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Fuente: Miguel Ayanz (larazon.es)
Sale el planeta a escena, llamado por el Autor. Y poco a poco, el rico, el pobre, el rey, el labrador, la prudencia, la belleza, el niño componen un retablo de sabiduría y determinismo, una alegoría religiosa y social en la que cada cual tiene un papel asignado. Con «El gran teatro del mundo», Pedro Calderón de la Barca situó al auto sacramental, un género habitual en el siglo XVII y casi un medio propagandístico de la Iglesia católica ante el empuje del protestantismo en Europa, en su culmen, su mayor cota de poesía y de popularidad. El texto regresa a Madrid en una nueva producción gracias a un veterano e impresindible cineasta que, a sus 81 años debuta en el teatro. Carlos Saura, que podría estar en la Historia cómodamente viviendo de su prestigio por sus dramas sociales («La caza», «La prima Angélica», «Cría cuervos»...), por sus versiones filmadas de clásicos del baile flamenco («Bodas de sangre», «Carmen», «El amor brujo») o por sus hermosísimos viajes documentales musicales («Flamenco», «Sevillanas», «Tango»), ha decidido dar otro salto. En el pasado, había dirigido óperas y un espectáculo de flamenco, pero nunca teatro. Le ofrecieron llevar a escena este Calderón y no lo dudó. Eso sí, lo ha hecho con su sello, con mucho humor, y reinventando la historia, con el propio dramaturgo del Siglo de Oro en escena (interpretado por José Luis García Pérez) dirigiendo a una compañía de actores que preparan, en un caótico y reivindicativo ensayo, la obra. En el reparto, nombres de tirón: Fele Martínez, Antonio Gil, Adriana Ugarte, Emilio Buale, Ruth Gabriel, Raúl Fernández de Pablo y Eulalia Ramón, esposa de Saura. El director tuvo el detalle de organizar un ensayo general para que la Prensa viera el montaje antes de sentarse a hacer entrevistas sin saber ni de lo que se habla. Es más, lo exigió, como se hace por cierto en el mundo del cine; no estaría mal que el teatro se apuntara a este sistema. Así, una vez visto, y disfrutado, atendió a LA RAZÓN. Hablamos, claro, de lo divino y lo humano.
El mundo ha cambiado mucho desde la época de Calderón: la religiosidad, la relación con Dios... ¿Cómo se entiende hoy en día «El gran teatro del mundo»?
El problema que tenía yo siempre es esa duplicidad que hay en la obra. Por un lado, eso que me fascina tanto: que unos actores representen determinados personajes, que me parece una idea fantástica. Incluso la posible rebelión, que está sólo abocetada en Calderón, porque el pobre tiene que ser pobre y el rico, aunque esté encantado, rico. Lo que pasa es que es una rebelión pequeña y un poco clasista. Y luego está el sentido religioso que tiene la obra, que a mí se me escapa muchas veces. Hombre, lo entiendo, pero me parece que a veces está cogido por los pelos. Mete la eucaristía casi con desgana, de Calderón, como si tuviera que quedar bien con la Iglesia. Yo soy agnóstico, pero he querido respetar el final de Calderón. No hay Eucaristía, pero sí cierto respeto al original, porque si no, sería una traición total. Aunque los personajes sí son válidos para hoy, Calderón habla de otros que no aparecen: el maestro, los militares... En cambio, mete a la pobreza. Hay contradicciones interesantes cuando lo lees despacio.
Además, ¿un respeto total al texto, actualmente, habría sido una traición total?
Es que a mí no me apetece nada hacer ahora «El gran teatro del mundo» en una iglesia con dos mil personas. Prefería una cosa popular, pequeña, un ensayo casi familiar. Y buscar los intersticios que hay dentro de la obra. Luego, yo he estimulado mucho lo que más me interesaba, que es la rebelión de los actores contra el director.
Lo cual, viniendo de un director, tiene mucho mérito...
Es que adoro a los actores. Soy el peor del mundo, pero vivo con una actriz y antes estuve con otra. Hay que trabajar con cuidado con ellos, mimarlos casi como un padre. Es un trabajo que me gusta mucho, quizá lo que más me gusta de mi profesión, aunque no sé por qué hay que llamarla así.
Bueno, según esta obra, sería un papel que le ha tocado desempeñar...
¡Yo soy el autor del autor del autor! (Risas)
Sí, según Calderón, el papel en la vida que le ha tocado representar.
Bueno, creo que Calderón me habría mandado a hacer puñetas: ¡éste con qué derecho se mete a enmendarme la plana!
¿Se siente cómodo con ese personaje?
Sinceramente, creo que he tenido mucha suerte. La vida ha sido afortunada conmigo. He hecho cuarenta y tantas películas y cinco óperas, he escrito tres novelas, hago fotografía, tengo siete hijos maravillosos, me he casado varias veces... A mí la vida me ha tratado muy bien. Tengo 81 años y muchas ganas de hacer cosas. No puedo decir que me ha ido mal, sobre todo cuando veo alrededor mío que la gente se muere y está enferma. No puedo quejarme.
La obra tiene retazos, huellas de su cine, pero a la vez es más lúdica, divertida. ¿Ha querido separarse un poco de esa mirada esteticista que tienen algunas de sus películas?
Son cosas muy diferentes. Esta obra se prestaba a eso. El hecho de inventar la posibilidad de que fuera un ensayo, que lo dirigiera Calderón, es algo que no lo había pensado cuando me ofrecieron hacer la obra. Dije que sí porque me apetecía y conocía el texto bien, pero nunca se me había ocurrido meter a Calderón de protagonista. Y ése fue el quid. Automáticamente todo cambia: el propio Calderón está dirigiendo la obra ahora y con las libertades de este tiempo.
Por otro lado, hay mucho de su cine en escena, los paneles de sombras, la música, el teatro dentro del teatro... ¿Puede considerarse una prolongación de su filmografía?
¡Es que me gustaría hacer una película de esto! Lo que pasa es que los productores no están por la cosa. Más que de cine, yo tengo una educación visual. He sido fotógrafo toda mi vida, y tengo facilidad para la imagen. La escenografía es mía, la música la he elegido yo y la iluminación la voy a controlar, aunque tengo una persona estupenda para hacerlo. Tengo un concepto fundamentalmente visual. Yo veo el teatro como algo más visual, con otras posibilidades. De hecho, ya se está haciendo desde hace años un teatro distinto. Lo veo como una combinación de las imágenes, a veces cinematográficas, con lo teatral. La única limitación es que hay que verlo todo en un plano general de una hora y veinte.
Lleva haciendo teatro toda su vida, a través de las películas, y a la vez nunca lo había dirigido. ¿Es un director de teatro que nunca ha hecho teatro?
Un poco, sí. He escenificado, porque con Antonio Gades hice «Flamenco hoy» y luego he estrenado óperas, pero teatro con texto, no. No había tenido la oportunidad, hasta que me la ofrecieron. Luego hay otra cosa, algo que le oí a Ingmar Bergman, que decía que en el teatro estaba sentado, dirigiendo pero relajado. Tienes que subir a una montaña, bajar, ir a la carretera... Éste es un trabajo ya para mayores de edad.
Hay en la obra de Calderón una reflexión sobre ricos y pobres, reyes y labradores...
Eso está en la obra y es muy divertido. Bueno, nuestro labrador se ha vuelto muy de izquierdas y protesta enérgicamente, pero en aquella época no había comunistas.
¿Hoy quizá los ricos de Calderón serían banqueros y el rey sería el presidente del Gobierno?
¿Cómo quizá? Bueno, el rey a lo mejor sería el rey o el presidente. O alguien más cercano al Papa. Hoy hay más pobres y más ricos que nunca.


Fuente: Rocío García (elpais.com)
El rey Lear, la tragedia de Shakespeare sobre la ingratitud filial pero también sobre la vejez y la locura, fue la primera opción en la que pensó Carlos Saura tras el ofrecimiento del equipo del Teatro Español para que se aventurara, de una vez por todas, como director teatral. “Algún día la haré”, había reflexionado siempre Saura sobre la obra del dramaturgo inglés. Pero la volvió a releer y se quedó anonadado, asustado. Desechó la idea. También la de Macbeth, la segunda opción en la que pensaron. Las había visto tantas veces y con actores británicos tan “maravillosos” que no se sintió capacitado para ofrecer una versión diferente y personal. Y en estas apareció Calderón de la Barca y, más concretamente, El gran teatro del mundo, el auto sacramental del autor barroco del siglo XVII, en el que se indaga sobre los distintos papeles representados en la vida humana.
Aquí sí, en este teatro dentro del teatro, en este juego escénico de los actores que van a interpretar a personajes que son arquetipos, símbolos, que de alguna manera no tienen otra vida más allá del propio personaje que les ha sido designado, el cineasta se lanzó de plano. El gran teatro del mundo, en la versión más libre y personal, despojada de toda la grandilocuencia y religiosidad del original auto sacramental, dándole a la obra una perspectiva muy popular y con la invención del propio Calderón como uno de los personajes de la función, se estrenará en las Naves del Matadero de Madrid el próximo 4 de abril.
El escenario está casi en penumbra. “Cambia lo superficial / Cambia también lo profundo / Cambia el modo de pensar / Cambia todo en este mundo…”. La canción de Mercedes Sosa retumba en el espacio al mismo tiempo que en dos pantallas gigantes translúcidas, semitransparentes, se proyectan potentes imágenes sobre el Big Bang, la creación del mundo. “¡Que en este teatro del mundo, toda la vida representación es!”. La voz de Calderón brama, mientras echa a andar por el escenario leyendo el libro. “Hermosa compostura de esa varia inferior Arquitectura que entre sombras y lejos a este Celeste usurpas reflejos, cuando con flores bellas el número compite a sus Estrellas”, lee el autor. Deja de leer, mira hacia arriba y ordena: “¡Que descienda de los Cielos El Autor Soberano!”. Y desciende un óvalo, con forma de huevo, y en su interior, sentado en un sillón, El Autor Soberano, con manto azul y estrellas plateadas con una corona con las potencias doradas —nueve rayos— y un báculo pastoral. “¡Que salga El Mundo!”, vuelve a ordenar, con voz potente Calderón. Y, arrastrando un mapamundi, sale El Mundo. “¿Quién me llama? ¿quién me da voces?”. El desconcierto de El Mundo es evidente. Y así van apareciendo todos los personajes convocados para ensayar la gran obra, a las órdenes del autor real, el propio Calderón. Aquí está la que será elegida finalmente para ser La Hermosura, también el que hará de El Rico, El Rey, El Labrador, El Pobre, La Discreción, El Niño y La Institutriz.
No está muy convencido Carlos Saura de estar experimentando algo nuevo. Detrás de una sencilla mesa y atento a las palabras de los 11 actores sobre el escenario, con su eterna máquina de fotos siempre a mano, a sus 81 años Saura reconoce que lo único que ha cambiado en su trayectoria es que se enfrenta por primera vez a un texto dramático con texto. Porque ahí están sus espectáculos teatrales como Bodas de sangre y Carmen, con Antonio Gades, o los musicales Flamenco oSevillanas, y sus cinco óperas, además de toda su filmografía. Siempre mezclando esa estética visual tan poderosa con el relato más cercano. “No tengo la sensación de debutar en nada. Soy un aventurero y no me juego nada. Siempre he ido a contracorriente y he hecho lo que me ha dado la gana, a la búsqueda siempre de lo que me gustaba”. Y así, siguiendo las directrices de su amado y admirado Ingmar Bergman que, cansado de hacer cine se lanzó al teatro, Saura se ha sentado y dice sentirse un rey. “Es como el sueño de todo director. Aquí sentado, descansado, corrigiendo a los actores y disfrutando de todos ellos en conjunto”.
No es la primera vez que El gran teatro del mundo aparece en la obra de Saura. En su película Elisa, vida mía (1977) el cineasta introdujo un fragmento de la obra de Calderón en la clase que Don Luis (Fernando Rey) impartía en un colegio a unas niñas con babi escolar y en la que animaba a su hija Elisa (Geraldine Chaplin) a hacer del personaje de El Mundo. “Es una obra genial, de una invención extraordinaria, de textos hermosísimos. Me ha gustado toda mi vida pero siempre he pensado que había que despejarla de grandilocuencia, dejarla en un lenguaje más llano y popular. Supongo que es una desfachatez por mi parte hacer una versión libre, a veces poco respetuosa, pero esa ha sido mi intención. El teatro dentro del teatro, sí, pero también una forma de abordar la obra de Calderón más allá de su contenido religioso”.
Han sido muchos los cambios introducidos por Saura en esta obra. Además de la popularización del texto y la invención del personaje de Calderón, el realizador ha enfocado El gran teatro del mundo como si de un ensayo de la propia obra se tratara, algo común a películas y trabajos suyos anteriores. Ya lo hizo con ballets y musicales, obsesionado siempre por todo lo que hay detrás de la creación de cualquier trabajo. “Los ensayos me parecen mucho más atractivos que una representación ya terminada. En un ensayo hay muchas más posibilidades de establecer relaciones con los personajes, de ver cómo los actores se van haciendo con el papel, las dudas que les surgen, que se equivoquen y no se equivoquen, es todo mucho más vivo”. Y así la única manera —defiende Saura el primer día en el que se ha ensayado el auto en su totalidad en el mismo escenario de las Naves del Matadero donde se representará— que tenía de enfrentarse a esta obra —“tan complicada y tan hermosa”— era poniéndose él mismo como si de Calderón se tratara y lo ha introducido en la obra para que sea él mismo el que vaya dirigiendo la pieza, el que vaya incitando al resto de los actores, aquel que va corrigiéndolos y enfrentándose a ellos, gritándoles incluso, vigilante siempre, algo enfurruñado, en ese hipotético ensayo de la obra, en el que no faltan, advierte Saura, sus momentos de incomprensión y dudas, protestas e incluso rebeldía.
Los enfrentamientos de Calderón son duros. “Valiente compañía”, “¿es que os reís de mi texto?”, les llega a decir en un momento. Aquellos que mantiene con La Hermosura son vibrantes. Ella es indisciplinada y libre, tremendamente coqueta, y el autor le pide una y otra vez que se ciña al texto, que no vaya tan descocada —“una cosa es la hermosura y otra la provocación” explota poco antes de ordenarle que se marchite, que abandone la vida y se dirija a la muerte—. El encuentro con El Pobre es más académico. “El Pobre soy. Es mi papel la aflicción, es la angustia, es la miseria, la desdicha, la pasión, el dolor, la compasión, el suspirar, el gemir, el padecer, el sentir, importunar y rogar; el nunca tener que dar, el siempre tener que pedir”, clama dirigiéndose al público antes de que dude ante el texto que sigue. Es el propio Calderón el que le ayuda: “El desprecio, la esquivez, el baldón, el sentimiento…” después de exigirle que no sea tan grandilocuente. “El Pobre es pobre y temeroso, pero no por ser pobre tiene que ser ostentoso y, recuérdalo, ni siquiera bondadoso”.
Se acaba el ensayo, el real, y todos los actores, los reales también —José Luis García Pérez, Fele Martínez, Manuel Morón, Adriana Ugarte, Eulàlia Ramon, Ruth Gabriel, Antonio Gil, Emilio Buale, Raúl Fernández de Pablo, Héctor Tomás y Tacuara Jawa— se acercan a la mesa donde momentos antes Carlos Saura les ha fotografiado en la escena de los muertos danzantes, ocultos bajo extraordinarias máscaras cadávericas, pero no ha podido coger una cámara de cine y rodar esos primeros planos, esos movimientos. “Desgraciadamente el cine no me lo puedo quitar de las venas”, confiesa Saura.
De nuevo suenan la música y los versos de Mercedes Sosa, con la que se cierra también la función, y sigue resonando la machacona directriz de Calderón: “Que en este teatro del mundo, toda vida humana representación es”. Es la misma frase que podría lanzar Carlos Saura a sus actores. “Hacer crecer una obra así, sin asideros ni trama teatral, con personajes que nada saben de su pasado, que no tienen vida propia más allá de la carga religiosa y de los designios de Calderón, solo está al alcance de los estupendos actores con los que tengo la oportunidad de trabajar. En realidad, y lo digo de corazón, son ellos lo que han ido haciendo paso a paso esta obra”.

Los actores ante sus personajes

CALDERÓN
José Luis García Pérez
“Es, al mismo tiempo, el autor y el director, el que vela por la integridad del auto sacramental, el que defiende la acción física y emocional de los actores. Es huraño y a la vez tierno, convencido como está de que sin ternura no se puede dirigir”
El AUTOR SOBERANO
Fele Martínez
“Gran artífice del universo. Magnánimo a veces, terrible otras,pero sintiendo predilección por esos seres un tanto folloneros que habitan el Mundo”
EL MUNDO
Manuel Morón
“Es el que hace posible la representación, el artificio, el que facilita la transformación de almas o cuerpos desprovistos de carácter en personajes”
LA HERMOSURA
Adriana Ugarte
“Abarca toda la belleza de la naturaleza, el mundo de la pasión y los placeres, la desinhibición, la vanidad y el arrepentimiento”
EL REY
Emilio Buale
“La filosofía del personaje de El Rey la encuentro en esta frase: ‘Queel río que brazo de mar huyó vuelva a ser mar”
LA DISCRECIÓN
Eulalia Ramón
“Es la mística, la oración, el recogimiento, el gozo y la alabanza al creador y a las maravillas del mundo. El éxtasis”
EL RICO
Raúl Fernández de Pablo
“Es el dinero, el poder, la ambición, la pereza, la gula, en fin…Todos los pecados capitales”
EL POBRE
Ruth Gabriel
“La carencia absoluta. Desde ahí se permite observar y juzgar con la picaresca de quien no espera más que un no y la tristeza profunda de quien no tiene nada”
EL LABRADOR
Antonio Gil
“El que trabaja y al que nada le viene dado de antemano y solo concibe la vida a través del trabajo. Es también la sabiduría y el humor popular”
EL NIÑO
Héctor Tomas
“Yo sin nacer he de morir, no tengo que estar más tiempo aquí, que el de pasar de una cárcel oscura a otra más oscura”
LA INSTITUTRIZ
Tacuara Jawa
“A cargo del cuidado de un niño, le habían prometido un personaje protagonista, lo que da lugar a rivalidades con las otras actrices de la compañía”