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Fuente: Javier Yuste (elcultural.es) | Sergio Parra

Hace ya más de 500 años que Maquiavelo terminó de escribir El Príncipe y sus palabras siguen teniendo una actualidad que provoca estupor. ¿Acaso el ejercicio del poder no ha cambiado en todo este tiempo? Esta pregunta ha llevado al dramaturgo Juan Carlos Rubio (Montilla, Cordoba; 1967) a zambullirse en la vida y obra del escritor italiano. El resultado se estrena de manera absoluta en el Festival de Teatro Clásicos en Alcalá este viernes en un monólogo protagonizado por Fernando Cayo. La obra después pasará por Almagro, Olite, Olmedo, Sevilla, Cordoba, Lucena y llegará a Madrid, a los Teatros del Canal en octubre, cerca de la fecha de las elecciones generales.

¿Qué sensaciones tiene para el estreno de la obra en el Festival de Alcalá de Henares?
Muy positivas. A priori siempre tienes respeto al abordar un material que no es teatral como ocurre con estos textos de Maquiavelo.Básicamente la función está basada en El Príncipe pero también aparecen algunos fragmentos de otras obras suyas como Del arte de la guerra, o su correspondencia personal. Puede parecer que con estos recursos no hay suficiente material para una obra teatral pero todo ha encajado muy bien y el público que hemos tenido en algún ensayo ha salido muy interesado en la propuesta. Es increíble pero 500 años después las palabras de Maquiavelo siguen siendo actuales.

¿Cuál cree que es la clave para adaptar esta obra con éxito?
Es una fórmula compleja. La función, para empezar, es el resultado de un trabajo de colaboración muy grande en el que ha participado todo el equipo y especialmente Fernando Cayo que es un actor descomunal. Sin su complicidad no habría podido encontrar el conflicto personal de Maquiavelo. El monólogo se llama El Príncipe pero en realidad partimos de la obra para llegar al hombre, a Maquiavelo. Su correspondencia en este sentido es muy valiosa porque nos descubre lo que significa para él la pérdida de poder y el destierro, su frustración al no poder recuperar su vida anterior... Esto me dio un sustento dramático interesante para el monólogo. Además si a Fernando le das algo lo multiplica por mil. Al final creo que todo funciona teatralmente muy bien.

¿Por qué se decidió a adaptar esta obra?
La leí en el instituto con 15 años pero en aquel momento no sabía ni que iba a dedicarme a escribir teatro. Lo volví a leer pasados seis o siete años y me di cuenta de que era un texto que estaba perfectamente vigente. Maquiavelo utilizaba muchos ejemplos de su época pero, quitando eso, las líneas profundas de pensamiento son perfectamente actuales porque es un tratado sobre el poder y ante todo sobre la condición humana. Los seres humanos no hemos cambiado nada en miles de años, nos mueven las mismas pasiones y las mismas ambiciones y tenemos los mismos defectos. Me parecía además oportuno adaptar a Maquiavelo en estos momentos tan convulsos, de crispación y corrupción y de falta de ideales... Una función necesaria para este año electoral.

¿El ejercicio de poder implica mancharse las manos de sangre?
Este es un debate interesante y de hecho Maquiavelo así lo plantea. El que quiere mantenerse en el poder debe mancharse las manos aunque quizá no tanto con sangre como con otros líquidos o imágenes más actuales. El espectáculo facilita que el espectador saque una conclusión al respecto. Para mantenerse en el poder hay que cruzar una serie de líneas.

¿Hay que aparcar la ética y la moral para ejercer el poder?
No es tanto apartarla en bloque porque Maquiavelo sí que habla del término virtud, pero no en el sentido moral que tiene en castellano. El término virtud, según Maquiavelo, se refiere a una serie de valores que un príncipe o un gobernante debería tener y que no se pueden aplicar unilateralmente. Habla de astucia, de la manera de enfocar las cosas, de como para evitar un mal mayor a veces hay que elegir un mal menor... Esa es la realidad del poder y otra cosa es la utopía o la manera en la que nos gustaría que se hiciera. Cuando ocupas un lugar importante hay que tomar decisiones difíciles.

¿Qué opina Maquiavelo de la corrupción?
Le parece que lo peor que puede haber es que un hombre que crea una ley no la cumpla y por eso ataca la corrupción. La ética en el ejercicio de poder está relacionada con tomar decisiones que pueden ser difíciles o perjudiciales para ciertas personas en beneficio de la mayoría. La corrupción es otra cosa y a Maquiavelo le parece imperdonable.

Afirma Maquiavelo que el Príncipe gana más siendo temido que amado...
También plantea que se puede ser temido sin ser odioso. El término temor hay que manejarlo con cierta actualidad. Para un líder o para alguien que al final tiene que dirigir a un grupo de individuos es fundamental el respeto. Si no se cumplen ciertas condiciones hay que dar explicaciones y asumirlo. No todo vale. De eso depende el respeto.

¿Cobran un mayor interés los postulados de El Príncipe en este momento de convulsión política? 
Absolutamente. Estamos viviendo una explosión de nuevos partidos y el ciudadano se ve obligado a elegir. Pero al final, ocupe quien ocupe los puestos, el poder hay que ejercerlo de una determinada manera. El Príncipees un libro de cabecera para gente de izquierdas, de derechas... Lo que él plantea vale para cualquier ideología porque lo que aborda es la condición humana, el hombre enfrentado al poder.

¿Cómo está siendo trabajar con un actor como Fernando Cayo?
Extraordinario. Es un regalo. Te devuelve multiplicado por mil lo que tú solo puedes soñar. Es un actor superdotado: maneja su cuerpo, su voz, las emociones... Tiene un registro cómico, dramático...

Presentan la obra en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares...
Es un espacio mágico. Es un regalazo de verdad que estemos aquí y que Alcalá de Henares nos haya abierto las puertas para el estreno absoluto de la función. La sala es tan fabulosa y tan recogida, se ve tan bien y tiene tan buena acústica...

¿Cómo ve la situación del teatro en este momento?
Depende, es muy variada. Hay privilegiados dentro del colectivo profesional, entre los que me incluyo, que están trabajando mucho y otros compañeros con el mismo o más talento que no tienen tanta fortuna. La industria está sufriendo con la falta de apoyo y la subida del IVA y es un tema que no se corrige. La cultura no interesa en general a los políticos y es una lastima porque el pueblo vive mejor cuando se aumenta su nivel cultural y la posibilidad de acceder a más actividades artísticas. El teatro aguanta el temporal porque el público, a pesar de todo, sigue yendo. Ojalá vengan tiempos mejores.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Los años sesenta, dice José María Pou, son «la década de los jóvenes, de los derechos de la mujer, del Poder Negro, el movimiento gay y la contracultura; la de la guerra del Vietnam, los misiles nucleares y el bloqueo de Cuba; la del movimiento hippie, el muro de Berlín, el mayo francés, la píldora anticonceptiva y el “Haz el amor, no la guerra”. La década de la bohemia y la disidencia. La década del amor libre, la psicodelia y el pacifismo a ritmo de marihuana. La década musical por excelencia. La década de los Beatles, la de Janis Joplin y Jimi Hendrix, la de Bob Dylan y Joan Baez, la de Woodstock 69, “Hair” y “All you need is love”. La década de Martin Luther King, el Che Guevara, Neil Armstrong y Marilyn Monroe. La decada de John F. Kennedy, y de su asesinato».
El magnicidio que sacudió al mundo el 22 de noviembre de 1963 -pronto hará cincuenta años- fue el hecho, según Pou, que rompió los sueños y las ilusiones de toda una generación. De ella, del desencanto, del fracaso de los héroes, de la frustración y de los muñecos rotos habla «Los hijos de Kennedy», una obra de Robert Patrick estrenada en 1973 en el cuarto trasero de un pub londinense y que el boca a boca llevó pronto a los teatros de todo el mundo (también a los españoles: en Madrid se estrenó en febrero de 1977). El aniversario del asesinato fue la excusa que le ha servido al productor Pedro Larrañaga para volver a poner en pie esta obra (que interpretó su madre, María Luisa Merlo), con dirección de José María Pou y un atractivo y garante reparto: Maribel Verdú, Emma Suárez, Ariadna Gil, Fernando Cayo y Álex García. Ana Garay firma la escenografía y el vestuario, y la iluminación es de Juanjo Llorens.

Solos en el bar

Un bar es el escenario donde los cinco personajes de esta desengañada función -«a pesar de ello, con un humor increíble», dice Pou-, escupen su soledad y su frustración con una copa en la mano. Están en la década de los setenta y atrás queda la memoria de lo que pudo haber sido y no fue: «Sparger (Fernando Cayo) es un actor homosexual que vivió la contracultura y el underground teatral -explica el director-. «Carla (Maribel Verdú) es una aspirante a actriz, que tras la muerte de Marilyn Monroe se cree su sustituta. Rona (Ariadna Gil) fue una hippy, y cuenta el movimiento desde su vivencia. Wanda (Emma Suárez) es una secretaria, representante de laamericana media, y tras el asesinato de JFK dedica la vida a su memoria. Y Mark (Álex González) era un joven inocente al que embarcaron en un avión para luchar en la guerra de Vietnam, donde le convirtieron en un asesino». En ese bar (o esos bares), donde están para amortiguar su dolor, los cinco se encuentran solos, y hablan porque, dice Pou, «tienen la necesidad de comunicarse». Son «hijos» de Kennedy, pero también de Martin Luther King, de Marilyn Monroe, de Gandhi, de Timothy Leary...
Envuelta en canciones -«la década de los sesenta es, musicalmente, la más rica», sigue Pou-, la función pretende revisitar aquella época, porque el texto no es sino una crónica de aquellos días. «Muchos -confiesa el director- seguimos colgados de los sueños de los sesenta, porque se rompieron abruptamente».

TEXTO: JOHN STEINBECK
ADAPTACIÓN: JUAN CAÑO ARECHA y MIGUEL DEL ARCO
DIRECCIÓ: MIGUEL DEL ARCO
INTÉRPRETES: FERNANDO CAYO, ROBERTO ÁLAMO, ANTONIO CANAL, RAFAEL MARTÍN, JOSEAN BENGOETXEA, IRENE ESCOLAR, EDUARDO VELASCO, DIEGO TOUCEDO, ALBERTO IGLESIAS, EMILIO BUALE
DURACIÓN: 2h
PRODUCCIÓN: CONCHA BUSTO PRODUCCIÓN Y DISTRIBUCIÓN en coproducción con TEATRO ARRIAGA DE BILBAO, TEATRO CALDERON DE VALLADOLID, CLECE S.A., KAMIKAZE PRODUCCIONES S.L. y con la colaboración del TEATRO CUYÁS DE LAS PALMAS
TEATRO EL BOSQUE, MÓSTOLES (Espectáculo en gira)

Extasiada, así se resumiría en una palabra como salí del teatro. Muchas habían sido las buenas críticas, las recomendaciones continuas, pero pocas las posibilidades de verla. Barcelona volvía a ser un destino imposible para una buena producción de Madrid. Móstoles nos dio la oportunidad de ver uno de los mejores montajes de la temporada pasada de la cartelera madrileña, que aún continua de gira por España.

No conocía el texto, lo poco que pude leer en el folleto de mano me llevo a sumergirme en un mundo de pobres de cartera pero ricos de espíritu desde el primer minuto. Espectacular montaje, su puesta en escena sorprende, sus numerosos cambios escenográficos, conseguidos sólo con girar un par de piezas funciona y convierte a las transiciones en momentos de magia. La adaptación a cargo de Juan Caño Arecha y Miguel del Arco fluye, poco a poco y sin descanso te dejas atrapar por la historia, y las dos horas pasan en un suspiro.

De ratones y hombres habla de la amistad, de las relaciones humanas, de los deseos, de las frustraciones, de los sueños, pero también de temas políticos, muy presente está la discriminación a los negros, el menosprecio de la figura de la mujer, la diferencia entre los terratenientes y los casi esclavos trabajadores...

Por si fuera poco, el reparto es excelente, desde el primero hasta el último. Sorpresa mayúscula, la de Fernando Cayo, que mi ignorancia me lleva a recordarle por algún secundario televisivo y por algún papel teatral menor, y aquí coge las riendas de este barco, donde es protagonista, y se enfrenta a las tormentas con valentía, regalándonos una de las mejores interpretaciones de la noche. 

¿Qué decir del gran Roberto Álamo? Que parece recuperado del pequeño traspiés llamado deseo y nos devuelve su mejor cara. Lennie es la ternura hecha hombre, Álamo lo envuelve en un dulzura que convierte su maldad en bondad y el público no es capaz de culparle de sus actos.

Con una entrada desconcertante a escena, Irene Escolar aporta al personaje una inocencia, a veces exagerada y otras escondida tras una más que aparente provocación. Chocan su vestimenta, más moderna de lo que el canon de la obra pediría. Pese a todo, suya es una de las mejores escenas del montaje, junto con Lennie, hablando de sueños. Su mirada al público es sencillamente cautivadora.

De ratones y hombres, cautiva, convence, atrapa, ensueña y sobre todo fascina. Por lo que sigo preguntándome, ¿por qué no llegará a Barcelona? Es de esas cosas que nunca entenderé. De momento sigue de gira, si tenéis la oportunidad, no la dejéis escapar.

DE RATONES Y HOMBRES

by on 19:30
TEXTO: JOHN STEINBECK ADAPTACIÓN: JUAN CAÑO ARECHA y MIGUEL DEL ARCO DIRECCIÓ: MIGUEL DEL ARCO INTÉRPRETES: FERNANDO CAYO, ROBERTO...


Las nubes se deslizan veloces en un cielo azul. Debe de hacer mucho viento. En la tierra, un grupo de jornaleros avanza a cámara lenta, pesados y con signos de agotamiento. Dos hombres, uno de ellos tremendamente grande y con andares muy torpes, surgen del valle color trigo. Van en busca de trabajo a una granja, pero hacen un alto en el camino. Se tumban en el campo y ahí, con el cielo sobre sus cabezas, van desgranando su sueño. Con paciencia y generosidad, es George el que relata al gigantón Lennie cómo será esa casa al borde de la montaña desde la que podrán contemplar cada noche las estrellas, sin capataces ni trabajos que les machaquen y en la que el propio Lennie podrá tener su pequeña granja de conejos, esos animales con piel suave que tanto le gusta acariciar. Así comienza De ratones y hombres, el clásico del Nobel John Steinbeck, que, dirigido por Miguel del Arco (Madrid, 1965) y protagonizado por Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar y otros siete actores más, se estrena en el Teatro Español de Madrid el próximo 12 de abril, en una producción de Concha Busto.
De ratones y hombres es el mayor montaje teatral al que se enfrenta Del Arco, el director al que ahora todo el mundo quiere, el que se ha visto obligado a rechazar encargo tras encargo, el que tiene montajes cerrados de aquí a 2014. La obra de Steinbeck (California, 1902-Nueva York, 1968), escrita originalmente en 1936 como novela y trasladada al teatro por el propio autor, es una estremecedora historia que narra la vida y los sueños de los trabajadores de California, esos temporeros sometidos a durísimas condiciones en el campo, que se mueven en el límite entre la dignidad del ser humano y la animalización. Y en medio, la amistad de dos hombres, George y Lennie (Fernando Cayo y Roberto Álamo), que sueñan con paraísos anhelados, y la presencia de la única mujer (Irene Escolar), una joven casada con el violento hijo del capataz que lo único que desea es compañía. Además de ser una hermosa historia de amor es también un grito de libertad y de humanidad en un mundo acosado por la codicia y la esclavitud, la explotación de los hombres y las dificultades para amarse y comunicarse.
“Lo que más me atraía de esta obra, tan llena de violencia y dureza, tan oscura, era buscar el lado del ser humano, la compasión y el amor en medio de la hostilidad. George y Lennie viven en una jungla brutal, pero hay algo que les une, un vínculo indestructible, una amistad que tienen que ir justificando permanentemente a lo largo de toda la función pero que termina con un tremendo sacrificio. Es una historia también de lealtad, de emoción, de intentar comprender al otro en un mundo agrio. Es una obra que se mueve entre los paraísos perdidos, la infancia, y los anhelados, de los sueños que cada uno pueda conseguir. Es esa parte más luminosa la que me interesaba apoyar porque la parte más negra ya está bien definida. De ratones y hombres es una obra que duele, pero que ilumina”, explica Miguel del Arco, sentado en el Café Gijón de Madrid, con esa sonrisa y placidez que parece no abandonarle nunca.
Bien conocía Steinbeck la vida de todos aquellos desheredados de los valles de California. Él mismo se crió en una granja y compaginó sus estudios, que finalmente abandonaría, con sus trabajos de temporero en el campo. Y allí fue donde el escritor de Tortilla flat, Las uvas de la ira o Al este del edén conoció a esa gente que lo único que busca es prosperar, tener un trozo de tierra, en una lucha casi titánica contra los grandes poderes y tiranos. Esos desheredados que no saben hacia dónde ir, que lo único que hacen es dar vueltas a una noria como una mula sin levantar cabeza o acarrear con pesados fardos de cereal. Toda una historia que la convierte en universal y eterna y que por ello, Del Arco, decidió no trasladarla a la actualidad —“no me hacía falta”—. “Todo lo que les pasa a los personajes de De ratones y hombres se entiende perfectamente y el análisis de paralelismo con la situación que estamos viviendo es inmediato. Es una historia que tiene mucha vigencia. Esa sensación de que estamos ante una masa informe a la que no dejan que se salga del carril para así seguir manteniendo este sistema de corporaciones y gente adinerada, de intentar impedir que la gente tenga un pensamiento”. Del Arco habla como una metralleta, dispara las palabras como si temiera que alguna reflexión se le quedara en el camino.
George y Lennie llegan finalmente a la granja. Allí, en un barracón desvencijado, les esperan siete hombres. Les miran mal desde el principio. No entienden ese vínculo que une a los dos amigos. “¿Viajáis siempre juntos?”, les preguntan con ironía y burla. George tiene que proteger a Lennie, con deficiencia mental severa, de la brutalidad de ese mundo. Está cansado de llevarle siempre a cuestas por esos campos, pero nunca le abandona, le cuida, le acaricia. “Es un jornalero que no tiene recursos ni formación, pero con una gran capacidad de transformar los sueños en palabras, de contar historias y eso le es muy útil a la hora de relacionarse con Lennie. Es un tipo de una enorme generosidad y, al mismo tiempo, de una emocionalidad muy fuerte pero que no sabe conducirla bien”, explica Fernando Cayo sobre este potente personaje, con el que, reconoce, ha sobrepasado unos límites a los que él no estaba acostumbrado.
Y siempre junto a George está Lennie, ese grandullón desvalido y tierno (al enorme cuerpo de Roberto Álamo le han añadido una protesis para dotarle todavía una mayor envergadura) al que le obsesionan las cosas suaves, la piel de ratones y conejos. Cuando Steinbeck escribió la obra poco se sabía de las enfermedades mentales, explica ahora Álamo, que ha llegado a la cita con un enorme casco de moto en el brazo. Ni el actor ni el director querían hacer de Lennie un tonto del pueblo —“eso ahora no se entendería”, puntualiza Álamo, que ha contado con la ayuda de su mujer, una doctora especialista en autismo, para componer el personaje y darle la credibilidad que necesitaba—. “Lennie es la revolución afectiva de la obra. Steinbeck, de manera sabia y sencilla, puso en su boca todas las preguntas que los seres humanos se hacen mentalmente y pocos se atreven a plantear”. Como los niños. "¿Por qué no te dejan entrar en el barracón?", le pregunta Lennie al trabajador negro. "¿No te quieren escuchar? ¿Porque eres mujer?", le dice a la joven esposa. “Lo que demuestra el comportamiento de Lennie es que ser una buena persona no requiere inteligencia, solo humanidad”, añade el actor que interpretó a Urtain y en el que ve muchas semejanzas con el que ahora levanta, con una intensidad y una ternura enormes, en De ratones y hombres.
Y entre esa panda de hombres toscos, una única mujer, delicada y amable, solitaria y deseosa de compañía. Es la joven recién casada con Curley, el hijo del capataz, al que da vida Irene Escolar. “Es el papel más difícil al que me he enfrentado nunca. Combina fragilidad y fuerza y se tiene que ir presentando en escenas repartidas en tres salidas. Es mucho más fácil entrar en una escena y no salir nunca”, reconoce de primeras la actriz, que acaba de recibir entusiasmada el regalo de un ejemplar de un libro de Álvaro Cunqueiro. Si algo tenía claro Del Arco desde el principio es que quería huir del estereotipo de mujerona y jugar con ese elemento de físico delicado y delgado, de niña bonita. “Seleccionarme a mí creo que fue un riesgo porque soy muy joven y además no soy exuberante. Todos la ven como una furcia, pero ella no es así. Es una mujer solitaria que lo único que quiere es hablar con la gente. No tiene estudios ni formación. Su padre era un alcohólico y su madre lo único que ha buscado con ella es la boda con un hombre de cierto nivel económico. Ella solo tiene su cuerpo y su coqueteo para atraer a esos hombres. Solo quiere hablar y que le den cariño”, explica sobre su personaje Irene Escolar, emocionada con subirse de nuevo a ese escenario tan especial y querido en el mundo del teatro que es el Español. La primera vez fue cuando tenía 13 años en una zarzuela que dirigía Mario Gas y que se titulaba Adiós a la bohemia. “Tenía solo una frase y desde entonces no he subido. Solo entrar y olerlo…”, evoca ensoñadora.
La escenografía del montaje, el más grande en la trayectoria de Del Arco, es parte fundamental de las sensaciones que transmite la obra. “La primera premisa con Eduardo Moreno, el escenógrafo, fue el de volvernos un poco locos. Yo no quería el clásico pajar y las llanuras de California. Quería jugar con elementos muy teatrales para reflejar una situación real. Teníamos la necesidad de que fuera un espectáculo muy físico. Por eso es también una obra muy cansada para todos los actores”. A lo largo de los tres actos de la función, 120 minutos sin descanso, no sale ni una tramoya ni un maquinista. Son los actores los que mueven todo en el escenario, desde el levantamiento de la pared hasta el traslado de dos enormes cintas transportadoras de hierro. Y junto a la escenografía, sencilla pero muy poderosa, resalta la luz (obra de Juanjo Llorens), el sonido (Sandra Vicente) y la música (Arnau Vilà), y la introducción de montajes audiovisuales, elementos imprescindibles para entender las claves de la historia.
Todo ese esfuerzo físico e intenso en común ha contribuido, según su director, a crear una sensación de elenco, de grupo compacto, sobre todo tratándose de la primera vez que Del Arco se enfrentaba a una compañía que no es la suya y trabajaba con unos actores con los que nunca antes lo había hecho. Y el resultado no ha podido ser mejor si nos atenemos a las opiniones de los afectados —Cayo: “Es positivo y respetuoso, con un sentido de la verdad definido y claro”; Álamo: “Pone en el centro de la vida el amor y el humor”; Escolar: “Es el Elia Kazan de nuestro tiempo, su mirada está siempre pendiente del actor”—.
¿Qué tiene Miguel del Arco a la hora de trabajar que le hace tan irrepetible?
“Mis claves son el humor, la disciplina y el amor. Yo soy muy disciplinado en el trabajo, ensayo mucho, necesito mucho tiempo para los ensayos, voy muy rápido porque no quiero llegar apretado a los estrenos. No concibo llegar a un estreno con prisas. No puedo soportar los gritos en el trabajo, los malos rollos, que se hable mal. Discuto mucho pero nunca con gente enfadada. Creo que tengo capacidad para conectar con los actores. Soy muy veloz con todo, pero la paciencia con los actores no se me agota nunca. Quiero procurarles esa atmósfera lúcida para que puedan probar. Les voy empujando sin presiones, sin dar la impresión de que les azuzo. Me gusta ser un director desapercibido, que no se me oiga ni se me vea en el escenario. Reivindico también mi derecho a equivocarme y a probar de todo y con todo. Y para que se produzca esa sensación de que no hay límites en el planteamiento de las cosas, necesitas que el trabajo sea lo más lúdico posible, que la gente se lo pase bien. Con De ratones y hombres nos lo hemos pasado muy bien a pesar de ser una función horriblemente oscura. Nos hemos reído mucho, pero también llorado. Me han partido el alma un día sí y otro no”.
Y con ese grado de inconsciencia que se niega a perder y esa presión relativa que siente al ser uno de los directores de escena más exitosos y más deseados, este antiguo nadador y bailarín, músico y actor, espera con ansiedad su estreno en la sala grande del Teatro Español, que nunca antes había pisado, sí en la pequeña con La violación de Lucrecia, con Nuria Espert. “Noto la alegría y la felicidad de poder elegir y eso me hace sentir muy libre. En momentos me da un punto de vértigo, pero puede la parte feliz de este trabajo porque creo que estoy en las mejores condiciones desde el punto de vista artístico”. 

El deseado

El éxito de Miguel del Arco tiene una corta vida pero muy intensa. Fue en 2010 cuando despegó él y la compañía Kamikaze Producciones que comparte con Aitor Tejada, con el modesto montaje La función por hacer, basado en Seis personajes en busca de autor, de Pirandello, la mayor sorpresa de aquella temporada que, en horario nocturno y solo durante los fines de semana, se estrenó en el teatro Lara. El impacto de la obra fue tan grande que desde entonces Del Arco no ha parado.
De los primeros en fijarse en él fue José Luis Gómez que el mismo día que vio La función por hacer en Lara, le encargó el montaje que él quisiera para el teatro de La Abadía. Así nació Veraneantes, la reescritura del drama del ruso Máximo Gorki trasladado a la España de hoy. A la propuesta de Gómez siguió la llamada de Nuria Espert para hacer juntos La violación de Lucrecia, ese espléndido monólogo en el que la actriz se desdobla en cinco personajes y que estrenó en la sala pequeña del Español. Muy poco después se aventuraba con otra grande del teatro, Carmen Machi, y otro monólogo, en esta ocasión sobre Helena de Troya, Juicio a una zorra, que estrenó en La Abadía.
Pocos días después del estreno de De ratones y hombres le espera otro en el Centro Dramático Nacional. Será el 4 de mayo cuando llegue al escenario del teatro Valle-Inclán, El inspector, la obra de Nikolái Gógol. El inspector, una adaptación de la obra del autor ruso, es una comedia delirante sobre políticos corruptos, concretamente sobre un alcalde de un pueblo al que le visita un inspector de la ciudad. Del Arco ha sacado la historia de la Rusia zarista de mediados del siglo XIX, tal y como hizo con Veraneantes, y la ha trasladado a la actualidad aunque a ningún sitio en concreto. La obra, que tendrá una gran presencia musical, estará protagonizada por Gonzalo de Castro, Pilar de Castro y Juan Antonio Lumbreras, entre otros muchos.
Y así, de momento, hasta 2014.
De ratones y hombres. Dirección de Miguel del Arco. Intérpretes: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Irene Escolar. Teatro Español. Del 12 de abril al 27 de mayo.
Fuente: Rocío García (www.elpais.com)



Cuando John Steinbeck publicó la novela De Ratones y hombres en 1937 no podía imaginar que, casi un siglo después, la temática seguiría tan vigente. En la tragedia moderna que escribió, protagonizada por George y Lennie y con la Gran Depresión como telón de fondo, los destinos de dos seres marginados y errantes se topan con la inestabilidad de los mercados, las elevadísimas tasas de paro, los despidos, los desahucios, la precariedad… En definitiva, la misma desesperanza que hoy en día parece presidir la actualidad.
En la presentación de la obra, que ha tenido lugar esta mañana en elTeatro Arriaga de Bilbao con todo el equipo artístico presente, su director Miguel del Arco ha querido destacar ese paralelismo: “América aún sufría los estragos del Crack del 29, y pese a que en el momento en que se publicó la novela se empezaba a hablar de brotes verdes, ninguna de las políticas de recortar a destajo funcionó y solo les salvó la Gran Guerra. Esperemos que ahora no sea así, porque aún no nos hemos librado de muchas de las lacras en las que se mueven los personajes de De ratones y hombres”.
Más allá de los mensajes apocalípticos, tan presentes hoy en los medios de comunicación, Del Arco se queda con el coraje y la dignidad que desprende la novela de Steinbeck, y sobre todo con el amor y la compasión que se teje en torno a la relación entre los dos protagonistas: George, un pícaro errante interpretado por Fernando Cayo, y Lennie, un deficiente mental tan bruto como tierno que encarna Roberto Álamo. Dos seres marginados que se enfrentan al mundo de los poderosos en un ambiente hostil en el que permanentemente deben disimular la amistad que les une.
Mañana es el estreno absoluto de la obra en el Teatro Arriaga de Bilbao, que acogerá cuatro funciones hasta el domingo 11 de marzo.Emilio Sage, director artístico del teatro, quiso destacar que son los primeros en acoger esta obra y además, han participado en su coproducción junto a Concha Busto Producción y Distribución, el Teatro Calderón de Valladolid, Clece S.A. y Kamikaze Producciones S.L.
Entre el plantel de actores que participan en la obra destacan los dos protagonistas, Fernando Cayo y Roberto Álamo, ambos con un extenso currículum en el teatro, la televisión y el cine a sus espaldas. Para el primero, esta es su tercera coproducción con el Teatro Arriaga y en la presentación se ha deshecho en elogios para el resto del equipo, al que se ha referido como “un dreamteam que representa una tipología amplísima de la humanidad, precisamente lo que exige esta obra”. Cayo considera que De ratones y de hombres supone “un grito de libertad y humanidad en un mundo lleno de codicia. El desgarro, la crueldad y la tristeza están presentes, pero contrastan con una inmensa vitalidad y sentido del humor”.
Para la joven Irene Escolar, que interpreta a la esposa de Curley que ni siquiera merece un nombre, el papel es una oportunidad única. "Al no nombrar a este personaje", explica Escolar, "Steinbeck quería universalizar el hecho de que las mujeres somos las esclavas del esclavo, como en la canción de John Lennon. Mi personaje es un mero objeto sexual ignorado, está desgarrado por la soledad y la depresión, como todos los de la novela pero más aún por el hecho de ser mujer".
Al contrario que en la novela Las uvas de la ira, aquí la trama se acota mucho a la relación entre los dos personajes protagonistas. El hilo argumental transcurre en gran parte en las enormes granjas de producción agrícola de los años treinta y para mostrar ese ambiente la escenografía ha sido complicada. Miguel del Arco ha explicado que en la puesta en escena hay pocos elementos pero muy pesados, dado que se quería reflejar la realidad de las jornadas titánicas de trabajo en que el ser humano se alienaba hasta la categoría de bestia de carga.
John Steinbeck dijo una vez: "Yo escribo para que los hombres se entiendan unos a otros, porque conocer mejor a un hombre casi siempre lleva al amor y no al odio". Para Miguel del Arco, esa es la esencia de la obra: "Parece apostar por la desesperación y el final es atroz, pero al mismo tiempo hay algo fabulosamente iluminado dentro de la humanidad de los personajes y las emociones que transmite la puesta en escena parten de lo negativo pero acaban siendo esperanzadoras".
La voz de los desheredados
Este año se cumple el 110º aniversario del nacimiento de John Steinbeck (1902-1968), prolífico escritor californiano que destacó por su crítica al capitalismo, lo que le granjeó no pocos enemigos entre los sectores más conservadores de la sociedad. En muchas de sus novelas plasmó el mundo de los seres marginales que vagabundeaban por la América rural desolada en los años de la Gran Depresión.
Steinbeck fue cronista para The San Francisco News y sus reportajes fueron el telón de fondo de gran parte de su obra. Entre sus novelas destacan Las uvas de la ira y Al Este del Edén, que le valieron el Premio Pulitzer en 1940 y el Nobel de Literatura en 1962. Ambas obras fueron adaptadas al cine bajo la dirección de nombres de prestigio como John Ford (Las uvas de la ira) o Elia Kazan (Al Este del Edén).
De ratones y de hombres, publicada en 1937, fue adaptada al teatro por el autor estrenándose en el Music Box Theatre de Nueva York en 1939. Basada en sus propias experiencias como vagabundo en los años veinte, fue llevada al cine en 1939 por Lewis Milestone bajo el nombre La Fuerza Bruta y posteriormente por Gary Sinise en 1992. Esta última adaptación, protagonizada por John Malkovich en el papel de Lennie, fue la más exitosa y aclamada por la crítica.
Fuente: www.elpais.com