Mostrando entradas con la etiqueta Robert Lepage. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Robert Lepage. Mostrar todas las entradas
Fuente: Darío Prieto (elmundo.es)
Robert Lepage no le gusta hablar de amor en su teatro. "Como tema, me parece un poco hortera", ríe. Pero el dramaturgo y director canadiense, uno de los renovadores más importantes de los escenarios durante las últimas décadas, hizo una vez una concesión. Fue hace 25 años y la obra se llamó 'Needles and opium' ('Agujas y opio'). Lepage, al que tampoco le gusta resucitar sus montajes del pasado ("Me da miedo enfrentarme a quien yo era"), ha recuperado este espectáculo, que se presenta desde este sábado en los Teatros del Canal de Madrid dentro del Festival de Otoño a Primavera. Una nueva aproximación a esa mezcla de hipertecnología escénica y sentimientos desamparados que Lepage lleva desarrollando a través de su compañía Ex Machina.
Lepage dice que se atrevió a recuperar el montaje cuando el actor Marc Labrèche, que le sustituyó como protagonista de la obra hace 25 años, decidió volver a hacer teatro. Entre ambos decidieron darle nueva vida a un texto y a la presentación escénica.
El argumento que impulsó a Lepage a escribir 'Needles and opium' fue, de un lado, una coincidencia histórica: "A comienzos de 1949, Jean Cocteau visitó Estados Unidos por primera vez. Y cuando regresó tomó un avión de Nueva York a París. Y en el trayecto, que entonces duraba 14 horas, le dio tiempo a escribir un libro. Y en él puso sus impresiones de Nueva York, lo que más tarde daría origen a 'Poésie critique'. Al mismo tiempo, Miles Davis visitaba París, también por primera vez, invitado por Charlie Parker al Festival de jazz de París. Así que para mí era interesante esta casualidad de que alguien de París descubriese Nueva York mientras alguien de Nueva York descubría París. Y que ambos hombres fuesen tan representativos del mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial También que tuviesen en común tantas cosas. Una de ellas era su adicción a los opiáceos". Pero, mientas escribía esto, algo cambió: "Mi novio me dejó y atravesé un momento amoroso especialmente complicado. Entonces me di cuenta de que mi adicción era el amor".
Para Lepage, "a menudo las drogas se ven como una forma de escapismo. Pero si analizas la adicción al amor y la adicción a los estupefacientes, lo que tienen en común es el nivel de percepción de la realidad. Quien ha conocido el amor en su punto más alto te dice que es como igual que la droga, porque cambia tu manera de percibir todo. Y suele pasar que, cuando el amor desaparece o hay una ausencia del mismo, la gente lo sustituye por drogas. De eso va, en gran parte la obra, de tratar de mostrar este salto en el punto de vista".
El dramaturgo, que ha tratado temas como la inmigración, el aislamiento de las sociedades contemporáneas o la guerra, no extiende sus escrúpulos hacia la temática amorosa más allá de las tablas del teatro. "Lo que estamos viendo estos días", explica, "con todos esos jóvenes uniéndose al estado islámico, puede ser interpretado como un movimiento de odio. Pero yo prefiero verlo como un fenómeno de ausencia de amor: estos jóvenes vienen de entornos en los que no son aceptados, o condenados al ostracismo o donde no hay esperanza para ellos. Y van allá donde creen que van a encontrar una respuesta, a un lugar donde creen que hay amor, lo cual está conectado a su interpretación de la religión y de la idea de Dios. Tenemos que condenar cualquier forma de fundamentalismo, pero también entender de dónde procede".
Permeable a contextos y coyunturas, Lepage asegura que todo acaba filtrándose en una obra como ésta: "La forma en la que trabajaba hace 25 años y cómo trabajo ahora es muy diferente, porque la tecnología ha cambiado radicalmente. Y aunque pienso que este montaje tenía muchas buenas cualidades hace 25 años, entonces era muy bidimensional y plano. Formalmente y también en el discurso", confiesa. "Creo que lo que estoy proponiendo ahora es más tridimensional, en lo que se ve y también temáticamente. Es más rico, más 'escultural'. En ese sentido hay algunas cosas que dice Cocteau en la obra, advertencias a EEUU y a Occidente, sacadas de estos escritos de 1949, que cuando lo interpretamos por primera vez, antes del 11-S resonaban de una forma distinta a cómo lo hacen ahora, en este mundo posterior a los atentados".
Lepage, que lleva más de tres décadas consagrado a la exploración del lenguaje escénico, sigue apostando por esta forma de contar: "El teatro es como la jardinería", plantea. "Preparas diferentes materiales, plantas semillas, trabajas con el suelo... Y no sabes lo que saldrá de ahí. Pero algo crecerá. Será más rico o más pobre, pero estará ahí. Y es lo que me gusta del teatro: algo que siembras por primera vez y no es bueno, tras representarlo y representarlo y representarlo acaba siendo bueno. El mundo del cine y de la televisión, los medios grabados, van de tirar cosas todo el tiempo: es bueno, lo uso, lo tiro; es malo, lo tiro directamente. Pero la verdadera naturaleza del teatro es la persistencia, la memoria. Cosas que echan raíces y crecen y crecen... Y cuando te quieres dar cuenta aquello tan pequeño es un gran árbol. Porque las cosas adquieren significado con el paso del tiempo".

Fuente: Álex Vicente (elpais.com)

A principios de los noventa, Robert Lepage (Quebec, 1957) vivió el peor mal de amores que recuerde. Para superar esa traumática experiencia, decidió recurrir a una terapia llamada teatro. Se inventó un álter ego, al que bautizó como Robert sin disimulo, y lo encerró en una habitación de La Louisiane, el hotel parisino donde Miles Davis y Juliette Gréco forjaron su amour fou allá por 1949. En ese preciso momento, en el ecuador del siglo pasado, Jean Cocteau también tenía el corazón roto. Acababa de regresar de Estados Unidos, donde había sido aplaudido como un genio. Pero no lograba olvidar a quien fue su gran amor, el poeta Raymond Radiguet, fallecido prematuramente varias décadas atrás.

Lepage escogió un título para su obra: Agujas y opio. Parecía decir que el amor era una droga como las demás. Y el desamor que experimentaba, una versión todavía más terrible del síndrome de abstinencia. Los tres personajes se encontraban en esa habitación de hotel, entre nubes tóxicas e inyecciones letales que hacían más llevadero el sentimiento de abandono. Esa obra estrenada en 1991 regresa ahora a los escenarios. Tras meses de gira mundial, el Festival de Otoño a Primavera la acercará a Madrid entre el 7 y el 10 de marzo.
Igual que Robert Wilson y Jan Fabre han rebuscado recientemente en su producción anterior, el director y dramaturgo canadiense se vuelve hacia el pasado, algo muy poco habitual en su trayectoria. “Es cierto. Mi carrera siempre se ha movido hacia delante y no hacia atrás. Siempre me da miedo enfrentarme a una vieja obra y que me acabe pareciendo mala”, sonríe. Jura que fue el actor protagonista, Marc Labrèche, quien le pidió este segundo acto. “Poco después de interpretar esa obra, se convirtió en una estrella televisiva en Quebec y no ha tenido tiempo de hacer más teatro desde entonces”, asegura.
Lepage reconoce que dudó. “Volver a hacer la misma obra no me interesaba nada. En estas dos décadas he hecho ópera, circo y espectáculos rock [junto a su amigo Peter Gabriel] y quería que esta nueva versión recogiera esa evolución. Le dije a Marc que solo aceptaría si la reintentamos”.
Misión cumplida: el resultado solo guarda un parecido razonable con el original. “La obra de 1991 era bidimensional: había una pantalla y un actor delante. Esta la he hecho en tres dimensiones”, bromea Lepage, que ubica a su protagonista en una habitación movediza, símbolo de su inestabilidad interior. “El espectáculo es menos bruto y más coherente, a nivel formal como también intelectual”.
Lepage sigue considerando que el amor es una droga de la más elevada toxicidad. Pero dice que ha aprendido a sufrir menos. “Cuando se envejece, uno logra inmunizarse un poco. Hoy entiendo mejor cómo funciona el amor, aunque eso tampoco acabe de resolver el problema”, señala. "Para mí, el amor ya no es un refugio ni una escapatoria, sino una manera distinta de percibir la realidad, de experimentar las emociones. Exactamente igual que las drogas”. Los estupefacientes logran abrir la puerta al surrealismo que contiene la obra, recorrida por el jazz venenoso de Davis y la lírica torturada de Cocteau.
Lepage cree que el primer amor es “el que marca para siempre”. El suyo fue una calamidad: se enamoró de una chica a los 14 años, hasta que la descubrió besando a otro. Entonces se refugió en las drogas blandas hasta que experimentó un mal viaje. Pasó dos años tratado con antidepresivos. “Al salir de la escuela, regresaba a casa y pasaba la tarde pegado al televisor”, reconoce. Por esa época, también descubrió su homosexualidad. Ha reconocido varias veces que el teatro le salvó. “Toda forma de creación es terapia, pero no solo una terapia personal. Debe serlo para el artista, pero también para el espectador. Si no, no sirve de nada”, sostiene.
Como sucede a menudo, nada dirigía a Lepage hacia el teatro. Hijo de taxista y crecido en un hogar humilde, de pequeño se veía como geógrafo. “Me fascinaban los mapas y los atlas. Conocía todos los países y sus capitales. Supongo que ya tenía interés por otras culturas y otras lenguas”, afirma. Hoy sigue interesándole la geografía, aunque a un nivel humano. “La geopolítica, el choque de culturas, las migraciones y el racismo son los grandes temas del mundo de hoy. Como en 1949, en pleno auge del existencialismo, hoy seguimos buscándole un sentido a todo. No solo a la existencia, sino a las relaciones sociales y a los conflictos que pueblan el planeta. Intentamos entender cosas tan difíciles de entender como el terrorismo”.
Su última obra, 887, que estrena la semana que viene en Nantes, propone un recorrido por el Quebec de su infancia, en unos años sesenta que dice “marcados por la lucha de clases y la esperanza de un mañana mejor”. “Fueron tiempos importantes en la definición de mi identidad personal, aunque solo tuviera 10 años”, asegura Lepage. Como quebequés, Lepage dice haber pasado su vida “sentado entre dos asientos”, esa expresión francesa que se refiere a todo equilibrio inestable. “Somos una mezcla rara: norteamericanos sin ser estadounidenses, europeos sin parecer franceses. Queremos soberanía, pero no nos atrevemos a marcharnos del todo”, afirma. Su estatus en el teatro podría ajustarse a la misma definición: desde su descubrimiento en los ochenta, Lepage ha sido un director extraño, pero al que el sistema siempre ha dejado sentarse en su mesa.
Se ha acabado convirtiendo en referencia teatral entre sus compatriotas. Por ejemplo, el dramaturgo Wajdi Mouawad (Incendios) hace años que le rinde pleitesía. “Me sorprende que diga que le influyo, porque diría que es él quien me influye a mí. En realidad, tomamos cosas prestadas los unos a los otros”, afirma. También admira al joven cineasta Xavier Dolan, con quien comparte una visión nociva del amor. “Al principio no me gustaba nada, pero luego entendí que era nuestro Almodóvar", admite. “Quebec tiene la suerte de tener talento joven. Aquí el teatro no fue inventado hace 400 años, sino apenas cincuenta. Defiendo la ignorancia de la juventud, que es una fuerza que no hay que menospreciar. Como dice David Bowie, a los 25 uno no sabe nada, pero lo defiende a muerte. Por eso trabajo tanto con jóvenes. Serán ingenuos, pero tienen una pasión infecciosa. Yo estoy a favor de ese contagio".


Hay un mundo llamado Hobbit Town escondido debajo del escenario que el director canadiense Robert Lepage y su compañía Ex - Machina han montado en el Teatro Circo Price de Madrid con motivo del estreno mundial de su última creación: Juego de cartas 1: Picas, la primera parte de una tetralogía en la que nos sumerge en el mundo del juego y con la que nos lleva a Las Vegas, la ciudad del pecado, un sitio de perdición y de perdidos que ansían encontrar su camino casi por azar. Ese submundo oculto, circular como la pista del circo y liliputiense (mide 1,10 metros de alto y tiene un diámetro de 10 metros), es el que el espectador solo alcanza a imaginar hasta el momento en que se queda boquiabierto con la sorpresa final de la función.
 Ahora se puede contar porque ayer fue la última representación de esa obra que ha pasado por la capital gracias al Festival de Otoño en Primavera: cuando parece que todo ha terminado, en medio de los aplausos y con los seis actores saludando desde el escenario, comienzan a salir bajo las tablas una, dos, tres, cuatro… hasta siete personas en diminutas sillas con ruedas, sentadas a ras del suelo. Son los técnicos que hacen funcionar esa plataforma circular desplegable, esa especie de muñeca rusa gigantesca de la que van saliendo, como si de la chistera de un mago se tratara, las distintas escenografías, concretamente los 399 movimientos que tiene esta función y que se suceden durante tres horas (sin intermedio) al modo de las secuencias de una película.
A los ojos del público, todo cuanto aparece en escena (una piscina, un casino, la barra de un bar, una habitación de hotel) parece emerger de una maquinaria de precisión, tecnología punta. Pero la sorpresa es aún mayor cuando uno se adentra en las tripas de ese escenario y descubre que, aparte de la plataforma de aluminio que sube y baja mecánicamente, todo funciona con cintas de velcro, imanes y ruedas y que el elemento tecnológico más avanzado es la polea con la que se ponen las puertas del escenario en pie, tirando de una cuerda desde abajo. Todas las piezas de ese enorme tetris se mueven a base de fuerza bruta, hasta el escenario (giratorio) lo ponen en marcha y lo paran esos técnicos sentados en sus diminutas sillas, tirando con sus manos de unas asas clavadas debajo de las tablas. “Hay que estar fuerte”, señala Anne Marie Bureau, una de las técnicas.
En Hobbit Town, como en Las Vegas, se vive al límite. Parece imposible perderse en una superficie circular de 10 metros de diámetro pero, es tal la velocidad, que en ese reducido espacio están claramente marcados los puntos cardinales. “El Norte son los camerinos”, señala Sergio Gutiérrez, uno de los tres técnicos del Teatro Circo Price (junto a Sergio Domínguez y Rafael Vaquerizo) que se incorporó al equipo de Ex - Machina para este montaje. “Tuvimos que aprenderlo en dos días, entramos directamente en el ensayo técnico después de montar esta especie enorme juego de Lego, es increíble”, reconoce Domínguez.
Los camerinos de este submundo, llamados gallineros por los actores, miden un metro cuadrado. “Los actores se tienen que cambiar a veces tumbados en el suelo y las actrices, que llevan tacones y vestidos con plumas, permanecen encorvadas hacia adelante hasta que les llega el momento de salir”, cuenta Bureau y muestra el hueco de menos de medio metro por el que entran y salen del escenario-plataforma.
“Todo es reconvertible y todo está doblado o enrollado, listo para ser desplegado o guardado”, explica Virgine Lecrerc, responsable de utilería. Incluso ella misma se desdobla: “Preparo los elementos de una escena (una vajilla, la mesilla de noche de una habitación de hotel con el teléfono y el libro pegados con velcro, las cartas y las fichas de los crupieres…) y, de pronto me sacudo el pelo, y aparezco en escena de extra, como una señora más del servicio de limpieza de un hotel”, cuenta riéndose junto a su compañero Simon Laplante, encargado de abrir, cerrar y asegurar, cada uno de los elementos que salen a escena. Todos ellos han creado una particular coreografía en ese submundo milimetrado, diminuto, veloz y silencioso que, al descubrirse, desencaja mandíbulas ante la sensación de milagro.
Fuente: Patricia Ortega Dolz (www.elpais.com)

En las tripas de Lepage

by on 14:40
Hay un mundo llamado Hobbit Town escondido debajo del escenario que el director canadiense Robert Lepage y su compañía Ex - Machina han...


Los actores Roberto Mori y Nuria García son las dos estrellas españolas que participan en Juego de cartas, la ambiciosa tetralogía que el dramaturgo, actor, cineasta y director Robert Lepage estrenó ayer mundialmente (solo con invitación; hoy se abre al público general) en el Teatro Circo Price de Madrid en el contexto del Festival de Otoño en Primavera. Y ambos son estrellas en un doble sentido: además de formar parte del elenco protagonista de la primera de las cuatro partes del espectáculo, Picas, los papeles que interpretan conforman una constelación dentro del cosmos que Lepage creador ha modelado en torno a las relaciones entre el mundo occidental y la cultura árabe. Ambientada en dos ciudades en pleno desierto, Bagdad y Las Vegas, la obra, explica Mori, "es una reflexión sobre el capitalismo, sobre la guerra y sobre el ser humano, así como la guerra del propio ser humano con sus demonios".
Inspirado por la baraja de naipes, que posibilita la creación exponencial de combinaciones, el autor canadiense ha extrapolado esa cualidad para representarla en forma de un viaje alucinante de tres horas por la senda de la lucha entre decadencia y redención. “Cada espectáculo tiene seis actores, y cada actor participa en dos partes de la tetralogía”, ilustra Mori. “Y en cada una de esas partes hay 36 personajes, que se interpretan entre los seis actores".  De los seis roles de cada intérprete, dos de ellos son los principales: el uno, la antítesis del otro.
Aunque tanto el asturiano Mori, como la valenciana García ya habían trabajado con Lepage en la obra de 2004 La Celestina (ella además actuó en Lipsynch, de 2007), este proyecto sobrepasa cualquier experiencia previa. “Es de esas cosas que te cambian la vida. Cuando alguien como él te llama te sientes en una nube”. Aunque con los grandes privilegios, suelen llegar también los grandes retos. Por ejemplo, participar en una obra en cuatro idiomas (inglés, francés, alemán y árabe), de los que ninguno es tu lengua materna. Y eso no es lo más complicado: “Creo que el desafío más importante es trabajar con un director de la magnitud de Lepage. Es alguien que tiene muchas cosas que contar, y el nivel de exigencia es muy alto”.
Del proceso de colaboración con el autor, Mori ilustra su carácter abierto y participativo: “Cuando él llama a los actores, les pone a hacer improvisaciones, y de ellas se van creando las situaciones que le interesan. De ahí surgen posteriormente los conflictos entre los personajes, y finalmente, el texto llega en la última semana de ensayos”. Concebida como un work in progress, la obra queda sujeta a fluctuaciones. “No es que cada función sea diferente, pero sí que va a ir cambiando”.
Tras dos años desde que comenzó la producción, y un total de “dos meses y diez días de ensayos”, el público madrileño pudo ver ayer la primera propuesta de representación que, además, tiene lugar en el escenario redondo que ha montado el Price, socio fundador de la Red 360º de espacios escénicos circulares. “Es la primera vez que trabajo en un espectáculo en 360º, y es algo peculiar porque no puedes esconder nada al público”, explica. Pero eso no es lo mejor: "Lo más destacable es poder ver la obra de un gran genio creador como Lepage, que hace uso de un lenguaje teatral que va más allá de lo que conocemos".
Fuente: Sílvia Hernando (www.elpais.com)
Director teatral, dramaturgo, actor, director de ópera, cineasta, especialista en Shakespeare, gran arquitecto de hiperbólicos montajes escénicos a la mayor gloria de las estrellas del rock, el canadiense Robert Lepage se acerca sin complejos al arquetipo del creador polimórfico, polifónico, polifácetico y cuasi renacentista. No por casualidad, Ex Machina, la compañía que fundó en Québec en 1994, tiene de todo en sus filas: actores, matemáticos, acróbatas, artistas, cantantes, músicos, diseñadores, informáticos... Lepage ha sabido incorporar siempre a sus espectáculos la ultimísima tecnología punta sin perder el elemento poético. A partir de este miércoles tratará de demostrarlo de nuevo en Madrid, ciudad elegida por él para llevar a escena el estreno mundial de su último y esperado proyecto, Juego de cartas. O mejor dicho: el estreno de Juego de cartas: Picas, primera parte de una tetralogía de 12 horas de duración, que Lepage estrenará en años sucesivos.

Desde Québec, su ciudad natal y cuartel general de su personal e intransferible laboratorio de creación artística y escénica, habla por teléfono de este proyecto y de algunas de sus ideas acerca del teatro actual. “El Festival de Otoño en Primavera se interesó por nuestro trabajo, estuvieron muy abiertos a nuestra proposición, y eso que era un espectáculo complejo, un estreno mundial, y un montaje que necesitaba de un escenario circular”, explica. Y añade: “El juego de cartas también es circular, hay que ponerse alrededor de una mesa”.
El primer norteamericano que llevara un Shakespeare a la escena del Royal National Theatre mostrará su nuevo juego dramático, un universo por el que no oculta moverse a golpe de intuición: “Los juegos de cartas constan de un conjunto de reglas, signos, estructuras matemáticas o numerológicas, mitologías y, sobre todo, personajes con los que crear tantas historias como combinaciones posibles”.
Lepage hace hincapié en el origen árabe de los juegos de cartas y distingue entre arcanos menores (baraja común) y arcanos mayores (el tarot). Un mundo que proyecta en cuatro espectáculos, con la misma estructura que proporciona el propio juego de cartas: PicasCorazones(“la parte que tiene que ver con la creencia, con la religión, con el tarot”), Diamantes (“normalmente relacionados con el mundo de los negocios”) y Tréboles (“el mundo del campesinado, de los trabajadores”). Sostiene que las cuatro partes de la tetralogía integrarán un cosmos “que tratará de nuestras relaciones, pasadas, presentes y futuras, de nuestros intercambios y, en ocasiones también, de nuestros choques con la cultura árabe”.
En este montaje y como en todos los suyos, Lepage cuestiona los códigos de realización escénica clásica. EnPicas la acción se desarrolla simultáneamente en dos ciudades, construidas en el corazón de dos desiertos, en el momento en que los Estados Unidos emprende la invasión de Irak. “De un lado, Las Vegas, caricatura de valores y de los extremos del mundo occidental, y del otro, Bagdad, bombardeada por la administración Bush en nombre de la promoción de la democracia”.
En esta primera parte Lepage se acerca, a través de la simbología de las espadas, al tema militar. “No solo hablamos de eso, es un montaje complejo, sobre todo desde un punto de vista ideológico”, dice de Picas, que cuenta con actores españoles (Roberto Mori y Nuria García), ingleses, alemanes, quebequeses… que representan la obra en varios idiomas (habrá sobretítulos en español).
El director canadiense elige Las Vegas porque esa ciudad es como una falsa interpretación del mundo: “Todo está ahí, todas las lenguas, todas las clases sociales, todas las cartas”. Para él esa torre de Babel que es la capital del juego es un espacio donde todo está permitido, un imperio de lo falso, del escape y del desvanecimiento. Lepage estaba en Las Vegas cuando los americanos empezaron a bombardear Bagdad: “Era muy interesante ver cómo la gente en Las Vegas afrontaba la idea de la guerra, una ciudad que desde su fundación está marcada por una estética muy árabe, pero donde todos los grandes símbolos mundiales de la civilización se encuentran ahí”.
El padre de Jugando a cartas quiere también reflexionar acerca del estado actual del teatro y de lo que las artes escénicas suponen hoy en tanto que aglutinadoras sociales: “En estos tiempos de crisis económica e ideológica, el teatro, más que nunca, es el gran unificador. Cuando las cosas van mal lo último que hay que hacer es refugiarse en Internet, en las redes sociales, en Facebook… ahí no encontraremos solución; es entonces cuando el teatro se mantiene como lugar de unión, donde se produce una verdadera reflexión sobre la sociedad; no olvidemos cómo después de las guerras, sobre todo en las dos mundiales, una de las primeras cosas que la gente reconstruyó en las ciudades fueron los teatros”.
Lepage lleva desde años sumido en una especie de exilio interior desde el cual ha concluido que la única fuente inagotable que el teatro posee es la inteligencia del espectador. Y eso sí, público nunca le falta, ni con sus trabajos por los mejores teatros y templos operísticos del mundo, ni con su compañía Ex Machina: “Trabajo muy mal sin mi compañía, ellos son colaboradores, pero también una herramienta de trabajo muy importante para mí, porque mi teatro tiene el sentido de familia, otra virtud de españoles y quebequeses, al igual que la necesidad de unirnos en una especie de convención religiosa, la religión del teatro, donde confiamos en los que cuentan historias y les pedimos que den luz a nuestro camino; ese poder iluminatorio atrae a los que antes iban a escuchar misa, porque el teatro es una forma de comunión”.

Hitos de un mito

Robert Lepage nació en Quebec en 1957.
En 1985 crea La Trilogie des dragons, que le valdrá el reconocimiento internacional. Entre sus montajes teatrales más destacados están Le Polygraphe (que lleva al cine), Les Aiguilles et l’opium (1991), Coriolan, Macbeth, y La Tempête (1992) y A Midsummer Night’s Dream (1992), que le permite ser el primer estadounidense que dirige un Shakespeare en el Royal National Theatre.
Con Ex Machina, entre otros montajes, están ElseneurLa Géométrie des miraclesThe Busker’s OperaLe Projet AndersenLipsynch y Eonnagata.
En cine dirige Le Confessionnal, su filme más conocido, y Possible Worlds, y la adaptación de su obra La Face cachée de la Lune.
Ha creado la más grande proyección arquitectónica nunca antes realizada,Le Moulin à images, Aurora Borealis, iluminación permanente que se inspira en los colores de las auroras boreales.
Además, pone en pie espectáculos de rock, exposiciones, circo y proyecciones arquitectónicas, como los 'shows' de Peter Gabriel, The Secret World Tour Growing Up Tour; con el Circo del Sol, .
Entre sus óperas están Le Château de Barbe-Bleue y ErwartungLa Damnation de Faust1984 basada en la novela de Orwell y con Lorin Maazel, Le Rossignol et autres fables, el ciclo completo de Der Ring des Nibelungen, de Wagner (4 opéras) y este año The Tempest.
Fuente: Rosana Torres (www.elpais.com)