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DRAMATURGIA: ÁLVARO TATO
DIRECCIÓN: ÁLVARO TATO, LAUTARO PEROTTI i SANTIAGO MARÍN
DIRECCIÓ MUSICAL: TAO GUTIÉRREZ
INTÈRPRET: ASIER EXTEANDIA
DURADA: 1H 50min
PRODUCCIÓN: FACTORIA MADRE CONSTRIKTOR
TEATRE LLUIRE (MONTJUÏC)

Nos sentíamos suertudos, toda la platea llena a rebosar. Había ganas de pasárselo bien. Un lunes a las nueve de la noche en Montjuïc y con ganas de descubrir que se encontraba dentro de El Intérprete que tantas voces teatrales de Madrid recomendaban no perdérselo. Alguien advirtió: ¿estáis preparadas para bailar? A lo cual les miramos atónitas porque sí no sabíamos donde nos habíamos metido.

Un trailer con una coreografia era lo único que sabía de El Intérprete. Y sorpresas por doquier. Ver la platea al completo del Lliure levantada siguiendo las coreografías y los ritmos que maravillosamente interpreta Asier Extxendia es todo un shock. Acostumbrados como estamos al teatro de sentarse en la butaca y esperar a que nos suelten los rollos de turno, es toda una ventana de aire fresco que me apetecería abrir más a menudo.

Brillante, cautivadora, electrizante interpretación la de Asier Etxendia que consigue meterse al público en los bolsillos y que durante dos horas nos tiene abducidos, haciendo todo aquello que nos ordena. Impresionante que no pare ni un segundo durante las dos horas de función. Energía desbordante que se transmite de una manera arrolladora. Una buena terapia para empezar la semana para acabarla o de entre medio. El subidón con el que sales de la sala es tal que invita a seguir la fiesta fuera.

Lástima que al ser función única no podamos repetir la experiencia, pero esperamos que un lleno total del aforo haga pensar a más de uno que quizás El Intérprete pueda volver a la ciudad para poder seguir aplaudiendo y gritando "Otra, otra, otra". 

EL INTÉRPRETE

by on 17:16
DRAMATURGIA: ÁLVARO TATO DIRECCIÓN: ÁLVARO TATO, LAUTARO PEROTTI i SANTIAGO MARÍN DIRECCIÓ MUSICAL: TAO GUTIÉRREZ INTÈRPRET: ASIER...


Fuente: Marta Caballero (elcultural.es)

¿Por qué Asier Exteandia? ¿Por qué en un año tan extraño de pronto el éxito de un único intérprete defendiendo un espectáculo centrado en la canción? Viene Wynton Marsalis, uno de los músicos de jazz más importantes del mundo, y no acaba de llenar. Llega después Ben Howard, que viene de triunfar en los Brit Awards y que es la sensación en Inglaterra, y tampoco. Exteandia, él solito, se compromete a repetir El intérprete en el mismo escenario que aquellos, el Circo Price (sábado, 20), y unos días antes ya está presumiendo de que colgará el cartel de localidades agotadas. ¿Qué ha pasado? Se le pregunta al actor, cantante y performer, una rara avis ("lo asumo") dentro de la escena española. Pero, a la vez, se cuelga su medalla. La oportunidad de su propuesta o las modas que a veces acompañan a un nombre habrán tenido que ver, pero quiere dejar claro que sobre el escenario hay mucho trabajo y se manifiesta la memoria de un niño que ha entragado toda su biografía a la música. Aclarando:


"Lo que ha pasado es que me atreví a hacer aquello para lo que he nacido. Hasta ahora no encontraba cómo ni la gente con quién hacerlo. Es curioso que haya sucedido a los 38 años, pero yo llevo cantando toda la vida. Ahora, después de desarrollar una carrera como actor, me encuentro lo que he deseado siempre, con una productora con la mejor gente que pueda imaginar. Todo esto conlleva mucho trabajo, no es un pelotazo. La vida de los socios de Madre Constriktor es un puñetero caos, porque en este país para sacar un espectáculo adelante hay que trabajar el triple. La gente no está acostumbrada al arte, al teatro, a la performance... todo hay que explicarlo, es muy difícil y puedo decir que he sudado la camiseta".


Esos son sus principios. Ahora, volvamos al tema principal. ¿Qué hace Asier Etxeandia? ¿Qué verán los espectadores del Price? En un momento de la representación, mientras lee el prospecto de una medicina mágica, el intérprete emplea una expresión que puede ayudar a entender su propuesta:"Uso tópico y antitopicazo". Por ahí van los tiros, el actor y cantante quiere huir de los lugares comunes, de las etiquetas, esas de las que el arte, denuncia, está cuajado; "La tendencia a poner un nombre a las cosas la que hace que hayamos retrocedido de los setenta a la actualidad y esto me asusta en todos los sentidos", se preocupa. Al margen de nombres y apellidos, define su trabajo como una propuesta "de calidad, valiente y honesta", razón por la que el público la entiende, porque sus tripas, asegura, son iguales que las suyas.


Durante la representación, el intérprete cuenta una historia que es la suya, la de un niño que cantaba para amigos imaginarios, mientras mezcla teatro y performance con música. Lo hace cantándole a todos aquellos que le acompañaron durante los años de soledad, Kurt Weill, Héctor Lavoe, Lucho Gatica, Chavela Vargas, La Lupe, Taking Heads, David Bowie, Rolling Stones... "Me he puesto en paz con mi yo niño. Con mi propia religión, que es la de la músicaEl intérprete es un homenaje a los que me demostraron lo que se podía hacer sobre un escenario por su manera de desnudarse ante el público. Para mí, Janis Joplin puede ser la mejor actriz del mundo, o Bowie, o Jagger. Todos eran intérpretes y me ayudaron a no sentirme solo", explica. Reunidas en este montaje, las canciones de estos artistas confoman "una dramaturgia perfecta"

¿Cómo concibió esta mezcla imposible? Cree Etxeandia en la figura del "actor mago" a la hora de crear una pieza. "El repertorio se fue creando solo, las obras son más inteligentes que nosotros mismos. Si lo entiendes así, al final todo tiene mucho más sentido que si lo hubieras decidido. En este repertorio también hay temas creados para él. Con algunos de ellos ha producido un EP que se venderá en el Price. "Claro que me interesa el mercado discográfico. Vamos a grabar un disco y seguiremos componiendo. No tendrá un estilo determinado, puesto que estoy invadido por los intérpretes de los que hablo, puesto que me emociona tanto Edith Piaf como Madonna. No quiero crearme un estilo que lo joda todo. Será pop, country, jazz, cabaret... En cuanto al contenido, me interesa mucho la autoexpiación, pero desde el positivismo, en el sentido de celebrarse a uno mismo. Me motivan las canciones que te ponen un espejo delante, las que te dejan hecho polvo para luego permitirte retroavanzar".

Abierta esta puerta de celebrar su infancia de soledades y el camino que le ha llevado a estos años de loas y taquillazos, Etxeandia no se plantea dar un solo paso atrás: "He estado juntando teatro con una serie de televisión, con cine... y ahora lo he dejado todo. He dicho que no a grandes obras para dedicarme a El intérprete", presume. Como no hay etiquetas que valgan para lo suyo, no es descabellado decir que este artista se ha convertido en un género en sí mimo. "No sé si hay algo como esto en el panorama español, la verdad es que no he podido ir a ver casi nada. Sé que hay montajes maravillosos de compañeros, sobre todo aquellos que ahora salen adelante sin ayuda del Estado, esos que me alegra encontrarme porque nos recuerdan que esta profesión viene de la necesidad. Lo que sí sé es que estoy en el camino y haciendo lo que quiero hacer", insiste este Psycho Killer, como en la canción de Taking Heads, de la interpretación, un oficio al que le debe "poder resucitar cada noche". 


Fuente: Pablo Guimón (elpais.com)
A veces el sentido de una vida puede estar delimitado por cuatro paredes. Eso sucede cuando lo que queda fuera de ellas es un infierno. En el caso de Asier Etxeandia, las cuatro paredes son las de la habitación de un niño en el Bilbao de principios de los años ochenta, en el piso 1º A del número 55 de la calle de la Autonomía. Una habitación con muebles de niño, colcha ochentera de colores chillones, estanterías con El libro gordo de Petete, montones de pitufos y paredes de gotelé cubiertas con fotos de Madonna que Asier recortaba de las revistas. Y en una esquina, el radiocasete. Un cacharro grande, de doble pletina, que hacía las veces de teletransportador. La verdadera vida de Asier empezaba cuando le daba al play y él hacía sus conciertos frente a la ventana.
A esas actuaciones, huelga decir, solo asistía público imaginario. Pero con el tiempo aquel niño logró convertir a ese público imaginario en público real. Esta es la historia de cómo Asier Etxeandia consiguió abandonar su habitación para convertirse en la persona que era dentro de esas cuatro paredes. De cómo cambió su habitación por el mundo para luego volver a esa habitación y contarlo, con la esperanza de que sirva de ejemplo a otros que, como le sucedía a él, se sienten diferentes y no tienen a nadie que les comprenda.
Asier, que esta semana cumple 38 años, es hijo único. La madre “tenía un montón de líos en la cabeza” y el padre “no paraba en casa”. “Con quien estaba todo el día era con mi abuela, que vivió con nosotros hasta que murió, cuando yo tenía 12 años”, cuenta Asier. “Teníamos una relación brutal. Estaba sorda y ciega, por la diabetes, pero era quien me cuidaba y quien mejor me entendía”.
La suya era una familia, en palabras de Asier, humilde. “Mi padre fue campeón de España de kárate, jefe de bingo y agente inmobiliario. También vendió enciclopedias. Y mi madre trabajó en El Corte Inglés hasta que llegó el machote de mi padre y le obligó a no volver a trabajar”.
Los mismos amigos imaginarios que asistían a sus conciertos en la habitación le acompañaban a Asier luego en la calle. Y eso no contribuyó a su popularidad en el mundo que había fuera de las cuatro paredes. “Yo era un friki”, admite. “Era larguirucho, rubio, parecía una niña. Tenía gafas de culo de vaso, cuatro y pico dioptrías. Me vestía mi madre, era un cuadro. Ella tenía un poco de obsesión conmigo, hasta niveles que no me ayudaron mucho en el colegio. Por ejemplo: me compraba un modelito para ir a la boda de mis tíos, con pajarita y pantalón corto amarillo, y luego me lo estaba poniendo durante meses para ir a los jesuitas. Tú imagínate”.
El colegio, para Asier, fue una “verdadera tortura”. “Todos los niños se reían de mí”, asegura. “Yo estaba todo el día solo. Supongo que debía de tener una pluma bastante gorda de pequeño. No jugaba al fútbol, y con esa pinta, todo el día hablando con seres imaginarios, figúrate. Todos los días tenía cinco niños esperándome fuera para darme de hostias. Me acompañaban dándome tobas hasta mi casa. El colegio fue una pesadilla. Lo pasé fatal”.
Solo una vez plantó cara a sus acosadores. Fue cuando un niño insultó a su abuela, que acababa de morir. “Me dije: ‘Lo mato’. Quedamos fuera después de clase para pegarnos y yo me fui desinflando, siempre me ha aterrorizado pegarme. Si me menosprecian o me humillan, me hago pequeño, pero también tengo muy mala leche. El caso es que íbamos a zurrarnos y yo estaba totalmente desinflado, sabía que me iban a partir la cara. Y justo vi a mi padre bajar por la calle, y me armé de valor. Hice ¡¡¡bbbrrraaa!!!, como en Juego de tronos, y empecé a pegarle al chaval. Fue la única vez que me he peleado, y lo hice para que mi padre no viera cómo me zurraban”.
En clase solo aprobaba dibujo y, a veces, gimnasia. Lo demás, todo muy deficientes. Vivió el clásico peregrinar por colegios. “Estuve en cuatro diferentes, no me querían en ninguno”, recuerda. “Hasta me metieron en una cosa que había entonces que se llamaba Rem, como unos estudios de informática. A mí, que soy un desastre con las máquinas. Mis padres no veían. Lo que tenían que haber hecho es meterme desde pequeño a estudiar piano, danza, yo qué sé, directamente a la canterita de artistas. Pues nada, lo contrario: a informática. Y todo suspensos, y todo un Cristo. Estuve yendo a psicólogos durante mucho tiempo, no entendían mi mundo imaginario. Yo tenía mis amigos, mis fantasmas. Yo los veía y si me decían que no estaban, montaba un pollo. Y te juro que eran reales, aunque yo sé ahora que era mi imaginación. Pero eran más reales que la realidad. La realidad era una mierda”.
Entonces, a los 18 años, Asier tomó la mejor decisión de su vida. “Se acabó, me dije, no sigo estudiando. Me fui un mes antes de los exámenes y empecé a hacer talleres en la Escuela de Teatro de Getxo(Biz­kaia). Mi vida dio un giro. Conocí a unos amigos y amigas que me dieron un vuelco. Me pusieron un espejo delante. Y al año siguiente comprendí que tenía que meterme a tope en las clases y pagarlas como fuera”. Carlos Baiges, director de la escuela, todavía recuerda la llegada de Asier. “No era un chaval más”, asegura. “Se le veía el talento a la legua, era indudable. Tenía imaginación, capacidad expresiva, era superdivertido y le salía todo bien. Es una persona con una sensibilidad especial”.
Asier se fue a vivir a una casa okupa en un antiguo cuartel militar de Getxo. “Aquello fue la apertura a la vida”, explica. “Empecé a vivir a mi manera, a hacer teatro de calle, a pasar la gorra, a vivir el mundo bohemio. Era feliz. Cantaba en una orquesta de verbenas y hacía algún trabajo de modelo. Con eso, más alguna ayudita de mi tía Clara de vez en cuando, me pagaba la escuela. Pero podía estar una semana casi sin comer cuando no había dinero. Mira que sufría, pero lo recuerdo como la época más feliz de mi vida”.
Como todo actor que se precie, en el currículo de Asier ha habido lugar para trabajos alimenticios de todo tipo. Y en alguno de ellos demostró un insospechado talento. “Trabajé en un sex shop en Vitoria”, explica, “y batí el récord de caja de todos los empleados de la franquicia. Vendí en una tarde 400.000 pesetas en consoladores y cosas. Imagínate, con lo que me enrollo yo. ¡Y eso que entonces era virgen! Tenía 18 años, yo fui muy retrasadito en esto del sexo”.
Tocaba con sus grupos de música y hacía trabajos en teatro, hasta que un día apareció el caramelo de la televisión. Arrancaba el siglo XXI y las cadenas exprimían el filón de las series de ficción para adolescentes. Un trampolín a la fama y al dinero para una generación de actores jóvenes. En el caso de Asier, el personaje, no exento de tintes autobiográficos, se llamó Beni, un atormentado alumno con rastas en la escuela de baile de Un paso adelante. Una experiencia que Asier recuerda como nefasta. “Yo no tenía ninguna intención de venir a Madrid”, asegura. “Todos los que terminaban la escuela y se venían volvían escaldados. Pero me salió el casting y vine. Me cogieron, y tuve la terrible experiencia de Un paso adelante. Nos hacían currar 13 o 14 horas diarias, había un descontrol brutal. Fue un desencanto absoluto. Cobraba 4.000 o 5.000 euros, que no los he vuelto a ganar, pero no tenía ni tiempo para gastarlos. Trabajando en la serie, llegué a dormir en la calle. No podía ni buscar una casa. Un día me encontré con que no tenía dónde pasar la noche y dormí en un banco de Ópera. Y allí me vino a recoger el coche que nos llevaba al rodaje. Comprendí que no quería participar en eso. Si esto es lo que hay, me voy. Me decían que si no lo hacía yo, lo haría otro niñato. Yo les dije que llamaran a otro niñato y me volví a Bilbao”.
De regreso a casa, Asier se trajo consigo una depresión “brutal”. Coincidió el desencanto de Madrid con un episodio de desamor y la combinación le dejó “hecho polvo”. “Estuve dos años empastillado, hasta se me cayó el pelo”, recuerda. Pero la vuelta a casa duró poco. Al año y medio de regresar le llamaron para hacer una prueba en Madrid que, esta vez sí, le abriría las puertas a uno de los papeles de su vida: el maestro de ceremonias del musical Cabaret. Aquello fue “un sueño realizado”. Y hay un recuerdo que guarda con especial orgullo: la primera vez que acudió a verle su madre. “Cuando llegaron los aplausos, mi madre no aplaudía: gritaba y apretaba los puños, como si hubiera ganado una carrera. ¡¡¡Uuuaaahhh!!! ¿Quién es esa señora loca de la primera fila?, me preguntaban. Y yo decía: mi madre”.
Asier se tiró más de dos años metiéndose cada noche, en sesión doble los viernes y sábados, en la piel de Emcee. Hasta que necesitó parar. “Aparte de que yo me meta en bosques emocionales por elección propia, aquello era muy fuerte”, asegura. “Si estás ejecutando un personaje tanto tiempo, todos los días, hay un momento en que te posee. Te perturba. Estaba pensando que tenía que poner una lavadora y lo que hacía es cantar el Money. Tuve un momento de desdoble tan fuerte que me asusté. Dije: ya está, sueño cumplido. Y lo dejé”.
En ese momento empieza realmente a forjarse la reputación de Asier en el teatro. Todo le sale y cada papel lo vive como un salto mortal. En ese despegue tuvo mucho que ver el director teatral esloveno Tomaz Pandur, con quien ha trabajado hasta la fecha en cuatro montajes. Pandur descubrió a Asier por una foto y le fue a ver a Cabaret. Estaba probando actores para montar, con el Centro Dramático Nacional, Infierno, primera parte de la trilogía de la Divina Comedia de Dante. Se estudiaron cerca de dos mil candidatos. Pero a Asier ni siquiera le hizo una prueba. Solo le dio una indicación: “Tienes que sufrir como un cerdo”.
Asier estaba tan perdido que un día, aconsejado por una amiga, se plantó en Patones, un pueblo de Madrid, para contemplar de cerca la matanza de un cerdo. “Me puse a ver cómo lo mataban, mirándolo de cerca y directamente a los ojos, que son ojos como los de un humano”, recuerda. “Quería flipar con el dolor. Y, claro, me creó traumas. Son elecciones absurdas que nunca tiene que hacer un actor, que no valen para nada”.
Asier estaba asentado en Madrid. Tenía amigos y hasta un novio de Fuenlabrada. Hacía teatro, televisión y cine, con Fernando Colomo (El próximo oriente, 2006), Emilio Martínez Lázaro (Las 13 rosas, 2007) y Pedro Almodóvar (Los abrazos rotos, 2009). Pero el destino aún le depararía otra estancia en Bilbao, esta vez, hace seis años, la más dolorosa de todas. Su madre enfermó de cáncer y Asier se fue con ella. “La cuidé hasta el último momento, incluso la amortajé”, recuerda. “La querían llevar al hospital a morirse, pero yo no quise. Alquilé una casa en Bilbao y me instalé allí con ella para que pensara que volvíamos a vivir juntos, que todo estaba bien. Uno no se da del todo cuenta del apoyo que ha significado una madre hasta que se va. He tenido unos padres maravillosos, que lo han hecho lo mejor que han podido. Si hago música, es porque he crecido rodeado de música, y si soy actor, es porque mi madre era una obsesa del cine y el teatro. Conocía los nombres de todos los actores. Ella misma cantaba y era la comedia de sus amigas. Los hijos no nos damos cuenta de lo imbéciles que hemos sido hasta que los padres se van”.
Es la medianoche de un viernes de junio y el público abarrota la sesión golfa del teatro La Latina. Hay gente que repite y se trae a sus amigos. Incluso hay quienes se han aprendido en Youtube las coreografías que acabarán bailando encima de las butacas. En el escenario, Asier Etxeandia se pinta los ojos y hace saber a los espectadores que se encuentran en su habitación. Que esto es el Bilbao de principios de los ochenta. Que ellos son sus amigos invisibles y que están a punto de asistir a uno de los conciertos del pequeño Asier. El cantante, el actor, el intérprete. Con una banda en directo, se suceden las canciones propias y ajenas. De Chavela Vargas a Bowie. De Madonna a Kurt Weill.
El intérprete se convirtió en un pequeño fenómeno. Una fiesta, pero también una reivindicación. “Puede verse como una celebración de mí mismo”, reconoce Asier. “Pero no es solo eso. Yo de pequeño estaba deseando que alguien viniera y me dijera: ‘Tranquilo, chaval. Que está bien todo. Que no estás solo. Que eso que haces es brutal’. Sé que mucha gente se siente así. Y confío en que algunos estén entre el público”.
Defiende tu sombrero, por ridículo que parezca. La frase se la dijo hace muchos años una amiga. Y se ha convertido en una máxima para Asier. “Yo soy muy bipolar, hay momentos en que me busco y no encajo. Y mi amiga me soltó esta frase. Lo importante, me dijo, no es escoger el sombrero. Ni siquiera cómo te lo pones. Lo importante es que el que tengas lo defiendas. Entonces se convierte en el sombrero más bonito del mundo. Aunque lo que tengas sea una morcilla enroscada en la cabeza”.
El intérprete ha sido una de las experiencias profesionales más bonitas para Asier. “Ha sido un proceso de curación. Psicológicamente me ha colocado en un lugar de paz. He puesto en pie a mi niño, a ese al que no quería nadie”. El próximo 20 de julio lo celebrará con una función muy especial en el Circo Price madrileño, ante un público de dos mil personas.
El camino ha sido largo. Asier terminó el año 2012 en la cima. Su papel en La avería, dirigida por Blanca Portillo, una compañera clave en la carrera de Asier, le valió los dos máximos reconocimientos que puede tener un trabajo actoral en el teatro. El Premio Max y el de la Unión de Actores al mejor actor protagonista. Solo debía esperar plácidamente al teléfono, pero el teléfono no sonaba. Entonces se lanzó a la autogestión. Montó una productora con su pareja, José Luis Huertas, y se pusieron manos a la obra. La llamaron Factoría Madre Constriktor. Contaron con Tao Gu­­tiérrez en la dirección musical y con Álvaro Tato, de Ron Lala, en la dramaturgia. Acabaron llenando cada noche de viernes el teatro La Latina duran­­te más de dos meses. Y, por efecto de la inexorable ley de Murphy, cuando ya tenían la obra montada, el teléfono volvió a sonar.
No era cualquier cosa. Era Aitana Sánchez-Gijón para ofrecerle ser su contraparte en el montaje de La Chunga, obra teatral de Mario Vargas Llosa que Joan Ollé dirigiría en el teatro Español. Así, Sánchez-Gijón y Asier se convirtieron en La Chunga y Josefino, y su química aplicada a la literatura del Nobel peruano ha creado algunas escenas memorables. Para la actriz, que no conocía personalmente a Asier, pero hacía tiempo que quería trabajar con él, su tándem está siendo algo excepcional. “Cuando estoy con él en el escenario se me olvida el mundo entero”, explica. “Sé que navego en aguas seguras con él. Tenemos una conexión absoluta y eso es algo que no pasa muchas veces. Como actor tiene todas las cualidades: tiene técnica, un dominio total sobre su cuerpo y trabaja desde la verdad. No hay otro actor como él en nuestro país. Y como persona es un compañero adorable. Nadie en esta profesión te dirá nada negativo de él. Va por ahí enamorando”.
Asier pasó de esperar en casa que sonara el teléfono a tener función diaria en el Español, y los viernes, sesión doble con La Chunga y El intérprete. Tenía solo los lunes libres, y decidió ocuparlos con un tercer proyecto. Un montaje casi de microteatro. Sagrado Corazón 45, un texto del joven dramaturgo José Padilla, dirigido por su amigo Eduardo Mayo, en ese nuevo espacio alucinante que hay en Lavapiés que se llama La Casa de la Portera. “Estas cosas hay que apoyarlas”, defiende Asier. “Los actores tenemos la responsabilidad de que haya una buena oferta cultural, tal como está este país de mierda. No me vas a subvencionar, me lo pondrás más difícil, pero no te preocupes, que yo voy a trabajar el triple. Por una razón: amo más mi trabajo que tú el tuyo. Para llegar a fin de mes, los actores tenemos que hacer cuatro trabajos a la vez. En La Casa de la Portera nos dan 50 eurines a cada uno cuando terminamos. Y está de puta madre, mucha gente los quisiera. Pero quien se dedica a esto es por amor. Yo ahora tengo la mitad del caché que tenía antes de la crisis. Mi vida es correr de un lado a otro, con una afonía crónica que parezco Gloria Fuertes. Sin poder dormir del estrés. El otro día hice La Chunga y El intérprete después de haberme desmayado en mi propio vómito. Así, en plan Janis Joplin. Me había comido una almeja en mal estado y tenía una indigestión brutal. Pero hay que seguir trabajando. Y te digo una cosa: esta es sin duda la época más fructífera de mi vida”.
Hace unas semanas, Asier paseaba por Bilbao y se acercó al número 55 de la calle de la Autonomía. El portal estaba abierto y entró. Subió al 1ºA y se quedó en la puerta. No sabe quién ocupa la casa ahora. Era de alquiler y sus padres se mudaron cuando él, a los 18 años, se fue de casa. Estuvo un rato esperando, pero no llamó. Le dio corte. Por un momento imaginó que salía de la puerta un niño con cara de pena y vestido con pajarita y pantalón corto amarillo.
–¿Qué le diría a ese niño si saliera por la puerta?
–Le aplaudiría. Le jalearía. Le diría que querría ser parte de su escenografía. La niñez determina tu futuro y la imaginación es clave para conseguir cualquier meta que te propongas. Le diría que siguiera haciendo lo que hace. Que defienda su sombrero, por ridículo que parezca.

El actor kamikaze

by on 16:53
Fuente: Pablo Guimón ( elpais.com ) A veces el sentido de una vida puede estar delimitado por cuatro paredes. Eso sucede cuando lo qu...

Fuente: Javier Molina (elpais.com)
Oyendo su voz afónica de recién despertado pocos pensarían que Asier Etxeandía es un actor y cantante superdotado. Pero cuando interpreta, este bilbaíno de 37 años, nariz torcida y casi 1´90 de estatura, desprende un brío que no deja indiferente a nadie. Ha actuado en nueve películas, en 15 series de televisión y en decenas de obras de teatro. Su papel en la obra La avería (dirigida por Blanca Portillo en 2012) le valió el Premio Max y el de la Unión de Actores como mejor actor protagonista. Actualmente está que no para y recorre el casco histórico madrileño cosechando aplausos allá donde va. A las 6 de la mañana se levanta para rodar la serie de Antena 3 Amar es para siempre, los lunes actúa en la obra Sagrado Corazón 45 en La Casa de la Portera de Lavapiés, de martes domingo representa La Chunga en el teatro Español en plena Plaza Santa Ana y hasta el 14 de junio dejó al público del Teatro La Latina a sus pies cantando y bailando a lo grande en El Interpretesu éxito musical que empieza la gira veraniega por España.
El crítico de teatro Marcos Ordoñez se pregunta en qué marmitako te caíste de pequeño para dar abasto. ¿Tienes tiempo para todo lo que estás haciendo?
Claro que sí. Acabo bastante cansado pero soy muy feliz, la recompensa es infinita. Aunque mucha gente no se dé cuenta, esto es un oficio duro, trabajas constantemente con tu cuerpo y con tu inteligencia emocional. Estar continuamente expuesto agota mucho y te deja los nervios destrozados, pero a cambio recibes algo impagable que es la respuesta del público.
¿Tanta experiencia no te hace sentirte menos nervioso en los escenarios?
Los nervios en el teatro son buenos. Significan que estás haciendo algo que te importa y que quieres sacar lo mejor de ti mismo. Creo que uno siempre está allí arriba apretando el culo para dar el máximo.
¿Qué te hace más feliz, actuar en un teatro, en televisión o cantar?
Yo soy un actor en constante búsqueda. Siempre trabajo de la misma forma, sea en un teatro o tras las cámaras. Disfruto mucho ambas cosas y las necesito. Rodar es muy gratificante, pero es cierto que el teatro tiene algo mágico, es un ritual que existe desde la antigüedad. Con la música me pasa lo mismo: es el sueño de mi vida, es la razón por la que hago todo lo que hago. Además, creo que tiene mucho en común con actuar, yo trabajo un texto como si fuera una canción y viceversa.
La Casa de la Portera es uno de los fenómenos teatrales del momento. ¿Qué siente un actor en ese escenario tan pequeño?
Actuar allí es una experiencia acojonante. No te deja tiempo para pensar. Sientes que es el público es el que te lleva. Es verdad que desde hace años existen las salas pequeñas, pero esa en particular tiene algo que la hace muy muy especial.
¿Sigues algún método de interpretación específico?
Ninguno fijo, ninguno concreto, nada que me limite en ningún sentido. La base de mi trabajo siempre es la misma. Para actuar tienes que tener un alto nivel de flipe. Y eso significa trabajar con vehemencia y con amor por lo que haces. Significa adorar tu trabajo y que éste te haga sentirte vivo. En resumen: fliparte por tu trabajo. (risas)
¿Qué es lo mejor que te da ser actor?
Creo firmemente que el teatro puede cambiar a mejor a las personas. Se, por experiencia propia, que una persona puede entrar a ver una función y salir siendo una persona distinta. El teatro puede cambiarnos para siempre. Además siendo actor adquieres un conocimiento del alma humana mucho más profundo. Aprendes a no juzgar a las personas, a analizarlas y a comprenderlas.
¿Y lo peor?
Lo peor de ser actor es que te das cuenta del nivel de envidia y de ignorancia de muchas personas. En este país somos muy envidiosos y no nos gusta que el de al lado triunfe. Cuanto más éxito tienes, más gente te mira con recelo y te juzga. Tienes que hacerte una coraza para que no te afecte. Te dicen que has cambiado cuando los que cambian son los de alrededor. Tú sigues siendo el mismo mindundi de siempre. Pero también te das cuenta de quiénes son tus verdaderos amigos.
¿Con qué actor y director te gustaría trabajar en el futuro?
He tenido suerte de trabajar con gente maravillosa, pero creo que hay muchos desconocidos que sorprenderían al público. Por supuesto que me gustaría trabajar con Medem o Almodóvar, pero no suelo pensar en eso. Me preocupo más por ser honesto en mi trabajo. Ahora hemos creado la Factoría Madre Constriktor para llevar a cabo nuestros propios proyectos con gente de todo tipo. Hemos producido Sagrado Corazón 45 y El Interprete. Esto es lo que más feliz me hace en este momento.