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Fuente: Juan Cruz (elpais.com)
Es delicada como una piel. Blanca, rubia, o platino, sensual; sus ojos miran dos veces cada vez que miran. Marisa Paredes. Llena el lugar en el que está solo observando de reojo; hay en sus gestos cierta pillería blanca, como si estuviera de vuelta y nadie la fuera a engañar con halagos o con melindres. Una diva. “No, tan solo tengo apariencia de diva”.
Ahora va con una ropa sencilla, se prepara para actuar (en El cojo de Inishmaan, de Martin McDonagh, montaje de Gerardo Vera, con Terele Pávez e Irene Escolar) y lleva una especie de tartera que deposita en algún lugar del camerino; es un sitio sencillo que ella de pronto convierte, por ejemplo, en el camarote de Bette Davis. “Los demás me hacen diva, mis personajes son de diva, con determinadas personas tengo una actitud que ellos consideran soberbia. Pero nunca voy de diva. Creo que tiene que ver con mi presencia física”.
Una diva descalza. “Sí, ja ja ja. Descalza cuando ando por casa, cuando hace calor. Alguna vez alguien me retrató así, como una diva descalza. Arturo Ripstein [con quien hizo Profundo carmesí] me llamó ‘estrella cercana’. Es cierto, insisto, que mis personajes son más bien así. ¡Pero mírame en esta función que estoy haciendo!”.
Ahí, en El cojo de Inishmaan (hasta el 20 de abril en el madrileño teatro Infanta Isabel), es una irlandesa a la que se le ha ido la cabeza y teje y desteje su vida cuidando piedras como una posesa. “¡Nada que ver con una diva!”. Marisa Paredes mueve los dedos ante sí. Flacos, perfectos, los dedos acostumbrados a unas manos que explican tanto como lo que dicen sus labios, o su risa. Tiene ese aire distante de las estrellas, pero en la cercanía siempre está a punto de reír.
A los 14 años debutó en el cine. Así que se ha hecho persona y actriz al mismo tiempo. “El 99% de los papeles que he interpretado me han dejado cosas por dentro. Si no rebuscas, miras, observas, se te aleja. Yo siento hasta la ropa del personaje que interpreto, y cuando no la siento, por dentro y por fuera, es que algo va mal”.
Una actriz muy emocional, “casi siempre entro en las interpretaciones por las emociones; es parte de mi forma de trabajar. Hurgando en ti es cuando aparece lo que buscas. Por eso te quitas el disfraz y el personaje te deja tantas cosas a ti como las que tú le das a él”.
Dos papeles, Gertrude, de Hamlet, en el teatro, y la mujer a la que da cuerpo en Tacones lejanos, de Almodóvar, en el cine, han arañado el alma. “Aquel ser que se olvida de todo y se entrega a la pasión sin pensar en nada más. Y en Tacones lejanos, aquella mujer que se entrega a su propio trabajo, no existe otra cosa, deja a su hija más o menos abandonada… Recuerdo que pensaba: si tuviera que dejar a mi hija María, que entonces, en 1995, tenía 12 años, por hacer estas cosas, ¡cómo lo podría montar!”.
Ella tuvo la suerte de tener a su madre, “y si hice Tacones lejanos fue porque estaba ella… Algunos de mis trabajos importantes los he podido hacer porque mi madre cuidaba a María: esa fue mi suerte”. Ese de Tacones… fue uno de los personajes que te enfrentan al espejo, dice Marisa Paredes. “Siempre te dejan cosas, hacen que afrontes situaciones que quizá viven contigo, pero solo afloran cuando tú eres capaz de fantasearlas”.

Y hay realidades, claro, que trascienden la fantasía. La muerte de su madre, en 2004. Las palabras recorren el cuerpo de la actriz y al llegar a los ojos, esa mirada azul es una confesión llena de memoria. “Esa pérdida es algo que durará mientras viva… Fue el colmo de la generosidad y de la alegría… Una mujer humilde dentro de una enorme grandeza, matándose a trabajar como se mataban aquellas mujeres, limpiando la portería, la tienda de abajo, la casa del primero derecha…, subiendo y bajando escaleras porque no había ascensor. Cuando fregaba, a veces yo la ayudaba a subir cubos de agua de las fuentes que había en la plaza de Santa Ana”.
“Se fue y la vi cómo se iba; murió de un cáncer en la cabeza… Tanto mis hermanos como yo intentamos que aquello se alargara lo más posible y la doctora que la atendió nos dijo en el momento más especial: ‘Mirad, no vale la pena dejarla vivir. Déjenla morir, ella os va a querer hasta el final y vosotros a ella. Estén ahí, hagan lo que sea necesario para que no tenga dolores porque el dolor es tremendo…’. Mi madre no había sido nunca especialmente religiosa, desde luego no era beata, algo que sí era mi abuela… Cuando me dediqué a este oficio, los hijos de mi abuela decían: ‘¡Anda que cuando se entere la abuela!’. Pues creo que el comentario de la abuela, cuando se enteró, fue este: ‘¡En todas partes está Dios, hijos!’…”.
La madre lo heredó todo, “menos la beatería”. Solo de vez en cuando iba a la iglesia, “supongo que a aliviarse, a sentir eso que se puede sentir en un templo, cierto alivio, serenidad, paz. Cuando estaba muy malita, en la residencia, los curas pasaban a ver cómo estaba. Para que no quedara nada por decir, o por no decir, le dije: ‘Mamá, está ahí el cura, ¿quieres verle?’. ‘Bueno, que pase’, contestó, pero en realidad lo hizo más por el cura que por ella. Tenía 84 años cuando murió. Pero sí, yo estaba serena, había hecho lo que había podido, aunque me hubiera gustado tenerla más”.

La última mirada. “Dolorida, sorprendida, intranquila; asustada, no sé si por la misma droga que le daban, una mirada de espanto. Eso sí se me quedó de tal manera que a los dos días escribí una carta que se titulaba y empezaba así: ‘Aquella terrible mirada”.
Cuando ocurre eso relativizamos todo.
Porque te acercas más a la muerte. Conforme se van acercando las pérdidas de los amigos, y desde luego de los seres queridos, se produce una orfandad clarísima. Es parte de ti que desaparece, que se va del todo, y hay un hueco profundo. Desde luego, no conozco a nadie a quien esta circunstancia no lo haya hecho más maduro, más consciente.
Ahora está la hija, ocupando el sitio que usted tenía ante la madre…
Es actriz, se apellida como el padre, Isasi [Antonio Isasi-0, cineasta]. Quizá podría haberle ayudado mi apellido, pero ella quería conseguirlo con su nombre y el apellido del padre, no quería otras trampas. La admiro mucho… Es hija mía y de su padre, los dos relacionados con el cine y con el teatro… Con lo cual tiene que hacer un doble esfuerzo para demostrar que ella es ella; tienen que mirarla tal como es. Eso es futuro, mi hija verá su futuro.
El tiempo pasa, “se ve en mi cara, en mi alma, en todo… Hay tiempos y arrugas para cada persona. Sería ridículo y estúpido pensar que puedes hacer de todo, es como pensar que eres capaz de detener el tiempo”. Ante ese vendaval, “hay que oponer realismo y paciencia… Las actrices intentan estirarse un poco, o más que un poco [ríe], para que esa arruguita no se vea, pero se va a notar mucho más de lo que es. Incluso ese juego de la cámara contigo ya no es que el tiempo pase por ti, es que pasa el triple cuando estás ante un primer plano en la cara”.
Fue una niña “pilla, divertida, muy intensa. Era la pequeña de cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos; el hermano anterior siempre estaba con su pandilla, se metían en las cuevas que había en la plaza de Santa Ana y que fueron refugios en la guerra… Mi rabia era que yo no podía hacerlo. ‘¡No puedes!’, gritaban, ‘¡eres una chica!’. Mi madre discutía con mi padre: ‘Cuando llegó la República tuvimos la posibilidad de votar y fuimos mujeres. Luego nos habéis convertido en esclavas…’. Ella me contaba cómo había sido en la República”.
La diva chica era “una niña que trataba de escapar por donde podía y de inventarme cosas, era muy fantasiosa. Me ponía delante de un espejo, me disfrazaba con cualquier cosa y jugaba a ser la reina de Saba”.
¿Y era tan guapa como ahora?
¡Era más! Eso dicen los que me vieron. Hace poco estuve en el Café Gijón y escuché un piropo: ‘Ahora es guapa. ¡Lo que habrá sido!’. Bueno, hazte a la idea, ponme 30 años menos, ¡ja ja ja!
¿Y su padre era guapo?
Lucio, claro que era guapo. Y altivo, yo tengo algo de él. Y mi madre era guapa también, Petra… Él era el portero de la casa y trabajaba en Cervezas El Águila. Todos los obreros tenían asumida su condición; pero como él era tan guapo, se consideraba de otro mundo, se enfadaba si las camisas no estaban bien planchadas, por ejemplo, y de ahí surgían aquellas discusiones con mi madre, que le reprochaba que la tratara como a una esclava… Eran los tiempos en que los hombres eran amos y señores de las casas y del mundo. Recuerdo el miedo que le teníamos. Pavor. Escuchábamos sus pasos por la escalera y ya nos poníamos alerta… Luego era cariñoso, a su manera. Creo que era un momento en que los varones eran así; si no, se pensaba que no eran hombres. Después he visto pasar el tiempo y ya los hombres empujan los cochecitos de los bebés.
La vida por dentro, Marisa. ¿Y la vida alrededor?
Uf, menos mal que está el teatro, que me ha dado vitalidad y esperanza. Mira lo que hacen con la sanidad, la educación, la cultura. ¡El IVA! Bochornoso. Es como si la cultura no existiera. ERE a montones, los bancos que se quedan con el dinero público… La mayoría del PP ha sido un desastre. La gente va perdiendo la fe. ¡Hasta el aborto lo echan para atrás! Que estamos en crisis es cierto, pero vamos a encontrar una fórmula para salir y que no sea a base de cribar los derechos de la gente. Un momento terrorífico.
El teatro, dice, le “hace florecer”. Ahí, en el camerino, la estrella cercana, la diva descalza, se quita la rebeca. Marisa Paredes se viste para el escenario. Con ella va todo lo que ha visto. Y en algún momento, dice, se acordará de la realidad como un eco. La ficción le ayudará también a ser ella misma.

Font: Rafel Esteban (elcultural.es)


Gerardo Vera regresa al teatro. Después de un año dedicado principalmente a la ópera, el que fuera director del Centro Dramático Nacional entre 2004 y 2012 vuelve a la escena madrileña con una obra que ha sorprendido a muchos: Maribel y la extraña familia, de Mihura, que estrenará el próximo 17 de julio en el Teatro Infanta Isabel de Madrid. Este título es el primero de la nueva etapa de Vera y también de su productora, creada para la ocasión. Con ella quiere estrenar tres títulos al año, de los cuales dos los dirigirá él. Tendrá una factura más comercial aunque su próxima producción será una obra del irlandés Martin McDonagh, El cojo de Innishmaan, con Irene Escolar. Mientras consolida este proyecto estrenará en septiembre como director -al margen de su productora- la última obra de Jordi Galcerán, El crédito.


Maribel y la extraña familia supone la entrada de Vera en el mundo del comediógrafo madrileño. A pesar de que fue el responsable de que el CDN lo homenajeara durante su etapa como director con Las visitas deberían estar prohibidas por el Código Penal, que recogía muchos textos del autor madrileño, sobre todo los no teatrales, Vera reconoce que “nunca había tenido mucho interés por Mihura”, aunque sí por esta obra.



“Siempre tuve este título en la cabeza. Todo el mundo dice que soy muy serio, pero la verdad es que tengo mucha guasa y mucha retranca, como Mihura y sus textos”, corrige el director, que reconoce no ser un experto en la obra del autor madrileño ni haberle dedicado mucho tiempo. Hasta ahora.



Maribel me ha permitido descubrir a Mihura”, explica Vera. De ese encuentro ha salido con la certeza de que el autor fue “un vanguardista a su pesar”, casi sin darse cuenta de las cosas que le pasaban, como le ocurre muchas veces a los personajes de sus obras.



“Mihura lleva al lenguaje teatral las técnicas que usaba, desde diez años antes, en las revistas de humor como La metralleta o, en su primera época,La codorniz, y en la prosas periodística, unos rasgos creadores que no había utilizado nadie hasta entonces”. Con estas bazas consigue “una comicidad directa, ácida, tierna y totalmente cotidiana que muestra como nadie lo había hecho la tristeza y las miserias de una sociedad conservadora y pequeñoburguesa, que era la que iba a ver su teatro sin saber que hablaba de ellos”, explica Vera. Pero para conseguir todo esto requería de algo más, necesitaba construir “unos personajes de gran cariño envueltos en unas situaciones sorprendentes y, claro, unos diálogos transgresores que, con la perspectiva que da el tiempo, resultan del todo revolucionarios”.



Y añade: “Hemos querido quitar toda la caspa que Mihura, sin merecerlo, arrastra. De ese tufo a teatro de mesa camilla y recuerdos de abuela que contamina todo e incomoda al texto”.



Para ello el director no sólo ha optado por una escenografía limpia, de una vaciedad absoluta, donde la luz, unas gasas y cuatro o cinco muebles sacan a la obra de ese ambiente provinciano. El elenco que estructura la obra está compuesto por la pareja de enamorados, formada por un tímido soltero llegado a Madrid para encontrar esposa y una prostituta de club, las tres compañeras de barra de esta última y las extrañas tías del primero, que interpretan Alicia Hermida y Sonsoles Benedicto. Para el resto de papeles el director ha escogido a Markos Marín y Lucía Quintana (los novios), a los que acompañan Chiqui Fernández, Elisabet Gelabert y Macarena Sanz en el papel de las tres prostitutas. Con ellos se lanza a “una historia de amor que proclama el derecho de todos a ser felices”.

Fuente: Julio Bravo (abc.es)

Lifting, que hoy se estrena en el teatro Infanta Isabel, es una comedia que habla precisamente de lo que cabe esperar leyendo el título: de la cirugía plástica y de la tiraría de la imagen. «Sí, pero también habla de muchas otras cosas», apostilla Elisa Matilla, una de sus actrices. Ella, junto con Josele Román, Miren Ibaguren y Pepa Rus, son las intérpretes de esta comedia escrita y dirigida por Félix Sabroso y Dunia Ayaso. Las cuatro se desdoblan en cerca de cuarenta personajes a lo largo de los diecisiete sketches que componen la función.

La mujer enamorada de su jefe, la madre que compite con la hija, la hija que detesta a su madre y su oprimente influencia, la mujer vengativa, las competitivas compañeras de trabajo, el matrimonio aburrido y frustrado de su convivencia, las amigas enemigas, la artista plástica alienada por el desamor, la actriz que se aterra ante la inminente vejez... Son algunos de estos personajes, con los que los autores, en tono casi de cabaret, retratan con crítica ironía un mundo dominado por las apariencias y la presión. Apenas una peluca es el elemento que utilizan las actrices para mudar sus personajes. «Es un reto -dice Elisa Matilla- porque tenemos que hacerlos identificables únicamente con nuestra voz y nuestra energía; son personajes tipo, y el público ha de reconocerlos».
Diálogos brillantes
No hay -no habría tiempo- un análisis profundo en la obra, que está llena, dice la actriz, de «diálogos brillantes y divertidos. Hay sketches de carcajada y otros de sonrisa irónica», pero todos, asegura, son punzantes y muestran a personajes con carne y reconocibles. «Nosotras cuatro nos lo pasamos muy bien, nos entendemos como actrices y somos amigas, y eso el público lo nota, nota esa química».
De los diez personajes que interpreta Elisa Matilla, siente especial cariño por una estenotipista. «Apenas hablo, es uno de los que tienen menos frases, pero tiene algo especial».
La actriz se muestra favorable a las operaciones de estética, habituales en el mundo del espectáculo. «Cada vez están más extendidas, y me parecen bien cuando sirven para resolver un defecto, un complejo o una inseguridad. Con lo que no estoy de acuerdo es con la tiranía del no envejecimiento; es una guerra perdida, porque vamos a envejecer igual por mucho que tratemos de evitarlo».
El físico, naturalmente, influye mucho en la carrera de una actriz. «Pero se es mucho más permisivo con las actrices que se dedican sobre todo a la comedia», asegura Elisa Matilla.