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AUTOR: FEDERICO GARCÍA LORCA
DIRECCIÓN: ÀLEX RIGOLA
INTÉRPRETES: NACHO VERA, PEP TOSAR, NAO ALBET, GUILLERMO WEICKERT, LAIA DURAN, DAVID BOCETA, JESÚS BARRANCO, PAU ROCA, MARÍA HERRANZ, JORGE VARANDELA, JAIME LORENTE, DAVID LUQUE, IRENE ESCOLAR, JUAN CODINA, JOSÉ LUIS TORRIJO
ESPACIO ESCÉNICO: MAX GLAENZEL
ILUMINACIÓN: CARLOS MARQUERIE
DURACIÓN: 1h 20min
FOTOGRAFIA: ROS RIBAS
PRODUCCIÓN: TEATRO NACIONAL DE CATALUNYA y TEATRO DE LA ABADÍA
SALA GRAN (TNC)

Escribo esta crítica pensando que soy incapaz de abarcar con mis palabras el brutal universo que describe Federico García Lorca en El Público. Inconmensurable obra llena de simbolismo, con una imaginación desbordante y que provoca diversas miradas sobre la obra, para los que sean capaces de sumergirse en ese universo y para aquellos, que aún sabiendo que hay cosas que se les escapan, optan por quedarse en una primera lectura, (a la salida de la sala siempre pueden leerse el magnífico programa de mano).

Con una Sala Gran recortada, con una escenografía de vibrante e imponente de Max Graenzel (con una iluminación poderosísima de Carlos Marquerie) que acompaña al espectador desde que éste entra por la puerta y le acompañará mucho tiempo después de la salida. Entre brillos y arena se dan cita los fantasmas del autor, sus miedos, sus frustraciones, sus deseos, la pulsión entre sus deseos más íntimos y lo que la sociedad marca, el teatro y la vida. Un teatro, que se ha aburguesado, ha dejado de interesarse por la vida, está muerto, y que Lorca a través del surrealismo intenta resucitarlo (las hormigas de Dalí o una Elena que no puede irse como si fueran los personajes burgueses de "El ángel exterminador" de Buñuel).

Pero teatro no es sólo texto, con una poesía y un puñal en cada verso, también es catarsis colectiva, brillantemente dibujada en en penúltimo cuadro, cuando Nao Albet canta "La canción del Pastor Lobo" y Laia Duran da luz a los versos a través de una hipnótica danza. Sin hacernos sangre, el último compás está marcado por esa desilusión que parece no tener fin y teñir la escena. Moribundo y sin opción, el teatro deja pasar a sus espectadores, que no han sido lo suficientemente valientes de presenciar la muerte en escena.

Federico García Lorca guardó en un cajón una obra que el pensaba que el público no estaba preparado para verla, después de acabar de escribirla en 1930. Hoy, y después de observar el comportamiento de la sala, no estoy del todo segura de que haya cambiado el signo de la afirmación. Gente abandonando su asiento antes de que acabarán los aplausos, ni el más mínimo bravo a una compañía, a la que una servidora hubiera estado aplaudiendo días, y para un texto, que a día de hoy está más vivo que nunca. El teatro sigue moribundo y sólo depende de nosotros resucitarlo, por lo que diría, y aunque no es de este texto, "tócala otra vez, Sam". Gracias, Rigola! 

EL PÚBLICO

by on 16:44
AUTOR: FEDERICO GARCÍA LORCA DIRECCIÓN: ÀLEX RIGOLA INTÉRPRETES: NACHO VERA, PEP TOSAR, NAO ALBET, GUILLERMO WEICKERT, LAIA DURAN, D...

Fuente: Patricia Peiro (elpais.com) | Foto: Luis Sevillano
En los años cincuenta y sesenta un actor de teatro valía lo que contuviese su baúl. El arcón debía albergar el mayor repertorio de vestimenta posible, desde un traje de noche hasta ropa de deporte. Depende de lo lleno que estuviera, el sueldo era mayor o menor, porque eran los cómicos los que se encargaban de su propio vestuario. El de Lola Herrera tenía casi de todo. Su compañera de tablas Irene Escolar nunca ha vivido esta experiencia a sus 26 años. Ella carga con el examen continuo de los castings. La primera llegó al teatro por casualidad, buscaba algo —“no sabía muy bien qué”— y la segunda mamó el escenario desde su nacimiento. Herrera y Escolar desgranaron en el teatro La Cuarta Pared de Madrid el camino recorrido en sus carreras y el que queda por delante en un encuentro organizado por EL PAÍS y moderado por la periodista Rocío García, para sus suscriptores el pasado martes.
Les ha tocado vivir dos etapas muy diferentes de la escena teatral. Herrera llegó a Madrid con apenas 18 años. En Valladolid había ganado cuatro concursos de canto a los que la presentaron sus padres, “de esos casposos de la posguerra”, explica con sorna la intérprete, “participar en algo así descoloca a cualquiera, así que vine a Madrid a buscar y encontré”. Lo que halló fue la pasión de su vida: el teatro. “Mi alimento y mi necesidad”, asegura. Irene proviene de una familia de artistas y conoce todas las experiencias de los cómicos en los años de la dictadura a través de los relatos de su abuelo y sus tíos. “Cuando mi tía [Julia] acababa las funciones, yo subía al escenario y la imitaba, aunque no supiera leer, aunque no pudiera ni aprenderme el texto”.
Hubo tiempo en el diálogo para recordar los triunfos y los fracasos. La primera vez que Lola Herrera representó Cinco horas con Mario, en el teatro Marquina, se durmió hasta el encargado de las luces. Pero no fue eso lo peor, sino que también lo hizo el empresario del teatro. Miguel Delibes comentó antes de su estreno que era una obra muy experimental, que no iba a gustar mucho. Todo apuntaba al fracaso, pero llevarla adelante fue un "emperramiento". Herrera se ha metido en la piel de Carmen en cuatro ocasiones más los 25 años posteriores a aquella primera vez. “Con ese personaje proyecté muchas mujeres. Delibes lo supo captar tan bien…".
Escolar confesó que aún no hay ningún personaje tan representativo en su carrera, pero reconoció las alegrías que le ha dado su papel de Juana la Loca en la serie Isabel. “Espero que no te moleste, pero parecías una demente de verdad”, le espetó una asistente en el turno de preguntas. “Una de las cosas más importantes es conocer el contexto que rodea al personaje y le hace ser como es. Juana era un ser vulnerable y entre todos hicieron que perdiera la cabeza”, detalló la artista. “¡Qué personaje es Juana, eh! Yo también lo interpreté en teatro”, añadía una sonriente Herrera a su lado.
Si para ellas el escenario es su pasión, es además porque creen en todo lo que les rodea. Ambas se lanzaron a exigir que el teatro sea una asignatura en los colegios. “Creo que es imposible”, apuntó Escolar. “Que no, que no es imposible”, le rebatía Herrera, “pero parece que los que mandan, no nos quieren”. “Si los políticos fueran más al teatro…”, contestó a su vez Escolar. Herrera sabía de uno que lo frecuentaba: “¡Fraga iba mucho! Se ponía en un palco y dormitaba. Esto es verídico”.

El baúl de dos cómicas

by on 14:04
Fuente: Patricia Peiro ( elpais.com ) | Foto: Luis Sevillano En los años cincuenta y sesenta un actor de teatro valía lo que contuvies...

Fuente: Elisabet Sans (elpais.com)

Les separan dos décadas, pero las une 1988. Ese año, la carrera de Aitana Sánchez-Gijón despegaba gracias a su papel en la película Bajarse al moro, y, en octubre, nacía en Madrid Irene Escolar, en una familia que marcaría su destino. Ahora se han encontrado en el reparto de La Chunga, aunque no por casualidad. Aitana se enamoró de la novela de Mario Vargas Llosa al instante, y sin saber cómo podría enfrentarse a un personaje tan opuesto a ella, según confiesa, tuvo claras dos cosas. Debía convencer al Nobel de Literatura –con quien ya había hecho tres producciones, él también como actor– y hacerle creer que Joan Ollé podía dirigir su adaptación al teatro. Conseguido. Su siguiente paso fue llamar a Irene, solo ella podía ser la Meche de la obra. “Me transmitió tal entusiasmo y tal necesidad de que lo hiciera yo… recuerdo, incluso, dónde estaba cuando recibí la llamada. Fue una sensación de mucha responsabilidad y felicidad que apuesten tanto por ti, y más si es ella”.

“Ella” es una de las actrices más consolidadas del cine y del teatro español. Pero la admiración es mutua. Aitana (Roma, 1968) afirma sin dudar que no se ha cruzado con muchas jóvenes actrices como Irene. “Es el ejemplo de un camino acertadísimo. Está teniendo una carrera muy seria, muy rigurosa en sus elecciones, sobre todo porque apuesta por el teatro, su pasión, no se deja tentar por cantos de sirena”. Aitana, para quien los jóvenes actores deberían hacer más teatro, asegura que ella no necesita sus consejos.
Con solo nueve años, Irene se subió al escenario por primera vez. Nada extraño, teniendo en cuenta que tiene sangre Gutiérrez Caba. “Mi familia siempre me ha ayudado, no para que me dieran papeles, sino para entender la responsabilidad y la disciplina que conlleva esta profesión”. No siente el peso de sus apellidos, pero sí la presión de la responsabilidad. “No va a menos”, advierte Aitana. “Parece que con la experiencia, y si ya tienes una posición determinada, uno puede relajarse. En absoluto. Cada vez es un reto nuevo y la expectativa de la gente es mayor. Y hay que estar a la altura e, incluso, superarlo si puedes”.
Entre teatro, cine y televisión, las dos lo tienen claro. Es en el teatro donde encuentran los papeles que les gustan, los más completos. “Siempre ha habido personajes femeninos más fuertes, sobre todo a medida que cumples años. En el cine eres el objeto de deseo unos años, luego pasas a ser su madre”, lamenta Aitana. “De actriz buenorra nunca me ofrecen nada, creo que tampoco lo soy…”. Ante la sorpresa de Aitana, Irene añade: “Tampoco ando buscando eso”.
Aitana adora los ensayos y los momentos de creatividad que estos permiten, “querría ensayar siempre”. Irene se quiere quedar donde está, donde es feliz. “Estoy en la edad de formarme, ya habrá tiempo para ganar más dinero… el día que decida dar el salto será porque ya tenga una base sólida. Es una escuela maravillosa, no hay sitio donde esté mejor que aquí”.
Hasta el 16 de junio en un principio, y ahora hasta el 30 de junio ya que la función ha sido prorrogada, las dos actúan en el teatro Español de Madrid, donde han notado la bajada de público por la subida del IVA. Tras mencionar esa cifra maldita del 21%, se dirigen a sus camerinos. El de Aitana, decorado con una portada de la revista Rolling Stone con Don Draper y dos playmobil de sus hijos. A Irene, entre otras cosas, siempre le acompaña una foto de su abuela, Irene Gutiérrez Caba: “Cosas que te hacen emocionalmente vulnerable, el teatro es un lugar para estar totalmente abierto”.

Dos damas de teatro

by on 20:36
Fuente: Elisabet Sans ( elpais.com ) Les separan dos décadas, pero las une 1988. Ese año, la carrera de  Aitana Sánchez-Gijón  despe...
Fuente: EFE vía larazon.es


El teatro público madrileño, es decir, el que ofrecen el Español, Fernán Gómez y Price, será hasta el verano lugar para espectáculos "intensos y variados" con contemporáneos, como Vargas Llosa o Mamet, y "debutantes" en la escena como Carlos Saura, una receta "valerosa" para afrontar la dureza de la crisis.
El director de Programación de Artes Escénicas, Natalio Grueso, ha presentado hoy en el Español acompañado de muchos de los actores y directores de las obras, como Carlos Saura, y del delegado de las Artes, Fernando Villalonga, las 50 propuestas que llenaran las salas que gestiona el Ayuntamiento de Madrid.
Muchos de los montajes, ha recalcado Grueso, se harán en coproducción con el sector privado y en colaboración y apoyo a las salas alternativas: "en tiempos difíciles y complicados (este tipo de iniciativas) son más importantes que nunca", ha dicho.

Mario Vargas Llosa, con La chunga; Carlos Saura, que se estrenará en la dramaturgia con El gran teatro del mundo, de Calderón, y David Mamet, con La anarquista, son muestra de la "producción variada e intensa" que podrá verse hasta verano en el Español.

José María Pou será el primero, ya que mañana estrena A cielo abierto en el Español -Naves del Matadero- y después "vendrá la poesía", con Amancio Prada, que hoy ha cantado y recitado, y "uno de los platos fuertes" de la temporada: la integral de Vargas Llosa, que se incorporará a los ensayos más adelante.

La Chunga, que dirigirá Joan Ollé, será la primera de las obras del Nobel de la serie que se llevará a los escenarios y estará protagonizada por Aitana Sánchez Gijón, Irene Escolar y Asier Etxeandía, entre otros.

Saura ha subrayado que El gran teatro del mundo es una obra "preciosa" que siempre le ha fascinado pero que como él es "un poco irreverente" quería hacer con ella "una cosa popular, pequeña y adaptada" a sus posibilidades.
El director de cine ha recordado que aunque ha dirigido "flamenco" siempre le ha dado "mucho miedo" hacer una obra "con actores de palabra" y ha pedido "perdón" a sus actores "porque desde el principio quería verlo en plano general, completo".
"Me han obligado a ir parte por parte. Un coñazo, vamos", ha resumido entre las risas y aplausos del auditorio.

En junio, Magüi Mira interpretará La anarquista, de Mamet, que regresa tras su éxito del pasado mes de diciembre.

En Naves del Matadero, y cuando termine El gran teatro del mundo, el Ballet Nacional de España (BNE) interpretará una obra inspirada en Sorolla, y el "teatro joven" tendrá en esa sala del Español su "oportunidad" con títulos como Return, de Chevi Muraday, o Feelgood, protagonizada por Fran Perea.

El Fernán Gómez, ha destacado Grueso, está haciendo "una pequeña revolución" y se ha "inventado" una cosa "fantástica": "'Los martes milagro: poesía', que está siendo un gran éxito", y allí irán luego La importancia de llamarse Ernesto, el Ballet Nacional de Cuba, zarzuela con Luis Olmos, CenizaLa mujer por fuerza, Al dente y La lengua en pedazos.

El Price, "una de las grandes salas de referencia de conciertos" en España, según Grueso, combinará "el circo con la música" y actuarán Franco Battiato, la Shica y Ludovico Enaudi, aunque será en verano cuando lleguen súper ventas como Diana Krall o Winton Marsalis.

"Son más de 50 actividades de una oferta muy variada e interesante que hará que la vida en Madrid sea mas atractiva e interesante", ha añadido.

TEXTO: JOHN STEINBECK
ADAPTACIÓN: JUAN CAÑO ARECHA y MIGUEL DEL ARCO
DIRECCIÓ: MIGUEL DEL ARCO
INTÉRPRETES: FERNANDO CAYO, ROBERTO ÁLAMO, ANTONIO CANAL, RAFAEL MARTÍN, JOSEAN BENGOETXEA, IRENE ESCOLAR, EDUARDO VELASCO, DIEGO TOUCEDO, ALBERTO IGLESIAS, EMILIO BUALE
DURACIÓN: 2h
PRODUCCIÓN: CONCHA BUSTO PRODUCCIÓN Y DISTRIBUCIÓN en coproducción con TEATRO ARRIAGA DE BILBAO, TEATRO CALDERON DE VALLADOLID, CLECE S.A., KAMIKAZE PRODUCCIONES S.L. y con la colaboración del TEATRO CUYÁS DE LAS PALMAS
TEATRO EL BOSQUE, MÓSTOLES (Espectáculo en gira)

Extasiada, así se resumiría en una palabra como salí del teatro. Muchas habían sido las buenas críticas, las recomendaciones continuas, pero pocas las posibilidades de verla. Barcelona volvía a ser un destino imposible para una buena producción de Madrid. Móstoles nos dio la oportunidad de ver uno de los mejores montajes de la temporada pasada de la cartelera madrileña, que aún continua de gira por España.

No conocía el texto, lo poco que pude leer en el folleto de mano me llevo a sumergirme en un mundo de pobres de cartera pero ricos de espíritu desde el primer minuto. Espectacular montaje, su puesta en escena sorprende, sus numerosos cambios escenográficos, conseguidos sólo con girar un par de piezas funciona y convierte a las transiciones en momentos de magia. La adaptación a cargo de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco fluye, poco a poco y sin descanso te dejas atrapar por la historia, y las dos horas pasan en un suspiro.

De ratones y hombres habla de la amistad, de las relaciones humanas, de los deseos, de las frustraciones, de los sueños, pero también de temas políticos, muy presente está la discriminación a los negros, el menosprecio de la figura de la mujer, la diferencia entre los terratenientes y los casi esclavos trabajadores...

Por si fuera poco, el reparto es excelente, desde el primero hasta el último. Sorpresa mayúscula, la de Fernando Cayo, que mi ignorancia me lleva a recordarle por algún secundario televisivo y por algún papel teatral menor, y aquí coge las riendas de este barco, donde es protagonista, y se enfrenta a las tormentas con valentía, regalándonos una de las mejores interpretaciones de la noche. 

¿Qué decir del gran Roberto Álamo? Que parece recuperado del pequeño traspiés llamado deseo y nos devuelve su mejor cara. Lennie es la ternura hecha hombre, Álamo lo envuelve en un dulzura que convierte su maldad en bondad y el público no es capaz de culparle de sus actos.

Con una entrada desconcertante a escena, Irene Escolar aporta al personaje una inocencia, a veces exagerada y otras escondida tras una más que aparente provocación. Chocan su vestimenta, más moderna de lo que el canon de la obra pediría. Pese a todo, suya es una de las mejores escenas del montaje, junto con Lennie, hablando de sueños. Su mirada al público es sencillamente cautivadora.

De ratones y hombres, cautiva, convence, atrapa, ensueña y sobre todo fascina. Por lo que sigo preguntándome, ¿por qué no llegará a Barcelona? Es de esas cosas que nunca entenderé. De momento sigue de gira, si tenéis la oportunidad, no la dejéis escapar.

DE RATONES Y HOMBRES

by on 19:30
TEXTO: JOHN STEINBECK ADAPTACIÓN: JUAN CAÑO ARECHA y MIGUEL DEL ARCO DIRECCIÓ: MIGUEL DEL ARCO INTÉRPRETES: FERNANDO CAYO, ROBERTO...


Fuente: Rosana Torres (www.elpais.com)

Puede que no compartan ningún aire de familia, pero los tres pertenecen a la misma estirpe de grandes actores españoles. Julia y Emilio Gutiérrez Caba e Irene Escolar están marcados por un oficio común, y por algo que han ido heredando y trabajándose generación tras generación: una gran coherencia, una intachable profesionalidad y un merecido prestigio.
La historia se remonta al valenciano Pascual Alba, quien en los años cincuenta del siglo XIX inicia la dinastía. Nació en Navajas (Castellón), una ciudad balneario donde su familia se refugió de la peste. Hacía teatro y zarzuelas y llegó a tener cierta fama que aumentaron sus hijas Leocadia, en el escenario desde los 11 años (debuta en 1880) e Irene Alba. Las dos formaron parte del mítico estreno de La verbena de la Paloma, en 1894, en Madrid. En aquella función también trabajaba Manuel Caba, con quien Irene Alba se terminaría casando y teniendo cinco hijos, de los cuales de nuevo dos chicas llegan a ser muy conocidas: Julia e Irene Caba Alba. Esta última se casa con el actor Emilio Gutiérrez en 1926 y tienen tres hijos: Emilio (el más pequeño), Julia e Irene (la mayor, que fallece en 1994, y cuya nieta, Irene Escolar, sigue la dinastía actoral).
En resumen, entre Pascual y la joven Irene hay toda una saga marcada por cientos de películas, obras de teatro, premios… y un rico anecdotario que rememoran estos tres actores en su primer encuentro juntos para un medio de comunicación.
Emilio y Julia señalan que para ellos su familia no era distinta a otras, pero algo les diferenciaba de otros niños: aun creyendo en los Reyes Magos, se daban cuenta de que los de las cabalgatas no eran los auténticos, porque distinguían muy bien los pelucones y barbas postizas, esos que tantas veces se ponía su padre para trabajar. “En aquella época, los actores aportaban a la función todo: ropa, un bigote o un sombrero”, comenta Julia. Emilio reseña que incluso influía, a la hora de la contratación, si se tenía un buen baúl. “En más de una ocasión se oía: ‘Fulanito es muy mal actor, pero tiene el traje del Tenorio, así que vamos a contratarle’. Y cuando se buscaba a un cómico [término que se da a todos los actores, hagan lo que hagan], como mi bisabuelo, para una compañía, el empresario le preguntaba: ‘¿Qué repertorio tiene usted?’, y en vez de decir las obras que sabía, contestaba: ‘Tengo un frac, un esmoquin, una capa…”.
Los dos hermanos cuentan, con esa mirada viva, casi excitada y divertida, del que saca el anecdotario de su vida ante un ser querido (Irene en este caso), cómo el padre de ambos tenía un hermoso baúl y se ocupaba de su caracterización. Y luego van aún más atrás. “En la época del bisabuelo”, añaden en referencia a Pascual Alba, “los actores cobraban una parte en dinero y otra en velas. Como no había luz eléctrica en los teatros, se maquillaban a la luz de las velas. Los más considerados recibían varias por función. Solo gastaban dos, guardaban las sobrantes y cuando llegaban a Madrid o Barcelona las revendían en las cererías”.
El apuntador era entonces una figura imprescindible: “¿Cómo no iba a haber uno si se representaban 10 o 12 obras distintas a la semana?”, dice Julia. “¡Y cómo no iban a hablar alto si tenían que tapar al apuntador!”, apostilla Emilio, sobre un sistema que fue desapareciendo en los años sesenta y hoy solo se encuentra en algunas óperas, nunca dentro de la concha del proscenio.
“Cuando íbamos al norte con mis padres, a sanfermines y ferias, cada día se hacía una representación diferente”, recuerda Julia. “Según qué apuntador fuera, te podía ir bien o no. Era un seguro de vida, formaba parte del espectáculo y siempre preguntabas: ‘¿Quién viene de apuntador?’, y si era uno bueno, tenías claro que era suficiente con saberse los títulos y poco más”, dice Emilio.
Luego llegó la extinción de lo que por entonces se entendía como regidor de escena: “No tenían nada que ver con los de hoy, aquel mandaba absolutamente en el escenario; de hecho, la primera frase de la representación en escena te la marcaba él, no el apuntador, porque eso hubiera sido un sacrilegio, lo recuerdo de mi primera función de teatro”, dice Emilio rememorando un 20 de agosto de hace justo 50 años. Mientras él y Julia hablan, su sobrina nieta los mira arrobada y no para de sonreír, o de reír abiertamente.
A la hora de decidirse por este oficio, Julia y Emilio han sido los más tardíos y dubitativos. Ella empezó a trabajar diseñando, y él, en un laboratorio, mientras que su hermana Irene se lanzó como actriz a los 16 años. Aún más precoz ha sido la joven Escolar que participó en Mariana Pineda, de García Lorca, con solo 10 años.
Los primeros recuerdos teatrales de Emilio están dispersos. Provienen de la compañía del Infanta Isabel, con Arturo Serrano e Isabelita Garcés, donde todo era estricto y rígido, y de la compañía de Catalina Bárcena, completamente distinta. “En el instituto de San Isidro fui alumno de Antonio Ayora, y me di cuenta de que el teatro era un crisol enorme, lleno de diversidad”, dice de una institución de la que ha salido mucha gente implicada con la escena: el dramaturgo Ignacio Amestoy, los actores Manuel Galiana, Amparo Pamplona, José Carabias y el crítico Enrique Centeno, fallecido hace unos días. “Ayora era actor de la compañía de Margarita Xirgu e importante durante la II República; tras salir de la cárcel se hizo profesor de literatura, con su pasado muy silenciado. Con él montábamos un repertorio muy republicano, lleno de textos del Siglo de Oro”.
Mientras sus hermanas Irene y Julia transitaban por clásicos contemporáneos y dramaturgos vivos, Emilio recorría el barroco. “Ayora me enseña una literatura dramática muy distinta a la que conocía, incluso por mi familia”. Julia recuerda que cuando su hermano estudiaba, ella ya estaba enfrascada en su oficio y a veces rodaba por la mañana cine o televisión, representaba por la tarde dos funciones y ensayaba por la noche un nuevo montaje.
Desde pequeñas iban siempre con sus padres de gira: “Mi madre no se podía permitir ningún lujo, pero quería que pasáramos el mayor tiempo posible con ella”. Un verano en que ya no era tan niña, y animada por los compañeros de su madre, salió por primera vez al escenario. Su debut fue recibido con un apagón y ella se dijo: “Sabía que algo saldría mal”. Más adelante tomó conciencia de que tenía que aportar algo: “Estaba en una familia que se nutría de las adversidades de la escasez, y hacer un meritoriaje suponía que te pagaran los viajes, aunque no tuvieras sueldo”. Recuerda que era normal que los actores tuvieran alhajas: “No les daban créditos y las joyas se empeñaban; no era ostentación, era un seguro en un oficio que entonces y ahora es inseguro. Y más en una familia en la que todos eran actores”.
Irene, como sus tíos abuelos, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela…, entra en contacto con el teatro antes de saber leer, escribir, andar, hablar: “Iba a ver a mi abuela al camerino siendo muy niña y quería actuar; ella me recordaba que no podía, porque no sabía leer y no podía aprender el papel y trataba de convencerla para hacer de perro y salir con ella”. Le daba igual todo con tal de salir al escenario. Su tía abuela lo confirma: “Apenas sabía andar, pero iba a vernos al camerino, agarraba lo que pudiera para pintarrajearse y buscaba el escenario; salía, antes o después de la función, al tiempo que preguntaba todo, ‘dónde te sientas, qué dices, qué haces…’, era infatigable”.
En el laboratorio, Emilio se da cuenta de que aquello es muy monótono, todo consistía en ascender y a los cincuenta y tantos jubilarse: “Y ya habías pasado la vida… Pensé que esto de vivir es igual de complicado en todas partes. Aproveché que había un sitio donde tenía facultades, más facilidad de moverme. Siempre desde ese empeño masoquista del ser humano de hacerlo todo más difícil… Hasta que empezó a eclosionar la televisión y me arrastró”.
Los tres tienen claro que han recibido un legado familiar intangible: “No había más que ver cómo eran y cómo habían vivido”. Les dejaban muy claro que estaban en esta profesión porque les gustaba, pero había que trabajar porque necesitabas dinero: “No era nada deshonroso; lo que trabajabas era lo que ganabas y no más allá; no entiendo las primas a futbolistas, es como si me dijeran: ‘si hace hoy un mutis glorioso, le pagamos más”, apunta Emilio.
Irene tiene claro que le gustaría ser igual de comprometida que ellos: “Tener la misma disciplina; miro a Julia y me encantaría ser como ella”. Y su tía le espeta: “Te lo cambio sin ver”. También hablan entre ellos de cómo en este oficio la discriminación hacia la mujer no se ha dado. Muchas actrices eran empresarias y ecónomas. Tampoco había rechazo al homosexual y se sabía, como algo natural, quién estaba con quién, fuera del sexo que fuera. “Lo curioso es que muchas actrices llevaban las riendas y llegaban a sus casas, y allí tenían el rol de mujer tradicional. Salvo alguna excepción, se desdoblaban, como mi madre, cuyo sueldo era el más importante, pero llevaba la casa; empezaba temprano con los desayunos, no para nuestro padre, que se acostaba al alba y nuestra madre a él le decía: ‘¡Emilio, la comida!”, dice el hijo de los protagonistas de esta anécdota. A Julia también le sigue gustando la noche para hacer cosas y, como su padre, sin salir. La joven Irene alude a la clave de por qué son tan trasnochadores los teatreros: “Cuando haces una función, sales con mucha adrenalina y necesitas varias horas de desconexión para poder dormir”.
Emilio lleva casi treinta años prepa­­rando un libro sobre las mujeres de su familia. Dice que de las cuatro Irenes no todas tenían la misma inclinación por el teatro,“pero la pequeña ha salido como su abuela, con una vocación tremenda, nosotros hemos visto la profesión con más distancia, y la tía Leocadia era pesadísima, siempre quería retirarse”. Julia sale en su defensa: “Le costaba estudiar, trabajó desde jovencita, había pasado calamidades y fue popular, pero fea”, dice de esta mujer que desde 1880 fue tiple de zarzuelas y, una gran característica, retirada en los años treinta.
La cuarta Irene de la familia corrobora su inclinación por su oficio: “La pasión existe desde antes de empezar a trabajar. Aunque comencé haciendo cine, lo que quería hacer de verdad, de verdad, era teatro”, dice esta joven que está protagonizando una de las carreras más fulgurantes de la escena española. A sus 24 años ha trabajado, y con papeles importantes, bajo la dirección de Miguel del Arco, Andrés Lima, Álex Rigola y Mario Gas, entre otros. “El teatro ha cuidado de mí todos estos años y es donde he hecho los mejores personajes, quiero seguir ahí…”.
Su tío abuelo la mira y con tono de advertencia le dice: “El teatro es un amor que te puede traicionar, pero es verdad que es el eje, aunque ahora esté descacharrado con esto de los recortes”. Julia cambia de expresión y con una voz apesadumbrada dice: “Esta subida del IVA del 8% al 21% me ha producido una gran tristeza; el teatro siempre ha sido algo de minorías y no se le puede gravar con algo tan fuerte; es como si se hubieran revuelto mis ancestros, hacer esto a una cosa modesta de la que nadie se enriquece; los que hemos logrado vivir del teatro ha sido dedicando nuestra vida, horarios de trabajo brutales, nuestras no vacaciones; no digo, como Alberto Closas, que no debería tener impuestos, ni que sea más importante que la educación o la investigación, pero los del teatro no estamos enriquecidos después de trabajar sin descanso; todo esto me produce un gran dolor”.
Respecto a este tema que estos días tiene encendida a la profesión, Emilio señala: “El desprecio con el que el Gobierno de mi país trata a una actividad que en el caso de mi familia se inició en 1870 me hace pensar que quiere su desaparición, amparado en esa brutal búsqueda de rentabilidad económica neoliberal que arrambla con todo. Me avergüenzo de esta medida discuti­­ble; estoy de acuerdo con que la cultura también se sacrifique, pero no para quedar maltrecha. Dejar a las nuevas generaciones del teatro una herencia que yo, desde luego, no recibí, no es agradable en este mes de agosto en que celebraré mi 50 cumpleaños como actor. Tampoco olvido que los teatros públicos del Ministerio de Cultura están exentos de este impuesto, que el fútbol solo paga el 10%, lo que hace aún más ofensiva la medida adoptada”, y concluye: “Cultura y educación, para una sociedad cada vez más desorientada, debe ser el gran objetivo de cualquier Gobierno honesto”.
La joven de la familia, que piensa que la cultura forma parte de la identidad de un país, se emocionó con la inauguración de los Juegos Olímpicos al ver cómo Reino Unido apoya y defiende su cultura. “Me cuestiono si en un acto así, aquí recitaríamos a Calderón o a Lope, o pondríamos imágenes de películas de Berlanga. A España no solo se la reconoce fuera por sus deportistas, también por el cine de Buñuel, Almodóvar o Amenábar, la música de Paco de Lucía, las grandes interpretaciones de Bardem o los picassos. En vez de minar el camino y la evolución de nuestra cultura, habría que impulsarla, porque hay mucho talento”, señala esta joven, que dice, dolida, que su tía Julia se mataba a trabajar y su tío Emilio nació en una gira [en Valladolid] porque su madre no podía faltar a la representación. “Son anécdotas que me recuerdan lo dura que puede llegar a ser esta profesión; querría que lo que pasara en mi vida profesional fuera fruto del esfuerzo y el trabajo, escoger personajes de gran riesgo interpretativo, como han hecho las mujeres de mi familia”, dice Irene, quien siempre se ha sentido muy arropada por sus tíos. “Para mí, el día más importante después del estreno es cuando vienen y me dan su opinión”.
Es consciente de que, tal y como pintan las cosas, a lo mejor tiene que hacer lo que su abuela y su tía: compañía propia. Irene Gutiérrez Caba, con su marido, el actor Gregorio Alonso (seudónimo de Gregorio Escolar), con quien tuvo un hijo, José Luis, que se dedica a la producción cinematográfica. Su hermana Julia, con su marido, el actor y productor Manolo Collado, fallecido en 2009.
Emilio piensa que los modelos que él y sus ancestros han tenido ya no sirven: “Antes ibas a una ciudad, te aplaudían y cobrabas al terminar; ahora te dicen: ‘ya le pagaremos”. Además estaba y está el riesgo de un batacazo, algo que Irene aún no ha probado, aunque ella reivindica, casi orgullosa, que ya le ha dado algún que otro meneo la crítica. “Tu abuela”, le dice Emilio, “estuvo a punto de retirarse por una crítica que le hicieron en Barcelona, le afectó mucho, yo nunca he vuelto a saludar a ese tipo, que fue grosero e innecesario”.
Confiesan que las críticas afectan, aunque saben que no tienen tanta importancia. Irene señala que lo importante “es que te llamen”. “Eso, eso”, apunta Emilio, y recuer­­da un dicho muy popular en su profesión que se adjudicaba a algunos directores: “Dios mío, Dios mío, que no me llame, que si me llama le voy a tener que decir sí”.
De niña jugaba a interpretar Romeo y Julieta con su abuela, Irene Gutiérrez Caba, en las escaleras de su casa. Siempre pedía para sí el papel de Julieta. Y todavía recuerda ese largo pasillo de la vivienda familiar en el que navegaban como gondoleros en un imaginario canal de Venecia. Todos disfrazados casi a diario. En ese ambiente creció Irene Escolar, 23 años, la sexta generación de un creativo clan familiar de cómicos. “Todos mis recuerdos infantiles están ligados a los domingos del teatro”, recuerda esta actriz que debutó con 9 años en el Teatro Bellas Artes en el papel de la hija de Mariana Pineda y que, desde entonces, no ha hecho otra cosa que pisar los escenarios cada día con más decisión y seguridad. Esta temporada ha participado en dos grandes proyectos de éxito, Agosto, de Gerardo Vera, y De ratones y hombres, de Miguel del Arco, que estará en el Teatro Español hasta el 17 de mayo para luego salir de gira.


De su abuela, que murió cuando ella tenía 7 años, tiene recuerdos confusos, mezclados con grabaciones reales e historias que le han ido contando. Pero la tiene bien presente a diario. “Pienso mucho en ella. Me gusta que me digan que me parezco a ella, que tenemos la misma voz. A los camerinos siempre llevo una foto de mi abuela”.
Escolar es friolera y, después de pedir una crema de calabacín bien caliente, se cubre las piernas con una chaqueta. Ha elegido el restaurante del Matadero de Madrid sin vacilar. Le gusta ese lugar tan especial —“parece que estamos en Berlín”—, esos cortinones rojos del fondo, todo unido a la posibilidad matinal de pisar una sala de teatro vacía.
Con 18 años intentó entrar en la prestigiosa escuela Juilliard en Nueva York. No la seleccionaron —en aquella convocatoria solo entraron 18 alumnos de los miles de todo el mundo que se presentaron— pero la preparación que realizó, nada menos, que con Nuria Espert fue su gran compensación. “Aprendí más con las pruebas a las que me sometió Nuria, un monólogo sobre Ifigenia, que en cualquier escuela. Esas pruebas además me demostraron que esta profesión es dura y difícil, que nadie te regala nada”. Las clases de voz y su próxima matriculación en Filología inglesa a través de la UNED centran ahora sus anhelos de formación y sus inquietudes, que son muchas, para adquirir cada día más cultura. Sus viajes a Londres para ver teatro son continuos y la lectura de clásicos y modernos no la abandona nunca.
Escolar se ha soltado la melena y cambiado de medias, optando por unas claras, para la foto. No pierde detalle de nada, mientras pica alguna croqueta y un poco de jamón, cortesía de la casa. Parece que lo controla todo, eso sí con dulzura y educación extremas. “Soy desesperadamente responsable”, admite cuando habla de la deuda que siente ante la tradición familiar. “Tengo que estar a la altura. No me puedo ni quiero relajar. Quiero llegar a ser una gran actriz, honesta, trabajadora. Quiero arriesgar con los personajes, conseguir que el público venga al teatro a verme, que les atraiga mi trabajo”.
Rara cosa. Su móvil no ha sonado ni una sola vez. Lo controla hasta la exasperación. “El móvil nos impide mirar a los ojos. Nos perdemos muchas cosas con los mensajes, ese afán extremo de estar siempre comunicado, el correo electrónico. Se aprenden muchas cosas en la calle”. Pues ahí se va a la calle y el autobús.
Fuente: Rocío García (www.elpais.com)



Las nubes se deslizan veloces en un cielo azul. Debe de hacer mucho viento. En la tierra, un grupo de jornaleros avanza a cámara lenta, pesados y con signos de agotamiento. Dos hombres, uno de ellos tremendamente grande y con andares muy torpes, surgen del valle color trigo. Van en busca de trabajo a una granja, pero hacen un alto en el camino. Se tumban en el campo y ahí, con el cielo sobre sus cabezas, van desgranando su sueño. Con paciencia y generosidad, es George el que relata al gigantón Lennie cómo será esa casa al borde de la montaña desde la que podrán contemplar cada noche las estrellas, sin capataces ni trabajos que les machaquen y en la que el propio Lennie podrá tener su pequeña granja de conejos, esos animales con piel suave que tanto le gusta acariciar. Así comienza De ratones y hombres, el clásico del Nobel John Steinbeck, que, dirigido por Miguel del Arco (Madrid, 1965) y protagonizado por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar y otros siete actores más, se estrena en el Teatro Español de Madrid el próximo 12 de abril, en una producción de Concha Busto.
De ratones y hombres es el mayor montaje teatral al que se enfrenta Del Arco, el director al que ahora todo el mundo quiere, el que se ha visto obligado a rechazar encargo tras encargo, el que tiene montajes cerrados de aquí a 2014. La obra de Steinbeck (California, 1902-Nueva York, 1968), escrita originalmente en 1936 como novela y trasladada al teatro por el propio autor, es una estremecedora historia que narra la vida y los sueños de los trabajadores de California, esos temporeros sometidos a durísimas condiciones en el campo, que se mueven en el límite entre la dignidad del ser humano y la animalización. Y en medio, la amistad de dos hombres, George y Lennie (Fernando Cayo y Roberto Álamo), que sueñan con paraísos anhelados, y la presencia de la única mujer (Irene Escolar), una joven casada con el violento hijo del capataz que lo único que desea es compañía. Además de ser una hermosa historia de amor es también un grito de libertad y de humanidad en un mundo acosado por la codicia y la esclavitud, la explotación de los hombres y las dificultades para amarse y comunicarse.
“Lo que más me atraía de esta obra, tan llena de violencia y dureza, tan oscura, era buscar el lado del ser humano, la compasión y el amor en medio de la hostilidad. George y Lennie viven en una jungla brutal, pero hay algo que les une, un vínculo indestructible, una amistad que tienen que ir justificando permanentemente a lo largo de toda la función pero que termina con un tremendo sacrificio. Es una historia también de lealtad, de emoción, de intentar comprender al otro en un mundo agrio. Es una obra que se mueve entre los paraísos perdidos, la infancia, y los anhelados, de los sueños que cada uno pueda conseguir. Es esa parte más luminosa la que me interesaba apoyar porque la parte más negra ya está bien definida. De ratones y hombres es una obra que duele, pero que ilumina”, explica Miguel del Arco, sentado en el Café Gijón de Madrid, con esa sonrisa y placidez que parece no abandonarle nunca.
Bien conocía Steinbeck la vida de todos aquellos desheredados de los valles de California. Él mismo se crió en una granja y compaginó sus estudios, que finalmente abandonaría, con sus trabajos de temporero en el campo. Y allí fue donde el escritor de Tortilla flat, Las uvas de la ira o Al este del edén conoció a esa gente que lo único que busca es prosperar, tener un trozo de tierra, en una lucha casi titánica contra los grandes poderes y tiranos. Esos desheredados que no saben hacia dónde ir, que lo único que hacen es dar vueltas a una noria como una mula sin levantar cabeza o acarrear con pesados fardos de cereal. Toda una historia que la convierte en universal y eterna y que por ello, Del Arco, decidió no trasladarla a la actualidad —“no me hacía falta”—. “Todo lo que les pasa a los personajes de De ratones y hombres se entiende perfectamente y el análisis de paralelismo con la situación que estamos viviendo es inmediato. Es una historia que tiene mucha vigencia. Esa sensación de que estamos ante una masa informe a la que no dejan que se salga del carril para así seguir manteniendo este sistema de corporaciones y gente adinerada, de intentar impedir que la gente tenga un pensamiento”. Del Arco habla como una metralleta, dispara las palabras como si temiera que alguna reflexión se le quedara en el camino.
George y Lennie llegan finalmente a la granja. Allí, en un barracón desvencijado, les esperan siete hombres. Les miran mal desde el principio. No entienden ese vínculo que une a los dos amigos. “¿Viajáis siempre juntos?”, les preguntan con ironía y burla. George tiene que proteger a Lennie, con deficiencia mental severa, de la brutalidad de ese mundo. Está cansado de llevarle siempre a cuestas por esos campos, pero nunca le abandona, le cuida, le acaricia. “Es un jornalero que no tiene recursos ni formación, pero con una gran capacidad de transformar los sueños en palabras, de contar historias y eso le es muy útil a la hora de relacionarse con Lennie. Es un tipo de una enorme generosidad y, al mismo tiempo, de una emocionalidad muy fuerte pero que no sabe conducirla bien”, explica Fernando Cayo sobre este potente personaje, con el que, reconoce, ha sobrepasado unos límites a los que él no estaba acostumbrado.
Y siempre junto a George está Lennie, ese grandullón desvalido y tierno (al enorme cuerpo de Roberto Álamo le han añadido una protesis para dotarle todavía una mayor envergadura) al que le obsesionan las cosas suaves, la piel de ratones y conejos. Cuando Steinbeck escribió la obra poco se sabía de las enfermedades mentales, explica ahora Álamo, que ha llegado a la cita con un enorme casco de moto en el brazo. Ni el actor ni el director querían hacer de Lennie un tonto del pueblo —“eso ahora no se entendería”, puntualiza Álamo, que ha contado con la ayuda de su mujer, una doctora especialista en autismo, para componer el personaje y darle la credibilidad que necesitaba—. “Lennie es la revolución afectiva de la obra. Steinbeck, de manera sabia y sencilla, puso en su boca todas las preguntas que los seres humanos se hacen mentalmente y pocos se atreven a plantear”. Como los niños. "¿Por qué no te dejan entrar en el barracón?", le pregunta Lennie al trabajador negro. "¿No te quieren escuchar? ¿Porque eres mujer?", le dice a la joven esposa. “Lo que demuestra el comportamiento de Lennie es que ser una buena persona no requiere inteligencia, solo humanidad”, añade el actor que interpretó a Urtain y en el que ve muchas semejanzas con el que ahora levanta, con una intensidad y una ternura enormes, en De ratones y hombres.
Y entre esa panda de hombres toscos, una única mujer, delicada y amable, solitaria y deseosa de compañía. Es la joven recién casada con Curley, el hijo del capataz, al que da vida Irene Escolar. “Es el papel más difícil al que me he enfrentado nunca. Combina fragilidad y fuerza y se tiene que ir presentando en escenas repartidas en tres salidas. Es mucho más fácil entrar en una escena y no salir nunca”, reconoce de primeras la actriz, que acaba de recibir entusiasmada el regalo de un ejemplar de un libro de Álvaro Cunqueiro. Si algo tenía claro Del Arco desde el principio es que quería huir del estereotipo de mujerona y jugar con ese elemento de físico delicado y delgado, de niña bonita. “Seleccionarme a mí creo que fue un riesgo porque soy muy joven y además no soy exuberante. Todos la ven como una furcia, pero ella no es así. Es una mujer solitaria que lo único que quiere es hablar con la gente. No tiene estudios ni formación. Su padre era un alcohólico y su madre lo único que ha buscado con ella es la boda con un hombre de cierto nivel económico. Ella solo tiene su cuerpo y su coqueteo para atraer a esos hombres. Solo quiere hablar y que le den cariño”, explica sobre su personaje Irene Escolar, emocionada con subirse de nuevo a ese escenario tan especial y querido en el mundo del teatro que es el Español. La primera vez fue cuando tenía 13 años en una zarzuela que dirigía Mario Gas y que se titulaba Adiós a la bohemia. “Tenía solo una frase y desde entonces no he subido. Solo entrar y olerlo…”, evoca ensoñadora.
La escenografía del montaje, el más grande en la trayectoria de Del Arco, es parte fundamental de las sensaciones que transmite la obra. “La primera premisa con Eduardo Moreno, el escenógrafo, fue el de volvernos un poco locos. Yo no quería el clásico pajar y las llanuras de California. Quería jugar con elementos muy teatrales para reflejar una situación real. Teníamos la necesidad de que fuera un espectáculo muy físico. Por eso es también una obra muy cansada para todos los actores”. A lo largo de los tres actos de la función, 120 minutos sin descanso, no sale ni una tramoya ni un maquinista. Son los actores los que mueven todo en el escenario, desde el levantamiento de la pared hasta el traslado de dos enormes cintas transportadoras de hierro. Y junto a la escenografía, sencilla pero muy poderosa, resalta la luz (obra de Juanjo Llorens), el sonido (Sandra Vicente) y la música (Arnau Vilà), y la introducción de montajes audiovisuales, elementos imprescindibles para entender las claves de la historia.
Todo ese esfuerzo físico e intenso en común ha contribuido, según su director, a crear una sensación de elenco, de grupo compacto, sobre todo tratándose de la primera vez que Del Arco se enfrentaba a una compañía que no es la suya y trabajaba con unos actores con los que nunca antes lo había hecho. Y el resultado no ha podido ser mejor si nos atenemos a las opiniones de los afectados —Cayo: “Es positivo y respetuoso, con un sentido de la verdad definido y claro”; Álamo: “Pone en el centro de la vida el amor y el humor”; Escolar: “Es el Elia Kazan de nuestro tiempo, su mirada está siempre pendiente del actor”—.
¿Qué tiene Miguel del Arco a la hora de trabajar que le hace tan irrepetible?
“Mis claves son el humor, la disciplina y el amor. Yo soy muy disciplinado en el trabajo, ensayo mucho, necesito mucho tiempo para los ensayos, voy muy rápido porque no quiero llegar apretado a los estrenos. No concibo llegar a un estreno con prisas. No puedo soportar los gritos en el trabajo, los malos rollos, que se hable mal. Discuto mucho pero nunca con gente enfadada. Creo que tengo capacidad para conectar con los actores. Soy muy veloz con todo, pero la paciencia con los actores no se me agota nunca. Quiero procurarles esa atmósfera lúcida para que puedan probar. Les voy empujando sin presiones, sin dar la impresión de que les azuzo. Me gusta ser un director desapercibido, que no se me oiga ni se me vea en el escenario. Reivindico también mi derecho a equivocarme y a probar de todo y con todo. Y para que se produzca esa sensación de que no hay límites en el planteamiento de las cosas, necesitas que el trabajo sea lo más lúdico posible, que la gente se lo pase bien. Con De ratones y hombres nos lo hemos pasado muy bien a pesar de ser una función horriblemente oscura. Nos hemos reído mucho, pero también llorado. Me han partido el alma un día sí y otro no”.
Y con ese grado de inconsciencia que se niega a perder y esa presión relativa que siente al ser uno de los directores de escena más exitosos y más deseados, este antiguo nadador y bailarín, músico y actor, espera con ansiedad su estreno en la sala grande del Teatro Español, que nunca antes había pisado, sí en la pequeña con La violación de Lucrecia, con Nuria Espert. “Noto la alegría y la felicidad de poder elegir y eso me hace sentir muy libre. En momentos me da un punto de vértigo, pero puede la parte feliz de este trabajo porque creo que estoy en las mejores condiciones desde el punto de vista artístico”. 

El deseado

El éxito de Miguel del Arco tiene una corta vida pero muy intensa. Fue en 2010 cuando despegó él y la compañía Kamikaze Producciones que comparte con Aitor Tejada, con el modesto montaje La función por hacer, basado en Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, la mayor sorpresa de aquella temporada que, en horario nocturno y solo durante los fines de semana, se estrenó en el teatro Lara. El impacto de la obra fue tan grande que desde entonces Del Arco no ha parado.
De los primeros en fijarse en él fue José Luis Gómez que el mismo día que vio La función por hacer en Lara, le encargó el montaje que él quisiera para el teatro de La Abadía. Así nació Veraneantes, la reescritura del drama del ruso Máximo Gorki trasladado a la España de hoy. A la propuesta de Gómez siguió la llamada de Nuria Espert para hacer juntos La violación de Lucrecia, ese espléndido monólogo en el que la actriz se desdobla en cinco personajes y que estrenó en la sala pequeña del Español. Muy poco después se aventuraba con otra grande del teatro, Carmen Machi, y otro monólogo, en esta ocasión sobre Helena de Troya, Juicio a una zorra, que estrenó en La Abadía.
Pocos días después del estreno de De ratones y hombres le espera otro en el Centro Dramático Nacional. Será el 4 de mayo cuando llegue al escenario del teatro Valle-Inclán, El inspector, la obra de Nikolái Gógol. El inspector, una adaptación de la obra del autor ruso, es una comedia delirante sobre políticos corruptos, concretamente sobre un alcalde de un pueblo al que le visita un inspector de la ciudad. Del Arco ha sacado la historia de la Rusia zarista de mediados del siglo XIX, tal y como hizo con Veraneantes, y la ha trasladado a la actualidad aunque a ningún sitio en concreto. La obra, que tendrá una gran presencia musical, estará protagonizada por Gonzalo de Castro, Pilar de Castro y Juan Antonio Lumbreras, entre otros muchos.
Y así, de momento, hasta 2014.
De ratones y hombres. Dirección de Miguel del Arco. Intérpretes: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar. Teatro Español. Del 12 de abril al 27 de mayo.
Fuente: Rocío García (www.elpais.com)



Cuando John Steinbeck publicó la novela De Ratones y hombres en 1937 no podía imaginar que, casi un siglo después, la temática seguiría tan vigente. En la tragedia moderna que escribió, protagonizada por George y Lennie y con la Gran Depresión como telón de fondo, los destinos de dos seres marginados y errantes se topan con la inestabilidad de los mercados, las elevadísimas tasas de paro, los despidos, los desahucios, la precariedad… En definitiva, la misma desesperanza que hoy en día parece presidir la actualidad.
En la presentación de la obra, que ha tenido lugar esta mañana en elTeatro Arriaga de Bilbao con todo el equipo artístico presente, su director Miguel del Arco ha querido destacar ese paralelismo: “América aún sufría los estragos del Crack del 29, y pese a que en el momento en que se publicó la novela se empezaba a hablar de brotes verdes, ninguna de las políticas de recortar a destajo funcionó y solo les salvó la Gran Guerra. Esperemos que ahora no sea así, porque aún no nos hemos librado de muchas de las lacras en las que se mueven los personajes de De ratones y hombres”.
Más allá de los mensajes apocalípticos, tan presentes hoy en los medios de comunicación, Del Arco se queda con el coraje y la dignidad que desprende la novela de Steinbeck, y sobre todo con el amor y la compasión que se teje en torno a la relación entre los dos protagonistas: George, un pícaro errante interpretado por Fernando Cayo, y Lennie, un deficiente mental tan bruto como tierno que encarna Roberto Álamo. Dos seres marginados que se enfrentan al mundo de los poderosos en un ambiente hostil en el que permanentemente deben disimular la amistad que les une.
Mañana es el estreno absoluto de la obra en el Teatro Arriaga de Bilbao, que acogerá cuatro funciones hasta el domingo 11 de marzo.Emilio Sage, director artístico del teatro, quiso destacar que son los primeros en acoger esta obra y además, han participado en su coproducción junto a Concha Busto Producción y Distribución, el Teatro Calderón de Valladolid, Clece S.A. y Kamikaze Producciones S.L.
Entre el plantel de actores que participan en la obra destacan los dos protagonistas, Fernando Cayo y Roberto Álamo, ambos con un extenso currículum en el teatro, la televisión y el cine a sus espaldas. Para el primero, esta es su tercera coproducción con el Teatro Arriaga y en la presentación se ha deshecho en elogios para el resto del equipo, al que se ha referido como “un dreamteam que representa una tipología amplísima de la humanidad, precisamente lo que exige esta obra”. Cayo considera que De ratones y de hombres supone “un grito de libertad y humanidad en un mundo lleno de codicia. El desgarro, la crueldad y la tristeza están presentes, pero contrastan con una inmensa vitalidad y sentido del humor”.
Para la joven Irene Escolar, que interpreta a la esposa de Curley que ni siquiera merece un nombre, el papel es una oportunidad única. "Al no nombrar a este personaje", explica Escolar, "Steinbeck quería universalizar el hecho de que las mujeres somos las esclavas del esclavo, como en la canción de John Lennon. Mi personaje es un mero objeto sexual ignorado, está desgarrado por la soledad y la depresión, como todos los de la novela pero más aún por el hecho de ser mujer".
Al contrario que en la novela Las uvas de la ira, aquí la trama se acota mucho a la relación entre los dos personajes protagonistas. El hilo argumental transcurre en gran parte en las enormes granjas de producción agrícola de los años treinta y para mostrar ese ambiente la escenografía ha sido complicada. Miguel del Arco ha explicado que en la puesta en escena hay pocos elementos pero muy pesados, dado que se quería reflejar la realidad de las jornadas titánicas de trabajo en que el ser humano se alienaba hasta la categoría de bestia de carga.
John Steinbeck dijo una vez: "Yo escribo para que los hombres se entiendan unos a otros, porque conocer mejor a un hombre casi siempre lleva al amor y no al odio". Para Miguel del Arco, esa es la esencia de la obra: "Parece apostar por la desesperación y el final es atroz, pero al mismo tiempo hay algo fabulosamente iluminado dentro de la humanidad de los personajes y las emociones que transmite la puesta en escena parten de lo negativo pero acaban siendo esperanzadoras".
La voz de los desheredados
Este año se cumple el 110º aniversario del nacimiento de John Steinbeck (1902-1968), prolífico escritor californiano que destacó por su crítica al capitalismo, lo que le granjeó no pocos enemigos entre los sectores más conservadores de la sociedad. En muchas de sus novelas plasmó el mundo de los seres marginales que vagabundeaban por la América rural desolada en los años de la Gran Depresión.
Steinbeck fue cronista para The San Francisco News y sus reportajes fueron el telón de fondo de gran parte de su obra. Entre sus novelas destacan Las uvas de la ira y Al Este del Edén, que le valieron el Premio Pulitzer en 1940 y el Nobel de Literatura en 1962. Ambas obras fueron adaptadas al cine bajo la dirección de nombres de prestigio como John Ford (Las uvas de la ira) o Elia Kazan (Al Este del Edén).
De ratones y de hombres, publicada en 1937, fue adaptada al teatro por el autor estrenándose en el Music Box Theatre de Nueva York en 1939. Basada en sus propias experiencias como vagabundo en los años veinte, fue llevada al cine en 1939 por Lewis Milestone bajo el nombre La Fuerza Bruta y posteriormente por Gary Sinise en 1992. Esta última adaptación, protagonizada por John Malkovich en el papel de Lennie, fue la más exitosa y aclamada por la crítica.
Fuente: www.elpais.com