Mostrando entradas con la etiqueta Peter Brook. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Peter Brook. Mostrar todas las entradas
Fuente: Elisa Díez (Butaques i Somnis)

La mejor noticia del verano es el Festival de Otoño de Temporada Alta 2015. En esta edición hay 110 espectáculos, 25 producciones/ coproducciones catalanas, españolas e internacionales y 36 estrenos absolutos. Vamos a llenar las agendas, que ya tardamos! Como la economía no está para tirar cohetes, por mucho que digan, aquí os dejo mis 10+1 imprescindibles de esta edición. Nos vemos en Girona!

DINAMO-Claudio Tolcachir-Teatre de Salt-Viernes 9 de octubre 21h | Sábado 10 de octubre 18h| 30€-22€ | 1h 30min

Impresionate escenografia roulotte, con unas maravillosas actrices argentinas y con música en vivo. La poesía del dramaturgo argentino vuelve a llenar la atmósfera teatral con tres mujeres que ruedan perdidas pero que como viene siendo habitual, Tolcachir llenará de sorpresas a la vuelta de la esquina su camino y por ende también el nuestro.

UBU i LA COMISSIÓ DE LA VERITAT- William Kentridge-Teatre Municipal de Girona- Teatre Municipal de Girona- Domingo 11 de octubre 18h| 36€-22€-12€ | 1h 30min

Combinación explosiva del mundo los títeres, actores de carne y hueso, música, animación, elementos de teatre documental, el espectáculo adapta la sátira sobre el rey enloquecido y despótico y lo traslada al apartheid sudafricano. 

ESTÁ ESCRITA EN SUS CAMPOS- Lagartijas tiradas al sol- Sala La Planeta- Viernes 16 de octubre 21h| 18€ | 1h 30min

En los últimos años, el narcotráfico mexicano ha cambiado: diversificación de substancias, aumento del consumo, más violencia y más profesionalización de las organizaciones criminales. El teatro documental de la compañía Lagartijas tiradas al sol nos acerca a la historia del narcotráfico a través de la vida de El Tigre, un rapero y pequeño narcotraficante.

LE SEC ET L'HUMIDE - Guy Cassiers- El Canal-Diumenge 18 de octubre a las 18h| 28€ | 1h

Guy Cassiers es uno de los referentes europeos de creación escénica. Sus espectáculos combinan tecnología y literatura. El doble proyecto con Temporada Alta que se completará en 2016 con la adaptación de la novela Les Benignes, y que empieza con Le sec et l'humide, un ensayo de Littell donde experimenta con técnicas de distorsión sonoras y nos pone en la piel de un historiador que va perdiendo el control del tema durante una conferencia sobre Degrelle.

L'ÚLTIMA CINTA DE KRAPP- Oskaras Koršunovas- Sala La Planeta- Viernes 23 de octubre 22h | Sábado 24 de octubre 18h| 25€ | 1h

Prepárate para sumergirte en el teatro más intenso y turbador de la escena internacional. Después de Shakespeare, Gorki o Chéjov, le toca el turno a Samuel Beckett y su personaje absurdo Krapp, un hombre que graba su voz para luchar contra el tiempo, un personaje perseguido por las sombras del pasado.

MESURA PER MESURA- Declan Donnellan- Teatre Municipal de Girona- Miércoles 28 de octubre 21h | Jueves 29 de octubre 18h| 36€-22€-12€ | 1h 50min

Y aunque ya se avanzó en julio la presencia de Donnellan, no deja de ser un imprescindible más del festival. Una aproximación a Shakespeare de uno de los directores más reconocidos de Europa con actores rusos del Teatro Puixkin de Moscú. Mesura per mesura es uno de los textos más incisivos con la naturaleza de los gobiernos.

NOTRE PEUR DE N'ÊTRE- Fabrice Murgia- El Canal- Viernes 30 de octubre 21 | 36€ | 1h 20min

Un espectáculo que aborda la soledad extrema de la sociedad hiperconectada con un montaje lleno de recursos expresivos y tecnológicos: video, luces, sombras, sueños y realidad. Fabrice Murgia consigue crear un retrato denso y contundente del ser humano contemporáneo y de su miedo a "no-ser".

EL MATRIMONI DE MARIA BRAUN- Thomas Ostermeier-Teatre Municipal-Dissabte 7 de noviembre 18h y 21h | 36€-22€-12€ | 1h 45min

Ostermeier adapta una de las películas más conocidas de Fassbinder. Teman y Maria Braun se casan durante un bombardeo en medio de la Segunda Guerra Mundial. Dos días después, Hermann marcha al frente y no vuelve. Para sobrevivir, Maria se ve obligada a prostituirse y a aprender las normas de un mundo dominado por los hombres.

THE VALLEY OF ASTONISHMENT- Peter Brook- Teatre Municipal- Sábado 14 de noviembre 21h | Domingo 15 de noviembre 18h | 36€-22€-12€ | 1h 10min

Salvador Sunyer afirmaba en la rueda de prensa que Peter Brook es muy grande (de edad) y es muy grande (en sus creaciones), es el director extranjero que ha estado más veces presente en el Festival. En esta ocasión iniciaremos un viaje de exploración y misterios por el cerebro humano. El montaje permite entender los complejos misterios de la inteligencia y la razón, y está inspirado en el poema épico del persa Farid Attar, La conferencia de los pájaros.

ANTON TXÈKHOV- Michael Pennington- Teatre-Auditori de Sant Cugat- Viernes 4 de diciembre 21h | 26€ | 2h con entreacto de 15min

Tranquilos que no es que Girona se haya anexionado Sant Cugat del Vallés, es la voluntad de que se expanda por todo el país el que implica que dos de los montajes de este año hagan las maletas y se representen en la ciudad del Vallés.Michael Pennington nos presenta un espectáculo sobre la vida de Anton Chéjov escrito, dirigido e interpretado por él mismo.

LOS BICHOS/ LAS PLANTAS- Pablo Messiez- Sala La Planeta- Martes 8 de diciembre 18h | 18€ | 1h 35 min con un entreacto de 10 min

Por fin, alguien nos acerca la dramaturgia de Pablo Messiez, un autor con una poética tan especial que se me ponen los pelos de punta y se me enciende el corazón. Es mi +1 imprescindible. Ambas obras tienen en común la soledad de las vidas de sus protagonistas, Alicia y Natalia, el afán por entender de que están hechas sus respectivas soledades y el deseo de dejar de estar solas.

TODA LA PROGRAMACIÓN AQUÍ


Fuente: Alberto Ojeda (elcultural.es) | Foto: Pascual Víctor

“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral”. Es la sentencia con la que Peter Brook (Londres, 1925) arranca su ensayo El espacio vacío, una especie de catecismo para la profesión escénica. Apareció en Inglaterra en 1968 y, a través de constantes reediciones y traducciones, su mensaje sigue marcando el paso de muchos directores de teatro. Él está considerado el más influyente de todo el gremio. Pocos estarían dispuestos a escatimarle tal consideración a sus 89 años, setenta al pie del escenario. Con su credo minimalista y austero desencadenó una revolución en las tablas británicas que luego diseminó por el mundo. Su apuesta por la sencillez (nada que ver con la simplicidad) sigue imperando en sus montajes. Buen ejemplo es el último de su abrumadora producción, El valle del asombro, tejido junto a su más estrecha colaborada desde hace cuatro décadas, Marie-Hélenè Estienne, que llega a los Teatros del Canal (del 23 al 26 de octubre), dentro del Festival de Otoño a Primavera de la Comunidad de Madrid. 


Desde su casa en París, al otro lado del teléfono, Brook explica a El Cultural cómo se fue gestando una obra que abre el cerebro como un melón. Un tajo que permite al espectador asomarse a su misterioso funcionamiento. Hay que echar la vista atrás unos cuantos años para encontrar el punto de partida. En 1985, el maestro británico completó el mayor desafío de su carrera: la representación del Majabhárata, el texto sagrado indio (¡9 horas de función!). Un hito histórico que estuvo a punto de enjaular a su artífice. “Desde ese momento, empezaron a lloverme invitaciones para escenificar los mitos de diferentes culturas: la islandesa, la germana...”. Brook no tardó en desmarcarse. Sus intereses se concentraron en la mente y sus arcanos. En realidad no se distanciaba de su propósito de siempre: encender pequeñas luces sobre los enigmas de la existencia humana. Simplemente cambiaba el enfoque. 



Siguiendo esta línea, elaboró dos curiosas piezas. Una primera en 1993: The homme qui, adaptación del conjunto de relatos titulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, del neurólogo británico Oliver Sacks, que Brook utilizó para documentar diversas patologías psíquicas. La segunda, en 1998, fue Soy un fenómeno. Basada en el libro del doctor Alexander Romanovich Una memoria prodigiosa, recreaba la historia de un paciente con una facultad extraordinaria (lo recordaba todo) que más bien era una dolorosa condena (no olvidaba nada). 



El valle del asombro remata una trilogía sobre los inciertos engranajes del cerebro, por el que Brook siente fascinación: “Toda la vida de un hombre depende de esa masa de carne de aspecto tan desagradable encerrada en una caja que llamamos cabeza. Todo está conectado con ese centro nervioso: lo más horrendo, lo más sublime, el gozo por la música, el impulso religioso... Es un prodigio”.Esta vez ha reparado en otra anomalía, también con una doble faz. Es la percepción sinestésica, una alteración de los sentidos que conduce a escuchar colores, saborear notas musicales, palpar conceptos abstractos, olfatear texturas... La absorción de la realidad es más rica pero también puede ocasionar algunos desbarajustes cognitivos. 



Ese trastorno parece un material demasiado complejo y etéreo para modelarlo con las herramientas del teatro. Pero Brook desmiente la presunta limitación: “El teatro tiene la virtud de mostrar lo que es invisible o hermético en condiciones normales. Cuando ves a alguien por la calle, resulta imposible colarse en el interior de su cerebro. En cambio, en el teatro sí puedes acceder a ese territorio oculto. Es justo lo que hemos hecho con esta obra. Conducimos al público por el asombroso valle de la mente, a lo largo de un periplo sinuoso, porque todo valle tiene sus colinas y sus vaguadas, sus infiernos y sus paraísos”. La estructura de la obra como un viaje la toma Brook del poeta persa del siglo XII Farid al Din Attar. En concreto, de su obra magna, La conferencia de los pájaros: parábola mística que concluye que, para toparse con Dios, es más acertado mirar hacia dentro que hacia fuera, y que el director londinense montó ya en 1979.

A estas alturas de su carrera, Brook tiene la necesidad de revisarse. En su anterior visita al festival madrileño, hace dos temporadas, exhibió una nueva versión de El traje, el cuento del surafricano Can Themba con el drama del Apartheid como paisaje de fondo, que ya había adaptado en 1999. “Odio repetirme. Pero esto no tiene nada que ver. Me sucede con textos por los que siento un interés especial y creo que puedo llevarlos más lejos y profundizar más en sus historias. La realidad, además, está en constante cambio y el teatro debe correr tras ella con un espejo en las manos para reflejarla”. 


¿El objetivo de un director debería ser siempre transportar a su público al valle del asombro?

Sin duda. Es lo que siempre he buscado: que la gente que va a ver mis obras no se encuentre con lugares comunes sino que vivan una experiencia sorprendente. La vida humana es un compendio de misterios que el teatro ha de revelar. Esa es una máxima aplicable a todo tipo de teatro, incluido el político, al que hay que exigirle que desenmascare las falacias y corruptelas de nuestros representantes públicos. 

¿No cree, por cierto, que la política cada día se parece más al teatro?

Quizá es que no puede ser de otra manera. Todo líder político utiliza las palabras para hacer que sus mensajes suenen verdaderos y convincentes, mensajes que muchas veces son una burda mentira. El actor hace el mismo esfuerzo, aunque podríamos decir que sus mensajes no son mentiras sino invenciones. Ambos deben vestir las palabras con los ropajes de la verdad. Ahí se acaban los paralelismos.

¿Y en qué se diferencia el teatro de la vida?

El teatro es vida. Vida concentrada en un pequeño espacio y durante un corto periodo de tiempo. El teatro permite mirar la vida a través de un microscopio, por eso es tan revelador. La realidad en general se manifiesta diluida y el teatro lo que hace es condensarla para observarla con más detalle.  

La labor de Brook remite así a la del científico enclaustrado durante horas en el laboratorio, entre tubos de ensayo, muestras congeladas y batas blancas. Paciente y escrutador. Tras una fulgurante carrera en Inglaterra desde mediados de los 40 hasta finales de los 60, durante la que comandó la Royal Opera House y la Royal Shakespeare Company y tuvo bajo sus órdenes a todo el star systembritánico (John Gielgud, Laurence Olivier...), decidió ralentizar los tiempos de cocción de sus estrenos. Huyó de la trepidante cadena de montaje del West End y se afincó en París. Allí fundó el Centro Internacional de Investigación Teatral, que acabaría teniendo como sede Les Bouffes de Nord. Desde este coliseo decimonónico que salvó de las termitas, a la espalda de la Gare du Nord, ha ido destilando decenas de producciones. En su etapa británica recorrió exhaustivamente la dramaturgia shakespereana, en la que hoy sigue siendo una autoridad mundial. Con su salto a Francia expandió el radar de búsqueda de fuentes textuales más allá de la órbita occidental. Narraciones de África y la India permearon en sus investigaciones y acuñó como marca de la casa los elencos cosmopolitas y étnicos.

¿Quién le ha enriquecido e iluminado más: Shakespeare o la literatura oriental y africana?

Todo suma pero no por casualidad Shakespeare se representa en todo el mundo y se le ha traducido a cientos de lenguas. La historia de la literatura es una montaña en cuya cima está la obra de Shakespeare. Desde esa altura puede verse el alma humana en toda su extensión.

¿Cómo cree que ha evolucionado ésta a lo largo del último siglo, que casi lo ha vivido al completo? 

La humanidad ha alcanzado altos niveles de refinamiento espiritual en otras épocas. Desde entonces, por desgracia, no ha dejado de degradarse. Atravesamos un periodo de oscuridad, como el que narra el Majabhárata, en el que las personas tienen muy complicado encontrar su camino. Todo es confusión. Hace falta luz, pero nadie sabe de dónde traerla, aunque muchos profetas alcen su voz vendiendo soluciones mágicas.  

¿Siente que todavía le queda mucho por contar desde el escenario?

Cuando dirigí mi primera obra, no tenía ni idea de cuál sería la siguiente. Nunca he seguido un plan. Todos los proyectos se han ido cuajando en conversaciones con mis colaboradores. Tampoco he decantado técnicas ni reglas de aplicación universal e intemporal. Creo que ahogaría la creatividad específica que requiere cada montaje. Así ha sido hasta hoy y así seguirá siendo. 




¿Conexiones erróneas? 

La ciencia entiende el fenómeno de la sinestesia como una alteración de la percepción. Al recibir determinados estímulos provocados por números o días de la semana, por poner dos ejemplos, se observan diferentes colores. Para Manuel Martín-Loeches, profesor de Psicobiología de la UCM y director de Neurociencia Cognitiva del Centro de Evolución y Comportamiento Humano (UCM-ISCIII), cada persona sinestésica tiene su particular combinación: “Es un fenómeno que no se conoce en profundidad. Todavía faltan estudios. Se cree que se debe a conexiones ‘erróneas' o poco habituales entre distintas zonas de la corteza cerebral dedicadas a las percepciones visuales auditivas e incluso táctiles.” 

Según Loeches no sería tanto una distorsión como una ampliación. Es decir, se percibe más de lo que hay: “El mecanismo es tan sencillo como la existencia de conexiones, axones de células nerviosas, entre áreas que normalmente no estarían conectadas”. Se cree que una de las etapas sinestésicas por excelencia es la que abarca los primeros años de vida. “El mecanismo es ‘ciego'. En este período se establecen muchísimas conexiones entre distintas zonas del cerebro, especialmente de la corteza, de las cuales sólo sobrevivirán aquellas que se utilicen. En los sinestésicos habrían sobrevivido algunas que normalmente se eliminan”, explica el neurocientífico. Como en el caso de Peter Brook en El valle del asombro, las rutas que la sinestesia nos abre hacia el arte, la creatividad y el conocimiento de nosotros mismos pueden ser infinitas. Al menos desde su interpretación. “No es corregible ni tratable -ataja Loeches-. Tampoco es necesario porque no altera en ningún momento la vida normal. Los sujetos afectados lo saben, conocen perfectamente las diferencias que experimentan con el resto de la gente”.  J.L.R

Fuente: Julio Bravo (abc.es)
Un año más, el director británico Peter Brook ilumina el Festival de Otoño a Primavera, del que es asiduo desde que, en su segunda edición, presentara su legendario «Mahabharata». En esta ocasión es el encargado, con el Théâtre des Bouffes du Nord, de inaugurar la XXXII edición de este certamen, presentará, desde la semana próxima y hasta junio del año próximo, una quincena de espectáculos, con la presencia de importantes figuras internacionales.
«The Valley of Atosnishment» («El valle del asombro») es un espectáculo creado y dirigido por Peter Brook y Marie-Hélène Estienne. Se estrenó en abril de este año en París. «Si vamos al teatro -dicen los dos creadores-, es porque queremos que nos sorprendan, incluso, que nos asombren. Y aun así, solo podemos interesarnos si sentimos un vínculo fuerte con nosotros mismos. Luego, estos dos elementos opuestos tienen que unirse, lo familiar y lo extraordinario».
Según explican los responsables del espectáculo, «¿es posible imaginar un mundo donde cada sonido tiene un color, donde cada color tiene un sabor, donde el número ocho es una señora gorda. “The valley of Astonishment” explora las experiencias fascinantes de personas reales que ven el mundo bajo una luz radicalmente distinta. Es un viaje caleidoscópico s un viaje a los misterios y maravillas del cerebro humano, inspirado por años de investigación neurológica, historias reales y el épico poema místico de Farid Attar “La conferencia de los pájaros”».
El espectáculo cuenta con la iluminación de Philippe Vialatte y la interpretación de los actoresKathryn Hunter, Marcello Magni y Jared McNeill, y los músicos Raphaël Chambouvet Toshi Tsuchitori.

Sinestesia

En «El hombre que...», un trabajo anterior de Peter Brook, el director se inspiró en «El hombre que confundió a su mujer con un sombrero», del neurólogo Olivier Sacks. Era una primera aproximación al mundo del cerebro humano. En «The valley of Astonishment» se centra en la sinestesia -en neurofisiología, es la asimilación conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos en un mismo acto perceptivo-. La obra habla de distintos casos de sinestesia; en especial, según contaba el diario «Le Monde», en el de Sammy Costas (inspirado en Solomon Shereshevsky), una mujer que padece una forma de sinestesia que consiste en asociar números con posiciones en el espacio. «Su historia -escribió Fabienne Darge-es fascinante: fue despedida del periódico donde trabajaba por su exceso de dotes, por su desfase respecto a los demás. Sammy Costas se convierte en un fenómeno, tanto para los científicos que la estudian como para la sociedad, donde llega a ser estrella de un espectáculo teatral y televisado. ¿Cómo vivir con un don-hándicap que te aísla de los demás y te convierte en un monstruo de feria presentado para que el público te devore? ¿Cómo vivir con una memoria fuera de lo común?»
Y concluye Peter Brook: «Hoy, una vez más, exploramos el cerebro. Llevaremos al espectador por nuevos y desconocidos territorios a través de gente cuyas vidas son tan intensas, tan inmersas en música, color, sabor, imágenes y memorias, que en cualquier instante pueden pasar del paraíso al infierno y de vuelta otra vez».

Fuente: Vicente Jiménez (elpais.com)
Oír el color amarillo, ver un do sostenido, tocar el dulce del azúcar, saborear el tacto del terciopelo, oler un número… La sinestesia es un desorden (o un regalo del cielo) que mezcla los sentidos y que padecen (o gozan) muchas personas en la intimidad. El cielo y el infierno juntos. Peter Brook, el gran director teatral, nos entrega a los 89 años su tercer viaje al cerebro humano. Primero fue El hombre que (1993), basado en textos del neurólogo Oliver Sacks. Después llegó  Yo soy un fenómeno (1998), la historia real de un hombre condenado a recordarlo todo, desde la caída de una hoja hasta el nacimiento de un hijo. Ahora, el genio británico nos lleva al El valle del asombro (Valley of Astonishment), título tomado del poema épico La conferencia de los pájaros, del persa Farid Al-Din Attar(siglo XII), obra con la que vuelve, por décima vez, al Festival de Otoño a Primavera de Madrid del 23 al 26 de octubre en Teatros del Canal.
Brook recibe a EL PAÍS en el Theater for a New Audience de Brooklyn. Es una mañana luminosa y el teatro está vacío. Marie-Hélène Estienne, su compañera desde hace 40 años, llega la primera a la improvisada sala de café que acogerá la entrevista. Nos advierte de que no serán posibles las fotos en el escenario: “Están ensayando otra obra”. Brook aparece apoyado en su bastón. Le cuesta caminar pero cada paso, firme en su fragilidad, es una revuelta, una reafirmación de su presencia en la tierra. Brook posa en el patio con árboles que rodea al edificio. Allí, un tranquilo vagabundo ajeno a todo contempla la breve sesión.
Esta es su tercera obra sobre el cerebro humano. ¿Está obsesionado con ese órgano?
¿Tiene usted cerebro?
Creo que sí, pero a veces no estoy seguro.
Se equivoca. Le guste o no, todas las criaturas tienen algo ahí. Ese horroroso trozo de carne controla cada aspecto del pensamiento, del movimiento... Todo está ahí. Es un mundo, un universo. En uno de sus libros, Oliver Sacks dijo: “La gente a la que se considera loca, vive las mismas aventuras épicas que los mitos griegos”. Después de haber hecho Mahábharata nos preguntamos dónde podríamos encontrar eso hoy. No en las calles, no en la política... El teatro es compartir algo que toda la gente puede sentir, que es la riqueza y los problemas que se materializan en la gente que sufre alguna dificultad.
Parece más una investigación que una obra de teatro...
No sé cuál es la diferencia. En su día llamamos investigación teatral a El hombre que. Es más bonito en francés: recherche théâtrale. No sé cómo se dice en español.
¿Investigación teatral?
Investigación teatral. Hacer una obra de Shakespeare, ¿es una investigación? No sabemos a dónde vamos. Entramos en la obra, pero Shakespeare está más allá de usted y de mí. Siempre se abre algo. Esa es la razón por la que estoy en contra de la tradición. La tradición es cerrar la puerta. Me parece horrible una ópera cuando me dicen que su compositor la escribió hace 300 años para que se haga de una determinada manera. Yo les digo que la ópera está llena de vida, de humanidad, los cantantes, los actores…. ¿Investigación? Sí.
¿Qué vínculos tiene esta obra con El hombre que y Yo soy un fenómeno?
Esta tiene que ir más lejos. Por eso se llama El valle del asombro, que viene de La conferencia de los pájaros, un viaje de decenas de pájaros en busca de un rey en el que tienen que atravesar muchos valles. Cada valle es más difícil y al mismo tiempo más abierto que el anterior. Subes, bajas y vuelves a subir. Y desde ahí ves lo que no podías ver desde el otro lado. El hombre que abrió este tema; Yo soy un fenómeno fue una investigación de algo nuevo, el caso de un hombre real con una extraordinaria memoria en la que la sinestesia mezclaba los colores, las formas, los sabores. Son personas que están entre el asombro y las dificultades. Desde ahí queríamos ir más lejos.
He intentado imaginar un mundo en el que cada sonido tiene un color; cada color, un sabor; donde un número es una mujer obesa, como sucede en El valle del Asombro. Me parece una pesadilla.
Pero podemos sentirlo. Cada vez hay más gente que viene a al teatro a ver lo extraordinario. El teatro nos permite sentir algo. Eso es el teatro, sentir algo.
¿Por qué la sinestesia?
Es una enfermedad que se conoce desde hace cientos de años. Ha habido grandes escritores, poetas, compositores que la han padecido. Pero solo recientemente, hace 30 o 40 años, los neurólogos le pusieron nombre. Cuando empecé mi investigación con Marie-Hélène, muchos amigos médicos me preguntaban qué estaba haciendo, y les decía que algo sobre la sinestesia. Ninguno de ellos conocía esa palabra.
Los sinestésicos, ¿son afortunados o desgraciados?
Las dos cosas. El médico les dice que es una enfermedad poco frecuente y que va a intentar curarles. Pero ellos dicen que no, que es su vida, que no puede arrebatársela. Y pagan un precio muy elevado, porque sufren. Sufren por sus padres, que les dicen que no se lo digan a nadie. Más tarde, en el colegio, los profesores les dicen que por qué no escuchan. Llegan a la edad en que pueden salir al mundo y esconden lo que les pasa. Se sienten apartados, pero desean formar parte de la comunidad. Algunos han descubierto que la enfermedad es una fuente creativa. Y se ponen a pintar. Otros son músicos. La pureza es una fuente de descubrimientos. Por eso decimos que la sinestesia puede ser tanto el paraíso como el infierno.
Para la obra trabajó con gente con sinestesia. ¿Cómo fue la experiencia?
Estaban muy contentos. La gente con cualquier enfermedad agradece el interés desde el cariño. Sin amor no puedes hacer nada.
El personaje principal es una mujer con una capacidad prodigiosa para recordar (interpretado por la estadounidense Kathryn Hunter). Pero al mismo tiempo es su condena. ¿Es posible vivir sin olvidar?
Podemos aprender a olvidar. Hoy en día existen técnicas para la gente que revive las cosas terribles que ha sufrido. Pero eso es muy pequeño en comparación con el vaciado de toda la memoria. Piense en su memoria, en la cantidad de cosas que tiene. Basta una cosa pequeña para que salgan a flote. No tengo ninguna razón para pensar en EL PAÍS o en Madrid, pero si usted los cita mis recuerdos me llevan a mi primera vez en Madrid. Y le puedo hablar de ello durante media hora. Para deshacernos de todo eso se necesita ayuda.
Los seres humanos recibimos cada día montañas de información desordenada. ¿Cómo soportarlo?
Lo hacemos, porque tenemos un mecanismo que dice esto sí y esto no. Sin embargo, El valle del asombro es la historia de alguien que no puede. Es un paraíso y un infierno. Es maravilloso poder recordar cuando lo deseas, y horroroso cuando sientes que no puedes evitar hacerlo, que todo queda ahí. Imagine todo lo que le sucede en un día. Si cierra los ojos y todo eso vuelve, usted gritaría.
¿A qué se refiere cuando dice que quiere llevar al espectador a territorios desconocidos con esta obra?
Usted hace el esfuerzo de ir al teatro y espera algo que le emocione. El teatro está para experimentar algo. Si vas y te decepciona, tienes una experiencia mala. Pero si vas y, como se dice en francés, ça vaut la peine... ¿Cómo es en español?
Vale la pena.
Esa es la prueba, si vale la pena. Esa es toda la diferencia. Es la razón por la cual no puedo trabajar sin sentir que el público forma parte de ello. No tiene sentido. Si el público no forma parte de lo que hacemos, es una masturbación. Un grupo de actores trabajando sin público es una masturbación. Todos los ensayos son para el momento de la verdad. Es ese momento en el que piensas que estás viviendo la misma experiencia que la gente. En ese momento la experiencia vale la pena.
¿Se refiere a eso cuando afirma que con El valle del Asombro nos quiere enseñar lo invisible?
Quiero enseñar cómo lo invisible se apodera de nosotros. Es lo que se llama inspiración. En el flamenco, por ejemplo, el cuerpo que estamos viendo no cambia, es igual, la cara, los ojos, el pelo... Pero mientras escuchas, de repente, sientes la inspiración, lo invisible llega y entra en el sonido, en las palabras y se apodera de ti. Es como la corriente eléctrica, como la luz.
¿Una obra es como un cerebro humano?
El teatro lo es. Para mí, es un cerebro compartido. Nosotros, el público, la gente que actúa, los músicos, compartimos la experiencia dentro de un espacio. Lo ideal para la concentración es un espacio cerrado. Pero no cualquier espacio cerrado, sino uno que da a todo el mundo esa sensación de estar dentro de un cerebro.
Esta es la décima vez que usted acude al festival de Madrid.
Madrid forma parte de mi vida. Empezó muy pronto. Una cosa muy interesante que observé es que en el español hay algo más cercano al inglés que en los otros idiomas europeos. Aunque es un idioma latino y son culturas diferentes, hay algo común en el gusto y en la textura. En la época dorada del teatro español observamos una mezcla de algo hermoso y poético, en el sentido de un idioma que tiene una textura.
Veo que se atreve con algunas palabras en español.
Aprendí un poco con un libro antes de ir a Madrid en mi primera visita. Le dije al hombre del hotel: “La llave”. “Sí, señor”, me contestó. Le dije, “Perdón, he olvidado mi nombre”. Yo quería decir que había olvidado mi número. Y me dijo, “Un momentito”. Vi que fue a buscar al director y le oí algo sobre una película en la que alguien había perdido la memoria. Me di cuenta de mi error y le dije, en inglés: “He olvidado mi número”. Y dijo: “Ah”. Esa fue mi primera experiencia.
¿Le interesa el teatro actual?
Dicho así, en general, no. Es como si me pregunta si me interesa la comida. La comida abarca todas las cosas, pero me interesa si me dan algo bueno. Es lo mismo con el teatro. Me interesa cuando hay una buena experiencia. Pero no me interesa el teatro como forma, como profesión. El teatro es comida. Cuando la gente me pregunta cuál será el futuro del teatro yo le contesto que cuál será el futuro de la comida.

Fuente: Marcos Ordoñez (elpais.com)
En The quality of mercy: reflections on Shakespeare (Nick Hern, 2013), el nuevo libro de Peter Brook, hay dos formidables asertos que ilustran su modo de hacer. Excusen mis traducciones, torpes y libérrimas. Primero: “Una vez alguien le preguntó a un ordenador: ‘¿Qué es la verdad?’. El ordenador tardó un largo tiempo en contestar, hasta que dijo: ‘Voy a contarle una historia”. Segundo: “En África hay un dicho: ‘Ser demasiado serio no es muy serio”. Brook sigue al pie de la letra ambos preceptos: la narración y el sentido del humor por encima de todo. En el pórtico dice: “Este libro no es un trabajo académico, sino una serie de impresiones, experiencias y conclusiones provisionales”.
 Me encanta este maestro, que a los 88 años sigue hablando de “conclusiones provisionales”, que no cesa de beber en el manantial de Shakespeare. Y de repensar, de entusiasmarse; de ensayar, en una palabra. Brook ha escrito muchísimo sobre Shakespeare, pero siempre tiene algo nuevo y sugestivo que decir (mejor: que contar), porque la fuente es inagotable y él siempre parece mirar con ojos nuevos. En el primer capítulo, Alas, poor Yorick, hay un precioso pasaje en el que se imagina al joven Will llegando a Londres y devorando todo lo que hay a su alrededor, apresando imágenes, diálogos, colores. “Un poeta”, escribe, “absorbe todo lo que experimenta, pero solo un genio sabe destilarlo y relacionar impresiones absolutamente distintas y contradictorias”. También he anotado esto: “Lo que hace único a Shakespeare es que cada montaje debe buscar su propia manera, pero sus palabras no pertenecen al pasado: son las fuentes que han de crear y habitar esas nuevas formas”. Y esto otro: “Sus personajes nunca pueden ser descritos con un solo adjetivo. Nunca los juzgó, nunca los utilizó para expresar sus propios pensamientos. Nos dio una inacabable multitud de puntos de vista y dejó las preguntas abiertas a la inteligencia de cada espectador”.
En The quality of mercy (libro breve, conciso: 116 páginas) destellan, como siempre, la claridad, la amenidad, la ausencia de pedantería. Y se encadenan las historias. Volvemos a encontrarnos con el jovencísimo Brook, que a los 20 años dirige su primer Shakespeare, El rey Juan, en el Birmingham Repertory Theatre, en 1945, donde le descubre sir Barry Jackson, el hombre que le llevará a Stratford para que “cambie aquello de arriba abajo”. Su debut, al año siguiente, una puesta de Trabajos de amor perdidos inspirada en la imaginería de Watteau, es muy celebrada, pero arma un gran escándalo en 1947 con Romeo y Julieta, para cuya música recurre, por cierto, al gran compositor catalán Robert Gerhard, que en 1963 firmaría la partitura electrónica de El rey Lear. “En aquella época”, cuenta, “Romeo y Julieta era una obra a la que las familias de clase alta podían llevar a sus niños. Solo las actrices consagradas, pasada la cuarentena, podían interpretar a Julieta. Yo elegí a una pareja jovencísima y casi desconocida, que dijo el verso según su propia verdad, lejos de las reglas establecidas. El sexo estaba muy presente, y los duelos a espada eran muy violentos. La escenografía era de color naranja, y tenía la forma de una plaza de toros. Me acusaron de haber acabado con la poesía de Shakespeare”. Más dura fue la acogida deMedida por medida en 1950, “una obra que apenas se representaba porque la consideraban ‘vulgar y oscura’, y en la que el gran Gielgud se atrevió a salir sin peluca por primera vez”. Pero la cumbre de la repulsa fue Tito Andrónico en 1955, con una pareja estelar: Laurence Olivier y Vivien Leigh. Cuenta Brook: “Tito les parecía la apoteosis del mal gusto. Yo pensaba que bajo la típica tragedia elisabetiana de horror y venganza latía algo que venía de lo más profundo del subconsciente de Shakespeare. Olivier supo mostrar a un hombre real bajo el dibujo del vengador, y Vivien Leigh logró imprimir belleza y poesía a la terrible escena de la violación y amputación de Lavinia. Fue muy dura la gira europea, donde todos asistimos al hundimiento psíquico de Vivien, que había comenzado durante el rodaje de Un tranvía llamado deseo”.
Brook vuelve a hablar, por supuesto, del revolucionario Lear que montó en 1963 con un Paul Scofield enérgico y furioso. Regresa a ese texto inabarcable, que califica de “cima, con Los hermanos Karamazov, de la literatura europea de todos los tiempos”, y en el que “cada una de sus partes encaja en un todo que abarca lo social, lo familiar, lo político y lo personal, la aventura íntima”. Y de aquel Sueño de una noche de verano(1970) que giró por Estados Unidos y por medio mundo, con una caja blanca por toda escenografía, y para el que los jóvenes actores de la RSC tuvieron que familiarizarse con las aéreas acrobacias del Circo de Pekín. Habla poco de Hamlet, pero en The hour glass analiza, con gran sagacidad, un pasaje del “ser o no ser” para rastrear la resonancia, el sentido y el sentimiento. Y se despide con un mensaje a los directores: “No busquéis el ‘concepto’. Cuando una mente autoritaria impone un concepto por anticipado, cierra todas las puertas del montaje”.
Más allá del tópico de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer habría que decir que lo que sí que hay detrás de casi todo gran hombre es un rasgo común: la generosidad. Esa escasa cualidad que permite a los verdaderos genios olvidarse de sí mismos para aprender de los demás. Ese es Peter Brook y por eso, Marie-Hélène Estienne lleva casi cuarenta años trabajando a su lado. Colaboradora habitual de sus montajes y su brazo derecho durante décadas, la francesa es codirectora junto al célebre director británico y el músico polaco Francz Krawcyyk de El traje, la obra que anoche inauguró en los Teatro del Canal una nueva edición de Festival de Otoño en Primavera.

"El teatro me gustó siempre, desde niña quise ser actriz", recuerda Estienne. "Pero me casé muy pronto, a los 16 años, y mi marido murió cuando yo era muy joven, a los 24. Entonces entré en un momento complicado de mi vida. Yo era periodista de arte, pero el arte me aburría. Luego empecé a hacer reseñas de teatro, pero el teatro me aburría también mucho. Hasta que conocí a Peter y dejé de aburrirme. Con él nunca se sabe qué ocurrirá el día después y solo puedo decir que trabajar a su lado es lo más fascinante que nadie puede imaginarse".
Estienne entró en la compañía como agente de prensa, pero en los alrededores de Brook, casado desde los años 50 con la actriz Natasha Parry, la creatividad florece con libertad. "Tuve la oportunidad de ser asistente en una obra y poco a poco empecé a crecer. Peter no se parecía a nada. No dirigía una compañía, tenía un taller de trabajo en el que todos participábamos".
Las palabras de Estienne provocan una secreta envidia, que ella se niega a calmar reconociendo que, como en todas partes, cuecen habas: "No. La verdad es que nos peleamos poco. He sido realmente afortunada por encontrarle. Ni siquiera ahora, que formamos un trío con Franck Krawcyk, han surgido problemas. Quizá nuestra manera de trabajar es muy rara y quizá existe un secreto: no creemos en nosotros, no estamos orgullosos. Solo caminamos hacia delante. Pero, además, ¿le confieso algo importante? Peter es un gran ser humano. Y eso y solo eso es la base de todo su trabajo".
El giro musical que ha dado en los útimos años el trabajo de Peter Brook se debe directamente a la influencia de Marie-Hèlene Estienne, quien con los años ha asumido más y más peso dentro de la dirección. Todo, recuerda ella, empezó con la versión de La flauta mágica y ahora sigue con El traje, una obra inspirada en el autor surafricano Can Themba que mezcla a Shubert con Billy Holliday o Miriam Makeba. Sobre el escenario ni un intérprete de la misma nacionalidad. Debajo de él, en el equipo técnico, tampoco. La generosidad de Brook, su humanidad, no se limita a eliminar barreras entre géneros y jerarquías. Su humanidad necesita aprender de todas las culturas porque su teatro se construye en tierra de nadie. Esa tierra en la que, por ejemplo, elMahabarata, ese enorme poema épico en el que se basa uno de sus más célebres montajes, se convierte en territorio común para hombres y mujeres de todos los continentes.
El traje es un drama sencillo y perfecto. Una infidelidad, en el contexto de un país opresivo, con la tortuosa presencia del traje de un hombre vacío. Pero lo que desmonta la obra y la convierte en algo excepcional es algo aparentemente contradictorio con cualquier tragedia: el humor, ese que convierte esta pieza en una obra llena de contagiosa vida. "Hasta en los peores dramas, hay risa", dice Estienne. "Reírse siempre es una buena idea. Las obras de Can Themba tienen mucho humor porque el humor es necesario en los peores momentos. El humor es una manera de sobrevivir".
Los años, inevitablemente, dan más vuelo al trabajo de Estienne. Ella, asegura, no lo agradece: "Peter está cada vez más mayor. Pero no siento que, por eso, tenga yo ahora más libertad, al revés, solo estoy más sola".
Fuente: Elsa Fernández-Santos (www.elpais.com)



Hay tres elementos que le dan vueltas en la cabeza a Peter Brook desde hace años: África, la música y el teatro. De acuerdo con su genio y temperamento, ha ido excavando cada vez más profundo en cada uno de ellos, deteniéndose en los hallazgos como un arqueólogo, sacando conclusiones como un filósofo, transformando las relaciones entre los tres como un artista. Por eso le ha dado un giro radical a una obra que ya había llevado a los escenarios en 1999, El traje, adaptación de un relato del sudafricano Can Themba (1924-1968) y la retoma ahora transformada en un musical. Pero no un musical al estilo de Broadway, sino un experimento que, para él, marca un rumbo renovador del género. Su estreno mundial a principios de abril en Francia ha recibido encendidos elogios. Ahora llega al Festival de Otoño en primavera, de Madrid, codirigido con otros dos colaboradores, en inglés y con un grupo de actores-cantantes capaces de invocar la magia.
El papel de Peter Brook (Londres, 1925) en el desarrollo del género teatral contemporáneo desde mediados del siglo pasado hasta hoy ha sido fundamental. No solo para la práctica sobre el escenario sino a través de un pensamiento, una ética y una sensibilidad surgidas desde el seno de la convivencia. Sus experiencias en el Centro Internacional para la Investigación Teatral, creado hace más de cuatro décadas en París, siguen dando frutos exóticos y sabrosos. “El propósito central de nuestro centro internacional ha sido demostrar que todo ser humano es en esencia igual a los demás, pese a la apariencia exterior, que sí es distinta, y eso es la riqueza y gloria de nuestro planeta”, afirma Brook. “Por eso no debería haber razones para el odio o la oposición, por el contrario, si nos juntamos podemos ver que cada persona se enriquece con todas las diferencias que vienen de los demás. Todos juntos somos individuos más amplios que lo que puede ser cada uno en lo profundo de su ego. Desde el principio quisimos establecer que esto puede ser un mensaje para la humanidad, frente a esa estúpida forma de pensar orientada solo a sacar provecho económico. En el pequeño mundo del teatro, unas veinte a treinta personas de culturas, idiomas y religiones distintas, trabajando juntas y creando o viviendo relaciones de distinto tipo ofrece esperanzas. Cualquier conflicto que se da en el mundo tiene su reflejo en un grupo como este y si aquí se pueden resolver esos problemas significa que hay esperanza de resolver los de mayor escala”.
Brook habla con convicción a través del teléfono. Habla tranquilo pero sin pausa. Resulta complicado y hasta irrespetuoso interrumpirlo con las preguntas preparadas para le entrevista. No importa. Lo que dice tiene interés por sí solo. Fuera las formas convencionales. Si es casi un monólogo, que así sea. Continúa explicando su predilección por África. “En el concepto del centro entran muchas culturas: India, Japón pero, de manera muy especial, África. Allí descubrí que para la gente blanca y europea Oriente, en general, siempre ha sido respetado como una fuente de cultura y sabiduría. Pero ningún blanco europeo, hasta hace muy poco tiempo o aún hoy, respeta la enorme cultura humana de África, que no se expresa en monumentos o pinturas o edificios. En África hay una cultura muy profunda que se percibe en las cualidades del ser humano y las relaciones entre ellos, así como en las antiguas estructuras familiares, personales e íntimas. Nosotros fuimos capaces de enseñar cosas en Asia, de aprender otras de India, pero la gran lección que toda la civilización blanca ha ignorado con persistente ceguera es que la civilización más profunda —aunque de una manera distinta— está en África. Una vez que empecé a descubrir esto he ido reforzando una relación muy especial con ese continente. No solo con actores africanos sino con África en sí misma”.
Can Themba era un joven profesor negro en la Sudáfrica del apartheid.Escribía relatos, pero sus primeros textos fueron destruidos por el régimen. Al ganar un concurso de relatos en la revista Drum (tambor), de jóvenes periodistas negros urbanos, terminó por unirse a la redacción. Hacían periodismo de investigación. Hastiado de los abusos de la discriminación se fue a Suazilandia. En 1966 fueron prohibidos sus escritos en Sudáfrica por “comunistas”. Murió un año después pobre y alcoholizado.
“El autor de El traje, Can Themba, fue una víctima del apartheid. Un joven de enorme talento al que se le prohibió ejercer su arte para la escritura y mucho menos publicar una sola palabra”, prosigue Brook. “En tiempos de Franco o de Stalin muchos escritores fueron censurados, pero el hecho de que antes de que pusiera la primera palabra sobre el papel ya había una prohibición por el solo hecho de ser un hombre negro es increíble. Y eso lo mató. Solo dejó unos cuanto relatos y esta pequeña obra maestra, como la que pudo escribir Chéjov o Pushkin. Todo concentrado en un solo incidente. Al conocerlo en 1970 decidimos montar la historia como obra teatral y elaborar toda una temporada sudafricana”.
La historia de El traje es tan sencilla como poderosa. Un hombre sorprende la infidelidad de su mujer. El amante logra escapar pero deja atrás su ropa. El marido entonces impone a la mujer la presencia de ese traje acusador en todos los momentos de su vida. Una humillación larga y dolorosa de funestas consecuencias. Como en las mejores piezas de este director escénico, revelar la anécdota no afecta en nada el misterio que crece y se modula en el desarrollo de la obra. Los intérpretes son la cantante —y ahora también actriz— Nonhlanhla Kheswa, Jared McNeill y William Nadylam. Hay músicos en directo en el escenario: guitarra, piano y trompeta. Y ese elemento, la música, el que viene ocupando un lugar cada vez más importante en el trabajo de esta compañía. ¿Por qué reponer El traje como musical? ¿Le dejó insatisfecho la versión dramática? “Uno nunca está satisfecho con lo que hace”, dice Brook. “Nunca lo he estado. Pero a mí lo único que me interesa es el momento presente. En este caso, mi estrecha colaboradora Marie-Hélène Estienne desde hace muchos años, ella fue la que vino con la idea de El traje. ¿Por qué no hacer una nueva versión? Pensamos que hoy esa pieza tiene un nuevo significado y la intuición de hacerlo ahora con música puede aportar dos nuevas dimensiones”.
A esas dos nuevas dimensiones se referirá en detalle más adelante en la conversación. Lo que prefiere puntualizar primero es el contexto de la obra. Una pieza que, pese a la tragedia que se masca, tiene momentos de comedia. “Sudáfrica tiene algo que la distingue de los otros países, porque lo que ha salvado ese país es la enorme revolución que les ha permitido salir del más cruel y horrible de los regímenes políticos”, continúa Brook. “El apartheid es una de las peores expresiones del colonialismo que han existido. La razón de que pudieran sobrevivir a ello no es solo por la vitalidad y la creatividad de su gente, sino porque más que en cualquier otra parte del continente, en Sudáfrica existe la capacidad de tomar las cosas malas con sentido del humor. El hecho de que la gente pudiera salir de terribles torturas y cruzar la calle para contarle a sus amigos esas experiencias no solo con vivacidad sino hasta con risa, con humor hacia lo que es la esencia del ser humano. Por eso su teatro ha sido distinto del que se hace en otros sitios de África. Porque su necesidad, unida a su vitalidad y humor, ha hecho de ellos actores naturales cada día de su vida. De modo que han emprendido esta gran revolución liderados por Mandela hacia un nuevo mundo, con lo que ellos llaman ‘verdad y reconciliación’. Sin derramamiento de sangre”.
Este proyecto tiene su génesis en otro muy distinto, su versión de La flauta mágica, de Mozart, titulada Una flauta mágica, estrenada en 2011. “Cuando estábamos trabajando en los sonetos de Shakespeare, Marie-Hélène me trajo un músico muy libre y original, de gran talento, que se llama Frank Krawzcyc. Juntos formamos un trío y trabajamos en la adaptación de La flauta mágica, de Mozart. Esa obra fue el resultado de un largo trabajo del trío. Es Marie-Hélène la que lleva todo el peso y la responsabilidad, y yo soy, de alguna manera, su asistente, pero en general nos negamos a esa artificial división del trabajo que exige que uno sea el director, el escenógrafo o el músico”.
“Al abordar La flauta mágica, no como una ópera sino como lo que Mozart llamaba una Singspiel —teatro cantado—, pensamos que podría abrir una nueva dirección. El punto de inicio fue la convicción, después de pasar años trabajando con teatros de ópera, de que esta ha dejado de tener toda la libertad —aunque puede dar todavía mucho placer a cierta gente— y ya no tiene el papel creativo que tuvo en su día como forma dramática. La comedia musical fue el gran invento del siglo XX en Estados Unidos, en particular en Broadway. Eso también ha pasado, ha dejado de ser el modelo. Pero hay algo nuevo que debe ser explorado y es lo que hemos estado haciendo en Les Bouffes du Nord”, continúa.
“Con este trío vamos a hacer algo, porque siento que la nueva versión de El traje puede traer dos nuevas dimensiones. Una es que de manera muy suave, prescindiendo de cualquier agitprop pasado de moda, se puede ahondar en el sentido de la historia. Esta pieza se escribió, como decimos en la obra, ‘bajo el puño de acero de la opresión’ y eso tiene un efecto en la vida privada de esas personas. Lo que es importante mostrar es que lo que parece un problema puramente personal entre un hombre y una mujer, se convierte en algo mucho más amplio”.
“La otra dimensión es que hoy cualquier trabajo sobre la realidad política y social tiene el mismo efecto en nosotros que lo que vemos en la televisión. Uno ve cosas horrorosas cada día y, cuando termina, está más furioso y frustrado que antes porque siente que no hay nada que se pueda hacer. Pero la esencia de la tragedia —y eso nos lleva al significado que tuvo en Atenas— es la de mostrar a la gente sucesos trágicos con el objetivo de llegar a ese algo misterioso llamado catarsis. De modo que dejabas la tragedia sin rabia y desesperación, y salías más fuerte que cuando empezaste. Es un gran misterio que siempre ha tenido gran influencia en mí. Y aquí he creído que la dimensión de la música no se da porque hay una mezcla de música sudafricana y de jazz, sino que coexisten de manera invisible con Schubert. Frank Krawczyk ha entretejido de bellísima manera todos esos hilos. Lo que hace esta música es otorgar una nueva dimensión de compasión que solo la música puede dar”, señala Brook. “La gente que hemos visto salir de las representaciones de La flauta mágica en muchos teatros, lo hace con una expresión en el rostro como con más coraje, más tocados por la humanidad, más compasivos que cuando empezaron”.
La compasión es para él una de las principales columnas del drama, desde la tragedia griega al teatro contemporáneo. “Todo drama se desarrolla a partir de dos opuestos en confrontación. Y todos los dramas pobres, los melodramas, muestran solo una de las partes. Shakespeare no dejó que se entrevieran en ninguna de sus piezas juicios personales. Muestra personajes que son capaces de acciones terribles, pero con una gran capacidad para auténtica compasión. Eso significa entrar a lo más profundo y comprender totalmente un punto de vista que nunca imaginaste que podrías compartir. Ves a alguien comportarse de una manera que, en un momento te hace pensar ‘es terrible’ y a la vez sientes profundamente que lo entiendes. Eso es lo más necesario en el mundo de hoy. Amor y compasión”.
Y recuerda una situación que ilustra lo que dice. “Cuando hice Rey Leartrabajé con una gran actriz, Irene Worth, en el papel de Goneril. Durante siglos, y en todo el mundo, Goneril ha sido considerada una mujer mala e hipercrítica. En mi primera escena ella sale vestida como una serpiente y con los ojos muy maquillados, como la mala, la bruja de los cuentos infantiles. Esa poderosa Irene Worth acoge a su padre —con todo el amor, la rivalidad y la semejanza que una hija puede sentir por su padre— que viene a vivir con ella. Él llega con sus amigos, destroza todo, hace que sus sirvientes se emborrachen y provoquen escándalos cada noche. Goneril, al confrontarlo, te hacía sentir verdaderamente que aquello era intolerable y, de pronto, toda la simpatía que despertaba el padre se traslada a ella. Despierta la compasión. Después, cuando inevitablemente lo echa de su casa, vuelves a entenderla a ella y sentir más compasión por él. Por eso la compasión es la cualidad que más se necesita ahora y es de las menos respetadas y comprendidas en la actualidad. Es lo que Mandela tuvo el coraje de llevar a Sudáfrica. Hacer una revolución sin derramamiento de sangre y solo pidiendo verdad y reconciliación”.
Aunque algunos daban por seguro su retiro de la dirección de la compañía Les Bouffes du Nord, Brook lo niega y se reafirma en su inagotable pasión por lo que hace.
“Yo no puedo tomarme las cosas con calma”, admite. “Esa es mi naturaleza, desafortunadamente. Pensé que iba llegando el momento de dar mayores responsabilidades a gente más joven y fuerte. Hay que ser realistas y aceptar que con los años ya no tienes la misma energía que cuando tenías 25 o 30 años. Tenemos al frente de la compañía a dos personas que están íntimamente ligadas a la música y todos sentimos que Les Bouffes du Nord tiene un origen muy cercano al teatro musical. Sentimos que hay una manera nueva de explorar ese campo. Por eso hicimos La flauta mágica como una forma de transición, con la idea de seguir trabajando en cuanto hubiera otra propuesta interesante. El que yo me haya alejado de Les Bouffes du Nord no es más que una simplificación periodística”.
Porque si hay algo que detesta es la idea de crear un sucesor. “Es lo que he tratado a evitar a toda costa. Es necesaria una nueva dirección en el teatro de hoy y la idea de unir la música clásica y popular con un fuerte sentimiento para el teatro puede llevar a ello”.
El traje. Festival de Otoño en primavera. Teatros del Canal. Sala Verde. Madrid. Del 9 al 15 de mayo. www.madrid.org/fo/2012
Fuente: Fietta Jarque (www.elpais.com)



“Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que necesita para realizar un acto teatral”. Con estas palabras arranca El espacio vacío de Peter Brook, un ensayo que desde su aparición en 1968 se convirtió en un texto fundamental sobre teatro moderno. Reeditado ahora por Península con un prólogo del crítico Marcos Ordóñez, el libro confirma cuatro décadas después no solo su lúcido ideario sino su enorme vigencia.

Nacido en Londres en 1925 en el seno de una familia de emigrantes rusos judíos, con 22 años Peter Brook dirigía la Royal Shakespeare Company. Cuando El espacio vacíosalió a la cale su autor ya era un reconocido director embarcado en recuperar la pureza de los orígenes teatrales. Tres años después, en 1971, Brook funda en París el Centro Internacional para la Investigación Teatral, y poco después, en 1973 convierte un viejo teatro quemado del norte de la ciudad, Les Bouffes du Nord, en sede de sus trabajos. En una entrevista de aquellos años, Brook explicaba el fondo de su gesta: “La dificultad real y absoluta es como ser, a la vez, totalmente humano y totalmente anónimo. Porque lo anónimo no tiene el color de la humano, y todo lo humano aplasta la pureza de lo anónimo. La única cosa positiva frente a esta dificultad, que, durante un momento, parece reunirnos, es que eso que llamamos teatro es un campo de experiencia donde este enigma puede ser confrontado”.
Según Ordóñez, El espacio vacío es “uno de los más claros, sabios y más influyentes libros de teatro que jamás se hayan escrito” pero “un incomprensible equívoco” persigue a este libro desde su nacimiento. “Pese a tratarse de una obra tan clara y profunda como entretenida, mucha gente todavía cree, a tenor de su título, que es un texto sobre esencialismos escenográficos o, peor todavía, un tratado abstruso y teórico sobre teatro experimental según el signo de los tiempos: el caótico pero vivísimo de la década de los 60”, añade.
Dividido en cuatro apartados (Teatro Mortal, Teatro Sagrado, Teatro Tosco y Teatro Inmediato), Brook nos acerca a Chejov, Beckett, Grotowski, Merce Cunningham o Shakespeare en un “cóctel” cuyas notas dominantes son “la pasión, la ausencia absoluta de pedantería, el cuestionamiento de toda idea recibida, un suave pero efectivísimo sentido del humor, y una sensatez a prueba de ismos en una época que brotaba uno cada semana”.
Brook, que lucha contra un teatro amortajado y defiende el teatro capaz de ser verdad sobre un escenario o en un granero, cree en la infinita capacidad regenerada del género, en su permanente movimiento, algo que le hace afirmar en la recta final de su libro: “Al tiempo que se lee este libro va quedando atrasado. Para mí es un ejercicio, ahora congelado en las páginas. Pero a diferencia de un libro, el teatro tiene una especial característica: siempre es posible comenzar de nuevo. En la vida eso es un mito: en nada podemos volver atrás. Las hojas nuevas no brotan de nuevo, los relojes no retroceden, nunca tenemos una segunda oportunidad. En el teatro, la pizarra se borra constantemente”.
Fuente: Elsa Fernández-Santos (www.elpais.com)