Fuente: Fernando Díaz de Quijano (elcultural.es)

Hace exactamente dos meses, Natalio Grueso sorprendió a todos anunciando que el próximo junio dejará su cargo como director de los teatros municipales de Madrid para emprender una carrera literaria. Su decisión, asegura, no fue política, ni tiene que ver con los asuntos judiciales que tiene pendientes en Avilés por su anterior gestión del centro Niemeyer. Se trata, simplemente, de hacer realidad un sueño que había aplazado durante años. Ahora ve la luz su primera novela, La soledad, un conjunto de relatos protagonizados por seres cuyo propósito en la vida es hacer felices a los demás. El libro lo publica Planeta en su colección Autores Españoles e Iberoamericanos y viene avalado por Mario Vargas Llosa y Paulo Coelho.

¿Desde cuándo escribe?
Es una vocación que tengo desde hace muchísimos años. La he ido postergando porque el mundo literario es complicado, es una aventura difícil, pero llega un momento en que tienes que plantearte si quieres apostar de verdad por un sueño.

¿Cómo está viviendo la publicación de su primera obra?
Estoy muy animado, parece que está gustando y las ventas internacionales van muy bien incluso antes de publicarse aquí. Por ahora todos mis conocidos que la han leído me dicen que se han enamorado de mi novela.

La presenta como una novela, pero está estructurada como una serie de relatos cortos conectados entre sí.
La soledad tiene una carpintería interna bastante especial. Se puede leer como un conjunto de historias independientes, pero si se lee de comienzo a fin, aparecen muchos matices que de otro modo pasarían inadvertidos para el lector.

Aparece en la novela un elenco de personajes que se dedican a hacer más felices a los demás, como el cazasueños, el recetador de libros o la joven japonesa que selecciona a sus amantes por la calidad de sus versos sin importarle nada más.
Quería contar la historia de personajes solitarios que descubren que tienen la capacidad de hacer felices a los otros. Todos tenemos ese poder que, en principio, desconocemos.

¿Usted también se considera un personaje solitario?
Sí, creo que todos a los que nos gusta escribir y leer somos gente solitaria.

Nada menos que Mario Vargas Llosa y Paulo Coelho han elogiado su libro.
Eso demuestra lo extraordinariamente generosos que son ambos. Mi relación con ellos es de admiración absoluta, tienen estilos totalmente diferentes pero los dos son autores fundamentales de la literatura contemporánea.

En ese tono optimista, casi terapéutico de la narración, parece tener influencias precisamente de Coelho.
Ojalá me pareciera a Coelho o a Vargas Llosa. El estilo lo marca el argumento de la historia que quieres contar. En este caso he querido que el estilo tuviera un componente poético importante.

¿Ha influido en su decisión de dejar su cargo público la causa judicial que tiene abierta en Asturias por supuestas irregularidades en su gestión del Centro Niemeyer?
No. Esta decisión la tenía tomada desde hace tiempo, pero no había podido hacerla realidad hasta ahora. He estado 20 años en la gestión cultural y ahora he querido pasar al otro lado y dedicar por lo menos otros 20 a la creación.

En cualquier caso, ¿le preocupan esas acusaciones?
No tengo nada que decir sobre ese tema.

¿Qué será lo siguiente? ¿A partir de ahora será solo escritor?
Estoy trabajando en otras novelas y piezas de teatro. Tengo varios proyectos entre manos y no dejaré la producción teatral. 

Font: Jordi Camps i Linnell (elpuntavui.cat)
“Un compendi d'històries entrecreuades sobre personatges que decideixen canviar de vida i sortir a buscar la felicitat. Persones que desitgen viure la vida d'un heroi de pel·lícula, però que comencen a fer-se grans i s'adonen que la vida que ells havien somiat no és la que tenen.” Així defineix Joan Yago l'obra titulada Bluf, de la qual és l'autor, que ha estat seleccionada com a mereixedora del vuitè premi Quim Masó a nous projectes de producció teatral, que es va lliurar en un acte celebrat ahir al vespre a la sala La Planeta de Girona. L'escriptor Josep Maria Fonalleras i la cantant Nina van amanir la cerimònia d'entrega dels premis.
Bluf és el cinquè projecte de La Calòrica, companyia teatral que va néixer l'any 2010 gràcies a un grup de llicenciats de l'Institut del Teatre de Barcelona, l'equip artístic de la qual el formen Joan Yago (dramatúrgia), Israel Solà (direcció), Xavi Francés, Aitor Galisteo-Rocher, Esther López, Marc Rius i Júlia Truyol (intèrprets). Entre els anteriors treballs, destaquen La nau dels bojos (premi Adrià Gual 2012) o Feísima enfermedad y muy triste muerte de la reina Isabel I (premi del jurat i del públic al Festival Escènica de Foios).
Ramon Simó (director del Festival Grec), com a portaveu del jurat –format pel director Sergi Belbel (autor teatral), Andreu Gomila (crític), Pere Puig (director teatral i de La Planeta), Josep Domènech (Bitò Produccions), Josep Sánchez (director del Teatre Municipal de Girona), Josep Maria Miró (guanyador de la setena edició dels Premis Quim Masó) i Guillem Terribas (Llibreria 22) com a secretari– va voler destacar “la qualitat de les propostes finalistes”, entre les que hi havia Uritorco, de la Companyia Hongaresa de Teatre, escrita per Paco Zarzoso i Lluïsa Cunillé, i La tortuga de califòrnia, un text de Daniela Feixas per a l'Associació Cultural per la Renovació Teatral (ACRT). Simó també va avançar que l'obra guanyadora és “una comèdia viva, estranya, dotada d'humor negre amb elements dramàtics, que beu del pop i la novel·la gràfica nord-americana”. Pel que fa a l'argument, se sap que, entre altres aspectes, és un muntatge on es podran veure molts personatges –només representats per cinc intèrprets–, entre els quals destaquen una abella que dirigeix una multinacional i unes aficionades a les motos lesbianes.
A l'entrega del premi, el seu autor, emocionat, va declarar que esperen que l'obra no sigui realment un bluf quan s'estreni.

Fuente: Sergio C. Fanjul (elpais.com)
Que le organicen a un autor una retrospectiva de su trabajo, sobre todo cuando ese trabajo es efímero como el teatral y se esfuma después de cada función para solo permanecer en la memoria de quien estuvo allí, es una cosa muy buena. Cuando se da la circunstancia de que ese autor solo acaba de cumplir los 40, es una cosa aún mejor. “Es un regalazo”, dice el dramaturgo, actor y director Pablo Messiez a quien la sala Mirador, a propuesta de su actual programador, Juan Diego Botto, le dedica un ciclo este mes con tres de sus obras. “Decir retrospectiva me suena muy grande y me da como vergüenza”, bromea el autor, “pero envidio a los artistas plásticos: siempre se pone a cada una de sus obras en relación con el conjunto, y eso pasa poco en teatro. Me gusta que durante este mes se pueda ver dialogar a las tres obras, que se diga: ‘mirad lo que va haciendo este pibe”.
Una soleada mañana en la calle Dr. Fourquet, Lavapiés, enfrente de la sala Mirador Messiez se pregunta si posar en la foto con chaqueta. Decidimos que sí. “Lo que se me hace raro es decir chaqueta y no saco,como se dice en Argentina”. El dramaturgo llegó a España en 2005, procedente de Buenos Aires, y lo hizo por amor. Pero, a los dos meses, la relación que le hizo cruzar el charco con su vida a cuestas se rompió. Vaya chasco. De ese momento difícil surgió Los Ojos, que se podrá ver desde hoy y durante dos semanas. “Fue una mierda. Cuando esto sucedió me pregunté: ‘¿qué hago acá, cuando en Argentina estaba muy tranquilo trabajando como actor?”, recuerda. Pero no había opción para la vuelta atrás. “Empezaron a circular temas como el desarraigo, cómo gestionar el fin de un amor en tierras lejanas”, explica. La obra parte de la Marianela de Benito Pérez Galdós, de ahí toma los personajes de Marianela y el ciego y los cruza con su propia experiencia. “Para encontrarse con el otro muchas veces se olvida que primero hay que poder verle”, opina Messiez.
De no poder ver a no poder hablar. La segunda obra, durante las dos últimas semanas del mes, es Muda, título que hace referencia tanto a una mujer carente de la capacidad del habla, como al cambio, la muda, la mudanza. “Está inspirada por El corazón es un cazador solitario, de Carson McCullers, escritora de la que me declaro fan”, dice Messiez, “en especial en el personaje mudo al que todo el mundo habla, y todo el mundo siente que le contesta. Es el diálogo con el silencio que también se da en el psicoanálisis”, explica. Como buen argentino, Messiez cae en el tópico interés por esta terapia, en concreto en su vertiente lacaniana.Muda narra la peripecia de esa mujer muda que se muda a un piso nuevo, donde conoce al portero y a una vecina que no para de hablar, y los cambios que se producen en sus vidas.
Los domingos, en horario matinal, se representa Las Plantas, el monólogo (o diálogo con plantas, resaca y crisis de angustia) de Estefanía de los Santos, una de las actrices con las que Messiez suele trabajar frecuentemente, además de con Fernanda Orazi, Marianela Pensado u Oscar Velado. Se quedan fuera, por problemas de producción, su más reciente obra, Las Palabras, o su primer trabajo como autor en Argentina, Antes, que remozó en España rebautizándolo como Ahora. En estas fechas prepara, de nuevo como actor,Acreedores, dirigido por Claudia Faci, que se estrenará en octubre. Además, está dirigiendo la compañía madrileña Grumeolot el espectáculo Los brillantes empeños, que se estrenará en el Festival de Almagro.
Buenos Aires es conocida por su burbujeante escena teatral alternativa, algo de lo que presume Madrid últimamente, con la alta proliferación de salas y compañías. “No quisiera colaborar con ese fenómeno, la comparación es un lío”, dice, “es cierto que se están haciendo más cosas porque la gente tiene la valentía de hacerlas, y eso lo aplaudo, pero no existe ninguna revolución estética y las condiciones de trabajo están en franco retroceso”. Opina que el asunto es más cuantitativo que cualitativo: “En la promoción de festivales como Surge Madrid se hace mucho hincapié en el enorme número de salas, de estrenos, de compañías… Todo esto nos ciega, nos dificulta ver qué hay ahí, en vez de cuánto hay, que es menos importante”.

Messiez, autor del mes

by on 15:50
Fuente: Sergio C. Fanjul (e lpais.com ) Que le organicen a un autor una retrospectiva de su trabajo, sobre todo cuando ese trabajo es ...

Fuente: Wiston Manrique Sabogal (elpais.com)
¡Shakespeare ha muerto! ¡Viva Shakespeare!
Hijo del Renacimiento, como Leonardo, Miguel Ángel, Rafael y Cervantes, la autoría de William Shakespeare ha sido cuestionada muchas veces. Setenta nombres, por lo menos, se han atribuido a la verdadera autoría de las obras shakespearanas. Una duda que, en los 450 años de su nacimiento, ha despejado James Shapiro. El profesor e investigador de la universidad de Columbia, abordó la cuestión en uno de los mejores estudios sobre el poeta y dramaturgo en Shakespeare. Una vida y una obra comprometidas (Gredos). Su conclusión es clara: Shakespeare es Shakespeare.
Otelo, Julio César, Enrique VI, Trabajos de amor perdidos…
Admirado ya en vida, logró el milagro de hacer sonar en un solo aplauso las palmas del público y los expertos, no solo de su época sino también a lo largo de estos cuatro siglos. Pero la sombra sobre su autoría ha aumentado en los últimos 150 años. Que si era alguien de la corte, que si era el nombre clave de un noble, que si era un político más culto, que si era el dramaturgo…
Si bien no se sabe su fecha exacta de nacimiento, sus padres lo registraron el 26 de abril de 1564, lo que significa que habría nacido entre el 19 y 25 de abril, ya que los bebés se registraban entre dos y seis días después de nacidos. Su muerte, en cambio, no deja dudas: 23 de abril de 1616.
Macbeth, El mercader de Venecia, El rey Lear…
Las razones de la polémica sobre la verdadera autoría, según James Shapiro resultan por momentos inexplicable. Aunque reconoce ciertos motivos: “No sobreviven muchas evidencias, aunque hay pruebas suficientes de su autoría, y el poderoso deseo de plantear y resolver un misterio. Otro más es la emoción de las teorías de conspiración, basadas en la exposición de cómo las autoridades e investigadores (como yo) han tratado de engañar al público. Pero sólo una persona escribió: William Shakespeare de Stratford”.
La grandeza de muchas de sus obras siempre ha despertado el misterio sobre su creador. Es la intriga tentadora del ser humano por desmontar la magia, por conocer el mecanismo y el origen de la belleza y lo sorprendente. La fascinación del enigma. Las preguntas ante lo sublime.
A esto se suma la sombra de una autoría que diferentes generaciones quieren reinventar. La tentación de resolver un enigma porque “sus obras son como los diamantes contra la luz que al hacerlos girar el reflejo de su brillo es especial y nuevo en cada movimiento”, explica Shapiro. Ahí está Hamlet, por ejemplo: “durante varios siglos ha sido visto como un intelectual paralizado por el exceso de pensamiento; otros lo han visto como un hombre que lucha por superar una crisis espiritual o religiosa; otros como un hombre que está abrumado por un complejo de Edipo. Estoy seguro de que la próxima generación tendrá su propia explicación a Hamlet”. Las culturas cambian, los tiempos cambian, la mirada cambia.
La tempestad, Ricardo III, ucho ruido y pocas nueces, Cimbelino…
Una tentación irresistible la de cada generación que busca redescubrirlo, reinventarlo, de saber dónde está el misterio, qué escode y por qué en una persona así: hijo de un comerciante de lana, carnicero, arrendatario pero que conocía no solo la vida de la corte y el reino, sino, sobre todo, el alma humana mejor que nadie, los pasadizos oscuros de los deseos, sueños y ambiciones. Un misterio. Es lo que tiene el genio, dice Shapiro, y recuerda que otro como Shakespeare que murió en 1616 era hijo de un barbero: “Cervantes también podía ver en el corazón de las personas a través de las clases sociales. La observación, la empatía y la curiosidad son dones y habilidades de los más grandes artistas, independientemente de su estirpe o clase social, pero que luego deben trabajar en su perfeccionamiento”.
El genio y el talento solos no bastan. “Shakespeare era muy afortunado”. Su buen momento coincidió con el periodo de esplendor de Elisabeth I. Aunque, recuerda el investigador, él poeta y dramaturgo nació y creció en un pueblo con una escuela de gramática terrible. “Cuando era un niño se empezaron a construir en Londres teatros públicos que podían albergar hasta 3.000 personas. Como resultado de ello, la posibilidad de ganarse la vida como actor, escritor y accionista de una compañía de teatro sólo se hizo posible en Inglaterra en la vida de Shakespeare. También fue bendecido al escribir para un grupo de actores excepcionales en un momento de gran transformación: los ingredientes perfectos culturales y políticos para una carrera estelar”.
Romeo y Julieta, El sueño de una noche de verano, Antonio y Cleopatra…
En ese entorno William Shakespeare da rienda suelta a su innata creatividad. Estaba dotado de muchas maneras. Escribía simplemente cuando lo necesitaba y de manera compleja cuando la situación lo exigía. Bebía de historias del pasado, del presente y de su propio ingenio. Pero a todas las dotaba de originalidad, las crea y confirma que la clave de una obra de arte está en el cómo. “Sentía menos necesidad de inventar historias que de transformar los que otros habían escrito y así descubrir el núcleo de las verdades”, asegura Shapiro. Incluso, tenía la capacidad de ampliar la simpatía a los personajes más malvados y violentos. “Tenía un talento mágico para hacer que cada miembro de la audiencia sintiera que él le estaba hablando directamente”.
El espectador o lector lo agradece porque no solo ve en esas obras una parte de los demás, sino también de su propio yo invisible o agazapado. Yoes que conforman el puzle del ser humano que incluye los fragmentos contra los que la mayoría de personas pugnan por no dejar salir.
Ahí reside parte de su eternidad. Shapiro se pregunta en qué momento las obras de Shakespeare dejarán de interesar a la gente, o no hallarán las conexiones con sus vidas. Su reinado se prevé largo, ¿eterno? “Mientras vivamos en un mundo donde las emociones y los problemas que animan estas obras sean parte de la vida y la existencia diaria como la codicia, el deseo, el amor, la ambición política, el odio racial, las divisiones dentro y entre las familias y las naciones”, él sospecha que su eternidad no tendrá fin.
Hamlet, príncipe de Dinamarca, Tito Andrónico, Coriolano…
Shakespeare juega con nosotros y nosotros aceptamos encantados su juego. No solo en el tratar de descifrar su enigma y magia, sino en establecer cuáles son sus obras que más nos gustan. Dependerá del momento de la vida de cada uno; hoy podría serCimbelino, mañana Antonio y Cleopatra, y ayer pudo haber sidoRomeo y Julieta u Otelo. James Shapiro vive un momento Rey Lear.Entre otras razones porque es el tema de un libro en el cual trabaja desde hace una década y que publicará en 2016, cuarto centenario de su muerte. “Tuve la suerte de ver una producción inigualable, brillante, hace unos meses en Londres, protagonizada por Simon Russell como Lear, dirigida por Sam Mendes. Fue una interpretación audaz y sumamente oscura de la obra, que se dirigió directamente a nuestro momento cultural”. Su personaje favorito de Shakespeare es uno muy pequeño: el siervo sin nombre en El rey Lear, que trata de detener a su amo y muere en el intento, su pequeña parte es inquietante. En Shakespeare, admite, incluso los personajes más pequeños pueden ser inolvidables.
Sus verdades esperan entre las sombras. Seducen, porque sus bellas palabras desenmascaran cosas que nos palpita dentro.

Font: Patricia Tubella (elpais.com)
El público que se reparte entre los tres niveles de galerías sabe que los pilares que las sostienen oscurecerán en algún punto la visibilidad de la acción, o que la ausencia de calefacción puede exponerles a los caprichos del clima de Londres incluso en primavera o el verano. Al menos está resguardado bajo el techo de paja, no como aquellos que han pagado una cantidad casi simbólica por una entrada para apretujarse al borde del mismo escenario, en el que los actores sirven el drama o la comedia al aire libre. La recompensa para todos es revivir la maravillosa experiencia del teatro al modo de los tiempos isabelinos, en un espacio que hoy aparece casi idéntico a aquel mítico Globe donde William Shakespeare estrenó algunas de sus grandes obras y participó como un actor más en su puesta en escena.
El Shakespeare’s Globe es en el siglo XXI un bonito edificio de forma poligonal que tiene como vecina la moderna estructura del museo Tate Modern en la orilla sur del Támesis, frente a frente con el conjunto creciente de rascacielos de la City del otro lado del río. Una réplica del pasado construida apenas a 200 metros del emplazamiento que tuvo el original. Su antecesor no fue el primer teatro de Londres en el que recaló el hijo de un comerciante de provincias nacido en Stratford-upon-Avon en 1564, pero sí el escenario en el que afloró todo su potencial creador. William Shakespeare empezó a bregarse en el oficio de las tablas junto a la compañía creada por James Burbage en The Theatre, el primer teatro comercial levantado en una ciudad cuyo alcalde consideraba las artes escénicas una actividad de depravados. Enaquella sede de Shoreditch (barrio del nordeste) sometería el Bardo sus primeros trabajos a la prueba del público y, tras una disputa del dueño por la renovación del alquiler, también allí ayudaría unos años después a desmontar el teatro tabla a tabla para trasladarlo a una nueva parcela en el sur del río. Los hijos de Burbage —entonces ya muerto— afrontaron el coste ofreciendo a otros miembros de la troupe participar en la nueva empresa. Shakespeare fue uno de los cuatro actores que aceptaron: así nacía el Globe en 1599, que prosperó durante los siguientes tres lustros de la mano de muchas de las obras firmadas por quien hoy es considerado el mejor dramaturgo de todos los tiempos.
Durante una representación de su Enrique VIII en 1613, una tela de escenario prendió y el fuego acabó extendiéndose al techo de paja, reduciendo a escombros el teatro. Fue rápidamente reconstruido y, tras la muerte de Shakespeare tres años después, siguió siendo la casa de su compañía hasta que la administración puritana decidió clausurar todos los teatros en 1642. El Globe fue derribado dos años más tarde para construir en su lugar nuevas viviendas.
Tres siglos después, un actor procedente de la otra orilla del Atlántico que se había estrenado en las tablas con la obra shakespiriana, acariciaba la idea de reconstruir el antiguo Globe a raíz de su primera visita a Londres en 1949. Ya instalado en el Reino Unido, el intérprete y director Sam Wanamaker acabaría creando una fundación destinada a captar fondos e ideas para llevar adelante un proyecto en el que se volcó durante más de dos décadas. ¿Cómo era el Globe original? Nadie lo sabía con certeza. Las imágenes del recinto que legaron los mapas de Londres dibujados por los cartógrafos de la época, o los relatos escritos que han sobrevivido sobre aquel espacio, procuraban una cierta idea. Pero fueron las excavaciones arqueológicas realizadas en 1989 en el antiguo recinto del Globe y en el de su rival, el Rose Theatre, las que confirmaron que los teatros isabelinos no eran estructuras circulares, sino poligonales, y en el caso del primero revelaron el perfil de un edificio de veinte lados con un diámetro de 100 pies.
El sueño de Wanamaker se hizo realidad utilizando las mismas técnicas de corte y trabajo de las maderas de roble que en el siglo XVI. Sus responsable admiten que el escenario es el espacio que más obedece a la conjetura, porque apenas existen datos que sugieran cuál era su apariencia, pero aun así se ha conseguido en conjunto la reconstrucción lo más fiel posible al Globe de 1599 con las evidencias disponibles. Cuando la reina lo inauguró en 1997, Sam Wanamaker ya había muerto tres años y medio antes. Con su nombre se ha bautizado un teatro adjunto estrenado el pasado enero y que emula los espacios de la época jacobina donde se representaban las obras puertas adentro y a la luz de las velas durante el invierno.
Las visitas guiadas a todo el complejo del Globe constituyen hoy uno de los atractivos turísticos del Londres perenne. Pero la verdadera experiencia pasa por apuntarse a una de las representaciones que, desde mayo hasta octubre, consiguen transportarnos a los tiempos en los que Shakespeare hizo de este teatro su casa y pudo dar rienda suelta a todo su genio.

El Globe del siglo XXI

by on 16:37
Font: Patricia Tubella ( elpais.com ) El público que se reparte entre los tres niveles de galerías sabe que los pilares que las sostie...

Fuente: Patricia Tubella (elpais.com)
To be or not to be (Ser o no ser), “las seis palabras más sencillas en la lengua inglesa” según el legendario director Peter Brook, van a resonar en todos y cada uno de los países del planeta gracias a una aventura teatral sin precedentes en la que se embarcará la compañía del Globe a partir del 23 de abril. Esa fecha en la que se conmemora el nacimiento de William Shakespeare marca el arranque de una gira que, con la obra Hamlet en cartel, persigue recalar en 205 naciones —la visita a España está programada para 2015— a lo largo de dos años.
En ese recorrido por todos los continentes, en avión, en tren, en barco o en autobús —sin descartarse otros medios de transporte menos convencionales— un equipo de doce actores y cuatro técnicos trasladará su escenario portátil a pueblos y palacios, a lugares tan diversos como el ultramoderno Centro Nacional de las Artes Escénicas de Pekín, anfiteatros romanos, la plaza central de Marrakesh o un escenario en el bosque tropical de Santa Lucía. El intérprete de origen nigeriano Ladi Emeruwa y el londinense Naeem Hayat se turnarán para dar voz al trágico príncipe de Dinamarca, mientras que el resto del elenco irá asumiendo de forma rotatoria la rica galería de personajes masculinos y femeninos que concibió la pluma del Bardo.
Una producción pequeña aunque de grandes ambiciones que encarna la continua vocación del Globe de “internacionalizar la obra de Shakespeare”, en palabras de su director artístico, Dominic Dromgoole. “En 1608, solo cinco años después de que fuera escrita, Hamlet fue representada en un barco en la costa de Yemen (el Red Dragon). Y diez años más tarde salía de gira por el norte de Europa”, subraya sobre una pieza “maravillosa, icónica y variopinta” cuyo espíritu que traspasa fronteras siempre fue central en la producción del dramaturgo inglés.
El proyecto bautizado como Globe to Globe Hamlet entronca con otra reciente experiencia que hace dos veranos consiguió arrastrar a 110.000 espectadores hacia su sede de Londres durante seis semanas para asistir a alguna de las representaciones de las 37 obras teatrales shakespearianas en otras tantas lenguas. Este teatro de la orilla sur del Támesis —una réplica moderna del escenario donde Shakespeare estrenó sus principales títulos— se abrió entonces a un ramillete de compañías procedentes de diversos rincones del mundo para aportar su particular visión del universo del Bardo. Ya fuera en maorí, árabe, español o serbocroata sus artífices apelaron con éxito a seguir aquellas propuestas a través de las emociones y sin permitir que el idioma se erigiera en una barrera.
En un sentido inverso, es ahora ese Hamlet en su lengua original inglesa y dos horas y cuarenta minutos de duración el que sale al mundo de la mano del Globe, con una gira que concluirá el 23 de abril de 2016, cuando se cumple el 400 aniversario de la muerte del dramaturgo y poeta universal. “Incuso aquellos que no hablan inglés reconocerán al momento el sonido y exclamarán ¡Shakespeare!”, ha vaticinado Peter Brook en un mensaje de apoyo a la compañía, dispuesta a conquistar toda suerte de territorios y nuevas audiencias.