico”, según Py.
Pero la importancia de la cita en el paisaje cultural francés sigue dando fe de la importancia que los autóctonos otorgan a la creación artística. El presidente François Hollande acudirá el viernes a Aviñón para inaugurar una exposición dedicada a otro de los hijos pródigos del certamen, el desaparecido Patrice Chéreau.

“Aviñón no es la Europa de los bancos”

Desde que Olivier Py tomó el control de este certamen dejó clara su voluntad de explorar el teatro de la cuenca mediterránea y los países árabes. "El año pasado invitamos a Grecia y este año nos hemos centrado en Portugal. Tenemos que abrirnos a esos países, aunque sea más fácil seguir programando solo a compañías de Berlín y Ámsterdam", ironiza el director del festival, en referencia a la habitual preferencia de los certámenes por esas ciudades. "Aviñón debe tomar conciencia de la Europa del sur, que es la Europa de la cultura, y no solo centrarse en la del Norte, que es la de los bancos. Una Europa sin Grecia no es Europa", sentencia Py.
Sin embargo, el programa también abarca otras esferas. Hasta tres espectáculos -el Rey Lear del mismo Py, pero también el Ricardo III de Thomas Ostermeier, estrenado anoche en la Ópera de Aviñón, y una adaptación minimalista de Antonio y Cleopatra por Tiago Rodrigues, nuevo director del Teatro Nacional de Lisboa- reexaminarán hasta finales de julio la herencia del bardo inglés. Por otra parte, Isabelle Huppert recitará el jueves distintos textos del Marqués de Sade en el patio de honor del Palacio Papal, mientras que Fanny Ardant hará lo propio con un escrito de Christa Wolf. El coreógrafo Angelin Prejolcaj regresa a Aviñón con Retour à Barratham, y el director Kirill Serebrennikov ha despertado expectación con una adaptación de Los idiotas, de Lars von Trier, en la Rusia de hoy.
Pedro Casablanc será el único representante del teatro español con el monólogo Hacia la alegría,primera coproducción entre Aviñón y el Teatro de la Abadía, que ya pudo verse en Madrid a finales de 2014. Tres directores argentinos completan el programa: Sergio Boris (El síndrome, a partir del 8 de julio), Claudio Tolcachir (Dinamo, a partir del 16 de julio) y Mariano Pensotti (Cuando vuelva a casa voy a ser otro, a partir del 18 de julio).

Fuente: Álex Vicente (elpais.com) | Foto: Christophe Raynaud de Lage
El poeta y dramaturgo Olivier Py inauguró anoche el Festival de Aviñón, gran cita europea del mundo de la escena de la que él mismo es director desde 2014, con una adaptación turbia y violenta de El rey Lear de William Shakespeare, acogida con división de opiniones en el patio del Palacio Papal de la antigua capital del cristianismo, escenario habitual de trifulcas y polémicas desde finales de los años 40. Empezaban así tres semanas de teatro, danza, ópera y circo, en un surtido programa formado por cerca de 1.500 espectáculos, tanto en el sofisticado in –38 obras seleccionadas por Py, que aspiran a resumir lo mejor del teatro contemporáneo– como el polimórfico off, que este año cumple medio siglo de vida.
La presente edición empieza con una atípica variación del universo de Shakespeare, trasladado por Py al siglo XX en una versión del texto que parece emparentada con el teatro del absurdo y que responde “a una larga meditación de treinta años sobre su obra”. En su día, el gran teórico Jan Kott ya comparó a Shakespeare con Ionesco y detectó los primeros gérmenes de la radical propuesta de Beckett entre los versos de El rey Lear, como si el relato de este monarca que pierde la cabeza al abdicar constituyera “la profecía de lo que iba a suceder en Europa tres siglos después de su escritura”, según el propio Py.
El director y dramaturgo fuerza hasta las últimas consecuencias esta lectura del texto, que presta especial atención al misterioso silencio de Cordelia, esa hija que no logra declarar el amor incondicional por su padre y desencadena así su locura y el caos en todo el reino. En el centro del escenario, donde los neones blancos y contemporáneos contrastan con la solemnidad de la piedra medieval, Py ha colocado un cartel luminoso que reza Rien. Una decena de personajes erraran sin rumbo fijo, durante dos horas y media, alrededor de esa nada. “La obra nos habla de forma muy precisa sobre lo que sucedió entre 1914 y 1989”, añade Py. Es decir, la transformación de la guerra en exterminación masiva, acompañada de la desaparición de los puntos de referencia que erigió el humanismo, de la banalización del mal y la “prostitución del lenguaje”, en palabras del responsable de esta adaptación.
Py refuerza aún más esta trasposición a los tiempos de conflictos mundiales y devastadas posguerras sirviéndose de una escenografía que remite a las rupturas estilísticas del siglo pasado, con un panel abstracto en medio de la escena que bien podría haber trazado Cy Twombly y sobre el fondo de la música dodecafónica de compositores como György Ligeti, George Crumb y Philippe Hersant. Una vez más, Py logra trazar una exploración novedosa de los personajes shakesperianos, como ya hizo en su montaje de Romeo y Julieta en 2012, donde convertía a sus protagonistas en dos adolescentes descerebrados. Aquí, Lear es un rey chocho, desconcertado y literalmente desnudo, temblando sobre un escenario que también se tambalea: a partir del segundo acto, las tablas desaparecen y dejan lugar a una fosa circular de tierra negra que no tardará en tragarse, uno a uno, a una serie de personajes hundidos en las arenas movedizas de la modernidad.
Las brillantes ideas de Py no siempre están trasladas con acierto en un montaje marcado por su gusto habitual por el exceso, la afectación y una teatralidad abarrocada, por momentos algo contraproducente, lo que explica el hastío y el disgusto de algunos espectadores. No se produjo, en cualquier caso, el éxodo masivo de espectadores que había marcado otras aperturas y los aplausos superaron a los silbidos. Pero la apertura anuncia una edición que será, como casi todas las precedentes, obligatoriamente agitada.

Mucho Shakespare y tres argentinos

El rey Lear es solo el primero de los tres espectáculos consagrados a reexaminar la herencia de William Shakespare en esta edición. El alemán Thomas Ostermeier, director del prestigioso Schaubühne de Berlín y presencia fija de este certamen, estrenará su adaptación de Ricardo III este lunes, mientras que el portugués Tiago Rodrigues hará lo propio a partir del 12 de julio con Antonio y Cleopatra.
Isabelle Huppert protagonizará una lectura de los textos del Marqués de Sade en el Palacio de los Papas, mientras que el coreógrafo Angelin Prejolcaj vuelve a Aviñón por primera vez desde 2001 con Retour à Barratham, orquestada con el novelista Laurent Mauvignier y el artista contemporáneo Adel Abdessemed. Jóvenes directores de la escena francesa como Samuel Achache, Benjamin Porée y Jonathan Chatel completan el programa con sus últimas propuestas. En el plano internacional, el veterano director polaco Krystian Lupa se estrenará en Aviñón con una adaptación de En la linde de los árboles, relato de su padre espiritual Thomas Bernhard. Y el ruso Kirill Serebrennikov adapta Los idiotas, de Lars von Trier, transponiéndola a los días de la Rusia de Vladimir Putin.
En el programa también figuran tres directores argentinos: Claudio Tolcachir (Dinamo, a partir del 16 de julio), Sergio Boris (El síndrome, a partir del 8 de julio) y Mariano Pensotti (Cuando vuelva a casa voy a ser otro, a partir del 18 de julio). Por su parte, Pedro Casablanc estrenará el martes 7 el monólogo Hacia la alegríala primera coproducción entre Aviñón y el Teatro de la Abadía dirigida por el mismo Olivier Py, que ya pudo verse en Madrid a finales de 2014.

Fuente: Javier Yuste (elcultural.es)

Pedro Casablanc (Sevilla, 1963) está íntimamente ligado al Teatro de la Abadía. Forma parte de la primera generación de actores que desarrolló su formación en la institución dirigida por José Luis Gómez, entre los que también se encuentran interpretes de la talla de Carmen Machi o Beatriz Argüello. Ahora regresa a casa ya curtido en mil batallas para celebrar los 20 años de este escenario madrileño y lo hace de la mano del director del Festival d'Avignon, Olivier Py, en Hacia la alegría, una obra que forma parte del proyecto europeo Cities on Stage/Ciudades en Escena, una ambiciosa colaboración internacional que centra la mirada teatral sobre la ciudad. En Hacia la alegría un hombre se levanta en mitad de la noche, movido por una especie de presentimiento que le empuja a vestirse y a correr por la ciudad. Es un arquitecto que ha perdido la energía espiritual necesaria para la creación artística. Es Pedro Casablanc en un tour de foce que merece la pena.

¿Cuándo llegó este proyecto a sus manos?
Mi participación en esta obra surgió a raíz de mi trabajo en la comedía francesa Le Prix Martin de Eugène Labiche que representamos en el Théâtre de l'Odeón en 2013. Mi trabajo en esta obra interesó a Olivier Py y se puso en contacto conmigo. Además contaba con el aval de José Luis Gómez en el Teatro de la Abadía. Estuve hablando con Olivier en París y en seguida nos pusimos de acuerdo. Fue todo muy natural.

¿Qué significa para usted ponerse a las órdenes de Olivier Py?
Lo que esta obra significa para mí, más que ninguna otra cosa, es la posibilidad que me brinda de celebrar los 20 años de vida del Teatro de la Abadía. Yo fui uno de los que lo abrí con compañeros excelentes como Beatriz Argüello o Carmen Machi por eso es muy especial para mí... Después la oportunidad de trabajar con Olivier Py es un lujo porque es un director que además es un intelectual, músico, poeta... Tiene muchas habilidades fuera de lo común y está abriendo caminos.

¿De qué trata Hacia la alegria?
Es un texto que tiene una gran carga filosófica y crítica. Apunta a la mercantilización y al consumo... Al hastío que produce en la clase alta tenerlo todo a disposición. A la falta de identidad y de valores y al aprecio a la fama que hay en la sociedad. Es un viaje en una noche, similar al que se produce en el Ulises de Joyce. Un tipo sale de casa, anda y va reflexionando acerca de sus 50 años de vida, de unos éxitos que no le han colmado de la felicidad y la alegría que buscaba en origen. La obra también se detiene a meditar acerca de lo artificial que es todo y la ingente cantidad de mentiras que necesitamos para sobrevivir. Pero también es un manifiesto de alegría mística que pretende llegar a las esencias, a la infancia.

¿Qué retos le planteaba este papel?
El papel es un autentico tour de force por el hecho de estar solo en escena durante una hora y diez minutos y sobre todo porque es un trabajo muy físico. No solo tengo que hablar sin parar sino que tengo que correr, saltar... es casi una danza hablada. Para ello es trascendental la excelente música de Fernando Velázquez. Este hombre, durante la obra, llega a un estado animal donde cree que ha alcanzado cierta independencia de sus ataduras. Hay un grito de libertad muy interesante de interpretar.

Esta obra forma parte de la iniciativa Ciudades en Escena. ¿Cuál es la idea que aporta la obra sobre la ciudad?
La ciudad en Hacia la alegría es un depósito o contenedor de personas, de libertades, de esperanzas y de angustias cada vez más sometido al consumo, a la banca, a la corrupción... Un espacio donde es complicado pararse a disfrutar de lo sencillo. La imagen no es nada positiva sino triste y oscura.

¿Tiene la escenografía un peso importante en la obra?
Bastante pesada sí que es... [Risas] Es una gran escenografía que cumple a la perfección su cometido. Es muy cinematográfico y da pie a un juego de sombras casi neorrealista. Es una obra que igual se podría hacer sin nada pero la admiración de Py por Wagner y por lo sacro la hace muy operística, en continuo movimiento.

¿Por qué cree que el monólogo es un género tan de moda?
Me parece que el inconsciente colectivo es el responsable de que los directores se pongan a hacer monólogos. Debe de ser una confluencia astral porque no creo que se deba a la crisis o a que sea más barato.

¿Cómo ve la situación del teatro en la actualidad?
A nivel de espectadores está difícil llenar un teatro. Además, cada vez hay más talento pero menos apoyo institucional. Dicen que estamos remontando pero con Ruz Barcenas nos costó llenar el Teatro del Barrio. La gente prefiere quedarse en casa. Después me da pereza el tema del 21 %, ya se ha dicho todo. Tenemos un gobierno que no necesita la cultura. Todas estas renuncias a Premios Nacionales me parecen una respuesta muy clara al gobierno pero creo que no les afecta.

Fuente: Álex Vicente (elpais.com)
He oído una deflagración lejana, y en la oscuridad de mi habitación tengo los ojos abiertos de par en par y el cuerpo crispado por lo oído”. Se levanta el telón y aparece un arquitecto enzarzado en un texto imposible, de una lírica recargada y funesta, que nos habla de miedos congénitos, de noches eternas y huidas hacia delante. “Ese despertar sobresaltado”, prosigue el protagonista, “es como un despertar en la muerte, y el silencio de la ciudad me ayuda a tener un momento de conciencia exacerbada”. Ese hombre emprenderá entonces una caminata nocturna por las calles de una ciudad desierta y siniestra, buscando una respuesta a sus súplicas desesperadas por todos sus rincones.
En la oscuridad de una sala de ensayo en las afueras de Aviñón, Olivier Py (1965) observa ese panorama desde la distancia intermedia que le confiere la tercera fila. De vez en cuando, este tipo con aspecto de ogro bondadoso suelta una ruidosa carcajada, como si el desasosiego de su personaje solo le procurara goce. Interviene poco, limitándose a dar alguna indicación en un castellano imperfecto pero vivaz, que jura haber aprendido en la escuela, aunque se intuya que debió de perfeccionarlo en algún bar madrileño. Director del certamen teatral que tiene lugar cada verano en la ciudad provenzal, Py se encuentra en pleno ensayo de Hacia la alegría, primera obra que el Festival de Aviñón coproduce con el teatro de la Abadía, donde será estrenada el miércoles próximo. La pieza adapta una reciente novela del director y dramaturgo, Excelsior, cántico desesperado de un hombre de nuestros días sumido en la crisis espiritual. Un largo soliloquio en forma de triple salto mortal interpretativo, al que se enfrenta un actor tan curtido en las tablas como Pedro Casablanc. “¿Qué es una obra por majestuosa que sea, si no vibra con sus contemporáneos? ¿Si no se eleva hasta una forma revolucionaria sin violencia y es más eficaz que las barricadas?”, declama el personaje del arquitecto. En sus rasgos no cuesta adivinar los del propio Py, personaje fundamental de la escena francesa de las últimas dos décadas, en la que irrumpió a finales de los ochenta provocando un estruendo considerable.
—No sé muy bien por qué, pero he escrito varias veces sobre arquitectos —explicará Py más tarde, en un sombrío comedor que le protege del sol perezoso que baña el paisaje provenzal en este inicio de otoño—. Supongo que encarnan lo opuesto a un director de teatro. Un arquitecto construye cosas que no desaparecen, que duran y envejecen. Nosotros, en cambio, ¿qué construimos? La mañana siguiente a la última representación de cada una de mis obras, siempre me despierto con esa pregunta.
—Entonces, ¿es esta obra una autobiografía indirecta o invertida?
—Toda ficción es autobiográfica. No hay nada más autobiográfico que la ficción, ni nada más ficticio que la autobiografía. Más que un dramaturgo, me considero un poeta. Y un poeta siempre habla de sí mismo, de su aventura espiritual y del lugar en que se encuentra frente al mundo. Ahí es donde se halla lo más íntimo. Hablar de mi vida sexual habría resultado mucho menos privado e indecente.
—Su protagonista se encuentra perdido en un mundo que ha dejado de entender. ¿Lo está también usted?
—Este texto responde a un momento de angustia, de crisis, de preocupación, de incomprensión; de sensación de vanidad, de fracaso y de absurdidad. Pero nunca de extravío. A decir verdad, no me he sentido perdido en la vida. Para todo artista, esos momentos de duda son algo que viene y se va. Hay que atravesar la noche una y otra vez. Se deben superar muchas noches para tener derecho a un poco de luz.
Py cuenta con una inteligencia deslumbrante de la que parece consciente, pese a que se esfuerce en no demostrarlo excesivamente. Está protegido por un sarcasmo festivo y ocurrente que no logra camuflar cierta pesadumbre, igual que el tono cómico y burlesco de sus textos no logran disimular lo insoportable que le debe de parecer la existencia. Nacido hace 49 años en Grasse, diez kilómetros al norte de Cannes, Py encarna a una especie de hombre orquesta del teatro francés: intérprete de formación, director vocacional, escritor por necesidad y gestor de grandes instituciones por accidente. Cuando estudiaba, un profesor le dio un sabio consejo: “Entre dos opciones, elija siempre ambas a la vez”. Py decidió obrar en consecuencia.
La primera vez que se subió a un escenario tenía cuatro años e interpretaba al lobo de una función escolar. Hasta que el disco que funcionaba de banda sonora se rayó y aquel actor prematuro se descubrió solo ante el peligro. Entendió entonces en qué consistía el teatro. De adolescente, se dijo que esa sería su única salida en la vida. “No me dirigí al teatro por narcisismo. Lo hice porque el mundo me parecía invivible. Solo me parecía algo menos odioso cuando me encontraba sobre un escenario”, confiesa. “No sé por qué deposité tantas esperanzas en el teatro. Para mí se trataba de un universo desconocido, ya que mi familia no tenía afición por la cultura, pero no se opusieron a que me adentrara en él. Entendieron que ese era mi destino”. El misticismo del personaje, a veces ridiculizado en el microcosmos teatral parisiense, salta a la vista desde el primer minuto. Católico converso en una familia atea y lector voraz de Teresa de Lisieux y Paul Claudel, Py sopesó en su juventud emprender la carrera religiosa.
—¿Por qué prefirió el teatro a la oración?
—El destino escogió por mí. Entre los 20 y los 25 años dudé mucho, pero entonces empecé a actuar y ya no pude parar. Si mi vida en el teatro no hubiera funcionado, me habría dirigido naturalmente hacia la religión.
—¿Diría que, en el fondo, se trata de lo mismo? ¿De una especie de sacerdocio que lo protege de ese mundo invivible del que hablaba antes?
—Sí, lo veo así. Pero puntualizo que ese sacerdocio no me parece triste. Yo contemplaba la vida religiosa como una aventura espiritual y heroica, y la sigo viendo así. Todavía hoy, cuando veo a un monje en sandalias por la calle, suspiro por el destino que no tuve.
—¿Ha leído Le royaume, el superventas de Emmanuel Carrère sobre su crisis de fe?
—Sí, claro. Quedamos el otro día. El suyo es un caso exótico. Su conversión fue rápida y violenta. Al cabo de tres años abandonó el camino espiritual. Yo le dije que ese abandono será temporal. Una vez se ha descubierto algo así, esa puerta nunca se cierra del todo.
Sus padres fueron pieds-noirs, magrebíes de origen francés que regresaron a la Francia continental tras la independencia de Argelia en 1962. Py asegura que, de pequeño, siempre se sintió extranjero en su propio país. “Mis padres me inculcaron ese sentimiento. Hoy me encuentro más a gusto, aunque tampoco tanto. Por una parte me siento profundamente francés, aunque solo sea porque esa es mi lengua”, sostiene. “Por la otra, me sigo definiendo como mediterráneo”. Ese sentimiento íntimo de diferencia ha marcado su carácter y su carrera. En el ecosistema del teatro francés siempre se le ha dado de comer a parte. Durante los noventa, Py encarnó un teatro excesivo y noctámbulo, inscrito en la marginalidad y atravesado por la cuestión homosexual, sucesor inmediato de Koltès y Copi, a la vez que contemporáneo de Lagarce y Gabili. Los cuatro fallecieron jóvenes: los tres primeros, de sida, y el último, de un paro cardiaco. Cuando Py fue nombrado por sorpresa director del Odéon parisiense, templo del teatro público fundado en 1782, bromeó que era solo por falta de competencia: “Todos los directores de mi generación se habían suicidado, sucumbido a una sobredosis o muerto de sida”.
De nuevo, ¿escondía ese humor devastador una profunda soledad? “Siempre he sido tratado como un extraño animal, pero nunca me he sentido relegado al margen. Desde el principio de mi carrera, trabajé para las instituciones”, corrige. En efecto, Py echó raíces durante una década en el Centro Dramático de Orleans, uno de esos escenarios públicos de provincias en los que se hicieron un nombre muchos de los grandes directores del teatro francés actual, como Stéphane Braunschweig, Stanislas Nordey, Ludovic Lagarde o Wajdi Mouawad. Incluso cuando dirigía uno de los mayores teatros parisienses seguía llevando una doble vida. Desde hace 15 años, Py circula por la geografía francesa con un show de travestismo, en el que cuelga los hábitos institucionales y sube a escena para transformarse en Miss Knife, una despechada cantante que entona canciones de desamor. “Durante mis años en el Odéon tuve que vestir de traje y corbata con frecuencia. Ponerme liguero y tacón alto era un acto político, que me permitía preservar mi libertad”, asegura. Si nunca ha renunciado a convertirse en esa desconsolada cabaretera, aunque sea solo un puñado de noches al año, será por algo.
Pese a su fervor religioso, el dramaturgo no tiene problemas en marcar sus distancias con la Iglesia. Dice vivir con dolor el repunte ultracatólico al que asiste Francia desde 2012, cuando millones de manifestantes salieron a la calle contra el matrimonio homosexual que pretendía aprobar François Hollande. Py se dice repugnado ante esa supuesta minoría silenciosa, convertida en vigoroso contrapoder a la acción gubernamental. “Me siento triplemente horrorizado: como francés, como homosexual y como católico”, afirma. “Pero el Vaticano no es la Iglesia. No tienen nada que ver con los hombres y mujeres que me ayudaron a construir mi camino espiritual, a quienes no podría importarles menos mi sexualidad”. Py estuvo casado durante diez años “por amor” con la actriz y dramaturga Elizabeth Mazev, a quien conoció a los ocho años. “Nos divorciamos porque ella conoció a alguien, y luego lo hice yo”, aclara. “No creo que me vuelva a casar, aunque ahora sea posible. Mi compañero no parece tener prisa en comprarme un anillo”.
Como todos los directores vinculados al poderoso teatro público francés, la suerte de Py ha dependido durante décadas del favor de quien ocupaba el poder. En 2012, el exministro Frédéric Mitterrand —nieto sarkozista del expresidente socialista— lo destituyó sin previo aviso tras cinco años de buena labor, durante los que consiguió desempolvar una institución prestigiosa pero algo anquilosada. Ese final abrupto le dejó mal sabor de boca. “Intentar transformar ese teatro fue como empujar cada día la pirámide de Keops. Cuando había logrado avanzar algunos centímetros, no me dejaron seguir”, lamenta. Una inesperada carambola le terminó salvando in extremis.Su premio de consolación fue un billete de ida para colocarse al frente de Aviñón, donde el pasado verano condujo una primera edición extremadamente difícil, marcada por la huelga de los trabajadores eventuales, que forzaron la suspensión de numerosas funciones. “Aviñón siempre había sido mi sueño. Es el mayor teatro del mundo. El año que viene todo será más tranquilo”, dice Py. Antes, había acudido a él en una decena larga de ocasiones como artista invitado. La primera fue en 1995 con La servante, una obra de 24 horas de duración que reveló esa desmesura que ya es marca de la casa.

Dice que no ha tenido ningún padre, “ni en el teatro ni en la vida”. “Salvo Ariane Mnouchkine, tal vez”, dice sobre la mítica directora del Théâtre du Soleil, que en los setenta y ochenta aplicó un electrochoque a la agarrotada escena francesa. “Mi abuelo, aunque nunca lo conocí, puede que sea Jean Vilar”, afirma sobre el fundador de Aviñón en 1947. Como él, Py es un artista ejerciendo de administrador, partidario de un teatro popular pero elevado, que se interroga sin cesar sobre su función política en la sociedad actual. Habrá llegado a lo más alto del escalafón, gracias a un apetito de poder que algunos le recriminan, pero las jaulas doradas no son lo suyo. En un momento de Hacia la alegría, el arquitecto se adentra en un oscuro túnel lleno de indigentes. “¿Cómo hacerles comprender que lo único que deseo es acostarme junto a ellos y compartir el destino de su pobreza extrema?”, se pregunta. “No es mi sitio, lo sé. ¿Pero cómo decirles que mi sitio tampoco está entre los miembros de mi consejo de administración?”. El ensayo termina y, sobre el escenario, la noche llega a su fin. Antes de que eso suceda, la voz del autor se solapa una última vez con la de su desdichado personaje: “No soy más que un hombre y conozco lo inconmensurable del dolor”.
Hacia la alegría. Texto y dirección de Olivier Py. Teatro de la Abadía (Madrid). Del 12 de noviembre al 7 de diciembre.