Mostrando entradas con la etiqueta Julia Gutiérrez Caba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julia Gutiérrez Caba. Mostrar todas las entradas

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Si hay una actriz que represente la palabra elegancia, esa es Julia Gutiérrez Caba, poseedora de una mirada limpísima y un gesto distinguido, al igual que su voz acariciadora. El jueves recibirá el premio Corral de Comedias, en un acto que servirá para inaugurar la XXXVII edición del festival de teatro clásico de Almagro. «Para las gentes del teatro recibir un premio en esa ciudad, que respira teatro por todas partes y que conserva además esa joya auténtica que es el Corral, es muy emocionante», dice la actriz.
—¿Cuál es su situación actual? No está retirada del todo...
—No, retirada no estoy, porque las gentes de este oficio no nos retiramos nunca. Yo creo que hay que ir desapareciendo poco a poco de la misma manera que aparecimos. Pero el teatro es demasiado para mí. Te absorbe totalmente;cuando estás haciendo una función estás totalmente supeditada a ella, a sus horarios. Lo he hecho durante muchísimos años, pero todo eso ya me pesa. No estoy dispuesta a darle al teatro todo lo que pide. Con las giras, además... Me dan pereza los viajes, los equipajes. Ya sé lo que son esas cosas, ya las he vivido durante muchos años. A estas alturas me gusta disfrutar de otras cosas, saber que hay vida fuera del teatro...
¿Y de qué le gusta disfrutar?
De lo mismo que el resto de los mortales que no tiene horarios fijos. No tener preocupaciones, como las tenía cuando trabajaba en una función. Ahora puedo quedar con la gente que conozco o que quiero, ir al teatro como espectadora. Tengo otra manera de vivir.
¿Ha echado mucho de menos el escenario?
Yo llevo sin hacer teatro muchos años, pero he seguido trabajando en televisión. La hago desde 1961: hice teatro, series... Cuando vi que no lo podía hacer compatible con el escenario, estuve una etapa muy larga sin hacer televisión. Compaginar las dos cosas se puede hacer cuando eres muy joven, porque no duermes, igual que cuando haces cine. Con el añadido de que en una larga etapa de mi vida no había día de descanso en el teatro. Pero cuando eres joven aguantas eso y mucho más... Así que la televisión me ha permitido no desprenderme de mi profesión hasta hace dos o tres años;ahora las cosas me las tomo de otra manera.
Los actores veteranos hablan más de oficio de actor que de profesión. ¿Qué prefiere usted?
Yo uso las dos. El oficio hay que adquirirlo. Es también profesión porque vivimos de ello. Mi familia no ha vivido más que del teatro y del oficio de actor. Nosotros hemos vivido una etapa en que había además cine y televisión, pero mi familia ha vivido del teatro desde el siglo XIX;mi bisabuelo ya se dedicó a esto. Eran profesionales.
El término oficio implica un aspecto artesanal. ¿Cree que los actores lo mantienen?
Hoy hay muchas más escuelas; antes, los que nos dedicábamos a esto aprendíamos el oficio en el teatro. Había repartos con papeles que apenas tenían responsabilidad;yo empecé así, lo mismo que mis hermanos. Haciendo. por ejemplo, a una doncella que sacaba una carta, o personajes sin frase. Y todo eso nos iba sirviendo, aunque nos parecía que el aprendizaje era muy largo. Y lo era. Pero esccuchabas a los actores mayores y aprendías, entre otras cosas, a proyectar la voz. Porque cuando empiezas tiendes a hablar muy bajito, porque sientes tal terror... Por lo menos a mí me pasaba. Ahora el oficio se aprende de otra manera, y es posible que lo artesanal se haya perdido en cierto modo. Pero no hay que olvidar que el teatro cuenta con otro actor que es el público. Es la mitad del espectáculo, que además es irrepetible. En cada representación el público es distinto... Y tú también, porque no te han pasado las mismas cosas. Aunque digas el mismo texto y sigas las mismas indicaciones, la función nunca es la misma. Y eso lo puedes calificar de artesano, porque estás fabricando en ese momento algo fresco, instantáneo, solo para los que están ese día en el patio de butacas.
¿Entiende a un actor que no haya hecho nunca teatro?
Existen... Pero yo no lo puedo entender. Hay un tipo de actor, al que llaman animal cinematográfico por su fotogenia o por su relación con la cámara, que «a lo mejor no lo necesita». Pero muchas de las grandes estrellas de Hollywood fueron y son gente que surgió del teatro. El teatro, a mi modo de ver, es básico. En otros medios aprendes enseguida a aplicar una técnica determinada. El cine no admite los gestos tan señalados como en el teatro, ni la voz... Pero eso lo aprendes si tienes una base; desarrollar un personaje, estudiarlo tal y como es. Y aplicas el método. El actor que solo ha hecho cine o televisión tendrá sus métodos, y serán válidos... Pero para mí no es concebible porque yo vengo de otro camino; el cine lo hice mucho después de hacer teatro.
¿Tenía cuando empezó alguna referencia aparte de su familia?
No me fijé en nadie determinado. Cuando se llega al oficio de la manera en que yo lo hice, por tradición familiar, se ve de otra forma. Yo lo viví -y lo mismo mis hermanos- desde que tuve uso de razón. Y se ve de otra manera. Es la profesión de tus padres, y lo ves con naturalidad. Aceptas, porque no tienes otro remedio, sus horarios, sus ausencias, y también que para hacer unos personajes se tienen que disfrazarse. Eso forma parte de tu vida cotidiana, como supongo que en casa de un médico los niños conocerán desde pequeños lo que es una consulta... Entramos en la profesión de otra forma, lo aceptamos con menos deslumbramiento. Yo no tenía un modelo a seguir, pero estaba acostumbrada a ver teatro desde pequeña. Nos llevaban al teatro, a la zarzuela, porque parte de mi familia se dedicó a ella. A mi hermana y a mi nos gustaba mucho la música, y nos aprendíamos las letras y las hacíamos... Los niños reflejan lo que ven. Y para jugar había que disfrazarse, porque eso es lo que veíamos, y teníamos un arcón lleno de ropa. Nos acostumbrábamos desde muy pronto y poco a poco a ver teatro. Aunque nuestros padres no nos llevaban mucho a ver el teatro por dentro. Consideraban que los niños tenían que estar en su sitio: en el colegio, en casa jugando o con otros niños. Pero no teníamos que aprender lo que era un camerino, y conocíamos a los actores y a las actrices. Nuestra madre nos hablaba mucho también de actores del pasado, que no vimos. Su huella estaba. Y esas referencias no sé si las tiene la gente joven. Yo veo que nombras a alguien de la profesión, de hace no tantos años, y no saben quién es.
Supongo que se habrá imaginado cómo hubiera sido su vida sin el teatro.
Algunas veces, pero como habrá visto era difícil escapar... Yo tuve muchas reservas en dedicarme a esta profesión, precisamente porque sabía lo que significaba y me daba cierto miedo no estar a la altura. Veía a otros actores y lo difícil que era lo que hacían, y pensaba que yo no llegaría. Por eso no me decidía a entrar en la profesión. A mis padres seguro que les hubiera gustado que nos dedicáramos a otra profesión más segura, pero no opusieron ninguna reserva. Mi hermana Irene fue muy precoz y tenía muy clara su vocación. A mi me gustaban otras cosas, pero no tenía nada decidido. Y cuando surgió la oportunidad de salir a hacer un papel sin responsabilidad -con el empuje de otros actores-, lo hice, y así empecé. De una forma muy pequeña, pero ya formaba parte de la profesión.
Le producirá mucho orgullo ver que la saga sigue con su sobrina-nieta, Irene Escolar.
Sí. Irene es un animal de teatro, y le encanta estudiar. Cuando no está trabajando hace un curso, u otro... Se apunta a todo. Ahora los jóvenes tienen esa facilidad. La sociedad ha cambiado mucho y nuestra profesión también. No teníamos paro, por ejemplo. Si no había representación, no cobrábamos.

«Nunca he actuado en el Corral»



Fuente: Marta Caballero (elcultural.es)

Aunque hace años que no pisa las tablas, la actriz Julia Gutiérrez Caba no piensa, ni por asomo, decir adiós al teatro. Tal como llegó, cuando era apenas una veinteañera, se marchará, sin fastos ni anuncios. Ahora está en ese momento de recoger las flores de toda una vida, como el premio Max a toda su carrera, que ha merecido este año. Aunque los agradece y los recibe con emoción, no le gustan demasiado los premios, porque parece que la estuvieran despidiendo y nada de eso: para ella la interpretación es trabajar todos los días y así desea que siga siendo. El último de estos reconocimientos se celebra esta tarde en la Juan March, que la invita a su ciclo Conversaciones en la Fundación. Allí dialogará con el periodista Antonio San José sobre el teatro, su carrera y también de cuestiones presentes: "Me molesta que en la actualidad se haya limitado tanto el acceso a la cultura", avanza. 

Antonio San José le hará una entrevista en la Fundación Juan March en la que le pedirá que hable largo y tendido sobre su trayectoria en el teatro. ¿Podría esbozar un índice?
No sé qué decirte, he trabajado mucho, me han premiado por ello. Los premios están muy bien, he recibido el Max y ha sido muy bonito. Me darán más... los premios que tocan ahora dan un poco de nostalgia, es como si te dijeran: "Adiós, adiós". Pero me gustan. Sobre el teatro... el teatro requiere más esfuerzo del que la gente pueda suponer, mucho más que el cine y la televisión. Exige una dedicación que ahora ya no puedo darle tan fácilmente, porque requiere un tiempo de ensayo largo, estar más sujeta. 

Si tuviera que despedirse de la escena con una obra, ¿cuál eligiría?
Nunca diría adiós al teatro ni a mi profesión. Un día llegué y otro me iré, sin nada especial. Sobre todo, no podría elegir una obra porque, aunque nunca he sido muy exigente con interpretar un papel u otro, a estas alturas no podría hacer el que me habría podido gustar. No pienso anunciar mi jubilación. 

Debutó en el teatro en 1951, me imagino que lo habrá visto cambiar mucho en estos 60 años. 
Sí, el teatro es un reflejo de la sociedad y la sociedad ha cambiado enormemente. Hoy, por ejemplo, está reflejando muy bien todo lo que pasa, por suerte ahora se puede. Lo que no cambia es el hecho de que siempre haya estado en crisis ni tampoco el que cada día pueda ser algo nuevo, porque es algo tan vivo, tan compartido... no sólo cambia el público de cada función, también lo hacemos nosotros, los actores, por distintas razones. El teatro, a diferencia de otros medios, tiene esa vida, esa inmediatez. 

La más joven del clan de los Gutiérrez Caba, Irene Escolar, me dijo recientemente que el teatro siempre había cuidado de ella. ¿Lo siente también así?
Sí, coincido con mi sobrina nieta, siento que el teatro me ha dado más que ninguna otra cosa. Los otros medios te pueden dar mayor popularidad pero la carrera de teatro, en cuanto a mí se refiere, y también a la niña, que de momento es lo que más está haciendo, te da una vida más aposentada, más seguida. Me preguntan por qué no he hecho más cine pero a mí el cine no me ha necesitado. He acudido a él, claro, y trabajé con gente muy buena, como Juan Antonio Bardem, Forqué... por fortuna nuestra profesión nos ofrece distintos medios para expresarnos. 

¿Le dieron alguna vez un consejo de esos inolvidables que hoy ofrecería a alguien de la edad de Irene Escolar?
Hay uno que siempre he recordado y que, aunque a ella no le hace falta, sí se lo recuerdo a veces. Me lo dio una vieja actriz cuando yo, que entonces tenía 20 años, me enfadé porque no quería interpretar el papel de una mujer de 50, porque me sentía muy ridícula. Le dije que no quería, que lo pasaba muy mal, y me respondió: "Ay, Julita, lo importante del teatro no es eso, es trabajar todos los días". Tenía mucha razón.

En la Fundación Juan March le pedirán que enuncie tres propuestas que, a su juicio, podrían contribuir a mejorar la sociedad. ¿Las tiene ya pensadas?
Me tiene preocupada este tema porque realmente, si lo supiera, fíjate dónde estaría colocada. Sería fantástico encontrarlas y, sobre todo, poderlas desarrollar, que es lo importante. Hay muchas cosas que no me gustan, le cito una, la educación, pero no sólo la de los colegios, sino la que está permitiendo que se limite el acceso a la cultura en todos los ámbitos.


Fuente: Rosana Torres (www.elpais.com)

Puede que no compartan ningún aire de familia, pero los tres pertenecen a la misma estirpe de grandes actores españoles. Julia y Emilio Gutiérrez Caba e Irene Escolar están marcados por un oficio común, y por algo que han ido heredando y trabajándose generación tras generación: una gran coherencia, una intachable profesionalidad y un merecido prestigio.
La historia se remonta al valenciano Pascual Alba, quien en los años cincuenta del siglo XIX inicia la dinastía. Nació en Navajas (Castellón), una ciudad balneario donde su familia se refugió de la peste. Hacía teatro y zarzuelas y llegó a tener cierta fama que aumentaron sus hijas Leocadia, en el escenario desde los 11 años (debuta en 1880) e Irene Alba. Las dos formaron parte del mítico estreno de La verbena de la Paloma, en 1894, en Madrid. En aquella función también trabajaba Manuel Caba, con quien Irene Alba se terminaría casando y teniendo cinco hijos, de los cuales de nuevo dos chicas llegan a ser muy conocidas: Julia e Irene Caba Alba. Esta última se casa con el actor Emilio Gutiérrez en 1926 y tienen tres hijos: Emilio (el más pequeño), Julia e Irene (la mayor, que fallece en 1994, y cuya nieta, Irene Escolar, sigue la dinastía actoral).
En resumen, entre Pascual y la joven Irene hay toda una saga marcada por cientos de películas, obras de teatro, premios… y un rico anecdotario que rememoran estos tres actores en su primer encuentro juntos para un medio de comunicación.
Emilio y Julia señalan que para ellos su familia no era distinta a otras, pero algo les diferenciaba de otros niños: aun creyendo en los Reyes Magos, se daban cuenta de que los de las cabalgatas no eran los auténticos, porque distinguían muy bien los pelucones y barbas postizas, esos que tantas veces se ponía su padre para trabajar. “En aquella época, los actores aportaban a la función todo: ropa, un bigote o un sombrero”, comenta Julia. Emilio reseña que incluso influía, a la hora de la contratación, si se tenía un buen baúl. “En más de una ocasión se oía: ‘Fulanito es muy mal actor, pero tiene el traje del Tenorio, así que vamos a contratarle’. Y cuando se buscaba a un cómico [término que se da a todos los actores, hagan lo que hagan], como mi bisabuelo, para una compañía, el empresario le preguntaba: ‘¿Qué repertorio tiene usted?’, y en vez de decir las obras que sabía, contestaba: ‘Tengo un frac, un esmoquin, una capa…”.
Los dos hermanos cuentan, con esa mirada viva, casi excitada y divertida, del que saca el anecdotario de su vida ante un ser querido (Irene en este caso), cómo el padre de ambos tenía un hermoso baúl y se ocupaba de su caracterización. Y luego van aún más atrás. “En la época del bisabuelo”, añaden en referencia a Pascual Alba, “los actores cobraban una parte en dinero y otra en velas. Como no había luz eléctrica en los teatros, se maquillaban a la luz de las velas. Los más considerados recibían varias por función. Solo gastaban dos, guardaban las sobrantes y cuando llegaban a Madrid o Barcelona las revendían en las cererías”.
El apuntador era entonces una figura imprescindible: “¿Cómo no iba a haber uno si se representaban 10 o 12 obras distintas a la semana?”, dice Julia. “¡Y cómo no iban a hablar alto si tenían que tapar al apuntador!”, apostilla Emilio, sobre un sistema que fue desapareciendo en los años sesenta y hoy solo se encuentra en algunas óperas, nunca dentro de la concha del proscenio.
“Cuando íbamos al norte con mis padres, a sanfermines y ferias, cada día se hacía una representación diferente”, recuerda Julia. “Según qué apuntador fuera, te podía ir bien o no. Era un seguro de vida, formaba parte del espectáculo y siempre preguntabas: ‘¿Quién viene de apuntador?’, y si era uno bueno, tenías claro que era suficiente con saberse los títulos y poco más”, dice Emilio.
Luego llegó la extinción de lo que por entonces se entendía como regidor de escena: “No tenían nada que ver con los de hoy, aquel mandaba absolutamente en el escenario; de hecho, la primera frase de la representación en escena te la marcaba él, no el apuntador, porque eso hubiera sido un sacrilegio, lo recuerdo de mi primera función de teatro”, dice Emilio rememorando un 20 de agosto de hace justo 50 años. Mientras él y Julia hablan, su sobrina nieta los mira arrobada y no para de sonreír, o de reír abiertamente.
A la hora de decidirse por este oficio, Julia y Emilio han sido los más tardíos y dubitativos. Ella empezó a trabajar diseñando, y él, en un laboratorio, mientras que su hermana Irene se lanzó como actriz a los 16 años. Aún más precoz ha sido la joven Escolar que participó en Mariana Pineda, de García Lorca, con solo 10 años.
Los primeros recuerdos teatrales de Emilio están dispersos. Provienen de la compañía del Infanta Isabel, con Arturo Serrano e Isabelita Garcés, donde todo era estricto y rígido, y de la compañía de Catalina Bárcena, completamente distinta. “En el instituto de San Isidro fui alumno de Antonio Ayora, y me di cuenta de que el teatro era un crisol enorme, lleno de diversidad”, dice de una institución de la que ha salido mucha gente implicada con la escena: el dramaturgo Ignacio Amestoy, los actores Manuel Galiana, Amparo Pamplona, José Carabias y el crítico Enrique Centeno, fallecido hace unos días. “Ayora era actor de la compañía de Margarita Xirgu e importante durante la II República; tras salir de la cárcel se hizo profesor de literatura, con su pasado muy silenciado. Con él montábamos un repertorio muy republicano, lleno de textos del Siglo de Oro”.
Mientras sus hermanas Irene y Julia transitaban por clásicos contemporáneos y dramaturgos vivos, Emilio recorría el barroco. “Ayora me enseña una literatura dramática muy distinta a la que conocía, incluso por mi familia”. Julia recuerda que cuando su hermano estudiaba, ella ya estaba enfrascada en su oficio y a veces rodaba por la mañana cine o televisión, representaba por la tarde dos funciones y ensayaba por la noche un nuevo montaje.
Desde pequeñas iban siempre con sus padres de gira: “Mi madre no se podía permitir ningún lujo, pero quería que pasáramos el mayor tiempo posible con ella”. Un verano en que ya no era tan niña, y animada por los compañeros de su madre, salió por primera vez al escenario. Su debut fue recibido con un apagón y ella se dijo: “Sabía que algo saldría mal”. Más adelante tomó conciencia de que tenía que aportar algo: “Estaba en una familia que se nutría de las adversidades de la escasez, y hacer un meritoriaje suponía que te pagaran los viajes, aunque no tuvieras sueldo”. Recuerda que era normal que los actores tuvieran alhajas: “No les daban créditos y las joyas se empeñaban; no era ostentación, era un seguro en un oficio que entonces y ahora es inseguro. Y más en una familia en la que todos eran actores”.
Irene, como sus tíos abuelos, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela…, entra en contacto con el teatro antes de saber leer, escribir, andar, hablar: “Iba a ver a mi abuela al camerino siendo muy niña y quería actuar; ella me recordaba que no podía, porque no sabía leer y no podía aprender el papel y trataba de convencerla para hacer de perro y salir con ella”. Le daba igual todo con tal de salir al escenario. Su tía abuela lo confirma: “Apenas sabía andar, pero iba a vernos al camerino, agarraba lo que pudiera para pintarrajearse y buscaba el escenario; salía, antes o después de la función, al tiempo que preguntaba todo, ‘dónde te sientas, qué dices, qué haces…’, era infatigable”.
En el laboratorio, Emilio se da cuenta de que aquello es muy monótono, todo consistía en ascender y a los cincuenta y tantos jubilarse: “Y ya habías pasado la vida… Pensé que esto de vivir es igual de complicado en todas partes. Aproveché que había un sitio donde tenía facultades, más facilidad de moverme. Siempre desde ese empeño masoquista del ser humano de hacerlo todo más difícil… Hasta que empezó a eclosionar la televisión y me arrastró”.
Los tres tienen claro que han recibido un legado familiar intangible: “No había más que ver cómo eran y cómo habían vivido”. Les dejaban muy claro que estaban en esta profesión porque les gustaba, pero había que trabajar porque necesitabas dinero: “No era nada deshonroso; lo que trabajabas era lo que ganabas y no más allá; no entiendo las primas a futbolistas, es como si me dijeran: ‘si hace hoy un mutis glorioso, le pagamos más”, apunta Emilio.
Irene tiene claro que le gustaría ser igual de comprometida que ellos: “Tener la misma disciplina; miro a Julia y me encantaría ser como ella”. Y su tía le espeta: “Te lo cambio sin ver”. También hablan entre ellos de cómo en este oficio la discriminación hacia la mujer no se ha dado. Muchas actrices eran empresarias y ecónomas. Tampoco había rechazo al homosexual y se sabía, como algo natural, quién estaba con quién, fuera del sexo que fuera. “Lo curioso es que muchas actrices llevaban las riendas y llegaban a sus casas, y allí tenían el rol de mujer tradicional. Salvo alguna excepción, se desdoblaban, como mi madre, cuyo sueldo era el más importante, pero llevaba la casa; empezaba temprano con los desayunos, no para nuestro padre, que se acostaba al alba y nuestra madre a él le decía: ‘¡Emilio, la comida!”, dice el hijo de los protagonistas de esta anécdota. A Julia también le sigue gustando la noche para hacer cosas y, como su padre, sin salir. La joven Irene alude a la clave de por qué son tan trasnochadores los teatreros: “Cuando haces una función, sales con mucha adrenalina y necesitas varias horas de desconexión para poder dormir”.
Emilio lleva casi treinta años prepa­­rando un libro sobre las mujeres de su familia. Dice que de las cuatro Irenes no todas tenían la misma inclinación por el teatro,“pero la pequeña ha salido como su abuela, con una vocación tremenda, nosotros hemos visto la profesión con más distancia, y la tía Leocadia era pesadísima, siempre quería retirarse”. Julia sale en su defensa: “Le costaba estudiar, trabajó desde jovencita, había pasado calamidades y fue popular, pero fea”, dice de esta mujer que desde 1880 fue tiple de zarzuelas y, una gran característica, retirada en los años treinta.
La cuarta Irene de la familia corrobora su inclinación por su oficio: “La pasión existe desde antes de empezar a trabajar. Aunque comencé haciendo cine, lo que quería hacer de verdad, de verdad, era teatro”, dice esta joven que está protagonizando una de las carreras más fulgurantes de la escena española. A sus 24 años ha trabajado, y con papeles importantes, bajo la dirección de Miguel del Arco, Andrés Lima, Álex Rigola y Mario Gas, entre otros. “El teatro ha cuidado de mí todos estos años y es donde he hecho los mejores personajes, quiero seguir ahí…”.
Su tío abuelo la mira y con tono de advertencia le dice: “El teatro es un amor que te puede traicionar, pero es verdad que es el eje, aunque ahora esté descacharrado con esto de los recortes”. Julia cambia de expresión y con una voz apesadumbrada dice: “Esta subida del IVA del 8% al 21% me ha producido una gran tristeza; el teatro siempre ha sido algo de minorías y no se le puede gravar con algo tan fuerte; es como si se hubieran revuelto mis ancestros, hacer esto a una cosa modesta de la que nadie se enriquece; los que hemos logrado vivir del teatro ha sido dedicando nuestra vida, horarios de trabajo brutales, nuestras no vacaciones; no digo, como Alberto Closas, que no debería tener impuestos, ni que sea más importante que la educación o la investigación, pero los del teatro no estamos enriquecidos después de trabajar sin descanso; todo esto me produce un gran dolor”.
Respecto a este tema que estos días tiene encendida a la profesión, Emilio señala: “El desprecio con el que el Gobierno de mi país trata a una actividad que en el caso de mi familia se inició en 1870 me hace pensar que quiere su desaparición, amparado en esa brutal búsqueda de rentabilidad económica neoliberal que arrambla con todo. Me avergüenzo de esta medida discuti­­ble; estoy de acuerdo con que la cultura también se sacrifique, pero no para quedar maltrecha. Dejar a las nuevas generaciones del teatro una herencia que yo, desde luego, no recibí, no es agradable en este mes de agosto en que celebraré mi 50 cumpleaños como actor. Tampoco olvido que los teatros públicos del Ministerio de Cultura están exentos de este impuesto, que el fútbol solo paga el 10%, lo que hace aún más ofensiva la medida adoptada”, y concluye: “Cultura y educación, para una sociedad cada vez más desorientada, debe ser el gran objetivo de cualquier Gobierno honesto”.
La joven de la familia, que piensa que la cultura forma parte de la identidad de un país, se emocionó con la inauguración de los Juegos Olímpicos al ver cómo Reino Unido apoya y defiende su cultura. “Me cuestiono si en un acto así, aquí recitaríamos a Calderón o a Lope, o pondríamos imágenes de películas de Berlanga. A España no solo se la reconoce fuera por sus deportistas, también por el cine de Buñuel, Almodóvar o Amenábar, la música de Paco de Lucía, las grandes interpretaciones de Bardem o los picassos. En vez de minar el camino y la evolución de nuestra cultura, habría que impulsarla, porque hay mucho talento”, señala esta joven, que dice, dolida, que su tía Julia se mataba a trabajar y su tío Emilio nació en una gira [en Valladolid] porque su madre no podía faltar a la representación. “Son anécdotas que me recuerdan lo dura que puede llegar a ser esta profesión; querría que lo que pasara en mi vida profesional fuera fruto del esfuerzo y el trabajo, escoger personajes de gran riesgo interpretativo, como han hecho las mujeres de mi familia”, dice Irene, quien siempre se ha sentido muy arropada por sus tíos. “Para mí, el día más importante después del estreno es cuando vienen y me dan su opinión”.
Es consciente de que, tal y como pintan las cosas, a lo mejor tiene que hacer lo que su abuela y su tía: compañía propia. Irene Gutiérrez Caba, con su marido, el actor Gregorio Alonso (seudónimo de Gregorio Escolar), con quien tuvo un hijo, José Luis, que se dedica a la producción cinematográfica. Su hermana Julia, con su marido, el actor y productor Manolo Collado, fallecido en 2009.
Emilio piensa que los modelos que él y sus ancestros han tenido ya no sirven: “Antes ibas a una ciudad, te aplaudían y cobrabas al terminar; ahora te dicen: ‘ya le pagaremos”. Además estaba y está el riesgo de un batacazo, algo que Irene aún no ha probado, aunque ella reivindica, casi orgullosa, que ya le ha dado algún que otro meneo la crítica. “Tu abuela”, le dice Emilio, “estuvo a punto de retirarse por una crítica que le hicieron en Barcelona, le afectó mucho, yo nunca he vuelto a saludar a ese tipo, que fue grosero e innecesario”.
Confiesan que las críticas afectan, aunque saben que no tienen tanta importancia. Irene señala que lo importante “es que te llamen”. “Eso, eso”, apunta Emilio, y recuer­­da un dicho muy popular en su profesión que se adjudicaba a algunos directores: “Dios mío, Dios mío, que no me llame, que si me llama le voy a tener que decir sí”.


Julia Gutiérrez Caba, cuarta generación de una ilustre saga de actores, es una mujer, elegante, distinguida, siempre con la sonrisa bordada en sus ojos. Le gusta que el galardón sea teatral, aunque no pisa un escenario desde hace diez años (su último trabajo fue Madame Raquin, sobre textos de Emile Zola). "No lo echo de menos —dice—; he tenido algunas ofertas para hacer teatro, pero no estoy anímicamente muy propicia para ello. No hay una razón concreta, no sé... No estoy en el mejor momento, pero quién sabe..."
"No ignoro —añade— que me premian a mí, pero también a una familia de actores que viene desde muy atrás y que ha tenido el reconocimiento de la profesión y del público durante tantos años". En cierto modo, reconoce, no le quedó más remedio que ser actriz. "Es difícil escapar de lo que forma parte de tu vida". La 'aventura' —como ella dice— comenzó en 1951, en Canarias, con la obra Mariquilla Terremoto, en la compañía de Catalina Bárcena. "Yo estaba con mis padres de gira, y se necesitaba una figurante; normalmente se contrataba a alguien del lugar donde se ofrecía la representación, pero mi hermana Irene, que ya había comenzado a hacer alguna cosa, me dijo que por qué no salía yo. Al principio dije que no, que no estaba preparada, pero al final salí. En septiembre de 1952, un año después de aquello, me dieron el carné, y ya era oficialmente actriz. Pero me quedaba mucho..."
Ha hecho cine y televisión, pero dice que "el teatro es la médula, la almendra de la profesión. Es donde el actor tiene más libertad, donde puede ser más dueño de la situación, del espacio, aunque esté sometido a unas determinadas reglas de texto, dirección, etcétera". El escenario, sigue, "tiene magia. Se la da la presencia de los espectadores, que te mandan sus sentimientos, sus emociones, su aceptación o su negativa". No quiere señalar ningún momento especial en su carrera, pero sí asegura haberlos vivido. "En varias ocasiones, afortunadamente. Y cuando se produce es algo prácticamente sobrenatural".
Por la piel de Julia Gutiérrez Caba han pasado muchos personajes. Ninguno, dice, se ha quedado permanentemente, aunque todos han dejado huella. "Raramente el actor olvida quién es, pero sí es cierto que el ambiente —según estés haciendo un drama o una comedia— influye sobre el carácter; hay personajes que pasado un tiempo pesan".
Protagonista de varios de los legendarios 'Estudio 1', a Julia Gutiérrez Caba le siguen recordando aquellos espacios televisivos. "Nos dio la posibilidad a los actores de hacer un teatro muy diverso: Pinter, Benavente, Mihura, Casona, Bernard Shaw... Y el espectador pudo ver un repertorio muy amplio; fomentó muchas aficiones al teatro".
La saga familiar sigue con Irene Escolar, sobrina-nieta de Julia Gutiérrez Caba. Le satisface que continúe "porque le gusta mucho su oficio. Se siente muy bien en él y disfruta mucho. Pero no hubiera pasado nada si nuestra saga se hubiera terminado con nosotros. En nuestra familia nunca nos dijeron que nos dedicáramos a ello, pero tampoco se opusieron, algo que sí les ocurría a otros. Nosotros conocíamos bien el oficio, no nos deslumbraba. Sabíamos de su dureza, no subíamos al escenario engañados".
Fuente: Julio Bravo (www.abc.es)


La actriz madrileña Julia Gutiérrez Caba (1934) ha sido galardonada con el Premio Max de Honor 2012. Gutiérrez Caba, para quien "el teatro es ese cuento que desde pequeños estamos acostumbrados a escuchar", ve recompensada una vida dedicada a la interpretación. Nacida en una familia de gran tradición artística, la actriz ha estado siempre vinculada al mundo del teatro, aunque también ha trabajado en cine y televisión. Además del Max de Honor, Gutiérrez Caba es premio Nacional de Teatro (1970), Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (1994), Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2006) y Medalla de Honor del Círculo de Escritores Cinematográficos (2011), entre otros galardones.
"Valoro mucho este premio, más incluso que otros que he recibido porque es un premio de teatro, que es lo que he conocido más y con el que me he educado. Es la vida de mi familia", ha declarado Gutiérrez Caba, hija de los actores Emilio Gutiérrez e Irene Caba Alba; y hermana de Irene y Emilio Gutiérrez Caba. La galardonada debutó en 1951 en la obra Mariquilla terremoto y a lo largo de su carrera ha representado obras de Miguel Mihura, Jacinto Benavente, Alfonso Paso, Antonio Gala, Juan José Alonso Millán, Santiago Moncada, Adolfo Marsillach, Agatha Christie, Bernard Shaw, Eugene O’Neill y Anton Chejov, entre otros, ha informado la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) en una nota.
Destacan sus trabajos en Las entretenidas (1962), A Electra le sienta bien el luto (1965), Flor de cactus (1966), Luz de gas (1967), Cuarenta quilates (1970), La profesión de la señora Warren (1973), Las tres gracias de la casa de enfrente (1975), Petra Regalada (1980) y El jardín de los cerezos (1986). Su último trabajo teatral fue Madame Raquin, de Èmile Zola, por el que fue finalista al Max a la Mejor Actriz Protagonista en 2002.

"Paciencia y trabajo"

Sobre su oficio, la intérprete señala que "requiere paciencia y trabajo y, sobre todo, tomárselo muy en serio porque exige muchas horas". "Yo lo pasé mal porque siempre pensaba que no iba a estar a la altura de mi familia o de la gente que tenía a mi alrededor", ha declarado. Si hay algo que le habría gustado hacer y que no llegó a realizar, se inclina por el musical: "Hubiera sido muy divertido en una etapa de mi vida, porque mis antepasadas han cantado, tanto mi abuela, como mi tía".
Gutiérrez Caba fundó en el año 1970 su propia compañía de teatro junto a su marido, Manuel Collado Álvarez, director teatral que falleció en 2009. Este proyecto duró diez años.
En el cine se inició en 1960 con Juan Antonio Bardem en A las cinco de la tarde. También interpretó Accidente 703La gran familiaNunca pasa nada, La herida luminosa (1997), de José Luis Garci, con el que también trabajó en You’re the one (una historia de entonces), por la que obtuvo el Goya a la Mejor Actriz de Reparto en 2000. En 2010 participó en Los ojos de Julia, de Guillem Morales.
En televisión dio sus primeros pasos a las órdenes de Jaime de Armiñán a comienzos de los sesenta con la serie Confidencias y con Adolfo Marsillach en Silencio, vivimos. En 2003 y hasta 2008 se la pudo ver en la exitosa Los Serrano y ha participado también en Águila Roja.
La actriz recibirá el galardón en la ceremonia de entrega de la XV edición de los Premios Max, el 30 de abril, en el teatro Circo Price de Madrid.
Fuente: www.elpais.com